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Parte 2: Desencuentros

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Solo.

Inquieto, el caballero de Libra trató de percibir la presencia cercana de su compañero, sin mayor éxito. Algo debería haber causado «interferencia» durante el viaje, como decía Shion, y haberlos separado. De todas maneras se propuso no darle mayor importancia al imprevisto y dirigirse a su destino cuanto antes, una vez que lograra encontrarlo. El ariano no debería estar muy lejos; lo más probable era que llegara a Bluegrad mucho antes que él. Lo estaría esperando junto a la entrada, algo avergonzado de seguro. Una sonrisa curvó los labios de Dohko ante tal pensamiento.

Trató de agudizar el oído en busca del algún murmullo que indicara la proximidad de seres vivos, ojalá humanos, pero nada parecía rasgar aquel silencio helado. Se estremeció bajo la brillante armadura de Libra, preguntándose si no sería mejor quitársela y colocarse un abrigo, pero rápidamente descartó la idea. No era prudente; solo porque no había enemigos a la vista ―ni amigos, ni nada― no podía bajar la guardia en aquel rincón olvidado del mundo.

Acercó la oreja al suelo, rozando tímidamente el hielo, y finalmente comenzó a cavar con energía. El hielo de la superficie era tan duro que más bien parecía roca transparente, pero gracias al entrenamiento del Santuario las rocas no le constituían ningún problema. Además, el ejercicio le venía bien para desentumecer los músculos y ahuyentar el frío. No tardó en alcanzar la tierra, que sin duda hacía muchos años que no veía el sol. Ensanchó la cavidad lo suficiente para colarse dentro y entonces sí, al pegar la mejilla contra el suelo, logró percibir el débil retumbar de la civilización. Con un suspiro de alivio saltó fuera del pozo e inició una carrera que lo dejaría, pocas horas después, frente a las puertas de una oscura fortaleza. Bluegrad.

Dos guardias no tardaron en salir a su encuentro con cara de pocos amigos.

―¿Quién eres y qué vienes a buscar al reino de Bluegrad?

―Vengo en nombre de la diosa Atenea, en son de paz y amistad. Mi nombre es Dohko de Libra. Se me ha encomendado hablar con el señor de estas tierras. ―Dohko inclinó cortésmente la cabeza, pero su saludo no fue correspondido. Tras un momento de vacilación, agregó―: Otro caballero viene conmigo; ¿debo suponer que aún no ha llegado?

Los guardias intercambiaron una mirada, como consultándose silenciosamente el uno al otro, y luego volvieron a centrar su atención en el recién llegado. El de la derecha, un hombre alto y delgado de ojos claros y fríos, habló en un tono casi sarcástico.

―Caballero de Libra, eres el primero en visitar este reino en muchos años. Tu mensaje llegará a los oídos de mi señor. Sé paciente y espera.

Dohko se cruzó de brazos y aguardó junto a un antiguo pilar de piedra gris. Poco después una comitiva de cuatro hombres lo conduciría través de calles amplias, recuerdo sin duda de glorias pasadas, donde casas abandonadas se sucedían una tras otra.

Los guardias se detuvieron frente a un enorme castillo de piedra y le abrieron las puertas, invitándolo a pasar. El librano traspuso el umbral y avanzó a través de una gran sala iluminada con varias arañas cristalinas que colgaban del techo. Al final lo aguardaba un joven elegante, de expresión sombría, que lo recibió con sobria hospitalidad. No vestía con lujo, pero toda su persona irradiaba una innegable aura de nobleza.

―Eres bienvenido, Dohko de Libra. Yo soy Unity, hijo del Señor de Bluegrad. Mi padre se encuentra de viaje. Has recorrido un largo camino para llegar a mi reino; debes estar cansado.

Secretamente impresionado, Dohko le dedicó una pequeña reverencia, sin romper el contacto visual.

―Gracias, no estoy cansado.

―Entonces quisiera escuchar el motivo de tu visita.

El librano volvió a enderezarse y consideró su respuesta.

―La diosa Atenea presiente que la guerra santa se aproxima. Desea brindarle su apoyo a Bluegrad y estrechar los vínculos de amistad que siempre ha sentido hacia este lugar. ―Ante el silencio sereno de Unity, Dohko decidió continuar―. He venido en su nombre con noticias del mundo, y responderé cualquier pregunta que esté a mi alcance ―continuó Dohko―. A cambio quisiera conocer la ciudad y consultar algunos libros de la biblioteca.

