Muchísimas gracias por todos vuestros reviews, me encanta leer lo que opinais. ¡Y no puedo creer que haya llegado a los 300! Espero que este capi os guste, lo he preparado con mucho cariño.

Disclaimer: no soy Meyer por lo que ni la historia ni los personajes (no, ni siquiera Edward) son míos.

CINCO RAZONES PARA NO ENAMORARSE.

[AH,AU]: En la biblioteca, Bella nunca había encontrado nada más interesante que sus libros. Hasta hacía dos meses. ¿Qué ocurre cuando el motivo de su falta de concentración se instala en su casa durante un mes?


CAPÍTULO 10. ESTO ME RECUERDA A UNA SERIE DE TELEVISIÓN

Alcé una mano temblorosa y pulsé el timbre varias veces, aguantando la respiración.

Pero no fue Edward quien abrió la puerta.

Tampoco Jasper.

- ¿Por fin has dejado de hacerte la difícil? - sonrió Emmett.

Puse los ojos en blanco. Normalmente era capaz de aguantar estoicamente las bromas de Emmett, pero en ese momento mis nervios estaban a punto de estallar.

- Ya iba siendo hora – continuó él, sin darme tiempo a abrir la boca. Me echó una vistazo de arriba abajo y volvió a hablar – Me alegro de que traigas zapatillas porque las vas a necesitar. ¿Crees que podrás correr sin caerte?

No necesité más explicaciones para comprender lo que Emmett quería decir. Me llevé una mano a la cabeza y suspiré con cansancio.

Mierda. ¿Se podía tener más mala suerte que yo? Lo dudaba seriamente.

- ¿Hace cuánto se fue?

Emmett echó un rápido vistazo a su reloj de muñeca.

- Diez minutos.

- ¿Y cuánto se tarda en llegar hasta la estación?

Emmett arrugó la frente ligeramente mientras calculaba la respuesta.

- Unos veinte minutos.

- Bien – fue lo único que pude decir.

Me di la vuelta y me encaminé hacia la puerta del apartamento, aún abierta de par en par, pero la voz de Emmett interrumpió mis pasos. ¿Es que no comprendía que aquella era una situación de extrema y urgente necesidad?

- ¿Dónde crees que vas?

Le miré irritada y alcé las cejas.

- ¿A buscar a tu hermano y dejar de hacerme la difícil, quizás?

Emmett frunció el entrecejo.

- ¿Y piensas dejarme aquí?

- ¿Y tú piensas que te voy a llevar conmigo?

- No lo pienso, lo sé – afirmó Emmett, esbozando una sonrisilla de autosuficiencia.

Abrí la boca para decirle que aquella conversación no nos iba a llevar a ninguna parte y que dejarle que me acompañara a la estación no era una opción discutible, pero de nuevo Emmett me interrumpió. Me cogió del brazo con sus grandes manazas y, con una delicadeza impropia para alguien de su tamaño, me arrastró hacia la puerta y la cerró a sus espaldas.

- Deberías dejar de hablar tanto, pierdes demasiado tiempo – me aconsejó, mientras me empujaba hacia el ascensor.

Le dediqué mi peor mirada pero por lo visto no alcanzó el nivel de intimidación que pretendía ya que Emmett esbozó su particular mueca burlona. Sin embargo, cuando las puertas del ascensor se cerraron, todos mis esfuerzos se centraron en una tarea mucho más importante: sobrevivir en un espacio tan reducido con Emmett ocupando casi todo el cubículo. Pura supervivencia.

20 segundos y cuatro pisos después, por fin pude ver la luz al final del túnel. Las puertas del ascensor se abrieron y tomé una gran bocanada de aire.

- ¿Y tú te quejas de mis seis pisos sin ascensor? – pregunté, en cuanto salimos a la calle y tomé mis dosis extras de oxígeno.

Emmett rió entre dientes.

Sacudí la cabeza para despejarme. Localicé mi vieja furgoneta aparcada al otro lado de la calle y sin perder más tiempo, me encaminé hacia ella.

- ¿Se puede saber dónde vas? – cuestionó Emmett de nuevo.

Esta situación comenzaba a ser irritante.

