PROVOCACIONES Y AMENAZAS
Ninguno de ellos decía nada, solo nos miraban fijamente, con desprecio y con unas sonrisas tan maliciosas que hasta daban miedo.
-Si no tenéis nada que decir -dijo al fin Edward con esa forma pausada y tranquila que tenía de hablar, cuando realmente quería parecer todo lo peligroso que era-, apartaos de la puerta y largaos de aquí.
Ninguno se movió, pero uno de ellos habló, y no dirigiéndose precisamente, a Edward.
-¿Sabes, Bella? Me has decepcionado mucho, ¿creí que eras mi amiga? -dijo de forma socarrona e irritante uno de ellos, el que yo mejor conocía... o creía conocer.
-No te dirijas a ella de esa forma, Jacob -le advirtió de forma suave y a la vez peligrosa, Edward a Jacob-. No te consiento que hables a Bella de esa manera.
-¿Así que además de convencerte para convertirte en una chupa sangre, también habla por ti? -volvió a preguntar Jacob, dirigiéndose a mí de aquella forma que me hacía querer matarlo allí mismo.
-Él no me ha convencido para nada, Jake -le espeté entre dientes mientras me aferraba al brazo de Edward para no lanzarme a él y cometer una locura-. Tú no sabes nada.
-¿Qué no sé? -preguntó con una mirada oscura que no era propia de él-. ¿Qué eres una chupa sangre, y que él te convirtió? Sí lo sé, Bella. Ahora sí, puedo oler como apestas a vampiro.
Aquellas palabras hicieron que la ponzoña inundara mi boca de forma más fuerte y que soltara un profundo gruñido de lo más hondo de mi ser, al mismo tiempo que Edward hacía lo propio.
-Bueno, se acabó -dijo de forma firme y autoritaria Edward, con su tono de voz más suave y peligroso-. Creo que aquí hay un mal entendido y estaría encantado de aclararlo ahora mismo, si no fuera porque sé que no habéis venido con intenciones de hablar. Así que será mejor que os vayáis.
-Ya, bueno. Pero es que no va a poder ser -lo desafío de forma sarcástica el más mayor de los tres, Sam Uley-. Hemos venido a ver el partido con Charlie. Pronto vendrá Billy y algunos más. Y no, no tenemos intención de escuchar las absurdas excusas de un chupa sangre traidor.
-¡No es ningún traidor! Y para vuestra información él no fue quien me transformó -rugí totalmente fuera de mí.
No podía creer que aquellos lobos entrometidos estuvieran acusando a Edward de algo sobre lo que no sabían nada.
-No lo defiendas, Bells -dijo Jacob otra vez con socarronería y haciendo que casi me lanzase contra él, de no ser por el tirón que Edward le dio a mi brazo-. Pero no te preocupes, no le diremos nada a Charlie, solo nos encargaremos de protegerlo.
-¿Crees que Charlie no sabe lo que soy ahora? -le pregunté riéndome a carcajadas-. ¿O lo que sois los quileutes?
La cara de consternación que se les puso no tuvo precio. Y Edward y yo no pudimos evitar sonreír triunfantes.
-¿Desde cuando lo sabe? -preguntó de forma violenta Sam-. No debería saberlo.
-Bueno, pues lo sabe -dije triunfante, adelantándome a Edward-. Y lo sabe desde el principio.
-No hemos roto el tratado, perro -gruñó Edward, mirando a Sam y hablando entre dientes, por lo que pude adivinar que le estaba leyendo la mente-. Ninguno de nosotros la convirtió.
-Eso dices tú -le espetó bravucón Sam-. Pero no tienes pruebas que lo demuestren.
-Ni se te ocurra intentar nada contra nosotros, perro, te lo advierto -le avisó Edward tremendamente enfadado y con una voz tan peligrosa que era apenas un susurro.
-Haberlo pensado antes, vampiro -le dijo con asco y sarcasmo Sam-. Quizá no la hayáis convertido vosotros, pero estoy más que convencido de que algo habéis tenido que ver.
