Seguro que no me vais a creer si os digo que tengo el capi acabado desde hace tres días, pero es la verdad. Pero con todo el jaleo de la página, que ha estado sin funcionar unos cuantos días no he podido actualizar cuando terminé el capi, lo siento. Y como siempre, muchisisisimas gracias por vuestros reviews. No puedo creer que ya hayamos pasado de 200 =)
Disclaimer: no soy Meyer por lo que ni la historia ni los personajes (no, ni siquiera Edward) son míos.
CINCO RAZONES PARA NO ENAMORARSE.
[AH,AU]: En la biblioteca, Bella nunca había encontrado nada más interesante que sus libros. Hasta hacía dos meses. ¿Qué ocurre cuando el motivo de su falta de concentración se instala en su casa durante un mes?
CAPÍTULO 8. PROBLEMAS PARA ACEPTAR LO EVIDENTE
Tal y como Edward hacía dicho, Alice se presentó en el apartamento poco antes del mediodía. Alice y sus innumerables cajas llenas de ropa, zapatos, números atrasado de Vogue y demás elementos indispensables para la supervivencia de la especie humana, por supuesto.
En cuanto atravesó la puerta y me vio tirada en el sofá sin nada más interesante que hacer que auto compadecerme de mis desgracias, se le iluminó la mirada y se tiró a mis brazos regalándome su genuino abrazo mortífero, al tiempo que gritaba BellaBellaBella como si le fuera la vida en ello.
- ¡Bella! ¡Cuánto me alegro de volver! ¿Tú no te alegras de que esté de vuelta? No sabes las ganas que tenía… no es que Jasper no sea maravilloso porque lo es, pero tú también lo eres y…
Alice interrumpió su discurso súbitamente y me miró con el ceño fruncido. Al instante supo que algo iba mal porque yo aún no me había quejado de su abrazo asesino. Ni siquiera había forcejeado en un intento de librarme de ella. Me maldije internamente por mi error de principiante. Lo que menos necesitaba en esos momentos era que Alice comenzara a sospechar. Y Alice era precisamente el tipo de personas a las que les encanta sospechar que algo va mal.
Quizás todavía podía remediar mi metedura de pata.
- Ay Alice – me quejé débilmente. Mi voz sonó falsa incluso para mí – No puedo respirar.
Mi amiga arrugó aún más la frente. Mi truco no había colado. Alice me liberó de sus brazos y se alejó unos centímetros de mí, reclinándose sobre el respaldo del sofá y mirándome con expresión pensativa.
- Bella – su tono de voz, que segundos antes había sido el típico de sus estados de duende híper feliz, se transformó en un murmullo serio y seco - ¿Qué ocurre?
- Nada – respondí automáticamente.
Aguanté la mirada escrutadora de Alice durante diez segundos exactos. Cuando se me hizo imposible mantener mi cara de póquer, me levanté del sofá y le di la espalda en un desesperado intento por huir de la inspección al que me estaba sometiendo.
- Creo que será mejor que empecemos a colocar todo esto – hablé, fingiendo centrar mi atención en todas las cajas esparcidas por el apartamento - Si me fío de ti, eres capaz de dejar todo el salón lleno de cajas durante una semana.
- Bella, ¿qué pasa? – repitió Alice, ignorando mis patéticos intentos de cambiar de tema de conversación.
Me di la vuelta y me obligué a esbozar una sonrisa que pareciera convincente. Negué con la cabeza.
- No pasa nada, Alice.
- Bella, nos conocemos desde que tenemos ocho años. He vivido contigo más tiempo del que has vivido con Renee y por descontado te conozco mucho mejor que Charlie. Sin olvidar que tu habilidad para mentir es completamente nula ¿De verdad piensas que me puedes engañar? – preguntó Alice, mirándome de nuevo con esa intensidad insoportable - ¿Qué ha pasado con Edward?
Suspiré con desgana ante su nueva pregunta. Alice tenía razón, me conocía mejor que mi propia madre. Mierda, creo que incluso me conocía mejor de lo que yo misma lo hacía.
- No es nada, Alice – traté de convencerla – Simplemente me da pena que se haya ido. No me malinterpretes, me alegra que hayas vuelto pero voy a echarle de menos.
Confiaba en que esa excusa resultara bastante creíble. Por la cara de Alice, supe automáticamente que una vez más no había conseguido engañarla.
- Hay algo más – afirmó con seguridad – Bella, sabes que lo voy a averiguar así que lo mejor será que lo sueltes ya y nos ahorremos esfuerzos inútiles.
Volví a suspirar. Sabía que sobra que Alice siempre consigue lo que quiere y que lo mejor para mi salud mental sería soltarlo todo ya y ahorrarme días o incluso semanas de tortura. Aquel era el razonamiento que seguía siempre que Alice trataba de sonsacarme algo. Pero esa vez no. Esa vez simplemente no me sentía preparada para contarle a Alice todo lo que había pasado. Todo lo que Edward me había dicho la noche anterior y todo lo que yo no había hecho. Tarde o temprano acabaría explotando y contándoselo a Alice, pero primero tenía que asimilarlo yo misma.