- ¿Dónde se supone que voy? – repliqué, dándome la vuelta y sin molestarme en disimular lo más mínimo mi engaño – A la estación. A impedir que tu hermano se suba en ese tren.

- ¿En eso? – dijo Emmett, señalando con escepticismo mi camioneta.

Asentí con la cabeza. ¿No era obvio?

- Cuando te dije que tardaríamos veinte minutos me refería a un viaje en un coche normal. No en ese trasto prehistórico – aseguró Emmett, sin dejar de mirar con escepticismo la camioneta – Además, no estoy dispuesto a poner en peligro mi integridad física.

Aquello estaba pasando de castaño oscuro. No solo se atrevía a llamar trasto prehistórico a mi preciosa camioneta, sino que insinuaba que montarse en ella equivalía a arriesgar su integridad física. En mi camioneta. Seguramente el vehículo más seguro y resistente que circulaba por todo Washington. ¿Y luego dicen que los hombres entienden de coches?

- Entonces la solución es muy sencilla. No vienes y se acabó el problema.

Sin una palabra más que le diera la oportunidad perfecta para continuar la discusión, puse un pie en la carretera para cruzar la calle y, de una vez por todas, subirme en mi camioneta.

Tan solo fui capaz de dar dos pasos antes de notar como los fuertes brazos de Emmett me elevaban por los aires y me colocaba sobre su hombro cabeza abajo.

- ¡Emmett! – exclamé, forcejeando en vano - ¿Qué coño estás haciendo?

- ¿Qué se supone que estoy haciendo? – preguntó. Aunque desde mi posición lo único que podía ver era el suelo y las piernas de Emmett avanzando a grandes zancadas, supe con seguridad que estaba sonriendo con descaro – Alejarte de ese cacharro mortal que tú llamas camioneta, montarte en un vehículo seguro y llevarte hasta la estación para que hagas entrar en razón a mi hermano.

Cuando segundos después Emmett me dejó en el suelo, me encontré de frente con un monstruoso Jeep aparcado en paralelo al bordillo y ocupando al menos tres plazas. Alcé una ceja escéptica mientras me preguntaba cómo diablos iba a subir a ese bicho descomunal.

- ¿Esto es lo que tú llamas "vehículo seguro"?

Emmett se carcajeó y me volvió a coger entre sus brazos para montarme en el coche. Me abrochó el cinturón y cerró la puerta del pasajero antes de rodear el enorme Jeep y montarse en el asiento del conductor. En cuanto introdujo la llave en el contacto, el motor rugió ferozmente. Maniobró hábilmente para sacar el Jeep del hueco en el que lo había aparcado y enfiló la larga avenida a gran velocidad. No quise mirar las agujas del salpicadero, pero estaba segura de que Emmett excedía de largo la velocidad máxima permitida. Cerré los ojos con fuerza cuando tomó con brusquedad una curva y tuve la extraña sensación de que mi estómago se quedaba en el camino.

- Emmett – susurré con un hilo de voz - ¿Podrías… podrías reducir un poco la velocidad?

Emmett apartó los ojos de la carretera y me miró con intensidad.

- ¿Quieres llegar a la estación o no?

- Sí, pero a ser posible viva. Y si sigues mirándome a mí en lugar de a la carretera creo que no lo vamos a conseguir.

Sus labios se curvaron en una sonrisa despreocupada y volvió a centrar su atención en la carretera. Continuó manejando el vehículo a lo que yo denomino el "genuino estilo Cullen" (altas velocidades, maniobras bruscas y exceso de confianza) mientras yo luchaba por calmar mis nervios.

Entre la conducción de Emmett y mi estado de nerviosismo, comenzaba a sospechar que había perdido a mi estómago para siempre.

- ¿Has pensado ya en lo que vas a decirle? – quiso saber Emmett, rompiendo el silencio en el que nos habíamos sumido.

¿Hablaba en serio? ¿Pensar en lo que iba a decirle a Edward? Bastante tenía con intentar controlar mis nervios como para pensar en elaborar mi pequeño discurso. No. Tendría que confiar en la improvisación.

Negué con la cabeza.