Unity pareció considerar las palabras cuidadosamente y, a continuación, asintió con una expresión indescifrable en el rostro.

―Cuenta con mi hospitalidad, entonces ―replicó―. Esta noche cenaremos y me harás saber qué nuevas traes. Eres libre de desplazarte por donde quieras. ―Se volvió hacia un costado e hizo sonar una campanilla que retintineó alegre en el recinto de piedra. Un sirviente arrugado fue convocado de inmediato.

»En cada cuarto hay una campanilla como ésta. Si necesitas algo no tienes más que hacerla sonar. Yo mismo te llevaré a la biblioteca. Ven, acompáñame.

Dohko lo siguió con la mirada mientras le daba algunas instrucciones al criado y se encaminaba hacia una maciza puerta de hierro que se adivinaba sobre la izquierda, oculta entre sombras. Tuvo que ponerse en marcha deprisa para no ser dejado atrás. Unity se movía con gracia y ligereza, y pronto se encontraron atravesando arcos y pasadizos laberínticos que evidentemente conocía a la perfección.

―Entiendo que esperas a otro caballero.

Dohko contuvo la respiración por un momento, al recordar a Shion. Seguía perdido. Eso era raro en él, por lo general era el primero en llegar a cualquier parte.

―Llegará en cualquier momento.

―Entonces también habrá un cuarto preparado para él.

―Gracias. Nos separamos por accidente, espero que esté bien.

Unity aminoró el paso y le dirigió una mirada curiosa. De pronto Dohko lamentó haber abierto la boca. Esa clase de comentarios no le hacía honor a la reputación de los santos de Atenea. Se suponía que eran los mejores de los mejores. Además, por supuesto que Shion estaba bien. Era un caballero dorado y le hacía honor al título en todo sentido.

Anduvieron por corredores, salas y salitas sin fin. A Dohko le daba la impresión de estar a varias cuadras del punto de partida, aunque era difícil decirlo con todas las curvas que habían tomado. El diseño de aquella construcción definitivamente no era normal; parecía hecha para perderse.

―El castillo de Bluegrad no es como ningún otro ―dijo Unity, como leyéndole la mente―. Para empezar, ya estaba aquí cuando los antepasados de mi familia decidieron ocuparlo. Además solo has visto una pequeña parte de él; se extiende por varios kilómetros, muchos de ellos bajo tierra. ―Hizo una pausa y, a continuación, agregó―: Ya casi llegamos.

―¿Es todavía más grande? A este ritmo tardaré semanas en recorrerlo todo...

―Si buscas un libro o un tema en especial sería mejor que me lo dijeras; te ahorrarías varias de esas semanas.

Dohko rió suavemente, pero no terminó de entender lo que Unity había querido decir hasta trasponer el umbral de la biblioteca. El nombre no le hacía justicia. Aquel lugar era un castillo dentro de un castillo, una catedral de libros. Boquiabierto, se detuvo en la entrada, como si necesitara unos momentos para replantearse la misión. Un lugar así tendría que guardar todos los secretos del mundo. Con razón venían a consultar sus páginas.

―Lo digo en serio, ¿qué buscas? ―La pregunta tomó a Dohko por sorpresa. Los ojos de Unity se habían vuelto súbitamente fríos.

―Yo... algo sobre el cielo, sobre el futuro... ―tartamudeó. Había algo implacable en el rostro de aquel joven, aunque le costaba determinar exactamente qué. No estaba acostumbrado a tratar con miembros de la nobleza y no podía imaginarse cómo sería andar por el mundo así de serio. Unity ni siquiera aparentaba ser mucho mayor que él. ¿Sería el clima? ―...en realidad, mi compañero tiene la lista ―confesó tratando de ocultar su nerviosismo.

Unity pasó los dedos abstraídamente por el lomo de algunos volúmenes.

―Se han borrado todos los caminos que conducen a este lugar... no me extraña que se haya perdido. En especial si es su primera vez en Siberia.

―Creo que sí... ―murmuró Dohko― Se llama Shion. Shion de Aries.

