Hola!!... Primero que todo: Muchas gracias por sus reviews!!, me encanta recibirlos :)
Avisos Importantes:
1) salí de vacaciones, así que soy feliz :)
2) PPC ha hecho una instancia para ser desafiado!!, así que los invito a que se paseen por el fic llamado "De soles, estrellas y Cartas Astrales" (que está en mis favoritos, del usuario "Sociedad.PPC"), donde podrán desafiarnos. La primera historia escrita es de mi autoria, así que espero su apoyo... y desafíenme!! :)
3) Los invito al Blog PPC, ya saben ;). Y, también, a mi otra historia humorística "Huelga contra Cupido"
Un besote desde Nunca Jamás.
Ember.
Capítulo XII: Un viaje a Paris...
El fin de semana se escurrió de sus manos como un puñado de arena olvidada en la playa. Había pasado casi ambos días en el departamento de Harry, ayudándolo en cuidar a Ginny y atendiendo a cuanto personaje de la Orden apareciera para preguntar por ella.
Angelina había llegado acompañada de George, viéndose muy contenta por la buena evolución de su paciente. Y eso hacía que Ron ya volviera a bromear, como siempre, recordando que su hermanita era fuerte… ¿acaso no recuerdan nuestro segundo año?
El sábado en la noche apareció toda la familia Weasley, avisada por Harry en una corta nota a su suegra. Molly lloró como si toda el agua del planeta cayera de sus ojos, y Arthur abrazó a su esposa mientras contemplaba a su pequeña, a su hija que había creído perdida.
Después de días agotadores, repletos de reencuentros, lágrimas, sonrisas y cafés a media tarde, Hermione volvió a su departamento en compañía de su esposo. Nerviosa por lo que se aproximaba.
Oliver estaba sentado en la sala, con la sección deportiva sobre su regazo y un vaso de jugo en su mano. Al ser deportista no era bueno para beber alcohol, y esa era una de las cosas que Hermione había adorado de su persona.
- Amor- la llamó, queriendo abrazarla antes de ir a dormir. Siempre le había gustado sentir el cuerpo de la castaña sobre sus rodillas, rodearla con sus brazos y mirar, en esa pose, el Londres muggle que se extendía desde su ventana.
La aludida asintió desde la cocina, temiendo acercarse a él, pero sabiendo que debía hacer las maletas para su viaje… y, de paso, hablarle acerca del mismo.
- Dime- respondió, caminando hacia la sala con una taza de té entre sus manos.
Él le sonrió, dejando denotar esa cautivante sonrisa que solía imprimirse en tantos poster que luego las adolescentes pegaban en las paredes de su habitación. Por algo Oliver Wood era de los jugadores de quidditch más usados en publicidad… sumándole su carisma innato.
- Ven, siéntate- la invitó, dejando caer el periódico a un lado y dejando el vaso sobre la mesilla que estaba junto al sillón. Estiró sus brazos para abrazarla, mientras ella tomaba asiento.
Se sentía tan protegida ahí, como si nada malo le pudiese pasar con él rodeando su cintura. Su aroma varonil le recordaba la preciosa luna de miel que habían tenido… y esos tantos viajes que habían hecho, antes de que fuera secuestrada.
Sus recuerdos se entremezclaban, viendo frente a sí dos camino por seguir, dos distintos senderos… uno que podía llevar a la luz más clara nunca antes vista, un camino repleto de amor; y el otro, oscuro, igual de tentador, con sus misterios, su sonrisa ladeada… y esos brillantes ojos grises.
El hombre la aproximó a él, dejando que Hermione reposara todo el peso de su cuerpo en su torso. Hundió su nariz en aquellos bucles castaños que caían tras su fina espalda, y se regodeó de ellos, amando el aroma natural que expendía su chica, su mujer…
- No quiero que sea lunes…- le comentó, acariciando las pequeñas manos de ella- No quiero ir a trabajar cuando me podría quedar todo el día así, junto a ti-.
Hermione sonrió nerviosa. Sabía que ahora debía actuar, mentir y hacerse, oficialmente, la mujer más despistada del planeta.
