Hete aquí un nuevo capítulo de Luces del Norte ^^ Es el penúltimo. Perdón por demorar tanto en actualizar, ha sido un año estresante en lo personal y no he tenido ni el tiempo ni la inspiración que quisiera para ir más rápido T.T Con este capítulo vuelvo a la acción después de un largo rato (los últimos dos los escribió mi amiga Len (starsdust)). Espero terminar el próximo pronto. Gracias por seguir ahí!!!!
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Parte 5: Traición
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Tenía frío. Ése fue el primer pensamiento totalmente lúcido que cruzó por su mente. Un frío tan intenso como no experimentaba desde muy pequeño. Como si flotara de un sueño a otro, Shion pasó de errar por los senderos de su infancia a la helada oscuridad de una habitación con paredes de piedra. Y otra vez el murmullo del océano susurraba desde lo profundo, fluía entre imágenes y sensaciones.
Lo último que recordaba con claridad era haber partido con su mejor amigo hacia Bluegrad, un paraje lejano casi en el límite de lo conocido, donde irían a ofrecer su apoyo y recopilar información importante para el Santuario. Luego todo se le hacía confuso y doloroso.
Intentó moverse con dificultad y dio con alguien recostado contra sí. Fue como si le quitaran un enorme peso de encima al estirar un brazo y reconocer esa piel, esos cabellos desordenados con los que tantas veces había jugado. Supuso que la pesadilla había terminado y volvía a estar en un lugar seguro, ya fuera el Santuario o Siberia o cualquier otro lugar. Dohko estaba allí y por ahora era suficiente. Sintió que le acariciaban los labios y buscó acurrucarse lo más cerca posible de ese cuerpo tibio, que lo correspondió envolviéndolo en un firme abrazo. Necesitaba sentirse protegido, incluso si al final eso también resultaba ser un sueño.
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Horas después solo se oía la lenta respiración del caballero de Libra como fondo del ir y venir más agitado de los pulmones de Shion. Dohko volvió a tocarle la frente y comprobó que hervía, a pesar de que el resto de su cuerpo exudaba un sudor frío. Inquieto, le echó un vistazo a la ventana con la esperanza de ver luz. En cuanto amaneciera iría de nuevo a buscar al médico; tenía que haber algo más que se pudiera hacer. Hacía dos días que Shion estaba así... dormía, tiritaba de a ratos, a veces lo llamaba o llamaba a otras personas, conocidas y desconocidas.
A su manera también exhausto, el librano le susurró una serie de palabras tranquilizadoras y a continuación se reacomodó en la cama para tratar de dormir un poco. Debió haberse quedado con él luego de que Shion le confiara que algo no andaba bien. Si hubiera escuchado a su instinto en vez de a la condenada voz racional que le dijo que allí no había peligro, tal vez hubieran podido afrontar juntos lo que fuera que había arrojado a su amigo de vuelta fuera del castillo. La imagen del santo en la nieve se negaba a abandonarlo; lo habían encontrado hecho un ovillo luego de que Dohko diera la alarma al sentir explotar un Stardust Revolution. Si no fuera porque Unity había peinado la zona con sus hombres...
Un leve quejido arrancó al caballero de Libra de su somnolencia. Al abrir nuevamente los ojos se encontró conque el ariano lo observaba adormilado y en realidad había pronunciado su nombre.
—¿Shion...? ¿Me llamaste? —preguntó el joven chino en un susurro, apartando el cabello húmedo de la frente de su amigo.
—¿Estoy realmente despierto, Dohko?
—Sí... claro que sí. Estás conmigo.
Aliviado, Dohko tanteó la penumbra con cuidado para rodear la cintura de su compañero. Escucharlo hablar de nuevo de forma coherente, aunque fuera por un instante, disipaba sus peores temores.
—Qué lindo... —murmuró Shion bajo el contacto de la suave estela de caricias que Dohko le dibujaba en la espalda. Un suave beso se fundió con las caricias, cargado de silencioso cariño.
