Capítulo XXIV: Infierno.
El insomnio había hecho mella en su espíritu la noche anterior. Se había dado vuelta una y otra vez en su cama, planeando la manera de enfrentar todo lo que se le venía encima los próximos días. Sabía que debería ser fuerte y pensar de manera racional. Tendría que buscar qué era aquello que le hacía verdaderamente vulnerable… y manejarlo para su seguridad… si no, estaría perdida.
Con maleta en mano caminaba por el ministerio hacia la oficinal del primer ministro. Aquellos con los que se había cruzado le deseaban buena suerte en su viaje y la dejaban pasar, sin percatarse en las ojeras que se escondían tras el maquillaje ni en la palidez que se acentuaba con la inminente llegada del verano a ese lugar del mundo.
Un verano que comenzaba sin Oliver a su lado…
- La está esperando- le comunicó la secretaria de Lucius y la dejó entrar.
Tal como siempre, Hermione Granger llegaba puntual a su destino.
- Buenos días, señora Granger- la saludó Lucius poniéndose de pie. Ese día se veía que estaba de un maravilloso humor, delatado por su encantadora sonrisa y su varonil aroma.
- Buenos días, Primer Ministro-.
Lucius caminó hacia su biblioteca y sacó de ella un libro de cuero, viejo y gastado. Caminó con él hasta su escritorio y lo dejó encima.
- ¿Algún punto que quiera aclarar antes de partir?- le preguntó Lucius volviendo a tomar asiento. Su pelo rubio brillaba con los rayos de sol que golpeaban su nuca a través del ventanal. A Hermione le pareció que brillaba con luz propia, tal como el aura de luz que le pintaban a Jesús en los cuadros renacentistas.
Hermione miró hacia atrás, esperando ver a Draco Malfoy en una esquina. Pero en el despacho sólo estaban ellos dos, sin muestra de otro individuo a su alrededor.
- ¿Y su hijo?- le preguntó presa de la curiosidad y del miedo. No sabía si le gustaba o le desagradaba el hecho de no verlo ahí.
Una sonrisa enigmática se cernió en los delgados labios de Lucius Malfoy.
- Viajará más tarde, tenía un asunto que resolver antes de partir- aclaró, sin dar mayor explicación-. Ahora tome el libro y espere. Será llevada al hotel "Prometeo" a los alrededores de Madrid. Al igual que el hotel francés, este también es un hotel sólo para magos y brujas, así que no tema por su aparición en el vestíbulo-.
Con su corazón latiendo a una impresionante velocidad, víctima de la intriga que significaba viajar sin Malfoy a su lado, Hermione asintió y tomó la vieja edición de "El maravilloso hidalgo Don Quijote de la Mancha". Sonrió para sus adentros y miró como pronto el libro comenzaba a temblar en su mano.
Después de unas vueltas estaba de pie en el fastuoso vestíbulo del hotel español… con una espantosa sensación de vacío en su interior.
OoOoOoOoO
Su cabello caía aún húmedo por su espalda desnuda, provocando que pequeñas gotas cayeran por ella hasta ser absorbidas por la tela de sus pantaletas. Se miró al espejo mientras tomaba una túnica azulina que pensaba ponerse, sin decidirse aún qué sería lo mejor.
¿Cómo estará el día hoy?, ¿muy caluroso?
Se preguntaba con su mirada fija en la figura que se reflejaba en su espejo.
- ¿Pansy?- preguntó de pronto una voz al otro lado de la puerta. La misma se abrió y por ella entró Ron, con una sonrisa mágica en su rostro.
- ¡Ron!, ¿qué haces aquí a esta hora?- exclamó cubriendo su cuerpo casi desnudo de los ojos de él. No era que le diera pudor, pero su llegada le había asombrado de sobremanera-. ¿No te das cuenta que Draco podría estar aquí?- le reprochó alarmada.
El pelirrojo no hizo mucho caso a sus palabras, mirando fijamente la silueta de ella. Sus brazos pálidos rodeaban la túnica que le tapaba el busto y parte de su abdomen. Pero aún sus piernas largas estaban asomadas con gotas de agua cayendo por ellas. Inspiró desde la distancia el aroma que ella emitía, y caminó poseído hasta atrapar su cintura y besar con ferocidad sus labios rellenos.
Pansy sonrió dentro del beso mientras la lengua de Ron provocaba que se humedeciera. Sus mejillas se sonrojaron y soltó la túnica que la cubría para atrapar con la misma pasión el cuello de su amante.
