CXLIII
La tenacidad de Rei

Tokio de Cristal, 30 de noviembre de 2992, 01:11p.m.

Serena podía no saber quién era realmente Rini, o qué relación tenía con ella, pero sí sabía que no podía dejar en la calle a una niña, y la admitió en su casa, lugar donde la niña había pasado los últimos días. Claro que Serena recordaba que Rini había vivido con ella en otras ocasiones, pero pensaba que ella era solamente una allegada, o algo así. Cualquiera fuese el caso, Serena se había preocupado de que Rini tuviera todo lo que necesitaba, incluso una habitación que no usaba, y que estaba destinada mayormente a visitas.

Pero ella no sabía lo que Rini hacía dentro de su habitación, y prefería respetar su privacidad, lo que trabajaba a favor de Rini. De ese modo, podía estar siempre en contacto con el Sailor Quartetto, compartiendo hallazgos, o simplemente reportándose, lo que era una buena noticia en sí misma. Rini esperaba que Serena no recordara nada de sus experiencias como Sailor Senshi, pero no que la reportara a los Galthazar en caso que la descubriera. De todos modos, Rini consideraba que debía estar preparada para cualquier eventualidad, y procuró no levantar sospechas en Serena.

Mientras la dueña de casa preparaba el almuerzo, Rini leía los reportes de sus guardianas. Mientras que Para Para, Cere Cere y Jun Jun no tenían nada que reportar, Ves Ves había encontrado algo interesante mientras pasaba por delante de un restaurante de comida marina. De ese modo, Rini supo que al menos una de las antiguas Sailor Senshi tenía una relación de pareja con un integrante de la banda Achilles' Heel. Ves Ves había sacado una fotografía cual paparazzi, y enviado la información a Para Para, quien pasó una media hora analizándola. Fue de esa forma en que Rini supo que, de algún modo, los Generales Celestiales habían regresado de la muerte, o al menos unos excelentes clones de ellos. Como fuese, el hecho que las Inner Senshi estuvieran de nuevo relacionándose con los Generales era algo a lo que debía poner atención, porque había dos posibilidades: que ellos hubieran vuelto a la vida, o que alguien quisiera dar esa impresión, de forma de mantener ocupadas a quienes fueran las Inner Senshi. No obstante, lo que Rini no entendía era, si aquello era cierto, ¿por qué alguien se molestaría en distraerlas, si ya no estaban en una posición en la que podían hacer daño? Las Inner Senshi eran chicas normales, y no había nada que alguien pudiera hacer al respecto.

Sin embargo, debía poner atención a cualquier cosa relacionada con las ex Inner Senshi, porque si los Generales Celestiales, o personas pretendiendo ser ellos, estaban cerca de ellas, aquello podría apuntar a acontecimientos relevantes. Ordenó a sus guardianas a que trataran de seguir de cerca a las Inner Senshi. Aquello no sería en absoluto difícil, pues ellas no sabían nada sobre el Sailor Quartetto, y las recordarían simplemente como chicas que alguna vez conocieron.

Apenas terminó de entregar las instrucciones a sus compañeras, Rini se recostó sobre la cama, esperando a que Serena terminara el almuerzo. Fue cuando sintió un desagradable retortijón de tripas, y su corazón comenzó a latir más de prisa. Era como si fuese presa de una urgencia, pero que no podía hacer nada al respecto.

La sensación duró solamente unos cuantos segundos, pero fue una experiencia que Rini jamás olvidaría. Pese a que no había visto nada premonitorio, de algún modo, supo por qué había sentido esa urgencia en su pecho.

Hotaru.

Algo malo le había pasado, pero no sabía qué exactamente. Pese a que no quería pensar lo peor, su mente le traicionaba, generando imágenes de ella siendo acorralada por monstruos horripilantes. Y Rini sabía qué era lo que hacía Hotaru cuando se encontraba en un callejón sin salida. Era el precio que debía pagar cuando tenía una mejor amiga que, al mismo tiempo, era Sailor Saturn.

Por favor, Hotaru, que no te pase nada malo.

Tokio de Cristal, una hora más tarde

Serena, Rei, Lita y Mina se habían dado cuenta de la ausencia de Amy en las últimas reuniones que habían tenido. Ni siquiera respondía a las llamadas, sin importar de quién fuese. Pese a que ellas estaban preocupadas por Amy, era Rei, por irónico que pudiera sonar, la que más preguntaba por ella cada vez que las cuatro se juntaban. Era inevitable que alguna de sus amigas le preguntara por qué preguntaba tanto por Amy, y Rei respondió que necesitaba su ayuda con un asunto que le había salido el día de ayer, después de tener una cena con Edward. Mina dedujo al instante que Rei andaba en busca de un consejo romántico, pero le parecía curioso que consultara a Amy por esa razón en específico, y no alguien más idónea para aquel menester, como ella misma, Mina.