—¿Cómo te sientes? ¿Recuerdas lo que pasó?
El joven jamiriano tardó unos momentos en contestar, inseguro. Tenía la sensación de que alguien hubiera abierto su cerebro y deshilachado cada pensamiento. Finalmente decidió no dar nada por sentado y confiar en que Dohko no lo tildara de demente al primer intento.
—¿Qué es este lugar? —preguntó con un hilo de voz.
—El castillo... —respondió el librano, preocupado—. El castillo de Bluegrad.
—¿Cuánto dormí?
—Un par de días.
—Entonces lo último que recuerdo... —murmuró Shion, haciendo un esfuerzo por no ceder al cansancio que embotaba sus sentidos— es la cena. Me pediste la lista con los libros que necesitaba el Santuario y fui a buscarla.
Dohko le dirigió una mirada de desconcierto, ante la cual el ariano se apresuró a rectificar sus palabras.
—Antes de eso fuiste a mi cuarto para ver si estaba listo. Cuando abrí la puerta lucía extraño, así que me preguntaste si estaba bien.
El desconcierto seguía pintado en rostro del librano, que esta vez negó ligeramente con la cabeza para dejar más en claro que nada de eso había ocurrido.
—Antes de eso —insistió Shion tratando de mantener la calma— Unity nos encontró en el pasillo. Juntos. Sin embargo, actuó como si nada hubiera pasado y nos invitó a cenar.
—Sí —asintió Dohko.
—Muy bien. —Antes de continuar el ariano respiró hondo, tratando de encontrar la mejor manera de decir lo que quería decir. La verdad era que la habitación no había dejado de girar lentamente desde que había abierto los ojos, pero algo le decía que era absolutamente vital que no se detuviera—. Dohko, necesito que confíes en mí. ¿Lo harás?
—Por supuesto que sí.
—No recuerdo lo que pasó. Lo único que recuerdo es... lo que creo que pasó. —Con la ternura que lo caracterizaba, el joven chino lo tomó de la mano para poder entrelazar los dedos de ambos.
—No importa si no sabes qué sucedió.
—No es eso... —Temblando, Shion tuvo la intención de incorporarse pero Dohko se lo impidió con apacible firmeza.
—Despacio. No quiero que hagas nada hasta que te baje la fiebre.
—Tengo sed.
—Te traeré agua. Si quieres puedes sentarte, pero despacio.
Haciendo acopio de valor, el caballero de la séptima casa abandonó el nido tibio de mantas que los cobijaba a ambos y tiritando corrió hacia la mesa en busca de la jarra con agua que siempre dejaban los criados en su cuarto. La idea de que los habitantes de Bluegrad tenían que soportar ese frío todos los días del año se le hacía desconcertante y terrible. Seguía tiritando cuando regresó y acercó una copa llena de líquido a los labios de Shion, quien bebió con avidez.
—Gracias —agradeció el ariano una vez satisfecho—. Demonios, ahora tengo calor.
—Es la fiebre, ya pasará —murmuró Dohko con una sonrisa afectuosa luego de volver a zambullirse bajo las mantas, solo que esta vez permaneció sentado, recostado contra el macizo respaldo de la cama—. Ven aquí... no pienses más.
—No, hay... hay algo que quiero decirte —protestó Shion débilmente, pero de todos modos se dejó acomodar de espaldas al otro caballero, febril contra su pecho tibio, las robustas piernas acunándolo despacio a ambos lados. Sintió que Dohko le apartaba la rubia melena hacia un costado para besarle húmedamente el cuello y, a pesar del malestar general, tuvo la certeza de que aquello había sido lo mejor en un largo, largo tiempo—. Hay una presencia muy oscura en este lugar —consiguió decir por fin—. Y creo que ha confundido mis recuerdos desde que nos separamos, justo después de que Unity se tropezara con nosotros.
—¿Y qué es lo recuerdas, entonces?