Negué de nuevo con la cabeza.
- No, Alice. Esta vez el chantaje emocional no va a funcionar. Tendrás que creerme cuando te digo que no ha pasado nada.
Sorprendentemente, Alice cerró la boca y no volvió a comentar nada al respecto el resto del día. Retomó su estado de hiperactividad, aunque yo también la conocía demasiado como para saber que su fachada de duende híper feliz no era del todo verdadera. De vez en cuando, mientras sacábamos las cosas de sus cajas y creía que no la estaba prestando atención, la pillaba lanzándome miradas de preocupación.
Aquella noche tampoco pude pegar ojo. Me pasé las horas muertas mirando el techo de mi habitación y sin apenas moverme, tratando de poner en orden mis ideas con un solo objetivo: encontrar aquello que me ataba y no me dejaba descolgar el teléfono y contarle a Edward todo lo que pasaba por mi cabeza.
A las 5 de la mañana lo encontré. Abrí los ojos desmesuradamente y me tapé la boca para ahogar mi grito de sorpresa.
Tenía miedo.
Tenía mucho miedo.
Durante dos largos meses, me había pasado las tardes muertas en la biblioteca intentando en vano concentrarme mientras Edward se sentaba todos los días enfrente de mí, dos mesas más allá de mi lugar habitual, rompiendo mi habitual rutina de estudio con su mera presencia. En ningún momento de aquellos días se me pasó por la cabeza acercarme a él. Jamás pensé que mis horas de silencioso análisis y obsesión llegarían a ser algo más. Cruzar una mirada con él, intercambiar dos palabras o incluso saber cuál era su nombre. Todo eso estaba más allá de lo que podía esperar. En aquel momento, mis planes tan solo consistían en continuar observándole día a día, implorándole silenciosamente que se apiadara de mí y me devolviera mi concentración.
Cuando Edward se trasladó a vivir conmigo, mis expectativas no cambiaron ni un ápice. Sabía que estaba en serio peligro de que mi pequeña obsesión se convirtiera en algo más, bastante más difícil de manejar. Y teniendo en cuenta que estaba segura de que Edward nunca se fijaría en mí, eso resultaría un gran problema no solo para mi concentración sino para mi propia supervivencia durante ese mes. Entonces escribí en una hoja de papel los motivos por los que no debía enamorarme de él. Daba por hecho el rechazo de Edward y ese fue el motivo que me llevó a escribir esa lista.
O al menos en ese momento creía que ese era el motivo por el que había escrito mi lista.
Pero aquella noche, a las 5 de la mañana, me di cuenta de algo. Llegué a una conclusión a la que Alice hubiera llegado mucho antes que yo en el hipotético caso de que le hubiera hablado de mi patética lista. Porque Alice me conocía mucho mejor de lo que yo lo hacía.
Tenía miedo de lo que pudiera pasar. Cuando hice mi lista, no tenía miedo del rechazo de Edward, sino que tenía miedo de lo que pudiera pasar si él me aceptaba. Aquella lista había sido una especie de método preventivo de defensa. Bastante patético, por cierto. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba aterrorizada. El miedo había estado ahí, latente desde el primer momento en que le vi, pero escondido durante todos esos meses porque la posibilidad de que Edward me viera de la misma manera me parecía totalmente imposible. Sin embargo su confesión había despertado todos mis temores. Porque después de sus palabras todo parecía demasiado real. Demasiado posible.
Y ahora, cuando Edward se había encargado de echar por tierra todos mis motivos uno a uno, demostrándome que era inútil intentar ponerle trabas a lo evidente, seguía teniendo miedo. Tenía miedo de dejar que las cosas siguieran su curso natural. La última vez que me atreví a hacerlo el resultado no había sido lo suficientemente bueno como para querer repetir la experiencia. Era injusto que Edward tuviera que cargar con mi nefasto pasado amoroso y pagar por mis errores y por los de Jacob, pero no podía evitarlo.
Así que hasta que no me librara de aquellos estúpidos temores, no podía dar el siguiente paso. Edward se merecía mucho más que eso.
* * * * *
Tras toda aquella fructífera noche, a la mañana siguiente me levanté con un dolor de cabeza monstruoso y con mi nueva revelación dando vueltas en mi cabeza. No sabía exactamente cómo liberarme de mis miedos pero al menos tenía una idea de por dónde empezar. O mejor dicho, con quién empezar.
Alice.
Era el momento de contarle absolutamente todo a mi amiga. Su carácter explosivo podía resultar exasperante pero para los casos de bloqueos mentales era toda una experta. La necesitaba urgentemente.
Cuando abrí la puerta de mi habitación y me encontré con Rosalie, vaciando una de las cajas de Alice que aún no habíamos podido colocar la tarde anterior, me sentí aliviada. Aunque Rosalie continuaba pareciéndome demasiado intimidante, conocía muy bien a Edward y además era capaz de dar buenos consejos. Estupenda combinación.
