Capítulo II

Little Hopes

Una semana después

—El hombre está condenado a ser libre.

William la miró pensativo antes de asentir:

—Sartre, claramente.

—Sí —confirmó ella de manera un tanto cortante.

William continuó mirándola.

Ese era el primer día que iba a la escuela. No había tenido un recibimiento desagradable, pero tampoco demasiado cálido. Estaba en el patio, apoyada de una columna que sostenía el techo del gimnasio, en el descanso, cuando aquel niño, de un nivel más arriba que ella, se le acercó.

—No eres muy dada a hablar, ¿eh? —William medía unos quince centímetros más y tenía una sonrisa espléndida de marfiles blancos perfectamente alineados. Sus ojos verdes y cabello negro no podían combinar mejor en su rostro moreno.

—Intento evitarlo. —Kagome, harta de que le hiciera más preguntas absurdas dio media vuelta para alejarse del yanqui.

—Estamos en el mismo pabellón, ¿sabes? —Los pocos metros recorridos no habían servido de nada cuando el joven ya estaba a su lado calentándose las manos con el vaho que salía de su boca.

Kagome no respondió y siguió caminando. Hundió lo mejor que podía las manos dentro de los bolsillos del abrigo para que el frío inclemente no le calara los huesos. Cuando iban subiendo las escaleras, William la tomó de un codo he hizo que volteara. Entonces, le sonrió.

—Mi sala está inversa a la tuya, ¿serías tan amable de decirme tu nombre? —Ella lo miró en la profundidad de sus ojos grises de invierno, sin responder—. Vale, vale, no seas injusta, yo te dije mi nombre, ¿no crees que por lo menos me deberías decir el tuyo, como para que estemos a mano?

Ella resopló con fuerza.

—Kagome —dijo en tono cortante y dio media vuelta otra vez.

—Mucho gusto conocerte, Kagome —escuchó la voz jovial y amigable de William, atrás de sus espaldas.

Por un momento detuvo el paso. ¿Hacía cuánto que alguien estaba gustoso de conocerla? Miró el lugar donde había estado William, pero sólo se encontró con el peldaño de la escalera vacío.

Mientras subía hacia su sala, una sensación perdida hacía cuatro años la abrazó con tanta fuerza que tuvo deseos de gritar.

"El hombre está condenado a ser libre".

Había esperanza.

¡Había esperanzas!

Por un impulso repentino, quiso hacer lo que por tanto tiempo tenía reprimido y casi, casi olvidado: sonreír.

—Gracias, Amalia. —La anciana menuda de ojos caídos y violetas asintió convencida.

—Estás muy delgada, esto te hará bien —dijo, y su cara llena de arrugas se compactó para darle una maternal sonrisa—. Buen provecho.

Cuando la anciana abandonó el comedor, Kagome se concentró en el plato de roquefort. En los últimos días se había enterado de que Ayrton McAllister era inglés y que vivía en Estados unidos hacía doce años. Y, como un aristócrata inglés —de esos casi extintos—, tenía gustos franceses. Sobre todo para las comidas.

Kagome humedeció sus labios con la lengua. Se veían deliciosos esos espaguetis a la roquefort. Tomó la cuchara y el tenedor. Con cuidado atrapó las hileras de masas con una exquisita cobertura de queso y las apresó contra la cuchara dándole vueltas hasta que quedaran enrollados alrededor de los dientes del tenedor.

Justo cuando se estaba llevando el delicioso bocado hacia la boca, una voz masculina y grave hizo que, de pronto, el apetito se desapareciera.

—¿Disfrutando la comida de tu grato nuevo hogar? —No podía haber sonado más agradable, y sin embargo, tampoco podía haber sonado más irónico.

Lo había evitado toda esa semana. Sólo contactos visuales y un saludo de vez en cuando con la cabeza. Pero había contado que tarde o temprano se vería a solas con él. Ayrton había viajado esa misma mañana a New York por negocios y a aquella hora de la cena siempre aparecía InuYasha.

Vio como el joven se sentaba frente a ella y de inmediato un sirviente le traía la entrada para la cena.

Intentó ignorarlo y se echó los espaguetis a la boca. Sabían a gloria, y aún así, no pudo estar ajena a la sensación de amargura que comenzaba a embargarla. Masticó con excesiva lentitud, y cuando iba a llevarse otro poco de comida, InuYasha la interrumpió:

—¿Por qué no hablas? —Tomó un sorbo de vino y la miró con esos penetrantes ojos cobrizos—. ¿Soy muy desagradable? —Sonrió con sorna y agregó—: ¿O me tienes miedo?

