Hola !! Bueno aquí está el sexto capitulo de esta historia...

Una advertencia: No la juzgen antes de terminarla.


Ponle un fin a las dudas

—Creo que no deberíamos estar haciendo esto—susurró.

— ¿Porqué?

—Ese es exactamente el motivo por el cual dudo. No me acuerdo el porqué.

Una risita y le dio un codazo. Kagome hundió su cabeza en el cuello de él y lo mordisqueó. Él soltó un gruñido que la descontroló. Lo empujó contra la pared y luchó por desabotonar su camisa. Inuyasha se rió mientras veía esas pequeñas manos intentar conseguir algo. Se arrastró por el piso—llevándose a Kagome con él—y se dirigió al sofá. Kagome puso cara de asco cuando vio a Miroku con Ayame sentados en el sillón del cuarto contrario y jaló a Inuyasha lejos de ahí. Inuyasha no se molestó e intentó ponerse de pie, cuando lo logró levantó a Kagome por la cintura y ambos intentaron llegar a las escaleras. Kagome no podía ver bien donde ponía sus pies y se dejó caer al piso trayendo a medio Inuyasha con ella.

—Al carajo. Hasta aquí no más llego, Inuyasha.

—No te hagas, no pienso hacerlo aquí.

—Entonces no lo harás. Te digo que no puedo más.

Inuyasha puso mala cara y la levantó con la poca fuerza que le quedaba. Kagome rió. Inuyasha logró llegar al piso superior y cayó rendido. Kagome—que no había hecho otra cosa que moverse como gusano mientras Inuyasha la cargaba—se soltó de su agarre y fue corriendo a la habitación de él, se tiró en la cama y bostezó. Inuyasha llegó minutos después y cerró la puerta con llave. Kagome tuvo un deja vu. Comenzó a reír como loca e Inuyasha tuvo otro deja vu. Se echó junto a ella y la atajó a él. Kagome volvió a jugar con los botones de su camisa.

—Ya recordé. —le dijo—Estaba molesta contigo.

Inuyasha comenzó a besar su cuello.

—Yo también estaba molesto contigo.

Kagome rió cuando quiso gritarle.

— ¿Bajo que argumentos?

—Me gritaste. —Kagome hizo un alarde—Dudaste de mí.

Entonces, se calló.

—Me hiciste dudar, me hiciste temer. No quiero tener miedo.

—No quiero que tengas dudas. Por algo te pedí matrimonio, ¿no es así?

Kagome rió y la seriedad quedó en el piso, al igual que la camisa de Inuyasha. Por fin había logrado quitarla y estaba eufórica. Era una borracha feliz. Inuyasha trató de hacer lo mismo con la blusa roja que tenía puesta su mujer.

—Nunca me diste un anillo.

Inuyasha dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró a Kagome a los ojos.

—Es cierto, no te di un anillo.

Y siguió desabrochando la blusa de Kagome. Esta se quedó en blanco por un momento y luego sintió que el alcohol estaba sacando su lado malo.

— ¿No me piensas dar uno?

—Sí.

— ¿Cuándo?—estaba impaciente.

Inuyasha bufó.

—Más tarde.

— ¿Cuándo?

Inuyasha suspiró y la miró.

—Cuando deje de estar ebrio.

Entonces Kagome se soltó de su agarre y caminó por la habitación, recogió la camisa de Inuyasha y se la entregó.

—Vístete, tenemos que salir.

— ¡Arg, Kagome! Aún no estoy sobrio.

—Por eso te voy a hacer café.

Y salió de la habitación buscando sus zapatos. En el piso de abajo encontró a Ayame tratando de que Miroku encuentre algo en ella para que se la pudiera llevar a la cama y, como era de esperarse, no iba a pasar. Miroku miró suplicante a Kagome y está le sonrió. Encontró sus zapatos tirados frente al sofá y se metió a la cocina. Por suerte había café recién hecho y listo para servir. Escuchó los pasos flojos de Inuyasha cada vez más cerca de ella y sonrió. Inuyasha estaba parado en la puerta de la cocina, Kagome sintió sus piernas flaquear.

