DE VUELTA AL INSTITUTO

El primer día de septiembre llegó sin que apenas fuera consciente de ello.

Aquél había sido el mejor verano de mi vida... o mejor dicho, de mi existencia, pues desde hacía unos meses no se podía decir que estuviera precisamente viva.

Lo había pasado prácticamente en su totalidad, en casa de Edward, junto a él y su familia ya que mi nueva condición no me permitía estar mucho tiempo sin vigilancia, a pesar de que me estaba resultando bastante más sencillo de lo que cabía esperar, y además tenía muchas cosas que aprender. Y eso sin contar con lo amiga que me había echo de todos ellos, en especial de Alice.

Por eso cuando llegó el día de volver al instituto, me pareció que me habían bajado a la tierra de golpe y pensé en cómo dejaba de darme cuenta de lo que ocurría en el mundo cuando estaba con ellos, y muy especialmente cuando estaba con Edward.

Cuando bajé de mi cuarto el primer día de mi último año en el instituto, Edward me estaba esperando recostado en el marco de la puerta de la calle.

Estaba imponente, con aquellos vaqueros y aquella camisa negra que realzaba su belleza hasta límites jamás imaginados por alguien que no supiera lo que realmente era, abierta por tres botones y la chaqueta de cuero, que le había comprado recientemente Alice para el nuevo curso. Me quedé parada en el último escalón, mirándolo boquiabierta y sin respirar. No podía evitarlo, nunca he podido superar mi fascinación por Edward.

-¿Qué, nos vamos ya o piensas quedarte ahí parada todo el día como si fueras una estatua? -la voz burlona de Edward me devolvió a la realidad.

-Mm. Sí, si vamos -dije después de carraspear un poco para aclarar mi voz.

Sacudí sutilmente la cabeza para despejarme un poco y me acerqué a él.

-En realidad... -dijo torciendo un poco los labios y frunciendo el entrecejo, mientras me detenía sujetándome por la cintura para que no saliese de la casa- No sé si será una buena idea que te deje ir al instituto.

-¡Vamos, Edward! -protesté algo confusa por aquellas palabras-. Sabes de sobra que puedo contenerme. No voy a morder a nadie. Además, nos hemos pasado el fin de semana cazando... estoy un poco harta, la verdad.

-Mm. No me refería, precisamente a eso -me dijo con un tono extraño en la voz, casi un ronroneo, mientras me miraba de arriba abajo-. Es que no quiero tener que comerme a ningún humano, hoy.

-¿Pero que estás... diciendo? -cada vez estaba más confundida, y además me estaba empezando a poner nerviosa la forma en que Edward me miraba- ¿Porqué tendrías que comerte a nadie? -añadí casi sin voz.

-Hum. ¿Te has mirado al espejo? -me dijo alzando las cejas, esbozando la sonrisa más seductora que jamás le había visto y volviendo a ronronear-. Estás más que encantadora. Todos esos pequeños humanos se te van a comer con los ojos y no me quiero ni imaginar lo que van a pensar sus insignificantes y calenturientas mentes. Y, como comprenderás, no puedo permitir eso... eres solo mía, ¿lo sabes, no? Así que yo soy el único que tiene derecho a pensar en ti de esa forma.

Me quedé petrificada en el sitio, mirándole a los ojos sin poder apartar la mirada y con la boca ligeramente abierta. Él sonrió satisfecho con mi reacción y yo, torpemente, cerré la boca, tragué saliva, parpadeé un par de veces para recobrar el control sobre mí misma y, con mucho esfuerzo, bajé la mirada hacia mi atuendo.

Gracias a mi reciente aumento de mi capacidad mental, fui consciente de que aquella mirada y aquél ronroneo de Edward, eran de deseo. Me estremecí ante aquello, más nerviosa que asustada, pues aunque nuestra relación había avanzado bastante, no habíamos llegado más lejos que besos y caricias un poco más apasionadas cada vez. Sin embargo, ahora podía sentir que aquella situación no duraría demasiado, y me puse nerviosa solo de pensar en ello, no sabía si estaba realmente preparada para ese paso o no lo estaba, por mucho que lo deseara.

