Queridos lectores... ¿qué pasó?, ¿no les gustó el inicio de temporada?. Ya saben... así como las series se acaban por falta de rating, los fics dejan de ser inspiradores por falta de rr. Espero sus comentarios, son ellos los que me dan la fuerza para continuar con esta historia.

Los que leen Fatales, aviso que no sé cuándo lo subiré. Ya está en gran parte escrito, pero me falta cranear una cosa para subirlo :)

Un agradecimiento gigante a:

andeli Malfoy Cullen, jos Black, Marie Malfoy, beautifly92, salesia, karyta34, Leito, tildita, Isabella.Jane.Potter.

Este capítulo va totalmente para y por ustedes!

Ember.

Capítulo XVIII: Ira

Caminaba por el ministerio con su andar pausado y su mentón en alto. Hace un par de días que no sabía nada de él, y eso ya le estaba comenzando a molestar.

Podía entender el hecho de que tenía problemas familiares de suma importancia, que su trabajo le demandaba mucho tiempo y que su familia lo necesitaba en ese momento. Pero había algo extraño tras todo eso que para Pansy Parkinson no pasaba por desapercibido: y pretendía averiguar qué era.

Con sigilo se perdió entre los cubículos vacíos de los funcionarios que a esa hora ya debían estar en casa. El ministerio se encontraba prácticamente vacío, y el hecho de que alguien la pudiera ver ahí era aún más excitante para esa relación escondida que estaba manteniendo.

Al final del corredor, tras una doble puerta a la derecha, una luz amarilla se perdía como la única fuente de claridad entre la oscuridad que envolvía el edificio. Se acercó al pomo dorado que sobresalía bajo la placa que decía "Departamento de Aurores", y empujó de él, entrando al vestíbulo que llevaba al conjunto de oficinas.

- Weasley, ¿ya te olvidaste de mí?- su voz sonó altiva, chocando con el dejo de burla en sus ojos azul claro.

El hombre pelirrojo alzó la vista, y un mechón de cabello ígneo cayó sobre su ojo izquierdo, cubriendo por un instante su asombro de ver a su amante ahí, en su lugar de trabajo.

- ¿Qué haces aquí?- le preguntó con preocupación, dejando a un lado una carpeta que había sobre su escritorio y mirando a todos lados, asegurándose que estaba solo en el departamento. El trabajo atrasado lo mantenía ahí.

- Vengo a ver a aquel que se suponía que iba ir anoche a tomar un vaso de whisky de fuego conmigo- respondió, avanzando bajo la luz de la lámpara de aceite. Su cabello negro brillaba sobre su túnica blanca, y de su cuello colgaba un diamante en forma de péndulo.

Ron se sonrojó tras aquellas palabras, y se puso de pie, sintiendo como el aroma tan particular de Pansy- a sándalo, lavanda y un toque de limón- golpeaba su rostro como una brisa fría, noble y única.

Aquella mujer era capaz de alterarlo con su sola presencia, y el tenerla ahí, frente a él, lo hacía reprocharse por haber desperdiciado tantas noches junto a su compañía.

Caminó hacia ella y tomó su mano. Pansy lo miraba directamente a los ojos, con una sonrisa coqueta en sus labios.

- ¿Habrá forma de que pueda ser perdonado? -.

Ella arrugó el labio en un claro gesto de duda. Con sus dedos rozó la nuca del pelirrojo y acarició su cabello, desordenándoselo para darle un aspecto de hombre salvaje y pasional. Se acercó a su mentón y besó con un roce su mandíbula, subiendo lentamente hasta la comisura de su boca.

- Tendrás que hacer mérito para ser perdonado, Ronald Weasley…- le murmuró, segura de que él ya había cerrado los ojos pare recibir su beso-. Partiendo por decirme qué es aquello que me ocultas… aquello que te ha mantenido tan alejado de mí-.

Ron de inmediato abrió los ojos, con la respiración entrecortada y sus manos tensas alrededor de la cintura de la mujer. Esa era una pregunta que no se esperaba.

- Lo siento, pero….- murmuró, alejándose de ella y buscando sus ojos azules bajo los mechones de pelo negro que le cubrían su rostro.

- No me digas nada- lo detuvo. Su mirada se había vuelto fría, y el mohín de su labio la hacía ver como una pequeña caprichosa, cosa que no estaba lejos de la realidad.

Con su mano grande, Ron acarició su rostro lozano. Dibujó con su dedo su nariz aristocrática, y bajó desde su mejilla hasta su mentón. Pansy no dejaba de escudriñarlo con sus ojos azul agua, y evitaba dejarse llevar por el calor que emanaba esa mano curtida.

