Capítulo IV

Sweet dreams


Aquisgrán, Alemania

Campamento Aliado, Frente Occidental

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Sesshômaru abrió lentamente los ojos.

—Por fin despertó. —Escuchó decir a una mujer.

Poco a poco la pequeña neblina que cubría su visión se fue dispersando.

Desapareciendo. Igual que el sueño que sólo segundos antes aferraba con gritos y puños.

Pero sólo era un sueño.

Lentamente se incorporó, aún aturdido. Le llevó otro tanto poder dilucidar el lugar en donde se encontraba: un hospital de campaña. Camillas. Heridos. Mutilados. Agonizando.

Ese fue el preciso momento que el dolor en su brazo izquierdo apareció como otro claro recordatorio de que todo lo vivido hacía unos minutos no era más que un sueño.

Un. Puto. Sueño. De. Mierda.

—General —dijo la misma voz de mujer—, necesitamos desocupar esta camilla. Ya está en un estado aceptable.

No, no lo estaba. Pero lo que era aceptable o no ya no era una cuestión que él pudiera objetar. Por eso mismo obligó a su cuerpo agarrotado a sentarse al borde de la cama, mientras su cerebro terminaba de despertarse y de analizar situaciones y posibles acciones. Así era siempre.

—Tiene que venir una vez al día para que cambie su vendaje. La penicilina no es necesaria, ya pronto estará mejor —continuó, con su tono de voz neutro.

Porque estoy en un estado aceptable , pensó sombríamente Sesshômaru al tiempo que una mueca se formaba en la esquina de su boca, justo donde terminaba una delgada cicatriz que partía desde su sien derecha.

—Hace un momento me dijeron que el almuerzo estaba listo, cuando desee…

—Esto no es un puto hotel —masculló él entre dientes. La mujer se calló.

Sin decir más, ella le entregó su uniforme, muy limpio, pensó Sesshômaru. Demasiado limpio, se corrigió un momento después, mientras se desvestía y cambiaba de ropa.

En exactamente un minuto y medio, estaba completamente vestido.

—¿Alguna otra cosa que decir antes de darme de alta? —murmuró distraídamente, apretando un poco más el cinturón. Había adelgazado bastante en esos pocos días, pensó.

—Sí —respondió en un murmullo la voz femenina, con el mismo tono. Él no la animó a continuar, así que ella habló sin más—: ¿Sabía usted que la sigue nombrando mientras duerme?

Y él no necesitó otra estimulación para mirarla inmediatamente, atravesándola con esa mirada dorada.

Odio, pensó ella un poco asustada. Ahí solamente había odio y no necesariamente hacia los...

Un latido después, él formó esa cínica sonrisa, y mudó toda expresión.

—Ah, la enfermera del reloj —dijo con un tono falto de emoción. Ella asintió formando un rictus—. Ya veo —susurró él.

Terminando de arreglar el cinturón, simplemente pasó por su lado, como si ella no estuviera allí.

—Lo digo en serio —habló la enfermera cuando aún la podía escuchar—. Debería tener más cuidado.

Repentinamente él estuvo tras ella, y susurró cerca, demasiado cerca de su oído:

—¿Cuál es tu nombre? —Ella dio un pequeño salto y se giró.

—Rin —respondió sin pensar.

Y la sonrisa del hombre se volvió siniestra. Rin sintió cómo sus rodillas comenzaban a temblar sin motivo alguno.

—Así que tienes algo profético —suspiró él como si estuviera a punto de reírse, pero no realmente—. ¿Lo crees así, Rin?

Ella no alcanzó a responderle, su ancha espalda ya se encontraba a varios metros de ella.

—Inglés estúpido —susurró.

Sí, él ya estaba en un estado aceptable. Tanto, que esperaba no volver a cruzarse con él en todo, en todo lo que quedaba.

Te estás mintiendo.

—¿Y a quién podría importarle? —susurró para sí, formando una sonrisa tan pequeña que casi ni siquiera fue perceptible para ella.


