Cap 29 EL CALDERO CHORREANTE
Hermione estaba apunto de dirigirse a las escaleras para subir a su cuarto, cuando Anthony la detuvo tomándola de la mano.
– ¿qué pasa, chaparro? – le preguntó Hermione volteándolo a ver.
Anthony hizo un puchero frunciendo el entrecejo en señal de enojo.
– ¿qué? – preguntó Hermione confundida, pero casi inmediatamente abrió los ojos levantando las cejas en señal de haber recordado algo – Tom... ¿qué tienes de comer? – le preguntó mientras cargaba a su hija y la subía a la barra y de igual forma lo hizo con su hijo, sentándolos sobre la barra.
Tom sonrió y comenzó a decirles el menú, mientras Hermione lo escuchaba volteaba a sus lados, discretamente, encontrándose con la mayoría de las miradas sobre ella y sus hijos.
Muchos de los que estaban ahí tenían el Profeta con ellos y la observaban con pena.
– y bien... ¿qué desean? – les preguntó Tom con una amplia sonrisa.
Hermione observó a sus hijos esperando respuesta.
Anthony hizo un movimiento con su mano indicándole a Hermione que se acercara a él, y así lo hizo. Al hacerlo su hijo le dijo algo al oído.
Hermione lo observó y sonrió – ¿estás seguro? – le preguntó sin dejar de sonreír y Anthony asintió sonriendo – ¿y tu, nena? – preguntó ahora viendo a su hija.
Catherine hizo lo mismo que su hermano, diciéndole al oído a su mamá lo que deseaba.
– bien... van a ser dos órdenes de lombrices sangrientas y una de costillas – pidió Hermione y Tom asintió.
– y ¿de tomar? – les preguntó Tom.
– que sea una cerveza de mantequilla y dos zumos de calabaza, por favor – ordenó Hermione.
– muy bien... – asintió Tom dándose media vuelta.
– ehm... Tom... ¿podrías llevármelo a mi cuarto? – le pidió en voz baja y Tom asintió de nuevo.
Y sin más que decir, Hermione subió, junto con sus hijos, a su habitación.
No era muy amplia, pero era todo lo que necesitaba. Una cama matrimonial en el centro del cuarto, un ventanal que daba al callejón Diagon, una puerta de la pared contraria a en la que se encontraba la cama, un tocador, una mesa de centro y dos mesillas de noche; una a cada lado de la cama.
En cuanto entraron sus hijos corrieron hacia la cama y, subiéndose, comenzaron a brincar.
– ¡ey! ¿Qué les he dicho sobre brincar en las camas? – les preguntó Hermione con tono severo.
Sus hijos la observaron un poco intimidados por su tono y dejando de brincar se sentaron en la cama.
– perdón, mami... – se disculparon sus dos hijos.
Hermione se acercó a ellos e hincándose frente a sus hijos comenzó a quitarles lo zapatos, recibiendo como resultado las miradas confundidas de sus hijos – ¡cuántas veces les tengo que repetir que no lo hagan con zapatos puestos! – les dijo sonriendo, haciendo sonreír también a sus hijos.
– ¿entonces podemos? – le preguntó Catherine sin dejar de sonreír sorprendida.
Hermione asintió – pero tengan cuidado, ¿si? – les pidió y ambos asintieron mientras se paraban sobre la cama comenzando a brincar de nuevo.
No era que a Hermione le gustara que hicieran eso, pero lo único que la alegraba en esos momentos era ver a sus hijos contentos, y de antemano sabía que algo que les fascinaba era brincar en las camas.
Después de varios minutos de brincos Catherine se percató de todo lo que se podía ver a través de la ventana.
– ¿mami, qué es ahí? – le preguntó Catherine señalando hacia la ventana.
Hermione volteó y recordó aquel gran e interesante callejón, tenía tanto tiempo que no estaba ahí – es el Callejón Diagon – les informó mientras se acercaba a sus hijos obedeciendo los pedidos que le hacían de que los llevara hacia la ventana.
– ¿y qué hay ahí? – le preguntó Anthony observando, al igual que su hermana, con asombro todo el callejón.
– es un callejón dónde sólo podemos entrar los magos – les explicó – ahí venden muchas cosas mágicas y no tan mágicas, pero son cosas que sólo; básicamente; podríamos necesitar nosotros los magos – les decía mientras los paraba sobre la repisa que estaba en el marco de la ventana.
– ¡¿podemos ir?! – preguntó Catherine emocionada.
Hermione lo pensó por unos segundos y luego asintió – pero antes van a comer – dijo al ver que aparecían sus platillos sobre una mesa de centro que estaba entre la ventana y la cama.
Sus hijos asintieron mientras Hermione los bajaba de la repisa para que comieran.