- ¿Lunes?, ¿mañana es lunes?- Sí, tantos años de entrenamiento como miembro activo de la Orden le había servido, aún más de lo que ella creía.
Oliver alzó una ceja, pero luego sonrió besando el cuello descubierto que estaba frente a él.
- Sí, amor. Sé que todo lo de Ginny te ha tenido algo ocupada, pero perder la sensación del tiempo es peligroso… sobretodo para ti- rió silenciosamente- con lo histéricamente puntual que eres-.
La castaña frunció el ceño y volteó su rostro para mirar frente a frente a Oliver, si le iba a mentir, mínimo que fuera de frente.
- En ese caso…- comenzó con su voz suave- Tengo que ir a hacer mis maletas para el viaje-.
Él la miró extrañado, no recordaba que ella le hubiera comentado algo sobre un próximo viaje. Aunque siempre había sido algo desordenado con las fechas… y ella lo tenía más que claro.
- ¿Viaje?-.
Ella asintió.
- Debo ir a Paris- le explicó, poniendo de inmediato esa voz de sabihonda tan típica de Hogwarts- Tengo que arreglar el tratado para el permiso de libre aparición, ya sabes que eso de los trasladores le sale muy caro al Ministerio, y no es bueno que nuestro dinero se vaya en ese tipo de cosas, cuando aparecerse sale gratis-.
Oliver asintió tras la explicación. Hermione solía viajar a menudo a causa de su trabajo, era una de sus obligaciones y uno de los factores que los había llevado a esperar un tiempo para tener hijos. La carrera de Hermione ascendía a pasos agigantados e incluso muchos aseguraban que ella se convertiría en la futura Primer ministro: ¿Quién mejor que la héroe mundial?
Se acercó a ella y besó sus labios, en forma de apoyo.
- ¿Viajas sola, o te encargaron a alguien?- Su pregunta era obvia, otra muestra de su eterna preocupación.
La castaña lo besó de nuevo, debatiendo si sería mejor mentirle o decirle la verdad. Si le confesaba que Malfoy era su compañero de viaje, por expresa orden de Lucius, Oliver haría lo posible e imposible porque no se arriesgara a ir… intentando convencerla, incluso, de dejar su puesto y buscar otro trabajo. Todo lo cual acabaría en una batalla campal que no quería llevar.
Mas, si le ocultaba la verdad, podría descubrirla… y no sabría cómo actuar en tal caso.
Contempló aquellos brillantes ojos cafés, que siempre la miraban con aquella infinita ternura que la hacía hasta sonrojar. Él siempre era tan comprensivo, tan amable, tan caballero… despistado, quizás algo niño para sus cosas, pero ella lo había amado así… siempre.
Decidió que lo mejor era ocultar la presencia de Malfoy en el viaje, no quería seguir siendo la pesada carga de su esposo. La temporada de Quidditch estaba por comenzar, y no quería que por su culpa todo el equipo que Oliver capitaneaba se viera perjudicado.
- Sola, Amor.- Duele mentirte, traicionarte siempre duele un poco… pero todo es por tu bien- ¿Me acompañas a hacer la maleta?-.
La sonrisa que le lanzó eclipsó sus ojos, y fue devuelta con otra tan fantástica como la recibida. Hermione se puso de pie y tomó un sorbo de su té… mientras enlazada de la mano de su esposo, caminó rumbo al dormitorio.
OoOoOoO
Hace dos noches que no dormía en su casa, y tenía que aceptar que el sofá de Harry no se podía comparar a su colchón "súper 2000", que podía garantizar el mejor de los descansos.
Estaba agotado y feliz. Era tal la mezcla entre alivio y cansancio que no podía quejarse, pero tampoco podía dejar de sonreír, así como si la curvatura de sus labios estuviera inmóvil y estancada hacia arriba.
Su hermana Ginny había aparecido, ahora volvían a tener a la pequeña de la familia con ellos, y nada podía ser más importante para una familia como los Weasley que todos los miembros que la constituían estuvieran reunidos, una vez más.