Bóg.

Gimió mentalmente.

Dolía como el infierno. Sus manos. Como el infierno.

Mordiéndose la lengua para no gritar, guió la pequeña varilla con el ungüento —que Amalia le había dejado el día anterior—, sobre la palma de su mano izquierda que había resultado más dañada que su otra mano, la que ahora, temblorosa, comenzaba a esparcir la pomada.

Estuvo a punto de gritar. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se permitió derramarlas, y es que ardía como si el fuego aún continuara ahí, sobre su piel, llegando directamente a sus huesos.

Suspiró y comenzó otra vez.

Sus dientes rechinaron cuando el ungüento tocó una parte especialmente dañada. Y eso que aún no se aplicaba sobre el dorso.

Bóg —sollozó y de nuevo fue solamente para no gritar.

Diez minutos después, con los ojos rojos y una conciencia nítida de lo que era el dolor, tenía su mano izquierda cubierta torpemente por una venda —que también había dejado Amalia el día anterior— y la otra mano seguía aún desnuda, luciendo unas pocas ampollas que también pasaron por el suplicio del ungüento, aunque con mejor suerte: su mano izquierda estaba en tan lamentable estado que apenas pudo agarrar la varilla del ungüento, así que ni siquiera consideró la opción de vendar su mano derecha.

Otro suspiro.

Su vista se desvió sin querer hacia le mesita de noche, donde reposaba su cuadernillo a medio quemar. Algo, sintió cómo el pecho se le apretaba hasta quitarle el aliento: matka no había sobrevivido a las llamas. Y Kagome hubiera dado sus manos por tenerla con ella, siempre. Aunque fuera un simple dibujo imperfecto.

¿Qué otra cosa darías de ti?

Pestañeó repetidas veces para contener las lágrimas. Se suponía que nunca más iba a llorar; que nunca más debía llorar ¿verdad? Se suponía que nunca más iba a perder algo valioso, algo que le trajera un poco de relleno a ése sutil vacío que comenzaba a formarse en su interior.

Pero ya basta. No era el momento de lamentarse, realmente nunca lo era. Tenía hambre, le dolía la cabeza, y definitivamente iba a dejar entrar a Amalia de una vez con esa bendita bandeja del almuerzo para que dejara de insistir en la puerta. Pobre anciana, ya iba a ser un día de, justamente, eso que no quería mirar en su mesita de noche.

—Dame un momento, Amalia —dijo Kagome, con tono calmo.

Con cuidado descolgó el albornoz y se lo puso de manera superficial sobre los hombros, lo justo y necesario para esconder su fina camisa de dormir, la misma que la noche anterior le había rogado Amalia, detrás de la puerta también, que se pusiera, después de intentar despojarla por completo de sus ropas empapadas y que Kagome, al verse en aquel estado, le gritara que saliera de ahí, que ella podía vestirse por sí misma.

Y casi no lo había logrado hacer.

Pero ahí estaba puesta. Se había demorado lo que parecieron siglos en terminar de desvestirse y un poco menos en ponerse la camisa: cada pequeño roce con su piel herida eran cómo mil agujas clavándose hasta el fondo. Los brazos no habían resultado con daños serios, la ropa los había protegido. Otro asunto eran sus manos…

Un nuevo golpe en la puerta terminó de despabilarla.

—Ya voy —dijo, mientras descartaba la idea de ponerse las pantuflas.

Con cuidado descorrió el seguro y se preparó mentalmente para darle una sonrisa tranquilizadora a la pobre anciana. Mal que mal, le había dejado ese horrible ungüento, que en teoría, debía hacer algo positivo con sus quemaduras.

Abrió la puerta.

—Lo siento Amalia, es sólo que no he tenido hambre y… —Sus labios se cerraron abruptamente.

—No has comido hace más de un día. Dudo que no tengas hambre —habló InuYasha con esa voz carente de humor.