-¡Tú no sabes nada, pulgoso! -chillé fuera de mi y luchando por no lanzarme a sus cuellos-. ¡Fuera de mi casa! ¡No quiero veros más por aquí! ¡Y, apartaos de mi padre si no queréis que sea yo quien rompa el estúpido tratado!
Las risas de aquellos tres muchachos estuvo a punto de hacerme perder la cabeza, y no mejoró nada lo que Jacob dijo:
-Bella, Bella. Sabes que eso no va a pasar. No nos vamos a ninguna parte. No podemos dejar desprotegido a Charlie, aunque sepa en la clase de escoria que te has convertido.
-¡Bella, no! -gritó Edward, sujetándome con fuerza por la cintura y haciendo que me diera cuenta de que había saltado a por él, sin siquiera ser consciente de ello.
-¡Esto no se queda aquí, chuchos! -gruñí entre dientes con el sabor de la ponzoña en mi boca y la garganta quemándome de sed.
Cuando Edward me dejó en el suelo, me compuse la chaqueta y me dí media vuelta hacia el volvo de Edward. Quería salir de allí antes de que volvieran a decir algo más y no pudiera controlarme ni siquiera Edward.
-Arranca de una vez o no sé si podré controlarme más -le pedí a Edward, en cuanto subimos a su coche.
-Tranquila, Bella. Ya te dijimos como se las gastan los lobos -intentó tranquilizarme Edward.
Era cierto, aquél día que enviaron a Jacob a darme aquél extraño aviso, los Cullen nos explicaron todo a mi padre y a mí, cuando fuimos a casa de Edward a decírselo a Carlisle.
Recliné la cabeza sobre el reposa cabezas del asiento y cerré los ojos mientras me abrazaba el torso, en un intento de tranquilizarme, y recordé aquella tarde.
Cuando papá preguntó porqué ponían esas caras al oír lo que Billy le había pedido a Jacob que me dijera, Carlisle, con mucha paciencia, le explicó:
-Los quileutes, son hombres lobo. Es muy largo para explicar de golpe, pero básicamente, se convierten en lobos cuando hay vampiros cerca para evitar que éstos ataquen a los humanos. Los lobos son los enemigos naturales de los vampiros. Hace mucho tiempo, hicimos un trato con ellos puesto que nosotros no bebemos sangre humana; ellos no nos delatarían ante los humanos si nosotros no atacábamos a ningún humano y nos manteníamos alejados de La Push.
-Pero, ¿son peligrosos? ¿se convierten con la luna llena? -preguntó algo aturdido papá.
-No, eso solo lo hacen los licántropos -explicó Carlisle sonriendo-. Ellos se transforman a voluntad, y no. Normalmente no son peligrosos, pero cuando llega el momento de su transformación, se convierten en personas muy inestables psicológicamente y eso sí les convierte en algo peligrosos pues no controlan bien sus emociones y pueden perder los nervios con mucha facilidad.
Charlie se quedó medio helado y no supo que decir. Solo asintió levemente, para hacer saber que había comprendido. Sin embargo, yo me mostré algo más escéptica ya que no creía posible que Jacob pudiera convertirse en una persona tan insufrible y mezquina.
Obviamente, me equivoqué.
-¿Y a dónde nos dirigimos? -me preguntó Edward sacándome de mis pensamientos, cuando casi estábamos en el pueblo.
-A tu casa -contesté con la voz cansina-. Pero antes, para en la comisaría, quiero decirle a Charlie que hoy no iré a casa.
-Como quieras -contestó él cogiéndome de la mano.
Cómo se había estropeado un día que parecía perfecto, no lo sabía. Pero sí sabia que esto no traería nada bueno.
Cuando llegamos a la comisaria, mi padre estaba hablando con su secretaria sobre el hijo recién nacido de ésta y parecía muy animado, pero en cuanto nos vio a Edward y a mí entrar, creo que notó que algo ocurría porque su rostro se ensombreció.
