Wow 20 reviews en el último capi, muuuuuuchas gracias. LLevo una semana muy estresante y no sabéis lo que me alegra y la inspiración que me dais.

Disclaimer: no soy Meyer por lo que ni la historia original ni los personajes (no, ni siquiera Edward) son míos.

CINCO RAZONES PARA NO ENAMORARSE.

[AH,AU]: En la biblioteca, Bella nunca había encontrado nada más interesante que sus libros. Hasta hacía dos meses. ¿Qué ocurre cuando el motivo de su falta de concentración se instala en su casa durante un mes?


CAPÍTULO 4. EXCESO DE HORMONAS

Tras el descubrimiento de que Edward estaba soltero no podía evitar mirar con desconfianza mi lista de cinco razones colgada en el corcho de mi habitación cada vez que pasaba por delante de ella. Había depositado toda mi confianza para sobrevivir al mes de convivencia en esa pequeña hoja de papel pero ni siquiera había aguatado entera 24 horas. Empezaba ya a preguntarme cuánto tiempo durarían en pie el resto de razones.

Así que con mi lista de cinco motivos reducidos ya a cuatro, los primeros días viviendo con Edward se me hicieron bastante cuesta arriba, aunque no precisamente por su carácter o su manera de llevar la convivencia. Edward era diametralmente opuesto a Alice por lo que no podía quejarme de los ataques de hiperactividad, los interrogatorios policiales y las maratones de programas de moda y del corazón a los que me sometía mi tirana amiga en nuestro día a día. El problema residía en que su mera presencia me ponía nerviosa.

El peor momento del día eran sin duda las mañanas ya que Edward seguía poniendo en práctica su costumbre de pasearse en ropa interior por toda la casa mientras se preparaba el desayuno. Quería pensar que no lo hacía de manera intencionada y que se trataba de un hábito natural en él, pero a veces, en los momentos en los que esbozaba su típica sonrisa torcida cuando yo me quedaba colgada mirándole durante unos segundos (es decir, en el 99,9 por ciento de las ocasiones), tenía la seguridad de que sabía el efecto que provocaba en mí y disfrutaba con ello. Es evidente que esa manía exhibicionista no resultaba muy relajante para mí, por lo que por las mañanas mis habituales niveles de histerismo y nerviosismo aumentaban considerablemente.

Por el bien de mi salud mental había considerado seriamente la posibilidad de hablar con Edward sobre el asunto. Pero en fin, tampoco tenía muy claro cómo plantear el tema. ¿Qué era lo que se suponía que debía decirle? "Perdona, pero soy una mojigata y no puedo ver más carne de la necesaria". O quizás funcionaría mejor un "Lo siento Edward, pero cada vez que te veo en ropa interior una voz en mi cabeza me ordena tirarme encima de ti y no creo que eso favorezca la convivencia". ¿Por qué no había reglas de etiqueta para estos casos?

Aún así sabía que no importaba como planteara el asunto (si es que en algún momento me atrevía a hacerlo); lo hiciera como lo hiciera de todas formas me iba a tomar como una desquiciada mental.

Estaba segura de que Alice no me iba a ser de gran ayuda. Sospechaba que su solución consistiría en hacer caso a la voz malvada de mi cabeza y tirarme encima de él en cuanto le viera, confiando en que después no me denunciara por acoso. Sin embargo me apetecía saber lo que opinaba mi amiga por lo que, cuando a los dos días de que Edward se instalara, Alice apareció por primera vez en el apartamento me decidí a comentarle mi pequeño problema, obviando por supuesto detalles escabrosos como el de mi lista de cinco motivos.

- ¿Cómo van los primeros días con tu chico de la biblioteca?

Alice ni siquiera esperó respuesta y se fue directamente a la habitación de Edward para cotillear entre sus cosas.

- ¡Alice! – la reñí tomándola del brazo y sacándola a la fuerza de allí - ¡No entres en el cuarto de Edward!

- ¿Por qué? – preguntó ella haciéndose la inocente. Mala suerte, sabe que sus intentos de aparentar ser una niña buena conmigo no cuelan – Sigue siendo mi habitación, tengo que asegurarme de que Edward la trata bien.

- Es la habitación de Edward – puntualicé.

- ¡Oh vamos! ¿Ni siquiera me dejas echarle un vistazo?

Negué con la cabeza y crucé fuertemente los brazos sobre el pecho, interponiéndome entre mi amiga y la habitación de Edward. Alice me miró y entrecerró los ojos con malicia.