- Buenos días, Bella – me saludó Alice con voz cálida. Rosalie me dirigió con pequeña sonrisa a modo de saludo.
Murmuré un "buenos días" apenas inteligible y me fui a la cocina a por un vaso de agua y una aspirina con la que aliviar el insoportable martilleo en mi cabeza. Alice me observó en silencio con el ceño fruncido.
- ¿Una mala noche?
- No ha sido de las mejores – admití.
Rosalie se me quedó mirando y alzó una ceja, interrogante.
- Apuesto a que tenías demasiadas cosas en las que pensar y no has podido pegar ojo.
La miré durante unos segundos en silencio y al instante tuve la certeza de que Rosalie lo sabía todo.
- Puedes apostar que sí – murmuré en voz baja antes de tragarme la aspirina y beber un trago de agua.
Alice frunció el ceño de manera más pronunciada ante nuestra repentina complicidad.
- ¿Por qué tengo la impresión de que me he perdido algo? – preguntó con una mezcla de resentimiento y curiosidad en la voz.
Suspiré y me acerqué hacia la mesa del salón. Abrí una de las cajas que aún quedaban por desembalar y comencé a vaciarla con lentitud, reflexionando sobre lo que tenía que decir a continuación. Rosalie continuó con lo suyo pero Alice se sentó en una de las sillas y me observó sin abrir la boca, esperando a que me decidiera a hablar. Alice ya sabía que lo que estaba a punto de decir era todo lo que me había guardado el día anterior y que por alguna extraña razón, Rosalie ya estaba al corriente de ello.
- Alice – comencé, tomando aire – Edward y yo tuvimos una conversación el día antes de que se fuera.
- ¿Qué tipo de conversación?
- El tipo de conversación que hay que asimilar antes de contársela a tu mejor amiga – especifiqué – Ayer tenías razón, aunque eso ya lo sabías. No estaba deprimida porque Edward se hubiera ido. O al menos no solo por eso.
Alice descruzó los brazos, que hasta ese momento había mantenido cruzados fuertemente sobre su pecho, y comenzó a golpear ligeramente sus dedos contra la mesa con impaciencia. No abrió la boca para no presionarme, aunque yo sabía que se moría por saber lo que había pasado. Y en esa ocasión no era por puro cotilleo, sino por preocupación.
Continué vaciando la caja en silencio durante unos minutos antes de proseguir con mi explicación. Aquello estaba resultando más complicado de lo que esperaba.
- Sabes que no soy muy buena para los detalles, pero digamos que Edward… - dejé la frase en suspenso, buscando la manera de resumir en pocas palabras todo lo que había dicho Edward aquella noche.
- Edward se declaró – completó Rosalie por mí.
El repiqueteo de los dedos de Alice contra la mesa cesó al instante y su boca se abrió sin que ella pareciera ser consciente de ello.
- ¿Se declaró? – exclamó sin ocultar su sorpresa.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos más, sin que ninguna de las tres se moviera ni un centímetro. Y justo en el momento en que pensaba que su expresión sorprendida se iba transformar en su típica sonrisa híper feliz y que se iba a abalanzar sobre mí gritando losabíalosabíalosabía sin parar para tomar aire, Alice habló de nuevo en ese tono serio que en tantos años de amistad había empleado en tan pocas ocasiones.
- ¿Y cuál es el problema?
- ¿Cómo… cómo que cuál es el problema? – repetí, sorprendida por su inesperada reacción.
- Vamos Bella, ya sabes a lo que me refiero. Si no hubiera ningún problema ahora mismo estarías colgada del cuello de Edward rogándome para que volviera con Jasper y os dejara toda la casa para vosotros solos. Y ni siquiera tendrías que rogarme porque si eso es lo que quieres lo haría encantada – Alice clavó sus ojos azules sobre los míos y me miró fijamente sin apenas pestañear - ¿Es eso lo que quieres, Bella?
Negué con la cabeza. No. Eso no era lo que quería. Hacía tan solo 24 horas estaba dispuesta a prácticamente todo con tal de que a Alice le diera otro de sus arrebatos neuróticos y decidiera quedarse un mes más de intrusa en casa de Jasper, pero tras mi epifanía de la pasada noche convivir con Edward era la peor solución a mi problema. Por lo menos en ese momento. Necesitaba mi mente despejada y tener a Edward a tan poca distancia no me ayudaba precisamente a pensar con claridad.
Alice me observó con atención y me di cuenta exactamente del momento en que llegó a la conclusión acertada. Arrugó la frente como si estuviera tratando de comprender algo que no le entraba en la cabeza por desafiar las reglas de la lógica y apretó los labios con fuerza.
- ¿Tienes dudas? – preguntó en un susurro.
No contesté a su pregunta y retomé la tarea de vaciar las cajas. Capté la mirada de reojo de Rosalie.
