INTRUSIÓN

Los días siguientes pasaron de forma tranquila. Los lobos no habían vuelto a aparecer y, tras trece días, cada vez me resultaba más fácil ignorar el olor de la sangre de mis compañeros y profesores.

Como todos los días, aquél día había amanecido gris y lluvioso y mi ánimo iba a juego con él. Aunque ahora todo era muy diferente, los días grises y lluviosos seguían sin gustarme. Lo bueno que tenía aquél día era que era mi cumpleaños. Por lo menos, aquella tarde estaría más animada, pues a pesar de todas mis quejas, los Cullen me habían preparado una fiesta que esperaba con ansia, aunque eso sí, en mi fuero interno, pues al principio no me hizo ninguna gracia y después, con el paso de los días, cada vez me iba pareciendo mejor eso de tener una fiesta de cumpleaños de verdad. Pero en cualquier caso, por nada del mundo iba a dar mi brazo a torcer y dejar ver la ilusión que me hacía la fiesta, incluso había ideado un plan para quejarme unas cuantas veces si salía el tema de la fiesta.

No fue así. Todo me salió mal.

Cuando bajé de mi cuarto, con la mochila preparada, Alice y Edward estaban entusiasmados con la cámara fotográfica que me había regalado mi padre y Alice ya estaba planeando cómo repartiría las fotos que sacáramos aquél día, en el álbum que mi madre me había regalado.

-Las primeras deberían ser las que se saque con Charlie -decía emocionada Alice-. Después las que os saquemos a los dos juntos, luego las de sus amigos y, por último las que se saque con todos nosotros en la fiesta.

-Alice, relájate ¿quieres? -le decía Edward entre risas, mientras hurgaba la cámara para ver cómo funcionaba, repatingado en el sofá-. Creo que debería ser Bella la que decida cómo colocar su álbum de fotos, ¿no crees?

-¡Oh! ¡Venga ya, Edward, no seas aguafiestas! -se quejaba Alice- ¿Qué mal puede hacer que tenga un poco de ayuda? Así es más divertido.

-Pssh, cómo tú digas -refunfuñó Edward encogiéndose de hombros-. Pero si luego se pone quejicosa y de mal humor, no acudas a mí...

-No se pondrá quejicosa, Edward, la encantará -protestó Alice haciéndole una mueca a su hermano.

-¿Sabéis? No está nada bien hablar de la gente a sus espaldas -dije entrando en el salón e intentando parecer ofendida-. Y menos, cuando esa persona puede oíros a una manzana de aquí.

-¿A que no te importa que te ayude con el álbum, Bella? -me preguntó Alice muy ilusionada y haciendo oídos sordos a mi comentario, mientras me sentaba junto a Edward en el sofá.

-No, para nada -dije casi sin querer pues tenía pensado hacerme la quejicosa, como me había llamado Edward-. Pero, creo que me gustaría poner las de mis amigos después de las vuestras. Ya sabes, la familia antes que los amigos.

-Hum. No lo había pensado así... -murmuró Alice mirando el álbum vacío y frunciendo el ceño de forma pensativa-. Pero sí, ¡Si, así quedará mejor!

Edward rodó los ojos y yo reí, pero Alice siguió a lo suyo; haciendo planes para el álbum.

-¿Sabes qué estaría bien también, Bella? -me preguntó con un nuevo brillo de emoción en sus ojos-. Deberíamos adornar el álbum. Es muy bonito, pero algo impersonal, ¿no crees?

Estudié el álbum durante unos instantes. La verdad es que era muy bonito; era blanco y tenía pintadas unas flores pequeñas y muy sutiles que le daban un toque muy coqueto al álbum. Era más del gusto de mi madre, que del mío, pero tampoco le veía ningún pero al álbum.

-Hum. A mí me parece que está bien... -dije al fin.

Edward sonrió y Alice bufó.

-¡Por favor, Bella! -protestó de forma enérgica- ¿No hablarás en serio, verdad?

-Si, ¿porqué? -contesté un poco confundida.

La verdad, no entendía porqué se ponía por un simple álbum de fotos.

-¿Has tenido alguna vez un álbum de fotos, Bells? -preguntó indignada, sentándose en el suelo-. Porque parece que sea el primero que tengas en tu vida. Este álbum es más propio de un bebé que de una señorita de dieciocho años y vampira, para más datos. No, esto tiene que ser cambiado. Yo te ayudaré, no te preocupes.

-Alice, deja a Bella que haga lo que quiera con sus cosas -la riñó divertido Edward, que había conseguido, al fin, hacerse con la cámara.