- No me digas que nunca has sentido la tentación de entrar ahí.

Me mordí el labio intentando esconder una sonrisa.

- No – respondí con la mayor convicción que fui capaz de mostrar.

- Mentirosa.

Por suerte Alice pareció darse por vencida ya que se dejó caer sobre el sofá y retomó el tema inicial de nuestra conversación.

- ¿Cómo van vuestros primeros días? ¿Os habéis besado ya? ¿Habéis dado rienda suelta a vuestra pasión y…?

- Alice… - la avisé.

- Mmm… quizás es demasiado pronto. Pero como mucho yo os doy dos semanas.

No repliqué inmediatamente como habría hecho en circunstancias normales. Sin embargo y a pesar de que no lo admitiría delante de Alice, una parte de mí ni siquiera me daba dos semanas de plazo antes de romper la lista y caer al lado oscuro. Alice me miró con curiosidad debido a mi repentino silencio.

- Quizás tan solo será necesaria una – reconsideró su plazo.

Sacudí la cabeza y le dirigí una mirada de enfado.

- Alice, eso no va a ocurrir nunca.

- ¿Por qué? ¿Porque tiene novia? Como si eso fuera un gran impedimento.

Apreté los labios con fuerza y desvié la mirada hacia otro lado, zafándome de los ojos inquisitivos de Alice. Sabía que esto iba a complicar mi vida considerablemente pero tarde o temprano Alice se iba a enterar de que la supuesta relación de Edward y Tanya tan solo era fruto de mi imaginación, así que lo mejor sería soltarlo ya.

- Edward está soltero – Alice esbozó una gran sonrisa y ya había abierto la boca para hablar por lo que la interrumpí antes de que pudiera hacerlo – Pero eso no cambia las cosas.

La sonrisa de Alice se transformó automáticamente en una mueca de fastidio al escuchar mis palabras. Mi amiga gruñó con desesperación y dejó caer su cabeza con fuerza contra el respaldo del sofá.

- ¿Por qué eres tan cabezota, Bella? Sé reconocer el amor a primera vista y…

Esa vez fui ya la que gruñó. ¿Quién estaba hablando de amor? Vale que yo supiera que tenía muchas papeletas para enamorarme de Edward, pero por suerte de momento tan solo estaba en la fase de atracción fatal.

- Alice de verdad, deberías de dejar de leer las novelas románticas que venden de oferta en el supermercado. Tienes un concepto bastante distorsionado de lo que es el amor.

- Di lo que quieras Bella, pero hay cosas que son inevitables y por mucho que las quieras retrasar o esquivar al final siempre acaban cayéndote encima.

No respondí por no darle el gusto pero sabía que Alice tenía razón. Como siempre.

Decidí que lo mejor para no meterme en más líos filosófico-existenciales era reconducir la conversación hacia mi dificultad más acuciante.

- Tengo un problema y esperaba que me dieras consejo.

Alice giró la cabeza, todavía apoyada contra el respaldo del sofá, y me miró con fastidio.

- ¿Un problema? – repitió - ¿Quieres decir un problema aparte de ser extremadamente cabezota y no querer ver lo evidente?

- Sí, aparte – gruñí entre dientes - ¿Te lo cuento o prefieres seguir sermoneándome?

Ella se encogió de hombros con falsa apatía pero sabía que las ganas de cotillear estaban a punto de romper su máscara de indiferencia.

- Edward tiene la costumbre de pasearse en ropa interior por la casa todas las mañanas.

Alice soltó una gran carcajada y se reposicionó en el sofá con las piernas cruzadas y de frente a mí, en su habitual postura de cotilleo.

- ¿Y cuál es exactamente el problema? ¿Que te parece que lleva poca ropa o demasiada?

Típica respuesta Alice. Puse los ojos en blanco pero tuve que esforzarme por reprimir una sonrisa.

- Que lleva poca ropa – aclaré.

- Sabes lo que significa eso, ¿no? – me encogí de hombros sin entender qué quería decir – Exceso de hormonas, Bella. Demasiada tensión sexual acumulada. Y la solución es…

- Ya sé cuál es tu solución – la interrumpí antes de que pudiera continuar. Sospechaba que esa solución incluía una cama y hacer caso a mis instintos primarios – Pero ya te he dicho que eso no va a pasar. Y sí, quizás tienes razón y estoy destinada a enamorarme de Edward – admití finalmente – pero no quiero que eso pase y me gustaría que me ayudaras a evitarlo.

