Capítulo V
Donde (no) brilla el sol
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—Su mano no está en una situación realmente preocupante —dijo Miroku después de examinar ambas manos y concluir que la derecha no necesitaba más que una cuidadosa atención de esas dos enormes ampollas en particular—. Vendré todos los días a desinfectar y cambiar el vendaje. No hay mucho de que preocuparse mientras te preocupes de mantener limpias las quemaduras. Nada de ungüentos extraños. —De reojo observó a Amalia, que se retorcía las manos. Sacudió la cabeza y se concentró nuevamente en Kagome—: Pronto debería comenzar a caer la piel muerta, sé cuidadosa también. Por otra parte, tus brazos…
—Ambos están bien —se apresuró a decir Kagome, bajando instintivamente la manga izquierda del camisón, como si eso bastara para ocultarse de los tres pares de ojos que la escrutaban en ese momento.
—Debería revisarlo, por si las dudas —continuó Miroku, atrapando su brazo derecho. Ella se soltó inmediatamente, ocultando la extremidad bajo las mantas.
Miró a todos de manera inescrutable y dijo, con una entereza que realmente no sentía:
—No hace falta, ya lo dije.
Miroku sonrió.
—Está bien, bonita. Pero si tienes un problema no dudes en decirlo, ¿vale? —Suspiró. Acarició fugazmente la mejilla de Kagome—. Si no fuera por esos ojitos tan lindos no tendrías tantas atribuciones…
Algo en ese aire despreocupado desconcertó a Kagome. ¿Es que acaso no notaba el ambiente hostil en el que estaba?, se preguntaba bajo la desagradable fiebre de treinta y siete grados que apenas la dejaba mantenerse despierta.
—Ya está Miroku —habló InuYasha de repente—. Hora de irse.
Miroku rió un poco, muy (tal vez), demasiado (definitivamente) efusivo y se puso en pie, con su maletín en mano mientras con la otra palmeaba la espalda de InuYasha.
—¿Qué puedo decir? Me podría quedar aquí por siempre.
InuYasha bufó. Miroku volvió a reír. Pronto, los dos hombres desaparecieron por el umbral sin hacer algún otro comentario.
—Al menos hizo algo útil —comentó Amalia. Rápidamente le cambió el paño que ya estaba tibio sobre su frente, por otro con agua fría. La sensación casi le hizo gemir de satisfacción.
—No es médico —murmuró Kagome, mirando su mano izquierda, pulcramente vendada.
—No, pero dentro de poco lo será. —Amalia sonrió al notar el ceño fruncido de la joven—. Cálmese, no es tan estúpido como aparenta.
Kagome sólo se limitó a observar cómo la anciana ordenaba el cuarto con total eficiencia y acomodaba las almohadas bajo ella.
—Debería descansar, así ya no tendrá más fiebre. —La anciana asintió en un gesto de auto convencimiento—. Sí, mejor la dejo. Cualquier cosa, tire del cordoncillo, sí, justamente ese. Bien, descanse.
Un instante después, la anciana se había ido.
Kagome se quedó sola. Otra vez. Y definitivamente, había algo extraño con ese tal Miroku.
—Oculta algo —observó Miroku con tono despreocupado cuando llegaron a la salida.
—Lo sé —dijo Inuyasha de manera escueta.
Miroku ya le había dado la espalda cuando murmuró distraídamente:
—Lo dudo. —Su vista se enfocó directamente hacia las nubes, que ese día, después de tantos tintes grises, habían mantenido su blanco puro en un cielo extrañamente despejado y que ahora, empañas del color del atardecer, le impedían ver al sol esconderse del día—. Hoy ha sido un buen día después de todo —susurró como para sí.
—Es judía —dijo InuYasha de repente y fue como si hubiera escupido la palabra. Metió ambas manos en sus bolsillos porque de repente no supo qué hacer con ellas.
Miroku asintió, mirándolo de reojo. Fue un corto estudio, pero InuYasha casi pudo sentir cómo Miroku armaba toda una historia con tan sólo mirarle unos segundos. Cuando terminó, volvió a girar su rostro hacia las nubes rojizas o rosáceas, nunca se le había dado bien darle el color correcto al atardecer.