Dejó su abrigo colgado en el perchero de la entrada del piso en el que vivía. A pesar de ya llevar un par de años con Lavender, su novia, aún no había decidido que dieran el paso de convivir. Tenía miedo de que para ella eso pudiera significar un compromiso más grande o un posible matrimonio, y él no estaba preparado para dar el siguiente paso, no aún.
Ronald Weasley atravesó el estrecho pasillo que lo guiaba hacia la sala, una pequeña habitación cuadrada donde un gran sillón y un equipo de música, regalo de Ginny, eran la gran decoración. Nunca había sido de aquellos que se preocupaba mucho por el orden, los colores o las combinaciones, y aunque tenía que aceptar que su departamento distaba de ser un lugar ideal para un hombre joven y exitoso, estaba conforme con él, feliz de que nadie se lo fuera a transformar como Lavender había insinuado hace unos meses.
Se sirvió un vaso de Whysky que sacó del mueble donde guardaba el equipo de música, y aprovechó de poner la radio.
Sonrió.
Una canción suave sonaba en la estación de turno. Y una voz melodiosa, que se le hizo demasiado familiar, salía de ella como si un coro de ángeles estuviera cantando.
"Jamás pensé que amarte pudiera doler tanto,
Pero prefiero llorar y sufrir... que alejarte de mí.
Y mientras la luna ilumine el firmamento,
Mientras tus ojos brillen cada vez que me vean,
Mientras un suspiro se escape de mi boca al escuchar tus latidos.
Te seguiré...
... Te seguiré porque te amo..."
La mujer que tanto lo confundía aparecía justo en ese momento, como si a la lejanía le diera el ánimo para seguir viviendo y lo felicitara por la felicidad encontrada. Su canción sonaba perdiéndose por los recovecos del departamento, y los compases delicados se colaban en su oído, haciendo recordar sus embriagadores labios, aquel día que la besó.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sillón, con el vaso de Whisky aferrado a su mano. Le encantaba esa voz aterciopelada, esos ojos azul claro, ese misterio que envolvía toda su persona. Quería saber todo de ella, pero a la vez le gustaba que todo fuera así... efímero, sin presión alguna... una sensación de incertidumbre que no lo obligaba a hacer aquello que no deseaba hacer.
Un picoteo en su ventana lo sacó de sus cavilaciones y se puso de pie para abrirle a un hermoso espécimen de plumas blancas y negras que entraba a su sala. Deshizo el nudo que había en su garra y tomó la nota que llevaba, dejando que la lechuza se fuera una vez entregada la nota.
Le parecía extraño, jamás había visto esa lechuza con anterioridad, y desenrrolló el pergamino con rapidez, dejando el vaso con el líquido dorado en el suelo.
"Ronald:
Mañana a las nueve en punto en el café muggle "Caffè".
No me falles.
B.Q".
Arrugo el labio al leer, y luego sonrió reconociendo quién era la dueña de esa letra tan elegante.
¿A las nueve?. Sí, él iría a cualquier lugar donde ella lo estuviera esperando... a cualquiera.
OoOoOoO
Había llegado al ministerio más temprano de lo habitual. No había adelantado el trabajo por hacer, y quería estar lista por cualquier cosa que sucediera en el viaje... aunque algo le decía que el trabajo sería lo menos importante.
Esa mañana había dudado si ir. Estuvo tentada de abandonar todo y quedarse en su casa, con su esposo, con sus besos... y no tentar su futuro con un viaje que, después de todo, no era tan importante como su salud mental, la cual se veía en riesgo con aquel "viaje de trabajo".
Caminó en círculo por su despacho mirando la maleta que llevaba, sabiendo que aún podía irse, que en cualquier minuto podía arrancar. Seguramente no habían más de dos o tres almas en todo el ministerio, y tal como entró, podía irse... pasando desapercibida.
Pero un crujido tras ella le rompió la ilusión de una súbita escapada, y con varita en mano se volteó... segura de quien aparecería.