- Eres exquisita… ¿lo sabías?- le preguntó él, extasiado-. Y ahora podrás ser mía, completamente mía- dijo con una salvaje alegría en su entonación.
Una risa suave se escapó de la garganta de Pansy, y alejó su rostro hasta buscar los océanos oscuros que eran los ojos de Ron.
- ¿Ahora?, ¿acaso antes no lo era?- le cuestionó con un dejo de coquetería. A pesar de estar sin ni una gota de maquillaje encima, sabía que para Ron ella era hermosa.
Él sonrió con aquellas sonrisas que muestras triunfo en cada uno de sus dientes. Sus ojos brillaron mientras su mano ya se perdía por uno de los muslos de Pansy.
- Sí lo eras, pero no tanto como lo podrías llegar a ser- le respondió. Pansy enarcó una ceja y lo incitó a que continuara-. Terminé con Lavender, Pansy, y ahora soy libre para que escapemos adonde tú quieras. Para que nos vayamos lejos de los prejuicios, de los paparazzis, de los Malfoy. Lejos tú y yo-.
Ron, quien esperaba un grito de alegría y unas cuantas otras exclamaciones de felicidad, quedó perplejo al ver como Pansy lo soltaba y caminaba casi desnuda hacia el otro extremo de la habitación. Su espalda blanca y tersa se alejaba hasta detenerse frente a una ventana, reposando una mano en el alfeizar con un gesto cansado.
- ¿Escapar?- preguntó para sí misma, emitiendo un suspiro-. ¿Dices que nos escapemos y seamos libres?-.
Él asintió, acercándose a ella con toda la calma que intentaba mostrar, pero el tener a la mujer de sus sueños desnuda frente a él no era de gran ayuda para lograr su propósito. Posó una mano en su cintura, y dejó caer su mentón sobre su hombro, mientras sentía como el cabello húmedo de ella le provocaba cosquillas en su barbilla.
- Podríamos irnos ahora, dejar todo y marchar. Hacerlo de improviso antes de que cualquiera se entere… escapar, ¿qué dices?-.
Con delicadeza Pansy acarició la mano de Ron que calentaba su abdomen. Se sentía tan completa ahí, con él tras ella, abrazándola. Su aliento tibio golpeaba su cuello al hablar… y sabía que él era el hombre con el que quería estar por siempre, sin importar qué sucediera después.
- Me quiero ir contigo, Ron- le dijo, mas algo en el tono nostálgico de su voz no cuadraba-. Pero antes necesito solucionar algo, y para eso necesito que me des un par de días-.
Ron la acercó aún más a él, infundiéndole calor con su cuerpo hirviente contra su espalda desnuda.
- ¿Un par de días?, ¿cuántos?-.
- No lo sé con exactitud- confesó Pansy-. Pero pretendo que se solucione antes de que Draco llegue de su nuevo viaje… ¿me das ese tiempo?, ¿me esperarías?-.
Tras esas preguntas los labios de Ron besaron el lóbulo de su oído. Con cuidado la volteó, dejándola frente a él y contra la luz del sol, iluminando su piel pálida. Su mano viajó desde su cintura hacia su mandíbula, y un beso pequeño fue a caer sobre su barbilla.
- Te esperaría siempre, Pansy. Te esperaría todo lo que fuera necesario…-.
Y con la nueva esperanza latiendo en sus corazones, hicieron el amor… sintiendo en cada nuevo orgasmo que un mundo más bello se abría ante sus ojos.
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El sol de la tarde comenzaba a despuntar, anunciando con ello la llegada de la noche.
Caminó por la sala, posando su vista en el sitial donde ella solía esperarlo. Con el sol anaranjado golpeando su tapiz, casi podía ver la silueta delgada de ella echada con elegancia sobre un cojín, reflejando en sus ojos vivos las llamas bailarinas de la chimenea y murmurando para sí una melodía vieja de Celestina Warbeck.
Casi sonrió, cuando se distrajo observando un olvidado lápiz labial sobre una mesita de arrimo. Seguramente lo había dejado ahí, olvidado antes de pasar al comedor a cenar, y en una de esas lo extrañaría… nada era más vistoso que sus deliciosos labios teñidos de ese rosa suave.