-¡Bah! -refunfuñó Alice, antes de dirigirse de nuevo a mí- ¿Qué te parece, Bells, me dejarás que te ayude a poner bonito tu álbum?

-Claro -contesté muy animada-. Pero yo nunca he adornado un álbum de fotos. Siempre he pegado las fotos en las hojas con las fechas y nada más.

-Tranquila, yo te enseñaré -dijo Alice poniéndose en pie y entusiasmada porque la hubiera dejado hacer lo que quería-. Será muy divertido, ya lo verás.

-Bueno, chicas, ¿que os parece si probamos la cámara? -sugirió Edward cambiando de tema- Creo que ya sé como funciona.

-¡Si! Bella ven aquí -me dijo Alice dando brinquitos de alegría.

-Poneos delante de la televisión -nos ordenó Edward-. Y sonreír, preciosas.

En un momento, nos pusimos delante de la gigantesca pantalla de televisión que Carlisle le había regalado a mi padre, nos abrazamos por las cinturas y pusimos la mejor de nuestras sonrisas para la foto.

-¡Magnífico! -exclamó Edward con una sonrisa de orgullo adornando su rostro de Adonis-. La cámara es fabulosa y habéis salido muy guapas.

-¿Cómo funciona? -preguntó Alice- Quiero sacaros una foto a vosotros.

-Tienes que apretar este botón de aquí -le explicó Edward a Alice, antes de colocarse detrás de mi y abrazarme por la cintura-. Sonríe, Bella -me susurró al oído, antes de que Alice apretara el botón, haciéndome sonreír al instante.

-¡Oh! ¡Esta foto le encantará a Esme! -exclamó Alice cuando comprobó cómo había quedado la foto-. Y estoy segura que a tu madre también le encantará, Bella.

-¿De verdad? ¿Porqué? -pregunté tontamente cogiendo la cámara para revisar la foto.

En el mismo instante en que vi la foto, comprendí lo que quería decir Alice. Edward estaba detrás de mí, abrazándome por la cintura y nos mirábamos sonriendo y radiantes de felicidad.

-¡Madre mía! -exclamé en un hilo de voz- ¿Así es cómo se nos ve siempre?

-Bueno, hay veces que estáis más empalagosos -se mofó Alice divertida-. Pero si, normalmente se os ve así.

-¡Vaya! -exclamé mirando a Edward tímidamente y, estuve segura de que, de haber podido, me hubiera ruborizado a tope.

-Venga, vamónos de una vez, o llegaremos tarde al instituto -dijo Edward riendo divertido, y terminando con aquella situación un tanto sentimental.

-Si, vamos -dije cogiendo la mochila y agarrándome a la mano de Edward.

Fuimos al instituto en dos coches. Alice se había llevado el coche de Rosalie para ir directamente a su casa, una vez terminadas las clases, para preparar junto a Esme y Rosalie la fiesta, mientras que Edward se quedaba conmigo en mi casa.

Durante el camino hacia el instituto, no dejé de sonreír. Me sentía demasiado feliz por todo, incluso por la fiesta.

Pero al llegar al aparcamiento del instituto noté que algo no iba bien en el mismo instante en que salí del volvo de Edward.

-¿Qué ocurre, Bella? -me preguntó preocupado Edward cuando se reunió conmigo.

-Hum. Creo que debí haberte echo caso y haber ido ayer a cazar -dije, sintiéndome algo mareada, si es que eso era posible, ante el atrayente y exquisito olor de la sangre de mis compañeros.

Edward se rió entre dientes y me agarró fuerte por la cintura.

-Vale, tranquila -intentó tranquilizarme todavía riendo, lo que me molestó un tanto-. Yo estaré contigo en todo momento, pero si quieres, nos podemos marchar ahora mismo.

-Hum. No, no, creo que podré aguantar -gruñí con la ponzoña agolpándose en mi boca-. Solo dame un momento.

La mañana fue una pesadilla. No podía concentrarme más que en mantener el control y la sed a raya, y en más de una ocasión, Edward me tuvo que chivar las preguntan que los profesores me hacían, porque no conseguía centrarme en las clases.

-Esto es un asco -me quejé cuando nos sentamos en la mesa junto a Alice-. No puedo concentrarme. Creo que habría sido mejor que nos hubiéramos largado cuando me lo ofreciste.

-Tranquila Bella, no matarás a nadie hoy -me dijo con sorna Alice, intentando tranquilizarme-. Lo he visto, en serio.

-Gracias por intentar animarme -volví a quejarme, poniendo los brazos sobre la mesa y recostando la cabeza sobre ellos-. Pero no tiene gracia. Es horrible.