Inuyasha era como una estrella de rock. No era excesivamente musculoso ni aterradoramente delgado, tenía una contextura perfecta. Era alto, comparado con ella todo el mundo era alto, pero Inuyasha media su metro ochenta de manera orgullosa, quizás demasiado para el metro sesenta de Kagome. Inuyasha tenía tatuajes en los brazos. Oh, sí, no había nada más sexy para Kagome que un tatuaje...o dos, o tres. Y su cabello, Inuyasha tenía un largo y hermoso cabello que le llegaba por debajo de los hombros, de un precioso color bronce dorado que combinada perfectamente con sus ojos. Sus ojos eran celestes, pero cuando Kagome se quedaba mirando por largo rato esos ojos se volvían dorados. Para ella, o estaba alucinando otra vez, Inuyasha la miraba con ojos dorados.

— ¿Ya está listo el café?—le preguntó y Kagome pensó que comenzaría a babear.

Inuyasha tenía una voz grave y varonil, seductora, apasionada, que al escucharla se te paraban todos y cada uno de los bellos que tenía en el cuerpo. Inuyasha tenía una voz perfectamente amoldable, que pasaba del agudo al grave y viceversa. Tenía una voz melodiosa, poco peculiar, un poco ronca y a ella le encantaba.

Inuyasha le sonrió cuando vio como el rostro de Kagome se teñía de un ligero color rojo.

¡Oh, Dios! Kagome amaba ese rostro. No sabía si es que él era así de hermoso o si era por que ella estaba enamoradísima de él, pero el rostro de Inuyasha era perfecto en todo sentido. Tenía una nariz respingada, sin lunares, sin cicatrices. Unos ojos azules/dorados completamente hipnotizantes, con pestañas largas pero no exageradas. Con una boca en la cual se dibujaba una hermosa y contagiosa sonrisa como propaganda de pasta dental. Inuyasha era perfecto para Kagome, sin contar con el hecho de que la amaba de una manera que la hacía la mujer más feliz sobre la tierra.

—Ya había algo preparado, tómatelo.

Inuyasha se acercó a recibir la taza de café y, mientras tomaba, abrazó a Kagome por la cintura. Ella sintió como el alcohol quería hacer efecto en ella nuevamente, así que se alejó y se sirvió un poco de café para ella.

Inuyasha la miró sin decir nada pero con una sonrisa en su rostro. Miró también su mano y la imaginó con un bello y brillante anillo en su dedo anular. Un singular anillo, una sortija poco común—como ella. Terminó su café y lavó su taza y la de ella. ¿Sería una buena idea comprar un anillo con ella? No, no creía. Así no se hacían las cosas.

—Espérame aquí—le dijo cuando se dirigió a la puerta—Esto lo tengo que hacer solo.

Y salió. Kagome se quedó mirando la puerta que había sido cerrada después de que su prometido saliera. No la había llevado a escoger su anillo como ella esperaba. O sea que Inuyasha ya tenía algo en mente. Kagome sonrió dejando que las cosas tomaran el rumbo que deberían haber tomado si esto se hubiera planificado con anticipación. Lo único bueno era que ya sabía que la sorpresa era la boda.


Sango se paró fuera del edificio y suspiró. Debía tocar…no, mejor no. Quizás lo mejor era irse de ahí y seguir su vida como si nada hubiera pasado. Pero quería verlo, quería besarlo, quería abrazarlo, quería amarlo. Inuyasha y Kagome ya se habían reconciliado ¿porqué ellos no? Caminó con paso tembloroso pero decidido hasta el intercomunicador y rogó porque contestara Kagome y no él.

¿Si?—preguntó Kagome al otro lado de la línea.

—Kagome, —respondió— ¿Está…ahí?

Kagome suspiró.

Sí—Sango sonrió—Pero no está solo.

Oh, mierda. Toda la espera al tacho.