—Cenar. Perderme en un laberinto de pasillos. Volver al Santuario, sentir... sentirte. —La voz de Shion se había convertido en un susurro—. Creo que alguien me atrapó en una ilusión como jamás había visto. Ni... ni el maestro Hakurei tiene esa clase de destreza.
Silencioso, el librano se concentró en tratar de hacer encajar las piezas del puzzle que narraba su amigo. Por más que lo intentaba no tenía sentido. Si alguien había utilizado una técnica de ilusiones con Shion, para afectarlo de esa manera debía poseer un nivel como mínimo de santo dorado, y Sage no los hubiera enviado a una misión peligrosa sin hacerles alguna clase de advertencia. Por otra parte estaba el hecho de que Shion había tenido problemas desde el comienzo, mucho antes de que cualquier «presencia» del lugar pudiera haberlo tomado como objetivo. El propio Dohko se sentía bien. Si alguien tenía algo en contra del Santuario o la diosa Atenea, ¿por qué no acabar con ambos caballeros de un mismo golpe? Si ese alguien era supuestamente tan poderoso...
—Tal vez... no haya sido una ilusión. Tal vez éste sea simplemente un lugar donde ni la telepatía, ni la teletransportación, ni ninguna de esas cosas que son naturales para ti funcionen. Tal vez sufriste un... cortocircuito.
—No. Alguien me atacó.
—Solo piénsalo. Ambos sabemos que en Bluegrad hay mucho más que un montón de libros. Me contaste que Dégel...
—Te digo que no.
Por primera vez, Dohko se preguntó si sería prudente creer a ciegas en las palabras de su amigo. Volaba de fiebre, él mismo reconocía la vaguedad de sus recuerdos... además, por supuesto, de que era terco como una mula y, llevado a un extremo, perfectamente capaz de manipular la verdad con tal de no darle la razón a otro. En un principio Dohko había dado por descontado que el adolescente sí se había topado con alguna clase de amenaza, pero sería un tonto de no considerar la posibilidad de que la amenaza fuera, a fin de cuentas, imaginaria.
—¿Recuerdas cómo te hiciste esto? —preguntó de pronto el caballero chino, tomando a Shion de la mano. En un principio éste no comprendió, pero entonces reparó en las huellas rojizas que le subían por los brazos casi hasta el codo. Sobresaltado, se soltó de Dohko y se miró con mayor atención. También las tenía en las piernas, y ardían, y también le ardía parte de la cara.
—...corales. La ilusión usaba corales.
—¿Corales? No, Shion.
—Te lo juro —susurró Shion, cansado.
—Te diré lo que pasó. Hace dos días, después de que Unity nos invitara a cenar, nos separamos y cada uno fue a su cuarto a dejar la armadura y vestirse con algo más adecuado. La próxima vez que volví a verte estabas inconsciente, afuera, alrededor de un kilómetro al este del castillo —explicó Dohko con un dejo de amargura—. Estuviste allí por varias horas hasta que por fin alguien te vio. Te congelaste y lo que tienes son señales de congelamiento. Lo sé porque pedí que te viera un médico.
—¿Qué puede saber un médico sobre ilusiones, Dohko?
Antes de que el asunto escalara al siguiente nivel, el caballero de Libra decidió no continuar. No tenía sentido insistir con el tema en esas condiciones. Con un suspiro, abrazó a su amigo y trató de transmitirle su apoyo, más allá de que pudiera comprender o no por lo que estaba pasando. Shion lo necesitaba, eso era todo lo que importaba en ese momento.
—Lamento no poder explicar mejor. Me cuesta pensar.... —confesó el tibetano.
—Está bien... sea lo que sea, te prometo que llegaremos al fondo de todo esto. —Dohko le colocó las manos a ambos lados del rostro y lo besó con suavidad, procurando hacerle sentir que estaba allí para él—. No quiero perderte nunca más —le susurró antes de volver a sus labios y acariciarle el pelo.