En un impecable terno negro, con camisa sedosa y corbata plateada, entró el hombre que la hacía tiritar con su sola presencia. Su piel pálida resplandecía entre tanta oscuridad, y sus ojos mercurio brillaban con una intensidad que iba más allá de lo asombroso. Pero sobretodo eso era aquella sonrisa, la sonrisa ladeada tan seductora en su rostro varonil, lo que la hizo tensarse por un escalofrío... exhalando, sin quererlo, un suspiro...
- Señora Granger- El claro tono de burla no fue desapercibido para la castaña- Mi padre nos espera en unos minutos en su oficina-.
Se acercaba, lentamente... con aquella elegancia que le era innata. Y Hermione tuvo miedo, porque cuando él se acercaba... dejaba de pensar, de racionalizar... era como una muñeca entre sus dedos.
La mano pálida se aferró a su cintura, atrayéndola a él y aspirando el aroma que emanaba de sus ondas castañas, que estaban recién lavadas. Ella posó sus manos en aquel pecho marcado, no excesivo... sino como una estatua de un dios griego, mágico, fantástico, pero real.
- ¿Emocionada?- la pregunta tenía una clara intención seductora, sumándole el susurro frío que golpeó el lóbulo de su oreja.
- Ni lo sueñes, Malfoy- Y la frase fue arrancada casi a la fuerza. ¡Aire!, ¿dónde te fuiste?, ¿por qué siempre te vas cuando te necesito?
Él sonrió y besó con delicadeza su cuello, rozando sus labios delgados en aquel cálido trozo de piel. Y era tal como lo recordaba... tal como soñaba desde aquel lejano día.
- Granger... no te hagas la difícil- su voz sonó ácida, llena de un veneno atractivo- no es necesario que actúes frente a mí, lo sabes...-.
... Y no era primera vez que él se lo decía y, seguramente, no sería la última...
Había sido despertada por unos pasos torpes, pesados y poco agraciados muy diferentes a los de su captor. Por eso se levantó de un respingo y alzó una ceja extrañada, porque no era Draco quien estaba ahí.
El hombre que la miraba, con la típica máscara plateada y una caja en sus brazos, parecía dispuesto a decir algo y marcharse, como si no tuviera otra instrucción. Dejó la caja a un lado y caminó de vuelta a la puerta, murmurando con nerviosismo una frase:
- Ponte lo que está dentro de la caja. En unos minutos vendré a buscarte...-.
Hermione arrugó los labios, dispuesta a alegar.
- ¿Por qué?, ¿a dónde me llevarán?- Ese cambio en su rutina le parecía un giro extraño, demasiado inusual.
- No preguntes y estate lista- gruñó abriendo la puerta de golpe y atravesándola- tienes quince minutos-.
El polvo de la sala voló tras el portazo dado y Hermione caminó hacia la caja, observando con curiosidad qué se podía esconder en su interior. La última vez que la habían sacado de una celda le habían hecho vivir la más horrible de las torturas, y temía que eso se pudiera repetir...
... La "M" aún ardía en su entrepierna.
Bajo un papel delgado se encontraba un hermoso atuendo, tan fino y elegante que le sorprendió. Un vestido verde brillaba como si polvo de esmeralda hubiera sido esparcido en su torso, y su largo llegaba al suelo, estilizando la figura, amoldándose a las caderas y ajustando todo aquello que se quería realzar.
Con sus manos pequeñas lo sacó completamente de la caja y notó el par de zarcillos que habían en el fondo, junto a los cuales reposaban los finos tacos que debía usar. Dudó, sin entender para qué un vestido, para qué una elegancia perdida... ¿Qué se proponía Malfoy esta vez?
Y sí, la marca seguía doliendo, quemándole como advertencia de que hiciera caso a la orden.
Tal como el enmascarado le había dicho, a los quince minutos abrió la puerta... y quedó estático frente a ella. Quiso hablar, murmurar algo, pero se vio impedido. Y se limitó a apuntarla con su varita, intentando demostrar su insípido poder, y en un mudo ademán obligarla a salir de la habitación.
