Hola!. Tantos soles sin leernos, ¿cómo están?.
Primero les quería agredecer por sus reviews, por ponerne en alerta, en historia favorita. etc!. Me hacen muy feliz... )
Segundo: Aviso que el fic se suspenderá por dos semanas, ya que me voy de Viaje!!. El viaje de mis sueños (soy de Chile y voy al viejo continente xD), así que no podré actualizar. Tengo parte del próximo chap escrito, si lo termino antes de irme, le diré a Emma que lo suba... pero no prometo nada (con todo lo que implica un viaje, no sé si alcance).
Tercero: Las invito al desafío que tiene la Sociedad.PPC. Búsquenlo en mis favoritos y hagan sus desafíos.
Capítulo dedícado a Mad Aristocrat, por regalarme el final de una historia que me tiene cautivada (Sí, amo a Kirtash con todo mi corazón)
Un saludo especial a Arrayan (Ya repetiremos el cafecito), a Karix7 y a Emma.Zunz. Gracias por leer mi libro, espero sus críticas cuando vuelva!.
Un besote desde Nunca Jamás.
Ember.
Capítulo XIV: Cuantas noches así.
Cada momento que pasaba todo le parecía más extraño, más irreal. Ahí estaba él, bailando con una regia mujer de pelo oscuro y ondulado, y ella lo observaba… sintiendo como el tatuaje que la marcaba le ardía con autoridad.
Asintió nuevamente al hombre rechoncho y de sonrisa afable que le hablaba, repitiéndole una y otra vez cuanto admiraba el equipo que capitaneaba su esposo y cuantas ganas tenía que un día él la acompañara a Francia para poder conocerlo. El Primer Ministro Dumont se reconocía fanático de Puddlemere United y nada mejor que tener a la esposa de tan fantástico capitán frente a él.
- Claro que sí, Señor Dumont, encantados aceptaríamos su invitación- le respondió Hermione con cortesía, aunque no estaba segura si a Oliver le gustaría presentarse en una cena donde un hombre como el Primer Ministro no dejaría de halagarlo. A Oliver no le gustaba que la gente lo tratara como si fuera una maravilla, era demasiado humilde para ello.
- En ese caso, Madame Gangueg- le dijo, tomando lo que quedaba de su vino tinto-. Yo hagué que Madame Gautier le mande una cagta paga que ogganizemos una cena oficial…-
Hermione sonrió y volvió a desviar su vista hacia la secretaria, viendo como ella se reía coqueta entre los brazos de Malfoy. Él le sonrió y ambos se detuvieron una vez la canción terminaba, acercándose a la mesa donde habían cenado tan estupendamente.
- ¿Baila bien el caballego?- preguntó el Primer Ministro a su secretaria, cuando llegaron junto a la mesa con las mejillas sonrojadas por el ejercicio que implicaba bailar.
- Oui, oui- respondió ella, emitiendo una risa trabajada tras batir sus pestañas tupidas-. Estupendo-.
La castaña sonrió cínica y bebió un leve sorbo de su vino tinto, cuando sintió como una mano fría se posaba en su hombro, llamando su atención.
Volteó su rostro enmarcado por rizos desordenados y sus mejillas ardieron de sólo saber que esos ojos grises la estarían observando… con aquella sonrisa ladeada que era tan fácil de distinguir.
- ¿Dime?- le preguntó, sintiendo aún como esa mano acariciaba imperceptible su hombro desnudo, pasando sobre el lunar pequeño, casi invisible, que a él tanta fascinación le producía.
- ¿Me concedes esta pieza de baile?- Sus ojos grises brillaron y el flequillo rubio pasó a caer sobre sus ojos de plata.
Y ella no pudo más que asentir, sintiendo como los celos de la secretaria parecían atravesarla…
Hermione se puso de pie, mostrando el vestido negro que llevaba puesto. La tela delgada se ceñía a su cintura estrecha y a las curvas de sus caderas, remarcando cada forma de su delgada figura. Sus hombros y su cuello quedaban desnudos, con el cabello tomado en alto y sólo con unos pocos rizos rebeldes que se escapaban de la rigurosidad de su peinado. Sus orejas iban adornadas por unos zarcillos brillantes, de diamantes pulidos, y sus labios brillaban también, por un gloss rosa que realzaba su volumen.