No te preocupes, Sango. Puedo ver la cara de disgusto con la que mira a Ayame.

— ¿Y qué voy a hacer ahora? ¿Me voy?

Kagome bufó.

No. Espera, que ahorita me deshago de ella. Hace rato que Miroku me está rogando para que la bote.

Y cortó la comunicación. Sango se ocultó en un rincón de la pared y pocos minutos después vio salir a una mal vestida Ayame, estaba furiosa.

Ya puedes entrar, Sango.

Y subió las escaleras a paso lento. Cuando llegó al apartamento Kagome la estaba esperando en la puerta cruzada de brazos, sonriendo.

— ¿Cómo estaba Ayame?—le preguntó. Sango sonrió.

—Molesta.

Kagome rió.

— ¿Qué le hiciste?

Kagome alzó los hombros como si no supiera.

—Entra, Miroku te está esperando.

Sango tomó aire y entró.


Salió de su escondite después de hacer unas llamadas. Tomó un taxi hasta la tienda de joyas y se metió. Y esperó, y esperó. Lo vio entrar con prisa y con una sonrisa en su rostro. Tenía puesto su jean desgastado, una camisa entreabierta y su cabello despeinado. Le quitó el aliento. Lo vio caminar hasta la sección de sortijas y retuvo el poco aliento que el quedaba. No. No. No. Le estaba comprando el anillo a Kagome. La sangre le comenzó a hervir y tuvo ganas de ir a golpearla, pero se controló. No ahora, no ahorita. No cuando tenía que convencerlos que lo menos que quería hacer era separarlos. Se acercaría a él tranquila, confiada, como una dama. Ella sabía ser una dama cuando se lo proponía, la habían educado bien. Actuaría normal, desinteresada, amistosa pero sin excederse, sin mostrar sus verdaderas intensiones. Ella era buena en esto, engañar y usar. Era mejor actriz que Kagome, por eso se graduó un año antes.

Caminó hasta quedar frente a una repisa de cristal llena de preciosas pulseras de oro y plata. Compraría una y ambos se encontrarían en caja. Perfecto. Miró de manera desinteresada las joyas y cuando vio que él se decidía por un anillo ella escogió una pulsera cualquiera. Se acercó a la caja y llegó después de él. Escuchó cuando hablaba con la cajera y—como si no lo hubiera visto antes—lo saludó sorprendida.

— ¿Inuyasha, eres tú?—Inuyasha se volteó sorprendido al reconocer esa voz.

— ¿Kikyo?

Kikyo le sonrió fríamente, pero de una manera deslumbrante que él no pudo evitar sonreírle también, olvidando lo que había publicado de ellos en la universidad.

— ¿Qué haces aquí?—le preguntó ella cuando vio que la señorita le entregaba la caja donde estaba la sortija.

Inuyasha se sonrojó y sonrió.

—Es un anillo para Kagome.

Kikyo tuvo que fingir la mejor sonrisa de su vida.

—Ah, sí. Se casan.

Inuyasha recordó inmediatamente el incidente del boletín y decidió que esta era la oportunidad que necesitaba para dejar las cosas claras con Kikyo. La invitó a tomar un café cerca de su casa para no levantar sospechas. No quería que Kagome se molestara, no de nuevo.

—Dime, ¿porqué nos humillaste a Kagome y a mí de esa manera?—dijo de repente y Kikyo no pudo evitar sorprenderse por la pregunta.

— ¿Humillarlos?—se hizo la desentendida.

— ¿Por amor al bebe que lleva dentro? ¿Condones rotos en el baño? ¿"Estúpidos o bromistas"? ¿No se te hace familiar?

Kikyo tomó un buen bocado de café y meditó rápidamente su respuesta.

—Yo no lo he hecho.

Mintió e Inuyasha se dio cuenta. Fue muy obvia.

—Todos saben que has sido tú.

Kikyo rió, por suerte venía preparada para esto.

—Yo estaba de viaje.

— ¿Dónde, en la casa de tus tíos? No mientas, te tengo rastreada, Kikyo.

