La limusina los esperaba en la misma salida y entrada del aeropuerto. El chofer, el señor Ralds, les sonreía apaciblemente mientras esperaba ya con el maletero abierto para meter la única maleta de mano que llevaba con la ropa que Echizen le había comprado, y les abría la puerta respetuosamente.
El ambientador con olor a flores silvestres de gustó el olfato más sensible y ella se rindió al cansancio. Se sentía derretida de la misma necesidad de relajación. Había logrado dormir en el avión, pero no era nada comparado con una buena cama y tampoco los asientos de la limusina le daban aquella comodidad. Encima, sentía la terrible necesidad de estirarse y aliviar el dolor, leve pero persistente, entre sus piernas. Su jefe se había maldecido una y otra vez cada vez que la escuchaba gemir de dolor y optó por reservarse ese dolor para sí misma, especialmente, porque era tan nuevo que encontraba que ella era diferente a las demás mujeres: una exagerada.
De todas maneras, se recordó a sí misma pedir una cita con el ginecólogo para una revisión, aunque le daría mucha vergüenza. No quería tener que explicarle a nadie lo que había experimentado en aquella casa.
Otro de los errores que seguramente estaría cometiendo era el de ignorar con la mirada a su jefe. Echizen de vez en cuando la miraba con atención de reojo y ella, sintiéndolo, se esforzaba por mirar a otro lado, fingiendo que lo que veía era más interesante, pero su sonrojo debía de delatarla. No comprendía por qué, pero, ¿era lógico comportarse de esa forma tras tener sexo con alguien? Estaba segura que no. Que la gente no se ignoraba de la noche a la mañana tras haber compartido la cama para algo más que dormir.
Así pues, nada más subir en la limusina, fijó su mirada en las calles que pasaban velozmente como espejos que no reflejan correctamente la imagen, resultando demasiado borroso. Frunció los párpados cuando no reconoció el camino que la llevaría hasta su casa, pero fingió no darle importancia, creyendo que se detendrían en la oficina. Probablemente, su jefe ansiaba revisar aquel lugar.
Mas su sorpresa fue mayor cuando se adentraron en la zona residencial. Había escuchado hablar de sus altos y graves precios, además de las grandes paredes que eran demasiado para ella y para Gold. Había decidido no comprar ninguna, ni siquiera teniendo la fortuna heredada por parte de su abuela. Pero la limusina se detuvo ante una de paredes blancas y césped llamativamente bien cuidado. El portal decorado por diferentes plantas llamativas de flores diversas a cual más llamativa. Un balanceador cubierto por telas oscuras y una gran farola que adornaba cada rincón de la casa, más los dos faroles frontales.
Las caras cortinas color beige se dejaban ver por las fortalecidas cristaleras- claramente antibalas- y la gran pared lateral era visitada por una enredadera que cubría una pared igualmente pálida. Pudo ver ligeramente que en la parte trasera descansaba el comienzo de una piscina rectangular junto a suelo de cerámica marrón.
Parpadeó cuando el aire le acarició la piel nada más abrirse la puerta gracias al chofer. Su jefe la empujó ligeramente de las caderas, demandándole una salida. Casi se desmayó. ¿Por qué no salía él por la puerta contraria para que el chofer la llevara hasta su cómodo y discreto piso? El taxi de regreso a casa- pensó- me costará un riñón.
Pero Ralds descendió también la maleta y la dejó junto al pie de la pequeña escalera que subía hasta el porche, junto al balancín. Se tropezó, mareada, buscando con la mirada a su jefe. Este bostezaba de la forma más pasible que jamás hubiera visto, mirando como ya a lo lejos se veía únicamente el polvo del asfalto dejado por las ruedas de la limusina. Casi gimió de incredulidad.
Finalmente, los ojos de su mayor se postraron sobre ella, observándola con detenimiento antes de sujetarla del talle y echársela al hombro cual saco de patatas: seguramente había sido testigo de que sus ojos revelaban las ganas de correr que tenía para ir a donde la civilización no fuera de acorde con el gasto soberbio ante la crisis.
—¡B-bájeme! — Exigió a un desobediente hombre— ¡Por favor! No puedo entrar ahí. Es demasiado lujoso. Bueno, no es tanto como la casa de sus padres pero es… es una barbarie… no puedo entrar… tengo que ir a mí piso con Gold y…
Un maullido a través de la puerta cercana la hizo callarse. Medio giró su cuerpo, mirando la puerta incrédula. Arqueó las cejas al tiempo que el hombre la dejaba sobre el suelo y empujaba la puerta para que la figura de su fiel minino se lanzara contra ella, lamiéndole ásperamente la mano izquierda y las mejillas, antes de frotarse contra su barbilla.
—¿Gold? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué? ¿Quién te secuestro?
Como si la entendiera, el gato se revolvió hacia él. Echizen retrocedió, mirando al felino acusadoramente, frunciendo el ceño y remugando infantilmente mientras se cruzaba de brazos y entraba en el interior de la vivienda. Ella palideció cuando al mirar de reojo uno de los muebles, descubrió una de las pocas fotografías que le quedaba de sus padres.
—Oh, no…— murmuró levantándose.
Cargó la maleta como pudo y la dejó en la misma entrada. Si la casa era impresionante por fuera, por dentro lo era más. El suelo brillaba cual superficie de un palacio real. Los muebles de madera llenaban por completo un salón que debía de medir exactamente los centímetros que tenía su piso. Constaba de comedor y una pequeña parte preparada para tomar el té después de comer. Una escalera llevaba a los pisos superiores y cuatro puertas separaban el salón de una impresionante cocina, un baño palaciego, un armario y un salón con televisión.
Tragó necesariamente, con miedo a subir por las escaleras de parqué. Pero Gold se había hecho dueño y señor de aquella casa y comenzó a subirlas.
—¡Ah, espera! ¡No vayas! — Ordenó desafortunadamente desobedecida.
Cuando quiso frenar, ya había puesto un pie sobre la escalera. Demasiado tarde como para pensar en retroceder. Gold continuó subiendo sin hacerle el menor de los casos. Instintivamente, le siguió. Su jefe no tardó en seguirla, mirándola desde su baja altura en la escalera. Rezó porque la visión de su trasero no trajera malos pensamientos- equivocados- a su superior.
Pero tuvo que detenerse nada más llegar al piso superior. Una pequeña salita de espera había sido formada en el lado izquierdo de la escalera, de visión totalmente clara nada más subir los últimos peldaños. Una moqueta grisácea cubría todo el parqué del pasillo y de ese lugar, rompiéndose en la entrada de las habitaciones, que por encima, contó siete, sin llegar a poder previsualizar las que debían de estar en el pasillo que se desviaba hacia la derecha.
Descubrió que la primera puerta nada más subir era un armario. Un armario que ocupaba una gran habitación como el propio salón de su destartalado piso. Se sintió mareada ante tanto gasto de terreno. Se recostó sobre la barandilla de madera brillante y respiró tan fuerte que los pulmones le dolieron. Logró girar sus tobillos junto a sus pesados pies, observando desde su posición el rostro indiferente de su jefe.
—No— negó llenando la boca de su propia negativa—. Es demasiado para mí. Una casa tan grande, solo hará que me sienta más sola. Gracias por recordarme mi empatía a la gente- se defendió ofendida consigo misma por rechazar tal maravillosa casa- pero Gold y yo ya tenemos un piso confortable.
