Colores en el cielo

Ssssss…ahh…

Botó el humo de sus pulmones y apagó el cigarrillo. Cogió el taco y golpeo la buchaca y esta, a su vez, golpeo la bola número tres. La bola entró en la tronera y anotó otro punto a su favor. Kagome lo miraba desde la otra esquina de la mesa, Sango estaba pidiendo los tragos. Inuyasha golpeó la buchaca nuevamente y esta golpeó la bola ocho. Miroku tiró su taco al suelo y murmuró una grosería.

Inuyasha había ganado, otra vez.

Se sentó al lado de Kagome y esta le dio otro cigarrillo. Inuyasha lo recibió gustosamente y pasó un brazo alrededor de su cintura. Kagome se sonrojó.

Un chico de la otra mesa le sonrió coquetamente y se sonrojó aún más. Le guiñó un ojo y Kagome le sonrió. Inuyasha gruñó. El chico se levantó de su asiento y se acercó a ella. Kagome se arregló el cabello e Inuyasha se tensó.

— ¿Te puedo invitar un trago?—le preguntó el chico educadamente.

Inuyasha lo asesinó con la mirada y apretó el agarre que tenía en la cintura de la chica.

El chico era guapísimo, no tanto como Inuyasha, pero valía la pena intentarlo. Kagome aceptó y—antes de levantarse—le sonrió hipócritamente a Inuyasha. Él soltó una maldición bastante audible.

Sango llegó con dos margaritas, una cerveza y un tequila. Miroku la besó en los labios y le contó lo de Kagome. Sango miró a su amiga, que estaba sentada en la barra, y rió. Inuyasha se fastidió más.

—Tú solo te lo pierdes, Inuyasha. Sabes que ella tiene mucha pepa y aún así no le dices nada.

—Cállate—murmuró a Sango y volvió mirar feo a la pareja—Yo le dejé bien en claro mis sentimientos. No tengo nada más que decir.

Sango roló los ojos y le dio un manazo a Miroku por empezar a manosearla.

—Pero no le has pedido salir. Eso fue cruel.

— ¿Cómo…?

—Eres un idiota. —dijo Sango enojada—Estaban borrachos; le dijiste que la querías pero no que querías que salieran, ella pensó que lo dijiste por estar medio inconsciente. Uno dice cualquier huevada cuando está borracho. Piensa que jugaste con ella.

Inuyasha puso su mejor cara de incomprendido.

— ¡Pero si siempre nos acostamos y ella nunca me ha dicho nada!

Kagome se había parado y se acercó a la mesa sonriente. Inuyasha bufó y la ignoró. Kagome le dio su teléfono al chico y este se fue. Se sentó al lado de Inuyasha y se tomó el tequila de un solo sorbo. Soltó un hipo y rió tontamente.

—Hojo es tan… ¡lindo!—dijo y miró a Inuyasha. Le sonrió y recostó su cabeza en su hombro.

Inuyasha sintió su corazón latir rápidamente y no pudo evitar pasar un brazo por su cintura.

—Cállate—dijo fuertemente, luego se acercó a su ojera— ¿Mucho más guapo que yo?—preguntó en un suspiro.

Kagome se tomó la cerveza de Inuyasha y se sonrojó. Ocultó su rostro en su pecho y pasó sus brazos por su cuello.

—No…

Inuyasha sonrió.

— ¿Vas a salir con él?—le preguntó nervioso.

—No sé. Aún no me ha invitado—lo último lo dijo fastidiada.

Inuyasha había tocado la herida y lo menos que quería hacer era abrirla aún más.

—Que idiota—susurró en su odio y ella ríe.

—Me va a llamar, lo sé.

Kagome se sonroja por el licor y la cercanía del cuerpo de Inuyasha. Pero que tonta por sentir pena por algo así, si ya lo había visto varias veces desnudo y se avergonzaba solamente por estar pegada a su pecho. Pero eso era lo que Inuyasha provocaba en ella, estando sobria o no. Estúpido niño mimado, engreído y despreocupado. Sería todo eso, pero ella lo amaba igual, solo por ser así.

Inuyasha sintió la felicidad de Kagome y se alegró. Tierna, inocente, ingenua, así era su Kagome. Y le llegaba altamente que le gustara otro idiota, ella era suya. A pesar de que demostrara que solo la necesitaba para una cosa, ella sabía sus sentimientos y—haciéndola invitado a salir o no—nadie podía decir que jugó con ella.

Kagome se estaba quedando dormida encima de él, estaba tranquila, aburrida. Quería caminar, pasear con Inuyasha. Quería estar con Inuyasha. Nada le importaba más, ni siquiera el resto de sus amigos. Todos hablaban o eso creía, los veía mover la boca, pero no escuchaba nada de lo que decían. No le importaba nada, ella estaba descansando encima de Inuyasha.

—Vayamos todos a mi casa—propuso Sango.