Aquel día vestía pantalones y un chaleco de color negro que contrastaban con la camisa blanca bajo éste. Y ahí estaba, mirándola con esa mirada indescifrable.

Él levantó la bandeja a la altura de sus ojos, como para hacer evidente el motivo de su visita.

—¿Puedo pasar? —Ella no se movió—. La bandeja —dijo él—, la debo dejar en algún lugar a no ser que quieras bajar a comer.

Kagome siguió sin responder hasta que un leve suspiro de molestia por parte de InuYasha la trajo nuevamente en sí. Él notó cómo sus ojos cambiaban a un tono gris antes de que ella asintiera y diera un paso atrás.

La habitación olía a encierro y humo. De reojo vio las ropas del día anterior amontonadas justo a la entrada del baño, con la puerta abierta de par en par. Llegó hasta la mesita de noche y se detuvo en seco.

La mujer había desaparecido , pensó él sombríamente. Y no entendió cómo, pero sabía que los ojos de Kagome en ese momento estaban volviéndose más grises.

—Lo siento —escuchó que susurraba ella y se movía silenciosamente tras de él.

¿Por qué?

Kagome avanzó hasta la mesita, cogió el cuadernillo con su mano derecha sólo para dejarlo sobre la almohada un poco deforme, encima de su cama.

Se encogió de hombros ante el ceño fruncido de InuYasha.

—Da igual, se quemó casi todo —dijo ella con una fingida sonrisa—. Deja la bandeja ahí por favor, yo avisaré cuando… —La frase quedó en el aire. De hecho, le faltaba aire para continuar.

Se dejó caer como un saco sobre la cama, con las fuerzas suficientes para mantenerse sentada y enfocar a InuYasha que a veces se veía doble.

—Ya está, debe ser el hambre. Voy a comer…

—Cállate y acuéstate —la interrumpió él, que ya había dejado la bandeja con una suculenta comida sobre la mesa.

Con una suavidad que no aparentaba, sus grandes manos quitaron rápidamente el albornoz de los hombros. Luego se sintió suspendida en el aire, justo antes de ser depositada sobre el colchón y cubierta hasta el pecho por las mantas. Él se sentó a su lado.

—No sé en qué estaba pensando —dijo—. Debí haber llamado a un doctor inmediatamente —masculló cuando vio su mano derecha. Ella la escondió bajo las sábanas, como si el instinto le ordenara esconder cualquier herida delante de él.

No podía saber cómo se quebraba, cuán rota estaba. El pensamiento se perdió rápidamente entre una nebulosa de su cerebro. Intentó enfocar a InuYasha nuevamente, pero el esfuerzo fue en vano. A pesar de eso, se obligó a hablar:

—No pasará nada. He visto cómo se curan heridas peores que éstas sin necesidad de ungüentos o pomadas o lo que sea. —Hizo un ademán de sentarse, pero él la detuvo afirmándola por los hombros.

—Llamaré a un médico.

—¡No! —gritó. El sonido pareció ser absorbido por las paredes de la habitación y por los ojos, aquellos ojos de InuYasha.

Ambos se quedaron en silencio, mirándose como si estuvieran a diferentes distancias de ese momento y de ellos mismos.

—Lo haré de todos modos.

No…

Pero él desvió la vista.

—¿Por favor? —musitó ella.

Con esfuerzo sacó su brazo bajo las mantas y lo movió directamente hacia la mano de InuYasha apoyada sobre el colchón. Sus dedos rozaron suavemente su dorso, en una leve caricia que desapareció cuando su mano completa cubrió la de él.

InuYasha volteó bruscamente hacia ambas manos. Algo, algo, golpeaba ruidosamente en su pecho. Algo, algo, algo, que de repente se volvía extrañamente insoportable. Frunció el entrecejo, desvió nuevamente la mirada y se zafó del suave agarre como si él se estuviera quemando ahora; como si no pudiera soportar el simple hecho de tocarla.