Quizás nunca había hablado tanto y tan rápidamente, pero esperaba que ese hombre lo entendiera. No podía amarla una sola noche y comprarle una casa como si nada. No. Definitivamente, no. Y todavía menos, si tenía pensado convertirla en una de sus muchas amantes mantenidas mientras él regresaba a su casa con su mujer de anillo. No lo soportaría. No era tan emocionalmente fuerte como para permitirse ese lujo. Lo peor de todo es que comenzaba a sospechar que más que el recuerdo de una pérdida de virginidad estaba convirtiéndose en algo peor.
Se negaba a ver eso.
Se frotó las mejillas sudorosas e intento controlar la compostura que estaba perdiendo. Echizen dio un paso hasta ella. Otro. Y finalmente, volvió a asirla de la cintura, llevándola escaleras arriba. Empujó una de las puertas entre abiertas, encontrándose con la gran parodia de una habitación especial para gatos. Todos los gustos felinos se encontraban ahí y Gold, era completamente feliz. Su felino y fiel amigo se había dejado comprar por cosas para gatos. Casi se le desencajó la mandíbula y ahorró una maldición en su mente hacia él.
Gold se estiró cuan largo era sobre su gran cama de cojín rojizo y bordes dorados, mirándola completamente feliz y satisfecho. Su jefe la dejó sobre la moqueta, pegada contra su fuerte cuerpo. Tuvo que hacer mares de sangre fría para fingir que la cercanía no creaba nada: Su estúpido cuerpo recordaba a la perfección el placer.
—Porque tenga una habitación para gatos—se obligó a decir—, no me dejaré comprar.
Echizen chasqueó la lengua, volviendo a tomarla en brazos, esta vez, como una novia. Casi enrojeció hasta la punta de los pies. La colonia masculina inundó por completo sus fosas nasales, estremeciéndola. Sentía los dedos firmes agarrándola y no sentía miedo de caerse. Podría pasarse el día entero encima de esos protectores brazos. Y sabía perfectamente que él podría defenderla: Ya lo había hecho con anterioridad.
Nada más salir del dormitorio del gato, se encaminó por el pasillo hasta girar a la derecha. Una única puerta descansaba ahí. Las meras deducciones que había hecho eran erróneas y gratificantes al saber que no era más exageradamente grande. Su jefe la traslado hasta un brazo para abrir la puerta con el pomo y después, volvió a sostenerla para adentrarse en lo que para su ver, le pareció a una suite.
Una enorme cama de metal dorado con una mosquitera blanca cayéndole, enrollada a cada lado del cabezal. Tres enormes almohadas y una pequeña descansaban sobre la colcha rosada, a conjunto con las suaves sábanas de color canela. La moqueta había pasado a ser roja y de pelo, algo que la obligó a querer enterrar sus dedos entre las diminutas hebras rojizas. Un gran cantarano rustico esperaba en uno de los costados, con un gran espejo dorado- posiblemente de oro- pendiendo sobre él.
Una cómoda se encontraba cerca de los pies de la cama, contra la pared y frente a ella, un gran diván rojizo de madera. A los pies de la cama, un caro baúl chino. Dos mesitas de noche encajonaban la cama en el centro, adornadas con cuadros y dos lámparas de biblioteca que reconoció rápidamente. En el lado contrario se encontraba un enorme zapatero que a la vez servía como cómoda, teniendo sobre sí perfumes masculinos y objetos de caballero. Una puerta daba a otro- enorme- armario, armado hasta los dientes con ropas que desconocía. Una butaca que únicamente había visto una vez y fue en una tienda para millonarios descansaba en el último tramo de la habitación que quedaba por decorar.
Agrando tanto los ojos que casi se le salían de sus orbitas.
—Yo no vivo con ningún hombre—jadeó, avergonzada— ¿A quién pertenecen estas cosas?
Echizen esbozó una simple sonrisa que la desarmó mientras la dejaba sobre el suelo para darle libertad y ver a quién pertenecían aquellas caras alhajas de hombre. Cuando reconoció el reloj Yacht-Master en oro, enrojeció hasta las puntas de los cabellos, tensándose automáticamente. Si mal no recordaba, aquel era el carísimo reloj que su jefe había perdido y la hizo levantar todo el despacho para buscarlo, estando el reloj en la relojería para reparar. También se encontraban sus gemelos de oro, su pequeño pisa corbatas de oro con sus letras enmarcadas, su cartera de los días de fiesta, su maletín de la oficina y alguna que otra cosa más.
Abrió uno de los cajones, encontró calzoncillos de hombre. Abrió otro y estaba lleno de camisetas. En otro, calcetines de vestir y de deporte barajados. Pantalones de deporte. Retrocedió, cerrándolos todos por el mero empuje de caerse sobre ellos. Abrió la puerta del enorme armario y abrió uno de los muchos sacos protectores. El traje plateado que solía ponerse para ir a los jugados. En otra, el negro que llevaba cada lunes. No continuó cuando vio la incesante fila de ropa femenina. Vestidos llamativos en los cuales se encontraba el que había llevado el día de su roto compromiso con Ryoga.
Las piernas le fallaron pero logró salir de ahí. Se lo encontró apoyado en la puerta cerrada, cruzado de brazos y mirándola de reojo. Casi empalideció ante esa tranquilidad. Comenzaba a sospechar algo, pero no sabía exactamente qué tenía que entender. Se encaminó hasta la cama en busca de algo donde sentarse. Sus manos tropezaron con unos papeles y él, se acercó, suspirando aliviado, como si esos documentos fueran lo que realmente tenía que haber observado de toda aquella espléndida casa. Y sí, esa espléndida y maravillosa casa tenía nombres y apellidos. Los suyos y lo de su jefe juntos.
Negó con la cabeza, dejó los papeles a un lado y declinó totalmente aquel ofrecimiento. Se levantó recta como un palo y se atrevió a encarar al metro setenta- o algo más, ahora no recordaba bien- que estaba ante ella.
—Ni hablar. Gracias, pero no— declinó con la voz más tranquila que logró hacer—tengo que irme.
Echizen gruñó, tomándola de las muñecas para apoderarse de su boca. ¿Era agresión? ¿se podría considerar aquel acto dulce y soñoliento como tal? No, lo dudaba. Porque sin darse cuenta había enlazado los dedos a los verdosos cabellos y él, se encontraba sobre su cuerpo, en la cama, comenzando a desnudarla apresuradamente, deteniéndose cuando sus manos se engancharon con la largura de su ancha falda. Lo escuchó gemir ronco y dolorido, girando sobre sí mismo para respirar agitado mientras cubría su rostro con uno de sus brazos, cual parte de sus dedos estaban tensados y formados en un puño amenazador.
—Lo siento—se disculpó tocándose los labios, sintiéndose la enferma de aquella extraña e inexistente relación— no… no volveré a hacerlo, pero señor… ningún jefe le regala una casa a su empleado por muy bien que se lleven y, aunque no puedo evitar sentirme profundamente alagada, si lo hace por lo que pasó… eh.. bueno, creo que no debe de preocuparse. Puede volver a mi piso sin problemas. Estaré bien…- enrojeció en pura vergüenza— iré al ginecólogo y todo estará arreglado, cogeré mi despido y no le molestaré más.
Su jefe chasqueó la lengua, alejando su brazo de su rostro para llevarlo hasta ella. Cogido firmemente de la nuca, fue empujada contra él. Sus bocas se unieran nuevamente con rudeza, terminando en la más dulce de las caricias. Echizen era duro y de actos. Lo sabía, pero esta vez, no podía seguirle. Estaba completamente perdida y sentía cómo su corazón estaba a punto de estallar, de pura emoción e ilusión.
¿Realmente era lo que parecía?