Ella le retuvo la mirada un momento, antes de seguir comiendo. Escuchó el sonido de los cubiertos de InuYasha chocando con rabia contra la porcelana.

No le tenía miedo, ¿o sí? En verdad, no se lo había puesto a pensar, sólo lo había evitado por un presentimiento.

Bueno, uno malo, claro estaba. ¿Cómo aquella vez?


—¿Matka, a dónde la lleva? — avanzó un paso en la fila. Pensó que en los últimos meses estar en una interminable fila se estaba convirtiendo en una parte de la vida cotidiana, tan natural.

—Lejos de aquí, muy lejos de aquí.

A Adina, la mujer con cara amable que se había salido de la fila por un descuido.

—¿Cuánto de lejos, matka? —Murmuró ella.

La mujer no respondió. Un grito sí.

De repente deseó con un anhelo insoportable algo, algo…


—¿Qué te pasa? —El tono burlón hizo que el pequeño trance desapareciera y los recuerdos se guardaran del presente.

Sin quererlo tenía la mano suspendida en el aire apretando tan fuerte el cubierto que éste se mecía por el tembloroso pulso de su muñeca. Miró el tenedor cubierto de espaguetis y estudió unos instantes lo trémula que estaba su mano antes de dejar el cubierto sobre el plato.

Sintió cómo su estómago se contraía y cerraba el paso al apetito nuevamente. Prefería salir de ahí antes de enfrentarse a la mirada reprobatoria que la había perseguido por esos días. No entendía la razón. Tampoco le importaba. Sólo quería evitarlo tanto como fuera posible.

Pero, de todos modos, ¿qué había hecho ella? No tenía idea. Y ya no tenía intensiones de averiguarlo; ya no tenía ánimos para hacer frente a nada.

—Nada —respondió sin mirarlo y se puso de pie—. Creo que iré a dormir, buenas noches.

No se molestó en saber qué cara había puesto él, ni si le había respondido. Sólo supo que caminó lo más rápido posible a su habitación y que no respiró tranquila hasta que estuvo frente de su puerta.

Se relajó y se reprendió mentalmente por huir sin tener grandes fundamentos. Tal vez estuviera actuando con demasiada paranoia. Sin embargo, ese no fue motivo para hacerla volver hacia el comedor.

Giró el pomo de la puerta y lanzando un suspiro de alivio, se apoyó contra la puerta que cerró segundos después de entrar. Presionó el interruptor y la tenue luz que emanaba de las ampolletas le hizo creer que el escenario de su pieza era una especie de sueño.

Con una atmósfera cálida, la habitación era amplia: tres grandes armarios de madera de nogal, un espejo de cuerpo entero más un tocador, dos sillones con una mesita de centro, un diván y una cama con dosel. Kagome había creído que aquel lugar era la prueba tangible de que aún había vida en otras partes del mundo.

Fue hacia el espejo y observó su figura. Había cambiado durante esos largos cuatro años. Sus rasgos se habían hecho firmes y su cuerpo, a pesar de todo, se había modificado por algunas curvas de mujer yendo a la adultez. Quitándose la chaqueta, que dejó descuidadamente sobre la silla, volvió a mirarse, esta vez de perfil.

Observó su nariz, que tenía un pequeño taburete en un principio de ésta y el resto continuaba recto y levemente respingado. La misma nariz de su madre y de Waleri. El mentón era pequeño y un poco puntiagudo, sumándole las mejillas redondeadas de piel tan blanca, casi trasparente.

Volteó para estar frente a su reflejo de nuevo. Nunca se había considerado una belleza ni algo parecido a una. Aunque tampoco la reencarnación de la fealdad. Pero, lamentablemente, a esto último era lo que su aspecto demacrado lucía.

Su rostro demasiado pálido, hasta podría jurar que tenía arrugas que le surcaban todo el rostro. Demasiado delgada, demasiado, demasiado…

Acercó su cara al espejo para estudiarse con mayor atención. El cabello le llegaba un poco más debajo de las orejas. Negro como una noche sin luna, en sus tiempos de gloría le había llegado hasta la cintura y se podían apreciar las rebeldes, soberbias pero hermosas ondas que tenían lugar en las puntas.