-¡Bella! -exclamó- ¿Qué hacéis vosotros aquí? ¿Algo va mal?
-¿Podemos hablar a solas papá? -pregunté casi suplicándole, mientras saludaba con un gesto de cabeza a su secretaria.
-Claro. Pasad -dijo algo alarmado, invitándonos a entrar en su despacho-. Bien, ¿qué ocurre? -preguntó cuando cerró la puerta del despacho.
-Creo que no podré ir hoy a casa, papá -le dijo con fastidio. Si hubiera podido llorar en aquél momento, lo hubiera echo. Estaba totalmente rabiosa.
-¿Qué dices? -preguntó confuso.
-Los quileutes han decido ir a visitarte para ver el partido en tu televisión -intervino Edward con sarcasmo-. No nos han dejado entrar en la casa.
-¿Qué? -Charlie parecía confuso pero pude notar cómo se empezaba a enfadar.
-Lo siento papá -me disculpé cruzándome de brazos y tamborileando frustrada con el pie en el suelo-. Dicen que tienen que protegerte -añadí resoplando.
-¿Que lo sientes? -bufó mi padre enfadado-. Tú no tienes que disculparte por nada, Bella. Ve a casa y entrad. No tienen ningún derecho a impedirte entrar en tu propia casa. ¡Hasta ahí podíamos llegar.
-Charlie, creo que deberías tranquilizarte -le dijo Edward con serenidad-. Creo que será mejor que no vayamos por allí, por el momento. Creo que quieres provocarnos para tener una excusa y atacar. Creen que yo convertí a Bella.
-Pero... ¿qué demonios...? ¿Y no les habéis dicho que no fue así? -preguntó confuso mi padre.
-No estaban dispuestos a escuchar. Les daba igual lo que les dijésemos -contestó Edward moviendo la cabeza.
-Vale... entiendo. No vayáis entonces -accedió al fin mi padre-. Pero quiero verte en casa, cuando yo llegue. ¿De acuerdo?
-Pero papá -me quejé-, ya te hemos dicho...
-Tú solo estate en casa cuando yo llegue, y punto -me ordenó con tono bastante más autoritario al que estaba acostumbrada.
-Vale, de a cuerdo -accedí al fin a regañadientes.
-Así me gusta. Nos vemos en casa.
Cuando llegamos a casa de Edward, todos, salvo Carlisle que no había vuelto todavía del trabajo, estaban en el porche de la casa.
-¡Eh! ¡Qué sor...! -comenzó Emmet, aunque se detuvo al ver nuestros rostros-. ¿Ocurre algo?
-No, que va -dije sarcásticamente- los estúpidos lobos se han aparcado en mi casa y no me han dejado entrar porque dicen que tienen que proteger a mi padre de mí. Todo está genial -y me senté junto a Jasper y Alice en un escalón.
-¿Qué? -soltaron todos a la vez.
-¿A vuelto Carlisle? -preguntó Edward.
-No. todavía no ha terminado su turno -contestó Esme apenada.
-Vale. Voy a hablar con él -informó Edward preocupado-. Tiene que saberlo antes de que volvamos a casa de Bella. Su padre le ha ordenado que esté allí cuando él llegue -añadió, explicando lo que Charlie me había dicho, antes de que Jasper hiciera la pregunta en voz alta-. No tardaré mucho. Te quiero -me dijo antes de darme un beso y subirse a su coche.
-Entonces, ¿ya no vamos al cine? -preguntó disgustada Alice.
-Yo no tengo ganas, desde luego -contesté enfurruñada.
Horas más tarde, justo cuando mi padre salía de su coche patrulla, Edward, Carlisle, Emmet, Jasper y yo, llegamos a mi casa.
-¡Carlisle, qué sorpresa! -saludó mi padre a Carlisle cuando nos bajamos del coche-. Hola cariño -me saludó a mi, haciendo algo que no solía hacer a menudo, abrazándome.
