Capítulo III
Lo que aferramos
Había trazado incontables líneas sobre el papel durante toda la mañana, sin interrupción. De a poco, un rostro femenino había tomando forma y contornos, que a su juicio, parecían casi exactos.
Porque ella no quería olvidar su rostro. No el de su madre.
Quería recordarla con esa pequeña sonrisa que nunca permitía revelar su dentadura; con ese cabello espeso de un ébano profundo y esa mirada suspicaz que tantas veces alabó su padre.
Dio tres retocadas al retrato, tomó el cuadernillo con ambas manos y lo elevó a la altura de su rostro para evaluarlo.
—No, las cejas —murmuró absorta, frunciendo el ceño.
Tanteó el suelo, buscando la goma, sin despegar la vista de su trabajo. Cuando la encontró por fin, su ceño se hizo más pronunciado; se inclinó hacia el dibujo y con extrema delicadeza borró el borde de la ceja derecha. Sopló los restos de goma y tomando el lápiz otra vez, repasó la zona que quería corregir. Después de cinco horas de sentir su propio rostro tenso de concentración, sonrió con una dicha indescriptible.
Suspirando, anotó la fecha y su nombre en la esquina inferior de la hoja. Pero cuando iba a cerrar el cuaderno, su vista se quedó fija en la firma de su nombre.
¿Era Kagome, verdad?
Echó una vista a la sala, la misma donde había despertado por primera vez. El fuego que ardía en la chimenea parecía ser el mismo, el atizador al lado, las alfombras, las arañas de cristal…
No, ya no más Bárbara. Ya no más Polonia, ni frío ni mamá muerta.
Suspiró.
¿Cómo es que había llegado a estar así? ¿Era el destino que jugaba a tirar los dados de una manera tan burda, el culpable de todo? O tal vez…
No, era los humanos. Con sus malditos celos, la sed de poder. Las circunstancias forzadas, la sangre y la deshumanización progresiva de todo; de todos.
Sus dedos acariciaron con reverencia el rostro dibujado en el cuaderno.
—No volverás, ¿cierto? —Le preguntó al dibujo, mientras su vista ser perdía y sus ojos se volvían más grises, como si una niebla se hubiera instalado de repente—. Lo bueno nunca vuelve.
Entonces, ¿por qué se tenía que perder de esa manera? Simplemente era demasiado injusto. Muy, demasiado…
El cuaderno desapareció de sus manos.
—Interesante —susurró él.
Y era, definitivamente él.
—Devuélvemelo —habló con voz calmada. No obstante, la desesperación se filtró a través del suave tono.
Él sonrió de manera letal.
—¿Quién es?
En vez de responder, ella se puso rápidamente en pie he intentó quitarle el cuadernillo de las manos, pero lo varios centímetros que le llevaba se hicieron notar cuando InuYasha levantó su brazo y el cuadernillo pareció perderse en el infinito techo, hacia la oscuridad, donde habría alumbrado la araña de cristal si hubiera sido de noche.
Pero no lo era. Y el cuadernillo se estaba perdiendo a plena luz del día.
¿Como yo? Pensó fugazmente. Y luego siguió tratando, en vano, de arrebatar el preciado dibujo de las despreciables manos. De ésas despreciables manos.
Porque él, sin lugar a dudas, era despreciable.
Se detuvo bruscamente luego de casi caer al suelo, cuando InuYasha la esquivó.
—¿Quién es? —volvió a preguntar. Ella dio un pequeño salto al sentir el aliento de él apuntando directamente a su oído.
Dio un paso hacia adelante y se volteó para enfrentarlo.
InuYasha aún tenía su brazo levantado y la otra mano se apoyaba en su cintura. Vestía unos pantalones de tela color caqui y un sweter oscuro con cuello uve que dejaba ver el cuello de una camisa color crema. Y justo atrás de él, la chimenea; el reflejo del fuego parecía ceñirse a los contornos de su cuerpo dándole un aura extrañamente atractiva.
—Devuélvemelo —logró articular, desviando sus ojos hacia los de él; y esas obres doradas ardían como si el mismo fuego la fuera a quemar a ella también, para acarrearla directamente al infierno.
InuYasha torció sus labios en una parodia de sonrisa.
—No —respondió y se encogió de hombros, volviendo a armar esa torcida sonrisa.
—Por favor —jadeó ella cuando él hizo ademán de arrojar el cuadernillo hacia el fuego. Detuvo el movimiento en seguida y se incorporó, clavando la vista en ella nuevamente.
—¿Serías capaz de suplicarme de rodillas? —Preguntó, en un tono peligrosamente suave.
