POR OTRO LADO

Oliver bufó mientras con la manga de su sucia camisa se limpia el sudor de la frente. Conocedor de su madre, sabía lo que le esperaba si llegaba a abrir su boca para quejarse, y por ello, no importaba cuanto quisiera maldecir todo a su alrededor, callaba.

Meg a su lado también se veía fatigada, pero también parecía dispuesta a mantener la boca cerrada.

La tropa era dirigida por Jack, con su brújula en mano, seguido de Elizabeth, Barbossa, Oliver y Meg, y Kate, respectivamente.

Llevaban varios minutos caminando silenciosamente, el abrazador calor logrando que sus respiraciones parecieran prácticamente jadeos. Solo podían oírse molestos insectos alrededor y sus pisadas en la salvaje hierba, y solo podía verse delante de ellos más y más vegetación.

- ¿Que es eso? – aquel murmullo sacó a Oliver de sus quejosos pensamientos.

Entre la flora, podía distinguir una vieja edificación. Claramente abandonada, unos largos brazos vegetales la abrazaban por doquier como si así la selva la reclamara propia.

Jack ladeó suavemente su cabeza, escaneando la construcción.

- Descansemos aquí unos segundos – murmuró, ausentemente.

- Ya era hora – gruñó Oliver, por lo que recibió una mirada de reproche de su madre.

Sin esperar a que se lo repitieran, Elizabeth se sentó en una piedra cercana para tomar agua de una no-tan-pequeña petaca que llevaba. Ambos niños la imitaron, cansados, mientras también bebían de lo que les ofrecía Kate.

Jack permaneció parado, mientras sacaba de su casaca las cartas y se las ponía a examinar cuidadosamente. Sin que aquello se le pasara desapercibido, Kate se acercó al Capitán

- ¿Que ocurre? – preguntó con un susurro.

Jack la ignoró por un par de segundos. Kate se contuvo a fruncir el ceño mientras se dedicaba a observar las cartas sobre el hombro del hombre.

- Todavía no llegamos aquí – dijo, señalando una pequeña X en las cartas.

- ¿Y? -

- Y que mi brújula indica que el camino es por ahí – ahora Jack señaló hacia la edificación.

- Tal vez se refiere "a través", no "dentro" – se encogió de hombros Katherine – Apuesto a que si rodeas esta cosa, te continúa indicando el camino –

Jack apretó los labios, pensativo. No le parecía coincidencia que la brújula le hubiese llevado derecho a aquella construcción y que ahora se encontrara apuntado hacia ella.

Un fuerte crujido hizo que tanto Jack como Kate alzaran su mirada.

Barbossa había abierto la puerta, y se disponía a entrar sin titubeo alguno.

Cerrando con un chasquido la brújula y guardando las cartas, Jack decidió no quedarse atrás, y entró también. Fue seguido por Elizabeth, quien con un bufido, se levanto, y luego por Kate y los dos pequeños, a quienes tampoco les hizo ninguna gracia tener que continuar caminando, aunque fue un poco.

- Era un iglesia – la voz de Elizabeth retumbó en el poco iluminado lugar.

Sin duda alguna, se había tratado de una iglesia. Una gruesa capa de polvo, tierra, telas de araña y vegetación lo cubría todo, pero aun así, podía distinguirse como cada cosa aun permanecía en su lugar; los bancos, algunas hacia bastante tiempo atrás marchitas flores, rotas estatuas santas, el altar con un viejo mantel, todo.

- ¿Qué hace una iglesia en medio de una selva? – inquirió Kate.

- Y más importante, ¿que habrá pasado para que termine así? – pensó Barbossa en voz alta con interés, mientras continuaba avanzando.

- Una historia esconde – murmuró Elizabeth.

Oliver revoleó los ojos mientras los cuatro adultos miraban el lugar con curiosidad. En silencio, se alejó del lado de su madre para caminar libremente por el resto de la edificación.

Camino en silencio, y se detuvo a observar una estatua de un santo que apenas podía se reconocida debido a la enredadera que la cubría… para terminar logrando que la escultura callera al suelo y se rompiera en millones de pedazos con un estruendoso sonido.

Hizo una mueca y se volteó para ver los cuatro rostros con el ceño fruncido que le observaban con reproche.

- Lo siento – se disculpo con una nerviosa sonrisa a la vez que los adultos se volvían nuevamente.

Continuó caminando por la sala, antes de notar una puerta algo escondida. Miró sobre su hombro en dirección a Kate para comprobar que no lo observaba antes de introducirse por allí.

Estaba algo oscuro, y la luz solo se colaba por los agujeros del viejo techo, apenas rebelando un pequeño pasillo. Sin emitir sonido alguno, comenzó a recorrerlo.