- ¿No? – repitió Emmett. De reojo pude ver como alzaba las cejas con incredulidad, pero por suerte mantuvo sus ojos fijos en la carretera – Pues deberías empezar con ello. A no ser, claro, que ya lo lleves apuntado. Ya sabes, una lista. Algo del tipo "diez razones sobre porqué Edward y Bella son tan melodramáticos y lo dejan todo para el final".

Bufé con enfado.

- Me lo vas a recordar toda la vida, ¿verdad?

Emmett esbozó una enorme sonrisa.

- Sin duda – afirmó.

Tras lo que me pareció el viaje más largo de mi vida, a pesar de que habíamos alcanzado la estación en apenas quince minutos escasos, Emmett estacionó el Jeep en el enorme aparcamiento y me ayudó a bajar. Localicé la puerta principal rápidamente, pero cuando ya me había dado la vuelta para empezar a correr, la voz de Emmett me detuvo.

De nuevo.

- Será mejor que te lleve a hombros. Una pierna rota no creo que te ayude a alcanzar a Edward.

Mierda. Por lo visto a Emmett no le había quedado claro que acompañarme no era una opción.

- Emmett. No vas a venir conmigo.

- ¡Oh, vamos! – exclamó sin poder creérselo - ¿Me has dejado venir hasta aquí y ahora me tengo que quedar sin ver el espectáculo?

- Emmett – repetí – No vas a venir conmigo y no es algo discutible. Además, no va a haber ningún espectáculo digno de ver.

Emmett resopló pero comprobé aliviada que se había dado por vencido.

- Está bien – cedió finalmente – Pero prométeme que intentarás llegar a tiempo sin tropezarte y que si no lo consigues o si mi hermano no reacciona, me llamarás para que te venga a recoger.

Mi estómago se encogió ante la idea de no llegar a tiempo, o peor aún, de conseguirlo pero que aún así Edward decidiera subirse al tren. Asentí débilmente con la cabeza.

- Lo prometo.

Emmett sonrió y me envolvió con sus enormes brazos.

- Suerte, Bella. Y no te pierdas ningún detalle, quiero una lista con todo lo que pase ahí dentro, ¿de acuerdo?

No pude evitar reírme pero aún así asentí. Me di la vuelta y me encaminé hacia la puerta principal. Eché un vistazo a los grandes paneles luminosos y rápidamente localicé el tren con destino a Philadelphia, el andén y la hora de salida. Miré mi reloj y me di cuenta de que tan solo me quedaban ocho minutos y una enorme estación que recorrer.

Inspiré hondo y decidí que era el momento de correr. Lo sé, Bella Swan y correr combinados en una misma acción es peligro seguro, pero si pretendía alcanzar el andén caminando, por muy rápido que lo hiciera, no iba a llegar a tiempo. Así que con el consejo de Emmett en la cabeza (correr sin tropezar), ordené concentración a mi cerebro y puse en marcha mi cuerpo.

No podía ser tan difícil. De hecho, correr no lo era. Pero correr sin tropezar… aquello ya era otra historia.

Una pierna. Luego la otra.

Inspira.

Espira.

Mira al frente.

Esquiva esa maleta.

Escaleras mecánicas.

Andén 12.

De nuevo, mi cerebro y mi cuerpo me sorprendieron al responder mejor bajo presión. Sin saber exactamente cómo, había llegado al andén. Giré la muñeca para echarle otro vistazo a mi reloj.

Seis minutos.

Recorrí el lugar con mis ojos. Un gran cártel con el número 12, maletas, familias despidiéndose, paneles luminosos indicando la hora de salida del tren… noté como la ansiedad dentro de mí comenzaba a elevarse. Y entonces, entre aquella marabunta de desconocidos, le vi. Capté un destello de cabello broncíneo y dejé escapar el aire que sin darme cuenta había acumulado en mi pecho. Entrecerré los ojos para asegurarme de que realmente era él. Y lo era. Allí estaba, de espaldas a mí y sentado en uno de los incómodos bancos al lado de una pareja despidiéndose.

