Notas:

Drogi siostra: Querida hermana.
Sam lord: Te amo.
Ojviec: Padre

Matka: Madre
Brat: Hermano
Bóg: Dios


Capítulo I

Perspectivas

Principios de Diciembre de 1944, EEUU.
Cambridge, Estado de Massachusetts

— ¡Bárbara, despierta!

La voz era amable, tierna, y sin embargo…

No quería ir hacia ella. Se estaba tan bien abrazando a mamá y a papá. Incluso era agradable sentir el tironeo que llevaba Waleri —su hermano gemelo— de su cabello.

—Despierta, Bárbara —volvió a decir la voz amable. Pero ella, terca, seguía abrazando a mamá y a papá, también reprendiendo a Waleri por tirarle con demasiada fuerza el pelo. Sintió la risa limpia y pulcra de su hermano y ella se soltó de sus padres para reprenderlo.

Pero al voltear, Waleri estaba de pie, al lado de su padre mirándole con cientos de sentimientos a la vez: ¿terror, resignación, tristeza…? y aún así, la miraba con un amor casi palpable.

—¿Waleri? —Preguntó insegura, sin saber muy bien por qué lo hacía. Fuera de toda respuesta, vio como su hermano corría hacia ella y la tomaba entre sus brazos. Casi le quitaba la respiración, pero ella no le reprendió. La estrechó entre sus brazos, en segundos que se desfragmentaban a una velocidad vertiginosa.

— Bárbara, drogi siostra. —Escuchó la respiración de él, entrecortada por la emoción, acariciar su oído—: Sam lord, sam lord —siguió susurrando hasta besar sus labios. Estaban fríos y resecos, pero en ellos logró captar cada pequeño sentimiento; cada pequeña verdad.

De pronto, una fuerza pareció desprender a Waleri de sus brazos. Sólo ahí se percató de que ella estaba al lado de su madre en una fila proseguida por miles de mujeres. Su padre y hermano estaban en otra, sólo que ésa era de varones y estaba a unos cuantos metros de ellas.

Brat, ojciec —murmuró. Entonces, ellos comenzaron a desaparecer, eran absorbidos por un manto oscuro, por gritos, llanto, nombres…—No, no se vayan, ¡no se vayan! —Sintió cómo un líquido cálido corría fluidamente por sus mejillas, pero no servían de nada; no hacían nada. Lo último que vio fueron los ojos grises de Waleri mirarla con ternura, cristalizados por las lágrimas, hasta que ese manto oscuro los terminó de absorber a él y a su padre—. ¡No, no, no! —gritó.

Y estaba sola. Tan sola.

Matka, ¿dónde estás? —susurró con voz trémula al percatarse de que ella también había desaparecido. Pero no hubo respuesta. Paredes retorciéndose en la nada la rodearon. Volteó en un ángulo completo, pero no vio a nadie. Nadie—. ¿Dónde están todos? —la pregunta hizo eco. Tantas veces escuchó su propia voz que se tapó lo oídos, desesperada. Quería llorar a gritos pero su voz se quedaba retenida en la garganta. Las lágrimas malditas que salían con ímpetu de sus ojos eran las únicas que parecían decir lo que las palabras no podían.

—¡Bárbara, despierta!

Quizás…quizás debía ir hacia esa voz.

Abrió los ojos nublados, ahogados en agua salada. Sintió cómo una mano áspera las enjugaba tiernamente.

—Ya pasó, pequeña, ya pasó. —Brazos fuertes y cálidos la acunaron en un regazo desconocido. Eso no impidió que siguiera sollozando como si le hubieran pulsado un botón de llanto.

Pasaron, lo que creyó, fueron horas, hasta que pudo respirar con normalidad y el tormento amargo que había en su pecho quedó reducido en pequeños hipo.

Levantó la vista y vio a un hombre que debía bordear los cincuenta años. Tenía una cara de ángulos definidos y firmes, que desprendían una virilidad innata. Cabello negro cortado a la moda de la época, con pequeñas pinceladas blancas repartidas parcialmente por toda la cabeza. También su rostro estaba cubierto por una espesa barba azabache, si duda, bien cuidada por un barbero. Lo único que delataba el paso del tiempo en ella, era una pequeña hilera nívea que cruzaba de forma vertical su mentón.

—¿Estás mejor? — Su voz seguía sonando amable, sólo que esta vez notó el cansancio y la tristeza en ella.

—¿Quién es usted? —preguntó sin atreverse a mover de su regazo.

El hombre le sonrió.

—Soy Ayrton McAllister, ¿no recuerdas que me presentó el señor Fradkov cuando te vino a dejar?

Como si otro vuelo se hubiera descorrido, recordó absolutamente todo y quiso llorar una vez más. Pero necesitaba controlarse. Lo primero, estaba en . La familia Fradvok había hecho hasta lo imposible por encontrar a alguien que se hiciera cargo de ella y que conociera a su familia. En este caso, sólo habían encontrado —casualmente— a un viejo amigo de su madre. La verdad es que nada estaba demasiado claro, pero la situación era difícil y no se podía dar el lujo de cuestionar si era seguro o no.