Ron Weasley sabía tocarla como ningún otro hombre lo había intentado con anterioridad. El pelirrojo escondía dentro de su sonrisa de niño y sus comentarios infantiles, un hombre hecho y derecho que parecía una bomba de pasión pronta a estallar. Y él aún no se percataba de que aquellas caricias eran una dulce tortura para ella.

- ¿Es muy importante para ti que te diga qué me sucede?- le preguntó, rozando con su aliento aquellas mejillas pálidas.

Un brillo de triunfo centelló en las pupilas de Pansy, y asintió muda, dejando que él fuera el próximo en hablar.

- Está bien- sonrió él besando su mejilla y atrapándola nuevamente entre sus brazos. Se acercó a su oído y le susurró bajito, tan despacio que apenas había constancia de que aquella confesión había salido de su boca-. Mi hermana, Ginny, apareció hace un tiempo… y hace dos días despertó de su inconsciencia-.

OoOoOoOoO

Un viejo éxito de las Brujas de Mc Beth sonaba en la anticuada radio. Las notas agudas colmaban el departamento ordenado, y se confundían con el golpeteo de latas y de trastos que hacía la dueña del lugar en la cocina.

Después de que Ginny despertara de su sueño impávido, Hermione había pasado la mayor parte del tiempo en el departamento de Harry, ayudando a su amiga y a él mismo en todo lo que pudieran necesitar.

Se había dedicado a hacer las compras de almacén, a atender a toda la tropa de Weasleys que visitaban a la enferma. Se había transformado en la secretaria personal de Harry durante ese periodo, e incluso había hecho de intermediaria en el envío de correspondencia entre Harry y toda la Orden del Fenix.

Y con todo ello no había tenido tanto tiempo para pensar. No el tiempo suficiente como para deprimirse y despreciarse por el vacío que Oliver dejaba en su vida.

Al día siguiente debía ir a trabajar. Ya llevaba más de una semana excusándose de volver a sus responsabilidades, y Harry y Ron le había rogado- cosa bastante particular- que volviera a su trabajo para que así pudiera distraerse. Incluso Lavender le había hecho un recuento de los últimos murmullos del ministerio, amenazándola de ir a buscarla al día siguiente en la mañana para que se dirigiera a su oficina.

En ese momento limpiaba las tazas de café que había consumido y que se habían ido acumulando en el lavaplatos. Con todo lo ocurrido ni tiempo de limpiar había tenido, sobretodo considerando que ella prefería limpiar cuando estaba de buen humor. Había trapeado la cocina al estilo muggle, preparado café en grano para el día siguiente, y lustrado las piezas de plaqué que adornaban los estantes del salón.

Su mente viajaba rememorando el día agitado que había tenido. Cuantas sonrisas falsas, conversaciones banas, y una que otra respuesta evasiva acerca de la pregunta típica de los Weasley: "¿Cómo estás, Hermione?". No deseaba opacar la felicidad que todos sentían con la recuperación lenta, pero real de Ginny, y por ello había preferido actuar… aunque no tuviera mayor fuerza para ello.

Secó la última taza y la guardó en uno de los muebles de la cocina, sobre el fregadero. Le echó una última mirada a la cerámica que relucía por el brillo de su limpia pisos, y apagó la luz, caminando por inercia hacia el sillón de Oliver, preocupada de no chocar con algo por la falta de luz.

Las cortinas cerradas no le permitían ver qué había frente a ella mientras avanzaba. Y la varita la había dejado junto a su velador, sin posibilidad de hacer lumus en el camino. Su respiración calmada era apenas un susurro de aire tibio que se escapaba de su nariz, o al menos eso parecía hasta que una voz hizo que su corazón se acelerara.

- Granger- murmuró aquel tono arrastrado que provenía del más temible de sus demonios-. Supongo que ya me extrañabas-.

Hermione dio un respingo en medio de la sala. Con agilidad buscó la ubicación de aquella voz, y arrugó el ceño al ver a ese hombre sentado en el sillón que siempre utilizaba su marido.

- ¡Párate!, ¡sal de ahí!- le exigió, caminando a trancos frente a él y jalándolo del sillón, sin pensar en nada más que el odio que sentía por ese hombre mísero, el peor de sus males.

Draco sonrió, y en vez de ponerse de pie, la tomó de la mano y la obligó a sentarse en sus piernas, respirando de golpe el dulce aroma de ella… esa esencia que rompía cada fibra de su fría naturaleza.

Con sus manos se adueño de esa estrecha cintura, y acercó su nariz a la curvatura de su cuello, posando sus labios delgados en esa piel pálida.