Sin poder evitarlo, mi corazón comenzó a bombear furiosamente y mi respiración se agitó. Me regañé a mí misma. Aquel no era el momento de hiperventilar. Inspiré profundamente y dejé que mis pasos me acercaran hacia él. Cuando estuve lo suficientemente cerca como para hacerme oír, le llamé.

- ¡Edward!

Se dio la vuelta rápidamente y pude comprobar cómo sus perfectos rasgos se transformaban en una mueca de sorpresa. Pero más allá de eso, su expresión era completamente indescifrable. Murmuró algo pero fui incapaz de entenderle.

Sin ni siquiera haber tomado conscientemente esa decisión, me di cuenta de que mis pies habían comenzado a correr de nuevo. Edward se levantó del banco y cuando estaba a punto de alcanzarle, me hice un lío con mis propios pies y me tropecé. Bien, no podía quejarme. Llevaba casi cinco minutos corriendo y aún no me había dado de bruces contra el suelo… tampoco podía pretender lo imposible.

Sin embargo la caída que esperaba no llegó. Sus brazos me atraparon por la cintura y me ayudó a recuperar la posición vertical.

- Edward… - logré articular, todavía con la respiración agitada por la carrera, por la casi caída y… para qué mentir, porque sus manos aún estaban sobre mi cintura.

Como si me hubiera leído el pensamiento, sus brazos me soltaron y dio dos pasos hacia atrás, alejándose de mí.

- Bella – dijo en un susurro, sin borrar su expresión de confusión y sorpresa - ¿Qué haces aquí?

Abrí la boca para responder a su pregunta, pero no encontré las palabras. Quizás debería haber hecho caso a Emmett y haber pensado en lo que iba a decirle. O por lo menos haber pensado en cómo empezar.

Demasiado tarde. Debería confiar en la improvisación.

- Yo he venido a… Rosalie me dijo que te ibas y he venido a… a despedirme… porque te vas y… hubiera venido antes, pero me acabo de enterar y…

Estaba claro que la improvisación no era lo mío. Las palabras me salían sin orden, atropelladas y sin formar ideas coherentes. ¿Y por qué demonios le estaba diciendo que había venido a despedirme cuando en realidad mi intención era que no se subiera a ese tren?

Por megafonía, una voz metálica interrumpió mis patéticos intentos de explicarme.

- Tren con destino a Philadelphia efectúa su salida a las 14 horas 45 minutos.

Contemplé la hora que indicaban los paneles luminosos. 14:40.

Cinco minutos.

Bien, Bella. Es hora de poner en práctica tus dotes de síntesis y resumen.

Tomé aire de nuevo y me dispuse a contarle una versión resumida y apta para cinco minutos de todo lo que pasaba por mi cabeza.

- He venido porque no puedes irte. No al menos sin antes escuchar lo que tengo que decirte.

Edward arrugó la frente y toda su sorpresa se transformó en confusión.

- ¿Qué quieres decir?

- Quiero decir que soy algo complicada y que mi cerebro no funciona en la misma sintonía que los demás – resumen, Bella, resumen – Edward yo… me obsesioné contigo el primer día que apareciste en la biblioteca. Aparecías cada tarde por allí, y te sentabas enfrente de mí ignorando que por tu culpa yo era incapaz de concentrarme en algo que no fueras tú. Y justo cuando me había resignado a no ser capaz de hacer algo de provecho en la biblioteca, apareces de la nada y te instalas en mi casa y eres encantador y amable y paciente y comprensivo… sé que no lo haces a propósito, pero deberías controlarte más. Deslumbras demasiado.

La mueca de confusión de Edward se transformó en mi sonrisa torcida favorita. Resoplé. Eso no me ayudaba a formar frases con claridad. ¿Es que ni por un momento podía dejar de deslumbrarme?

- ¿Deslumbro? – repitió, con una nota de humor en su voz aterciopelada - ¿Quieres decir que… te deslumbro? ¿A ti?

Suspiré. ¿Acaso no era evidente?

- Constantemente – reconocí.

- ¿Lo estoy haciendo ahora? ¿Te estoy deslumbrando?

- ¿Necesitas una dosis extra de ego o qué? – espeté, sin poder contener mi irritación – Sí, lo estás haciendo. Esa sonrisa no me deja concentrarme.