- Oh, Bella – dijo Alice llevándose una mano a la boca – Tienes dudas.
Esa vez fue sus palabras formaron una afirmación y no una pregunta. Negué de nuevo con la cabeza y abrí la boca para explicarme.
- No, Alice…
- ¿Por qué te empeñas en seguir negando las cosas? – me interrumpió ella – Creo que ya te he dicho alguna vez que es inútil intentar evitar que las cosas sigan su curso natural. Estás ciega ante lo evidente, Bella.
No. Aquella vez Alice no tenía razón. No estaba ciega ante lo evidente.
Estaba aterrorizada ante lo evidente.
Y eso era mucho peor.
- Alice, no – mi amiga abrió la boca para interrumpirme otra vez pero la corté – Escúchame, Alice. No estoy ciega ante lo evidente, tengo miedo ante lo evidente. Ahora lo veo todo demasiado posible, demasiado real y… no quiero que me vuelvan a romper, Alice.
El tono suplicante y mi mirada debieron tocarle la fibra sensible porque Alice dejó de lado todo intento de sermonearme y se levantó de su silla para acercarse a mí y envolverme en un cariñoso abrazo. Levantó la cabeza y miró a Rosalie, que hasta ese momento había sido suficientemente cuidadosa para quedarse en un discreto segundo plano.
- ¿Tú ya lo sabías? ¿Sabías lo que le había dicho Edward?
Rosalie asintió sin decir ni una palabra.
- ¿Te lo contó él? – pregunté.
De nuevo un asentimiento.
- Edward no es muy dado a hablar de estas cosas pero cuando lo hace suele ser conmigo – explicó Rosalie – Emmett no es precisamente la primera persona que se te viene a la cabeza cuando quieres hablar de algo delicado. La sensibilidad no es su fuerte.
- Y Jasper es demasiado perceptivo – completó Alice.
- Así que eso me deja a mí como la única apta a quien contarle sus penas.
Quise pedirle a Rosalie que me detallara palabra por palabra lo que le había dicho Edward. Quería saber cómo se sentía tras mi reacción. O mi falta de reacción, mejor dicho. Pero me mordí la lengua a tiempo, eso solo me haría sentirme todavía peor. Si es que sentirse más patética y penosa de lo que me sentía ya era posible.
Alice aflojó un poco la fuerza de su abrazo y se separó unos centímetros para mirarme directamente a los ojos.
- Edward no te va a hacer daño. Lo sabes, ¿verdad?
Cerré los ojos y asentí levemente.
- Lo sé, pero no puedo evitar tener miedo.
- No puedes hacer que Edward pague por los errores de Jacob. No es justo.
- Lo sé, Alice – repetí – Y por eso no he hecho nada todavía, por eso no le he dicho a Edward nada. Porque él no tiene que tratar con mis miedos, soy yo la que tiene que librarse de ellos.
- ¿Tan malo fue? – habló Rosalie.
- ¿Jacob? – pregunté. Ella asintió con la cabeza – Fue peor.
Rosalie dejó de vaciar cajas y se sentó en una silla, enfrente de Alice y de mí. No me gustaba hablar del tema pero Rosalie tenía que saber la historia para comprender mejor mi bloqueo mental. Estaba convencida de que una vez que estuviera al corriente de todo, Rose sería capaz de darme un consejo sensato. En el poco tiempo que la conocía, siempre me había dado las palabras justas en cada momento.
- Jacob y yo éramos amigos – comencé a explicar – Ya sabes, el tipo de amigos que han crecido juntos y que lo saben todo el uno del otro. Creo que después de Alice, era la persona que mejor conocía. Crecimos y… mmm como diría Alice, dejamos que las cosas siguieran su curso y la verdad, yo creía que él era la persona indicada… ya sabes, que Jacob era él.
- Pero no lo era – supuso Rosalie.
- No, no lo era en absoluto. Lo intentamos porque aquello era lo natural y al principio creo que todo parecía ir bien pero a la larga acabó siendo un desastre. Simplemente hay cosas que no están destinadas a funcionar y Jake y yo como amigos funcionábamos pero como pareja… bueno, como pareja no teníamos solución.
Alice pasó un brazo por encima de mis hombros y me miró con la culpabilidad pintada en su cara.
- Si no te hubiera sermoneado con todas aquellas tonterías del destino y lo natural, Bella… pero de verdad, en ese momento todo encajaba.
- Si no me hubieras sermoneado yo hubiera hecho lo mismo, Alice – volví la mirada hacia Rosalie y continué con la explicación – Estaba enamorada de Jake, creía que estábamos hechos el uno para el otro, que nos íbamos a casa y a tener tres hijos y cuatro perros. Le encantaban los perros. Pero vaya, de aquella tenía 17 años y quería ser como los protagonistas de Friends y vivir en Nueva York. Nunca te puedes fiar de los planes de futuro que haces a los 17 años. Una noche discutimos. Bueno, siempre acabábamos discutiendo por cualquier tontería pero aquella noche la bronca fue más fuerte de lo normal. Ni siquiera me acuerdo porqué fue pero lo dejamos y desde entonces no hemos vuelto a hablar civilizadamente.