Atravesaron un pasillo amplio, propio de una hermosa mansión señorial. Sus paredes azules se perdían en lo alto del techo, y los cuadros hiperrealistas que se adosaban a la pared le daban la sensación de ser observada por muchos ojos a la vez.
Llegaron a una escalera al fondo del pasaje, una imponente escalera de la cual se podía ver el vestíbulo principal de la casa. Pero no la bajaron, y se detuvieron frente a una doble puerta lateral.
- Entra, te está esperando- advirtió el hombre, y tiró del pomo dorado para que ella se adentrara.
Hermione vio como una majestuosa sala se extendía frente a sus ojos. Un comedor alargado, con una fina mesa en el centro. Los amplios ventanales estaban cubiertos por unas cortinas color sangre, y sólo la débil luz de unos candelabros iluminaba la habitación.
Al otro extremo de la mesa se había puesto de pie su captor... el hombre al cual tanto temía. Draco Malfoy caminaba hacia ella, pero no con su típica sonrisa ladeada. Se veía consternado, como si un haz de luz lo hubiese cegado. Avanzaba a pasos cortos, y sus ojos grises brillaban más que las velas que flotaban en la nada.
Estaba impresionado, más de lo que podía demostrar aún. Hermione se veía hermosa, como una reina sacada de un cantar medieval. El vestido verde había sido escogido personalmente por él, pero jamás imaginó que ella se pudiera ver tan deliciosa con el puesto.
No la cubría maquillaje alguno, mas aquello no era importante. El cabello lo llevaba recogido en un moño alto, el cual dejaba al descubierto su grácil cuello, y desde aquel se veía ese pretensioso lunar que le gustaba besar. Los zarcillos iluminaban su rostro famélico, y las clavículas sobresalían de su pecho, dándole una imagen de fragilidad y dulzura que llamaba a ser protegida.
Pronto llegó a su lado, con su terno perfectamente planchado y su cabello peinado hacia atrás, como todo un caballero. La miró a los ojos, aspirando su aroma con aquella parsimonia que un amante podía tener para su querida... dulce, tan dulce.
- Granger...- el murmuro salió disminuido de su garganta- Te tengo una sorpresa-.
Ella alzó una ceja, saliendo del efecto que él le solía producir. Sus manos tiritaban, su respiración parecía algo más agitada, y sus pulsaciones comenzaban a desvariar.
Draco sonrió, acariciando con un dedo los hombros descubiertos de la castaña, y le mostró la comida sabrosa que había aparecido en la mesa, tal como sucedía en Hogwarts.
Un grandioso festín se develaba frente a sus ojos y Hermione pudo sentir como las tripas parecían gruñirles de la emoción. Había de todo: desde filete, hasta pollo, pasando por budines, papas y finísimos postres todos decorados con el mejor gusto que se podía imaginar.
La mano del rubio la guió hacia la silla que había a un extremo de la mesa, y la corrió hacia atrás, para que ella se pudiera sentar.
Toda la actitud de él le parecía extraña. De la nada Draco Malfoy la trataba con delicadeza, como si ella fuera una dama de alta alcurnia. Y le gustaba ser tratada así, no podía negarlo, pero la desconfianza la obligaba a estar atenta... a negarse a comer aquello que le ofrecían.
Se quedó quieta junto a la silla que él amablemente le había corrido. Volteó su rostro dubitativo, y lo atravesó con sus ojos miel... buscando en aquel rostro de alabastro la respuesta a ese cambio.
- ¿Para qué es todo esto?- le preguntó, sin permitir que su voz temblara.
Él enarcó una ceja, y una burlona sonrisa se posó en su cara.
- Para que te alimentes, Granger- La respuesta sonaba absurdamente obvia- ¿acaso quieres terminar raquítica?-.
El aliento mentolado le llegó como una agradable brisa fresca, mas ni con eso se iba a rendir.
- Si termino así será tú culpa- su mentón se elevó con altivez, mostrando la fuerza que aún tenía- No entiendo por qué, de la nada, te estás preocupando por mi salud-.