Una vez que la tensión hubo cedido, poco a poco el joven fue adormilándose de nuevo. Satisfecho, Dohko lo acostó para que tuviera más espacio y decidió ir en busca de algo de comer, ya que empezaba a tener hambre. Tal vez traería algo para los dos.
La luz débil de la mañana se colaba a través de los cristales empañados de la ventana.
***
Los días en Bluegrad eran monótonos y solitarios. El castillo era demasiado grande, la gente demasiado poca y, para no sucumbir frente al embate helado y constante de la naturaleza, cada aspecto de la vida cotidiana estaba cuidadosamente regulado. Los criados se levantaban a las cinco, se desayunaba a las siete, se leía, se patrullaba en busca de intrusos inexistentes, se limpiaba, se dormía. La rutina deambulaba por los pasillos como el peor de los fantasmas.
Inquieto, Unity dio vuelta la página de la novela que estaba leyendo e intentó continuar, si bien creía haber perdido el hilo de la historia desde hacía rato. Sus pensamientos volvían una y otra vez a la delicada situación que tenía entre manos; se repetía a sí mismo que todo estaba bajo control, pero a ciencia cierta no tenía manera de saberlo hasta que el santo de Aries recuperara la conciencia. El maldito había logrado escapar de su ilusión perfecta justo en el momento clave así que existía la posibilidad de que recordara más de lo que debía. Peor aun, existía la posibilidad de que el otro le creyera.
También estaba la cuestión de por qué su plan había fallado en primer lugar... Aries debió haber sido capaz de romper el sello de Atenea. Poseidón debió quedar libre y junto con él el poder necesario para devolver a Bluegrad a la gloria de antaño. Sin embargo, al contacto con el sortilegio el muchacho había desaparecido frente a sus propios ojos, como si el mismísimo soberano de los océanos lo hubiera expulsado de allí. ¿Acaso el dios había rechazado la oportunidad de escapar de su propio encierro? ¿O es que había sobreestimado el poder de Aries y simplemente no era lo suficientemente fuerte? Esta última opción se le hacía más factible.
De pronto, el joven escuchó el sonido de pasos que se acercaban a la salita del desayuno. Poco después apareció en la entrada la otra persona que había ocupado sus pensamientos en los últimos días. En cuanto lo vio Unity se puso de pie para saludarlo.
—Buenos días, Dohko. ¿Cómo está tu compañero?
—Mejor, gracias. Por favor no dejes que te interrumpa.
—Sabes que si quisiera leer tengo muchos lugares donde no ser interrumpido.
—Eso es cierto —reconoció Dohko con una sonrisa. En esos días había aprendido a sentirse mucho más cómodo en presencia del esbelto soberano y creía que el sentimiento era mutuo. De a poco se iban atenuando las formalidades.
—¿Pudiste hablar con él?
—Un poco, pero no sirvió de mucho. Necesita tiempo.
—Entiendo.
Dubitativo, Dohko tomó asiento en el lugar reservado para él. Comería algo primero y después volvería con Shion.
—Quería pedirte si podrías llamar al médico de nuevo...
—Por supuesto. De hecho puedo ir ahora, mientras desayunas tranquilo.
—Eres muy amable —murmuró Dohko, agradecido. Unity tomó un último sorbo de té caliente y se encaminó a la salida, no sin antes apoyar fugazmente una mano tranquilizadora en los hombros del caballero. De veras no tenía nada contra él.
Dohko lo siguió con la mirada mientras se alejaba con su habitual distinción. A decir verdad el santo se hubiera sentido mejor en el cuartel de los Blue Warriors, pero entendía que rechazar el honor de ocupar las habitaciones de la nobleza no sería visto con buenos ojos. Aquellos muros inmortales se le hacían opresivos, bloqueando eternamente el frío de la tundra pero también la luz y la vida.
Acabó de comer con rapidez y por último tocó la campanilla para llamar a un sirviente. Shion no había estado en condiciones de desayunar las dos últimas mañanas; esperaba que ese día fuera diferente.