-¿Charlie? -lo saludó Carlisle estrechándole la mano-. Me alegra verte. Te ves bien.
-Bueno, no tanto como tú -bromeó Charlie nervioso pues no solía hacer bromas así.
-Espero que no te importe que hayamos acompañado a Bella, Charlie -le dijo Carlisle con su amable y serena voz-. Creo que el ambiente por aquí está algo... tenso -añadió señalando con la cabeza el porche, lleno de quileutes, de mi casa.
-No. Claro que no me importa -contestó verdaderamente aliviado mi padre-. Creo que necesitaré ayuda.
-Papá, me parece que será mejor que pase la noche en casa de Edward -me aventuré a sugerir.
Me sentía muy mal porque, por mi culpa, ahora los Cullen se enfrentaban a una posible guerra con los quileutes y, me sentía aún peor, al pensar que quizá, también por mi culpa, tuviera que marcharse. Y eso sin contar, con el daño que le hacía a mi padre, pues estaba casi segura que se enfrentaría a Billy, su mejor amigo, por defenderme. No estaba dispuesta a que nadie arruinara su vida por mi.
-Buen intento, Bella -me dijo mi padre, adelantándose junto a Carlisle, a Emmet, Jasper, Edward y yo-. Buenas noches, señores -saludó mi padre a la recua de quileutes, que habían echo fuerte en el porche de mi casa, pero con su tono de jefe de policía más que de amigo-. ¿Qué se les ofrece?
-Hola Charlie -lo saludó muy serio Billy Black, que estaba flanqueado por Jacob, Sam y otros cuatro muchachos más-. Hemos venido a ver el partido en tu televisor. Si no te importa, claro -añadió forzando una sonrisa.
-Ya. Bueno, el caso es que tu chico y otros dos más, según tengo entendido, han venido esta tarde a mi casa y han impedido que mi hija y su novio entraran en casa -comenzó mi padre, yendo directamente al grano, mientras Carlisle y los chicos observaban a los quileutes-.
-Si, bueno. Somo amigos, Charlie, y los amigos cuidan de sus amigos, ¿no? -dijo Billy de forma algo hosca-. Estoy seguro de que no lo han echo con mala fe.
Charlie soltó una risa escéptica, se rascó con un dedo la ceja y después volvió a hablar.
-Veo que no quieres ser sincero conmigo, Billy -dijo mi padre con decepción en la voz-. En fin, te agradezco que intentes cuidar de mí, pero eso no es necesario. Y, también te agradecería mucho, que no envíes a tu chico y sus amigos a impedir a mi hija y su novio o sus amigos, la entra a su propia casa.
-Tú no lo entiendes, Charlie -dijo en tono condescendiente Billy, y pude notar cómo la vena de la sien de mi padre, comenzaba a palpitar-. Eso no te lo puedo prometer. Es nuestro deber proteger a los inocentes de...
-No sigas, Billy -lo cortó en seco mi padre, enfatizando su tono más autoritario de policía y levantando una mano-. No voy a consentir que ni tú ni nadie, venga a mi casa y decida por mí de quien debo protegerme o que prohíba a mi hija la entrada a su propia casa.
-Charlie, no puede ser que tú estés de a cuerdo con toda esa barbaridad -intentó convencerle Billy-. No sabes lo que ellos son ni lo que pueden hacer.
-Ya está bien, Billy -dijo mi padre alzando un poco la voz-. Me parece que los que no sabéis nada sois vosotros. Lo único que yo sé, es que los Cullen son una respetada familia de Forks, nunca han echo nada malo ni han atacado a nadie y se han portado de forma ejemplar tanto con mi hija como conmigo.
Me quedé totalmente boquiabierta al ver cómo mi padre nos defendía ante su mejor amigo, y pude notar, como los Cullen le miraban tan sorprendidos como yo, aunque sus rostros reflejaban gratitud.
