Muchísimas gracias por todos los reviews, quienes me agregais a favoritos y a alertas... esto marcha muy bien. Disfrutad del capi que tiene un pequeño regalito al final.
Disclaimer: no soy Meyer por lo que ni la historia ni los personajes (no, ni siquiera Edward) son míos.
CINCO RAZONES PARA NO ENAMORARSE.
[AH,AU]: En la biblioteca, Bella nunca había encontrado nada más interesante que sus libros. Hasta hacía dos meses. ¿Qué ocurre cuando el motivo de su falta de concentración se instala en su casa durante un mes?
CAPÍTULO 5. CITAS A CUATRO… Y A SEIS.
Tras la inesperada lección de anatomía del día anterior en el baño, ni Edward ni yo volvimos a mencionar nuestro pequeño incidente. A veces le miraba y me sonrojaba súbitamente sin razón aparente; podía jurar que cuando eso ocurría, Edward soltaba una pequeña risita y su sonrisa torcida relampagueaba unos segundos, pero lo hacía de manera tan disimulada que tampoco estaba segura de ello.
Al día siguiente por la noche nos quedamos los dos tirados en el sofá, remoloneando y sin nada más interesante que hacer más que vaguear y zapear en busca de algo tragable en la televisión. En uno de esos momentos de sopor profundo, le miré de reojo y me sonrojé al recordar mi visión del día anterior. Edward se dio cuenta de mi reacción y pude ver claramente como sonreía de lado.
Fruncí el ceño y le miré directamente.
- ¿Qué? – pregunté con enfado.
Su media sonrisa se amplió considerablemente ante mi actitud.
- Normalmente cuando te sonrojas conozco el motivo, pero cuando lo haces sin razón es mucho más divertido – explicó. Se encogió de hombros con despreocupación – Me gusta.
Como respuesta inconsciente, mis mejillas se tiñeron de nuevo de un rojo intenso. Gracias, reacciones involuntarias, me dije mentalmente.
- Sí, definitivamente me gusta – reafirmó sin poder esconder el humor en su voz.
Estaba a punto de soltarle mi discursito preparado sobre porqué reírse de los defectos de los demás es de mal gusto cuando el timbre sonó y le libró de mi charla típicamente made in Bella. Edward se levantó a abrir la puerta y antes de que pudiera darme cuenta de algo más, un torbellino negro había irrumpido en nuestro salón y se había tirado encima de mí en el sofá.
- Alice… no respiro – me quejé, tratando sin éxito de deshacerme de mi amiga.
Alice aflojó la fuerza de su abrazo asesino, solo lo justo para que mis pulmones pudieran tomar aire de nuevo.
- ¿Qué hacéis? – preguntó Alice con su tonillo musical, sentándose en el sofá entre Edward y yo y mirándonos alternativamente.
- Intentamos encontrar algo pasable en la tele, pero un viernes por la noche es misión imposible – explicó Edward.
Alice comenzó a hablar sobre algo relacionado con "cosas-útiles-que-hacer-el-fin-de-semana-en-lugar-de-quedarse-en-casa-viendo-la-tele". Edward escuchaba con educado interés pero tras tantos años siendo amiga de Alice, me sabía su charla prácticamente de memoria por lo que no hice el esfuerzo de escuchar ni siquiera una palabra. En lugar de eso, me quedé mirándola con expresión pensativa. Ir a visitar a su pobre amiga Bella no era el plan ideal de Alice para el primer viernes de convivencia con Jasper. Estaba segura de que esos dos tenían ideas más interesantes en las que ocupar su tiempo su primer fin de semana viviendo juntos.
- ¿A qué has venido?
Mi amiga me dirigió su mirada más envenenada, esa que solo me dedicaba cuando cortaba sus apasionantes discursos.
- ¿No puedo venir a visitar a mi mejor amiga sin que sospeche de mí?
- No – respondí sin piedad – No al menos un viernes por la noche. ¿Dónde está Jasper? Creía que tendríais planes más interesantes para vuestro primer fin de semana juntos.
Alice suavizó su expresión. Victoria, pensé.
- Vale. Jasper tiene noche de chicos con sus compañeros de clase y me ha abandonado cruelmente. Pensaba ponerme una peli para matar el rato, pero abrí el cajón donde las tengo guardadas y entonces vi Titanic…
Bufé. Alice y Titanic eran como la historia interminable, segunda parte.