Suspiró.
—Comprendo —fue lo único que dijo.
—No, no creo que lo entiendas —masculló InuYasha sin disimular la ironía cortante en sus palabras.
—Nop, tal vez tú no lo entiendas de verdad.
Inuyasha soltó un gruñido.
—Hoy, especialmente hoy, no estoy para acertijos.
—Pues qué mal. —Miroku se encogió de hombros y se puso el sombrero—. Y eso que hoy fue un día precioso. Por cierto, ¿cuándo vuelve Ayrton?
Y como era una pregunta retórica y ambos lo sabían, Miroku se fue con una gesto vago de despedida e InuYasha cerró la puerta sin murmurar un adiós o hasta luego.
New York
—Hablar sobre esto tiene la maldita tendencia de devastarme —dijo Ayrton con un tono peligrosamente suave.
Fradvok se encogió de hombros y tragó un poco más de cerveza.
—La vejez te ha vuelto demasiado sensible, ¿eh?
—No, idiota. —Ayrton entornó lo ojos y luego miró a su amigo, con una expresión solemne—: La guerra lo hace, el problema es que aún no te has dado cuenta.
—¿No? —preguntó Fradvok, simulando estar asombrado para luego regalarle una sonrisa irónica bajo su pulcro bigote negro—. Y yo pensé que lo había hecho cuando traje a la muchachita esa.
—Lo hiciste porque probablemente te hubieran asesinado si seguías allí.
—Ya no había mucho que impidiera nuestro regreso. Tampoco tenía por qué huir. ¿No te has enterado de las últimas noticias?
—No hablo de las últimas noticias —masculló Ayrton perdiendo la paciencia. Tomó el resto de cerveza que quedaba en jarra para disimular la reacción—. Una persona como tú difícilmente sería aceptada en su país cuando esto termine.
Fradvok soltó una carcajada y miró a su viejo amigo con los ojos brillantes, empañados por el alcohol o quizás por algo más.
—Así que crees que es mi culpa. Que esté muerta, quiero decir —sentenció él al cabo de un rato.
—Tanto como lo crees tú —respondió Ayrton con sequedad.
—Hijo de puta.
—Gracias.
Se quedaron en un apacible silencio escuchando el traqueteo del bar, el sonido de los vasos llenándose, quebrándose más allá; alguna risa ahogada tras unos rápidos pasos, una disculpa mal hecha y una cerilla encendiendo algún cigarro.
—Anastasia y mi mujer… —titubeó Fradvok, mirando a través de la ventana que estaba a su costado—. Están muertas también, si eso te sirve de consuelo.
El único gesto que se permitió hacer Ayrton fue el de alzar las cejas.
—Pensé que te estaban esperando en Londres.
—Bah, que te dijera una mentira para tranquilizar a Bárbara, no quiere decir nada.
—Ya veo.
—Era demasiado contarle que cuando entré, aquella vez a la casa, las dos estaban… bien, ya no estaban presentes, ¿no? Kagome estuvo en el auto todo el tiempo. Ni siquiera creo que fue consciente de que volvía con el alma entre las manos ni de que mi voz sonó tan malditamente débil cuando le dije que nos seguirían después…
Fradvok se calló, con un temblor sospechoso en su voz.
—Ella quiere escribirte —susurró Ayrton, evitando mirarlo directamente.
—Que lo haga.
—No sé tu dirección.
—Supongo que te escribiré, donde sea que esté.
—¿Saldrás del país entonces?
—Dentro de unas semanas probablemente. Todavía debo arreglar algunos asuntos por aquí.
—¿Has sabido algo de él? —preguntó Ayrton.
—Sí, nos vimos hace unos días.
—Falta poco para navidad —murmuró Ayrton de repente, observando su vaso vacío.
—Siempre falta poco para todo —observó Fradvok sonriendo sin humor.
Ayrton asintió.
—Comprendo. —Rápidamente pidió que trajeran más cerveza. Tomó un vaso y lo levantó—. Por los viejos tiempos.—Fradvok soltó una carcajada y brindó con él.