—Lo siento —susurró Kagome, respirando con dificultad. Miró entonces hacia la bandeja—: ¿Podrías llamar a Amalia? Creo que de verdad necesito comer algo, y así…—No terminó la frase porque él no la estaba escuchando y porque simplemente no pudo. Fingir nunca se le había dado bien, pero lo había estado haciendo, y muy mal, por los últimos cuatro años.

Entonces sintió que se ahogaba, que ahora sí ese oxígeno ya no llegaría a sus pulmones. Y a pesar de eso, no movió ni un solo músculo. Le pareció que InuYasha estaba demasiado lejos mirando a un punto, hacia cualquier punto que no fuera ella. Era lo mejor, claro; pero eso no evitó que toda ella se sintiera devastada, perdida. Más sola que nunca (y siempre).

Y tal vez eso impulsó un irracional instinto de supervivencia —o era solamente su subconsciente desesperado, no lo supo bien— quien en ese momento la obligó a levantar el brazo que parecía ya no ser suyo, y dirigirlo hacia él, como si ya estuviera llegando a ese final del camino en donde de repente, se daba cuenta de que él aún estaba ahí, a punto de llevarla de regreso a, solamente debía hacerle girar hacia ella y tomar su mano. Sólo eso y todo estaría bien, como antes.

Pero InuYasha se encontraba demasiado (sí, demasiado) lejos. Dejó caer el brazo. Y demasiado tarde. Él simplemente no estaba allí, nadie lo estaba realmente.

Sin quererlo unas gruesas lágrimas comenzaron a caer, dibujando un resbaloso camino hacia sus sienes. Fue vagamente consciente de ese hecho porque de repente lo único que sentía era esa insoportable necesidad de respirar. No obstante, dejó a la necesidad pasar. No tenía para qué evitarlo después de todo.


—¿Otra de tus funciones? —preguntó Sesshômaru sin mirarla cuando ella le acercó una bandeja con la comida más decente que había visto en mucho tiempo.

—Están preocupado por su general —respondió ella sentándose a su lado.

—Por supuesto —susurró con un dejo de ironía. Ella lo miró con el entrecejo fruncido.

—Anoche usted era diferente —dijo Rin al fin.

—Tú también, ¿no? —Ella echó un vistazo a su alrededor, evadiendo la pregunta.

—No sé cómo puede estar aquí tan tranquilamente. Todavía huele a muerte.

Él no se molestó en responder, así pues, se acomodó sobre la piedra en la que estaba sentado y puso la bandeja en sus rodillas, observando la comida como si realmente no estuviera hambriento.

—Esta ciudad quedó devastada —observó Rin un tanto distraída cuando su vista cayó en una pila enorme de escombros, unos metros más allá—. Debería aprovechar estos momentos de tranquilidad. He escuchado que en unas semanas ya habrán partido… ¿cómo sigue su brazo?

—En un estado aceptable —dijo con su voz grave. Se llevó una cucharada de guiso a la boca, sin mirarla.

Ella frunció los labios.

—Lo pregunto en serio —dijo Rin, esperando que él le diera una respuesta más contundente.

No lo hizo.

En cambio, siguió comiendo con unos modales tan elegantes que lograron irritar a Rin, quien no estaba acostumbrada a tanta formalidad, menos en aquel escenario.


Yo creo que en algún lugar alguien está pensando lo mismo que yo o por lo menos, algo muy similar. Lo mismo puede ser con las circunstancias, ¿cuántas cosas en común puedo compartir con alguien que jamás he visto, justo ahora? ¿Tal vez una necesidad de comida en una bandeja, un vendaje en alguna parte del brazo? ¿O quizás esa increíble necesidad de soñar con algo más grande? Muchísimo más grande que esta pena que carcome de a poco y que duele, destroza, derrumba; que duele, que sigue doliendo…


—¡Kagome!

—¿Matka?

—Por Dios…

—Estoy bien. —Sonrió apenas—. Estoy contigo, y brat y ojviec; no puedo estar mejor, de verdad.