-¿El que es horrible? -preguntó Jessica cuando el resto de mis amigos se nos unió en la mesa.

No me lo podía creer. Se me había olvidado que últimamente mis otros amigos se sentaban con nosotros a la hora de la comida. Un olvido absurdo, pensé.

-Es que está con la regla y tiene el estómago algo revuelto -contestó Alice adelantándose a mi "tu eres lo horrible. Querría comerte ahora mismo", que tenía pensado soltarle, y echándome una mano.

-¡Oh! Ya me parecía extraño que hoy no hubieras traído comida -terció Angela, acariciándome el antebrazo-. No te preocupes, come alguna galleta salada, eso te evitará las nauseas.

-¿Eso no es para las embarazadas? -preguntó Jessica con malicia.

-También funciona cuando estás con la regla. Mi madre me enseñó el truco cuando me vino mi primera regla -explicó Ángela ruborizándose un poco.

Los chicos hicieron una mueca de asco, las chicas asintieron sorprendidas y Alice y Edward rieron disimuladamente mientras que yo me sentía muy molesta. No solo porque la ponzoña en mi boca y el olor de mis amigos estaban siendo una tortura para mi, sino porque estaban hablando de mi periodo como si fuera un tema de conversación de lo más normal, lo que me avergonzaba mucho aquello, aunque sabía que no era cierto.

-Gracias, Angela -dije al fin con el tono más amable que pude darle a mi voz, pues la garganta me quemaba-. Lo tendré en cuenta.

Volví a poner un brazo sobre la mesa y apoyé la cabeza sobre él, mientras que rodeé mi cintura con el otro, para que la mentira de Alice, pareciese verdad.

-Bella, ¿no tenias que decirles algo a tus amigos? -preguntó al cabo de unos instante Edward.

-¿Qué? -pregunté inocentemente, alzando la cabeza y mirando a Edward sin comprender a qué se refería, mientras los demás se quedaron mirándome expectantes.

-A Bella le gustaría hacerse unas fotos con todos vosotros -dijo Edward después de poner los ojos en blanco y soltar un suspiro- ¿Verdad, Bella?

No recordaba la cámara, ni el álbum, ni siquiera que era mi cumpleaños. Solo contaba las horas, los minutos y hasta los segundos que faltaban para que las clases terminasen y poder salir de allí a velocidad vampirica, si era necesario.

-¡Ah, si! -exclamé al fin, armándome de valor y sacando la cámara de mi mochila-. Es que mi padre me ha regalado una cámara de fotos y mi madre un álbum. Así que me gustaría llenarlo.

-¡Oh! Claro -exclamó Jess brincando en la silla y dando palmas.

-Venga, poneos todos juntos que os saco la primera -dijo Edward con mucho ánimo cogiendo la cámara.

Nos hicimos tres fotos todos en grupo; en la primera, salía Alice con nosotros, mientras que Edward hacía la foto, y en la segunda, Alice tomó la cámara para hacer la foto y que Edward saliera en la foto. Después todo se descontroló.

Comenzaron a pasarse la cámara unos a otros, hasta que la tarjeta de memoria no dio más de si.

Las siguientes horas, pasaron lentamente. Tan lentamente que, la hora de gimnasia se convirtió en un auténtico infierno.

-¡Dios, pisa a fondo el acelerador, Edward! -supliqué cuando el infierno terminó y por fin, pude refugiarme en el cómodo coche de Edward, donde no podía oler a nadie más que a él.

Edward rió entre dientes, de forma divertida y arrancó el coche.

-Creí que no te gustaba que condujera deprisa -se mofó soltando una carcajada.

-Ya, bueno. Eso eran otros tiempos -dije sarcástica y ansiosa por salir de allí cuanto antes-. Ahora, creo que me tendré que acostumbrar a tu forma de conducir.

Edward rió nuevamente y yo me recosté en el respaldo del asiento, cerrando los ojos para intentar olvidar que tenía una sed del demonio y que ésta me estaba destrozando la garganta.

-Creo que lo mejor será que vayamos a cazar antes de la fiesta -dijo Edward al cabo de unos momentos ahogando una risita y cogiéndome de la mano-. No creo que disfrutes mucho si estás sedienta.

-Hum. Creo que la próxima vez que me digas "es hora de ir a cazar", te haré caso -le dije sin abrir los ojos y algo molesta por tener que admitir que me había equivocado-. Creo que, desde que soy vampira no había pasado un día tan horrible como el de hoy.

-Tranquila, Bella -me dijo Edward suavemente-. Ya te dijimos que el primer año, más o menos, es el peor. Te irás acostumbrado, ya lo verás. Además, lo estás llevando de una manera asombrosa. ¿Tengo que recordarte lo turbado que tienes a Jasper con tu transición?