Unity pareció no escucharlo. Se quedó con la mirada perdida, contemplando el vacío. Una única palabra se deslizó entre sus labios, casi inaudible.

Jamir.

Y entonces, como si hubiera recordado de pronto que tenía cosas más importantes que hacer, se dio la vuelta sin mayores miramientos en dirección a la salida, y se marchó.

***

Con pasos firmes y rápidos, Unity anduvo a lo largo de mohosos corredores, sin ningún destino en particular. Tenía una sensación de opresión en el pecho que le daba rabia sentir. Por un momento, solo por un momento se había permitido creer... Una vez más, Atenea y sus caballeros venían a meterse donde nadie los había llamado. Casualmente siempre recordaban sus vínculos de amistad con Bluegrad en la proximidad de las guerras santas.

Sin embargo, tenía que ser paciente. Rechazarlos, demostrarles todo su poder, solo le traería problemas en esa primera etapa. Las virtudes de la diplomacia eran de las pocas cosas que le agradecía a su padre haberle enseñado. Este santo de Libra no parecía muy listo, y decía traer noticias importantes; las escucharía, ¿por qué no? No sería difícil extraerle todo lo que supiera. Con un poco de suerte su compañero jamás llegaría... no sería la primera vez que las heladas planicies que odiaba le demostraran que también tenían sus bondades. Venían pensando en usarlo, como siempre, pero sería él quien los usara a ellos.

Con ese pensamiento, apretó un puño contra la pared, haciendo un alto en el camino. Una oscura sonrisa se extendió por sus facciones. Sí... debía tomar medidas. No lo preocupaban los músculos de Libra, pero la mente de Aries podría ser un problema. Respiró hondo y dejó que de las profundidades manara y se volcara dentro de sí aquel poder que le concedía supremacía en esa tierra. Su tierra. Sin pensarlo demasiado, proyectó hacia el exterior, hacia donde fuera que el otro santo se escondiera, la ola de sentimientos que fluían en su interior. Todavía no acababa de comprender cómo funcionaba exactamente, pero desde que había entrado a aquel lugar, allí donde dirigía su rencor, dirigía el caos.

De pronto, un súbito estruendo lo arrancó de su trance. Desorientado, trató de localizar el origen del ruido, y de hecho le hubiera sido imposible hacerlo de no haberse producido una vez más, pocos segundos después. La adrenalina no acababa de aquietarse en sus venas cuando echó a correr de vuelta hacia el punto de origen de su caminata. Nuevamente en la biblioteca, jadeante, buscó con los ojos al caballero de Libra y lo encontró entre una pila de tomos amarillentos desparramados por el suelo. Poco menos que lo fulminó con la mirada, acortando a grandes zancadas la distancia que los separaba.

Los libros eran tan viejos que si no se los trataba con mucho cuidado, tendían a abrirse y deshojarse como si estuvieran podridos. De hecho, muchos lo estaban. Avergonzado, Dohko se puso de pie de un salto y trató apresuradamente de poner fin a aquel desorden, pero le fue imposible antes de que Unity se le plantara enfrente. Por un momento creyó sinceramente que iba a abofetearlo.

―No sé cómo pasó, fui a sacar un libro y se me vino todo encima ―farfulló rápidamente al tiempo que un suave rubor se le extendía por el rostro. Se sentía como un completo idiota.

―Algunos de estos papeles tienen miles de años, la mayoría, cientos, ¿no te dije que el castillo era mucho más antiguo de lo que cualquiera podría imaginarse? ―Se notaba que el joven no quería levantar la voz, pero estaba muy molesto. Ante el horror de ambos, más páginas se desprendieron de la masa caótica de tomos que el librano se esforzaba por devolver a los estantes.

―Lo siento, no sé cómo pudo pasar. Los arreglaré todos, de veras lo siento.

―Ni siquiera sabrías por dónde empezar.

Dohko bajó la mirada y lo ayudó a recuperar las hojas sueltas. No se le ocurría otra disculpa más que la pura verdad. Iba a preguntarle si prefería que lo dejara solo cuando notó que la atención del otro ya no se centraba en él. Unity se había quedado repentinamente inmóvil, los ojos fijos en la mesita de lectura más cercana a los dos.