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¿Por qué demonios no comprendía que tan solo quería que viviera con él? ¿Es que no se daba cuenta de que se había metido en su mundo y ahora no podía sacarla ni con una excavadora? ¿Tan difícil de comprender era? ¿Es que no le había demostrado que ya no tenía cordura con ella y sin ella? ¿No era suficiente con una casa que encima quería marcharse? ¿Cómo demonios podría retenerla sin llegar a hacerle daño?
Rompió el beso, mirándola con atención. No había duda. Su corazón jamás había latido de igual forma con ninguna otra mujer. Su rostro le hacía ansiarla. Su voz le sabía a gloria. No podía echarse atrás y dejarla escapar como si nada. Lo que había comenzado como una sorpresa se había convertido en algo más. Casi le parecía que no había nada nuevo que conocer cuando ella abría las alas y sacaba una pluma nueva que demostraba parte de su encanto, obligándole a ansiar más de ella.
No por nada había comprado una casa únicamente para ellos solos. No por nada la había puesto a nombre de los dos. No por nada había mudado sus cosas. No por nada había decidido quedarse siempre ahí, regresar tras el trabajo y olvidar lo sucedido en el día. Ansiaba estrenar aquella maldita cama bajo ellos. Pero no podía hacerlo. Todavía no. Aunque cada parte de su cuerpo palpitaba por invadirla una vez más, ella no estaba físicamente bien. Creía que le había hecho daño. Se había excedido: ¿por qué si no se quejaría todavía de daño? Claro que nunca se había enfrentado a una virgen. ¿sería eso normal?
Algo en su pecho anunciaba que no, que debía de darle tiempo, pero si ella realmente se encontraba más tras su primera vez, ¿por qué demostraba ansiarle tanto como él la deseaba? Solo quería vivir con ella. Disfrutar de su tiempo juntos. Ya era demasiado tarde para que continuara sintiéndose como la solterona que se escondía tras unas gafas. Probablemente no se habría dado cuenta, pero desde esa noche había dejado de utilizar las gafas y el jersey que llevaba era ceñido. Solo quedaba aquella ancha falda que no hacía más que hacerle ansiar más ver la carne que escondía debajo- aunque ya lo sabía perfectamente-.
Perfiló la garganta femenina con el pulgar y detuvo sus ojos sobre los llenos senos. Era impensable que lograra retenerse con las ganas que tenía de hacerle el amor. Seguramente, si Momoshiro estuviera presente se reiría a mares de la misma incredulidad y sorpresa. Su dulce secretaria entrecerró los ojos, suspirando ansiosa. Se inclinó para besarla de nuevo, retrocediendo ligeramente cuando sus labios estuvieron a punto de poseer los contrarios.
—Quédate— demandó ronco.
Ella enrojeció, abriendo los ojos como si fuera algo totalmente imposible. Si bien era cierto que era hombre de pocas palabras, quizás, decir las justas podían servirle de algo. Si le explicaba de forma corta lo que ansiaba, cabía la posibilidad de que entendiera lo que anhelaba. ¿O es que para ella era sencillo marcharse tras todo lo que habían pasado juntos? Si era así, ¿por qué demonios se había molestado en perturbarlo como jamás ninguna de sus secretarias había logrado hacerlo?
—No puedo… no puedo ser… la amante que espera sin más— confesó, turbada.
Agrandó los ojos y estalló en carcajadas. No era algo que soliera hacer, más bien creía que esta era la primera vez que realmente reía con ganas, por muy fuera de su carácter que estuviera, por un instante no sucedería nada malo: Solo ella sería testigo.
Ryuzaki, enrojecida, le pellizcó como castigo en la cadera, mirándole avergonzada.
—Hablo en serio— espetó con la voz temblorosa.
—Y yo— respondió con severidad. Ella se tensó automáticamente y la pregunta desgarró su garganta.
—¿No seré la amante?
Chasqueó la lengua y maldijo por tener que responder a esa pregunta. Optó por negar con la cabeza. Los castaños ojos lo miraron con miedo, ilusión y hasta vergüenza. El cuerpo entero se convulsionó y comenzó a llorar, cubriéndose el rostro con ambas manos, negando con la cabeza, mostrándose atea a sus palabras. Frunció el ceño y la miró acusador. ¿Por qué le era tan difícil creerle?
—No es una broma, ¿verdad? —Anunció más que preguntó.
Afirmó, colaborando la idea. Alzó su mano izquierda, interviniendo al tiempo que los dientes femeninos estaban a punto de agredir el labio inferior de la joven. Su joven secretaria retrocedió, asustada, mirándole el pulgar, preocupada. Inconscientemente, se inclinó, lamiéndole el dolorido dedo. Su pecho estuvo a punto de estallar con los fuertes latidos de su corazón y antes de que tuviera tiempo de controlarse, había vuelto a apoderarse de sus labios.
Flexible y sumisa, correspondió con ansiedad.
—Señor…— llamó aturdida—, ¿no deberíamos… de irnos de aquí? Esta casa es demasiado lujosa.
Arqueó las cejas, acariciándole las mejillas.
—No— negó— aquí.
Ryuzaki había fruncido ligeramente las cejas, pero ya no peleaba. Parecía haber aceptado la idea y un gran sentimiento de alivio se ancló en su garganta, suspirando. ¿Por qué las mujeres eran tan difíciles? ¿Por qué siempre necesitaban de palabras que luego mal interpretaban?
Observó por un instante la limpia piel morena, los ojos castaños que lo miraban confiados. Los labios hinchados por sus besos. El pequeño mentón que terminaba y perfilaba aquel rostro. Una de las grandes trenzas que solía utilizar la chica se había desprendido y caía sobre su hombro derecho en busca de un arreglo de los largos dedos. Tentado, deslizó su mano hasta la que sí estaba enlazada, liberándola de su prieta prisión. A ella le gustaba que le tocase el pelo. Entrecerraba los ojos y suspiraba como si eso fuera puramente orgásmico. Él, sentía que su vientre estaba a punto de estallar en su miembro más sensible.
Cogió aire y se levantó con brusquedad en busca del baño. Nada más abrir la puerta la bañera lo invitó con su resplandeciente claridad. Bien podía verse reflejado su propio cuerpo.
—Demonios—, pensó furioso, frotándose el rostro con sus manos—, sí.
Se giró sobre sus pies, quitándose la chaqueta del traje para estirarlo sobre la mecedora, quitándose los gemelos y el reloj que había llevado. Solo contaba con dos de ellos y a veces, ni los llevaba por mera necesidad de olvidarse de la presión del trabajo. La castaña lo observó desde la cama, tiesa como un garrote y con las manos enlazadas a la revuelta tela de la cama. Movió ligeramente la cabeza, observándola como sus cortas hebras que sobresalían del flequillo le permitían observarla.
Mordiéndose el labio inferior, caminó hasta ella y la tomó entre sus brazos. Ya no tenía más paciencia. Era suficiente. Estaba a punto de estallar. Y confesando, se moría de ganas por volver a verla dentro de una bañera donde nada podría ocultarle. Pero tampoco podía forzarla. No quería que huyera más de lo que estaba a punto de hacer. Se detuvo ante la puerta del baño, mirándola intensamente, lamiéndose los labios en pos de explicarle lo que pensaba hacer. Ella tembló, jadeó y se abrazó contra él. Solo una cosa quedaba por saber:
—¿Puedes? — preguntó al tiempo que le miraba enrojecía, afirmando con la cabeza.
El cuerpo de la joven secretaria ya había aprendido que el dolor siempre queda aplacado por el placer y quizás, sí era momento de demostrarle que el sexo no siempre era un mar de rosas- aunque se llegara al placer más inmenso- se podía disfrutar, se sudaba y ansiaba, se sufría y anhelaba. Y había que corresponder.