Rosalie asintió en silencio.
- Y lo peor de todo no es el daño que me hizo ni todos los meses que pasé deprimida, porque eso con el tiempo lo acabé superando. Lo peor es que perdí a mi mejor amigo, a la persona que mejor me conocía y que desde entonces no somos capaces de intercambiar dos palabras sin insultarnos.
- Pero con Edward no tiene que ocurrir lo mismo – apuntó Alice.
- Lo sé, pero esa es mi única experiencia en una relación y es bastante nefasta. No puedo evitar pensar que me va a pasar de nuevo. En fin, la única vez que creí haber encontrado a la persona indicada me equivoqué por completo… ¿por qué no voy a estar equivocada esta vez también?
- No puedes pretender ganar sin arriesgarte – dijo Rosalie con seriedad.
Suspiré sonoramente. Ese no era el problema. Mi problema no era no querer arriesgarme, sino que no estaba dispuesta a tomar riesgos sin estar convencida de que no me importaban las consecuencias. Porque Edward no se merecía eso. Cuando me tirara al vacío, lo haría sin arnés de seguridad y sin nada que amortiguara la caída, pero convencida de que si lo que me esperaba abajo era un gran golpe, no me importaba en absoluto el daño que me pudiera hacer siempre que disfrutara de la vertiginosa sensación de caer al vacío.
- Y lo siento si me meto donde no me llaman, Bella – continuó Rosalie sin ocultar su tono duro – pero la situación me parece muy injusta para Edward. Creo que estás actuando de manera egoísta porque tú sabes lo que siente Edward, lo sabes de primera mano pero él no tiene ninguna pista sobre lo que sientes tú y aún así se ha arriesgado y lo ha dado todo.
Me quedé en silencio sin saber qué contestar porque cada palabra de Rosalie era cierta. Yo tenía todas las pistas necesarias para tomar mi decisión y aún así me acobardaba ante la perspectiva de lo que pudiera pasar. Me debatía entre tirarme o no al vacío cuando sabía con seguridad que si lo hacía, Edward estaría abajo esperándome.
Sin embargo, Edward se había lanzado en caída libre y no le importaba. Porque Edward era mucho más valiente que yo.
* * * * *
- ¿Se declaró?
Angela no tenía la culpa de que Alice me hubiera acosado todo el domingo con esa misma pregunta, repitiéndola una y otra vez como si fuera la única frase que su cerebro fuera capaz de construir. Aún así, no pude evitar fulminarla con la mirada en cuanto esas palabras salieron de su boca. Si escuchaba esa pregunta una vez más no me hacía responsable de mis propios actos.
Apreté el paso y opté por no contestar.
- Angela, date prisa. Todavía tenemos que llegar a mi casa, esquivar a Alice si todavía está allí, coger esos apuntes y comer. Y por si no te habías dado cuenta, dentro de cuarenta y cinco minutos tenemos clase.
Angela decidió no decir nada sobre mi repentino cambio de tema y de dos zancadas me alcanzó. Cuando por fin llegamos a mi apartamento, por suerte para mi salud mental, y la de Angela ya que estábamos, Alice ya se había ido a clase. Rebusqué apresuradamente entre la enorme cantidad de papeles desperdigados por todo mi escritorio y justo cuando había llegado a la conclusión de que necesitaba hacer limpieza urgentemente, encontré los apuntes que estaba buscando debajo de una pila de revistas que Alice no había podido guardar en su armario y que me había empaquetado a mí.
Se los tendí a Angela y ella estiro el brazo y los cogió, sin decir ni una palabra pero dirigiéndome una mirada bastante elocuente. Sabía exactamente lo que estaba pensando.
Cuando creyó que por fin me había calmado, se decidió a hablar.
- ¿Cuál es el problema, Bella?
Suspiré con pesadez. ¿El problema? Que mi mente estaba atrofiada. Ese era el problema. La historia de mi vida.
- Tienes miedo – afirmó Angela tras observarme en silencio unos segundos mientras yo pensaba mi respuesta.
Asentí sin nada más interesante que añadir.
- Sabes que Edward y Jacob no son la misma persona, ¿verdad?
- Por suerte. Pero yo soy la misma chica insegura y con miedo. ¿Comprendes cuál es el problema?
Esta vez fue Angela quien asintió. La observé en silencio unos segundos. Las palabras de Rosalie llevaban atormentándome desde el día anterior y Angela era la persona más sensata que conocía. Tenía que saber su opinión.
- ¿Crees que estoy siendo egoísta? – pregunté. Ella me miro sin saber exactamente a qué me refería – Quiero decir… supuestamente soy yo la que está en la posición más favorable porque sé todo lo que piensa Edward y sin embargo aquí estoy, perdiendo el tiempo con estúpidos debates internos. Y Edward… Edward lo ha dicho y lo ha hecho todo sin tener ni una pista sobre lo que yo pienso.