Él tomó su mano y la guió hacia el centro del salón.
La castaña sabía que no debería haber aceptado, que no debería estar siguiendo a ese hombre hacia el infierno, que era su hábitat natural. Su racionalidad le pedía que no hiciera caso al llamado que el tatuaje le hacía, pero no podía… no podía luchar contra él.
En su terno negro y camisa de seda, Draco se veía despampanante. Su piel pálida contrastaba con su vestimenta oscura y el perfume masculino y fino que llevaba puesto provocaba que todas las mujeres del salón se voltearan a mirarlo. Eran sus ojos, sus movimientos elegantes, su ronco tono de voz que hacía de él una mezcla demasiado atrayente para pasar desapercibida…. Y era Hermione la principal víctima de todo ello.
Su brazo rodeó aquella cintura delgada, acercándola a él cuando un suave vals comenzaba a sonar. Hermione llevó una mano hacia el hombro del rubio, mientras la otra era tomada por esa pálida mano. Y juntos comenzaron a girar.
- Sígueme- le ordenó él, moviendo sus pies con coordinación, como si hubiera nacido en un salón de baile.
Ella se limitó a asentir, dejándose llevar por esos giros suaves, delicados, que la hacían parecer una princesa en pleno baile real. Sonreía por inercia mientras era impulsada por los pasos de Draco, y aquella mano se sentía perfecta alrededor de su cintura.
La música se tornó lenta, como un murmullo de notas armoniosas que eran una mera decoración más de todo el esplendor de la fiesta. El cuerpo de la castaña se acercó aún más al pecho de Draco, y sus narices se rozaron mientras se perdían entre la multitud.
- Así debemos estar, Granger- le murmuró él, mirándola fijamente-, así de juntos-.
Hermione tragó con dificultad y sintió como su corazón latía acelerado bajo el vestido. Bastaba con que aquel aire fresco la golpeara para sentir como su cuerpo parecía tiritar.
- Tú y yo, lo sabes- su voz sonaba ronca, seductora-. Es algo ineludible, un deber que está escrito y que no se puede transar- su mano se aferraba con más fuerza a la cintura de la castaña-. Algo que sucederá, tarde o temprano-.
Draco ladeó su rostro y mordió el lóbulo de la oreja de la castaña, sabiendo que tras aquello ella pegaría un respingo, el cual no demoró en dejarse notar. Las mejillas de Hermione se habían azorado y sus ojos miel brillaban, conteniendo esas apremiantes ganas de besar, morder y dejarse llevar.
Y las notas pasaban, una en una. Y ellos se miraban, sin desviar sus pupilas de la mirada que el otro le dirigía, en una batalla que los dos podían ganar… o perder, según como se viere.
De a poco la tonada fue disminuyendo de volumen y sus rostros aún no cedían, escrutando cada gesto que el otro parecía expresar. Sus labios entreabiertos se lanzaban mudas palabras de invitación indecorosa… Pero era un lugar público, demasiada gente como para tener un leve desliz.
Entremezclados con los vestidos de gala de las elegantes mujeres, Draco acercó sus labios delgados al cuello de la castaña, y lo besó propinándole un leve mordisco que quedó palpitando en aquella clara piel.
Hermione gimió con ahogo, sintiendo como toda la sangre de su cuerpo se posaba en sus mejillas latentes. Miró al rubio a los ojos y se aferró más a él, como si fuera a caer en cualquier momento.
La mano de Draco seguía intacta en su cintura. Pero la otra, aquella que había tenido la pequeña mano de Hermione atrapada para el baile, ya no se encontraba ahí… bajando sin pudor alguno hacia el vientre de ella, y dejándose estar sobre aquella marca, interrumpida por la tela del vestido.
- ¿Quieres caer esta noche, Granger?- le preguntó. Sabía que ella estaba a su merced, que ahora ella era una total esclava de sus deseos.
Los bucles de la castaña se soltaron un poco de su rígido peinado, y cayeron sobre su rostro ocultando su gesto turbado. Lo que él le estaba preguntando era una decisión fatal que ella debía tomar… y en este momento su razón se había alejado, había sido despojada junto a su dignidad.