Cerró con un pie la puerta, observándola con detenimiento. Primero, aquel estrecho jersey. Con paciencia, llevó las manos hasta sus caderas, levantándolo suavemente. No tenía pensamientos de tocarla. Solo quería desnudarla. Ver lo que por culpa de la ansiedad se había perdido. Lo que había degustado y ansiaba volver a probar con cada fibra de su caliente cuerpo. Ryuzaki alzó obedientemente las manos, sin mirarle. Su vergüenza parecía no permitírselo.
Una vez sacado, tiró sin el menor de los cuidados el jersey hacia atrás, escuchando un gemido de regaño de la boca femenina, que pareció recordar que no era el mejor momento para preocuparse de un jersey infinitamente menos placentero que lo que él podría otorgarle.
Los redondos senos se encontraban protegidos por un fino sujetador color champán de bordados sobre el lugar correcto que el pezón debía de ocupar. La garganta le ardió y la boca se le inundó. Negó con la cabeza, recordándose firmemente que solo iban a ducharse.
Ignoró el sujetador y clavó la mirada sobre la gran tela que era la falda. Se acabó: Estiró de ella hasta rasgarla y romperla. Ryuzaki chilló, recogiendo el otro extremo, queriendo retenerlo, logrando que la rotura fuera a más.
—Ah— emitió, dejándola ir.
Sin pudor y sin preocuparse de que estuviera únicamente en ropa interior, la joven pareció predispuesta a crear un gran show por su pobre- y grande- falda multicolor. Se llevó la mano izquierda hasta la frente y ladeó la cabeza, esperando que aquello pasara. No era para tanto. Tenía ropas mucho más interesantes en el armario y hasta le había permitido conservar sus antigüedades en el desván. ¿Qué más quería? Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—Oí—, llamó. Ella lo miró reticente- Ven- invitó.
Ryuzaki pareció sopesar el ofrecimiento, terminando por aceptarle cuando extendió una mano hacía él. La pequeña mano de Ryuzaki se posicionó sobre la suya, incorporándose rápidamente para quedar a su altura. Desde su posición, lograba admirar la curvatura de sus senos, apretados por su coraza y como su respiración la hacía ansiar levantarse más y más, tentándolo, tanto, que terminó inclinado, besándolos.
Un ligero siseo ronco escapó de la garganta femenina y los largos dedos se enredaron en sus cabellos, apretándolos en una mera muestra de demostrar ansiedad y deseo. Sonrió , feliz y orgulloso. Casi por obligación, separó sus labios de la carne cálida y atrayente.
— ¿Qué sucede? — preguntó intrigada, con la voz ronca— ¿Hice algo malo?
Negó con la cabeza, buscando en los bolsillos de su pantalón. El teléfono vibraba con fuerza estridente y casi se le cayó de las manos. Descolgó a regañadientes. La voz estridente de Momoshiro estuvo a punto de destrozarle los tímpanos. Se alejó el teléfono del oído y estuvo a un pelo de estrellarlo contra la pared. Ryuzaki le miró preocupada, así que suspiró y contestó.
— ¿Dónde demonios estás Echizen? ¿Qué es eso de volver y no decir nada justo cuando estoy a punto de perder los huevos? Es más, acabas de regresar en el mejor momento, porque esto tiene que ver con el capullo de tu hermano: ¡Ven ahora mismo!
—¿Hum?
No estaba interesado en eso. Su dedo índice libre había creado una fina línea imaginaria hasta el vientre femenino, entreteniéndose con el pequeño ombligo. Su secretaria había bufado, respirando ajetreada, tomándole el teléfono con torpeza.
— Momo—, llamó— ¿qué sucede?
—Ah, perfecto. Estáis juntos. Esto me viene de perlas… ¡Ann, bájate de esa farola ahora mismo! ¡Te harás daño! — un ligero traqueteo llegó a través de la línea, tan fuerte gritaban y sucedían las cosas, que él lograba escucharles—. Perdona, Sakuno. Escucha, convence a tu idiota jefe para venir. Hemos encontrado a Ryoga al parecer y… Ann quiere matarlos.
— ¿Matarlos? — Preguntó con sorpresa reflejada en su rostro— ¿A quién quiere matar?
—No importa. Mira, la dirección es la avenida central del pueblo X. Venid ahora mismo, antes de que suceda una tragedia. Tengo que detener a Ann. ¡Detén…!
La llamada pareció cortarse antes de que ninguno de los dos terminara de hablar. Frunció las cejas ligeramente y cogió el teléfono entre sus dedos, dispuesto a abandonarlo. Pero Ryuzaki posicionó las manos sobre el objeto, mirándole suplicante. Suspiró, rendido.
—Vámonos— Ordenó.
Miró a la bañera con indiferencia, sonriéndole en advertencia. Si pensaba que se había librado, estaba muy equivocada. Pensaba hacerle el amor en ella, y esta vez, nadie lo detendría. Ni siquiera su hermano.
Cuando salió al dormitorio, se la encontró trasteando en busca de algo que ponerse. La falda había pasado a mejor vida y a menos que no quisiera llevarla como recorte de moda, no podía ponérsela. Se encaminó hasta ella, inclinándose mientras la chica se esforzaba en buscar alguna otra cosa que no fueran faldas cortas que dejaran a la visión sus firmes muslos. Finalmente, se dio por vencida y optó por un traje de pantalón negro…. Y unas sandalias. Se rascó la frente con el pulgar, sujetándola de la muñeca antes que saliera.
No era un genio de ropa femenina, pero algunas cosas sí sabía.
—No— sentenció, mostrándole los zapatos a juego.
Su eficiente secretaria pataleó, gruñó y forcejeó nulamente por escapar de él, hasta que finalmente pareció rendirse, dándose cuenta de que no llegarían a tiempo de evitar que Tachibana asesinara a Ryoga. A regañadientes, se colocó los zapatos de tacón, creando una maldita figura atrayente a esas esterilizadas piernas.
Por tal de conseguir controlarse, posó su mano sobre la cintura femenina, estirando de ella hasta salir de la casa. Ryuzaki se detuvo para mirar aquella mansión, suspirando derrotada, le tomó de la chaqueta y sonrió.
—Es preciosa. Gracias— agradeció con timidez— seré buena ama de casa- prometió.
No lo dudaba. Sabía que podría serlo. De todas las secretarias que había tenido, Sakuno Ryuzaki, había resultado ser la más limpia ordenada. Su casa misma había sido un mar de limpieza y la manía que tenía por doblar la ropa, la delataba. Sí, desde luego, sería una de las mejores. Pero él no quería una ama de casa. Quería una mujer. Una mujer que compartiera su tiempo con él, como él mismo estaba dispuesto a hacer con ella.
Se detuvo un instante ante el pequeño garaje que ella parecía no haberse dado cuenta que existía, pues lo miró con gran asombro. Bajo las protectoras paredes, un ferraly los esperaba. La obligó casi a subir y frunció las cejas. Quizás debería de cambiar todavía algunas cosas antes de terminar de vivir con ella completamente.
Era, y seguiría siendo interiormente, por muy poco que le gustara, un niño rico.
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Ya se había cansado de contar las muchas patadas que Ann había dado contra la puerta. No comprendía cómo seguía en pie o como a la policía no le dolía ya el pie. Quizás, la adrenalina la tenía demasiado excitada como para acordarse de que después tendría que meter el pie en hielo.
Alguno de los policías había dicho que quizás era mejor sedarla cual animal agresivo y aunque le había partido los morros al susodicho, comenzaba a temer que fuera verdaderamente necesario hacerlo. Ann no soportaba que se burlaran de ella. Y no era nada débil. Su carácter decidido y directo la hacía meterse en todos los meollos más graves del mundo.