—Sí, lo dice la persona que no puede encontrar pareja —había dicho Rei mordazmente, cuando Mina le había ofrecido su propio consejo—. Ahora, si no te importa, voy a consultarle a alguien que tenga real experiencia.

A falta de Amy, Rei decidió acudir a Lita por consejo, pero aquello había probado ser otro error, porque Lita, sencillamente, no podía ser objetiva con sus palabras sin que las emociones la tomaran por asalto. Sin embargo, a partir de su conversación, la que no fue larga, logró obtener unos cuantos consejos útiles, y ninguno de ellos los había conseguido a partir de las palabras. Cuando se trataba de Lita, las palabras estaban de más, porque sus acciones eran suficientes para ella.

Al final, Rei no pudo contar con Amy para que le diera unos cuantos consejos, por lo que tuvo que contentarse con lo que había obtenido de Lita, e ir al ruedo con Edward, porque tenía una nueva cita con él, cita que era muy importante para Rei, porque sería la que decidiría qué tipo de relación tendría con él. Rei pensaba que ser amiga de Edward no era malo, pero ella deseaba ser su pareja, y era esa su aspiración. Aunque no pudiera hablar con Amy sobre el tema, sabía lo que ella diría con respecto a sus deseos.

"Mostrar necesidad no es la mejor forma de encontrar el amor".

Pero el problema de ser una chica como Rei, era que, simplemente, no era capaz de temperar su cabeza, y tendía a hablar con el corazón, lo que muchas veces era algo bueno, pero, como muchas cosas en la vida, aquella era un arma de doble filo. Podía tanto beneficiar como perjudicar. Y ser consciente de eso no le daba muchos puntos a favor si quería conquistar a Edward.

Lo otro que sabía era que si iba a esa cita con dudas, tampoco tendría una oportunidad. Tenía que ir con la clara convicción de que iba a ganarse su corazón, pero, al mismo tiempo, que aquella convicción no se notara en su expresión. Rei pensó que no debería haber tantas condicionantes para que Edward aceptara ser su pareja, y el tiempo solamente le daría la razón.

El mensaje de Edward había sido bastante vago. Solamente la había dicho sobre el día de la cita y el lugar donde ella debía esperar por él. No había sido específico sobre a qué lugar irían y qué harían, diciendo que no quería arruinarle la sorpresa. Aunque Rei amara las sorpresas secretamente, a menudo decía que odiaba que la pillaran con la guardia baja, porque el susto no se lo iba a quitar nadie. Y, mientras se acercaba al lugar donde Edward le dijo que esperara, Rei pensó en mil posibilidades para lo que podría estar reservando Edward, pero aquella era la cuestión. A Rei no le gustaba pensar mucho, solamente lo necesario para hacer sus cosas y tener una vida relativamente tranquila, cosa que, en una sociedad como aquella, no era exactamente complicado. Porque una cosa era la incertidumbre, y otra muy distinta era tratar de cubrir cada respuesta a aquella incertidumbre. Amy hacía eso mejor que ella y las demás.

Cuando llegó a la plazoleta donde se suponía que se iba a encontrar con Edward, tomó asiento en un banquillo, mirando en todas direcciones. Y seguía haciéndose mil preguntas, incluso cosas tan tontas como por dónde iba a aparecer Edward. Rei estaba al tanto de que aquella actitud no era sana cuando se trataba de tener una cita, pero no podía evitar hacerlo, tanto como un tumor maligno no podía evitar enfermar al organismo.

—Hola, Rei —saludó una voz a la izquierda de Rei. Ella pegó un brinco, y miró en la dirección de donde había provenido la voz, y vio que se trataba de Edward—. Luces nerviosa. No deberías estarlo.

—Ah, hola Ed —dijo Rei, llevándose una mano a la nuca y soltando una risa floja—. Es que estaba pensando en tonterías.

—Entonces es tiempo de dejar las tonterías de lado, porque lo que vamos a hacer requiere de toda tu concentración —dijo Edward, tendiéndole una mano a Rei, la que ella tomó, y él tiró suavemente, haciendo que ella se pusiera de pie.

—¿Qué haremos? —preguntó Rei, aunque sabía que no iba a obtener una respuesta.

—Ya lo verás —repuso Edward, mostrando una sonrisa misteriosa.

