EN LAS PROFUNDIDADES

Aterrado, Oliver se aferró con todos sus fuerzas a la cadena, tanto que de haber habido luz suficiente, habría notado como sus nudillos palidecían hasta adoptar una tonalidad de un fantasmagórico blanco.

Se sorprendió cuando sintió que un par de manos lo tomaban por debajo de sus brazos para alzarlo mientras un tiro resonaba y el agarre en su tobillo desaparecía.

Notó aturdido que ahora se encontraba entre los brazos de su madre, quien apuntaba al hoyo en el piso, del cañón de su arma un hilillo de humo danzaba hacia el techo.

- ¡Meg! – exclamó el niño, volviéndose hacia el pozo sin soltarse del abrazo materno y protector – ¡Meg se cayó! ¡Y allí abajo hay alguien! ¡Se la llevó! –

- ¿Alguien? – preguntó Barbossa extrañado.

Kate frunció el ceño hacia la oscuridad, y Oliver miró preocupado hacia Jack, Barbossa y Elizabeth, evaluando sus reacciones. Si la falta de luz no le engañaba podía ver el interés y la sorpresa en cada uno de los rostros.

- Iremos por ella – le aseguró Kate a su hijo, y le ordenó al resto.

- Y si vamos a meternos en la boca del lobo, necesitaremos luz, preciosa – agregó Jack – Y una soga –

Katherine le miró con algo de desconfianza. Jack no era de los que se preocupaban por los demás. ¿Qué tramaba?

- No es tan profundo como se ve – Oliver clavó sus ojos en el hoyo – No necesitaremos una soga -

- Por aquí debe haber alguna luz… algo – gruñó bajo su respiración el pirata mientras achicaba los ojos para mirar alrededor – No podían andar a oscuras, ¿no creen? –

En silencio, buscaron cualquier cosa que pudiera servir de iluminación, recorriendo el pasillo con cautela, alertas. Kate permaneció erguida dignamente junto al hoyo con su hijo a su lado, sin apartar sus ojos del misterioso subsuelo, su mano posada en la culata de su pistola, lista para desenfundar. No sabía si lo que fuera que hubiera intentando arrebatarle a Oliver volvería a emerger de entre las sombras, y, si llegaba a reaparecer, estaría preparada para ello.

Oliver, por su lado, se aferraba a la cadera de su madre, demasiado asustado como para preocuparse de lo humillante que aquello lo hubiese resultado en alguna otra situación.

- Tenemos lo que necesitamos – ambos voltearon sus cabezas para ver como Jack, Elizabeth y Barbossa se les acercaban, el último con un farol en la mano que intentaba encender.

- ¿Primero las damas? – ofreció Jack dedicándole una mirada a Kate y Elizabeth, y luego al pequeño hoyo.

- Cobarde – gruñó esta ultima frunciendo el ceño.

Kate por su lado, se acercó al borde de las rotas maderas todo lo que le fue posible, haciéndolas crujir un sonido que irradiaba desconfianza. Se alejó, y miró a Barbossa, quien había logrado encender el farol.

- Dámelo – ordenó estirando su mano.

Mirándola de reojo, Barbossa obedeció. La pirata se acomodó su cinturón antes mirar nuevamente el hoyo.

- Bajaré – sentenció – No duden en disparar si algo llega a pasar, ¿entendido? –

Miró a Elizabeth con profundidad y severidad.

- Cuida a Oliver, por favor – pidió. De entre los tres presentes, era en la que más confiaba el niño. No que Jack tuviera malas intenciones, pero… simplemente no se podía confiar en él.

La joven asintió levemente, tomando al niño por los hombros con suavidad. Oliver le dedicó a su madre un ceño fruncido.

Sin emitir sonido alguno, Kate se lanzó de un salto, para caer y tropezar. Se levantó al instante y miró alrededor con cautela, casi esperando ser atacada.

- ¿Todo bien? – elevó la vista para ver cuatro cabezas con cuellos estirados mirándola con curiosidad.

- Parece que no hay nadie – replicó Kate mirando alrededor nuevamente.

Apretó los labios levemente. Era como si donde ella se encontraba fuera una continuación del pasillo en el que se encontraran sus compañeros de viaje. Tenía el mismo sentido, dirección, y el mismo pobre espesor de 1,50m de ancho.

La única diferencia que veía era que el techo (o suelo, dependiendo donde uno se encontrara) en el piso inferior solo constaba de aquellas finas maderas corrompidas por el tiempo tan mal ubicadas. Podía ver a través de las hendiduras de un tablón y el otro la posición de cada uno de los piratas.

Solo dignándose a ayudar a Oliver a bajar, ignoró al resto y se agachó para mirar el suelo, compuesto por un descuidado camino de tierra.

Huellas. Podía ver en el suelo varias huellas que se arremolinaban.

- Parece que la niña algo de pelea dio – replicó Jack observando sobre el hombro de Kate.

Katherine le ignoró y se puso de pie, pasándole el farol con un distraído gesto.

- Se fueron por allí – señaló hacia el pasillo que se abría oscuro frente a ellos.

Sin necesidad de que nadie lo dijera, emprendieron marcha, cada pirata con una mano sobre sus armas, listos para cualquiera sorpresiva aparición.

- ¿Creen que Meg esté bien? – se atrevió a preguntar Oliver.

- Más le vale que esté bien – replicó por lo bajo su madre con frialdad.

Kate notó que las huellas se notaban mejor en la tierra. Las miró con atención, rebelando que solo se trataba de un par. Un par de descalzos pies.

Frunció levemente el ceño. ¿Y Meg? Faltaban sus pequeñas huellas. Suspiró con fastidio. Supuso que la abrían cargado.

- ¿Qué es eso? – preguntó repentinamente Oliver señalando hacia delante.