Pero había querido confiar en un calmante que sabía- y esperaba- que hiciera efecto. Lo malo es que estaba tardando demasiado en llegar. ¿Qué demonios estaban haciendo ese par para tardarse tanto? No lo comprendía. Ryoma era de los que solían tardar, desde luego, pero esperaba que con Sakuno hubiera cambiado esa manía.
Inui se había sentado en un escalón cercano y desde su altura revisaba pacientemente a Tachibana, apuntando en su agenda algunas indicaciones. Se acercó furtivamente, no logrando ver qué era, pero cuando vio una sonrisa algo pervertida en el rostro con gafas, decidió sentarse, viendo que desde aquella perspectiva, se podía tener una clara visión de las bragas verdosas de su prometida. Era por ese mismo motivo que no podía moverse del lugar en el que se encontraba, aunque ya había esquivado algunas astillas.
Eran conscientes de que los de dentro no habían escapado- y por lo que había visto, no tenían intenciones de hacerlo- pero tampoco querrían salir con esa fiera a punto de morderles la yugular. Ryoga ya se había encontrado cara a cara con Ann y estaba seguro de que esta vez ni lo aprendido de artes marciales por parte del ejecutivo le serviría para defenderse de esa pequeña furia rubia. Si quien Ann creía que era la mano derecha del chico estaba ahí dentro: que dios la amparase porque Ann no tendría compasión.
Nunca la había visto tan furioso y creía que la razón era la misma que calmaría, o eso esperaba.
Finalmente, un ferraly rojo apareció por el final de la calle. Uno de los seguratas lo detuvo, pero Echizen era listo y sabía qué tenía que hacer, además de que todavía gozaba de aquel poder. Cuando finalmente estacionaron cerca, casi corrió como un toro contra ellos. Sakuno retrocedió nada más sentir las manos sobre sus muñecas.
—¡Cálmala!- Le exigió— ¡O destrozará todo!
La castaña buscó con la mirada a su prometida, descendiendo del coche con miedo y se tambaleó ligeramente. La observó desconcertado. El traje se pegaba perfectamente a la musculatura femenina que tanto tiempo había estado ocultando la joven. Sus largos cabellos caían despeinados por su resaltada espalda. Unos zapatos de tacón que la hacían tambalearse y un ligero olor a perfume… masculino. Frunció el ceño y buscó la mirada de su mejor amigo, pero éste miraba fijamente a su secretaria.
Sonrió, sintiéndose ganador y una gran explosión de satisfacción que no podría demostrar ante Ann hasta que no terminara con su revuelta infantil.
— ¿Por qué se ha puesto así? — preguntó Sakuno dando unos pasos para que la siguiera y continuando más decidida cuando la cubrió con su altura— ¿Es que Ryoga no está bien?
—Dudo que si Ann continua ahí cuando salgan, lleguen sanos y salvos hasta la misma cárcel. Porque sí—, se volvió hacia Echizen—, ambos serán detenidos nada más cogerlos.
— ¿Ambos? — Se interesó Ryuzaki, deteniéndose al ver un trozo de cierre en el suelo— ¿Quieres decir que el… secuestrador de Ryoga está con él? ¿Todo fue un montaje?
Afirmó, encogiéndose de hombros.
—Y también fue quien contrató a tu asesino. Es más, creo que os vais a sorprender cuando veáis quién es.
—Tomoka Osakada.
La voz de Ryoma sorprendió a ambos. El peli verde se había inclinado contra una de las paredes cercanas, observando divertido la puerta que parecía ya estar a punto de ceder- ¿quién no perdería su blindaje tras tantas incesantes patadas?-, y encogiéndose de hombros.
— ¿Cómo lo has sabido? — su voz sonó áspera.
— ¡Echizen! — Gritó Ann al escucharle— ¡Dime que no lo sabías! Porque lo sabías, ¿Verdad?
Un escalofrió le recorrió la espalda. ¿Cómo demonios le iba a decir Ryoma la verdad si a la vez le decía que se lo negara? Ann a veces, tenía salidas alucinantes. Quizás era la hembra furiosa la que hablaba y no la que siempre mantenía la cabeza fría cuando la ocasión lo pedía.
— ¿Y bien? — presionó su prometida.
Ryoma se encogió de hombros con aire ausente, mirando hacia la ventana y después al número sobre la puerta, para clavar por último la mirada en las manos de Ryuzaki. Lo comprendió instintivamente, probablemente por ser hombre, pero no le extrañó su mutismo, aunque si Ann no recibía una respuesta, estallaría.
—Él ya había estado aquí— Explicó— Por si no lo recuerdas: Osakada Tomoka es la ginecóloga particular de Rinko Echizen y también lleva a los varones Echizen. Según los informes— continuó, al tener la atención de las dos chicas— Ryoga E. estaba a punto de someterse a una vasectomía nada más casarse con Sakuno.
La nombrada empalideció y Ann chasqueó la lengua, regalando otra patada a la puerta.
—Idiota— Espetó con brusquedad.
Sakuno los miraba desconcertada. Seguramente, no comprendía la razón escondida por la cual Ryoga ansiaba quedarse sin poder procrear. La pobre e inocente Ryuzaki… que tenía un buen chupetón en el lado izquierdo de su cuello. Agrando los ojos sin poder creérselo, inclinándose para poder verlo mejor, seguido por la curiosa de su esposa, que parecía haberse olvidado de los dos acojonados jóvenes en la casa, para centrarse en la sospechosa mancha de su mejor amiga. Sakuno enrojeció ante tantas miradas y Ryoma, carraspeando, caminó hasta la maltratada puerta, tirando de ella para poder pasar dentro de la casa. Si Ann descubría que la puerta se abría hacia fuera, era capaz de darle un bocado.
— ¿Quién te ha hecho eso? — Exclamó Tachibana completamente asombrada— ¡Es un chupetón en toda regla!
La castaña se llevó una mano hasta el lugar, enrojeciendo todavía más si cabía y retrocediendo. Su mirada descendió rápidamente hasta el suelo, mientras él y Ann continuaron inspeccionándola como buenos amigos.
—Takeshi, ¿te has fijado? No solo es un chupetón lo que ha cambiado el cuerpo de Sakuno. Su ropa es más pegada. Lleva tacones de aguja y está…. Algo más abierta. ¿Recuerdas aquello que te comenté cuando éramos más pequeños?
Se quedó un instante pensativo, hasta que la bombilla pareció encendérsele.
—Oh, ¿aquello de que las mujeres que han tenido sexo recientemente, o demasiadas veces, tienden a tener sus muslos más separados de su sexo? — Era divertido, pero Sakuno ya casi parecía un tomate andante— Sí que lo recuerdo. No me digas que le ha sucedido.
—Pues yo diría que sí— Corroboró su prometida—. Mira. Una chica que lleva falda siempre andará con las piernas apretadas cuando se pone un pantalón por primera vez.
Sakuno hacía esfuerzos por apretar sus piernas, ignorando que la trampa que Ann había plantado comenzaba a dar frutos cual semilla creciente. Sakuno era tan fácil de leerse. Finalmente, antes de que se mareara, Ann le dio un codazo, indicándole que los chicos sobraban. Obediente, porque no quería más que nada seguir teniendo que cargar con la furia de la policía, siguió a Echizen escaleras arriba.
También tenía ganas de ver la cara de cobarde del hermano mayor.
Pero la sorpresa llegó cuando se los encontró a ambos sentados en un sofá de cuero rojo teñido, tomados de las manos y aceptando su castigo. Ryoma se había recargado contra la pared, esperando de brazos cruzados a que los policías que habían ido para detenerles ejercieran su trabajo. Ninguno de los hermanos se miró.