—¿Qué ocurrió con el señor Fradvok? —preguntó, tímida.

—En estos momentos él viaja a Londres, donde lo espera su familia.

Suspiró aliviada. Ellos se habían arriesgado demasiado viajando con ella desde el otro lado del mundo sólo para tenerla protegida. Por ser polaco-judía, ella siempre sería un blanco apetitoso de cualquier grupo que apoyaba el régimen alemán, o mejor dicho, "la prioridad", y en esos momentos, ¿cuál podría ser el lugar más seguro para ella? La respuesta era simple y demasiado apresurada: Estados Unidos.

Se supondría que todo sería provisional, y al terminar la guerra se iría a vivir con la familia Fradvok, quienes habían ayudado a ella y a su madre a establecerse en Rusia después de…

El recuerdo de su madre la sacudió. Todavía podía ver la imagen de su cuerpo mutilado y sentir aquel olor nauseabundo.

Bóg

Se obligó una vez más a calmarse. Miró a su protector y agradeció en silencio de que él fuera amable y no un ogro, como se lo había imaginado en el peor de los casos.

—¿Podré escribirles? —preguntó ella fijando, repentinamente, la vista en los ojo del hombre. Estaban formados con una extraña mezcla de líquido ambarino y un tono fuerte cobrizo. Jamás había visto ojos tan maravillosos que lograran expresar todo y nada a la vez.

—Naturalmente — vio aquella sonrisa afable bajo el tupido bigote y se sintió a salvo, protegida, segura. O valdría decir, todo lo que se podría referir a bien dentro de sus condiciones, cosa que no sentía desde hacía muchísimo, muchísimo tiempo.

Se apartó del confortable consuelo del hombre y se incorporó en el sillón en donde, lo más probable, se había dormido instantes después de sentarse sobre él. Echó un vistazo a la espaciosa sala. En el medio de ella había una chimenea prendida con gruesos leños que daban a la estancia un ambiente grato. El piso estaba cubierto por hermosas alfombras persas, y sobre éstas, muebles de madera con motivos y diseños de la época victoriana. Había cuatro ventanales inmensos, pero sólo uno no estaba cubierto por finas cortinas azules, por ella logró ver el paisaje que le recordó con dolor su propio país.

Los árboles desnudos, eran cubiertos parcialmente por capas de nieve que ya había tapado todo el piso o césped, si es que alguna vez hubo allí. Pero lo que más llamó su atención fue el hermoso crepúsculo que se marcaba en el cielo semi-despejado. Las nubes habían adquirido un tono rojizo que variaba a un rosa fuerte. El cielo se camuflaba en el mismo color de ellas. Todo le pareció tan agradable y hermoso, que tuvo el impulso de decir que se quedaría allí para siempre. Si tan sólo…

—Hay algo que debo comentarte. —Distraídamente el hombre cubrió las piernas de la muchacha con una piel—. Hoy volverá mi hijo. —El modo casi indiferente pareció mover una pequeña voz de alarma en su mente, pero la ignoró. —Él no sabe que estás aquí. Bueno —dijo tras desviar la vista a la llama de la chimenea que danzaba de manera casi hipnótica—, ya sabes que esto surgió de un momento a otro y yo no he tenido tiempo de explicarle. —Por alguna razón, Kagome por primera vez notó su acento inglés. Y supo, con extraña certeza, que estaba mintiendo—. Él había decidido pasar un mes por las cercanías de Hardvard, ya que aquí se está un poco retirado de la universidad y debía levantarse demasiado temprano para poder estudiar y llegar a tiempo. —Revolvió, nervioso, su pelo, sin despegar los ojos del fuego—. El mes de períodos más complicados de exámenes ya terminó, así que llegará hoy, según me escribió la semana pasada.

Sin saber muy bien qué decir, la chica asintió. Sabía que el hombre tenía un hijo y que era viudo, el señor Fradvok le había dicho. Pero aquel asunto en verdad no le importaba demasiado. Si iba a vivir allí de manera indefinida no tenía intenciones de molestarse por aquel asunto.

Al parecer, Ayrton la vio asentir, así que prosiguió con su explicación:

—Él es un poco complicado. Espero que no te asuste. —Sonrió algo trémulo—. Estudia derecho, ¿sabes? —No, no lo sabía, pero de todas formas asintió—. Quizás se moleste de que estés aquí, él es…es complicado, como ya te dije. —Se levantó casi movido por un resorte—. Quizás te moleste con preguntas, quizás…

—No se preocupe. Puedo arreglármelas —le cortó ella con suavidad. Él asintió y caminó hacia la chimenea, de donde la miró por unos instantes.

—Te pareces muchísimo a tu madre —dijo de pronto—. Su mismo cabello, su misma piel y esos ojos que cambian constantemente de color, tan escasos —terminó por susurrar. Ella creyó ver dolor marcado en su rostro y extrañamente sintió que compartían un pequeño lazo de entendimiento.