Angela pareció meditarse su respuesta. Guardó cuidadosamente mis apuntes en su carpeta antes de levantar la vista y hablar.
- Quizás… quizás sí estás siendo egoísta.
Estupendo. Era oficial: mi vida era un asco. Si Angela decía que me estaba comportando de manera egoísta es porque me estaba comportando de manera egoísta. No había más vueltas que darle al asunto.
Abrí la boca para comenzar a auto compadecerme de mí misma en voz alta pero Angela me interrumpió.
- Pero no te culpo, Bella. Y tú tampoco deberías hacerlo – me dijo Angela con seriedad – Lo que deberías hacer es aclarar tu mente y librarte de lo que sea que te está impidiendo dar el siguiente paso. Y cuanto antes lo hagas, mejor.
Asentí con la cabeza. Hacía 24 horas que había llegado ya a esa conclusión pero ponerla en práctica no estaba resultando tan fácil.
Antes de que pudiera añadir algo más, el timbre de la puerta resonó en todo el apartamento. Me acerqué hacia la entrada refunfuñando sobre quién sería el insensible que se atrevía a interrumpir mi necesaria charla existencial con Angela, la única persona capaz de darme buenos consejos sin herir mis sentimientos. Pero en cuanto abrí la puerta de un tirón, todas mis quejas se quedaron congeladas en mi garganta.
- Edward – dije con un hilo de voz.
Como toda respuesta obtuve una perfecta sonrisa torcida, esa que no había tenido la oportunidad de ver desde exactamente hacía 48 horas. Y no, todas esas horas apartada de él no habían disminuido ni un ápice la influencia que ejercía sobre mí.
Edward había abierto la boca para decir algo pero fue interrumpido por una voz grave que retumbó por toda la escalera.
- Seis pisos. ¡Seis! Y ni un puñetero ascensor.
Finalmente Emmett consiguió llegar al último escalón y apareció detrás de Edward, encorvado y con una mano alrededor de su abdomen tratando de recuperar el ritmo normal de su respiración.
- Para ser el capitán del equipo de fútbol no es que tengas mucha resistencia.
Emmett levantó la cabeza y le dirigió una mirada helada a su hermano.
- Hazle un favor al mundo y cállate, Eddie.
La media sonrisa de Edward desapareció y su mandíbula se tensó ante la mención de su apodo. No, definitivamente no le gustaba que le llamaran así. Y dios, debo de ser una desviada sin posibilidad de cura, pero Edward me resultaba irresistible incluso cuando se enfadaba.
Angela apareció detrás de mí, interrumpiendo una posible pelea entre hermanos y lo más importante, impidiendo que yo hiciera casos a mis instintos y me lanzara al cuello de Edward sin pensármelo dos veces. Edward dejó de mirar a su hermano con furia asesina y sonrió dulcemente a Angela.
Creo que voy a morir aquí mismo si sigue haciendo eso.
- Bella… - mi amiga miró a los recién llegados algo incómoda – Ben me acaba de llamar y… mmm tengo que irme. Te espero en la universidad.
Sabía que Ben no la había llamado y que aquello era una excusa para dejarme a solas con Edward, pero Angela me guiñó un ojo para que no me preocupara.
- Nos vemos en clase, Bella.
Una vez que Angela había desaparecido, Emmett se apoyó contra el marco de la puerta y se cruzó de brazos.
- ¿Nos piensas dejar aquí plantados todo el día?
Puse los ojos en blanco y me di la vuelta, dirigiéndome hacia el sofá.
- Como si necesitaras invitación para entrar, Emmett – dije, mirándole por encima del hombro.
Emmett me siguió y se dejó caer estrepitosamente sobre el sofá, que crujió quejumbrosamente bajo su peso. Edward cerró la puerta con suavidad y se acercó a nosotros.
- Bueno, y aparte de a molestar, ¿a qué habéis venido?
No quería ponerme a la defensiva, pero aquella era la mejor táctica para ocultar el estado de nerviosismo en el que me encontraba. Y todo por culpa de Edward. Las sonrisas socarronas y las miraditas que Emmett me echaba continuamente no eran precisamente el mejor calmante.
- Me dejé unos libros aquí y venía a recogerlos, pero si es un mal momento… - comenzó Edward con tono dubitativo.
Negué rápidamente con la cabeza.
- No, Edward. Ya sabes que lo de molestar iba por tu hermano.
Emmett sonrió con orgullo y yo le di un golpe en el brazo que por supuesto, no le hizo el más mínimo daño.
- Esa es la versión oficial, Bella – dijo Emmett con tono conspirador, como si fuéramos cómplices de un delito – Pero la verdad es que Edward se moría por verte y se ha pasado todo el fin de semana pensando en una excusa patética para venir aquí.
