Gula

La primera vez que lo hizo no tendría más de quince años.

Su madre le había dicho, como de costumbre, que si fuese más alta y delgada, más como Serena y las modelos con las que trabajaba entonces ella le prestaría más atención.

Esto es, por supuesto la frase habitual de una madre ocupada que no sabe como deshacerse de su hija y que descarga en ella toda su frustración, sintiéndose culpable más tarde pero sin ánimos ni fuerzas para arreglarlo.

Pero para Blair Waldorf, que a pesar de su edad dependía de todo el mundo, significó algo para tomarse al pie de la letra. Era obvio que la mejor manera de adelgazar siempre sería no comer, así que decidió no hacerlo.

No importaba cuanto la regañase Serena porque no quería comer cookies ni beber frapuccino en Starbucks Coffee, Blair sólo bebía zumo de arándanos. Tampoco importaba que Nate la observase con extrañeza cuando ella rechazaba una invitación con su familia; cuando antes las aceptaba con un brillo de felicidad en la mirada.

Pero hacía mucho tiempo que los ojos de Blair ya no brillaban, porque se estaba matando de hambre (matarse es lo que precisamente hacía) a sí misma. Hasta que no podía soportarlo más y sucumbía a los dulces escondidos por cada rincón de la casa, y dejaba que la glucosa viajase por sus venas, sintiéndose viva; y el azúcar la hacía sentir en el cielo, algo que tarde o temprano tendría que pagar, porque cada pecador tiene su castigo y porque la bulimia es solamente la consecuencia lógica de la anorexia.

La primera vez que lo hizo no le gustó, pero asumió que tendría que soportarlo (como cualquier otro castigo), porque era lo mejor para ella.

Deslizó sus dedos índice y corazón a través de su garganta y se impulsó a sí misma hacia delante, en un movimiento rápido y brusco, se forzó una y otra vez hasta estar completamente vacía.

Y cuando se dejó caer en el frío suelo de baldosas, entre temblores y sollozos, se convenció de que eso no era tan malo, porque lo estaba haciendo por su propio bien.

Y aquello se convirtió en rutina, primero semanal y luego diaria. Así sus dedos se volvían más curvados, y sus jugos gástricos destrozaban su garganta, ya dolorida e irritada por sus esfuerzos.

Hasta el día que Serena la encontró inconsciente en el baño, con un hilo de sangre cayendo de su boca.

Porque aquella vez, había pagado con creces por todos sus pecados.