- Me niego a ver Titanic otra vez.
Para reafirmar mi negativa, fruncí el ceño y me crucé de brazos con fuerza. Alice puso los ojos en blanco y resopló mientras Edward observaba la escena sin decir ni una palabra y con una expresión divertida. Al parecer se lo estaba pasando estupendamente siendo testigo de nuestros habituales rifirrafes.
- Vamos, Bella. Si sabes que en el fondo te encanta.
- ¡Ya la hemos visto nueve veces!
- Pues eso es lo que estoy tratando de explicarte. Pensaba quedarme en casa esperando a Jasper, pero Leonardo DiCaprio me llamaba desde el cajón de las películas… ¿y quién soy yo para negarme a ver Titanic otra vez? Así que como va a ser la décima vez que la vea y el diez es un número mágico, he venido para compartir esta ocasión tan especial con vosotros.
Alice terminó su explicación, totalmente carente de lógica, con una gran sonrisa. Pude comprobar que Edward estaba teniendo serios problemas para mantener la risa a raya y se vio obligado a disimular sus carcajadas con fingidas toses.
Sabía que, al igual que en las nueve ocasiones anteriores, era físicamente imposible librarse de una Alice armada con el DVD de Titanic. Llegué a la conclusión de que cuanto antes comenzara la tortura, antes terminaría así que le quité a Alice la caja de las manos y metí la película en el reproductor.
194 minutos y unos cuantos lagrimones de Alice después, Leonardo DiCaprio por fin murió sobre una tabla de madera y Edward y yo cumplimos con nuestro castigo. Cuando Alice aún se estaba recuperando de ver morir a su ídolo por décima vez, su teléfono móvil comenzó a sonar. Descolgó rápidamente, intercambió unas cuantas palabras y tras colgar, nos miró con su sonrisa hiperactiva que no presagiaba nada bueno.
- Era Jasper. Viene de camino y trae el postre. ¿Tenéis algo decente para cenar?
Alice se levantó del sofá y comenzó a revolotear por la cocina, en busca de algo para preparar de cena. Dejé caer los párpados con cansancio y golpeé suavemente mi cabeza contra el respaldo del sofá con desesperación. Al abrir de nuevo los ojos, me encontré con un par de profundos ojos verdes; Edward me miraba con una mezcla de curiosidad y preocupación.
- ¿Ocurre algo? – me preguntó con su suave voz aterciopelada.
Sentí mis piernas flaquear. Traté de componer una sonrisa y negué con la cabeza, antes de levantarme y encaminarme a la cocina con la intención de que Alice no la pusiera patas arriba. Demasiado tarde. La duende hiperactiva ya había arrasado con los armarios y la nevera.
Me apoyé contra el marco de la puerta y observé como Alice trajinaba en la cocina. Mi mente voló a mi pequeña lista, esa que guardaba en el armario debajo de los jerséis deformes de punto que mi madre me regalaba todas las Navidades. Todavía quedaban tres motivos, pero uno de ellos estaba en serio peligro de ser tachado.
2. Edward es el mejor amigo del novio de mi mejor amiga.
Eso no supondría ningún problema en circunstancias normales. Pero cuando tu mejor amiga es un duendecillo maléfico llamado Alice, comenzar a salir con el mejor amigo de su novio equivale a auto-mutilarse. A no ser, que quieras aguantarle en modo de "duendecillo-sobre-excitado" permanentemente on y constantemente planeando citas a cuatro.
Citas a cuatro.
Una noche aburrida de viernes se había convertido en una inesperada cena con Alice, su novio Jasper, Edward y yo.
Citas a cuatro.
¿Era momento ya de sacar el boli y tachar un motivo más?
Jasper llegó veinte minutos después. Alice desplegó todo su arsenal en la mesa del salón-comedor y sin apenas darme cuenta, nos encontrábamos probando su nuevo plato estrella y divagando sobre cualquier tema.
Nunca lo admitiría en voz alta, pero si las temidas citas a cuatro iban a ser así, la verdad es que tampoco eran tan malas. Nos enfrascamos en un apasionante debate sobre traumas infantiles y sobre cómo nos habíamos conocido. Yo relaté mi primer encuentro con Alice en el colegio y cómo desde ese momento llevábamos doce años aguantándonos mutuamente. Alice nos "deleitó" con una descripción a todo detalle de mis momentos más vergonzosos, eligiendo los peores de mi larga lista, y Jasper nos contó cómo Edward y él se habían conocido en un campamento al que sus madres les habían empaquetado para que les dejaran el verano libre.