Edward puso los ojos en blanco y gruñó. Traté de no reírme o de al menos no sonreír complacida, pero mis intentos fueron un fracaso.
- Gracias, Emmett. No sé qué haría sin ti - murmuró Edward sombríamente.
Su hermano levantó las manos como si fuera inocente.
- Sinceridad ante todo, Edward. Esa es la clave – le recordó.
Edward gruñó de nuevo y se dio la vuelta, desapareciendo tras la puerta de la habitación de Alice para recoger sus libros.
En cuanto nos quedamos solos, Emmett esbozó una escalofriante sonrisa.
- ¿Puedo saber por qué estás torturando a mi hermanito? – preguntó Emmett sin borrar su sonrisa burlona – No es que no le venga mal sufrir un poco pero… ¿por qué a las chicas os gusta tanto haceros las difíciles? Necesité dos meses de acoso y derribo para que Rose…
- No me estoy haciendo la difícil, Emmett – le corté.
Emmett alzó las cejas y me miró sin comprender.
- ¿Entonces?
- Es… complicado.
- ¿Complicado? – repitió él, todavía sin captar lo que intentaba decirle - ¿Quieres decir tan complicado como que dos más dos son cuatro? Porque si a chico le gusta chica y a chica le gusta chico, no veo dónde está el problema.
- Cuando a tu ecuación le añades una chica neurótica e insegura, entonces todo se complica bastante.
Emmett borró todo rastro de sonrisa o burla de sus facciones y me miró con seriedad.
- Bella… - comenzó.
Justo cuando creía que estaba a punto de presenciar lo imposible, a Emmett sermoneándome como si la propia Alice le hubiera dado un cursillo intensivo de "técnicas-para-darle-la-charla-a-Bella", Edward acudió a mi rescate.
- Ya los tengo – anunció después de salir de su antigua habitación con un par de libros en la mano.
Me dedicó una rápida sonrisa que se congeló en cuanto vio la expresión seria de su hermano.
- ¿Ocurre algo?
Traté de componer mi mejor cara inocente y negué con la cabeza. Emmett imitó mi táctica y dibujó de nuevo su típica sonrisa socarrona.
- Nada, Edward. Solo estábamos charlando sobre... mmm ecuaciones matemáticas.
Emmett me dio un codazo mal disimulado y yo asentí con la cabeza rápidamente.
- Sí, ecuaciones matemáticas – afirmé.
Edward nos miró alternativamente con el ceño fruncido. Pareció llegar a la conclusión de que lo mejor sería no preguntar sobre lo que nos traíamos entre manos porque tras unos segundos relajó su expresión.
- Emmett – comenzó a hablar Edward, de nuevo con duda en su voz - ¿Por qué no… por qué no bajas un momento a comprobar que el coche sigue donde lo dejamos? Te dije que no aparcaras en doble fila, es posible que la grúa se lo haya llevado.
Emmett resopló con desesperación.
- Edward, sinceridad ante todo – repitió su hermano – Si lo que quieres es que mueva mi culo y os deje solos, tan solo tenías que pedirlo. ¿Es eso lo que quieres, Edward?
La mandíbula de Edward se volvió a tensar y pude ver cómo apretaba los puños con fuerza. Si en ese momento no estuviera tan nerviosa, me hubiera reído sin disimulo ante la relación tan extraña que tenían esos dos.
- Sí, Emmett – dijo Edward finalmente, sin poder contener del todo la rabia en su voz – Eso es lo que quiero.
- Estupendo – murmuró Emmett, claramente complacido.
Se levantó del sofá, me guiñó un ojo provocando que me sonrojara y sin decir ni una palabra más, salió por la puerta.
- No se lo tengas en cuenta. De pequeño se cayó de la cuna y creo que hay lesiones que son irreversibles.
Reí nerviosamente y me apoyé contra la mesa del comedor.
- Aunque… a veces tiene razón.
Edward se acercó a mí y dejó caer una de sus manos sobre la mesa, justo a mi lado. Tragué saliva y levanté la vista para encontrarme con sus ojos verdes. Pensar con claridad era una tarea imposible en ese momento.
- ¿En qué tiene razón? – conseguí articular al fin.
- En que me he pasado todo el fin de semana pensando en una excusa creíble para pasarme por aquí.
- No necesitas excusas. Sabes que puedes venir siempre que quieras.
Edward sonrió con alivio y sentí mis piernas flaquear. Me agarré disimuladamente a los bordes de la mesa en busca de algo de estabilidad pero en cuanto le vi acercarse más a mí, me di cuenta de que todos mis intentos por mantenerme en posición vertical iban a ser en vano. Sentí su aliento acariciar mi piel y todo pensamiento coherente saltó por la ventana. De repente, no me acordaba de que era lo que me impedía dar respuesta a lo que mi cuerpo me pedía.
Ah, sí. Pensar con claridad. Ordenar mis ideas. Edward no me ayudaba en eso.
Y miedo.
Sí, miedo.