Edward borró su media sonrisa pero pude ver como apretaba los labios, en un intento por mantener una expresión impasible y seria.

- Lo siento – se disculpó suavemente – Continúa, por favor.

Eché otra rápida mirada al enorme reloj luminoso. 14:41.

Cuatro minutos.

Tiempo de empezar a resumir, de verdad.

- El caso es que… nunca pensé que alguien como tú pudiera fijarse en mí – en ese punto, Edward abrió la boca para replicar pero le corté – Por favor, déjame acabar. Daba por hecho que lo mejor sería no hacerme ilusiones e intentar pensar con claridad, pero durante esas cuatro semanas no me lo pusiste demasiado fácil, ¿sabes? Porque aparte de lo obvio… – expliqué, señalándole con la mano. Lo obvio: es decir, que era una especie de dios griego del siglo XXI – aparte de lo obvio, resulta que eras encantador y divertido y estar alrededor tuyo resultaba demasiado fácil. Así que intenté… intenté no enamorarme de ti pero cuando estaba empezando a asumir que eso era una tarea imposible, me besaste y luego me preparaste aquella cena la última noche… y me volviste a besar… y me dijiste todas aquellas cosas… y cuando por primera vez vi una posibilidad real, me asusté.

Edward abrió de nuevo la boca para decir algo, pero por lo visto estaba sin palabras. Miré una vez más el reloj de reojo. 14:42.

Tres minutos.

- Edward, creo que ya te mencioné que la única relación seria que tuve no acabó demasiado bien. Y ya sé que tú no tienes nada que ver con todo eso, pero no pude evitar tener miedo.

- Pero tú no hablaste de miedo – me recordó Edward en un susurro – Dijiste que tenías dudas. Al día siguiente llegué a tu casa, te encontré con aquel chico y me quedó bastante claro el motivo de tus dudas. Ya te dije que no quería forzarte así que…

- Así que decidiste aceptar esa beca y coger el primer tren que te alejara de aquí, ¿verdad?

No quise sonar dura pero no pude evitarlo. Quizás Rosalie tenía razón y Edward era demasiado exagerado en sus reacciones.

- Lo siento, Edward – me disculpé, en un intento por suavizar mis últimas palabras – Pero si te hubieras quedado a escucharme y no hubieras sacado conclusiones precipitadas… aquel chico es mi mejor amigo. Y vale, estuvimos juntos hace tiempo pero como ya te he dicho las cosas acabaron mal y no tiene nada que ver con mis dudas.

Miré de nuevo el reloj. 14:43.

Dos minutos.

Y Edward continuaba sin reaccionar.

- Lo siento, Edward – volví a disculparme – Siento no haberte dicho nada, siento haber sido una egoísta y haberte dejado sin una pista sobre lo que pasaba por mi cabeza. Siento haberte hecho creer que tenía dudas cuando en realidad estaba aterrorizada de meter la pata otra vez. Pero antes de hacer o de decir nada tenía que librarme yo de mis miedos, porque tú ni te los merecías ni tenías nada que ver con ellos, y llegar a una conclusión…

- ¿Y lo has hecho? – preguntó Edward, traspasándome con sus ojos verdes - ¿Has llegado ya a una conclusión?

Tragué saliva y asentí débilmente. Eché otro vistazo al reloj. 14:44.

Un minuto.

Un minuto y solo se me ocurre soltar el comentario más penoso de toda la historia de las persecuciones por aeropuertos, estaciones de trenes y paradas de autobús.

- ¿No te recuerda esto a una serie de televisión? – Edward abrió los ojos y alzó las cejas, sin comprender a lo que me refería – Ya sabes… yo soy como Ross y tú como Rachel… estás a punto de irte y yo vengo como una loca a intentar detenerte… salvando las distancias, claro.

Es oficial: tengo el don de la oportunidad.

Edward rió entre dientes y sus labios se volvieron a curvar en su típica sonrisa torcida.

- ¿De verdad crees que me parezco a Jennifer Aniston?