Mas ahora no. Con una pequeña chasquilla y esa melena que le hacía parecer una mujer madura, no podía converse de que realmente fuera ella. De que aquel rostro antes identificado por la alegría y una sonrisa dibujada, en esos momentos no fuera más que un conjunto de carne envuelta en la tez amarillenta, ojeras pronunciadas por la inevitable falta de sueño. Sus ojos se habían vuelto demasiado grises, demasiado no-ojos, que ya ni siquiera cambiaban de color. Cualquiera que se mirara en ellos, vería nada más que una película de sucesos, si bien confusos e increíbles, claramente dolorosos. Demasiado claramente.

Por eso procuraba no mirar a alguien mucho tiempo a los ojos. No soportaba la compasión que mostraba la gente cuando se daban cuenta del calvario oculto tras ese iris plomo, alguna vez caoba. Y eso era justamente lo que había hecho con la familia Fradvok. Siempre ocultándose, siempre negándose a hablar, de recordar.

Quizás lo único rescatable de todo su cuerpo eran esas largas y espesas pestañas encrespadas por orden de la naturaleza y sus bellas y delineadas cejas que aún le daban un aire de superioridad, de inteligencia innata.

Pero todo eso ya no servía de mucho si se quería ser una persona de verdad. Ni su cuerpo de altura media, ni sus no-ojos, ni sus cejas ni pestañas perfectas.

Había que curar aquella yaga profunda que sangraba todo el tiempo y que estaba nada más y nada menos que dentro de su cuerpo, de su alma. Invisible para ojos de los demás. Palpable para los cansados y casi desaparecidos de ella.

Un poco más deprimida que de lo común, y con la escena de fugaz alegría que experimentó en la mañana en la escuela disolviéndose en su mente, comenzó a desvestirse.


Aquella noche era fría y los leños de la chimenea que había preparado Amalia para que dieran un calor superficial a la casa, estaban deshaciéndose en el fuego inexorable, y junto con ellos, la tenue y tibia atmósfera.

Se frotó los ojos somnolientos. La sala de estar no era el mejor lugar para estudiar y el frío del invierno parecía congelar su actividad neuronal, sobre todo a la una de la mañana.

Terminó de tomar el resto de café antes de que el agua se enfriara también y para aprovechar el calor agradable que le brindaría a su cuerpo.

Con una mueca de molestia, se levantó del sillón sin soltar el pesado código del derecho que tenía que terminar de leer aquella misma noche.

A paso lento y sigiloso, se dirigió a su habitación. Pero un murmullo hizo que se detuviera tres habitaciones antes de la propia. Miró por el bajo de la puerta y pudo dilucidar, al cabo de forzar mucho la vista, la luz tambaleante, probablemente, de una vela o lámpara de gas que ya se estaba terminando.

¿Una vela? ¿Para qué esa niña llamada Kagome estaría usando una vela en vez de prender la bendita electricidad?

Sus pensamientos pronto se vieron interrumpidos por el mismo murmullo. Parecían ser palabras. Palabras dichas de forma tan atropellada que no podía seguir el hilo de éstas. Pero cuando la sintió suspirar y comenzar a hablar con calma, los vocablos fueron tan nítidos que una furia ciega tomó posesión de todo su cuerpo.

Hebreo. Era hebreo y estaba tan seguro como que él era InuYasha, de que la niña que se había instalado en su casa era judía.

Una perra judía, como todas las demás.

El ruido del libro al chocar contra la floja madera del piso, hizo que reaccionara. Recogiéndolo, se apresuró a llegar a su pieza antes de que ella pudiera aparecer frente a él.

Con la sangre llena de ira aún, dio vueltas una y otra vez intentando calmarse. Todavía no se lo podía creer, ¿cómo Ayrton había sido capaz de traer a lo peor de la humanidad bajo su mismo techo sin siquiera habérselo preguntado?

Ah, porque sabía toda la aversión que le provocaban los de la clase de ella. Maldito viejo, maldita judía.

Respiró profundamente una vez y muchas otras hasta que se sintió un poco más calmado.

Lo más importante era averiguar por qué estaba allí. Ayrton, como siempre, no le daba explicaciones de nada, así que ya se buscaría la forma de saberlo.

Por eso, cuando eran las cuatro de la mañana y se fue a la cama, más que con códigos dentro de su cabeza, se fue recordando de manera un tanto desagradable aquel sollozo de la menuda judía, que de pronto había llegado a irrumpir a su mundo sin pedir permiso.

Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.


Notas de la Autora:

Mil disculpas por la demora. En compensación, dejo dos capítulos. Muchas gracias Setsuna17 y AllySan por sus mensajes, espero que les agrade el curso de esta historia. Creo que ya actualizaré la otra semana.

Saludos :)