No se molesto en voltearse al oír unos ligeros pasos detrás de él. Le parecía bastante obvio de quien se trataba. Soltó un suave suspiro.

- No tengo nada mas interesante que hacer – se defendió Meg como si pudiera haber leído su mente.

- Lo sé – reconoció Oliver.

Continuó caminando con la niña detrás de él, cuando notó en la oscuridad un pasadizo, apenas visible entre las sombras. Sin pensarlo dos veces, se dirigió allí y comenzó a recorrerlo. Meg le siguió en silencio, mirando alrededor algo temerosa. A medida que avanzaban, había menos y menos luz.

- Volvamos – casi ordenó la niña.

Oliver la miró sobre su hombro, entrecerrado sus ojos para intentar ver algo en la oscuridad.

- Si quieres, vuelve tú – replicó.

Ella apretó los labios antes de seguirlo. Pero nuevamente, su valor comenzó a flaquear.

- Oliver… volvamos – pidió con una voz más dulce y suave, temblorosa.

El otro niño se volteó, y Meg pudo apenas ver una sonrisa en su rostro.

- ¿Tienes miedo? –

La niña frunció el ceño y se irguió en su lugar.

- Claro que no – mintió con vehemencia – Pero apuesto a que tu mamá se pregunta por nosotros -

- Entonces no tienes miedo, ¿eh? Perfecto. No te molestara seguir – replicó mientras se adentraba más y las voces de los adultos quedaban atrás.

Meg miró hacia atrás dubitativa, para volver a voltearse hacia Oliver, quien ya se alejaba.

Temiendo quedarse sola, decidió seguirlo. Cuando algo se enredó en su tobillo.

- ¡AAhh! – chilló, logrando que Oliver ahogara un grito mientras saltaba asustado y se volteaba.

- ¡Oliver, ayúdame! – pidió desesperada, tomándose la pierna.

Con unos inmensos ojos, Oliver miró el pie de Meg, para suspirar. La madera se había roto bajo el peso de la pequeña, y había arrastrado hacia abajo su pierna, dándole un susto de muerte a ella y, gracias a su grito, a Oliver.

- ¡Q-que tonta! Me asu… - Oliver calló, cerrando fuertemente su boca en una fina línea, arrepentido.

- ¿Asu… state? –

- No. No me asuste. Es que me… - el niño miró alrededor – me… ¿preocupaste? ¡Si, me preocupaste! Eso es todo –

La pequeña volvió a fruncir el ceño, intentando quitarle importancia al hecho.

- Ayúdame – pidió, tirando nuevamente en vano de su pie – No puedo sacarlo -

Oliver se aceró con cuidado, mirando el atascado pie. Era como si Meg estuviese parada sobre su tobillo.

- ¡Vamos, ayúdame! – pidió Meg mientras sus ojos se tornaban llorosos – ¡No quiero estar aquí por más tiempo! ¡Quiero volver con los demás! –

El niño se acercó y tiró mientras la pequeña comenzaba a llorar de desesperación y dolor.

- ¡Me lastimas! – chilló Meg con algo de enojo.

Oliver dejó de hacer fuerza.

- ¡Estas muy atorada! – se quejó en defensa frunciendo el ceño.

- Y… ¿y si me tienen que cortar mi pie para sacarme? – se limpió la pequeña las lagrimas en vano, ya que pronto mas humedecieron su rostro – ¿Y si tengo que usar una pata de palo como un feo pirata? -

- Te iría bien. Eres Reina Pirata. Te verías más como una – Oliver calló al ver la expresión en el rostro de la niña - Déjame ir por mi mamá. Ella sabrá que hacer. ¡Cuando era pequeño, pudo sacar mi cabeza de uno de los cañones del barco de mi abuelo! –

Meg lo miró tímidamente entre lágrimas, las cuales al momento dejaron de brotar.

- ¿Y que hacía tu cabeza en un cañón? – preguntó.

Oliver le ignoró, con un leve rubor en sus bronceadas mejillas que debido a la poca luz Meg no pudo ver.

- Voy por ella y ya veras como ya mismo te… ¡Ahh! –

Meg sintió como caía y frenaba repentinamente en seco. Aturdida, miró alrededor sin saber que había pasado. Notó, sorprendida, que ahora su cabeza se encontraba un poco mas arriba del nivel del suelo; el agujero se había agrandado haciéndola hundirse más, hasta debajo de sus brazos. Con terror, sintió como sus pies aun colgaban y la madera apretaba con fuerza su infantil pecho. Es que aquella tenebrosa iglesia tenia un hoyo infinito dejado de los tablones de madera en vez de un piso de tierra?!