Se asomó a la ventana, encontrándose a Ann todavía hablando con Sakuno.
—Sacadlos por la puerta de atrás— ordenó— Evitaremos que la sangre llegue al rio. Echizen— bramó, haciendo que le mirase— ¿A qué demonios juegas? ¿Sabes todo lo que has hecho? Fingir tu muerte, fingir un secuestro. Es de locos. Serás severamente juzgado y yo mismo estaré en el lado contrario. Por mucho que seas el hermano de Ryoma— avisó.
—Él no fue— intervino Osakada Tomoka gritando— Lo del secuestro y la falsa muerte. Lo hice todo yo. También contraté al asesino.
Frunció el ceño, meneando la cabeza negativamente.
— ¿Por qué razón?
—Porque no comprendo por qué Ryoga tiene que quitar la vida que pueda dar injustamente, solo porque sea adoptado. Su padre impuso esa condición si se casaba con Ryuzaki o con cualquier otra mujer. No lo permitiré. Todos estos años he estado peleando contra esa rara sexualidad que Echizen Nanjiro quería ejercer en sus hijos. Incluso con Ryoma quería hacerlo, pero el hijo sanguíneo es diferente al hijo adoptado.
Hizo una pausa, esbozando una ligera sonrisa antes de proseguir.
—Y en cuento a lo del contrato con el asesino… No podía soportar que Ryoga o Ryoma terminaran en los brazos de una monjil chica que solo servía por su dinero. Amo a Ryoga y no aceptaré ese casamiento.
--
Nada más poner un pie en la habitación había visto ambos rostros y sabía que los dos amantes aceptaban aquella decisión y su rendición estaba más clara que una carta de despido. Ryoga no le había mirado a la cara ni una sola vez y él tampoco pensaba hacer nada por obligarle.
Lo que Osakada había dicho era cierto: Su padre no quería herederos por parte de Ryoga. Y sí, a él también había intentando controlarlo sexualmente. Pero afortunadamente había sido más listo y le gustara a él o no, Sakuno formaba ya parte de su vida sexual. No pensaba cambiarla.
Una sonrisa había cruzado el rostro de su hermano mayor cuando Osakada, hiperventilando, había terminado con su discurso sentimental. Había levantado la mirada hacia la doctora y tiró de ella para besarla, extendiendo las muñecas para que las esposas abrazaran su carne.
Ambos, en un silencio perpetuo, se dejaron arrastrar hasta la parte trasera, donde un coche de policía los esperaba para llevarlos a comisaria. Momoshiro estaba perplejo y con los puños apretados. Seguramente había tenido que comerse las ganas de golpear aquellos dos locos amantes que tenían las puertas tan abiertas y existían para hacer daño a los demás para conseguir lo que ansiaban.
Quizás, sí que eran mejor pareja de lo que todos pensaban.
Al final, solo quedaría un juicio que inculpara a los dos y probablemente, irían a la cárcel. Momoshiro se había puesto esa meta y era capaz de conseguirlo. Pero no pensaba utilizar su rango de amigo para proteger a su hermano. Ya era suficiente. Ahora, tenía muchas otras cosas interesantes que hacer.
Cuando salieron al exterior, había comenzado a lloviznar. Ann y su secretaria se habían refugiado bajo un balcón sobresaliente y nada más verlos, sus ojos curiosos se plantaron sobre ellos. Ann golpeó la cabeza de su prometido, acusándolo de traidor antes de besarlo y Ryuzaki se encogió, desviando la mirada hacia alguna otra parte.
Unas horas después, los cuatro se encontraban comiendo en un restaurante de sushi. Momoshiro se había bebido ya casi dos botellas de vino y frotaba su mejilla contra el delgado hombro de Tachibana, que protestaba por un fuerte dolor de pies. La castaña mordisqueaba distraídamente uno de los palillos, esperando que llegara su nueva ración de sushi demandada y él, prefería beber tranquilamente de una lata de ponta.
—Finalmente, parece que todo ha terminado— Dijo Ann tras terminar de acariciarse el empeine con el talón izquierdo—. Realmente se han burlado de mí. Hasta llegué a sentir lástima por ese idiota, creyendo realmente que había muerto. Estúpida de mí.
—Nada de eso— Hipó Takeshi— Lo que sucede es que somos demasiado blandos. Pero ya se acabó. Irán a la cárcel y nosotros podremos seguir nuestras vidas. Te recuerdo, Ann, que dentro de nada nos casaremos.
Ann le dio un codazo como regalo y Takeshi se excusó por necesitar urgentemente un baño. Era divertido cuando torturaban a su mejor amigo de ese modo. Pero por otro lado, también era incómodo quedarse sentado con dos chicas que se lanzaban ligeras miradas y sonreían para dar a entender que tenían un secreto extra.
A Echizen Ryoma nunca se le había dado bien comprender a las mujeres, menos todavía cuando estas eran más de una y no estaban interesadas en el dinero o en el sexo. Pero finalmente, parecieron darse cuenta de ello y Tachibana volvió a comenzar a chafardear.
—Y bien, Sakuno. ¿Tienes pensado finalmente cómo vas a hacer el eslogan para la compañía de Tezuka Kunimitsu? Es un hombre muy serio y exigente. Creo que a mí me daría miedo hacerlo.
La joven se humedeció los labios, sonriendo ligeramente.
—Tengo bien guardada la idea en mi cabeza— respondió— solo espero que sea la adecuada. No podré hacer gran cosa. Soy auxiliar de veterinaria, no tengo lo necesario para tan enorme carga, pero no quiero echarme atrás— confesó— mañana mismo me podré a ello. Lo prometí.
Le miró de reojo, sonriéndole con timidez. Nervioso, bebió algo más de la lata, ansiando que la refrescante bebida calmara el terrible calor que comenzaba a acomodarse en sus entrañas. Cuando Momoshiro regresó, comenzó una monótona charla sobre la futura boda, enterándose así que se celebraría dentro de un mes y que Ann iría vestida de rojo. Poco después, perdió el hilo de la conversación, atajando aquel hecho a las terribles ganas que tenía de encender un cigarrillo y fumárselo a conciencia.
—La traerás, ¿verdad?
Tachibana clavó sus ojos azulados sobre él, frunciendo el ceño con severidad. Casi retrocedió.
— ¿Qué? — logró articular.
—La dejarás venir a mi boda, ¿verdad? ¿O planeas acapararla para ti solito? ¿Crees que somos ciegos y no vemos lo que tenemos ante nuestros ojos? Jamás en tu vida montarías en tu ferraly a una mujer.
—Y ninguna mujer jamás ha llevado una de tus marcas tras una noche de sexo.
Detuvo la lata hacia sus labios, girándose instantáneamente hacia su secretaria. Una marca se mostraba cubierta torpemente por un pañuelo blanco de seda. Arqueó una ceja, llevando los dedos hasta el lugar para verlo mejor. Bien. Existía realmente, lo que no recordaba en qué momento exactamente, cuando su cordura era nula por la excitación, se la había hecho. Al parecer había sido observado por sus amigos más de lo que creía.
Mas no tenía nada que ocultar.
Dejó la lata sobre la mesa y se cruzó de brazos, encogiéndose de hombros.
—Irá— aseguró.
Una de las temblorosas manos de su secretaria se agarró a su brazo y los rojizos ojos le miraron con miedo.
—Usted…
Afirmó, sonriendo de medio lado, una sonrisa que se borró al instante, recordando lo malvadamente cotillas que solían ser aquella pareja ante ellos.