Kagome parpadeó un par de veces confundida. Inuyasha le sonrió y la ayudó a levantarse.

— ¿Para qué?—preguntó Kagome.

Sango rió y le di unos golpes en la mejilla.

—Creo que alguien ha tomado demasiado, —se burló—Inuyasha creo que deberías llevarla a dormir—dijo guiñándole un ojo.

Inuyasha frunció el ceño pero a la vez le sonrió coquetamente a Kagome.

— ¿Qué dices, Kagome? ¿Estás de ánimos como para acostarte?—dijo, obviamente con ambigüedad.

Kagome se volvió a sonrojar, pero no se sentía lo suficiente borracha aún.

—Todavía no.

Inuyasha río y todos se acomodaron en el asiento trasero del carro de Miroku.

La casa de Sango era casi como una mansión, sus padres casi nunca estaban, los criados hacía todo lo que ella quería, ocultaban sus travesuras, la cuidaban, la querían. Su nana Kaede era como su madre, la crió desde pequeña y lo mismo hacía con su hermanito menor, Shippo. Y Sango era feliz, por que de todos modos tenía a alguien que se preocupara por ella.

Hace bastante tiempo que se drogaba, o como ella lo llamaría: se liberaba. Porque cuando inhalaba ese poco de polvo que tenía se sentía feliz, se sentía libre, capaz de lograr y hacer cualquier cosa que se propusiera. Y eso le encantaba, por que sabía que era algo que jamás podría hacer estando como estaba. Porque, a pesar de tener todo, sentía que no tenía nada, que nadie la apoyaba, que nadie nunca estaba de su lado. Excepto, claro, la marihuana.

Subieron a su habitación y cerraron la puerta con llave. Abrió las ventanas y sacó un pequeño contenedor lleno de un polvo oscuro, un blanco oscuro. Lo enrolló en un pedazo de papel, mojó la punta con su lengua y lo encendió. Y lo succionó. Succionó, inhaló lo más que pudo y dejó que el olor de la droga atravesara todo su cuerpo hasta llegar a los pulmones. Sintió un golpe seco en el corazón, comenzó a agitarse, comenzó a toser. Pero luego botó el aire contaminado, el humo que no quiso entrar a su cuerpo y respiró. Y este nuevo aire le pareció puro, diferente, mejor. Entonces, todo estaba claro, no más preocupaciones, no más temores, no más tristeza, no más dolor. Y abrió los ojos y vio un cielo diferente, lleno de color. Sentía que veía el mundo por primera vez, y por primera vez le gustaba. Ese era un mundo feliz, lleno de colores, lleno de posibilidades, lleno de emociones nuevas, un mundo lleno de vida. Sonrió para ella y volvió a meterse el cigarrillo a la boca.

Kagome miraba a su amiga preocupada. Ella no entendía el sufrimiento de Sango, era imposible ponerse en el lugar del otro, era imposible ver las cosas como la otra persona lo hace. Pero sí la comprendía, ella quería escapar. Al igual que ella, Sango había encontrado una salida en las drogas y le gustaba, le funcionaba. Kagome no podía reprocharle nada, ella también tenía una manera de liberarse. Pero sabía que el licor no era tan destructivo como la marihuana. Kagome conocía los riesgos, Sango también. Por eso estaba preocupada. Por que sabía que su amiga ya no podría salir de ese vicio, que ella lo necesitaba y que sin eso se moriría. Por que Sango era una adicta, y eso le molestaba. Kagome se embriagaba, pero nunca llegaba al extremo de necesitarlo a muerte, ella aún tenía un pequeño autocontrol, porque Inuyasha la apoyaba y eso la hacía fuerte. Pero Sango no quiso apoyarse en alguien y se refugió en lo único que conocía. Era desagradable estar en la misma habitación que ella mientras se drogaba. Te daba ganas de querer probar.

Inuyasha se contagió de la melancolía y sacó una botella de vodka de su mochila, tomó un sorbo y luego le ofreció uno a Kagome, esta aceptó y juntos se terminaron la botella.

Inuyasha miraba a Sango confundido. Él había probado la droga, pero nunca llegó a gustarle completamente. Pero no podía culpar a Sango por necesitarla. Por que él también se había enfrentado con una realidad totalmente diferente. Una realidad en la cual existían colores en el cielo, amor en las personas y deseos de vivir; a pesar que la droga te provocara todo lo contrario. Pero cuando sientes ese calor abrumador recorrer tu cuerpo y llevarte a una dimensión totalmente desconocida y con ganas de ser descubierta, parece que todo vale la pena. Pero Kagome lo ayudó más que la marihuana, ella le mostró los verdaderos colores del cielo, el verdadero amor que una persona de verdad te puede dar, unas ganas de vivir que jamás experimentaría en otro lugar ni con otra persona.

Sango terminó de fumar y botó su cigarrillo. Vio como Kagome se empezaba a desmayar encima de Inuyasha y como este le frotaba con cariño la espalda. Se sentó al lado de Miroku y este la abrazó con amor.