Sus labios rosa succionaron aquel cuello pálido por una milésima de segundo, apenas marcando un brillo pegote en esa piel porcelánica. Sus ojos miel se elevaron y se toparon con aquellos grises.
Y los dedos de Malfoy seguían acariciando la "M" en la entrepierna… tentándola.
- Te espero en mi pieza- anunció ella dejándose caer, sabiendo que sus pies ya se estaban quemando en el reino de Hades.
Él sonrió y afirmó, soltándola de a poco mientras depositaba un casto beso en su mejilla.
- Diré que te sentiste mal. Tú espérame- le señaló… dejándola ir con su corazón acelerado.
Se miraron una última vez y la lujuria fue palpable en el ambiente.
Hermione corrió hacia el vestíbulo… necesitaba llegar a su pieza, cuanto antes.
OoOoOoO
Siempre se había imaginado que los famosos de la farándula solían vivir en mansiones absolutamente extravagantes, repletas de cuadros modernos y con decenas de guardias maceteados que se dedicarían a controlar la seguridad. Fue por ello que el departamento de Pansy llamó tanto su atención.
Llegó por su propia chimenea a la sala principal del penthouse que la cantante tenía en el centro de Londres. Ella había hecho los contactos para que su chimenea privada estuviera abierta de recibir a Ron en el momento de su llegada, sin tener esos típicos problemas de barrera que la gente importante contrataba para su seguridad.
Salió con algo de polvo cubriendo su nariz, y se la limpió de inmediato al ver a la mujer sentada frente a él, con una coqueta sonrisa en los labios.
Pansy estaba de piernas cruzada sobre la butaca de cuero que decoraba su elegante salón. Vestía un vestido de seda que fácilmente se podía confundir con una camisa de dormir, y se cubría con una bata transparente de un tono magenta que dejaba ver el escote prominente que realzaba su vestimenta estrecha.
Se puso de pie y le ofreció a Ron un vaso de Whisky de aquellos que ya tenía servido. El pelirrojo sonrió y aceptó el vaso de alcohol, bebiendo de inmediato un trago de aquel líquido que quemaba con intensidad su garganta.
- Me alegro que vinieras- murmuró ella, de pie y sólo iluminada por un candelabro que brillaba desde una mesa lateral.
Sus ojos azul claro resplandecieron y bebió un sorbo con consciente sensualidad, pasando su lengua por el vidrio del vaso antes de dejar sus labios rojos marcados, como una huella en donde había posado su boca.
Ron tragó saliva.
- Claro que iba a venir. No podía negarme a una invitación tuya, ¿cierto?- le preguntó, avanzando unos pasos y dispuesto a sentarse en un sillón lateral, antes de que Pansy se lo impidiera.
La mujer se acercó a él y posó su mano en aquella nuca pelirroja, acercándolo a sus labios mientras cerraba los ojos con devoción.
Él se dejó llevar por aquel movimiento, y encerró a la mujer con su brazo rodeando su cintura, sintiendo como aquella delgada tela casi parecía invisible para su tacto. Hundió su lengua en aquella boca que emanaba un aire tibio, inspirador, y saboreó el sabor a whisky que ella también tenía en las paredes interiores de su cavidad.
- Bienvenido…- murmuró ella al interior del beso, y se separó de él con cuidado. Las mejillas de ambos estaban azoradas, y sus respiraciones se habían entrecortado de una manera inmediata.
La mano de Pansy tomó la de Ron, y dejó su vaso vacío sobre una mesa, mientras el candelabro de luz los seguía… volando tras ellos.
Ron pudo apreciar que el departamento de Pansy era grande y que estaba decorado todo con muebles antiguos del s.XIX. No habían posters de sus giras, ni disco alguno que mostrara cuantos premios había ganado a lo largo de los años.
Ella caminaba decidida hacia un lugar en especial, y sus caderas se movían con un vaivén femenino que a cualquiera volvería completamente loco.
Se detuvieron frente a una puerta semiabierta, la cual Pansy empujó y entró… mirando a Ron una vez él hubo entrado.
El dormitorio de la mujer era enorme. Una cama matrimonial de tamaño excepcional estaba en el centro, cubierta por velos que caían etéreos hasta el suelo, dejando poco a la imaginación. Contra una pared había un espejo de cuerpo entero que reflejaba la luna que brillaba al otro lado de la ventana, y junto a él retratos y fotos mostraban lo único absolutamente íntimo que había en toda la majestuosidad de ese hogar.