—Entonces, os la damos ya— anunció Tachibana mostrándoles una pequeña tarjeta color canela que sostenía un lazo anudado de color rojo oscuro y con las palabras doradas de "enlace" —. La tarje de invitación a nuestra boda. La verdad es que será más bien de amigos: íntima, vamos. Ni Takeshi ni yo queremos invitar a los que no deseamos para fingir sonrisas y torturar nuestra felicidad.
Sabía que esas palabras iban especialmente por los padres de Takeshi y quizás, alguno de los familiares de Tachibana que nunca apoyaría su amor. Sakuno extendió la mano para coger la postalita, mirándola con asombro y felicitándoles por lo bonita que era. Él esperó, pero no recibió nada. Hundió el mentón.
— ¿Qué? — preguntó Takeshi arqueando una ceja— Vais juntos, ¿verdad? Así que una por dos cabezas. En fin— se volvió hacia el camarero— La cuenta. Paga aquí el ricachón.
Gruñó, buscando dentro de su bolsillo la cartera, sin encontrarla. Parpadeó.
—Ah.
El abogado agrandó los ojos, bufando y sacando la suya propia, pagando la cuenta.
—Te recuerdo que tengo una boda que pagar. Más te vale que mi regalo sea muy caro.
Se encogió de hombros nuevamente y se levantó. Con las manos en los bolsillos, esperó pacientemente a que la chica decidiera seguirle. Ryuzaki se puso en pie tras que Momoshiro pagara, siendo imitada por Tachibana. Takeshi los retuvo, sujetándolos del brazo a ambos.
—Esto se parece mucho a la última vez que decidimos cenar todos juntos, ¿Sabéis? ¿Creéis que fuera habrá un francotirador dispuesto a matar a uno de nosotros?
— ¡Dios, no! — Contestó asustada su secretaria. Optó por un tono grave de voz, llevándose las manos a las caderas— Momo, no digas eso otra vez ni en broma. Dejemos eso. Olvidémoslo. Ahora… todos tenemos nuevas vidas delante de nuestras narices, así que… con permiso, pero quiero vivirla.
Con timidez, se enganchó a su brazo, mirándole con una sonrisa de aceptación. Cogió aire con fuerza y sin siquiera despedirse de Momoshiro o de Tachibana, puso rumbo directo al coche: La bañera todavía les esperaba y estaba dispuesto a tomar largas y placenteras duchas.
Porque la nueva vida había comenzado para aquel frio ejecutivo que no tendría que volver a despedir a su secretaria, sino más bien, amarla.
Tres meses después.
Estornudó de nuevo, mirando totalmente orgullosa el cheque que había sido extendido a su nombre por parte de Kunimitsu Tezuka. Tres meses de trabajo que le había costado alguna que otra noche despierta porque era cuando se inspiraba. Le había dado vueltas al asunto y cuando finalmente logró terminarlo, se había excitado tanto que terminó saltando en la cama y despertando a su compañero de casa, dormitorio y trabajo.
Ahora, con el cheque ante sus ojos, no podía evitar lamerse los labios y pensar en qué podría aprovecharlo, porque no es que tuviera caprichos sin cumplir. Suspiró y decidió guardarlo en el pequeño joyero que había guardado desde que era tan solo una niña.
Se miró al espejo por un instante. Se había cortado los cabellos ligeramente hasta las costillas pero continuaban tan ondulados como siempre, por mucho que la peluquera había insistido en un alisado eterno, para la boda de Momoshiro y Ann. Todavía no le había crecido como era costumbre.
Había adelgazado. Quizás unos dos kilos. Pero no era para menos. Desde que habían regresado su vida se convirtió en un mar la mar de movido. Había tenido que ir a declarar a los juzgados por el asunto de Ryoga y de Osakada, los cuales cumplían únicamente una condena de diez años.
Estuvo ayudando a Ann y Momoshiro con la boda. Al no tener una madrina, Takeshi le pidió ayuda con el traje y ella tuvo que encargarse de todo lo necesario. Había sido realmente duro y casi se le quitaron las ganas de pensar en una boda para sí misma. Claro que para ese entonces, esperaba que otros hicieran todo el trabajo que tuvo que hacer ella por ellos. De todas maneras, Ann y Momoshiro, terminaron agradeciéndole tan maravillosamente felices que no podía arrepentirse de haberlo si quiera intentando.
Tenía que agradecer, la verdad, a los contactos de su jefe. Muchos decoradores les hicieron el cómodo reajuste de precio simplemente cuando se enteraron que eran amigos íntimos del afamado ejecutivo y hasta le dejaron tarjetas para que recordara llamarles el día de su propia boda. Ella las había tirado todas. Ya tenía suficiente con una agenda que estaba repleta de nombres como para ponerse a colocar tarjetitas repetidas. Finalmente, los recién casados se marcharon de luna de miel a Canarias.
Y de nuevo, el peso del trabajo recayó en ella. Debía de llevar la agenda de Ryoma Echizen. Anular y comprobar citas. Preparar currículum y borrar datos inservibles. Con su ausencia parecía que el contestador se había quedado sin cinta de los muchos que tenían. Para más desastre, los problemas de la empresa creados por Ryoga recayeron sobre ellos cuando la ex secretaria del mayor se despidió, marchándose con el empresario Fuji Shyusuke. Su jefe tuvo que pasar todo lo que estaba a nombre de Ryoga al suyo y los juicios no cesaban de llegarles como cartas de bienvenidas.
Entremedias de aquel caos, también tenía que pelear con él- en peleas que a veces perdía por culpa de su cuerpo, incontrolable y demasiado sensible desde que había despertado a los placeres carnales- para evitar que pusiera servidumbre que atendiera la casa. Aunque cuando se vio tan saturada de trabajo tuvo que permitir que al menos dos limpiadoras fueran contratadas. Llegaba demasiado cansada y siempre se sentaba ante el ordenador para terminar su primer- y premiado- eslogan.
Pero existían cosas buenas- descubiertas por su cuerpo- que le permitían ser algo más cercana al género masculino- aunque únicamente con Echizen con demostraba cuando era verdaderamente una mujer- y así, demostrar que su inteligencia seguía ahí y no oculta bajo las ropas estrechas que terminaron por gustarle llevar, especialmente porque le permitían moverse más rápidamente y superar el calor. Sin embargo, nada más regresar a su casa, osaba volver a descolgar alguna de sus faldas anchas y uno de sus jerséis.
Pero esta ropa jamás duraba demasiado tiempo puesta.
No comprendía muy bien ni cómo ni por qué, ni tampoco sabía si todas las parejas tras una noche de pasión decidían vivir juntos como si de marido y mujer se trataran, pero sí sabía una cosa: le estaba sucediendo a ella. Desde aquella noche de lujuria había compartido todas y cada una de las noches en la cama de su jefe. Dormía con él, cenaba con él, veían la tele juntos, comentaban cosas de la casa y hasta se sentaban ante la chimenea para tomarse de las manos y descansar uno sobre el otro.
Las noches de pasiones no eran únicas. La bañera de su dormitorio los habría visto hacer el amor millones de veces y hasta estaba segura de que no quedaba ningún lugar de aquella casa que no se pudiera utilizar. Y la realidad era que disfrutaba por completo, hasta el punto de ansiarlo. Aunque siempre, era regañada en medio de su pasión y cuando estaban a solas. Tenía la fea manía de continuar llamándolo "jefe" y "señor". Aunque también podría reprocharle, pues ella continuaba siendo "Ryuzaki" hasta cuando el hombre llegaba al clímax.