—No tienes que tenerme lástima —dijo antes de llevarse el vaso a la boca.
—No la tengo.
—Ya —se burló él.
—Ya —repitió Ayrton, y no lo miró porque sabía que Fradvok haría aún más evidente la mentira.
El sol no va a seguir brillando por allá, mientras mucho más acá, da la sensación de una oscuridad tan infinita como tu cuerpo al empezar el mío y así, por siempre, parece comernos los ojos, corazón y piernas hasta desangrarnos en negro y vivir en nada, con este dolor repugnante y nuestras caras a milímetros de tocarse pero no, no es eso, es mucho más, infinitamente más doloroso que tu cara diciendo, no, no diciendo adiós sino no sé, algo que no entiendo porque la oscuridad se hace muy eterna y tú tan lejana de mí, sobre todo de mí y de mi sol que brilla, el muy estúpido, que brilla solamente cuando tú no estás y me destroza en una oscuridad enorme porque brilla y me desangro en pedazos de nada, justo a centímetros y ahora metros de tocar tus labios y algo, algo más…
Gritó en el sueño y probablemente de verdad. Pero ella había aprendido a hacerlo en silencio, sin molestar a nadie, con un grito ahogado por el silencio enfermizo. Por lo mismo, no se preocupó porque alguien se despertara cuando vio que eran las tres de la mañana, según su reloj de mesa.
Se levantó de la cama, pero las piernas le comenzaron a temblar tanto que fue imposible mantenerse en pie. Cayó nuevamente sobre el mullido colchón. Tal vez había sido un movimiento apresurado, pensó ella al instante, un poco aturdida porque su cerebro aún parecía no despertar del todo y la habitación no dejaba de dar vueltas.
Respiró para intentar calmarse. De pronto, era demasiado consciente del descontrolado latido de su corazón. Apoyó suavemente su mano sobre el pecho, creyendo que así podría hacer que todo volviera a la normalidad dentro de ella. Pero había algo más, pichándole los nervios, haciendo que su corazón quisiera escapar, atravesando su pecho para quedar ensartado en su mano vendada.
—Bóg —sollozó sin saber por qué. De nuevo sentía que le faltaba aire y el corazón martillaba violentamente, como si quisiera avisarle que ya bastaba de juegos, que ahora sí iba a ser el final—. No, no… —susurró con la voz entre cortada, apretando más su mano contra el pecho.
—¿Necesitas algo?
Kagome sólo soltó un grito ahogado. Miró con los ojos desorbitados a InuYasha, quien estaba de pie, a unos pasos de ella.
Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y no podía controlarlas.
—No —respondió en un susurro. Su cuerpo temblaba y no le importó desviar la mirada hacia cualquier parte, donde no estuviera él.
—Estás llorando —dijo él con tono desapasionado.
Y como no era una pregunta, Kagome no se molestó en responderla.
—¿Quieres que te traiga agua? —ofreció él, después de suspirar cuando se dio cuenta de que ella no estaba dispuesta a hablar.
—No.
—¿Comida? Amalia me dijo que sólo pudiste comer un poco.
—No —volvió a decir ella, mirando fijamente su regazo.
Él maldijo por lo bajo.
—¿Necesitas algo al menos? —preguntó él, con un sarcasmo irritante.
—Sí —respondió casi de inmediato. Sin embargo, no continuó.
Él entornó los ojos y bufó, con su ya reconocida cuota de sarcasmo:
—¿Qué se le ofrece entonces, su alteza?
Ella lo miró al instante, con sus ojos más grises que nunca, ahogados en lágrimas. Su rostro pareció contraerse de dolor, como si esa fuera una pregunta a la que no podía encontrarle respuesta, y eso parecía devastarla.
Kagome negó con la cabeza, sin perder esa extraña mueca de espanto en su rostro.
—No lo sé —susurró. Y fue más consciente aún de las lágrimas que no podía detener—. De verdad, de verdad no lo sé —sollozó esta vez y enterró su rostro entre sus manos, sin importarle que la presión sobre éstas le sacara nuevas lágrimas.