- Nunca lo reconocerá, pero mi madre quería un mes libre de sus hijos adolescentes para tener una especie de segunda luna de miel con mi padre – explicó Edward – De Emmett pudo deshacerse fácilmente, le envió todo el verano a casa de su novia Rosalie. Conmigo lo tuvo más complicado pero a última hora consiguió recluirme en contra de mi voluntad en ese campamento.
Alice alzó las cejas con sorpresa ante las palabras de Edward.
- ¿Emmett tiene novia?
Edward asintió con la cabeza.
- Nunca lo hubiera imaginado. Quiero decir, apenas conozco a tu hermano, pero las pocas veces que le he visto parece tan… intimidante.
Quise asentir para corroborar la afirmación de Alice, pero me contuve a tiempo. Nadie tenía conocimiento de la visita de Emmett por lo que supuestamente el hermano de Edward y yo aún no nos conocíamos. Por el bien de mi salud mental y de mi reputación, lo más aconsejable era que ese encuentro y los detalles más escabrosos (incluida la mención a cierta lista) quedaran en el anonimato.
- ¿Intimidante? – repitió Edward sin esconder una gran sonrisa – Eso es porque no conoces a Rosalie. Ella sí es intimidante. A su lado Emmett tan solo es un indefenso oso de peluche.
Jasper imitó la sonrisa de Edward y asintió con la cabeza, apoyando las palabras de su amigo. Alice se quedó pensativa durante unos segundos. Casi pude ver su cerebro maquinando a toda velocidad. Al cabo de unos instantes esbozó su típica sonrisa y la conocía demasiado bien como para conocer lo que venía a continuación.
Esas tres fatídicas palabras.
- Tengo una idea.
Tengo. Una. Idea.
Los conceptos "Alice" e "idea" mezclados peligrosamente en una misma frase no solían implicar nada bueno para mí.
Edward y Jasper no parecieron reparar en mi expresión entre horrorizada y resignada y miraron a Alice con curiosidad.
- ¿Tenéis algún plan para mañana? – preguntó, dirigiéndose exclusivamente a Edward y a mí. Él negó con la cabeza pero yo me mantuve callada – Estupendo. Mañana por la mañana hago reserva para seis en "La Tua Cantante". Así conoceremos a Rosalie.
- Alice… - comencé a protestar.
Mi amiga insensible me dirigió una mirada dura y cortó mi réplica.
- Bella, es tu restaurante favorito. Sabes que de todos modos vas a ir, así que no te pongas difícil.
Cerré la boca consciente de que o por las buenas o por las malas Alice se iba a salir con la suya. Como siempre. Sin embargo no pude reprimir un escalofrío al pensar en lo que me esperaba al día siguiente. Una cita a cuatro no había resultado tan desastrosa como parecía en principio, pero una cita a seis tenía toda la pinta de ser algo mucho peor.
Sobre todo si Emmett Cullen y su información privilegiada estaban implicados.
* * * * *
Me pasé la mañana del sábado preparándome mentalmente para la que se me venía encima. Emmett me había prometido que no iba a decir ni una palabra de la lista y de momento no tenía motivos para dudar de él, pero por lo poco que le conocía estaba bastante segura de que tampoco iba a desaprovechar la oportunidad de sacarme los colores y ponerme en un aprieto si se le presentaba la ocasión.
Lo que no sabía es que esa ocasión se iba a presentar tan pronto.
Después de comer me recluí en mi habitación. Apenas habían pasado unos minutos cuando oí el timbre seguido de una estruendosa y reconocible voz.
- ¿Dónde está Bella?
Asomé la cabeza por la puerta de mi habitación y me encontré con la monstruosa figura de Emmett. Su cara se iluminó con una gran sonrisa en cuanto me vio. Recorrió la distancia que nos separaba con cuatro grandes zancadas y me cubrió con lo que podría calificarse como el genuino abrazo del oso. A su lado, el mortífero abrazo asesino de Alice se quedaba en nada.
Edward carraspeó a nuestra espalda y Emmett me soltó. Sus ojos verdes nos miraron con curiosidad.
- ¿Ya os conocíais?
Emmett me guiñó el ojo antes de darse la vuelta para dirigirse a su hermano.
- No, pero ya que tu educación brillaba por tu ausencia he tenido que hacer yo las presentaciones.