Al mismo tiempo, revisé la ropa que me había puesto aquél día; unos vaqueros, una camiseta azul que se me ajustaba demasiado al cuerpo para mi gusto y, una chaqueta caqui que me llegaba por las rodillas. Esto último, siguiendo las instrucciones que los Cullen me habían dado para parecer "normal". Era cierto que estaba más arreglada de lo que yo acostumbraba, ya que me había resultado inútil intentar convencer a Alice de que no me comprara el camión de ropa y zapatos que me había comprado alegando lo siguiente: "Bella, es necesario. Tu ropa tiene que estar acorde con tu nuevo aspecto. Es un crimen que tu ropa desmerezca tu belleza". A mediados de agosto, más o menos, desistí de intentar persuadirla; era inútil. Además, me habían cortado un poco el pelo, con un "corte acorde a mi rostro" según palabras de Rosalie y me habían enseñado a maquillarme diariamente, para realzar mi belleza -según Esme-, y para disimular un poco mi nueva condición y no levantar sospechas en todo lo posible sobre nosotros -según Alice-. Pero tampoco me pareció que fuera tan espectacular como para que los chicos pensaran "cosas" sobre mi. Me pareció exagerado por su parte, reaccionar así, y menos si contábamos con que él no era parcial al respecto; por alguna extraña razón, que aún hoy sigo sin entender, él siempre me había visto guapa.

-Mm. Esto... creo que será mejor que nos vayamos... yendo ya -tartamudeé algo nerviosa intentando no mirarle directamente a los ojos-. Llegaremos tarde -musité cogiendo el pomo de la puerta para salir.

No pude hacerlo. Edward me giró hacia él, me pegó contra la puerta y, abrazándome por la cintura con una mano y acariciando mi cuello con la otra, me besó con una pasión que no le había conocido hasta el momento. Di gracias por no necesitar respirar, porque en tal caso ya me habría axfisiado.

-Ya nos las veremos tú y yo, más tarde -me ronroneó cuando se separó de mi.

Solo asentí, no podía hablar, estaba aturdida y algo acalorada. Pensé que sería mucho mejor dejar las cosas como estaban, no quería ni llegar tarde al instituto el primer día y ni mucho menos hacerlo más acalorada todavía.

Pensé que quizá el aire fresco de la mañana me sentaría bien, pero cuando salí me llevé una pequeña decepción. Había olvidado que, hiciera la temperatura que hiciese, yo siempre notaba el aire tibio en mi piel. Así que opté por cerrar los ojos y coger un poco de aire para tranquilizarme.

-Tranquila, Bella. Ya no eres la nueva del instituto -me dijo Edward riendo bajito y con un tono que reconocí como burlón.

-Eso, encima búrlate. Eres tú el que ha provocado esto, ¿recuerdas? -me quejé mientras entraba en el volvo de Edward.

-Ya. Seguro que la ha costado mucho acalorarse -murmuró Edward bajito para sí mismo, mientras entraba en el coche, y riendo divertido.

-Puedo oírte, Edward, no lo olvides -volví a quejarme haciendo un puchero y cruzándome de brazos.

No dijo nada, solo volvió a reírse.

-Si tenías problemas para arreglarte, podías haberme llamado, Bella -se mofó divertida Alice cuando nos reunimos con ella en el aparcamiento del instituto.

-A mí no me regañes -me defendí levantando las manos-. Ha sido culpa de tu hermano. Le ha entrado un ataque de celos... a parte de otras cosas.

Alice rió intentando controlar el volumen de su risa cantarina y después se cogió de mi brazo mientras que Edward me llevaba de la mano, y nos dirigimos a las clases.

Mientras avanzábamos, pude sentir cómo todos los alumnos varones me miraban con ojos escrutadores y de una forma en la que solo les había visto mirar a Rosalie. Me puse nerviosa e intenté ocultarme entre el brazo de Edward que sonrió moviendo la cabeza, probablemente sabiendo a qué venia mi actitud.