- ¿Ayudarte? – repitió ella alzando las cejas con incredulidad - ¿Ayudarte a que no te enamores de Edward? No, Bella. No, por lo menos hasta que no me des una razón suficiente.

- El amor no correspondido duele, Alice. ¿Quieres ver a tu amiga sufrir? – pregunté poniendo mi mejor cara de cachorro abandonado.

- No intentes la táctica del chantaje emocional. Sabes que conmigo no funciona – me advirtió – Y además, ni siquiera sabes si es correspondido o no.

- Mi instinto me lo dice.

Los labios de Alice se curvaron en una sonrisa burlona.

- Oh por supuesto, tu instinto. El mismo que aseguraba que Edward tenía novia. ¿Deberíamos fiarnos de él?

Abrí la boca para replicar pero no se me ocurrió nada con lo que rebatir la afirmación. En esos momentos solo me apetecía ponerme a gritar, enrabietada porque Alice siempre tuviera razón en todo.

- Lo siento Bella, pero tu sexto sentido femenino está atrofiado. Me temo que en estos temas tendrás que fiarte de mí – me dijo Alice con un tono falsamente apesadumbrado – Además, ya sabes que lo mejor que puedes hacer es no apostar nunca contra mí.

Pedirle consejo a Alice solo había servido para aumentar mi nivel de irritación. Debería haber sabido que alguien que se compra las novelas románticas de oferta 2x1 en el supermercado, esas con títulos cutres y resúmenes empalagosos, no estaba autorizada para dar consejos en estos casos.

Así que a falta de una mejor amiga útil, acudí a la persona más racional que conocía.

- Angela – susurré cinco minutos antes de que finalizara nuestra última clase del día, incapaz de aguantarme a que el profesor abandonara el aula.

Angela levantó los ojos de su libro y me miró con algo de irritación.

- ¿Qué?

- Tengo un problema – expliqué.

La mueca de irritación de Angela se acentuó.

- ¿Y no puedes contármelo después? La clase está a punto de acabar.

- Pero es que es urgente – traté de convencerla.

- Señorita Swan.

El profesor interrumpió su explicación y me miró alzando las cejas. Yo volví la vista al frente e intenté recomponer mi mejor mueca inocente

- ¿Hay algo que quiera compartir con la clase? – negué inmediatamente con la cabeza – Estupendo.

Angela me dirigió su mejor sonrisa "te-lo-dije" pero yo no me di por vencida. Me escurrí en mi silla hasta que creí que mi compañero de delante me ocultaba por completo del profesor y reinicié mi conversación en rápidos susurros.

- Se trata de Edward.

Observé con satisfacción como Angela se mordía el labio inferior, luchando entre aparentar ignorarme para mantener la atención en la explicación y sus evidentes ganas de cotillear, sobre todo cuando la palabra "Edward" andaba de por medio. Finalmente cedió a sus impulsos y se volvió disimuladamente hacia mí.

- Creo que en cualquier momento voy a sufrir una combustión espontánea… - comencé a explicar.

- Swan y Webber.

Levantamos la cabeza a la vez hacia el profesor con cara de no haber roto un plato en nuestra vida. El ceño fruncido y la mirada irritada que nos dedicó nos hicieron saber que la técnica de hacerse las inocentes no había funcionado.

- Ya que encuentran tan interesante mi explicación y no pueden esperar a que finalice la hora para intercambiar impresiones, mañana quiero en mi mesa un resumen. Dos hojas como mínimo – el profesor esbozó una sonrisa cruel antes de soltar la última orden – Y a mano.

Con ese último recado el profesor dio por finalizada la clase y por fin abandonó el aula. Cerré mi libro de golpe y me volví hacia Angela, sin preocuparme por el trabajo extra que tendría ese día. Ella sin embargo me miró malhumorada.

Me sentí culpable por haber arrastrado a Angela al castigo. Pero solo un poco. Al fin y al cabo Angela se había mostrado muy cooperativa en la noble tarea de cotillear en cuanto de mi boca salió la palabra "Edward".

- ¿No podías haber esperado a que terminara la clase? – preguntó ella, expresando en voz alta su malhumor.

- Oh vamos, en cuanto te dije que mi problema tenía que ver con Edward se te olvidó que estábamos en clase.

Angela puso los ojos en blanco y fingió que yo no estaba allí, pero no rebatió mi afirmación.