Dejé escapar el aire con algo de alivio. De momento Emmett se mantenía fiel a su promesa.
Edward rodó los ojos ante el comentario de su hermano y suspiró con algo de resignación. Me dio la impresión de que la relación que mantenían él y Emmett era bastante similar a la mía con Alice.
- Bella, esta bestia parda es mi hermano Emmett. Emmett, ella es Bella.
Apenas pude contener la risa cuando Emmett esbozó una sonrisa burlona y me tendió la mano para que se la estrechara. Si Edward supiera en qué circunstancias nos habíamos conocido…
- ¿Y a qué has venido, hermanito?
Emmett señaló los libros de poesía que yo le había prestado el día anterior.
- A devolverte eso. Te dije que tus libros de poesía no iban a ser suficientes para ablandar el corazón de mi Rose.
Observé a Emmett con los ojos entornados. Ésa era la excusa oficial, su coartada perfecta para que su hermano no sospechara, pero yo sabía que en realidad Emmett tan solo se había pasado por allí con la intención de hacerme rabiar un rato.
Edward recogió los libros de la mesa y miró a su hermano con incredulidad.
- ¿No le gustaron?
Su hermano negó con la cabeza.
- Dijo, y cito textualmente, "tu hermano debería dejar de leer ñoñerías sensibleras. Así nunca va a conseguir novia" – Emmett sacó a relucir su típica sonrisa burlona y me miró - ¿A ti te gustan la ñoñerías sensibleras, Bella?
Me sonrojé repentinamente por la alusión directa de Emmett y él soltó una sonora carcajada sin ningún disimulo.
- Emmett… - trató de advertirle Edward. A pesar de su tono serio, no se me escapó que trataba de contener una sonrisa.
- Vale. Nada de incomodar a Bella – aceptó finalmente Emmett. Sin embargo su mueca burlona no desapareció mientras continuaba hablando - Ya ves que a Edward no le gusta a hablar de su penosa vida sentimental. ¿Qué hay de ti, Bella? ¿Ya has amarrado a algún incauto?
Edward gruñó malhumorado. La expresión burlona de Emmett sin embargo no vaciló ni un ápice mientras aguardaba mi respuesta. Consciente de que estaba intentando ponerme en un aprieto, decidí seguirle el juego y le correspondí con una irónica sonrisa.
- No, Emmett. No tengo novio.
- Oh – dijo él, con fingida sorpresa – No me digas que eres una de esas chicas que hacen listas con motivos sobre por qué los hombres son basura.
Si las miradas pudieran matar, juro que en este momento Emmett Cullen estaría diez metros bajo tierra y Rosalie Hale sería una desconsolada viuda. Por suerte para Emmett, la mirada que le dediqué no le produjo dolor físico, aunque eso era lo único que deseaba en aquel instante. Una muerte lenta y dolorosa era lo que merecía el hermano de Edward.
En aquel preciso momento de tensión, el timbre volvió a sonar. Me escabullí rápidamente hacia la puerta y a mis espaldas pude escuchar los susurros enfadados de Edward y las risitas burlonas de Emmett. Creo que nunca me había alegrado tanto de ver a Alice como en aquel momento, cuando abrí la puerta y mi amiga se precipitó como un huracán hacia el interior del apartamento. Con toda la confianza del mundo y sin más miramientos, empujó a los dos chicos hacia la puerta y les echó de la casa sin piedad.
- Vengo en misión urgente de chapa y pintura y mis tratamientos de belleza no admiten hombres en un radio de diez metros. Así que buscaros algo interesante que hacer porque no os quiero ver por aquí en tres horas.
Con esas bonitas palabras y sin despedirse si quiera o darles la oportunidad para que abrieran la boca y protestaran, Alice les cerró la puerta en las narices.
En circunstancias normales, la sesión de chapa y pintura con Alice me hubiera parecido una auténtica tortura. Pero tras haberme enfrentado a Emmett, dispuesto a utilizar su información confidencial para picarme, tres horas encerrada en el cuarto de baño con Alice se me antojaban un regalo divino.
Dos horas y cuarenta y cinco minutos después, mi amiga me liberó. Me dejó plantada en el salón, vestida con unos pantalones demasiado ceñidos para mi gusto, me dio un beso en la mejilla y se marchó apresuradamente. Apenas me había dado tiempo a mirarme en el espejo para analizar la labor de Alice y comenzar a quejarme, más por costumbre que por otra cosa, cuando la puerta volvió a abrirse.