Recordó su piel, lechosa y salpicada de manchitas cafés. El aroma que expiraba cuando el sudor del arte amatorio la bañaba completa, mezclando su sabor y su aire tibio exaltando de su boca. Su cabello suave y liso deslizándose por sus dedos mientras besaba su cuello, un lugar que le provocaba llegar al cielo. Sus brazos la rodeaban con fuerza cuando entraba en su cavidad, apretada y húmeda para recibirlo. Gritando su nombre, rasguñando su espalda, mordiendo sus labios… hasta correrse en la oscuridad de la noche, con él sobre ella.
De inmediato sintió su cuerpo responder a esos recuerdos, esperando verla llegar de un momento a otro, vistiendo sólo aquella bata transparente con la que solía irse a dormir. Deseo poder besar en ese instante su boca, masajear con lentitud su trasero, y escucharla gritar bajo él, como si la estuvieran matando de placer.
Blaise apretó sus manos y sus nudillos se blanquearon por la fuerza.
- Señor, la cena está servida- avisó un elfo doméstico, apareciendo con un simple ¡plop! tras él.
El hombre asintió, tomando el lápiz labial entre sus dedos y guardándoselo en el interior de su pantalón.
- Señor, ¿y la señora vendrá a cenar?- preguntó la criatura.
Blaise se volteó, clavando sus ojos en el elfo doméstico que desvió de inmediato su vista al suelo. Tensó su mandíbula un instante y se contuvo de sacar su varita y lanzar un avada kedavra a la nada.
- No- respondió, con sus ojos brillando iracundos-. Ella no volverá-.
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- Buenas tardes, Harry- lo saludó al entrar, contorneando con su indudable coquetería sus caderas hasta tomar asiento en una silla, frente a él.
La oficina de Harry estaba iluminada por los últimos rayos de sol, tornando todo en un tono anaranjado. Sobre su escritorio humeaban dos tazas de café amargo, y junto a ellas unas carpetas desordenadas mostraban todo lo que quedaba por hacer.
- Toma, Cho, café amargo… tal como te gusta- le comentó, acercándole la taza.
- Muchas gracias, siempre tan atento-.
No se dirigieron la palabra durante un minuto, perdidos en sus propios pensamientos. Cho revolvía con cuidado su taza de café, sintiendo la acompasada respiración de Harry al otro lado, quien se veía más cansado que de costumbre.
- ¿Y qué tal las averiguaciones?- rompió el silencio Harry, mirando a la mujer sentada frente a él.
Cho elevó la vista y se encontró con sus ojos verdes… esperanzadoramente verdes.
- Hemos tenido unos avances- respondió sin más, deteniendo sus palabras y frunciendo un poco el ceño.
Harry tomó un sorbo de café y se detuvo en las facciones preocupadas de Cho. Siempre le había parecido que ella era una mujer hermosa, con su exótica belleza oriental. Su cabello negro y brillante enmarcaba su rostro pálido, adornado por sus ojos rasgados que parecían iluminar todo el lugar después de un coqueto parpadeo. Y su gracia, su aguda inteligencia, su sensibilidad la hacían una joya entre todas las mujeres… lástima que él amara a Ginny con absoluta devoción.
Muchas veces se había preguntado cómo sería la vida de Cho si Cedric no hubiera muerto en el torneo. Quizás ahora ella estaría felizmente casada, con un par de pequeños de apellido Diggory y un tercero en espera. Se habría dedicado a trabajar con un horario más conveniente, e iría todos los fines de semana a pasear con su familia por Diagon Alley, llevando bolsas con ropa y preocupada de que sus hijos no se mancharan con helado.
Ella merecía ser feliz, lo sabía, y en el fondo se sentía culpable de no haberla hecho feliz como lo podría haber hecho… ¿qué había cambiado en ella que lo había hecho desenamorarse?.
- ¿Qué tipo de avances?- preguntó, mostrándose interesado.
Cho hurgueteó dentro de su típica cartera púrpura, metiendo su brazo hasta el codo y tanteando algo en el fondo. Finalmente extrajo un cuadernillo cuadrado donde tenía cientos de anotaciones y lo leyó en silencio, bajo la atenta mirada de Harry.
- Creo que desentrañé qué quería decir la profecía, esa que robaron hace un tiempo atrás… ¿recuerdas?-.
Harry recordó una conversación sucedida hace un par de semanas, donde Cho le había relatado aquel extraño robo.
- Sí-.
