Capítulo VI
Changing
Es que de alguna u otra forma
Vamos a seguir estando. Siempre.
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Después, cuando pase todo esto, podríamos encontrarnos, otra vez, en un lugar que no sea éste y ni tú ni yo seamos quienes somos. Podría ser sobre algún puente colgante, donde repentinamente nos reconozcamos (porque sería otro tiempo, diferentes yo); donde nuestros cuerpos instintivamente se agarren entre ellos para aferrarse a algo que en este momento es tan imposible como nombrarte a gritos y tomarte de la mano para no soltarla nunca. Nunca más.
Ōsaka, Japón
—Si pudiera detener el tiempo, sería únicamente para mantener este momento —susurró ella contra su pecho desnudo, salpicado levemente de vello castaño. Jugó distraídamente con ellos.
—Yo no —dijo él. Acarició lentamente el brazo de la mujer que en esos momentos le rodeaba la cintura—. De todos los momentos, éste, definitivamente no sería el que yo aferraría.
Ella no respondió y él sabía por qué. Se quedaron juntos, así, ahí, intentando fingir que afuera no había hombres armados, sino simples transeúntes de verdad, que iban de allí para allá, que…
La imaginación fallaba miserablemente en ese punto.
—Siempre me pregunté cómo terminaría esto —dijo él tras un largo suspiro.
—Hablas como si nos conociéramos desde siempre, como si siempre hubiera habido guerra. ―Él la observó con un brillo de diversión dentro de sus ojos rasgados. Pero en vez de hacer algún comentario, sólo se limitó a besarla.
Fue un beso corto, apremiado con los fantasmas del tiempo y guerra rodeándolos a cada instante.
¿Es que nunca se van a ir? Se preguntó ella, no sin un poco de desesperación.
Ella memorizó sus ojos, su boca y sabor. Él simplemente la observó vestirse con sigilo, viendo cómo su espalda era bañada por la luz de una luna escurridiza por esos días, desapareciendo lentamente bajo la ropa de una civil cualquiera. Sonrió. Ella podía ser cualquier cosa menos una civil común y corriente.
—Debo irme. —La mujer había volteado hacia él y ahora amarraba en una coleta su largo pelo castaño.
—Lo sé. —Él sonrió y se levantó cansinamente del futón, dándole la espalda mientras comenzaba a ponerse los pantalones.
Apenas había subido el cierre cuando la sintió apoyarse contra él.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? —susurró ella, contra su espalda. Su voz tenía un sonido extraño al ser amortiguada contra la piel.
—Sango… —comenzó a decir él, pero ella se apretó más fuerte contra él, interrumpiéndolo.
—Lo sabes, ¿verdad? —insistió Sango, hundiendo su rostro contra la espalda que tantas veces había aferrado.
—Claro, tontita. —Se giró para enfrentarla.
—Lo siento tanto, tanto —sollozó ella, mirándolo con los ojos anegados en lágrimas.
Él le acarició la mejilla con suavidad y sonrió.
—Sango…
La frase queda a medio camino y él piensa, a pesar de todo, que ella es la mujer más hermosa del mundo con su carita distorsionada por el dolor, salpicada de sangre, de su propia sangre que en ese mismo instante sale a chorros porque ese cuchillo y su corazón apretado, incapaz de latir.
Cae. Comienza a caer sobre el futón desarmado y siente cómo todo se le está yendo de las manos, como si fuera agua y ella, la mujer más hermosa del mundo, se está cayendo pero en otro abismo, en otro mundo. Lo siento, lo siento. No importa. Fue por mi hermano, me prometieron que lo soltarían si. Está bien, ya nada importa; ya está.
Pero él no lo siente así, no realmente. Tose de manera incontrolable, sintiendo que el sabor de su propia sangre es asfixiante y que de hecho, que luego, el oxígeno que ya no, ya no más.
Perdón, pero es que te quiero tanto, y lo siento, te amo, te amo.