Rió tras aquella interrogante y la acercó a él, con suavidad. Sus ojos brillaban furiosos por no entender qué sucedía, y podía percibir el acelerado palpitar de su corazón tras aquel escuálido pecho. No le respondió, y avanzó con sus labios hacia aquel lunar que le coqueteaba, que flirteaba con él desde su inmóvil lugar, sobre aquel hombro desnudo...
Al posar su boca sobre aquel cuerpo tuvo completo conocimiento del espasmo que invadió la columna de la castaña. La aferró contra sí, tentándola, subiendo lentamente por su cuello despejado hacia su mentón. Ya había cerrado sus ojos grises para disfrutar de ese aroma dulce que lo maravillaba, la oscuridad siempre era mejor si alguien como ella estaba a su lado.
Hermione arrugó el ceño, intentando contenerse, medir aquellas sensaciones que se adentraban por sus poros y colapsaban su sistema nervioso. Pensar no era posible cuando un deseo así se apoderaba de su racionalidad, cuando un hombre como él tenía la intención de hacerla enloquecer con sus caricias.
La frente de ambos se juntaron. Aspiraron el mismo aire, y se dejaron asombrar con la misma fascinación. Draco sonrió, aún con los ojos cerrados, y sus labios delgados atraparon aquellos rosa que estaban semiabiertos a unos milímetros de él.
Y bajo la luz de las velas... se besaron.
La mano de él viajo desde su costado hacia su nuca, atrayéndola, aferrándose a ese beso como si de un salvavidas se tratara. Sabía bien, más que bien, sabían deliciosos aquellos labios tersos, suaves... su lengua entró imponente hacia esa cálida cavidad de la que se hacía dueño. Y un leve gemido pareció escapar de su garganta.
¡Era infernal!, sí, se sentía como si el mismo infierno la estuviera abrasando. El fuego parecía subir desde sus pies hacia su lengua vagabunda, y la quemaba sin control alguno, sin ninguna otra intención más que hacerla delirar. Sus ojos se mantenía cerrados, y sus pequeñas manos agarraban la camisa sedosa sobre aquel pecho torneado.
Hades los llamaba para sucumbir a su guarida. El apocalipsis parecía rodearlos en aquella atmósfera de destrucción, pasión y lujuria. No había escapatoria, una vez probados aquellos labios negados por sangre... la escapatoria se hacía imposible.
Pero entre el ahogo, el mareo, el descontrol total... Hermione sintió como una aguja se clavaba en su corazón...
Y tuvo miedo.
Mordió con ahínco el labio del hombre, haciéndolo sangrar, y con ambas manos rechazó su presa... alejándolo, apartándose de él.
- ¡Suéltame, Malfoy!- le gritó iracunda. Enojada más con ella misma que con él.
Draco llevó una mano a su labio roto y vio como las punta de sus dedos eran manchadas por gotas de sangre, tan puras como su ascendencia. El mercurio brilló en sus ojos, y se acercó a ella, quien se alejó hacia el otro extremo de la mesa.
- ¡No actúes, Granger!, no es necesario que intentes aparentar que no deseas más-.
La voz de él sonó helada, determinante. Y no se movió, se quedó ahí... observándola mientras las gotas se acumulaban en la comisura de su boca.
Un vaivén involuntario hizo que la mujer casi cayera, débil a causa del hambre, del miedo y de la desesperación producida por ese extraño sentimiento que se arraigaba en su interior. No tenía intención de responderle, porque no había nada que le pudiera responder.
Él la contempló un segundo más, y después de un leve ademán airado se limpió los restos de sangre.
- Está bien, Granger, tú ganas- un dejo de rabia se escapaba del tono usado- No podía esperar más de ti...-.
Y se giró caminando hacia la puerta, con aquel andar elegante que le era tan propio. Llegó frente a ella y tiró del pomo dorado, sin voltearse a ver a una Hermione estática apoyada de la mesa.
- Llévenla a su pieza...- ordenó... y desapareció de la sala, como si nunca hubiera estado en ella...
...