—Abre los ojos.

—No hay para qué, te lo prometo. Ahora todo irá bien, por siempre.

—¡Abre los malditos ojos!

Y ella los abrió porque esa voz no podría ser, ni en un gran milagro, la voz de matka.

—Estúpida —escuchó que susurraba.

Lo vio tan claramente que le dolieron lo ojos. Estaba muy cerca, con su rostro entre las manos, como si estuviera compensando la enorme distancia que había habido entre ellos.

—Cualquier cosa —masculló él, obligándole a mirarlo—, escúchame bien: cualquier cosa menos dejar de respirar, ¿comprendes? —Ella sólo lo observó con sus ojos color caoba muy abiertos.

¿Qué era eso que sentía?, se preguntó sin aliento. Ese rostro de repente era todo lo que podía ver y era tan extraño porque no podía reconciliarlo con la imagen de él surgiendo del inframundo para matar matka en las llamas.

—¿Comprendes? —insistió él, sacudiéndola.

—No —susurró Kagome, haciendo un esfuerzo sobrehumano por seguir mirando a sus ojos tan abiertos de asombro, que en un instante, mostraron la más absoluta repugnancia. Hacia ella.

Pero él no podría entenderlo porque simplemente, ella tampoco podía.

Qué cosa más irónica. Había un grito dentro de sí rogando por seguir haciendo vida; por seguir allí con los ojos demasiado abiertos viendo la quijada tensa de InuYasha, sus ojos brillando con eso que ella sabía que alguna vez querría. Pero la otra parte, la que ahora le jalaba a otro sitio más lejos de él, era irresistible para su mente tan débil y desprovista de sueños francamente importantes para un posible futuro.

—Como quieras entonces —le dijo él, soltándola bruscamente—. Al menos intenta seguir haciéndolo hasta que vuelva Ayrton, destrozarías al viejo si no —dijo con tono irónico, al tiempo que entornaba sus ojos color miel.

El golpe dolió. Lo sintió Kagome, con tal magnitud como el desasosiego palpable al mirar, al saber, que InuYasha se alejaba de ella otra vez y ahora mucho más lejos.

De repente, todo le pareció tan absolutamente cómico, que sintió la tan absoluta necesidad de gritar hacia el cielo con la más absoluta desesperación.

Un día nuestros ojos se van a abrir

Sólo para ver esa luz,

La más hermosa de todos los siglos


Notas de la autora:

Me declaro (muy) culpable. Si no hubiera sido por Kagome Yumika me olvido completamente de actualizar esta semana (y si estábamos con esas, probablemente habría actualizado a fines del otro mes). Me choca no ser lo suficientemente organizada como para mantener a los estudios y el rumbo de la historia de manera satisfactoria (mierda, debería haber estudiado enfermería y punto: menos años, menos complejo. Mierda, otra vez) pero ya, es mi primer año en la U y francamente no quiero echarme ningún ramo. Ni ahora ni nunca :sufriendo:

Entonces el problema vendría siendo que tengo dos capítulos listos pero no quiero lanzarlos de inmediato porque eso significaría que ahora de verdad que sí, tiempo indefinido (muy) para la actualización. Si logro hacer algún milagro (como comprarme otra vida)... uf. Pero mientras tanto (y lo apunto en mi celular) la actualización va para el 20 de Junio :D (y si no lo hago, pueden venir a lincharme, tirarme piedras o algo demasiado sangriento que sacie sus ansias de sangre).

Como siempre, muchas gracias por sus estimulantes reviews AllySan y Kagome Yumika, gosh, son un cielo :se emociona: Espero que les siga gustando esta historia, que como creo haber dicho en más de una ocación: sigue. Definitivamente sigue, aunque me eche anatomía (?). Ok, NUNCA tanto, pero casi.

Besos y mándeme ánimos (porque esta semana moriré y viviré... para morir de nuevo y estudiando T,T).

Saluts!