Él piensa, y de verdad, que ella no miente pero no puede decírselo, apenas sí puede levantar la mano que ya no parece ser suya hasta su rostro angelical completamente desarmado y acariciarlo con dificultad por medio segundo antes de que ya, realmente, ya no más, y sus ojos se fijen más allá del techo, de ese pequeño hotel, de esa luna escurridiza y de ese rostro que ni después de mil vidas podría olvidar.
Una mano que sí pudo moverse sin esfuerzo fue la de InuYasha.
—¿Qué haces? —gruñó, luchando por despertarse completamente.
Tenía agarrada la muñeca de Kagome y a la misma cara de la joven demasiado cerca de la suya. Un leve sonrojo tiñó las mejillas de ella cuando intentó articular una respuesta y no pudo.
—No vuelvas a tocarme —masculló él y se incorporó sobre el diván.
—Lo siento —susurró ella poniéndose en pie—. Sólo… intentaba despertarte. Ya es un, eh, poco tarde.
Pero el reloj sobre su mesita de noche marcaban las siete de la mañana.
—No lo es —dijo él, arqueando una ceja mientras volvía a mirarla.
—Es que pensé…
—Sería un gran favor que no pensaras. —Se puso en pie y la observó detenidamente—. ¿Te duele mucho? —preguntó entonces, y apretó los labios inmediatamente después de que las palabras salieron de su boca, como si hubiera sido un desliz por su parte.
Ella miró sus manos, movió con cuidado los dedos que estaban fuera del vendaje y se dio cuenta de que el dolor parecía haber atenuado. Sonrió mentalmente, esas cosas que le había dado Miroku definitivamente funcionaban.
—No, casi nada —murmuró, aún sorprendida de no sentir el molesto dolor. No se atrevía a mirarlo porque podía sentir algo penetrante en sus ojos que inevitablemente la doblegaban.
Pero de pronto decidió que ya era suficiente, basta y por favor. Volvió a la cama. Quizás ahora sí podría…
—¿Y la fiebre? —preguntó bruscamente él. Kagome se estremeció por la intensidad de sus palabras.
Tocándose con cuidado la frente, negó con la cabeza, aún sin mirarlo.
—No —respondió.
—De acuerdo.
¿Y ya estaba? Él seguía de pie, en el mismo lugar mirándola con esa mirada que le ponía los nervios de punta. Ella fingió que intentaba dormir.
—Kagome —dijo él, con voz baja.
—¿Qué? —preguntó, aún con los ojos cerrados.
—¿Me odias?
La pregunta fue hecha con el más completo hermetismo. Si había dolor o alegría en ella, Kagome no supo distinguirlo.
Esta vez abrió los ojos, sin evitar que se transluciera su sorpresa.
—¿Por qué debería? —preguntó, desconcertada. Él pareció medir su pregunta antes de apretar los labios de esa manera que sólo él sabía, y luego abrirlos, para modular palabras que, a juicio de ella, nunca deberían haber existido.
—Porque yo lo hago —dijo con brusquedad.
Se miraron de hito en hito. El rostro de Kagome seguía marcado por la sorpresa, a diferencia del de InuYasha, que no demostraba nada, y eso la puso inesperadamente cerca de un ataque de nervios. La razón era absurda.
—Y no sabes cuántas veces se me ha pasado por la cabeza el accidente; cuántas veces en estas horas he deseado que te hubieras quemado por completo para no estar así, viéndote mientras duermes, mientras… —se detuvo, mirando hacia otra parte al tiempo que un nuevo ceñimiento se ganaba entre sus cejas.
—No, no —balbuceó ella—. No tiene sentido —dijo al fin, bajando la vista hacia sus manos, pero casi al instante la levantó hacia InuYasha, que nuevamente la observaba.
Entonces él sonrió de manera tal que Kagome sintió que si daba un solo paso hacia ella, la habitación entera explotaría en mil o más pedazos.