***
Lo primero que oyó antes de echar a correr fue un grito desgarrador que retumbó a lo lejos. Con el desayuno de Shion todavía bajo el brazo, Dohko se precipitó a lo largo de corredores interminables hasta llegar por fin al lugar de donde creía que había provenido el sonido; para su desasosiego, se encontró frente a la puerta entornada de su propia habitación. La abrió con un golpe seco y por un momento se quedó paralizado ante el horror que se materializó frente a sus ojos.
Shion estaba todavía en la cama; aferraba una sábana en torno a sí y en cuanto lo vio corrió hacia él, pálido como la muerte. A su paso casi resbala en una sustancia oscura que salpicaba erráticamente el suelo. Un poco más allá las salpicaduras formaban un fino riachuelo que se ensanchaba en el extremo opuesto del recinto, en un cono de sombra donde Unity, el futuro señor de esas tierras, se apretaba el cuello desparramado contra la pared.
Bajo la impresión de que se movía en cámara lenta, Dohko atravesó el cuarto y se hincó de rodillas junto al siberiano. Shion repetía algo a sus espaldas pero no podía entenderlo. Lo único que entendía era que Unity acababa de hablar con él hacía pocos minutos y ahora yacía en un charco de sangre.
—Solo fue un accidente, estoy bien...
—Unity, no hables. —Con estas palabras, el caballero chino desgarró una tira de su camisa y la presionó con fuerza sobre la herida. A continuación volvió a colocar la mano del joven sobre el improvisado vendaje y le dio a entender que debía mantener la presión—. Voy a sacarte de aquí.
Antes de que Unity pudiera objetar algo Dohko ya lo había tomado en brazos y volaba en dirección a la puerta. Hubiera franqueado el umbral en cuestión de segundos si no fuera porque Shion se le atravesó en el camino. Se le hizo difícil leer la expresión en el rostro de su amigo.
—Fue él —dijo el ariano con un extraño resplandor en los ojos. Su mirada de color caramelo, por lo general un manso atardecer, se había vuelto oscura y turbia. Una peligrosidad que poco se correspondía con su aspecto frágil reverberaba en lo profundo de su cosmos.
—¿De qué estás hablando, Shion? ¿Podrías dejarme pasar?
—La persona que me cubrió de corales y creó las ilusiones, ¡fue él!
—¿Te has vuelto completamente loco?? ¡¿Tú hiciste esto?!
—¡Es un mentiroso! ¡Me atacó y ahora tiene el descaro de venir a decir más mentiras!
—¡Déjame pasar! —Sin comprender la situación, Dohko apartó a Shion de un empujón que estuvo a punto de hacerlo caer. Lo atravesó una punzada de angustia al ver el dolor que se dibujaba en su amigo, pero se obligó a ser fuerte y se abalanzó hacia la salida. Fuera lo que fuera que estaba sucediendo llevaría tiempo para resolverse, y Unity no tenía tiempo.
—¡Quiero que responda por lo que hizo! ¡Quiero saber quién es!
—¡Está desangrándose, Shion! ¡Ni... ni siquiera sé qué le has hecho!
Entonces, una ola de energía se disparó hacia el joven chino, antes, mucho antes de que la viera venir. Todo en el recinto pareció estremecerse: las paredes, los sombríos objetos, el fuego. Fue como si de pronto a todo se le despertara el alma. Probablemente el impacto hubiera tenido consecuencias terribles de no ser porque un destello dorado interceptó el ataque en una fracción de segundo. Estupefacto, Dohko vio cómo el sagrado escudo de Libra caía estruendosamente al suelo.
—¡Cállate! ¡Lo está protegiendo! —exclamó el ariano, los puños apretados y la atención aparentemente centrada en el reluciente metal.