Las pulsaciones de Hermione seguían golpeando como tambores sus sienes. Recordaba tan bien lo sucedido, tanto como si de pronto lo volviera a vivir. En un esfuerzo sobrehumano se deshizo del agarre del rubio, y acercándose a su maleta le señaló:
- Debemos irnos, al Primer Ministro- pronunció estas palabras con una exagerada modulación- le carga la impuntualidad-.
Draco sonrió divertido. Ella tenía razón, su padre odiaba que uno llegara tarde. Se acercó a la maleta y la tomó, mostrando aquel actuar caballeroso que tanto confundía a la castaña.
- Vamos, te sigo-.
Ambos cruzaron en silencio el pasillo, que poco a poco comenzaba a tener más movimiento por la llegada de los distintos funcionarios del ministerio.
Las luces habían sido prendidas y el personal del aseo, así como aquellos que tenían trabajo por adelantar, ya se asomaban en las puertas que guiaban hacia los diferentes cargos administrativos.
Hermione iba nerviosa, su corazón aún latía a una increíble velocidad y sus mejillas mantenían aquel tono algo azorado. Sabía que ya no había vuelta atrás, que una vez de pie frente a Lucius Malfoy no se podría arrepentir, menos cuando todo su trabajo, todo su esfuerzo de años se jugaba en aquel puesto como jefa legal internacional.
Sus tacos tronaban en el piso, como estruendos que la acercaban a la realidad que estaba apunto de vivir, y su varita se asomaba por el bolsillo exterior de su túnica, recordándole que siempre podía pelear, sin importar qué sucediera, ella podría pelear contra cualquier adversidad.
- ¡Herms!- Un grito demasiado conocido la sacó de su ensimismamiento.
Desde atrás corría Ron, con su rostro visiblemente cansado. Las ojeras rodeaban sus azules ojos, pero la sonrisa en su cara denotaba que todo aquel cansancio no podía opacar su felicidad.
- ¡Qué bueno que te encuentro!- exclamó, abrazando a su amiga en un gesto espontáneo- Le dije a Lavender que podíamos invitarlos a cenar, a Oliver y a ti un día de estos- señaló, soltando a la castaña.
Un carraspeo leve, pero notorio, hizo que Ron se fijara de quién se había detenido junto a su amiga. Su gesto cambió de súbito, arrugando el ceño y apretando los labios... habían cosas que nunca cambiarían, y una de ellas era que se sintiera molesto de tan solo ver a ese rubio pedante cerca.
- Malfoy...- murmuró, mirándolo con rabia y luego dirigiendo sus ojos hacia su amiga. Feliz le habría mandado un solo combo a ese cabrón, pero ahora que su padre era el Primer Ministro debía intentar contenerse... o por lo menos eso le había advertido Harry hace unos días, cuando lo habían visto pasar.
- Señor Weasley- aquel tono educado usado por Draco aumentaba la desconfianza- un gusto verlo tan temprano-.
Ron no respondió, y sólo asintió con la cabeza.
- ¿Qué dices, Herms?- preguntó- ¿te parece buena la idea?-.
Hermione se mordió el labio, y su gesto de culpabilidad sólo se escondía por aquella adquirida careta de actriz que había aprendido.
- No puedo, Ron- respondió finalmente- Debo hacer un viaje por trabajo. Tengo que ir a negociar todo ese asunto acerca de aparecerse con el Primer Ministro Francés. Ya sabes de qué te hablo, seguramente Lavender te comunicó algo de aquello-.
El pelirrojo asintió. Como Lavender trabajaba en el departamento de transporte mágico estaba bastante informado del asunto.
- ¿Y partes ahora?, ¿vas sola?- ambas preguntas fueron hechas con suma inocencia, parecía ser. Otro gesto de preocupación de sus amigos desde su secuestro.
- No, vamos los dos- apuntó rápidamente Draco, ante los ojos bien abiertos de la castaña- como yo soy el nuevo rostro público del ministerio, me toca ayudar en la diplomacia entre los distintos estados-.