- ¿Y a qué se debe el riesgo de sufrir una combustión espontánea? – quiso saber finalmente, cuando decidió que ya me había castigado lo suficiente ignorando mi presencia unos cuantos minutos.

- Tres palabras: cocina, calzoncillos y desayuno.

Mi amiga arrugó la frente simulando concentración pero pude ver como apretaba los labios con fuerza para esconder una sonrisa.

- Supongo que eso significa que los paseos en ropa interior continúan – asentí con la cabeza - ¿Y eso es un gran problema? Una buena lección de anatomía todas las mañanas no viene mal, Bella.

Esa vez fui yo la que puso los ojos en blanco. De Alice me lo podía esperar pero… ¿Angela también? ¿Es que en el campus habían repartido una dosis extra de estrógenos y yo no me había enterado?

- Es un problema porque como ya te dije, hay un gran riesgo de que yo sufra una combustión espontánea por tanta tensión sexual acumulada – expliqué, tratando de que mis palabras no destilaran demasiado fastidio. Quería que Angela me aconsejara y para eso necesitaba ser agradable – Y la verdad, morir achicharrada no me parece la mejor forma de dejar este mundo.

Angela ni siquiera se esforzó por contener una sonora carcajada, aunque yo seguía sin encontrarle la gracia al asunto. En fin, morir por una combustión espontánea era un gran problema. Cuando por fin pudo reprimir las risitas, me miró intentando aparentar seriedad.

- Bella – empezó con tono solemne, colocando ambas manos sobre mis hombros – por el bien de la convivencia y por tu propia salud mental, deberías decírselo.

- Oh sí, muy fácil decirlo pero ya me gustaría verte en mi situación. ¿Qué se supone que debo decirle? ¿Que cuando le veo en ropa interior me apetece tirarme a su cuello y cada vez me resulta más difícil controlar más impulsos?

- No, tonta – dijo Angela, dándome un suave golpe en el brazo y esbozando una pequeña sonrisa – Dile la verdad pero de manera diplomática.

- ¿Diplomática? ¿Yo? – repetí alzando las cejas. Como si eso fuera posible.

- Tan solo dile que no estás acostumbrada a vivir con un chico y que hay algunas cosas que te hacen sentir incómoda. No es tan difícil, Bella – Angela me dedicó una mueca burlona antes de continuar – Hasta tú podrías hacerlo.

Dudaba seriamente de la última afirmación de Angela, pero aún así decidí poner en práctica su consejo. Si no me fiaba de las recomendaciones de Angela, la persona más racional que conocía incluso por encima de mi madre (aunque eso tampoco era un gran mérito), ¿de quién me iba a fiar entonces? Porque en estos temas ya sabía que Alice quedaba descartada.

Decidí que lo mejor sería soltarlo cuanto antes, así que esa misma noche pretendía abordar a Edward durante la cena. Abordar en el buen sentido, se entiende. Tan solo tenía que respirar hondo, pensar en la manera más diplomática y menos embarazosa de plantear mi problema (si es que había alguna manera de no avergonzarme a mí misma, que lo dudaba) y esperar su respuesta.

Le observé durante toda la cena con más intensidad de la habitual, repitiéndome las palabras "puedeshacerlopuedeshacerlopuedeshacerlo" como un mantra, una y otra vez. Durante el postre tomé la decisión de lanzarme a la piscina, aunque sin asegurarme de si había agua en el fondo o no.

- Edward.

Edward levantó su mirada de concentración de sus natillas y clavó sus ojos verdes sobre mí con curiosidad. Al instante sentí mis rodillas flaquear. Me maldije a mí misma y a mis molestas reacciones involuntarias.

- Quería… mmm… comentarte algo a lo que llevo dándole vueltas estos días.

Como toda respuesta Edward alzó las cejas, invitándome a que continuara.

- No quiero que pienses que soy una quisquillosa y que me quejo por todo pero… bueno, toda mi vida he vivido con mi madre y luego con Alice. Y las dos son mujeres, ya sabes. Aunque también viví una temporada con mi padre pero claro, él tampoco era muy aficionado a exhibirse y… - corté mi atropellada explicación al darme cuenta de que me miraba confuso - ¿Me sigues?

- Creo que no – confesó esbozando su perfecta sonrisa torcida.

Suspiré hondo en un intento por calmar mis nervios. Como siempre, mis técnicas de relajación no dieron resultado.