Kagome se levantó de golpe y sacó un CD con sus canciones favoritas. Inuyasha se alegró, Sango bufó y Miroku rió. Kagome no era una chica común, tenía gustos muy particulares y no siempre del agrado de la mayoría…de mujeres.

—El volumen bajo, Kagome, —dijo Sango—que la última vez que trajiste un CD tuyo casi se me rompen los tímpanos.

Kagome rió y puso el CD en el mini componente de Sango. Comenzó la introducción de 'Crazy' y Kagome sintió como la música recorría cada parte de su cuerpo.

—Amo esta canción—dijo Kagome—Estoy segurísima que este será la canción que bailaré en mi boda.

Inuyasha roló los ojos.

— ¿Tan joven y estás pensado en el matrimonio?—se burló Miroku—Cuidado, Inuyasha.

Kagome infló los cachetes, enfadada.

—Como si realmente me fuera a casar con este vago.

—No sé Miroku, Kagome ya no es tan joven. —comentó Inuyasha, Kagome lo fulminó con la mirada—Aparte, la canción que usaremos para nuestra boda será 'November Rain', es mucho mejor que esta.

Kagome no supo como responder a eso y se quedó callada.

Cuando el CD estaba tocando el solo de 'November Rain', Inuyasha tomó a Kagome de la cintura y comenzó a bailar con ella. Kagome estaba sonrojada hasta las orejas y solo se dejó llevar.

— ¿Quieres otro trago?—preguntó Inuyasha coquetamente.

— ¿Quieres que me acueste contigo?—respondió Kagome de igual manera

— ¿Qué comes que adivinas?

—Licor.

—El licor se bebe, no se come.

—Da igual, ¿nos acostamos o qué?

—Claro, preciosa. Solo quiero disfrutar de nuestra canción de boda.

— ¿De veras quieres seguir con ese juego?—dijo Kagome irritada. Odiaba que Inuyasha jugara con ella.

— ¿Acaso no te quieres casar conmigo?—dijo dolido.

— ¿Me estás pidiendo matrimonio?—preguntó asustada.

Hubo el clásico silencio incómodo que ocurre después de pedir la mano de una mujer. Inuyasha estaba rojo de vergüenza, no sabía cómo continuar. ¿Es que acaso nadie le había enseñado a callarse la boca? Tenía 25 años. Estaba a punto de acabar la universidad, iba a ser abogado. Un exitoso abogado, lo había contactado la mejor firma de abogados del país y tenía un futuro planeado. Y en su futuro estaba incluida Kagome, por supuesto. Pero jamás pensó que sería su esposa, jamás pensó en pedírselo. Y justo hoy Miroku tenía que sacar el tema a la superficie y confundirlo. Amaba a Kagome, quería tener a su lado por el resto de sus días pero… ¿para eso tenía que casarse con ella?

Kagome jugueteaba con uno de sus rulos. Odiaba quedarse callada, jamás se quedaba en silencio cuando estaba con Inuyasha, solo cuando hacía preguntas como estas. '¿Acaso no te quieres casar conmigo?' ¿Acaso no se quería casar con Inuyasha? Inuyasha, suyo por fin, con todos los nombres. Inuyasha solo para ella, ninguna mujerzuela lanzándose sobre él sin ella poder evitarlo. Pero aún era muy joven, tenía 23 años. Aún le faltaba un año para terminar su carrera, iba a ser actriz. Y siempre consideró tener a Inuyasha en su futuro. La sola idea que él se fuera de su lado la aterraba. Él terminaba la universidad este año, eso significaba que conocería a otras personas, a otras mujeres, con menos problemas y con más ingresos. Kagome quería estar con Inuyasha.

Inuyasha levantó la mirada y se encontró con dos ojos azules que lo miraban con determinación, temor, comprensión, amor. Y se sintió seguro, confiado, acompañado, amado.

La amaba con locura y lo único que quería era estar con ella. Quería ser parte de sus problemas y soluciones, quería seguir despertando cada mañana a su lado. Quería ser el esposo de Kagome.

Quería estar a su lado por siempre, quería ser su mujer todas las noches, quería llevar el apellido que tanto avergonzaba a Inuyasha. Quería ser la esposa de Inuyasha.

Tenían miedo, tenían miedo de fallar. Pero eran humanos, los humanos fallan, tienen errores. Ellos cometerían sus propios errores y los solucionarían juntos.

—Cásate conmigo—le ordenó.

A Inuyasha le gustaba tener el control y a Kagome eso no le molestaba.

—Sí.


Holaaaa aqui esta la conti de esta historia. realmente el final me ha quedado muy meloso a comparacion de la otra vez, pero no se emocionen mucho, por que no todo es miel sobre ojuelas. Ya veran xD el proximo capitulo como las cosas van a salirse de sus manos.

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