El pelirrojo detuvo su vista otra vez en ella, y sonrió al ver su figura inmortal en contraste con la luz dorada del fuego y plateada de la luna… una mezcla de diosa y mujer.
Sus ojos se fijaron en aquellas piernas torneadas, esos pechos firmes, esa cintura pequeña y esos labios seductores… que llamaban a besar. Y él siguió aquel gutural llamado.
Pronto sus brazos estaban rodeando a la mujer con determinación, mientras su lengua se entremezclaba con la saliva dulce que ella producía. Las manos de ella se habían arremetido contra su camisa, sacándola a tirones por la desesperación.
Y es que Ron sabía que aquella cita siempre había tenido un motivo en concreto… y Pansy sabía que él no iba a desistir.
Pero así como ella imprimía el deseo en cada uno de sus ademanes, él la trataba con ternura, besándola como si de un pétalo de rosa se tratase.
Cayeron a la cama, ella sin su bata transparente y él con su torso desnudo, aún con la luz de la vela iluminando a lo lejos, al otro lado del velo. Sus ojos se encontraron una vez más y ella se dejó besar por él, permitiendo que el camino de besos que él comenzaba terminara en el punto culmine de su excitación.
El vestido fue olvidado. Dejando unos senos más bien grandes, que eran absolutamente envidiados por muchas de las críticas de espectáculo que solían opinar en las columnas faranduleras de las revistas.
Ron los besó, apretándolos con las yemas de sus dedos y lamiendo aquel dulce néctar que brotaba de la transpiración de la mujer… la cual gemía con cada nuevo beso que él le daba.
Su pantalón fue desabrochado por las hábiles manos de Pansy, y pronto él quedó tan desnudo como ella… sintiendo que el supuesto frío de la noche Londinense era un mero recuerdo frente a la noche que estaba viviendo.
Y mientras su hombría poseía a Pansy Parkinson una y otra vez, sus gritos extasiados se deshacían en el clamor de la noche. Y mientras las uñas de ella siguieran enterrándose en su espalda, y sus gemidos gatunos brotaran agónicos de placer…
…Él seguiría acudiendo a esas citas. Porque el placer y el amor deben venir de la mano.
¿Sería eso cierto?
OoOoOoO
Se cubrió su cabello rubio ceniza con un pañuelo azulino que combinaba a la perfección con la túnica que llevaba puesta. Los aros de rábano estaban escondidos bajo el pañuelo estampado, y sus ojos saltones estaban fijos en la fachada deteriorada de esa mansión…
La Mansión de los Nott.
Cruzó el sendero flanqueado de gárgolas caídas, hasta llegar al pórtico que alguna vez fue blanco, y que hoy estaba descascarado y gris, con cientos de enredaderas girando alrededor de sus pilares. Parpadeó.
Con un puño golpeó la gruesa puerta de entrada y esperó derecha que alguien le fuera a abrir. Aunque el frío que se colaba por sus manos desnudas provocaba un leve estremecimiento de su cuerpo que la hacía encorvarse.
Las bisagras crujieron y una mujer arrugada y rechoncha se asomó. Su piel marcada por manchas rojas parecían supurar en las zonas cercanas a las orejas, y su escaso cabello desordenado se revolvía con el viento que entraba, golpeándole la cara.
- ¿Está enferma?- le preguntó Luna entrando, sin esperar que la mujer la convidara a pasar.
La vieja alzó una ceja negra y miró a esa jovencilla extraña, emitiendo un bufido indignado al ver su descortesía al entrar sin siquiera pedir permiso.
- ¿Busca al Señor Nott?- preguntó, sin responder aquella absurda interrogante acerca de un posible enfermedad. Ella no tenía porque andar respondiéndole cosas a esa mujer tan rara.
Los ojos saltones de Luna observaron sin discreción alguna el rostro manchado de la mujer, encontrando en seguida a qué se podía deber esa reacción alérgica.
- Debe cuidarse de los Bimbindin- advirtió, deshaciéndose del pañuelo que ahora dejaba su cabello en libertad-. Ellos son los causantes de su alergia-.