Kikyo sonrió y sacó una máquina fotográfica digital de su bolso.

—Aquí tienes mis pruebas.

Y le mostró unas fotos muy poco censuradas de su visita a España, Inglaterra y Alemania. Inuyasha se sonrojó pero no dijo nada. Tenía que haber una trampa, Kikyo sí había estado en Europa el día que colocaron esa historia en el boletín. Las fotos no mentían, hasta tenía la fecha exacta de cuando las había tomado. Inuyasha se había quedado sin palabras, sin acusaciones, sin pruebas y Kikyo sonrió.

—Te lo dije, yo no fui.

Inuyasha no quiso escucharla, quería encontrar una razón para probar que ella mentía, que estos datos eran incorrectos, que ella estaba equivocada, que le estaba mintiendo. Pero no encontraba nada, no podía pensar. Kikyo tomó su mano e hizo que la mirara a los ojos.

—Inuyasha, quiero ser tu amiga. Quiero que no dudes más de mí, que sientas mi apoyo por tu decisión. No digo que sea la mejor decisión que hayas echo, pero si tú crees que es la correcta yo también lo creeré. Déjame apoyarte. No quiero ser recordada como la ex-amante celosa, quiero ser recordada como la mujer que te ayudó a pesar de lo mal que terminamos. —Inuyasha quiso decir algo pero Kikyo lo calló—No tienes que hablar, seré yo quien hable. Inuyasha, yo te lastimé y quiero que sepas que honesta, profunda y sinceramente…lo lamento. Y no te voy a poner excusas, porque mi comportamiento fue de lo peor, solo te pido perdón. Sé que quizás esto no sea muy convincente para ti o para Kagome, sé que talvez te irás de este café, te alejarás y no mirarás atrás. Lo sé. Pero, Inuyasha, fuimos amigos, yo quiero que volvamos a serlo. Verdaderos amigos. Y si eso significa que no importa cuanto te tardes en finalmente decidirte mirar atrás, yo seguiré aquí.


Kagome abrió los ojos como platos cuando escuchó todo salir de la boca de Inuyasha. Abría la boca para soltar alguna acusación, pero no salía nada, solo entraba el aire. Quizás Kikyo sí había cambiado, tal vez ella decía la verdad. Era un ser humano después de todo ¿no? Y como estudiantes, como amigos, como amantes, como ex-amantes, como seres humanos, todos tratamos de dar lo mejor. ¿Eso era lo que Kikyo trataba de hacer, verdad? El mundo estaba llenos de giros inesperados, quizás este sea uno. Kikyo quería cambiar, quería ser buena y ella no era nadie como para juzgarla. ¿Porqué no darle otra oportunidad?

—Sonaba…honesta—dijo Inuyasha.

Kagome aún no podía hablar, solo asintió con la cabeza.

Uno nunca terminaba de conocer a las personas. La gente podía cambiar, como también podía equivocarse. La gente merecía una segunda oportunidad, como que no. Y justo cuando uno piensa que conoce el terreno que está pisando…se te mueve el piso y te hace caer. Las personas cambian, tú cambias y nadie te puede culpar por eso. Ella tampoco podía culpar a Kikyo. Kagome no quería caerse de nuevo, no quería ser prejuiciosa, no quería terminar siendo la mala de la película. si tenía que caerse, se levantaría. Si la herida no era profunda, se levantaría, le pondría un curita y sanaría. Sino, la dejaría respirar…descansar y sanar. Kikyo no le había echo tanto daño a Inuyasha, después de todo…él nunca la amó de verdad.

—Dile…que quiero hablar con ella—Inuyasha la miró extrañado—Tengo que dejar las dudas atrás.


Jajajajajajaja. No me peguen porfasss.

Solo que cuando escribo a veces las cosas se me entremezclan. quería darle algo de sabor al capñitulo no mas. :D

Kikyo sí es mala, dejo eso claro.

Dejenme sus comentarios que me apoyan muchisimo xD