—Nunca dije que lo tuviera —dijo él, con tono calmo. No dejó reflejar nada más que una escueta apatía.
Y Kagome entendió la razón absurda que la tiraba directamente a ese precipicio de confusión: ella quería saber qué sentía él. A pesar de todo; a pesar de él y ella. Y ese pensamiento la aterró aún más.
Ni siquiera notó cuando InuYasha se retiró de la habitación.
—Voy a llegar tarde —masculló él, mientras entraba a su propio cuarto.
Se cambió rápidamente de ropa y cuando ya había salido de la casa, recordó que no había estudiado para el pequeño control de ese día. Ni siquiera para la nota mínima.
Dejar, dejar ir eso que quisimos tanto una vez, jugando a que el olvido es amigable y que, después de todo, de todo esto, va a volver eso que… aunque no sea cierto; aunque este olvido no sea más que una careta sobre lo inolvidable que fue todo y que ahora, que duele, que destroza y que casi no me deja respirar en paz. En esa maldita paz.
Al parecer, Spaguettis a la Roquefort era un plato tan común en esa casa como lo era la ausencia de sus dueños en ella.
—¿Más? —Ofreció Amalia.
—No, gracias.
—¿Segura?
Kagome sonrió de forma automática.
—Por supuesto.
Así que la monotonía en la casona se había hecho un lento pero inexorable camino al cabo de unos pocos días, que parecían hacerse cada vez más largos o inevitablemente cortos.
Miroku llegaba todos los días a las diez en punto para tratar sus manos y "tomar cualquier medida pertinente", como lo llamaba él con una sonrisa entre dientes. Llegaba con su careta amigable y conversaciones superfluas.
—¿Te ha dolido? —Señalaba su mano izquierda.
—No.
—¿Y has tenido fiebre?
—Tampoco.
—Entonces estamos bien, bonita. —Le dio una palmadita en la rodilla.
—Supongo.
Monotonía que no dejaba de estar en cualquier llamada telefónica.
—¿Kagome?
—Señor Ayrton.
—¿Cómo has estado?
—Bien, gracias.
—Me alegra saberlo. ¿Algún… inconveniente?
Y ya había aprendido que el inconveniente tenía nombre de InuYasha.
—Ninguno —respondía ella.
—Excelente. Espero volver dentro de unos días. Mis asuntos aquí se han aplazado de manera inexplicable.
—Comprendo.
—Bien, entonces cuídate.
—Lo haré.
Todo se tornaba, paulatinamente, en una rutina. No era desagradable; de hecho, era infinitamente mejor que cualquiera que hubiera vivido en los últimos tres años.
Sin embargo, Kagome no evitaba preguntarse por qué en ese momento comenzaba a sentirse tan hueca, tan vacía, si todo parecía estar bien: sus heridas mejoraban poco a poco, InuYasha no había hecho nada reprochable (porque no lo había visto desde aquella mañana), la comida era excelente, y el dolor tan acostumbrado, ése que mellaba por dentro, parecía estar dormido.
No, quizás sabía la razón, pero estaba decidida a cerrar esa puerta y a ponerse otra careta, la misma que usaba el mundo entero en ese momento. Así no había heridas expuestas, ni marcas; ni sangre de matka, ni besos de Waleri o la cara cada vez más borrosa de ojviec. Ahora sólo había futuro, sí, pero entonces comprendió el precio y lo difícil que resultaba.
Eres muy ingenua o muy estúpida.
Por supuesto, eso también.
Y justamente en ese ahora, de esa noche, tocaron inesperadamente el timbre de la puerta.
—Olvidé llevar las llaves —murmuró escuetamente InuYasha apenas Kagome hubo abierto.
Entró rápidamente y cerró dando un portazo. Se sacó el gorro y el abrigo cubiertos de nieve, al tiempo que se giraba hacia Kagome, quien todavía estaba en el mismo lugar, mirándolo de una manera extrañamente familiar.