Cada vez más confundida la mujer tocó su propia mejilla con una mano arrugada, y sintió el calor que emanaba ese lugar cubierto por una mancha cada día más magenta.
- ¿Qué son los Bimbindin?- le interrogó, atenta.
Luna sonrió tal como siempre lo hacía cuando debía explicar uno de aquellos temas que tanto le gustaban. Amarró el pañuelo a su brazo y miró a la mujer.
- Son una criaturillas peludas que salen de noche y se posan en las almohadas, para asegurar un buen descanso-. Explicó, con su mejor tono de autoridad-. Pero a algunas personas les producen alergia, y para evitarla lo mejor es dejar una ramita de menta bajo la cama-.
El asentimiento de la viejecilla hizo que Luna sonriera con total sinceridad. Y de pronto le pareció que aquella chica rubia no era tan rara, sino que más bien era una bruja incomprendida.
- El señor Nott la está esperando- señaló, recordando las instrucciones de su jefe-. Sígame, por favor-.
Ambas caminaron a través de los pasillos oscuros. A pesar de la noche no habían velas encendidas, y sólo el conocimiento completo que tenía la mujer de la casa le permitía avanzar con seguridad, sin temer perderse por uno de los enredados pasillos.
Se detuvo frente a una puerta blanca, de la cual brillaba una leve luz anaranjada a su alrededor. Luna podía escuchar el rasgueo de papeles desde el interior y supo que su jefe debía estar ahí, esperándola.
- ¿Señor?- preguntó la mujer, golpeando la puerta antes de abrir-. Su invitada ha llegado-.
Un ruido de algo rompiéndose sonó. Luego un leve reparo, y un carraspeo profundo se hizo notar.
- Que pase, Mary Sue- señaló la voz, apagada por las paredes y la puerta gruesa.
Mary Sue asintió y miró a la jovencilla, intentando sonreírle… aunque aquellas encías vacías no eran de lo más acogedoras. Abrió la puerta y dejó que la muchacha pasara, arrastrando los pies por el pasillo una vez dejó a la mujer rubia en el despacho de su señor.
Luna vio una habitación desordenada, pero elegante. El fuego crepitaba en la chimenea de piedra y los paisajes impresionistas colgaban de las paredes, deleitando con Manet y Constables originales. La muchacha admiró los papeles y sobres amarillos que habían sobre el escritorio de al fondo, y sonrió al ver la silla dada vuelta, mirando por la ventana.
- ¿Jefe?- preguntó, dando un par de saltitos hasta el escritorio y sentándose en una silla frente a él.
- ¿Señorita Lovegood?- preguntó a su vez una voz profunda, mientras el hombre se daba vuelta para enfrentar a su interlocutora.
Aquel rostro deforme apenas se parecía a aquel que ella recordaba haber visto en Hogwarts. Todo el lado derecho de la cara de Nott estaba caído, y su mentón estaba partido en dos, tan deforme como su nariz torcida. El hombre esperaba una reacción de un tipo, tal como la que había tenido Pansy cuando lo volvió a ver, después de todo lo sucedido.
- Jefe, creo que deberá descansar un poco más…. Las ojeras delatan sus noches en vela-.
La mandíbula de Theodore casi se desencajó, mirando como su subordinada sonreía y se acomodaba en la silla, como si todo fuese absolutamente normal.
A ella jamás le habían llamado mucho la atención aquellas heridas de guerra. No como los Pimpkeins o los threstal. Para Luna aquellas heridas significaban lucha, sacrificio, y era por lo mismo que siempre había visto en ellas una belleza especial… una que se sobreponía a todo el daño dejado.
Miró a su jefe atenta, esperando alguna futura instrucción. Pero Theo aún se notaba algo incrédulo frente a aquella simple reacción, considerando seriamente que aquella mujer actuaba demasiado bien.
- ¿En serio tengo las ojeras muy marcadas?- le preguntó, sin ocurrírsele nada más astuto para salir de su impresión.
Ella sonrió y encorvó su espalda sobre el escritorio, observando con detenimiento la bolsa cansada que se marcaba bajo su ojo bueno. Aquel cálido ojo café que brillaba por sí solo.