Me di la vuelta para encontrarme cara a cara con Edward. El estómago me dio un vuelco en cuanto le vi. Incluso con unos vaqueros y un sencillo suéter morado parecía un auténtico modelo sacado de cualquier catálogo de ropa. Traté de consolarme pensando que, aunque el resto de los motivos se cayeran de la lista, el de incompatibilidad física continuaría en pie, intacto desde el primer día. Edward era demasiado perfecto, era más de lo que una mortal como yo estaba autorizada a pedir.
Su voz aterciopelada me sacó de mis pensamientos.
- Ey – dijo a modo de saludo.
Aparté la mirada de su cuerpo y la fijé en sus ojos. Me sorprendí al darme cuenta de que me estaba escaneando, de igual manera que lo acababa de hacer yo.
- Hola.
Sus ojos continuaron con su análisis y tuve la extraña sensación de estar literalmente desnuda ante él, como si pudiera ver más allá de mi ropa y de los tres quilos de maquillaje que Alice me había echado encima. Finalmente, me miró directamente a los ojos y esbozó mi sonrisa favorita. Si su mera presencia alteraba todos mis procesos mentales, aquello era más de lo que podía soportar.
- Estás… - comenzó a decir. Dudó durante unos segundos, como si estuviera buscando la palabra adecuada – estás estupenda.
Enrojecí bruscamente y aparté la mirada de sus ojos, que continuaban taladrándome. Debía cortar enseguida aquella situación o mi mente comenzaría de nuevo a alucinar y a pensar que Edward estaba flirteando conmigo.
Como si eso fuera posible.
- Alice puede hacer milagros conmigo – murmuré, no muy segura de que me hubiera oído. Recogí mi abrigo y mi bolso y me dirigí hacia la puerta - ¿Nos vamos?
Edward asintió y me siguió en silencio hasta el ascensor. Al llegar a la calle, me encaminé directamente hacia mi camioneta pero Edward me tomó del brazo y me guió hacia un resplandeciente Volvo plateado. Sacó unas llaves del bolsillo del pantalón y le miré sorprendida.
- ¿Esto es tuyo? – pregunté señalando el coche.
Edward sonrió con evidente orgullo. Abrió la puerta del copiloto y con un gesto me invitó a que pasara. Antes de que hubiera podido abrocharme el cinturón, Edward ya estaba de vuelta y se había sentado al volante.
- ¿A que es precioso? – preguntó, observando el volante con expresión embelesada.
Fruncí el ceño. Nunca había llegado a comprender la extraña relación de amor entre los hombres y los coches.
- No está mal – cedí finalmente – Pero no parece muy seguro. Mi camioneta…
- ¿Tu camioneta? – me interrumpió, con su media sonrisa relampagueando de nuevo en sus labios - ¿Te refieres a ese dinosaurio prehistórico aparcado al final de la calle?
Traté de enfadarme con él ante tal falta de respeto a mi querida camioneta, pero cuando sacaba a pasear esa sonrisa torcida la tarea se me hacía bastante complicada.
- ¡Ey! ¡Un respeto a los mayores!
Edward rió suavemente al tiempo que metía la llave en el contacto. El motor arrancó con suavidad y el ronroneo que emitía no tenía nada que ver con el estruendoso ruido que hacía mi cacharro cada vez que lo ponía en marcha. Como todo lo relacionado con Edward, su coche era extremadamente elegante.
Suspiré con resignación. Cuanto más conocía a Edward, más segura estaba de que mi lista no me iba a impedir caer al lado oscuro.
La única incógnita era cuanto tardaría en hacerlo.
* * * * *
Alice había conseguido hacerse con una estupenda mesa en "La Tua Cantante". Debía admitir que mi amiga era una verdadera experta en conseguir los mejores sitios en tiempo récord. Cuando llegarnos, Jasper, Alice y Emmett ya se encontraban sentados y al lado del hermano de Edward, había una especie de Barbie tamaño natural. Rubia, de largas piernas y cuerpo perfecto, no se parecía en absoluto a la Barbie recauchutada sino que ella destilaba por todos sus poros belleza exuberante pero también natural. Aquella debía de ser Rosalie, la encarnación de la perfección.
Suspiré disimuladamente tras analizarla. ¿Por qué el mundo estaba tan mal repartido?