Busco a Oliver con la mirada, pero no lo encontró.

- ¿Oliver? – preguntó con un hilillo de voz.

Un gemido a su espalda le hizo girar la cabeza, para encontrarse que el niño no solo estaba ahora en la misma situación, sino que su espalda estaba pegada a la de ella.

- ¡Tú agrandaste el hoyo! – se quejó molesta, entendiendo al fin lo que había ocurrido.

- ¡No lo hice apropósito! – se defendió él – ¡Pasé cerca y la madera se rompió! –

Meg se cruzó de brazos, de modo que estos quedaron apoyados en el suelo.

- ¿Y ahora que? – preguntó, el enojo remplazando al temor.

Oliver pensó por unos segundos.

- Creo que puedo salir –

- ¿Que? – Meg le miró sobre su hombro.

Oliver se estiró y la niña pudo ver que intentaba alcanzar lo que parecía ser una cadena unida a la pared. Se pregunto para que en una iglesia habría una cadena forjada contra una pared.

- ¡Lo tengo! – festejo triunfante y sin aire el niño al alcanzarla.

Meg observó cada uno de sus movimientos en silencio. Al tomar la cadena, esta cedió hasta quedar tirante. Con un quejido, Oliver comenzó a tirar y trepar. Lentamente y con dificultad, su cuerpecito empezó a zafarse del abrazo de Meg y la madera del suelo.

- ¿Lo ves? – dijo con esfuerzo mientras seguía con su trabajo - Te dije que podía –

Meg revoleó los ojos mientras Oliver conseguía sacar su cintura. Con sorpresa, la niña sintió como se hundía un poco más. Miró alrededor con miedo, para notar al mirar atrás que no solo el piso de madera era lo que le impedía caer a través de hoyo en los tablones, sino también Oliver mismo. Ninguno había caído por la presencia del otro. Volvió a hundirse un poco más. Desesperada se aferró a las tablas del suelo como le fue posible.

- ¡Oliver, basta! – pidió, mientras Oliver continuaba trepando.

Ya estaba. Ya tenia espacio suficiente como para pasar y caer. Comenzó a resbalar de su agarre, rasgando sus uñas contra la madera.

- ¡Oliver! – llamó mientras se volteaba para caer un poco más y aferrarse a la cadera del niño, con el nivel del suelo ya a la altura de sus pardos ojos.

Oliver se sostuvo aun con más fuerza a su cadena, sorprendido por el peso extra.

- ¡Pesas mucho! – se quejó.

Meg sollozó cuando notó que sus sudorosas, temblorosas y pequeñas manos resbalaban de la camisa del niño.

- ¡Me caigo! –

Aunque la escuchó, Oliver tenía bastantes problemas intentando mantenerlos a los dos.

Incapaz de soportar más, Meg se soltó y cayó con un agudo y breve chillido escapando de sus labios.

- ¡Meg! - Oliver miró hacia la negrura del pozo, sin poder ver nada – ¡Meg! –

- ¡Ya deja de gritar! – respondió ella.

El niño no pudo evitar suspirar aliviado al oírla.

- ¿Estas bien? – preguntó.

- Si. No es tan hondo como parecía… puedo verte colgado ahí arriba –

- Pues yo no puedo verte por ahí abajo – Oliver entrecerró aun más los ojos para ver mejor antes de volver a suspirar-

- ¿Y ahora que? – inquirió la niña nuevamente desde la oscuridad.

– Pues… - Oliver chasqueó la lengua - lo mejor será que suba y que vaya por los demás. ¿Puedes aguatarte unos minutos sin mí? –

- Por supuesto que puedo - a pesar de no poder verla, Oliver estaba seguro por el ofendido ton de voz de la niña que esta le había dado la espalda mientras se cruzaba de brazos.

- ¿Segura que no te dará miedo? – insistió.

- Más que segura – respondió ella, aunque su tono la traiciono un poco – Pero apresúrate, ¿si? –

Con pesar y esfuerzo, Oliver empezó a trepar por la cadena.

- ¡Oliver! – los chillidos de Meg le congelaron. Pudo oírla debatirse contra algo mientras era acallada.

Por si no fuera suficiente el pánico que tuvo que pasar al oír como algo arrastraba a su amiga hacia la oscuridad de lo desconocido, una mano tomó su tobillo, logrando que el también chillara.

Sacudió su pierna con desesperación, en vano.

- ¡Suéltame! – gritó a todo pulmón, intentando trepar y alejarse de su opresor, quien le estaba ganando, hundiéndolo lentamente en la oscuridad.