Y tanto ella como sus hijos comenzaron a comer. Mientras sus hijos comían divertidos sus lombrices; que más bien eran espagueti; Hermione les acomodaba los zapatos de nuevo, porque ya sabía que en cuanto terminaran saldrían corriendo del cuarto para dirigirse a dónde les había prometido ir.
Después de casi una hora Anthony y Catherine estaban terminando de comer y, como había supuesto Hermione, se levantaron y corrieron hacia la puerta.
– ¡vamos, mami! ¡Vamos! – decían, con grititos que indicaban emoción, Catherine y Anthony desde el pasillo que estaba fuera del cuarto.
– ya voy... ya voy... – dijo Hermione caminando hacia ellos.
– pónganme atención... no quiero que suelten mi mano o en todo caso mi pantalón... no quiero que se separen de mi, ni que le hagan caso a desconocidos, esta bien? – les preguntó ya que estaban frente al muro que los dirigía al Callejón.
Los dos asintieron, Catherine tomó la mano de su mamá y Anthony el pantalón de esta.
Y después de hacer los movimientos indicados con la varita, observaron como se comenzaba a abrir ante ellos el muro, dejando a la vista un largo callejón lleno de gente.
Anthony y Catherine hicieron expresiones de asombro al ver cómo se abría el muro. Y sin más comenzaron a caminar, Hermione ahora tomaba la mano de su hijo también.
Estuvieron en el callejón alrededor de dos horas visitando diferentes tiendas, en donde tardaron más fue en la de Quidditch y en Flourish & Blotts, ya que tanto a Catherine como a Anthony les encantaba en Quidditch y la lectura, ambos gustos heredados de sus papás, y aunque aún no sabían leer les gustaba mucho que Hermione les leyera.
Después de su recorrido por el Callejón Diagon, Anthony y Catherine regresaron agotados y en cuanto llegaron al cuarto se acostaron en la cama quedándose profundamente dormidos.
En busca de algo que hacer, Hermione recordó que tenía que informar a Ginny de que había dicho que iba a estar en su casa.
– ¿Ginny? – la llamó Hermione por medio de un hechizo de telepatía que habían aprendido poco después de dejar Hogwarts.
– ¿Hermione?... – preguntó Ginny confundida.
– sí... Ginny, necesito pedirte un favor... – decía Hermione pero fue interrumpida por la voz mental de su amiga.
– Hermione, no quisiera ser yo la que te lo diga, pero... en el profeta viene un artículo... – decía Ginny preocupada, pero ahora ella fue la interrumpida.
– Ginny, ya lo sé... hace más de cinco horas que lo sé... de eso quiero hablarte... – decía Hermione con calma.
– oh... ¿y como estas?... ¿cómo te sientes? – decía Ginny aún más preocupada – ¿ya hablaste con Harry? –
– Ginny, cálmate... creo que lo mejor es que vengas... así hablaremos con calma – decía Hermione, aunque aún no lograba entender cómo podía decir todo con tanta tranquilidad si apenas tres horas atrás estaba llorando el engaño de Harry.
– esta bien... pero... ¿no va a estar Harry ahí? – le preguntó Ginny pensando que estaba en su casa.
– no, no creo que tenga idea de dónde estoy... y quiero que siga así por el momento, ¿esta bien? – le pidió a su amiga.
– cómo tú quieras... pero, ¿dónde estas? –
– en el Caldero Chorreante... ven pronto por favor... – pidió y después de hacerlo cortó la comunicación. Sin saber porqué estaba llorando de nuevo. Talvez sólo había estado un poco tranquila porque el paseo por el callejón Diagon la había relajado, pero ahora, que estaba de nuevo encerrada, sola, había vuelto su dolor por el engaño.
Hermione esperó alrededor de una hora a Ginny, comenzaba a desesperarse y las ganas de llorar estaban más presentes que nunca.
Comenzaba a pensar que Ginny no iba a llegar, cuando...
– ¿Hermione?... ¿dónde estas?... – escuchó la voz de su amiga en su cabeza.
Hermione al principio se sobresaltó, pero al darse cuenta de lo que era contestó con calma – en el Caldero Chorreante... ya te lo había dicho... –
– sí, lo sé... ya estoy aquí... pero al parecer Tom se hace el desentendido... dice que no estas aquí... – le explicaba Ginny.
– oh, lo siento... le pedí a Tom que no le dijera a nadie que estaba aquí... estoy en el número 17 – le explicó Hermione.
– bien, voy para allá... – dijo Ginny antes de cortar la comunicación.
Hermione se levantó de la cama y se dirigió al pasillo que estaba fuera de su habitación, por si Tom le negaba el paso a Ginny.
Y justo al salir escuchó la voz de Tom.
– señora Tribbiani por favor, ya le he dicho que la señora Potter no está aquí –
– ya sé que Hermione te pidió que no se lo dijeras a nadie, pero ¡ella me pidió que viniera! – le explicaba Ginny con tono molesto.