―¡Ah! ―exclamó Dohko, rescatando el único libro que reposaba sobre ésta. Se trataba de un volumen de tapas rojas con gruesos caracteres chinos grabados en el lomo―. Me llamó la atención este libro... fue el que intenté alcanzar cuando, en fin, ya sabes. Unity lo miró a los ojos con una expresión totalmente nueva.

―¿Qué fue lo que te llamó la atención?

―Bueno, es un libro chino. Es la primera vez en años que veo uno. Ni siquiera creo que pueda entenderlo todo.

―¿Entonces eres chino?

―Sí ―asintió Dohko, relajándose levemente―. Pasé mi infancia en el sur. ―Sin saber muy bien cómo continuar, ni si a Unity le interesaría saber algo más acerca de él, prefirió no compartir mayores detalles―. ¿Por qué tienes un libro chino en la biblioteca?

Suavemente, Unity se acercó y tomó el libro de entre sus manos. Si bien estaba allí, a un paso de distancia, sus ojos volvían a lucir brumosos, como si reflejaran un universo lejano.

―牛郎与-女 ―susurró Unity, siguiendo el contorno de los trazos en la tapa―. No tiene nada de especial. Aquí se guardan libros en todos los idiomas del mundo.

Dohko no podía salir de su sorpresa. Las palabras habían sonado algo extrañas, pero había sido capaz de entenderlas perfectamente.

―Es la leyenda sobre el cisne que conecta las dos orillas de la vía láctea ―comentó―. ¿¡Entiendes chino!?

―Un poco ―admitió Unity, sonriendo apenas por primera vez. La expresión lo transformaba en una persona totalmente distinta, y Dohko no tardó en seguir su ejemplo, mucho más tranquilo―. ¿Entonces la conoces?

―Por supuesto, es una leyenda hermosa ―contestó el caballero―. Todos los niños chinos la conocen. Pero desde que partí para Grecia nunca había encontrado a alguien que supiera de su existencia. ―Se detuvo, melancólico―. Al principio me parecía raro, que las cosas que eran tan normales para mí, en realidad no lo fueran. Me costó entender que China estaba un poco lejos de todo.

Unity lo escuchó en silencio, perdido en un sueño poblado de sombras. Su extraordinaria memoria, la misma que lo había llevado a entender aquel libro, le jugaba en contra. En aquel mismo lugar, hacía muchos años, su corazón había despertado a un mundo nuevo y dulce que ahora deseaba vanamente poder olvidar. Tal vez si pudiera hacerlo, dejar todo atrás como ese muchacho frente a sí y renacer como alguien nuevo en otra parte... pero era inútil. Él no era un caballero. No era más que un joven con un sueño, una obsesión. Ni todo el poder del océano podía cambiar eso. En el fondo, no era nadie.

La tibieza de una caricia lo trajo de vuelta a la realidad. Sus manos aferraban con fuerza el libro de tapas rojas. Demasiada fuerza. Con inesperada ternura, el caballero las había cubierto con las suyas.

―Lo lamento. He venido a traerte malos recuerdos ―susurró.

―¿A qué te refieres? Estabas contándome sobre China...

Tras unos momentos de callada cercanía, finalmente Dohko se apartó. Para su sorpresa, a Unity lo invadió una indefinible sensación de pérdida.

―Si puedo ayudarte con algo del libro que no entiendas... ahora o después...

―Lo pensaré, gracias. Éste me lo sé casi de memoria, pero tengo otros ―dijo volviéndose hacia uno de los estantes cuyos libros habría que reparar luego.

―Muy bien. Será interesante.

Confundido, Unity lo miró de reojo y Dohko le dedicó una pequeña sonrisa. Cosa curiosa en el siberiano, abrió la boca sin la menor idea de lo que iba a decir, y cuando habló sus propias palabras lo dejaron atónito.

―Sobre Aries... está haciéndose tarde. Es la última hora de luz. Sinceramente, si no lo hace durante el día, dudo que pueda llegar durante la noche. ―La sonrisa se borró inmediatamente del rostro de Dohko―. Lo devorará el frío.

―Voy a buscarlo.

―Espera, no hay mucho que una persona sola pueda hacer en esta inmensidad. El radio de búsqueda es demasiado amplio. ―Cerrando los puños, Dohko se detuvo en el umbral.