Ya había abierto la boca para intentar arreglar mi metedura de pata, pero un nuevo anuncio por megafonía me interrumpió.

- Último aviso para los pasajeros del tren con destino a Philadelphia. El tren está a punto de efectuar su salida.

Mi estómago se encogió y cerré los ojos con fuerza. Los abrí de nuevo tras haber inspirado profundamente y encontré el valor necesario para mirarle directamente a los ojos. Me encontré con una mirada intensa que me obligó a contener la respiración.

- ¿Vas a coger ese tren? – pregunté en un susurro.

Edward se pasó una mano por el pelo y echó un rápido vistazo a los paneles luminosos, antes de volver a descargar toda la fuerza de su mirada sobre mí.

- Supongo que eso es una pregunta retórica – murmuró en un tono igual de susurrante que el mío.

Abrí de nuevo la boca para decir algo, pero una vez más fui interrumpida. Aunque en esa ocasión, por algo más agradable. Sí, definitivamente los labios de Edward eran mucho más agradables que una voz dando un último aviso por megafonía.

Sus labios me atraparon en un beso. Y no sé si es por haber leído demasiados clásicos románticos y por ser una sentimental sin remedio que se imagina cosas donde no las hay, pero en ese momento supe que con ese beso Edward me estaba intentando hacer entender toda su mezcla de sentimientos. Pude descifrar alivio, atracción, determinación, cariño, convicción y por encima de todo, algo demasiado fuerte. Algo que todavía no me atrevía a mencionar en voz alta. Enterré mis manos en su pelo y le devolví el beso con ganas, tratando yo también de expresar todos esos sentimientos que no era capaz de dejar claros con mis palabras. Sus manos atraparon mi cintura y me apretó contra su pecho, con fuerza y con delicadeza al mismo tiempo.

Nos separamos con la respiración agitada. Le miré en silencio durante unos segundos y no pude evitar esbozar una sonrisa satisfecha. Edward me imitó y sus perfectos labios dibujaron una sonrisa amplia y genuina.

Me sentí aliviada al comprobar en ese momento que, por fin, las piezas iban encajando. Y que en lugar de miedo, de temores y de excusas con las que intentar protegerme, mi cabeza solo podía pensar en sonreír. Y en reír, y en correr, y en cogerle de la mano y besarle otra vez. Y en aprender todo lo que se pudiera aprender sobre él y dejarle que aprendiera todo sobre mí.

Miré alrededor mío y por primera vez me di cuenta de que nos habíamos quedado solos.

- Espero que estés seguro de no querer coger ese tren. No sé si podrán cambiarte tu billete para otro día.

Edward rió entre dientes y volvió a atrapar mi cintura, envolviéndome en un brazo. Apoyó su mentón sobre mi cabeza y me estrechó con fuerza.

- Tonta, Bella – murmuró entre mi pelo – Con lo que me ha costado atraparte, ¿crees que ahora me voy a escapar?

No dije nada porque ya tenía muy clara la respuesta. Y aunque lo intentara, con lo que me había costado a mí atraparle, tenía muy pocas posibilidades de que le dejara escapar.

* * * * * *

Las estruendosas carcajadas de Emmett retumbaron por todo el restaurante. Unas cuantas cabezas curiosas se volvieron hacia nosotros para comprobar quién era el artífice de semejante escándalo. Me sonrojé violentamente y enterré mi cara entre mis manos, en un desesperado intento por huir de las miradas burlonas de Emmett y dejar claro al resto de los clientes que aquel oso descomunal que se reía a mandíbula batiente y yo no teníamos nada que ver, que no nos conocíamos de nada.

Algo bastante difícil de creer teniendo en cuenta que compartíamos una mesa con otras cuatro personas más.

- ¿Una serie de televisión? – logró articular Emmett entre sus risas - ¿Dijiste… dijiste que aquello te recordaba a una serie de televisión?

Emmett se llevó una mano a los ojos para secar las lágrimas que se le habían escapado a causa de su histérico ataque de risa. Apreté la mandíbula con fuerza al ver que el resto de la mesa tampoco era capaz de contenerse, aunque por suerte no estaban siendo tan escandalosos como Emmett.