-Ya te dije que pasaría -murmuró Edward riendo entre dientes y con una velocidad y un tono que los humanos no fueron capaces de percibir. Tan solo, Alice y yo.

-¡Calláte! -le espeté apretando su cintura para dejar clara mi molestia con el echo de que siempre tuviera razón en todo.

Por suerte, y gracias al don de gentes de Edward, aquél año compartíamos casi todas las clases, incluso había algunas que compartíamos con Alice, así que aquél primer día de regreso al instituto rodeada de deliciosos humanos, pasó más fácilmente para mi, ya que ambos me mantenían distraída, y apenas le presté atención al olor. Tengo que admitir, que aquél primer día no habría resultado tan tranquilo para mi, si no hubiera sido por Edward y Alice. Había pasado demasiado tiempo sin estar entre tanta cantidad de humanos y supe de inmediato que me costaría unas semanas controlarme del todo, de nuevo.

Por eso, no me molestó demasiado que aquél primer día ninguno de mis amigos se sentara con nosotros a la hora del almuerzo. Estaba un poco nerviosa, así que agradecí estar sola con Edward y Alice. Podríamos hablar a nuestro ritmo sobre el tema del control de la sed, sin que nadie se enterase.

-Nos vemos en tu casa -se despidió Alice dándome un beso, cuando las clases terminaron y volvíamos a casa.

-Claro -concedí encantada.

Aquella tarde teníamos planeado ir a Port Angeles a ver una película que Rosalie y Alice se morían por ver, después de terminar los deberes. Así que estaba muy animada.

Sin embargo, toda aquella excitación se esfumó cuando llegamos a mi casa y Edward y yo salimos del coche.

Tres chicos muy altos, con unos músculos que habrían echo que muchos atletas del más alto nivel sintieran envidia, y con el pelo bastante corto, se encontraban sentados en las escaleras del porche de mi casa.

Edward se tensó nada más verlos y un gruñido salió de lo más profundo de su pecho, aunque no hubiera sido perceptible para mi si no fuera por que ahora era como él.

-No te separes de mi -me susurró Edward, dándome la mano cuando nos juntamos delante del volvo plateado de Edward-. Esto no me gusta nada.

Le comprendía. A mí tampoco me gustaba nada todo aquello. Así que preferí hacer caso a Edward y no separarme de él. Además, desde mi conversión, me costaba bastante controlar mi carácter. Sabía a la perfección que Edward era el más capacitado para llevar aquella situación.

Los tres chicos se pusieron en pie de inmediato al ver que nos acercábamos, y para nuestra sorpresa, se situaron en fila bloqueando el acceso de mi casa.

Eso fue suficiente para hacerme enfadar lo suficiente como para que la ponzoña llegase a mi boca en un instante, y pude sentir como Edward sentía algo parecido, pues volvió a gruñir, esta vez algo más fuerte, y me apretó la mano evitando que me lanzase contra aquellos idiotas. ¿Cómo se atrevían a impedirme entrar en mi propia casa? ¿Quiénes eran ellos para ir allí y mirarnos como si fuéramos la peor escoria del mundo?

-¿Qué queréis? -preguntó Edward de forma cortante, seca y autoritaria, cuando nos pusimos a su altura.

Ninguno contestó de inmediato. Solo nos miraron ceñudos, con un profundo desprecio reflejado en los ojos, e incluso una sonrisa de superioridad en el rostro de uno de ellos, que me hizo gruñir a mí también.

Solo quería matarlos a todos allí mismo, no tengo otra forma de explicar cómo me sentía en aquél momento. Y lo pero de todo era que, a dos de ellos los conocía. Bastante bien, a uno de ellos, lo que aumentó mi furia, pues se mezcló con pena.

De cualquier modo, como pude, me concentré en refrenar mi temperamento, acercarme un poco más a Edward, que aún sujetándome la mano, estaba un poco más adelantado que yo, y esperé a que alguno de ellos respondiera a la pregunta de Edward.