Sin entender en absoluto lo que estaba pasando, pero viendo en la distracción de Shion una oportunidad para escapar, Dohko asió el marco de la puerta con determinación. Por puro reflejo sujetó con fuerza el cuerpo menudo que cargaba contra el pecho, que a su vez se aferraba la tela de su abrigo como si la vida le fuera en ello. Sin mirar atrás, trancó de un portazo la puerta tras de sí.
Y guardó la llave.
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Unity insistió en no ver un médico; prefirió curarse a sí mismo haciendo oídos sordos a las protestas del caballero. Después de dar vueltas habían terminado en el dormitorio del primero, adonde éste había pedido ser llevado. Dohko lo estudiaba con aprensión al tiempo que trataba de digerir lo que había pasado. El corazón le latía muy rápido y no podía tranquilizarse. Lo habían preparado para muchas cosas pero no para ver a su mejor amigo convertido en una fiera, y lo peor de todo era no entender por qué. No dejaba de preguntarse qué había hecho mal. Esa misión se les había ido de las manos.
—No es tu culpa. —El siberiano se había recostado en un diván de terciopelo oscuro y agradecía la presencia del santo a su lado. Más que nunca deseaba tomarlo de la mano, explicarle que lo peor había pasado. Más allá de la protección regenerativa de Poseidón, Unity se había sentido muy vulnerable y Dohko nunca lo había abandonado. Ni siquiera cuando la telequinesia dirigida hacia su persona iba a lastimarlo por extensión también a él. Ni por un instante—. Nada de esto es tu culpa.
―Perdónalo, Unity. Shion no es así. ―Dohko había dejado de mirarlo como si esperara verlo quebrarse de un momento a otro, aunque se negaba a aligerar la presión de la venda en su cuello. Agradecía a los dioses que el corte no hubiera sido tan profundo como había creído; en cierta manera no se explicaba la cantidad de sangre que regaba la ropa del joven dado lo superficial de la herida, pero él no era doctor ni mucho menos e igualmente no se sentía con ánimos para cuestionar detalles―. No sé qué le ocurre, ha estado extraño desde que llegamos aquí.
Unity negó con la cabeza. Armándose de valor, llevó una mano a su propio cuello y depositó la más leve caricia entre los dedos del caballero. Luego jaló de ellos hasta que el otro comprendió y dejó que el joven los guiara hasta la seda de su regazo.
―No hay nada que disculpar ―dijo Unity, estrechando entre las suyas la mano del otro muchacho. La tibieza de su piel y de toda su actitud hacia él lo hacían ruborizarse como un adolescente―. Afortunadamente no hubo consecuencias más graves. Bluegrad a veces afecta negativamente a las personas... como te dije el primer día, éste es un lugar que no se parece a ningún otro.
―¿Por qué? ¿Por qué es tan distinto?
―Yo también me lo pregunto ―admitió Unity―. Sin embargo tantos años de historias, miles de personas que han tenido vidas, sueños, dolor... tienen que dejar una huella, ¿no crees? Algunos lugares son... demasiado antiguos. Les hacen daño a las personas sensibles.
El caballero de Libra meditó estas palabras, encontrándoles sentido. Pero no lograban aplacar la inquietud que se revolvía en su interior.
―¿Por qué fuiste a ver a Shion? ―preguntó de pronto.
―¿Perdona?
―Te comenté que necesitaba tiempo y sin embargo fuiste a verlo. Entiendo que solo hayas recibido su violencia, pero yo lo conozco mejor. Estaba asustado. ―Tras una breve pausa el librano estaba dispuesto a explicarse mejor pero el otro se le adelantó, firme.
―Yo soy su anfitrión. Sé que dirás que tampoco fue mi culpa pero me siento responsable. Quería hablar con él.
―Qué tontería, tú no eres responsable de nada. Nosotros, por otra parte... desde que llegamos no hemos hecho más que darte problemas.
Unity sonrió, una expresión melancólica que sin embargo parecía derretir el hielo a su alrededor.