- ¡Suéltame!- exclamó ella sacudiéndose, intentando liberarse de esas manos que parecían dos pinzas enterrándose en su piel. El tacto de la boca del rubio en su cuello la hizo estremecerse, y eso le produjo asco y pasión… una mezcla bastante curiosa.

Él se limitó a sonreír con su lengua rozando su cuello hasta su mentón. A cada palmo que avanzaba ella le parecía más dulce, más embriagante. Su piel era tan cálida, su respiración agitada tan pasional, su cabello aleonado tan sexy. Esa mujer de veinticinco años era una fruta madura pronta a explotar… deshaciéndose entre sus manos.

A pesar de que sabía que todo lo que sentía era a causa del tatuaje que había dibujado en su piel, de la pócima dorada que le había obligado a ingerir… se sentía demasiado doblegado a la lujuria que ella hacía brotar a él, no sólo en cuerpo, sino también en voluntad.

Con destreza llevó su mano hacia el botón del pantalón que no le permitía adentrarse en ese cuerpo que se le volvía una obsesión. Sus dedos juguetearon en los lindes de la prenda, y se deshicieron del botón… con un gemido seco emitido desde su garganta extasiada por el aroma dulce que paseaba en ella.

Pero la castaña no era la muñeca dócil que había sido en Paris, en su oficina, en su mismo baño. No, ella estaba reponiéndose a esa locura aún con la nítida "M" abrasando su entrepierna… y él sentía entre sus brazos como ella intentaba soltarse de su agarre.

- ¡Suéltame!- volvió a gritar, con su rostro sonrojado por la rabia, la humillación.

Y sin más ayuda que la fuerza de sus manos, se apartó de sus brazos y se puso de pie… observando con odio puro a aquel hombre que emanaba deseo de sus ojos grisáceos.

- ¿Qué pasa, Granger?... ¿ahora actuarás como la esposa ejemplar?, ¿cómo aquella amante sucia que se arrepiente de haberse dado el mejor revolcón de su vida?-.

La respiración de Hermione se notaba agitada por la repercusión de la misma en su pecho. Sus ojos miel brillaban como oro fundido, atropellando con los mismos el semblante seguro de Draco Malfoy, el cual era más actuación que seguridad en sí. Sin embargo no se dejó llevar por el deseo que la llamaba a besar esos labios delgados, y se concentró en el recuerdo de Oliver, en su risa, en su voz, en sus besos suaves…

No volvería a cometer los errores del pasado, no se dejaría engañar por algo que no entendía, que no tenía lógica. Averiguaría qué era ese irrefrenable hilo que la guiaba hacia ese hombre cruel. Y lo cortaría de golpe, sin darle chance a mayor explicación.

Se lo debía a Oliver. Ella tenía que descubrir por qué estaba ligada a Malfoy, y cómo eliminar esa loca obsesión… debía hacerlo por el amor que sentía hacia su esposo.

Sin caer en el juego desvió sus ojos de la mirada plateada del rubio que de a poco cambiaba de expresión. Se tensó al sentir como él se acercaba a ella, y se puso en guardia cuando sus manos la apresaron por la cintura.

- Mueres por besarme, Granger… no lo niegues. Quieres que te haga mía por la eternidad- le susurró, acercándose a sus labios, buscando ese néctar que brotaba de ellos.

Pero Hermione ya había tomado una decisión, y no iba a aceptar seguir siendo la dominada en esa relación enferma.

Enterró sus uñas en esos brazos pálidos, sintiendo como ellas se enterraban en su piel. Y esperó que él estuviera lo suficientemente cerca de ella para alzar su rodilla y pegarle en su intimidad, obligándolo a doblarse por el dolor sentido en sus partes nobles.

- ¡¿Qué has hecho, perra?!- aulló adolorido Malfoy, llevando ambas manos hacia su entrepierna-. Ya verás qué te haré…-.

- Tú no me harás nada- lo detuvo Hermione, sacando de un estante una figurilla de bronce que se veía bastante pesada-. Porque prometo hacerte polvo los huesos de tu rostro antes de que pienses siquiera en sacar la varita de tu bolsillo trasero-.

Una sonrisa mordaz se dibujó en el rostro varonil de Draco. Aún adolorido intentó enderezarse, y miró a Hermione con tanto odio que su mueca diabólica llegaba a asustar.

- ¿Y cómo pretendes que me vaya entonces?- le preguntó con un dejo de burla y resentimiento, sintiéndose impotente… y no por la amenaza, sino a que ella se pudiera librar de sus caricias.

Hermione arrugó los labios, y miró el pasillo que guiaba hacia la salida de su departamento. Una idea fugaz pasó por su mente, y luego sonrió.