»Enviaré a mis guardias. Bluegrad quedará desprotegida, pero... estás tú, ¿no?

―¿Crees que podrán? ¿No acabas de decir que es demasiado difícil?

―Si ellos no pueden, nadie puede. Son muchos y conocen la zona a la perfección.

A Dohko le hubiera gustado tener argumentos para rebatir esa última afirmación, pero lamentablemente no los tenía, así que asintió sombríamente con la cabeza y dejó que el otro joven decidiera el próximo paso. La expresión juguetona que moldeaba sus facciones había desaparecido por completo. Unity hizo sonar la campanilla más cercana y, rápidamente, ordenó que todos los hombres y mujeres a su cargo se concentraran en las puertas del castillo.

***

Todavía pasaron muchas horas antes de que apareciera Shion. Los guardias, envueltos en toda clase de pieles pero aun así maldiciendo su suerte, trabajaron sin cesar hasta bien avanzada la madrugada. Dohko se les unió desde un principio, volviendo al castillo periódicamente con la esperanza de que algún otro se hubiera topado con su amigo, para después regresar al hielo, sin noticias. Le dolía la garganta de tanto gritar su nombre. Shion había desaparecido sin dejar rastros; no podía sentir ni su cosmos, ni el murmullo de sus pensamientos... Hasta que de pronto, débil y confusa en un principio pero haciéndose más fuerte, le llegó su voz desde la lejanía. O tal vez no su voz sino su mente. En definitiva era lo mismo.

Dohko...

no te escucho...

El librano echó a correr hacia la fuente de aquella voz al tiempo que una enorme ola de alivio amenazaba con aflojarle todos los músculos. Por momentos la perdía y, en su desesperación, daba vueltas y vueltas hasta volver a captarla. Los pensamientos de Shion se sentían débiles y eran extremadamente difíciles de seguir.

―¡Shion! ―exclamó hacia la oscuridad, al llegar a lo alto de una loma―. ¡SHION!

Le pareció mentira cuando finalmente pudo verlo. Caminaba lentamente a través de la noche, como si cada paso fuera una batalla que ganaba por poco. El santo de Libra se abalanzó a su encuentro y lo estrechó contra sí en cuanto pudo, elevando a los dioses una silenciosa plegaria de agradecimiento. El resonar metálico de sus armaduras le hubiera parecido cómico en otro contexto, pero en ese momento apenas si lo notó. Quería sacarle la armadura y asegurarse de que estaba bien allí mismo, y tal vez lo hubiera hecho de no ser porque lo sintió perder la fuerza y deslizarse de su abrazo hasta que sus rodillas tocaron el hielo.

―Perdí el equipaje, los regalos para el rey, todo... ―dijo Shion, temblando de pies a cabeza.

―No importa, no importa ―murmuró Dohko mientras se inclinaba para tomarlo en brazos―. ¿Estás bien? ¿Qué fue lo que pasó?

―No sé... calculé mal, soy un torpe...

―Yo te quiero igual, así de torpe.

―Malo. Estás ronco...

Dohko se dio cuenta de que también él estaba temblando. Mucho menos que Shion, claro, pero temblando al fin. Recién ahora tomaba conciencia de lo asustado que había estado. Besó a Shion en la frente, en los puntitos que creía tan tiernos, en la nariz, en los labios. Shion le acarició la mejilla con una mano muy, muy fría.

―Vamos a Bluegrad ―dijo Dohko decididamente, enfilando sus pasos al castillo. Mientras tanto su compañero continuó lamentándose por lo bajo, más bien hablando consigo mismo que con nadie más.

―Se supone que ya no tendría que pasarme esto... ―murmuró con amargura.

Dohko iba a susurrarle unas palabras de consuelo, pero lo detuvo el clamor de voces que se elevó de la cuadrilla de guardias más cercana.

―¿Ya llegamos? ―le preguntó Shion, súbitamente incómodo―. Bájame.

―Todavía faltan unas cuadras.

―No quiero que me vean así, no estoy tan mal.

―No voy a soltarte hasta llegar a la cama.

―Me bajas, o...

―¿O qué?

En un instante de confusión, los brazos de Dohko abrazaron la nada para luego cerrarse en torno a sí mismo. Shion reapareció un par de metros más allá, jadeante pero con una expresión pícara en el rostro. Si todavía tenía fuerzas para hacerse el difícil, pensó el librano, no podía estar tan mal.