- Sí- afirmó, llevando un mechón rubio tras su oreja-. Jefe, creo que debe tomarse un descanso y dejarme el trabajo a mí-.
Ambos sonrieron tras aquellas últimas palabras, sintiéndose extrañamente cómodos con la presencia del uno frente al otro.
Theo admiró el semblante soñador de la mujer rubia. Aún podía recordar su voz suave y su andar despreocupado por los pasillos de Hogwarts. En aquellos años "Lunática" Lovegood causaba cierta sensación, sobretodo por sus extraños cuentos de criaturas imaginarias y realidades paralelas.
Él siempre había sido muy observador, una de sus grandes cualidades, y era por ello que más de alguna vez había visto a la chica ravenclaw dando vueltas por el castillo, ya sea buscando algún bichito por las esquinas de los pasillos o sus pertenencias desparramadas. Y siempre le había llamado la atención que a Luna Lovegood no le importaba qué dijeran de ella… porque no necesitaba más que a sus cercanos para ser feliz. Luna se sentía completa con su mundo de fantasía.
Aquellos ojos saltones se posaron fijamente en él, atentos. Theo parpadeó un par de veces y le devolvió una sincera sonrisa. Siempre cuando recordaba aquel tranquilo pasado se ponía de un nostálgico buen humor.
- Entonces, ¿qué opina del desastre del diario?- preguntó ella, volviendo a apoyar su espalda en el respaldo de la silla.
- Creo que…- murmuró él, perdido aún en esos ojos azules- Creo que deberemos contratar un contador, porque yo no soy…-.
- … muy amante de las matemáticas- completó con una risita-. Ya lo sabía-.
Ambos sonrieron una vez más y un gesto cómplice los envolvió.
Aquella noche se quedaron conversando… hasta que el fuego de la chimenea emitió su último fulgor.
OoOoOoO
Se sentó sobre su cama con el vestido aún puesto. Estaba nerviosa.
Hace unos minutos ya que había llegado a su pieza y había cerrado la puerta tras ella, esperando con ansias al rubio que tantas reacciones extrañas producía en su cuerpo.
Se soltó el cabello para que cayera libre sobre sus hombros. Y abrió la cama dudando si aquello podía parecer muy desesperado o no. Sería terrible que él se burlara de ella por alguna nimiedad como aquella.
Su corazón se aceleró, y las dudas invadieron nuevamente su mente.
¿Qué estaba haciendo así?, ¿de qué se trataba toda aquella absurda actuación?. Ella estaba casada con un hombre maravilloso. Estaba enamorada de un hombre que la amaba como nadie en la vida la podría amar, y no podía echar todo lo construido en años por la borda… sólo por una estúpida aventura con un ex mortífago.
Había sido la mejor alumna de su generación, incluso algunos la llamaban la bruja más inteligente de Inglaterra después de la muerte de Albus Dumbledore. ¿Qué se suponía que hacía Hermione Granger en una situación como aquella?, ¿qué la estaba llevando a hacer caso a sus instintos en vez de a su razón?.
Arrugó su nariz molesta con el mundo, con Malfoy y con ella misma. No podía soportar que un hombre tan imbécil como él tuviera ese tipo de control sobre ella. Un control todavía mayor al que Oliver alguna vez había soñado con obtener.
Decidida se puso de pie y tomó la varilla que servía de llave de la habitación, sellándola para que nadie pudiera entrar. Sabía que estaba completamente segura de su instinto tras esas cuatro paredes, y no iba a permitir que Malfoy la volviera a manipular con tal facilidad.
Una vez recitado el encantamiento se quedó de pie, observando su figura espigada frente al espejo que había en la habitación. Se deshizo del vestido mientras admiraba su cuerpo delgado, que desde el secuestro no había vuelto a tomar su saludable peso normal.
Sonrió al recordar el rostro de Oliver cuando despertó en la cama de San Mungo. Sus ojos cafés habían brillado emocionados al verla despertar, y su maravillosa sonrisa no había podido esconder las lágrimas rebeldes que se escapaban de sus ojos.
Sabía que para él aquellos tres meses habían significado una total desolación. Por más que su equipo, la Orden, hasta la misma comunidad mágica lo apoyaran con gestos de caridad, él no se había sentido tranquilo en ningún momento. Sólo cuando ella había despertado él había vuelto a recobrar su vitalidad.