- No me vas a matar, lo sé- su respuesta fue dada con un tono de seguridad sólo comparado al que imprimía en sus respuestas cuando iba a Hogwarts-. Así que saldrás por la puerta… y no te voltearás a mirarme-.

Draco apretó un puño enfurecido, su sien palpitaba en su frente, y su mandíbula estaba contraída por la ira, por saberse atrapado. Era verdad que no podía matarla, y no sólo por el plan que tenía… sino porque el deseo que lo embarga le impedía deshacerse de ese cuerpo perfecto, divino.

Se irguió completo, sin desviar sus ojos grises de la figura delgada de la mujer de sus deseos. Sintió como la rabia bullía por sus venas, y como el desconcierto era palpable en esa situación anómala que estaba viviendo… porque ella debía ser su esclava, debía doblegarse a su deseo… así funcionaba la pócima que le había inyectado en la marca.

Y aquel detalle aterrador: el pensar que ella había superado la lujuria por el amor le hizo voltearse. Él encontraría la forma de hacerla caer, lo sabía… y no se rendiría hasta encontrarla.

Fue así que con paso firme: Draco Malfoy abandonó el departamento… para volver en otra ocasión, con la solución entre sus manos.

OoOoOoO

Llegó al departamento de su prometida aún lo suficientemente molesto como para servirse unos cuantos vasos de whisky y olvidar lo sucedido. Lo único que quería era borrar la humillación de haber sido echado por una sangre sucia, con sus genitales adoloridos por el golpe recibido.

¡puf!

El polvo llenó la chimenea y apareció en el elegante departamento de Pansy. Los mismos muebles, los mismos cuadros, la misma elegancia y opulencia que era característica de los sangre limpia. Encendió una vela con su varita y se dirigió al mueble donde se guardaban los bajativos.

- ¿Quién está ahí?- preguntó la voz de Pansy mientras se acercaba a la sala.

- Obvio que yo, ¿quién más?- respondió Draco, tomando un vaso corto y llenándolo hasta la mitad del liquido dorado.

Pansy entró a la sala con su camisola de seda roja y la bata transparente del mismo color. Una sonrisa pobre pasó por su rostro al ver a Draco hundiéndose en un vaso de alcohol, y se acercó a él para acariciarle el cabello platinado.

- ¿Mal día?- le interrogó, mirando como él dejaba el vaso vacío sobre la mesa, y volvía a alzar la botella para servirse más.

- Poco agradable- reconoció él, estrechando la cintura de su prometida con uno de sus brazos y acercándola a él.

Dejó el whisky abierto, pero no se sirvió. Cambió de idea y miró a Pansy junto a él, concentrándose en sus labios hinchados, en su mirada cristalina. Hace tanto tiempo que no se acostaba con ella que ya había perdido la cuenta de los días… y más que mal, esa mujer le pertenecía por derecho.

Besó sus labios con demencia, con rabia. Hundiendo su lengua sin menor cuidado en su cavidad bucal, e investigando su paladar y sus lados. Mordió sus labios pintados de rojo y rozó su cuerpo con sus manos pálidas, sintiendo el contorno de sus caderas.

Pansy no cerró los ojos, mas se dejó besar. Permitió que Draco se descargara en ella, que la mordiera, la tocara, aún cuando podía sentir el sabor de Ron en los besos del rubio. Porque hace solo unas horas había estado con él en el vacío ministerio… y con él había llegado al nirvana una y otra vez.

Draco desanudó la correa de la bata, llevando sus manos bajo la camisola hasta las pantaletas de encaje que cubrían la intimidad de la mujer. Sin delicadeza se deshizo de la prenda, y acarició su parte más íntima, sintiendo una humedad extraña en ella que le hizo alejarse de un salto.

Llevó sus dedos hacia su nariz y olió algo distinto… un olor a hombre que sabía que no era suyo. Arrugó el ceño, enfurecido.

- ¡Hueles a otro hombre, ¿quién es?!- le preguntó con su rostro rojo por la rabia y el alcohol-. ¡¿Con quién mierda te acostaste, puta?!-.

Pansy abrió sus ojos por la impresión. Se maldijo por su mala suerte y se mordió el labio mientras pensaba qué sería lo más apropiado para decir. Ella sabía que Draco era muy temperamental, pero eso no era ni una migaja de lo agresivo que podría llegar a ser si sabía que ella lo había engañado.

Sin obtener respuesta, Draco la agarró de la muñeca y la atrajo a él. La miró a los ojos con prepotencia y le soltó un manotazo sobre su mejilla, escuchando claramente el golpe de su palma contra la pálida mejilla de la mujer.