Kagome apretó los puños y sin pensarlo demasiado, asintió con la cabeza.
—Interesante —susurró él otra vez.
—Por favor —continuó Kagome, con voz quebradiza.
Él inclinó hacia el lado su cabeza, al tiempo que volvía armar esa sonrisa torcida, y ella casi pudo ver cómo unos rasgos siniestros parecían ganarse sobre su rostro de Adonis.
—Entonces —dijo suavemente, mostrando sus dientes en la sonrisa—. Arrodíllate.
—¿Qué? —musitó. Él arqueó una ceja, burlándose con esos ojos ambarinos en el proceso.
—Que te arrodilles —repitió, cambiando el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha mientras miraba tranquilamente al cuadernillo en sus manos.
—Pero…—susurró, abriendo ampliamente los ojos cuando él sonrió. Fue un sonido ronco, fantástico, brutal; casi, casi… ¿inhumano?
—A no ser —hablo él— que tú en verdad no te arrodilles delante nadie más que de Yahvéh, porque tal vez y sólo tal vez, seas una pequeña judía que todavía recuerda cosas hermosas del judaísmo. Es decir, mentiste, ¿verdad? Lo que también es un pecado, por supuesto.
Los labios de Kagome temblaron antes de formar un rictus. Sus manos se empuñaron y su vista viajó directamente hasta sus pies. A pesar de que quiso (y de verdad que sí) responderle algo mordaz, su garganta fue incapaz de dejar escapar algún sonido. Apenas sí algo que pareció ser un gemido cuando sintió que los ojos le ardían.
De pena y maldita rabia.
InuYasha rió sin humor y continuó mirando su cabeza gacha.
—¿Nada que decir, pequeña judía? —Ella no se movió ni hizo ningún intento por responder—. Bien —continuó, bajando con deliberada lentitud el brazo con el que sostenía el cuaderno, hasta ponerlo frente la vista gacha de Kagome—. ¿Lo quieres? Sí o no. —Ella asintió rápidamente. Él sonrió levantando la comisura de su labio, antes de continuar—: Entonces, ve por él. —Y en un segundo, el cuadernillo caía en cámara lenta frente los espantados ojos de Kagome dentro de la chimenea—. Diablos —le susurró al oído con un fingido tono de sorpresa—, se me resbaló.
Irguiéndose rápidamente, InuYasha pasó por su lado, en dirección a la puerta. Iba cruzando el umbral cuando un extraño sonido hizo que se diera vuelta.
—¡Estúpida! —gritó, al tiempo que corría hacia una chiquilla desesperada, con las manos metidas hasta el fondo dentro del fuego.
Aquisgrán, Alemania
Frente Occidental
—Es curioso y hasta un poco irrisorio el hecho de aferrarnos a cosas tan superfluas y sinsentido con el único fin de mantener vivo algo muerto, ¿lo ha pensado usted? —le preguntó Sesshômaru a la enfermera que se empecinaba en vendar su brazo izquierdo. Ella no pareció oírlo—. ¿Lo ha pensado? —volvió a insistir. Esta vez ella lo miró con reprobación.
—Lo que he pensado —musitó la enfermera, ajustando fuertemente la venda con un nudo— es que usted debería descansar porque casi muere desangrado. ¿Qué tal? —Él sonrió a medias.
—Que podría tener razón, pero aún así quiero saber si lo ha pensado o no.
La mujer hizo algo parecido a un bufido que, a oídos de Sesshômaru, sonó como un canto celestial.
Cruzándose de brazos, ella habló:
—Ustedes los ingleses son de lo más arrogante. ¿Lo ha pensado usted también?
—Interesante…
—Oh, ¿sólo eso? —Entornó los ojos y negó con la cabeza—. Mejor descanse porque, créame, lo va a necesitar. —Y dio media vuelta, con intención de dirigirse hacia la interminable fila de camillas, llenas de heridos.
—He visto cómo mira ese reloj que guarda en su bolsillo derecho —dijo Sesshômaru, suavemente. La espalda de la enfermera pareció tensarse.
—Y yo he visto su cara cuando, entre delirios, la nombraba.
—Touché.
—Buenas noches. —Y pareció perderse entre las camillas.
Sesshômaru armó una sonrisa cínica para sí mismo mientras se recostaba sobre la dura camilla. Quién lo diría. La guerra realmente arruinaba, y de qué manera, a las personas.
—Y a las no personas también —susurró, cerrando los ojos; rogando con una fuerza inusitada poder verla otra vez, aunque fuera de mentira.
—¡Amalia, trae agua! ¡Ya! —rugió InuYasha mientras batallaba con Kagome y sus intentos desesperados por volver a meter las manos dentro de la chimenea—. Detente, imbécil —masculló, agarrándola por la cintura.