Mi ira aumentó hasta niveles insospechados cuando me di cuenta de que incluso Edward, aunque de manera muy disimulada, se estaba riendo de mí.

- Sí, Emmett. Eso fue exactamente lo que dije – escupí.

Las carcajadas de Emmett aumentaron de intensidad ante mi confesión. Esperé pacientemente a que se recuperara de su ataque.

- Jamás había conocido a alguien con un don como el tuyo para decir las palabras perfectas en el momento exacto – reconoció sin molestarse en ocultar su tono socarrón – Una serie de televisión – repitió al tiempo que negaba con la cabeza, incrédulo.

Le fulminé con la mirada.

- ¿Ah sí, Emmett?

Sentí como Edward ponía una mano sobre mi rodilla, intentando tranquilizarme.

- No se lo tengas en cuenta, Bella – susurró con voz serena – Ya sabes cómo es Emmett.

Le ignoré por completo. En su lugar, mantuve mis ojos clavados sobre Emmett con una única palabra danzando en mi cabeza. VENGANZA. Sí, en mayúsculas y con letra cursiva. Emmett me devolvió la mirada, desafiante, burlón y completamente ignorante sobre la que se le venía encima.

- Curioso comentario viniendo de alguien que se pasa las tardes del sábado encerrado en casa, enganchado a las telenovelas que dan por el canal de pago.

Todo rastro de burla se borró de las facciones de Emmett en cuanto pronuncié esas palabras en voz alta. El resto de la mesa volvió a estallar en carcajadas, incluida Rosalie que, aunque intentaba disimular sus risas, no lo estaba consiguiendo en absoluto.

- Estás jugando con fuego, Bella – me advirtió en un murmullo bajo y ronco.

Sabía exactamente a lo que se refería. Alcé las cejas, incitándole. Estaba segura de que no se iba a atrever.

Sin dudarlo ni un segundo, Emmett abrió la boca.

- ¿Alguno de vosotros sabe cuál es la afición favorita de Bella? – preguntó, dirigiéndose a los demás. Todos agitaron la cabeza por lo que Emmett se volvió hacia Edward - ¿Tú, Edward?

Mierda. Sí que se iba a atrever.

Edward también negó con la cabeza.

- Hacer listas – confesó Emmett.

Traidor.

Le lancé un trozó de pan pero Emmett lo esquivó hábilmente. Me dirigió su genuina sonrisa socarrona y continuó con su explicación.

- Me extraña que ninguno de vosotros esté al tanto de esa faceta de Bella. De hecho, yo lo sé desde el primer momento que la conocí. ¿Sabéis lo que encontré en su habitación el primer día que fui a su casa? – todos negaron de nuevo – Una lista. ¿Qué decía? – Emmett hizo una pausa dramática y se llevó una mano al mentón, fingiendo pensar durante unos segundos - ¡Ah, sí! Se titulaba "cinco razones para no enamorarse de Edward Cullen"

Ya estaba. El muy traidor se había atrevido.

Lo último que vi antes de volver a enterrar la cara entre mis brazos fue la mueca triunfal de Emmett. Y entonces, tras unos segundos de silencio y asimilación, los otros cuatro rompieron a reír esta vez con más fuerza.

- ¿Por qué no me lo dijiste, Bella? – se hizo oír Alice por encima de las risas – Estoy segura de que podría haberte ayudado.

- ¿Y arriesgarme a que me empapelaras la habitación con tu propia lista de "150 razones para enamorarse del mejor amigo de mi novio"? No, gracias.

Las risas aumentaron de volumen. Noté como la mano de Edward rodeaba mi cintura. Se inclinó sobre mí y sus labios rozaron mi piel cuando habló en un susurro que solo yo pude escuchar.

- ¿Hay alguna posibilidad de que yo pueda echarle un vistazo a esa lista? – pidió, en lo que yo ya había aprendido a identificar como su tono más persuasivo. Ese con el que normalmente conseguía todo lo que se proponía.

En un momento tan vergonzoso como aquel, no me atreví a mirarle directamente a los ojos y encontrarme con esa sonrisa torcida que sabía con seguridad estaría exhibiendo. En lugar de eso, clavé mis ojos en el lado opuesto de la mesa y negué con la cabeza.