Edward y Rei caminaron por unos veinte minutos en medio de tiendas y edificios de gran altura, viendo monorrieles de levitación magnética discurrir por encima de los paseos peatonales, porque ya no transitaban vehículos por la superficie. Los monorrieles descendían a nivel del suelo cada vez que un pasajero quería subir o bajar de éste, y volvían a subir después, continuando el trayecto.

—Es una forma muy eficiente de viajar —opinó Edward, mirando a un monorriel alejarse hacia el centro de la ciudad—. La levitación magnética consume una mínima fracción de la energía que necesita un avión del siglo veinte para hacer el mismo trayecto. Y sus velocidades de operación son asombrosas.

—Es cierto —dijo Rei, preguntándose por qué Edward habría sacado el tema a colación—. Con esos trenes, se puede cruzar el Pacífico en una hora. En avión, uno se demoraba casi veinte horas. El problema es que cruzar varios husos horarios a gran velocidad, nos arruina el sueño. Podemos partir a las siete de la mañana desde Tokio de Cristal, y llegar a Nueva Washington a las nueve de la noche del día anterior. ¡Es desconcertante!

—Es suficiente para arruinar el ritmo circadiano de cualquiera —repuso Edward, indicándole un lugar que tenía una enorme diana encima de un edificio cuadrado de color rojo—. Ese es el lugar en el que tendremos nuestra cita.

Rei, cuando vio el cartel bajo la diana, no supo qué pensar. Para cualquiera, incluida ella, un club de tiro al arco no era la primera opción de un lugar donde se pudiera llevar a cabo una cita. Pero había que tener en cuenta que Rei era una fanática del tiro con arco, y practicaba todos los días en el patio trasero de su casa. Pero no esperaba que Edward, de algún modo, supiera que a ella le gustaba aquel deporte, porque en ninguna ocasión le había platicado sobre aquella afición en particular, y Edward no había ido a la casa de Rei en ninguna ocasión. Pero, en honor a las circunstancias, trató de no cuestionarse demasiadas cosas, y aceptó entrar con Edward al club.

El club era amplio, y se podían ver personas con arcos paseándose por el lobby, dialogando entre sí, o revisando el estado de sus arcos. Había un mesón de recepción en el centro del lobby, de forma que pudiera atender gente desde todos los ángulos. Edward y Rei se aproximaron al recepcionista más cercano, el cual era un robot con forma humana. Rei le comentó a Edward que los robots en Tokio de Cristal eran tratados como si fuesen personas, y la gente los saludaba cordialmente. Gracias a la tecnología de inteligencia artificial, la cual se encontraba en constante desarrollo, los robots podían ostentar comportamientos y hábitos muy parecidos a los que exhibían los humanos, y a los humanos reales les costaba trabajo diferenciar entre uno y otro.

Como Rei jamás había estado en ese club antes, Edward solicitó un pase de invitado para ella, porque él formaba parte de aquel club de tiro con arco. En todo caso, solicitar una membresía era extremadamente fácil. Solamente había que llenar un formulario y demostrar su maestría con el arco, y eso era todo. No había tarifas de inscripción, ni cuotas mensuales ni arriendo de arcos. Como todo no tenía costo, y los productos se producían acorde a la demanda real de éstos, no existía la sobreproducción, y nada se desperdiciaba. De ese modo, solamente los reales interesados en el tiro con arco recibían productos acordes al deporte, y las flechas eran reutilizables.

Edward y Rei fueron asignados a la galería de tiro número cinco, y ambos se dirigieron allá. No era mucho trecho a pie, y, en menos de un minuto, llegaron a su destino. Rei acudió un mesón, donde le pasaron un arco con un carcaj con diez flechas. Luego, volvió a la galería de tiro, donde se podían ver varias dianas, ubicadas a diversas distancias. Había una consola en cada galería donde se podía ajustar la lejanía de la diana con respecto a la posición de tiro. Edward no anduvo con rodeos, y alejó la diana hasta la máxima distancia posible.

—¿Sabías que pensaron en hacer todo esto de forma virtual? —preguntó Edward, a lo que Rei respondió con silencio, evidenciando su ignorancia—. Bueno, tenían la intención, pero cuando le plantearon esto a los miembros del club, ellos dijeron que era mejor sentir el arco. Las opiniones fueron escuchadas, y se construyó una galería de tiro a la antigua, aunque también hay una galería virtual, para aquellos que no les importaba no sentir la tensión del arco. Eso, como debes saber, también se puede simular, pero eso es reservado para gente que recién está entrando en el club. Los expertos, como yo, prefieren una galería real.

—¿Quién empieza? —preguntó Rei, juzgando que Edward era un poco arrogante cuando hablaba de su pericia con el arco—. ¿Tú, o yo?