—Mierda —escuchó que decía él.
Avanzó rápidamente hacia ella y con torpeza llevó su mano sobre la coronilla azabache de la joven en un inesperado intento por consolarla. No obstante, apenas la hubo tocado, ella se alejó de él, mirándolo con horror, como si su toque le hiciera daño; o más bien, parecía como si…
—Muérete —balbuceó ella, con sus ojos muy abiertos. Pareció que después de haber soltado las palabras ya no pudo controlarlas, igual que las absurdas lágrimas—: ¡Deseo que te mueras! —gritó, fuera de sí—. Deseo que sufras tanto hasta que quieras morir y desaparecer por siempre, ¡por siempre! —Le lanzó una almohada que él esquivó sin esfuerzo—. ¡Púdrete, púdrete, púdrete! —gimió entre sollozos, hundiendo su cara sobre el colchón. EL dolor y la desesperación le hicieron retorcerse de un lado a otro. Gritando, gimiendo, como si fuera un animal herido.
InuYasha empuñó sus manos hasta que los nudillos se volvieron blancos. Pensó que de verdad iba a golpearla cuando el llanto repentinamente cesó.
Sin mucho tacto, la giró sobre su espalda y se dio cuenta de que estaba durmiendo otra vez. Tocó su frente y comprobó que ardía en fiebre.
Suspiró y masajeó sus sienes. Esto realmente le estaba pasando la cuenta. Tenía que estudiar para dar el último examen antes de las vacaciones de invierno y no lo había estado haciendo con demasiado éxito. Para rematar, ahora tenía que cuidar a esa, esa…
—Mierda —masculló, y se dispuso a arropar a la joven.
La observó detenidamente. Su expresión no podría haberse catalogado de alguien que estuviera disfrutando de un descanso. De hecho, parecía como si el hecho de descansar le resultara imposible, pensó distraídamente, arreglando un mechón sobre su frente que había salido del lugar cuando la volteó.
—Bueno —le murmuró de repente, sorprendido al sentir un extraño dolor en el pecho—. Tal vez el deseo es mutuo.
Y no supo por qué, pero a las tres y tantas de la mañana, InuYasha McAllister en vez de ponerse a estudiar o a dormir, comenzó a secarle las lágrimas a una niña de cabello negro y la carita más triste que jamás había visto.
Notas de la autora:
Bah, y me pasé de un día. Es el colmo. Lo que pasa es que mi reloj mental todavía está por allá por mayo. Es estresante pensar que me quedan 3 semanas de clases y tres exámentes y más de 10 controles, una disertación y tres pruebas grandes. ¿Con qué vida, si me explican, puedo estudiar para todo eso y bien? Damn.
En fin, dejando mi lloriqueo aparte, quería agradecerles nuevamente a AllySan y Kagome Yumika. En verdad aprecio un montón o mejor dicho, me quedo corta de letras y sus respectivas combinaciones (y eso que hay muchas xD) para agradecerles el ánimo y el apoyo de siempre porque, como me gusta decirlo, es demasiado estimulante. Gracias, en serio.
Por otro lado, creo que desde este capítulo y en el que sigue, expondré la mayoria de las cartas o las más importantes, por ahora. Tengo una idea bastante definida del próximo capítulo (en realidad el subsiguiente) y no te adelanto nada concreto Ally, porque me gusta sacar cartas de la nada =)!
Pretendo actualizar antes (mucho antes, quizás) del 20 del siguiente mes =)!
Lo último. Una fe de errata: revisando las fechas me he dado cuenta de que tenía en los primeros capítulos el año 1943. De hecho, ése era el año que había previsto para la historia, pero cuando lo comencé a editar, decidí cambiarlo a 1944, así calzarían algunas fechas (como la batalla de Aquisgrán, en Octubre de 1944; donde en estos momentos tengo tirado a un Sesshômaru) y ciertos hechos que solamente a mí me convienen para hacer algo un poco más verosímil la historia que ya verán más adelante =). De todas formas, ya cambié las fechas.
Eso por lo pronto.
Saluts!