-Veo que a ti también te han comido la cabeza con sus patrañas -dijo Billy ensombreciendo más su rostro-. ¿De verdad te crees lo que te hayan podido contar?
-No voy a discutir nada de esto contigo, Billy -sentenció mi padre-. A mí nadie me ha comido la cabeza con nada, y esta gente no me ha mentido en ningún momento. Así que, por favor, volved a la reserva y no os preocupéis por algo que solo está en vuestra imaginación.
Billy se quedó mirándonos a todos durante unos instantes, sintiéndose traicionado por su mejor amigo, decepcionado conmigo y furioso con los Cullen, que a pesar de todo, habían dejado hablar a mi padre sin interrumpirle en ningún momento.
-Veo que has cambiado tus lealtades, Charlie, y me da mucha pena por ti -dijo al fin Billy-. Si no quieres nuestra protección, allá tú. Pero no puedes impedirnos que protejamos al resto del pueblo de estos asquerosos y traidores chupa sangre.
-Nosotros no hemos traicionado a nadie -dijo Carlisle en tono suave pero amenazante-. No te equivoques. Y me gustaría mucho que accedieras a escucharnos por un momento. Así te darías cuenta de que todo esto es innecesario.
-No hay nada que explicar, Cullen -le contestó de forma hostil Sam-. Habéis roto el tratado y punto. No vamos a dejar que nos cameleis con bonitas palabras.
-Siento que pienses así, muchacho -contestó Carlisle, todavía con suavidad-. Pero, como te he dicho, no hemos roto el tratado y cometeríais un grave error si venís a atacarnos.
-Eso lo decidiremos nosotros, vampiro -le espetó con asco Sam.
-Pues en ese caso, me veré obligado a intervenir -intervino mi padre de forma contundente-. No voy a permitir altercados en mi pueblo. Y no dudaré en haceros responsables a todos si me entero de que hacéis algo a alguno de los Cullen, aunque solo sean provocaciones. Me da lo mismo vuestro estúpido tratado. Por lo que yo sé, ni han pasado el límite que les impusisteis ni han atacado ni convertido a nadie, así que haré personal cualquier cosa contra ellos. ¿Entendido?
-Estás en tu pleno derecho, Charlie -coincidió Billy de forma brusca-. Pero tengo que advertirte que no dentendré a los chicos si creen necesario tomar medidas contra tus "amigos" -añadió enfatizando la palabra amigos-. Por mucho que os empeñéis, esto no queda así. No tenemos pruebas de que no hayan... cambiado, a tu hija, y por lo tanto, por lo que a nosotros respecta el tratado está roto y no dudaremos en tomar medidas.
-¿Es una amenaza? -preguntó riendo con sarcasmo mi padre.
-Mas bien, una advertencia de que no lo dejaremos correr -puntualizó Billy. Aunque no nos convenció a nadie-. Si encontramos una sola prueba de que habéis engañado a Bella o vemos algún ataque a alguien más, iremos por vosotros, vampiros -añadió dirigiéndose a nosotros.
-Muy bien -dijo Carlisle de forma contundente y menos suave-. En ese caso, estaremos esperando y, no penséis que no nos defenderemos.
Mientras observábamos como se iban los quileutes, la ponzoña volvió a hacerse dueña de mi boca, y la culpa de todo mi ser. Pero bajo todo aquél torbellino de emociones, la furia y las ansias por proteger a todos los que amaba, fue más fuerte que todo lo demás y tomé una determinación en aquél mismo instante; no dejaría que nadie sufriera las consecuencias de lo que me había pasado, porque nadie tenía la culpa, salvo yo misma por mi estupidez. Si los quileutes atacaban, yo lucharía con todas mis fuerzas, sin importarme nada el pasado.
Ahora había comenzado una nueva vida, y no iba a dejar que el pasado se apoderase de mí presente y mi futuro, y mucho menos, si eso conllevaba peligro para mi Edward y su familia, ya que ellos no eran responsables de nada, ni habían roto el tratado.