En el último instante, moví levemente la cabeza y sus labios acabaron haciendo contacto con mi mejilla. Sus labios sobre los míos era lo único que deseaba pero Edward se merecía todo y en ese momento yo solo estaba en condiciones de darle la mitad.
Edward suspiró y dejó caer su cabeza, apoyándola sobre mi hombro. Nos quedamos inmóviles y en completo silencio durante unos segundos. Tras recuperar su ritmo respiratorio normal, Edward levantó la cabeza y se alejó, mirándome con arrepentimiento.
- Lo siento mucho, Bella. No sé lo que me pasa… cuando estoy alrededor tuyo es como si no pudiera pensar con claridad y controlarme.
Vaya, entonces ya somos dos con el mismo problema.
- Lo siento, lo siento de verdad. Ya son tres las veces que intento hacer algo que tú no quieres y…
Dios. Si en ese momento no le paraba y decía algo, cualquier cosa, es que era una insensible sin corazón y aún no me había dado cuenta de ello.
- Sssh – dije poniendo un dedo sobre sus labios, obligándole a que dejara de disculparse – Nunca he dicho que no lo quisiera.
Edward me miró dudoso.
- Pero tampoco has dicho que lo quisieras – apuntó.
- Edward… - comencé sin saber exactamente cómo seguir – por si aún no te habías dado cuenta soy bastante insegura. Hay ciertas cosas que tengo que aclarar antes de seguir adelante. Tengo… - miedo, tengo miedo – dudas – dije finalmente.
Dudas. Sí, eso sonaba mucho mejor que "Edward, la única relación seria que tuve fue un completo desastre y mi cerebro es tan inútil que no es capaz de darse cuenta de que contigo no va a repetirse la misma historia". Mucho menos sincero pero también mucho menos neurótico.
- ¿Tiempo? – susurró él.
Asentí levemente.
- Sí, tiempo.
Edward esbozó una pequeña sonrisa y acarició el dorso de mi mano que aún continuaba aferrándose a la mesa del comedor. Suspiró y sacó algo del bolsillo de su pantalón.
- Entonces será mejor que te devuelva esto.
Me tendió las llaves del apartamento, las que todavía no me había devuelto desde que se había marchado de nuevo con Jasper. Negué con la cabeza al tiempo que las cogía y las volvía a meter en el bolsillo de su pantalón.
- Quédatelas. Sabes que puedes venir aquí siempre que quieras – le recordé – Además, así la próxima vez que me vaya a clase y me olvide las llaves dentro no tendré que llamar al cerrajero.
Edward se rió entre dientes. Recogió sus libros y se dio la vuelta, pero pareció recapacitar porque se volvió de nuevo hacia mí y me besó una vez más en la mejilla.
Me quedé mirándole mientras caminaba hacia la puerta y desaparecía tras ella, cerrándola con suavidad como siempre lo hacía.
Si hay alguien ahí arriba, que se apiade de mí y me ayuda a librarme de mi bloqueo mental.
* * * * *
Por lo visto ahí arriba no había nadie y mi cerebro continuaba siendo tan inútil como de costumbre. Habían pasado 24 horas desde mi pequeña conversación con Edward y yo continuaba atascada en el mismo lugar, en el punto de salida, sin saber cómo continuar. No sabía si lo que necesitaba era terapia o simplemente un golpe en la cabeza, cuanto más fuerte mejor. ¿La madera de mi escritorio serviría para eso?
Estaba considerando seriamente la posibilidad de comprobarlo, cuando oí como sonaba el timbre.
Me levanté de la silla, esperando que no fuera Alice diciendo que otra vez se le habían quedado las llaves dentro de casa.
Abrí la puerta dispuesta a echarle una bronca monumental a mi amiga pero me quedé congelada.
No era Alice.
Ante mis ojos estaba la persona que menos esperaba que llamara a mi puerta y que sin embargo llevaba atormentándome sin compasión esos últimos días.
- Jacob.
Uff. Creía que no acababa nunca. Pensaba meter una escena más y terminar el capítulo ahí, pero me estoy dando cuenta de que mis capis son cada vez más largos y no quiero hacerlos interminables así que lo dejo para el siguiente. Además no sé porqué, pero me ha costado un montón escribir este capítulo. Es como si hubiera demasiadas emociones que explicar y no era capaz de hacerlo bien. Creo que se me ha pegado el bloqueo mental de Bella.
Y hablando de Bella, no os metais mucho con ella XD. Ya sabeis que anda un poco delicada de salud mental, hay que ser comprensivos. Espero que se haya entendido bien toda la historia de Jacob y el porqué de sus miedos.
El siguiente capítulo supongo que lo podré subir dentro de una semana más o menos. Solo digo que se titula Demasiado drama para Rosalie y ¿adivinad qué? Tiene algo de drama XD. Bueno, todo el drama que soy capaz de meter yo, que teniendo en cuenta que lo mío es la comedia pues...
Hasta el próximo capi.
Bars.