– pues creo que le mintió porque ella no está aquí, así que por favor ¡salga! – le pidió Tom también con tono molesto.
– pero si... – se defendía Ginny enojada, pero fue interrumpida
– Tom, déjala... esta bien, yo olvidé decirle que te había pedido que no dijeras que estaba aquí... pero gracias de todas formas... – se disculpó Hermione.
– oh bien... ¿quiere que deje pasar a todo el que venga a visitarla? – le preguntó Tom un poco confundido.
Hermione negó – sólo a ella... – dijo y Tom asintió – ¡gracias! – le dijo cuando este se estaba retirando.
– perdón, lo olvidé por completo – se disculpó Hermione con Ginny mientras caminaban hacia su cuarto.
Ginny negó – no te preocupes, no importa... mejor dime, ¿cómo estas? – le preguntó cambiando su tono tranquilo por preocupado.
Hermione la observó por unos segundos y luego sonrió débilmente, pero, sin darse cuenta, varias lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
– ¡oh, Hermy! – chilló Ginny mientras abrazaba a su amiga, y en sus brazos, Hermione, comenzó a sollozar – vamos amiga, no te pongas así... – "¡estúpida!" se reprendió por haber hecho ese comentario, ¿cómo pretendía que Hermione dejara de llorar si Harry, su esposo y verdadero amor, la había engañado?
Hermione escondía su rostro en el hombro de su amiga, llorando y preguntándose ¿porqué Harry había jugado con ella? ¿porqué la había engañado?
– Hermione, vamos adentro... – le dijo Ginny mientras acariciaba su cabello en señal de apoyo.
Hermione asintió, y, separándose de ella, se limpió las mejillas, volviendo a caminar en silencio en dirección a su habitación.
Ginny la siguió de cerca y entró tras Hermione a la habitación.
– ¿los trajiste? – preguntó Ginny un poco sorprendida al ver a los hijos del matrimonio Potter durmiendo plácidamente en la cama de la habitación.
Hermione asintió – no podía dejarlos solos... ni con mis papás... – le explicaba controlando sus, ya resguardados, deseos de llorar – aparte, Anthony estaba preocupado, no quería dejarme sola... – decía viendo a sus hijos con amor aunque aún se veía tristeza a través de sus ojos.
– ¿te vio llorar? – le preguntó Ginny mientras se sentaba; en el suelo, cerca de la ventana; al lado de su amiga.
Hermione asintió – no lo pude evitar... olvidé por completo que estaba enfrente de mi... sólo agradezco que no haya visto la foto... a pesar de todo, no quiero que ellos sepan, no es su problema... sólo es nuestro... Harry ya sabrá lo que va a hacer – decía Hermione viendo hacia la nada mientras sus ojos se llenaban de nuevas lágrimas.
– ¿piensas hablar con él? – le preguntó Ginny con todo el tacto posible, esperando no recibir un grito como respuesta.
Hermione lo meditó unos segundos – no... no por ahora... no sé qué le haría si lo tuviera frente a mi en estos momentos... – dijo dejando ver enojo en su mirada y en la expresión de su rostro.
– pero los niños... ellos van a preguntar por él... – le dijo Ginny, y no era que quisiera que Hermione viera a Harry; de hecho, ella también quería golpearlo, después de todo había lastimado demasiado a su mejor amiga; sólo era la verdad, Anthony y Catherine preguntarían por Harry en cualquier momento.
– lo sé... pero no quiero verlo... no ahora... – decía Hermione volviendo a su tono triste – no tienes idea de cómo me sentí cuando vi la foto... – dijo luego de estar unos minutos en silencio, volviendo a llorar – me sentí usada... burlada... humillada... y más que nada... engañada... engañada como si fuera una niña... no sabes cuantas veces me aseguró que era la única mujer que ocupada sus pensamientos y su corazón... no sabes cuantas veces me dijo que me amaba... que daría la vida por mi... y todo lo que hacía por demostrarle mi amor... tantos besos... ¡besos que para él no significaban nada!... cartas asegurándole mi amor... abrazos... caricias... noches en vela esperando su llegada... – decía Hermione dejando correr sus lágrimas, y guardó silencio por varios segundos – ¡qué tonta fui!, ¡Siempre me engaño!... ¡Estos cuatro años fueron puros engaños!... ¡fui su burla!... sólo jugó conmigo – dijo, y sin poderlo evitar se hundió entre sollozos, de nuevo.
Ginny inmediatamente se acercó a ella y la abrazó, sin poder encontrar las palabras correctas para consolar a su amiga.
Después de casi dos horas de estar ahí Ginny se despidió de su amiga, que ahora dormía.
– chaparra, habla con él... por lo menos mereces saber sus razones... así como mereces decirle sus verdades... hazlo por ti y por los niños... – le dijo a una Hermione adormilada, y sin más salió del cuarto.