Emmett hizo las presentaciones y comprobé que efectivamente aquella modelo perfecta era su novia. Me saludó en un tono educado pero no pude evitar pensar en las palabras de Edward del día anterior. Realmente Rosalie era intimidante. No sabría decir exactamente por qué, pero su perfecta perfección me echaba para atrás.
Alice sin embargo no parecía tener ningún reparo y enseguida entabló una animada conversación con ella como si se conocieran de toda la vida. Hicieron rápidamente buenas migas y sospeché que su común adicción a las compras tenía bastante que ver con que hubieran conectado tan bien en tan poco tiempo.
- Bueno, Bella – dijo Emmett desde el otro lado de la mesa - ¿Cómo va la convivencia con mi hermanito?
Eché un rápido vistazo a Alice y al ver que continuaba enfrascada en su conversación con Rosalie, me aseguré de que podía hablar con total libertad.
- Es un buen cambio. Quiero mucho a Alice pero no puedo decir que eche de menos sus maratones de belleza y de programas del corazón.
Edward, Emmett y Jasper se echaron a reír.
- Yo también quiero mucho a Alice pero hay ciertas costumbres que no echaré de menos cuando vuelva contigo, Bella – aseguró Jasper con tono confidencial.
- ¿Crees que aguantarás todo el mes?
- Seguro – dijo con una sonrisa - ¿Tú podrás con Edward?
Le miré con expresión de fingida evaluación.
- Creo que sí. De momento no me está dando muchos problemas.
Edward entrecerró los ojos y simuló estar ofendido. Nos echamos a reír y Alice, que no soportaba estar al margen de ninguna conversación, metió baza.
- ¿Quién no te está dando muchos problemas?
- Mi hermanito – contestó Emmett por mí – Por lo visto él y Bella se llevan muy bien.
A Alice se le iluminó la mirada en cuanto se tocó uno de sus temas de conversación favoritos. Arrugué la frente y supe al instante que se avecinaba una tormenta. Si Alice y Emmett por separado eran peligrosos, no me los quería imaginar unidos en una causa común. Y menos si esa causa común tenía como objetivo a Edward y a mí.
- Sabía desde el principio que se iban a llevar bien – dijo Alice con una sonrisa cómplice.
- Oh sí – sonrió Emmett, siguiéndole el juego - ¿Cuándo crees que darán el gran paso?
¿El gran paso? ¿Qué gran paso?
A mi lado, el cuerpo de Edward se tensó perceptiblemente.
- Emmett – advirtió entre dientes.
Oh. El gran paso. En otras palabras, romper mi lista y caer al lado oscuro. El problema era que estaba segura de que ni Edward tenía una lista ni estaba dispuesto a caer al lado oscuro.
Emmett había abierto la boca para continuar pero Rosalie le interrumpió.
- Emmett, déjalo ya.
A pesar de que mi primera impresión no había sido muy halagadora, no pude evitar sentirme agradecida a Rosalie en ese momento. Si había alguien en esa mesa que podía controlar la desvergonzada lengua de Emmett, sin duda ésa era Rosalie.
Decidí que lo mejor era reconducir la atención hacia terrenos menos farragosos.
- Siempre he tenido la duda de saber cómo se las arregló Alice para convencer a Edward de hacer la mudanza. Conmigo las miradas de cachorro abandonado funcionaron – me volví para mirar a Edward - ¿Cómo lo hizo contigo?
Edward se removió incómodo en su asiento. Jasper carraspeó sonoramente y le miré con curiosidad.
- Creo que eso es información confidencial, Bella – dijo Jasper mirando con cautela a su amigo.
Me volví de nuevo para mirar directamente a los ojos a Edward. Él esbozó una rápida sonrisa nerviosa y apartó los ojos de mí sin abrir la boca. Fruncí el ceño sin comprender nada. ¿Acaso Alice le había sobornado para que aguantara mi compañía durante un mes? De repente sentí un vacío en el estómago. ¿Por qué esa idea no me resultaba en absoluto descabellada? En fin, ¿cómo alguien como Edward habría aceptado sino convivir durante un mes con una completa desconocida, carente de interés como yo?
Emmett rompió el incómodo silencio que había caído sobre la mesa.
- Seguro que Alice hizo una lista de "10 razones para convivir con Bella Swan" para convencer a Edward.