- ¿Qué cosa? – Jack le miró extrañado.

- Yo también lo veo – respondió Elizabeth frunciendo el ceño con desconfianza – Parece… luz –

Los otros tres piratas intercambiaron miradas. Bajaron su farol y entrecerraron los ojos, escrutando en la oscuridad. Si… al final del túnel podían ver algo blanco…

- Pues, o al final de este pasillo hay una habitación, o bien morimos – replicó Kate.

- Pues, no creo haber muerto. O si hemos muerto, pues no es como la última vez – se encogió de hombros Jack, y Barbossa intentó no carcajearse.

- Apuesto a que allí esta Meg – susurró Oliver mirando a su madre con sus enormes ojos oscuros.

Caminaron cautelosos, sin pronunciar palabra alguna. Había un silencio sepulcral que parecía que temían romper, pues sabía que podían estar siendo acechados. Se encontraban en un lugar desconocido introduciéndose en lo desconocido donde había Dios sabría donde un par de sujetos que aparentemente conocían el lugar, y se habían llevado consigo a una indefensa niña. La situación no pintaba nada bueno.

Aguantaron su respiración una vez que estuvieron a unos escasos par de metros de la pequeña puerta a través de la cual escapaba la luz. Desenfundaron en silencio sus armas e intercambiaron miradas, mientras Kate sostenía a Oliver protectoramente contra si.

Uno detrás de otro, Barbossa, Elizabeth, Kate con Oliver pegado contra su cuerpo y Jack, entraron en silencio para mirar alrededor.

Se encontraron con lo que una habitación amplia repleta de flora. La vegetación trepaba por las paredes y por el techo frondosamente. En una esquina podía verse un pequeño fuego que quien iluminaba todo tan fervientemente a pesar de su nada importante tamaño. Gracias a aquella esquina que permanecía desnuda de vegetación, pudieron observar que el suelo, antes de tierra, se había convertido en piedra ahora.

A su izquierda, podían ver como las enredaderas subían por unos finos barrotes de metal colocados paralelamente uno al lado del otro, con otros colocados perpendicularmente de manera nada contigua. Notaron sorprendidos que contra aquellos barrotes alguien había acomodado varias piedras, formando así una presa de 1m de ancho y casi 3 de largo similar a la de un castor que contenía agua, recordando bastante al bebedero de algún caballo.

A su derecha, podía observar una especie de amplia tienda constituida por una vieja pero gran tela que utilizaba otros barrotes mas como esqueleto, también algo comida por enredaderas.

- Esto me es familiar – murmuró Elizabeth muy por lo bajo.

- Es una calabozo – replicó Jack.

Todos le miraron sorprendidos para observar alrededor con unos ojos abiertos por la sorpresa. Efectivamente, bajo la maleza, podían reconocer la familiar forma.

Reconocieron en la tienda y en el improvisado poso de agua unas destrozadas celdas cuyos barrotes parecían haber sido arrancados en algunas secciones.

- Efectivamente - respondió una masculina y joven voz con un acento que Oliver (y, muy maduramente, también Jack) encontró gracioso a sus espaldas – Ahora suelten las armas si no quieren terminar muertos –

Se voltearon sorprendidos para encontrarse con una par de figuras apenas iluminadas por el fuego, una cargando un rifle y un cuchillo, y la otra con un rudimentario arco con su flecha. A la espaldas de ambos.

- Vinimos por la niña – respondió Barbossa.

- ¿Dónde está? - agregó Kate apretando los dientes y conteniéndose de disparar.

- Suelten las armas – repitió el hombre sin bajar un ápice su posición.

- Dennos a la niña y nos iremos – Elizabeth pidió con autoridad pero suavidad a la vez – No pretendemos dañarlos, solo la queremos así podremos irnos –

Al recibir ninguna respuesta, soltando un gruñido, la joven tiró su arma al suelo y se cruzó de brazos. Kate, resignada, le imitó, para ser seguida luego por unos inseguros Barbossa y Jack.

El hombre que había permanecido callado se acercó y recogió las armas de suelo para alejarlas de sus respectivos dueños.

Los piratas pudieron notar en cuanto se acercó y estuvo bajo la luz del fuego su morena piel y los fuertes rasgos aborigenes de su rostro.

- ¿Dónde está? – volvió a preguntar Katherine.

Sin embargo la respuesta no fue la esperada. Ni siquiera había sido estrictamente una respuesta;

- ¿Quiénes son y que hacen aquí? – exigió el hombre una vez que su compañero se hubo colocado a su lado nuevamente.

La mujer rechinó los dientes fastidiada. Sin embargo, fue Jack quien tomó la palabra y se colocó frente al grupo.

- Nadie. No somos nadie – les sonrió – Solo nos extraviamos un poco en la selva y nos encontramos con esta hermosa edificación – estiró sus manos para enfatizar sus palabras – Y nos pico la curiosidad… quisimos investigar, lo que cualquiera hubiera hecho, ¿savvy? Y, bueno, se nos perdió la mocosa, ustedes la arrastraron hasta aquí y nosotros los perseguimos. Entreguen a la niña y nos iremos. Cada uno sigue con su vida y todos contentos -

Sin embargo, ese parloteó no logró su cometido. Como estatuas, permanecieron quietos en sus lugares.

- Pues para mi ustedes no entraron aquí por casualidad – murmuró el hombre.

- Y para mi no se ven como "nadies" – agregó su compañero con el mismo marcado acento.

- Estoy de acuerdo – asintió el otro – Y, aunque hubieran sido unos inofensivos "nadies", no podríamos dejarlos salir de aquí una vez que han visto esta cámara. No son los primeros que entran aquí buscando la Fuente de la Juventud, y no serán los primero en irse -