Un gruñido se escapó de la garganta de Ron y miró con determinación a su amiga. En aquellos ojos azules se escondía una pregunta bien clara, una duda precisa que ella debía responder: "¿Estás segura de ir con él?".
- Sí, Ron- la respuesta sonó firme- Así que, como ves, no puedo ir. De hecho vamos atrasados a juntarnos con el Señor Malfoy-.
Quería calmar a Ron, evitar que él hiciera un escándalo. Los ojos del muchacho viajaban furiosos desde el rostro de su amiga hacia el inescrutablemente amable gesto de Malfoy. No quería dejar ir a su amiga con aquel mortífago, quería evitar una locura como esa...
Pero sabía que si Hermione se estaba arriesgando era por algo, seguramente tenía un plan, una vía de escape. Después de todo siempre era ella quien los sacaba de los problemas.
Se acercó a ella y la abrazó, acercándose a su oído sin disimulación alguna.
- Ya sabes, cualquier cosa me avisas- sus palabras sonaron seguras, con un resto de rabia- No importa la hora, me conseguiré un traslador y apareceré en cualquier lugar que estés-.
La castaña asintió hacia aquellas palabras, y tomó entre sus manos las manos de Ron al separarse.
- Nos vemos, Ron- se despidió, besando su mejilla con cariño. El pelirrojo asintió y se dio media vuelta, sin molestarse en despedirse del rubio que se limitó a sonreír.
- Vamos- le murmuró a su acompañante, y siguieron rumbo a la oficina del Primer Ministro.
Tal como Hermione se lo esperaba, Lucius Malfoy ya se hallaba en su escritorio, revisando concentrado un par de papeles que se acumulaban dentro de unas carpetas. Su pelo rubio platinado brillaba en contraste al incipiente sol que se asomaba por la ventana, y sus manos elegantes jugaban con una pluma dorada con la que parecía firmar los documentos frente a él.
- Padre- lo llamó Draco, entrando con aquel aire aristocrático que tan sexy lo hacía ver.
Lucius sonrió a los recién llegados y se puso de pie, estrechando la mano de su hijo de manera fría, pero con un claro brillo orgulloso en sus ojos.
- Señora Granger, me encanta su puntualidad- señaló, con aquella sonrisa tan cínica que ya era costumbre- Aquí está el traslador que usarán. Los dejará en el vestíbulo del Hotel "Magie Blanche", así que no tienen de qué preocuparse. Las reservas fueron hecha por el Ministerio, así que sólo deben llegar y hacer que el Primer Ministro Fracés acepte la libre aparición-.
Hermione asintió y miró el colgante de oro que estaba sobre la mesa. Claro, Draco Malfoy no podía usar de traslador algo que fuera de menor calidad.
- Gracias, Primer Ministro- dijo la castaña, siempre tan educada- Le enviaré lechuzas para que conozca nuestros avances-.
Lucius curvó sus finos labios.
- No es necesario, Señora Granger, confío plenamente en ustedes-.
Draco tomó el collar y estrechó la mano de su padre, para luego tomar una maleta azul que había junto al escritorio. Hermione se despidió del Primer Ministro y agarró a su vez su propia maleta.
- Buen viaje- deseó Lucius, sentándose nuevamente en su asiento.
La pareja lo observó y pronto un brillo cegante emanó del collar que sujetaban...
... Y mientras todo comenzaba a dar vueltas, Hermione pudo sentir como una mano helada acariciaba sus dedos...
Y aquello la hizo temblar.
&
Wowww!!..
Ok, no se quejen.. en este chap hubo Dramione a MONTONES!.
Ya vimos el primer beso durante el secuestro, ¿qué más habrá sucedido ese mes?.
Ron... sospechará algo?... le dirá algo a Oliver?... ¿Y qué sucederá entre el pelirrojo y "B.Q" xD?
Bueno se viene Pariiiiis!! ¿qué influencia traerá la ciudad del amor para nuestros protagonistas?
Espero sus comentarios...
Y desafíenme!! (ya sabe, en el fic que les comenté arriba)
Ember.