Le lancé una mirada fulminante a Emmett y él me correspondió con su mueca burlona. A esas alturas sabía que no iba a romper su promesa, pero también sabía que no estaba dispuesto a dejar escapar la oportunidad de reírse un poco a mi costa.
- Seguro – coincidí con él al tiempo que le dedicaba una sonrisa falsamente dulce – El otro día me encontré en Internet con una lista de "200 razones para encerrar en un manicomio a hermanos bocazas" – me volví hacia Edward - ¿Crees que te sería útil?
Edward nos miró alternativamente a Emmett y a mí, entre divertido por nuestro intercambio de palabras y sorprendido por la confianza con que nos tratábamos. Comprobé con alivio como todo rastro de incomodidad había desaparecido de sus perfectas facciones. En su lugar, su sonrisa torcida bailaba traviesamente en sus labios.
- Creo que me sería muy útil.
Todos esbozaron pequeñas sonrisas y Emmett inclinó la cabeza hacia mí, aceptando la derrota.
- Touché – dijo vocalizando la palabra pero sin que ningún sonido se escapara de sus labios.
Sonreí complacida. A mi alrededor, la mesa se sumergió en un interesante relato sobre la infancia de Emmett y Edward. Una vez que yo ya había sido blanco de las burlas de Emmett, le tocó el turno a Edward, que tuvo que aguantar como su hermano relataba sin pelos en la lengua su infantil afición de probarse la ropa de sus primas y robarles sus muñecas cuando tenía cinco años.
Mientras todos se reían de las ocultas aficiones de Edward, no pude evitar pensar que las citas a seis tampoco eran tan malas. En cuanto llegara a casa tenía que rescatar mi lista del fondo del armario y tachar un motivo más.
* * * * *
Regresamos a casa aún riéndonos de los chistes de Emmett en la cena. Cuando por fin encontré las llaves en el fondo de mi bolso y pude abrir la puerta, entré rápidamente y dejé caer mi abrigo y mi bolso sobre el sofá con pesadez. Me di la vuelta para irme a mi habitación pero me encontré de frente con un par de ojos verdes.
Por unos instantes me olvidé por completo de respirar. Edward estaba muy cerca de mí.
Demasiado cerca.
Sentí como automáticamente mis mejillas se teñían de rojo. Como toda respuesta, él sacó a relucir su sonrisa torcida.
Levantó una mano con expresión dubitativa pero inmediatamente la dejó caer. En su lugar, se acercó un poco más y pude escuchar con toda claridad su respiración. Su aliento contra mi piel era una sensación completamente nueva pero tenía sobre mí el mismo efecto perturbador que sus ojos, su voz o su simple presencia. El corazón comenzó a latir furiosamente contra mi pecho y estaba segura de que todo el edificio era capaz de oírlo. Antes de que pudiera decir o hacer nada, sentí como los labios de Edward rozaban suavemente mi piel, depositando un ligero beso en mi mejilla.
- Buena noches, Bella – susurró.
Se dio media vuelta y desapareció inmediatamente tras la puerta de su habitación.
Me quedé inmóvil durante unos instantes. Tenía la extraña sensación de que si daba un paso, mi corazón iba a estallar. Cuando tuve la certeza de que mi ritmo cardíaco había regresado a la normalidad, salí de mi trance y conseguí llegar a mi habitación. Cerré la puerta con suavidad y miré a mi alrededor desconcertada. Ni siquiera me acordaba de la cena, de las citas a seis, ni de la lista de motivos que guardaba en mi armario.
Tan solo podía repetirme la misma pregunta. ¿Cuánto tiempo tardaría en caer al lado oscuro?
Ni yo misma me daba 24 horas.
Seguro que muchos direis ¡por fin! algo de contacto físico. Pues sí, me ha costado cinco capítulos pero yo es que soy muy lenta para estas cosas, además de que lo bueno se hace esperar. Ha sido poco pero menos es nada, ¿no? Creo que la última escena se merece un bonito review, no me digais que no os inspira (además estamos a punto de llegar a los 100).
Sobre el siguiente capítulo creo que va a tardar un poco más de lo normal porque este martes me voy una semana de vacaciones así que hasta dentro de semana y media como mínimo no creo que pueda actualizar. Pero os aseguro que la espera va a merecer la pena porque el siguiente capítulo viene cargadito. No adelanto nada, solo digo que tengo muchas ganas de escribirlo.
Muchos besos, portaos bien y todas esas cosas.
Bars.