—Hay…hay algo que me gustaría pedirle. —No esperó a que el hombre respondiera—. Quiero que me llame por mi segundo nombre, Kagome. Bárbara me trae recuerdos y…y yo no quiero…

—Es japonés —la interrumpió él y el nudo que se le había hecho en la garganta desapareció.

—Sí —le regaló una mueca que intentó ser una sonrisa.

—Tu madre siempre adoró la cultura asiática —dijo él con ojos brillantes— mi hijo también tiene un nombre de ese origen.

¿Y qué diría su madre ahora, cuando los japoneses tenían un pequeño centro de matanzas en el frente oriental? ¿Le gustaría tanto como hacía quince años?

—¿Ah, sí? —preguntó ella, un tanto sorprendida a pesar de todo. Era escaso encontrar a europeos o americanos con nombres tan extraños—. ¿Y cuál es?

El hombre iba a responder cuando de la nada, se quedó quieto. En un parpadear sus facciones se tornaron frías, inmutables y distantes. Muy lejos de la persona que había conocido hacía tan sólo unas horas. Siguió su mirada y se encontró observando a un joven alto, casi o más que Ayrton. Era un hombre atractivo y desprendía la misma virilidad que el individuo parado delante de la chimenea, sólo que en mayor potencia por su propia juventud. Tenía los rasgos tan similares a su protector, que no dudó en adivinar que ese era su hijo.

Era, sin preámbulos, la personificación de un perfecto dios pagano. Su rostro marcado y bien definido —que a diferencia de su padre no tenía barba— contenía una nariz recta y aristócrata, sus pómulos altos y espesas cejas le daban apariencia recia y decidida. Su cabello corto era de color negro y, naturalmente, limpio de canas. Su boca perfectamente formada de labios no extremadamente carnosos, pero sí sumamente sensuales. Aunque lo que más le atrajo, fueron esos mismo ojos que tenía su padre, sólo que estos ardían con mucha más fuerza y resolución, sobre todo en aquella posición, de brazos cruzados apoyado en el umbral, mirando de manera desafiante.

—Vaya, qué comité de bienvenida —dijo con tono irónico.

—Pensé que llegarías más tarde —murmuró Ayrton dándole la espalda para, con un atizador, ordenar la madera que se estaba consumiendo y agregar más leños. Kagome vio cómo el recién llegado tensaba los músculos de la mandíbula y fruncía imperceptiblemente el ceño.

—Sí, yo también, pero el autobús partió unas horas antes.

Tal como le pasó con Ayrton, Kagome no creyó en ningún momento aquella respuesta. Había algo en su voz, en el tono estudiado… De súbito se vio penetrada por aquella mirada ambarina.

—¿Y ella quién es? —preguntó a su padre, sin dejar de mirarla.

—Es Kagome —respondió Ayrton, quien se volvió y caminó hacia ella—. Hija de una vieja amiga. Vivirá con nosotros durante un tiempo.

El hijo la estudió de forma casi descarada. Con esa mirada penetrante degustó cada parte de ella sin la menor vergüenza. En consecuencia, un leve rubor cubrió las pálidas mejillas Kagome. Sólo cuando apartó la mirada de su cuerpo, ella notó que estaba reteniendo la respiración. El joven se encogió de hombros, como si el asunto fuera irrelevante.

—Será —dijo con aparente despreocupación y se preparó para salir—. ¿Amalia habrá cocinado mi cena de bienvenida?

—La cena está lista hace tiempo. Te estábamos esperando —respondió Ayrton en tono seco. Él mentía otra vez, pensó Kagome, y al parecer su hijo igualmente lo percibió.

—A otro perro con ese hueso —masculló entre dientes y desapareció.

Pasado algunos minutos escuchó un suspiro largo, tendido y cansado del hombre a quien la tenue luz del fuego hacía parecer más viejo. Incluso pudo notar arrugas a ambos lados de sus ojos, y a estos, más descoloridos y caídos.

—¿Cómo se llama? —preguntó, sin saber qué más hacer para sosegar el molesto silencio que se había instalado en la sala. Ayrton dio un pequeño salto, la miró como si lo hubieran pillado desprevenido, pero de inmediato se repuso.

—InuYasha —su voz cansada y nostálgica llegó a conmover una parte de su propia nostalgia. —¿Sabes que su nombre significa demonio-perro?

No, ella no lo sabía. Pero no se molestó en decírselo. Algo invisible pero tan tangible le avisaba que pronto lo sabría. Que conocería a ese InuYasha de manera tan única que llegaría a ser imposible sacarlo de su vida.

Imposible.

Esa nueva palabra hizo recordar el episodio de su vida que quería borrar. Aquellos sentimientos de temor, de odio, desolación, de soledad…

Imposible.

Debía evitar a ese hombre antes de que el pasado la terminara de consumir. Y ella aún creía que podía rehacer esa vida hecha añicos.


Notas de la Autora:

Mil disculpas por la demora. En compensación, dejo dos capítulos. Muchas gracias Setsuna17 y AllySan por sus mensajes, espero que les agrade el curso de esta historia. Creo que ya actualizaré la otra semana.

Saludos :)