- Lo que intento decir es que nunca he vivido con un chico y hay ciertas cosas que me hacen sentir algo incómoda.

- Oh – fue lo único que dijo Edward al comprender - ¿Qué tipo de cosas?

- Bueno, lo de prepararse el desayuno en calzoncillos todas las mañanas es…

Dejé la frase en suspenso sin saber cómo continuar. Si fuera honesta diría que esa costumbre de Edward era mi mejor momento del día, a pesar de que complicaba mi vida bastante, pero no estaba el panorama como para ser tan sincera.

Juro que traté de no sonrojarme pero en cuanto la palabra "calzoncillos" se escapó de mi boca me di cuenta de que mis intentos de frenar las reacciones involuntarias de mi cuerpo habían sido en vano. Edward por su parte bajó la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa. ¿Era mi impresión o él también estaba algo avergonzado?

- Lo siento, Bella. No lo hago con intención de molestarte o hacerte sentir incómoda, es algo que me sale natural – Edward dejó escapar una pequeña carcajada nerviosa y levantó de nuevo la cabeza para clavar sus ojos sobre mí. Todo rastro de vergüenza desapareció y fue sustituido por mi sonrisa favorita – Ya veo que mis hábitos exhibicionistas no son bien recibidos.

Sentí las piernas flaquear y el aire se me quedó atrapado en la garganta, olvidándome durante unos segundos de respirar. Obviamente mi plan estaba fracasando porque tres días de convivencia y una lista de cinco motivos para no enamorarme después, ni siquiera era inmune a la más inofensiva de sus sonrisas.

- No es eso, eso solo que… vaya, quizás he sonado demasiado brusca y… - traté de explicarme de manera atropellada.

- Lo sé, Bella. Tan solo estaba bromeando – interrumpió él en tono tranquilizador – Es lógico tener este tipo de conversaciones si queremos que las cosas vayan bien en casa.

Asentí con la cabeza, aliviada de que comprendiera mi postura.

- ¿Prometes que si hago algo que te haga sentir incómodo me lo dirás?

Edward soltó una carcajada pero aún así alzó una mano con expresión de falsa solemnidad.

- Lo prometo.

Se levantó de la mesa con la intención de salir de la cocina, pero antes de hacerlo me dedicó de nuevo su sonrisa torcida y abrió la boca una vez más:

- Aunque si yo estuviera en tu lugar, los paseos matutinos en ropa interior no es algo de lo que me quejaría.

Y sin parecer consciente de haber soltado una verdadera bomba, me guiñó un ojo y desapareció.

Me quedé completamente paralizada, clavada en mi silla. Después de medio minuto hiperventilando sin disimulo, llegué a la conclusión de que mi cerebro estaba ya tan tocado que había pasado de la fase de histerismo a la fase de sufrir alucinaciones. Solo eso explicaba por qué mi mente se empeñaba en mandarme información incorrecta al decirme que Edward había intentado flirtear conmigo.

¿Quién en su sano juicio podría creer algo así?

* * * * *

Edward hizo caso a mi petición y a la mañana siguiente apareció perfectamente vestido de pies a cabeza. Yo perdía mi fabulosa lección de anatomía de todos los días pero a cambio ganaba algo de salud mental. O al menos eso esperaba. No comenté nada al respecto mientras desayunábamos, pero en cuanto le vi le ofrecí una pequeña sonrisa a modo de agradecimiento silencioso.

El resto del día lo pasé inmersa en una pelea interna conmigo misma por tratar de mantener mis pensamientos a raya. No entendía por qué, pero mi mente se empeñaba en repetir las palabras de Edward de la noche anterior mientras yo le decía una y otra vez que se trataba de una alucinación. Comenzaba a asustarme a mí misma ya que estaba empezando a desarrollar la molesta habilidad de ver cosas donde no había nada. Y esa afición estaba reservada solo para Alice, la maestra en montarse épicas historias mentales a partir de un grano de arena.

Mi discusión interna se prolongó durante el resto del día, tras las clases, durante la comida, en la biblioteca y me atacó incluso por la tarde, cuando estaba tirada en el sofá tratando de dormir para escapar de las palabras de Edward.

Por suerte, en el momento en que había llegado a la conclusión de que sería incapaz de acallar a mi mente, mi discusión existencial fue interrumpida por el sonido del timbre. Todas mis preocupaciones se escaparon por la puerta en cuanto la abrí y me encontré de frente con una especie de armario empotrado reencarnado en persona.