-No, gracias. No hace falta que me lo recuerdes -le dije, abriendo los ojos y girando la cabeza para mirarle.

-Bueno, pues en cuanto lleguemos a tu casa, dejas la mochila y nos vamos, ¿de a cuerdo?

-No. Mejor vamos derechos -lo contradije desesperada por calmar el ardor tan horrible que sentía en la garganta-. Ya tendremos tiempo de ir a casa y dejar la dichosa mochila, antes de la fiesta.

-Vale, como quieras -concedió Edward riendo por lo bajo y con tono condescendiente.

-¿Te hace mucha gracias? -pregunté enfurruñada y molesta.

-Pues, la verdad es que sí -me dijo Edward sin poder dejar de reír-. Es que, Bella, a veces... perdón, normalmente, eres muy cabezota. Si me hubieras echo caso ayer, hoy no tendrías esa ansia.

Un gruñido salió desde lo más hondo de mi pecho. Quise gritarle y quejarme, pero sabía que llevaba razón, así que solté un bufido de molestia y me crucé de brazos ceñuda mirando hacia el otro lado.

-Eres malvado -dije con rabia, provocando otra carcajada a Edward.

Pasamos la tarde cazando, la primera media hora en silencio, más que nada por mi mal humor, y cuando regresamos a mi casa, mi padre aún no había vuelto.

-Voy a ducharme y a cambiarme para la fiesta -le dije a Edward cuando se sentó en el sofá-. Espérame aquí.

-¿No quieres que te ayude a ducharte? -me preguntó con voz seductora y agarrándome la mano, antes de poder girarme.

Me puse nerviosa al instante y creo que palidecí un poco más, al oír esto. Si que me descontrolaba un poco cada vez que Edward me besaba o me miraba, pero sin ese descontrol me daba un poco de miedo que llegara ese momento. Daba gracias porque Edward no pudiese leer mi mente.

-Hum. Bue... bueno, creo que... lo haré más rápido yo -dijo de forma nerviosa y entre cortada, zafándome como pude de su agarre y saliendo disparada hacia mi habitación.

Pensé que allí podría tranquilizarme un poco, mientras dejaba la mochila y escogía la ropa que me pondría para la fiesta, pero nada más lejos de eso.

-¡AAAAH! -estuve segura de que me habrían oído gritar hasta en el pueblo, pero el susto que me llevé cuando entré en mi habitación, fue tremendo.

Toda mi habitación estaba echa un desastre. Mi ropa y mis cosas estaban dispersadas por todas partes, la cama estaba desecha, el colchón estaba medio en el suelo, y la ventana estaba abierta de par en par.

-¿Qué ocurre? -preguntó asustado Edward cuando llegó a mi lado segundos después de oírme gritar.

-Mira, Edward -le dije aterrada, enganchándome a su chaqueta-. Alguien a entrado.

-¡Lobos! -exclamó Edward, furioso y hablando entre dientes mientras me abrazaba por la cintura.

-¿Lobos? -pregunté algo confusa.

-¿No lo hueles? -me preguntó Edward a su vez, frunciendo la nariz y soltando un leve gruñido-. Te han dejado la habitación con un olor asqueroso.

-¿Ese olor es el de los lobos? -pregunté haciendo una mueca de asco.

Ya había olido a los lobos, en varias ocasiones, pero no me había dado cuenta de que fuera tan asqueroso. Pensé que quizá fuera porque no los había olido con detenimiento, o porque la habitación era pequeña y el olor se había concentrado más.

-Si, Bella. Ese es el olor de los lobos -me dijo Edward con otra mueca de asco-. Venga, vamos a apañar este desastre antes de que llegue Charlie y se líe una gorda.

-Si. Además todavía tengo que arreglarme -dije poniéndome manos a la obra.

-¡Ah, no! Ni se te ocurra pensar que voy a dejar que te pongas esa ropa -me dijo Edward de forma tajante y enarcando las cejas-. ¿Quieres que nos mate Alice si llegas a casa oliendo a chucho?

-Bueno, en todo caso me mataría a mi y no a ti -puntualicé algo sarcástica.

-No, nos mataría a ambos: a ti por ponerte esas ropas impregnadas por esa peste, y a mi por dejarte hacerlo -me explicó Edward mientras cogía unos vaqueros con las puntas de los dedos índice y gordo de su mano derecha como si estuvieran echos de material radiactivo.

Solté un escuet "ah", de comprensión, y nos pusimos a arreglar el destrozo de mi habitación, antes de que Charlie llegase.