- Bueno, me parece que los últimos movimientos tan extraños de los antiguos mortífagos tienen una razón de ser- comentó la mujer, inclinando su cuerpo hacia la mesa y murmurando como si más gente estuviera en la habitación.
- ¿Qué razón?-.
Cho Chang sonrió con aquel misterio creciente en sus pupilas, elevando un poco la barbilla y hablando despacio, casi un susurro.
- Están armando todo para dar vida a un nuevo Lord Oscuro- los ojos de Harry se abrieron mientras los de Cho seguían clavados en él-… o una nueva Lady…-.
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El silencio en su despacho fue interrumpido por un sutil ¡plop! de la chimenea. Un polvo estalló dispersándose en el aire de la habitación, iluminado por los plateados rayos de luna que se colaban por las ventanas.
- ¡Pansy!- exclamó Theo elevando la vista. Rápidamente se puso de pie y corrió hacia su amiga, buscando de inmediato en ella algún signo de violencia.
Las manos de Theo tomaron su barbilla y la inspeccionaron bajo la luz de una lámpara de aceite, mientras con tono de alarma le preguntaba:
- ¿Estás bien?, ¿te hizo algo?-.
Pansy negó mostrándole una hermosa sonrisa. Sus mejillas estaban más coloradas que de costumbre y sus ojos brillaban como si una estrella intrusa de hubiera colado en ellos.
Más aliviado, Theo caminó hacia el bar de su despacho y preparó el habitual menta frappe de ella, y el dorado whisky de él.
- ¿Entonces a qué debo esta inesperada visita?-.
Pansy dejó el abrigo azul que la cubría sobre un sitial y tomó con mucho gusto el delgado vaso con el líquido verde. Lo acercó a su boca y tomó un sorbo del mentolado licor.
- Tengo que pedirte un favor, porque algo me dice que tú eres el único que me puede ayudar-.
Theo elevó su vista y la fijó en ella, sentándose en la orilla de su escritorio con el whisky en las manos.
- Habla, si puedo ayudarte, lo haré-.
- Lo sé- respondió ella. Dejó el vaso a un lado de donde Theo estaba sentado y llevó sus manos a su cabello, tomándolo todo hacia arriba para dejar su cuello descubierto-. ¿Ves el dibujo que hay ahí, en medio de mi cuello?- le preguntó, dándole la espalda.
Acercando una lámpara de aceite, Theo concentró su vista hacia la parte trasera del cuello de Pansy y notó la pequeña marca que ahí estaba tatuada. Una pequeña M encerrada en un círculo se confundía con una marca de nacimiento por su detallado dibujo, sólo que el tono verde usado en su inscripción demostraba que no podía ser así.
- ¿Te la hizo Draco?- le preguntó mientras posaba sus dedos sobre ella, no notando nada extraño en su tacto.
- Sí, me la hizo el día que nos comprometimos. Según él era una tradición de su familia… no sé cómo le creí, que estúpida-.
Theo enarcó una ceja y dejó su inspección. Caminó hacia una estantería con libros mientras Pansy le relataba lo sucedido.
- Después de que me la hiciera estuve haciendo averiguaciones, ya sabes que pagando todo se sabe. Y resulta que esta marca no es una muestra de confianza, como él me dijo, sino que es… un localizador… eterno-.
- ¿Y no averiguaste cómo te lo podías sacar?-.
Una nostálgica sonrisa se posó en los labios de Pansy, quien tomó nuevamente su vaso y dio un trago.
- No me interesó saberlo. Pensé que si él me había puesto eso era porque… se preocupaba por mí. Que de cierta forma eso demostraba que temía perderme- sus ojos azules se repletaron de lágrimas mientras recordaba esos sucesos. Ella había amado a Draco más de lo conveniente, y él no había sabido cómo corresponderle dicho amor-. Pero tú y yo sabemos que lo hizo sólo para tenerme controlada, para que yo siguiera siendo la sometida mujer de su vida…-.
-… y ya no quieres someterte a él- completó Theo tomando un libro de su estantería. Sus manos hojearon el ejemplar mientras su rostro deforme se notaba concentrado en su contenido-. ¿Quieres que te ayude a borrarlo, no?-.
Pansy elevó la vista y vio a su amigo, buscando la valentía en su mirada para dar la respuesta. De pronto sus pensamientos se perdieron en la imagen de Ron, en sus besos, sus abrazos. Recordó esa misma mañana, donde él la había acariciado sobre su cama y le había hecho el amor hasta que quedaron agotados. Lo amaba, y por él estaba dispuesta a dejar a Draco… a borrarlo de su vida, aunque parte de su alma se fuera con ello.