Cerró los ojos y sintió las manos de Oliver tocándola. Quizás no eran sensuales ni provocadoras como las de Malfoy, pero escondían tras toda esa torpe rudeza algo sumamente especial… que hacían de Oliver un amante preocupado y amoroso.
Los minutos pasaron y Hermione estaba zambullida en los recuerdos que le permitían aferrarse a la cordura y no caer en la tentación. Evocando la mirada de su esposo se sentía levemente a salvo de ese deseo gutural que la obligaba a buscar al rubio en la habitación contigua. Sólo pensando en él podría seguir siendo la de siempre.
Unos pasos lentos se escucharon del corredor, y la castaña percibió con temor como se detenían frente a su puerta.
Su respiración se agitó de sólo pensar que Malfoy estaba afuera, esperándola. Y se sobresaltó al escuchar como una mano llamaba a su puerta… advirtiéndole que efectivamente había alguien ahí.
En su mente miles de inquietudes se arremolinaban. Unas a otras se entremezclaban para saber qué hacer, cómo actuar, qué parte de su alma debía ganar.
En el fondo de su ser sabía que el amor que sentía por Oliver era puro, como un agua traslucida que es imposible contaminar. Cada momento vivido con él era un tesoro que jamás le sería arrebatado, porque su corazón le pertenecía a él, absolutamente…
Pero en ese momento no era su corazón el que estaba en juego, sino su deseo, su cuerpo de mujer. Su pasión quería que otro bebiera de ella, aunque ese otro fuera un hombre con el cual jamás pensó que se podía entrometer. En ese momento sus ansias, su lujuria querían que ese individuo la utilizara con todos los fines truculentos que el sexo podía tener.
Abrió los ojos y miró la varilla que aún tenía en su mano, no sabiendo qué hacer. Sabía que tarde o temprano iba a caer si mantenía ese tipo de relación con Malfoy. Tal como él le había dicho… aquello era innegable.
Caminó desnuda hacia la puerta y conjuró las palabras que permitirían a su amante entrar. Las mejillas le brillaban enrojecidas de sólo imaginar aquellos ojos grises al otro lado del umbral, y con un dejo tiritón abrió la puerta.
Pero una gran decepción la ahogó, aunque fue opacada por la extrañeza de ver un hermoso ramo de rosas rojas abandonado sobre el tapete de su habitación. Alzó una ceja incrédula y tomó el ramo para entrar con él, y volvió a cerrar la puerta repitiendo las palabras mágicas.
Doce rosas perfectas estaban enlazadas por una cinta blanca en su tallo largo. Cada una de ella expiraba aquel fascinante aroma que las rosas recién cortadas suelen emitir. Hermione aspiró durante un segundo aquel aroma dulzón, y tomó la tarjeta blanca que sobresalía sobre el listón de seda.
"No ha pasado ni un día de tu partida y ya te extraño.
Oliver"
El remordimiento se hizo latente en su rostro emocionado, y una lágrima se escapó de sus ojos para caer en el pétalo de una flor.
Había estado apunto de engañar al hombre de su vida…. Y eso le dolió, tanto así como si una daga filosa se clavase en su alma.
La pregunta ahora es, querida Hermione: ¿Qué harás para evitar que la tentación te corrompa?.
&
¿Interesante?, espero que sí.
Las cosas se han puesto cada vez más tensas entre nuestros protagonistas. ¿Hermione caerá en la tentación?. Yo prometí acción en Paris, y acción habrá... lo juro!.
Pansy y Ron, una cita directa al grano. ¿Qué hará Ron con Lav-lav?, ¿Pansy aún estará comprometida con Draco?, ¿Será un sentimiento verdadero, o Pansy estará involucrándose con el pelirrojo por una misión específica?. Uyuyuy!!
Y, finalmente, la bestia de Nott conoció a la loca y bella Luna, ¿qué saldrá de todo esto?, ¿podrá Luna derretir el corazón de un hombre maldito... por alguna causa que aún no conocemos?.
Muchas dudas que dejo para los próximos capítulos, que se vendrán muy interesantes una vez que mi Inspiración vuelva al sitio donde debe estar: en mi corazón!
Espero sus comentarios!. Un besote.
Ember.