Pero Kagome no tenía nada interesante que escuchar. Menos en aquel momento.
—Matka, matka, matka —sollozó golpeando el pecho de InuYasha.
—¡Amalia, la maldita agua! —gritó él.
—¡Matka!
Y fue entonces cuando pasó.
Un golpe en la mandíbula, otro en el estómago. No demasiado fuertes pero en ese momento resultaron efectivos. Él se desestabilizó y ella no perdió ningún segundo en desasirse para poder arrastrase hacia la chimenea.
El fuego le pareció un adorno, como si fueran cortinas que ocultaban un preciado secreto: el dibujo de matka. La querida matka.
Rápidamente metió sus manos y agarró en cuadernillo. Ardía, y era como si cada parte de sus brazos comenzara a picar y a escocer con un dolor muy parecido a… pero eso no importaba. Abrazó el cuaderno contra sí, pensando inconscientemente que si lo hacía, el fuego se iría de una vez, y matka, sólo matka, sólo matka…
Frío.
Una sola palabra cuando Amalia salpicó un pequeño balde de agua sobre ella.
—Por Di… —alcanzó a musitar la anciana hasta que la joven, casi hecha un novillo sobre el suelo, dirigió sus ojos ahora…¿cafés? Hacia ella.
—Gracias —musitó Kagome. Pero sus ojos en realidad no la miraban. Se veían perdidos, a kilómetros de distancia de allí.
—Tardaste, maldita sea —masculló InuYasha quien repentinamente estaba frente a la joven que todavía abrazaba el cuaderno contra sí—. Muéstrame tus manos.
Por un instante pareció que Kagome no iba a moverse. Mas justo cuando él iba a repetir la orden, ella volvió su vista hacia él.
Las hebras oscuras se habían pegado a su rostro pequeño, enmarcándolo. Efecto que resaltaba de algún modo sus ojos, que en esos momentos tenían un tono caoba. Frente a ella, y a su lado, el humo de las ropas y del cuaderno se elevaba hacia el cielo, formando algo parecido a una cortina.
Ella abrazó con más fuerza su cuaderno.
—No —susurró, abriendo más sus obres caoba que en ese momento lo miraron con terror—. No —repitió y se puso rápidamente en pie.
Después de eso, fue vagamente consciente de un dolor horrible, de una voz pronunciando su nombre interminables veces y del grito horrorizado de una anciana cuando la encontró dentro de la tina, con el agua fría cayendo sobre ella y su cuaderno fielmente escondido en su regazo.
—Mierda —murmuró InuYasha, horas después.
—No me dejó aplicarle el ungüento, no hubo caso. Dijo que ella lo haría si me iba. No pude hacer nada más —susurró la anciana, arrugándose el delantal con manos temblorosas—. Señor, al parecer sus brazos están bien, pero sus manos, sus manos estaban…
—Debemos llevarla aun médico —habló InuYasha tragando con rabia el resto de coñac de quedaba en el vaso.
—Se niega. Cuando se lo dije… me miró con esos ojos perdidos, señor, y simplemente dijo que no me preocupara, que estaría bien. Y lo dijo con tanta calma que…
—¡Basta! —gritó él, golpeando el vaso contra la mesa—. Mejor ve a comer o a dormir, como quieras, pero, maldición, no llores, Amalia. Yo lo arreglaré de un modo u otro.
La anciana tragó un sollozo y asintió, saliendo rápidamente de la biblioteca. InuYasha la observó hasta que cerró la puerta.
Trago. Necesitaba algo que hiciera arder su jodida garganta. Se levantó del asiento pero inmediatamente se sentó otra vez.
—Mierda —dijo. Y sólo lo hizo porque no sabía qué más decir. Apoyó su rostro sobre su mano derecha, intentando ordenar todo.
Sin éxito. Ni siquiera un poco.
—Ojalá te hubieras quemado entera —susurró contra su mano, cerrando los ojos.
Y no dijo nada más porque, de verdad, no sabía qué otra cosa decir.
Notas de la autora:
Bien, continuación al fin. De verdad, se me pasó por completo actualizar la semana siguiente, y acabo de recordarlo ahora que estoy en casita por el fin de semana largo :3. Espero no demorar TANTO para la otra semana .____., es que la U se empecina por quitarme vida .!.
Muchas gracias Angie1791, Ally San (gosh, lamento lo corto de los capítulos, pero sino, nunca actualizaría xD) y Kagome Yumika. No saben lo estimulante que resultan sus review! =D.
Besitos y perdón por lo poco .____.