- ¡Habla!- le exigió, sin soltar su muñeca ni inmutarse por la marca rojiza que había dejado en su rostro-. ¡¿Quién cayó en tus redes, perra?!-.

Los ojos azul claro chocaron con esa mirada gris infernal. Todo el gesto de Draco expelía rabia, frustración, prepotencia. Una vena se marcaba en su frente, y su mandíbula estaba tensa, sin dejar de observar a una Pansy que se sentía demasiado pequeña para reaccionar.

- Ya que no me quieres decir quién es él… lo descubriré por mí mismo- la amenazó, susurrándole al oído-. Comenzando por hacer contigo lo mismo que él hizo, pero yo no seré para nada delicado… te dolerá, me aseguraré que te duela-.

Con su brutal fuerza la lanzó contra la pared, y se apoyó sobre ella para no darle chance de escapatoria. Utilizando su rodilla separó las piernas de la mujer y jaló su cabello para que ella lo viera directamente a los ojos.

Draco Malfoy podía soportar muchas cosas, pero la traición, la humillación, eran cosas que él jamás iba a tolerar… menos aún de aquella mujer que se había transformado en su compañera de vida, y con la cual estaba unido de forma irremediable hasta la eternidad.

Mordió su mentón hasta dejarle una marca, y bajó con su lengua hasta sus pechos, sintiendo como Pansy estaba quieta, como una estatua de hielo bajo él. Su respiración acelerada sólo se debía al miedo que estaba sintiendo, y él sabía que ella no se iba a negar a sus deseos… ella nunca había tenido la valentía suficiente para enfrentarlo.

Mas, para su sorpresa, la mujer sí comenzó a quejarse cuando su lengua ya estaba entre medio de su seno. Y las manos pálidas intentaron rasguñar la espalda de su captor, de tal modo que él sintiera el suficiente dolor para soltarla.

Con aún más rechazo el rubio elevó sus ojos grises hacia aquellos ojos azules aterrados. Leyó en ellos el asco, el miedo, el desconcierto y la culpa. Sabía que si Pansy luchaba es porque algo muy fuerte había cambiado en su interior… y él no podía permitir que el alma muerta de Pansy resurgiera de entre las cenizas.

Llevó sus dedos hacia su mandíbula. Dibujó sus labios ensangrentados por los mordiscos rabiosos, y esparció la sangre hacia sus mejillas. Sus suspiros acelerados se conjugaron y un brillo diabólico centelleó desde las pupilas oscuras del rubio… sonriendo para el desconcierto de Pansy, quien sólo buscaba una manera de escapar de ese hombre al cual tanto quería y odiaba en ese momento.

Pero Draco tenía otra intención, y sujetando ambas muñecas de la mujer sobre su cabeza se acercó a su oído. Una risa amarga brotó de su garganta.

- Recuerda que yo soy quien guarda tu mayor secreto. Lo que has logrado hasta ahora es gracias a mí… y con el tronar de mis dedos puedo quitártelo de las manos. No olvides, Pansy, que ningún fan tuyo perdonará que tú hayas sido la asesina de un integrante del clan Weasley… ni siquiera tú te lo perdonas- le recordó sin inmutarse por el grito ahogado que surgió de la boca de la mujer.

Sabía que ahora ella se rendiría a sus deseos. Porque él era el único que conocía esa tenebrosa verdad… y con el menor empuje sería capaz de revelarla al mundo entero.

Draco sonrió para sí y volvió a besar esa boca hinchada, a rozar ese cuerpo frío… a hundirse donde otro antes que él se había hundido. Y cumpliendo su amenaza… Draco Malfoy eliminó parte de su frustración en ese cuerpo tan conocido, aunque tan poco deseado en ese momento…. Sin importarle que con cada beso, con cada caricia… veía en su mente unos ojos miel que lo llamaban a despojarse de su lujuria con aún más fuerza.

Pero Pansy no era Granger… y no había nada que él pudiera hacer para cambiar ese hecho.

&

Ok. Me odian.

Un giro inesperado de la historia...

¿Qué pasará con Pansy?, ¿cómo asesinó a quién?

¿Qué hará Hermione para descubrir el por qué de su marca?.

¿Cómo ha reaccionado Ginny a su "despertada"?...

¿Qúé consecuencias tendrá la negativa de Hermione en Draco?.

Muchas más preguntas se avecinan.

Les aviso desde que ya habrá un one shot escrito relacionado con esta historia. Es un experimento que estoy segura que les gustará... así que: ¡ATENCIÓN!

Esperando sus comentarios.

Ember