- ¡Hola! – saludó mi visitante con voz profunda y alegría genuina – Tú debes de ser Bella Swan, ¿verdad?

Me quedé observándole durante unos segundos con la boca semi-abierta, tratando de descifrar uno de los grandes enigmas de mi vida: ¿cómo un solo individuo podía albergar tanto músculo en su cuerpo?

- Sí, definitivamente eres Bella – volvió a hablar antes de que yo respondiera, dejando traslucir humor en su tono de voz – Edward ya me había hablado de tus períodos de absentismo.

Cerré la boca fuertemente y me sonrojé con rapidez. El intruso rió sin disimulo ante mi reacción.

- Sí, y también me había comentado tu sorprendente habilidad para sonrojarte.

- ¿Y tú quién eres? – le espeté con brusquedad. No solía ser desagradable con la gente que no conocía de nada, pero los intrusos que aparecían en mi casa para reírse de mis momentos de cuelgue mental y de mi sonrojo no entraban dentro de la categoría de "personas-con-las-que-comportarse-educadamente".

El enorme chico volvió a reír con fuerza ante mi poca educación.

- Soy Emmett – dijo, como si su nombre fuera toda la explicación que necesitaba.

Súbitamente recordé la conversación que había mantenido con Angela y su novio Ben aquel día en la fiesta, la noche en que había intercambiado por primera vez unas pocas palabras con Edward y de paso le había tirado mi copa encima. Entonces aquel monstruoso chico era "Emmett-Dios-Cullen". El capitán del equipo de fútbol de la universidad y hermano de Edward, para más señas.

- ¿Eres el hermano de Edward? – pregunté en voz alta.

Emmett asintió y compuso una mueca burlona.

- ¿Vas a dejarme pasar algún día o piensas tenerme pelando frío en el pasillo toda la vida?

Enrojecí ligeramente y me aparté de la puerta para dejarle paso. Emmett dio dos grandes zancadas hacia el salón-comedor y dudé seriamente de que su enorme cuerpo cupiera en mi pequeño apartamento. Ese hombre era una bestia parda totalmente descarado. Me parecía increíble que alguien tan directo fuera hermano del siempre suave y medido en sus palabras Edward.

- He venido para recoger unos libros de mi hermano – explicó de espaldas a mí mientras inspeccionaba el pequeño salón. Se dio la vuelta y me guiñó el ojo de manera juguetona – Esa es la excusa oficial aunque en realidad quería venir a conocerte a ti. Pero no se lo digas a Eddie, es un secreto entre tú y yo.

No pude reprimir una pequeña carcajada al descubrir el mote con el que Emmett llamaba a su hermano.

- Y tampoco le digas que le llamo Eddie a sus espaldas.

Le seguí el juego y le correspondí con una sonrisa.

- Mis labios están sellados.

- Así me gusta, Swan – dijo él con falso tono de sheriff – Jamás creí que existiría una chica tan loca de atar como para aceptar vivir con Eddie.

- Oh no, solo le estoy haciendo un favor a mi mejor amiga – expliqué, sintiendo la necesidad de defender a Edward - Y no es difícil convivir con Edward.

Si exceptúas el hecho de que cada vez que le veo siento el impulso de tirarme encima de él, me recordó la voz de mi conciencia. Decidí que lo más sensato en ese momento era guardarme esas palabras para mí.

- De acuerdo, pero cuando comience a atacarte con sus charlas filosóficas y sus maratones de música clásica no digas que no te lo advertí.

Volví a reírme con fuerza. La mueca burlona de Emmett se transformó en una expresión cálida.

- Me caes bien, Bella. Aunque estés loca y aguantes convivir con mi hermano.

Alcé las cejas sorprendida ante la confesión. Quizás mi vida social no era muy animada como para poder opinar sobre el tema, pero para mí no era muy habitual que un extraño al que conocía de apenas dos minutos me dijera que "le caía bien". Aún así y a pesar de mi mala impresión inicial, sentí la necesidad de devolverle el cumplido. Detrás de su apariencia de portero de discoteca, Emmett parecía un gran oso de peluche achuchable.

- Tú también, Emmett.

- Vale, loca de atar – rió él - ¿Sabes dónde pueden estar esos libros? Creo que era algo sobre poesía romántica y ñoña que Edward prometió prestarle a mi novia para que se sensibilizara un poco.