—Las damas primero —dijo Edward, dándole paso a Rei para que se pusiera delante de la diana. Edward no creyó necesario decirle a Rei cuál era la postura ideal para disparar, porque tenía entendido que ella sabía de largo cómo hacerlo.

Como Edward esperaba, Rei no era ninguna novata en el tiro con arco. Su primera flecha dio solamente dos centímetros por debajo del centro de la diana, algo notable, pues Edward había alejado la diana de la posición de tiro a unos lejanos sesenta metros.

—Vaya —dijo Edward, poniéndose delante de la diana y preparándose para disparar—. Eso fue casi impresionante. Ahora, mira al maestro en acción.

Edward tensó el arco, asegurándose que sus brazos estuvieran firmes y sus piernas brindaran un buen apoyo. Elevó la inclinación del arco un poco más, y disparó.

La flecha impactó a un centímetro por encima del centro de la diana (éstas estaban diseñadas para que las flechas no quedaran clavadas, y una pantalla mostraba el lugar exacto donde había impactado la flecha), y Rei se había quedado boquiabierta. Edward realmente era así de bueno con el arco. Se tomó el asunto más en serio.

—Ya verás —dijo Rei en un tono desafiante, poniéndose delante de la diana, y preparando su disparo con más calma. Recordó el ángulo en el que había disparado Edward, y lo imitó con la mayor fidelidad posible. Luego, bajó la punta de la flecha levemente, y disparó su flecha. Un segundo más tarde, ésta cayó a medio centímetro a la derecha del centro de la diana.

—Parece que te he subestimado —dijo Edward, preparándose para su siguiente tiro. Como Rei lo había hecho en su momento, recordó el ángulo con el que había disparado su flecha, y le hizo unas pequeñas correcciones. En esa ocasión, la flecha dio dos milímetros por encima del centro, y tres milímetros a la derecha—. Trata de mejorar eso.

Y Rei lo hizo mejor. Su siguiente tiro dio un milímetro por debajo del centro, y dos hacia la izquierda. Edward arqueó una ceja.

—Eres muy buena —dijo, poniendo una flecha en su arco, sonriendo maliciosamente—, pero esto solamente ha sido un calentamiento.

Edward, sin tomar en cuenta el último tiro de Rei, se tomó su tiempo para apuntar con cuidado, moviendo la punta de la flecha ligeramente en todas direcciones, buscando el mejor ángulo posible. Cuando sintió que lo hubo encontrado, disparó, sin vacilación ni dudas. La flecha dio justo en el centro de la diana, y Rei quedó en blanco, juzgando que era casi imposible realizar un tiro perfecto.

—Si eres capaz de igualar eso, nuestra próxima cena tendrá una agradable sorpresa —dijo Edward, guiñándole un ojo. Rei vio eso como una burla más que como un gesto coqueto, y, con saña, puso la flecha en el arco, y se tomó todo el tiempo que fuese necesario para hallar el tiro perfecto.

Pero el tiro perfecto le era elusivo para ella. Solamente le quedaban seis flechas en el carcaj, y no quería desperdiciarlas. Pero, tres flechas después, Rei echaba humo por las orejas. Su mejor tiro había dado un milímetro por encima del centro y uno a la izquierda. Iba a tomar su antepenúltima flecha, cuando se dio cuenta que Edward había estado tranquilo todo el tiempo que disparó una flecha, así que trató de hacer lo mismo.

Tomó la flecha con parsimonia, y la puso en el arco como si no estuviera compitiendo contra alguien mejor que ella. Se hizo a la idea de superarse a sí misma, y no la de vencer a un rival. Con eso en mente, respiró profundamente, hallando un poco más de calma cada vez que inhalaba y exhalaba. No buscó ningún ángulo de tiro hasta que estuviese completamente tranquila y en paz consigo misma, lo que tardó un poco más de la cuenta, porque Rei no era exactamente un as en calmarse, sobre todo en esa clase de situaciones. No solamente se trataba de buscar la paz interior; también se trataba de aceptarse a sí misma, de aceptar que ella era impulsiva, y que le era difícil hallar paz. Aquello le hizo más fácil calmarse, y, cuando sintió que su presión sanguínea disminuía, ya no sintió aquella imperiosa necesidad de hacerlo mejor que alguien. Tensó la cuerda del arco, sosteniendo firmemente la cola de la flecha con sus dedos, apoyándose correctamente en sus piernas, y buscó la inclinación ideal para el disparo.

Cuando Edward vio dónde había impactado la flecha de Rei, supo que le debía una cena. Y la sorpresa debía ser muy especial.

Por fortuna, él ya tenía una idea.