Tenía que confesar que nunca nadie había pronunciado su apellido mientras sucumbía dentro de sus entrañas, pero también sentía cierta celosía cuando recordaba las novelas en que el hombre decía el nombre de la mujer a la que amaba y no su apellido. Pero había aprendido que con su superior era mejor esperar el paso del tiempo y hasta se impuso a ella misma llamarlo "Ryoma" cuando estuvieran a solas.
Continuó observándose en el espejo. Se había puesto una camiseta de algodón blanca y unos vaqueros. Quería ir a hacer la compra al super, pero tenía que traer cosas pesadas y estaba esperando que Ryoma regresara de una cita con un banquero importante. Si se hacía más tarde, tendría que ir ella misma sin perder tiempo.
Se levantó, parpadeando al ver que sus senos habían aumentado ligeramente de tamaño, al tiempo de abultar más bajo la camiseta. Se sonrojó. La probabilidad de que eso se debiera al sexo, la hizo avergonzarse.
Finalmente, abajo, se dejó escuchar la pesada puerta del garaje al abrirse. Había llegado.
Con rapidez y precaución a la vez, descendió por las escaleras y justo cuando abrió la puerta, él ya había subido al porche, mirándola perplejo. No era frecuente que fuera a recibirle. Más bien, de pura vergüenza, siempre se quedaba escondida en la cocina o fingía salir del baño, no sabiendo qué debía de hacer cuando llegara. ¿Es que debía de besarle con tantas ganas como las que sentía cuando se encontraban en la oficina? ¿Hacer una reverencia como hacía a los demás?
Pero esta vez, Gold tenía otros planes, como por ejemplo, interponerse entre sus pies, haciéndola caer hacia delante justo sobre los fuertes brazos de su jefe. El hombre la sujetó a tiempo, alzándola de las axilas para mirarla perplejo, sin comprender a qué venía ese entusiasmo. Si bien era consciente de que había cobrado un cheque de una suma importante de dinero, sabía que ella no era de las que armarían días de revuelto. Le satisfacía más haber acabado el proyecto.
—Ah… Esto… tenemos que… ir a comprar — se explicó como pudo, sonrojada por el roce de los dedos del hombre contra su piel — le estaba esperando.
Él parpadeó, dejándola finalmente sobre el suelo y frotándole los cabellos igual que de una niña pequeña se tratara. Ya se había habituado a aquel gesto que únicamente procedía cuando hacía algo que para ella podría ser anormal o resultarle vergonzoso. La duda siempre estaba ahí y no podía evitarlo. Echizen no hablaba, pero sí solía hacer gestos que terminaban por tranquilizarla.
Así pues, tomó rápidamente las llaves y la pequeña carterita negra que guardó en uno de los bolsillos del pantalón. Tomados de la mano, se encaminaron hasta el supermercado más cercano. El gran almacén les recibió con un ligero toque de aire acondicionado que los despeinó, riendo, intentó colocarse mejor el cabello y sujetó uno de los carros para poder comenzar a comprar.
Su jefe no tardó en contrarrestarla, quitándole el carro para ser ella quien tuviera total libertad a la hora de comprar. Era una sensación terriblemente agradable. Confiaba en ella hasta el punto de dejarla cocinar su propia comida. Hacía tiempo que no les visitaba el repartidor de sushi cercano a la oficina.
Sacó la lista que había tenido tino de coger antes de lanzarse a la aventura de recibirle. Eran cosas justas y necesarias que ocuparon rápidamente el resto del carro. Cuando hubo tachado la última de las cosas escritas, se quedó un instante pensativa, mordisqueando nerviosamente el bolígrafo, alzando la mirada para dar de lleno con una caja de preservativos. Retrocedió. ¿Eso no se usaba durante las relaciones sexuales? ¿Acaso no era el método de impedir quedarse embarazada y todo el rollo ese que había visto una y otra vez sobre las enfermedades- tan importante a tener en cuenta- de sida y demás?
Se tensó automáticamente. Ella no los había comprado en su vida y mucho menos, utilizado. Había sido una de esas niñas tímidas que en la clase de sexualidad se queda escondida en un rincón para evitar la típica broma del condón volador. Y su jefe tampoco los había comprado, o al menos, utilizado con ella. No. Estaba segura. En medio de su placer nunca se había detenido un instante para tocarse y colocárselo. Estaba siempre tan excitada que creía que ni necesitaba lubricación, así que… ¿Qué habían estado haciendo? ¿Cómo se habían protegido?
Y si…
Sabía que muchas embarazadas adelgazaban en los primeros meses, porque el feto absorbía todo. Eso también explicaría por qué, su siempre rápido a la hora de crecer, cabello, se había detenido improvistamente. Y por supuesto, por qué sus senos se habían hinchado. Jadeó, aterrada. ¿Qué demonios haría su jefe sabiendo que estaba embarazada? Probablemente darle la patada.
Se sujetó al puesto paramédico, sin mirarle, sonriendo ligeramente.
—Nhm… esto… ¿algo más por comprar? — Cuestionó, maldiciendo mentalmente a su voz por ser tan delatante.
Pero no recibió contestación. Cuando se giró, queriendo verle, no le permitió mirarle. La encajonó contra el puesto, suspirando y acogiendo el olor de sus cabellos como siempre, besándole ligeramente las mejillas. Su corazón batió fuertemente. ¿¡Es que pensaba tener sexo ahí!? Desde luego: No era el mejor momento para ella. Tenía los nervios a flor de piel.
Nervios que la hicieron tensarse cuando las manos del ejecutivo se enlazaron sobre su vientre. Leves círculos formados por los pulgares la acariciaron, justo ahí: donde un hijo podría estar formándose, ajeno al terrible suceso que tendría fuera. Cogió aire, sintiendo el llanto a punto de salir de su control. Se mordió el labio inferior, cerrando los ojos con fuerza.
Otra burbuja más rota. Otro amor fuera. Otra perdida. Esta vez, se iría de cabeza a un monasterio, si es que la dejaban.
Cuando finalmente llegó la voz de compañero, las piernas le fallaron y las lágrimas que tanto tiempo había logrado retener, vencieron las barreras de su fuerza. Las manos masculinas la aferraron con cautela, haciéndola girarse, esperando una respuesta. Afirmó repetidas veces atreviéndose a enlazar sus brazos al cuello masculino y enredar sus dedos en sus cabellos. No era por un momento sexual. Eso, había sido incluso una marca futura para su destino. Ya no tendría que esperar jamás. Porque esas simples palabras habían bastado para la aceptación
"Tú, yo y el apellido Echizen"
La respuesta a una pregunta referente a la compra, pero que terminó aclarando que dos, siempre son tres.
Y su vida, estaba finalmente llena. Quizás, nunca se arrepentiría de haber atravesado la puerta del despacho de Ryoma Echizen.
Fin
n/a
Final. Finalmente se terminó. Bien. Ahora creo que cierta persona que me amenazó con no unirme a favoritos porque no iba a terminarlo, me debe una buena disculpa.
En fin.
Treinta páginas que anuncian el final de un fic que comencé a gusto y terminé a gusto.
Antes de despedir con un anuncio, os quiero dar las gracias a todos aquellos que realmente me han seguido hasta el final y a aquellos que agradeceré sinceramente estos últimos rw, que espero con mucha ilusión, me dejen.
Por último, decirles que tengo pensado dejar el fic aquí por terminado, pero que si alguien cree que se me olvidó decir algo o quiere saber alguna cosa extra, lo deje directamente en mi lj, ya que no responderé rw porque muchas personas tienen cerrado eso y no reciben contestación de mi parte :3 así nos evitamos confusiones. Así que ya saben, cualquier pregunta, hacédmela ahí.
En fin, esto llegó a su fin y uno nuevo llegará en su parte. Nos vemos entonces.
Saludos.
Chía.
24-04-09