―¡Caballero Dohko! ―la voz aguda de un guardia joven quebró el silencio como una espada afilada―. ¡Lo encontró! ¡Es su amigo!

―Sí... ―Se rió Dohko, buscando nuevamente la cercanía de Shion―. Aunque más o menos llegó solo. Más vale tarde que nunca.

―¡Shion de Aries! ¡Por fin!

Más y más personas se agolparon a su alrededor. La mayoría de ellas, si no todas, jamás había visto en persona a un caballero dorado, mucho menos a dos. En el recorrido de vuelta fueron el centro de decenas de miradas, no pocas cargadas de algo más que curiosidad. Shion parecía intimidado ante tanta atención, aunque no del todo molesto.

El encuentro con Unity fue más que nada una formalidad. Dohko se sintió un poco en la obligación de presentarlos, y se alivió al ver que ninguno daba muestras de querer prolongar la reunión. Era tarde; una vez saciada su curiosidad, todo el mundo recordó que estaba exhausto y se retiró a sus habitaciones. Ellos no fueron la excepción. Un sirviente los condujo a sus dos cuartos; con una profunda reverencia, se retiró.

Dohko y Shion no necesitaron leerse la mente para llegar a un acuerdo. Simplemente, cuando se quedaron solos, antes de que se cerrara ninguna puerta, se tomaron de la mano y acabaron en el cuarto del primero. Tras las puertas de hierro los aguardaba un precioso espacio de intimidad donde un fuego crepitaba alegremente en una estufa a leña. Tomándolo por la cintura, Dohko presionó a Shion contra la primera pared que tuvo a mano y lo besó profunda y dulcemente. Con cuidado, para no herirlo en caso de que estuviera lastimado, se las arregló para quitarle la sección de armadura que le cubría el pecho y después continuó con las hombreras y la placa de la espalda. Él mismo no tardó en quedar igual. Se abrazaron con todo el afecto que sentían, que aún estaban aprendiendo a sentir.

―Qué delicia poder estar contigo hoy, Shion... ―murmuró el librano―. Sin peligro, en una verdadera cama...

―Parece tan blanda, hay tantos acolchados... ―susurró sonriente el joven de Jamir. A pesar del cansancio y el frío se lo veía feliz―. Qué delicia tú... ―Sus manos descendieron por el pecho del fuerte caballero, seductoras. Sin embargo, éste las atrapó antes de que pudieran darse por satisfechas.

―Ha sido un día largo y difícil, en especial para ti. Vamos a dormir. Literalmente.

―Aww Dohko... no me dejes así... ―El librano le apoyó una mano en la mejilla, besándolo en la comisura de los labios. Shion tomó su otra mano y, tras un leve forcejeo que más se asemejó a un juego, la arrastró hacia abajo, entreabriendo la boca en una exhalación de placer cuando los dedos de Dohko se posaron en su sexo.

―Hace una hora no podías tenerte en pie ―protestó el librano por lo bajo, el rubor haciéndole arder las orejas.

―No necesito tenerme en pie ―susurró Shion sugerentemente, depositando un suave mordisco en una de esas orejas tan expresivas.

Dándose por vencido, el joven chino buscó un pliegue entre la tela y el metal que aún lo apartaba de Shion y deslizó una mano por debajo. Lo acarició despacio, como sabía que le gustaba, y fue recompensado con una serie de suspiros entrecortados que resbalaron cálidos por su cuello. Sin que ninguno de los dos supiera muy bien cómo terminaron abrazados en la cama, desnudándose mutuamente. A pesar del fuego seguía haciendo bastante frío, así que Dohko se envolvió y envolvió a Shion en un grueso acolchado de plumas y se posicionó con cuidado sobre él. Hicieron el amor calmadamente, y cuando todo hubo terminado se fueron quedando lentamente dormidos, arrullados por el crepitar de las llamas. Dohko fue el último en cerrar los ojos, el dulce rostro dormido de Shion apoyado contra uno de sus hombros.

En el castillo se apagaron las últimas luces. Unity no dejó de notar que el cuarto preparado para Aries había permanecido vacío durante la noche.

***

Continuará en el próximo capítulo...