- Ni lo sueñes.

Edward rió suavemente.

- Puedo ser muy persuasivo. Lo sabes, ¿verdad?

Como para demostrar la verdad que encerraban sus palabras, se inclinó todavía más sobre mí y apretó sus labios con delicadeza sobre un punto especialmente sensible para mí, justo debajo de mi oreja.

Traidor. Sabía de sobra que ese era uno de mis puntos débiles.

- Trata de embaucar a otro, Cullen – gruñí entre dientes – Sabes que conmigo tus trucos no funcionan.

- ¿Estás segura? – murmuró contra mi piel.

Depositó unos cuantos besos en ese mismo punto y automáticamente me di cuenta de que tanto mis rodillas como mi resolución comenzaban a flaquear.

- Segurísima – conseguí articular.

Edward no dijo nada. Sus labios dejaron de atacar ese punto tan delicado y centró toda su atención en la línea de mi mandíbula. A medida que sus labios se deslizaban por mi cuello hasta mi garganta, mis ganas de negarle lo que quería comenzaban a abandonarme.

- ¿Entonces ni siquiera puedo echarle un vistazo? ¿Aunque sea pequeño?

Quise negar con la cabeza, pero mi cuerpo no respondió a las órdenes que le enviaba mi cerebro. Su nariz recorrió mi cuello, aspirando delicadamente mi olor. Sabía que había una razón muy poderosa para no dejarle ver esa lista, pero por algún extraño motivo no podía recordarla.

- Bueno… puede que… - comencé a ceder. Entonces sus labios volvieron a ese punto debajo de mi oreja y perdí toda capacidad de pensar con coherencia – Está bien. Puedes echarle los vistazos que quieras.

Edward rió entre dientes y me besó en la mejilla. Se enderezó con su media sonrisa bailando en sus labios, su mano todavía alrededor de mi cintura y una expresión triunfal.

Gruñí y me enfadé conmigo misma por ser tan débil. Edward comenzaba ya a ser consciente del poder deslumbrante y aturdidor que ejercía sobre mí y no tenía remordimiento alguno en utilizarlo.

Quise enfadarme también con él pero en cuanto le miré a los ojos y vi su enorme sonrisa, se me hizo imposible. Así que a pesar de que acababa de aceptar enseñarle a Edward mi patética lista, sonreí. Porque la vida era perfecta.

Y porque a pesar de ser igual de torpe, de sonrojarme con tanta facilidad como siempre ante las bromas de Emmett, de no ser capaz de controlar los ataques hiperactivos de Alice y de estar a punto de revelar esa lista que tenía enterrada en el fondo de mi armario y que ya no servía para nada, la vida seguía siendo perfecta.

Tenía a Edward a mi lado, ¿qué más podía pedir?


Ya está. Me ha costado diez capítulos pero por fin les he juntado... ¿a que eso se merece un bonito review? ^^

Como ya os había dicho, en teoría éste ha sido el último capítulo. Y digo en teoría porque aún queda un epílogo. Así que hay que despedirse de Bella porque el epílogo va a estar narrado por Edward. Sí, por fin... me ha costado, ¿verdad? XD. Además tengo dos sorpresas que llevo preparando unas semanas. La primera es que después del epílogo va a haber una especie de capítulos extras sobre escenas importantes del fic pero narradas desde el punto de vista de Edward. Pensaba publicarlos como un fic aparte pero creo que lo mejor será subirlos directamente a este. Aún no tengo decidido el número de capítulos extra, pero serán tres o cuatro.

La segunda sorpresa es que va a haber una continuación. De momento solo os puedo decir que va a ser bastante más larga que este fic y que comenzaré a subirla cuando acabe de publicar los capis extras narrados por Edward.

Creo que no me queda nada más que decir. Solo lo de siempre, que me encanta leer vuestras opiniones porque me animan muchísimo para escribir y que si habeis llegado hasta aquí, me gustaría mucho que os quedarais conmigo en el epílogo, los capis extras y la continuación.

Muchos besos. Hasta el próximo capi.

Bars.