Recordé que Edward me había dejado el día anterior unos libros de poesía y que había mencionado algo sobre que la novia de su hermano igual se pasaba por aquí a recogerlos. En ese momento comenzó a sonar mi teléfono móvil.

- Están en mi habitación, encima de mi escritorio – indiqué mientras rebuscaba frenéticamente en mi bolso para encontrar mi teléfono – Si esperas a que conteste esta llamada te los doy ahora mismo.

Pero Emmett no parecía una persona muy paciente. Mientras yo seguía peleándome con mi bolso, él asomó la cabeza por la puerta de la habitación de Edward y tras llegar a la conclusión de que la decoración no era muy de chica, se metió por la puerta contigua que conducía a mi cuarto.

Acababa de colgar el teléfono tras decirle a un desconocido que aquí no vivía ningún Edmund cuando desde mi habitación me llegó una gran carcajada y un grito atronador.

- ¡¿Cinco razones para no enamorarse de Edward Cullen?!

Abrí la boca pero el grito aterrorizado se me quedó atascado en la garganta.

Tierra. Trágame. Y. Hazlo. Rápido.

Solo a mí se me ocurría escribir una lista con motivos para no enamorarme de un chico, colgarla en el corcho de mi habitación a la vista de todos y esperar que nadie la encontrara. Supuse que quizás debería dar las gracias porque fuera Emmett quien la hubiera descubierto y no su hermano.

Emmett salió de mi habitación con los libros de Edward en una mano y mi lista en la otra, con el brazo bien extendido como si se tratara de una bomba. Sin pensármelo dos veces me lancé hacia él pero se dio la vuelta hábilmente para evitar el impacto frontal y acabé encaramada en su espalda.

- ¡Dámela! – exigí mientras estiraba el brazo para coger la hoja.

Él volvió a reírse con fuerza. Me agarré con más fuerza a su espalda, apretando los brazos alrededor de su cuello con la intención de asfixiarle. Un homicidio no sería nada comparado con que esa lista llegara a manos de Edward y siempre podía decir que se trataba de un accidente. Emmett, sin parar de reírse y con las dos manos ocupadas, sacudió su cuerpo y casi sin esfuerzo se liberó de mi abrazo asesino.

Caí al suelo de culo pero rápidamente me levanté y extendí una mano hacia él.

- Dá. Me. La. – dije pronunciando con claridad cada sílaba de la palabra.

Las carcajadas de Emmett cesaron pero fueron sustituidas por una sonrisa maligna. Apenas conocía al hermano de Edward pero estaba segura de que esa mueca, muy parecida a la sonrisa maléfica de Alice, no presagiaba nada bueno para mí.

- Se me ocurren cosas más interesantes que hacer con esta hoja. Eddie estaría muy interesado en…

- Emmett. ¡No!

La mueca burlona de Emmett se transformó inmediatamente en una expresión seria al contemplar mi rostro. Supuse que sin darme cuenta yo había adoptado mi típica cara de psicópata, la única con la que conseguía que la gente me tomara en serio cuando me enfadaba.

- Dámela, Emmett – repetí sin ningún rastro de humor en mi voz.

Emmett entrecerró los ojos pero finalmente cedió y algo reticente extendió la hoja hacia mí. La cogí con rapidez y la aparté inmediatamente de su vista para evitar que cayera en la tentación.

- Y prométeme que no le dirás nada a nadie sobre esa lista.

Emmett bufó.

- Bella…

- Emmett – le advertí, inflexible – Promételo.

- Lo prometo – dijo él con tono aburrido.

- Promételo por lo más valioso que tengas.

Emmett volvió a bufar pero aún así lo hizo.

- Lo prometo por mi Jeep.

Enarqué una ceja con incredulidad.

- ¿Tienes novia y consideras a tu Jeep lo más valioso?

- ¡Eh! – exclamó él a la defensiva – Para ella lo más valioso es su M3 así que estamos en igualdad de condiciones.

A mi pesar no pude evitar reírme. Con la lista de nuevo en mis manos Emmett volvía a caerme realmente bien.

- Estás como una cabra pero me caes bien – dijo él con una sonrisa.

- Tú también, Emmett – repetí – Pero si dices una sola palabra sobre lo que ha pasado aquí esta tarde no tendré más remedio que matarte.

Emmett volvió a estallar en atronadoras carcajadas. Cuando cerré la puerta del apartamento no pude evitar sonreír al comprobar que sus risas todavía resonaban por todo el pasillo.