- Sí, eso quiero- sus palabras sonaron tan seguras que la impresionaron-. ¿Puedes ayudarme?-.
Theo caminó con el libro hasta el escritorio. Dejó el libro ahí y miró a su amiga, con una sonrisa tranquila en su labio deformado.
- Puedo, pero necesito tres días para que la pócima esté lista para ingerir, ¿estás dispuesta a esperar ese tiempo?-.
Sin meditarlo los brazos de Pansy rodearon el cuello de Theo. Lo estrechó con fuerza contra ella y besó su mejilla, con los ojos acuosos de la emoción.
- Muchas gracias, Theo… muchísimas gracias-.
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La reunión con el Primer Ministro Mágico Español había salido bastante bien. Don José Manuel Urrutia era un hombre alto, de cabello negro y espeso, de facciones cuadradas y un encantador acento que le recordaba a Antonio Bandera, el actor muggle. Se habían reunido durante la tarde en un concurrido restaurant mágico, y habían pedido una paella como clásico plato español. Todo había estado realmente exquisito.
Sin nadie más que los interrumpiera habían hablado de tú a tú, dejando todo claro. Hermione le había explicado que el Reino Unido deseaba mantener la maravillosa relación diplomática que tenían con el país de la península Ibérica, y el Señor Urrutia no había hecho más que agasajarla con sus buenos modales y esplendorosa atención.
Finalmente quedaron en que deberían reunirse nuevamente al día siguiente en la mañana, para firmar los tratados correspondientes a la visita hecha.
Hermione recién llegada de la larga tarde junto al Primer Ministro, estaba mentalmente agotada. Después de almorzar habían ido a ver un espectáculo de flamenco mágico, con zapatos encantados incluidos, y posteriormente el señor Urrutia había insistido en presentarle a su esposa, una mujer de pelo aceitunado y ojos verde claros que demostraba clase en cada uno de sus movimientos. Jamás pensó que se quedaría hasta esa hora en casa de él, siendo presentada a toda la parentela que estaba reunida.
Pero una vez cruzó el vestíbulo del hotel, un lugar amplio donde dominaban los colores rojos, se sintió aliviada de sólo ver el ascensor que la llevaría directamente a su piso.
Le debí haber avisado a Harry de mi viaje, de seguro se preocupará, pensaba mientras el ascensor ascendía hacia el piso octavo, o a Luna aunque sea… debería enviarles una carta para que no se alarmen.
Un suave silbido avisaba que había llegado a destino, y las puertas del ascensor se abrieron en el corredor…
…pero un extraño calor la recorrió por completo cuando salía hacia el pasillo, sintiendo de inmediato como un brazo la abrazaba demandantemente por la cintura, haciéndola temblar.
- Granger, ¿me extrañabas?-.
La susurrante voz de Malfoy le llegó como un suspiro de aire tibio en su oído. Rápidamente se tensó al sentir como sus dedos le acariciaban el abdomen, y su marca le quemó ligeramente al percibir como esos labios delgados se acercaban peligrosamente a su cuello.
- N-no- titubeó poco convencida. Su corazón agitado y el calor de su cuerpo le impedían pensar con claridad. Y se lamentaba de ello, pues ya a los pocos segundos de su encuentro Hermione se sentía completamente dominada.
- Lamento escuchar eso…-.
Le comentó, con su mano traviesa bajando lentamente hacia sus piernas. Le encantaba torturar a Granger a base de caricias, y eso que recién comenzaba lo que tenía preparado para lo largo de los días…
-… porque desde hoy tendrás que soportarme… hasta que te derritas en mis manos-.
De golpe la soltó, empujándola hacia el frente con su cabello desordenado y sus mejillas teñidas de rojo. Una esplendorosa sonrisa se dibujó en su rostro atractivo.
- Buenas noches, Granger… ten pesadillas-.
Y entró al ascensor por el que ella había salido, mirando de reojo el abultado paquete en su pantalón. Esa puta de Granger lo dejaba caliente con sólo sentirla cerca de él… pero ya se saciaría de ella.
El infierno de Hermione Granger recién comenzaba.
&
Cada capítulo es un paso más cerca del final...
¿Qué sucederá?
Un beso, y espero sus comentarios.
Ember