―Nada más lejos de la verdad. Dohko, has hecho más por mí que... ―Unity descubrió que sus palabras se habían vuelto un susurro. De pronto tuvo la sensación de que, a pesar del cúmulo de mentiras que le contaba, era increíblemente sincero con ese jovenzuelo inocente―... nadie, en un largo tiempo. Y tienes tanta suerte de poder compartir algo... especial, con una persona. Créeme que lo mereces.
Por fin lo había dicho. Eso que rondaba en su mente desde el principio. Dohko recorrió el perfil de Unity con ojos dulces, al parecer inmune a la magia que hacía que éste no pudiera enfrentar los suyos. No pudo resistirse a no dejarlo pasar.
―Tú también lo mereces.
―No me conoces.
―Sabes... me recuerdas a alguien ―reconoció el librano, pensativo―. Él también decía que no merecía acercarse a otros. Como si se debiera merecer algo así.
Más allá del punto en que podía fingir indiferencia, a Unity se le hizo un nudo en el estómago al comprender que, en toda su juventud, el caballero lo leía como a un libro abierto.
―¿Y qué pasó con él...?
―Todavía lo extraño —dijo Dohko con sencillez. Sin apresurarse, pero tampoco haciéndose rogar, se inclinó hacia el siberiano y le depositó una caricia de sus labios en la mejilla.
El librano se quedó allí unos instantes, atento a la menor muestra de rechazo, consciente de que acababa de cruzar una línea importante y que tal vez fuera castigado por ello. Poco le importaba. La verdad era que no podía soportar ni un minuto más cruzado de brazos frente a la soledad de Unity, pretendiendo que no la veía o lo tenía sin cuidado. De lejos le había parecido frío pero no era frío en absoluto, ni orgulloso, ni nada de lo que proyectaba; en el fondo compartía su misma juventud, y como él necesitaba también una muestra de afecto de vez en cuando, importarle a alguien.
Luego del primer contacto el caballero retrocedió, respetuoso, y lo enterneció la visión del joven sonrojado que aún lo tomaba de la mano. Se limitó a observarlo en silencio pero después, llevado por un impulso, deslizó una mano hasta su nuca para deshacerle el pulcro nudo que le ataba el cabello. Creyó que era hermoso y decidió no callárselo, esta vez sí probar sus labios tímidos, ayudarlo a despertar del sueño solitario en el que se había perdido.
No supo muy bien cuándo Unity se dejó abrazar, ni cuándo las manos de éste se le colaron bajo la ropa. Al contacto con la lengua del caballero su respiración se volvió progresivamente más irregular, y Unity agradeció no tener que pedirle que se pasara al diván y le desatara la túnica poco a poco. Mientras el joven cerraba los ojos con evidente placer, Dohko se aseguró de darle todos los besos y llevarlo de la mejor manera que podía al desahogo físico que necesitaba desesperadamente. En cuanto cedió la tensión, el librano le depositó un último beso en la frente y luego se apartó. Por una fracción de segundo dedos húmedos le rozaran la entrepierna pero Dohko los ignoró lo mejor que pudo. Unity no hizo preguntas ni tampoco insistió.
Después, el caballero permaneció sentado en el diván junto al siberiano, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Unity se incorporó y le pasó los brazos en torno al pecho, estrechándolo con fuerza; se llenó los pulmones de ese aroma a bosques lejanos bañados por el sol. Algo le decía que sería la última vez.
―Está bien, ya puedes ir con él ―dijo en un susurro. No iba dejarse dominar por la sensación de pérdida que iba anidándosele en el pecho. El santo parecía incapaz de decidirse, no fue sino después de un largo minuto que se desenredó de su abrazo y se puso de pie.
―Volveré más tarde para ver cómo estás. Trata de no moverte mucho. ―Unity asintió y esperó a que Dohko desapareciera tras la puerta. Solo entonces se deshizo de la venda precaria que había detenido el sangrado. El corte había desaparecido por completo.
***
Continuará...