* * * * *

El pequeño incidente con Emmett fue una especie de señal divina para ser más precavida por lo que esa misma noche me aseguré de que la pequeña hoja explosiva quedará bien escondida en el rincón más oculto de mi armario, debajo de los deformes jerséis de punto hechos a mano con los que mi madre me deleitaba todas las Navidades.

Con la satisfacción del trabajo bien hecho, salí de mi habitación y me dirigí hacia el cuarto de baño con la intención de darme una ducha relajante. Iba tan concentrada en las grandes burbujas y las toallas mullidas y calentitas que me esperaban que ni siquiera reparé en el hecho de que la puerta del baño estaba cerrada. Aunque debería haberlo hecho.

Me quedé congelada al abrir la puerta y encontrarme con lo que había allí dentro.

Edward.

Mojado.

Desnudo.

Edward y mojado y desnudo.

Aquella información era más de lo que mi cerebro podía procesar.

Intenté cerrar mis ojos pero por lo visto ellos encontraron más interesante aprovechar esa inesperada lección de anatomía y bajaron rápidamente por su espalda hasta que… ¡oh dios! Edward, hasta ese momento de espaldas a mí, se dio la vuelta y supuse que abrió los ojos con sorpresa, pero tampoco lo puedo asegurar porque mi atención estaba centrada en otra parte de su cuerpo.

- ¡Bella! ¿Qué…?

Datelavueltadatelavueltadatelavuelta, repetí en mi mente frenéticamente. Con un esfuerzo sobrehumano aparté mis ojos del objeto de mi atención y los llevé hasta su cara. Comprobé por segunda vez en 24 horas que Edward estaba algo avergonzado.

- Losientolosientolosiento – me disculpé atropelladamente sin molestarme siquiera en separar las palabras – Creí que no había nadie y ni siquiera me di cuenta de que la puerta estaba cerrada y… ¡por el amor de Dios! Echa el pestillo o pon una pancarta en la puerta. ¡Y tápate!

Esa vez fui capaz de cerrar los ojos con fuerza. Le oí coger una toalla y por el calor de mis mejillas, supe que en esos momentos mi sonrojo había alcanzado cotas insospechadas hasta para mí. Cuando supuse que Edward ya estaba medio presentable, abrí lentamente los ojos y comprobé con algo de alivio que por lo menos estaba tapado de cintura para abajo.

Edward se rió ante mi expresión y todo rastro de vergüenza desapareció de su cara.

- Ya sé que me pediste que no me paseara desnudo por la casa, pero en el baño se me hace difícil cumplir con tu petición.

Bufé con desesperación y las carcajadas de Edward aumentaron de intensidad. Me di la vuelta sin echarle un último vistazo por el bien de mi salud mental y me dirigí directamente al armario de mi habitación, al rincón oculto donde acababa de guardar mi peligrosa lista. La saqué y releí el motivo número uno.

1. Iniciar una relación supone:

a) Liberar una cantidad excesiva de hormonas.

b) Fantasear horas ilimitadas sobre qué hacer con tu chico y/o qué te gustaría que te hiciera.

c) Constante tensión sexual.

Estaba claro que era el momento de eliminar un motivo más de mi lista. La tensión sexual y el exceso de hormonas iban a ser algo constante en mi vida siempre que Edward estuviera en un radio de al menos diez metros.

Cogí un boli de mi escritorio y taché el motivo número uno.

Y solo quedaban tres.

Mi supervivencia peligraba por momentos.


Bueno, he sacado la artillería pesada al final del capi para que os quedéis con ganas de más. Y esto solo acaba de empezar.

¿Qué os ha parecido la aparición estelar de Emmett? Yo solo puedo decir que Emmett es Dios XD. Me encanta, tenía muchas ganas de sacarle.

Estoy todavía de exámenes y termino el jueves así que no creo que pueda actualizar esta semana, pero como mucho espero subir el nuevo capi el sábado o el domingo que viene. Solo os digo que en el siguiente capi Alice va a intentar forzar las cosas un poco y que Emmett está armado con información privilegiada y está dispuesto a usarla XD.

Y ya sabeis que los reviews me inspiran mucho, un empujoncito más que ya casi llegamos a los 50. Por si no estais motivados para dejarme un review solo os digo tres palabras: Edward. Ducha. Mojado. ¿A que eso se merece un bonito review?

Hasta el próximo capi.

Bars.