Él pareció formularle una pregunta con sus ojos cobrizos. Pregunta que no pronunció en voz alta, por supuesto; en vez de eso, la llevó a perderse dentro de su mirada. Parecía que ése era un proceso natural entre ellos dos, pensó Kagome, incapaz de cortar el hilo invisible que tiraba de sus ojos hacia los de él.
—Llegaste a casa —susurró, y ni siquiera se dio cuenta de que no había planeado decir nada de aquello.
Él arqueó una ceja.
—Eso parece.
—Hacía tiempo que no te veía.
—Casi una semana, no parece una eternidad —dijo él con su acostumbrado sarcasmo.
Pero para mí lo fue. Y Kagome nuevamente se asustó acerca del rumbo que tomaban sus pensamientos. Por la misma razón no dijo nada, quedaba fuera de lugar. Eso o simplemente porque ahora le temblaban las rodillas y sentía un molesto escozor en los ojos.
Él arqueó nuevamente una ceja.
—¿Tienes algo importante que decirme? —preguntó, al parecer con un atisbo de molestia. Ella negó con la cabeza.
InuYasha entornó los ojos y giró para dirigirse a su cuarto.
¿La cortés indiferencia como parte de la rutina? Se preguntó ella un tanto desesperada al ver su espalda. No, no quería eso de él y seguía sin explicarse por qué, pero cualquier cosa menos eso, aunque él la odiara y prefiriera ignorarla por siempre.
Es que había cosas horribles que podía soportar, pero eso no; no quería perder los gestos de afecto, de genuino afecto. No quería ni quería perderlos, se sentiría más vacía aún, ¿verdad?
—InuYasha —soltó su nombre con una voz levemente quebrada.
Porque ella no lo odiaba.
Porque ella lo había extrañado.
Porque él había estado con ella a pesar de no quererla ni un poco.
—Y ahora qué… —comenzó a decir.
Porque él también estaba herido.
—Bienvenido a casa —le interrumpió ella, sonriéndole con sinceridad. Y lo dijo porque lo sentía, porque así se hacía más fácil vivir y porque, aunque le pareciera imposible, comenzaba a gustarle ese brillo de una emoción indescriptible en su mirada ambarina.
Porque ella quería sanar esas heridas con él.
InuYasha pestañeó repetidamente y apretó los labios formando casi una sonrisa. Casi.
—Parece que… —titubeó él, negando con la cabeza como si tuviera un enorme debate interno. Finalmente ladeó un poco su cabeza, como si se rindiera ante él mismo, para esta vez sonreírle como nunca lo había hecho—. Parece que es bueno estar en casa.
Bienvenido. Por fin.
Kagome le devolvió una sonrisa resplandeciente. Esa noche cenaron en el más cómplice y agradable silencio. Por cierto, el plato de esa noche fue absolutamente novedoso.
Para los dos.
Notas de la autora:
Waaa (x9)!!. Hola :D! Bien, por fin estoy de vagaciones (bueno, hace exactamente 1 día xD) :suspiralargamente: Aunque me temo que se me harán cortísimas, pero al menos avancé parte del siguiente capítulo ya :rezar:
Gracias varias AllySan por el mensaje xD. Fue de lo más encantador mientras abría mi mail en un pequeño break que me tomaba mientras estudiaba para un examen de bioquímica. Me puse a reír de pura felicidad al tiempo que pensaba: maldita sea, después de este puto examen voy a actualizar y no a estudiar :felicidadmodeon: Gracias por el apoyo, como siempre, y siéntete libre para presionarme cuando estimes conveniente. Suele ser efectivo :D!
Y bueno, el capítulo de hoy no ha sido de lo mejor, pero al menos ya se han presentado la mayoría de los personajes :D. Espero (de verdad que sí .!) avanzar capítulos por estos días entre que duermo mucho y escribo.
Muchos Besillos.
Saluts!
