LXXXIV
Decisiones, Parte 1
Me encontraba delante de la puerta que daba acceso a la habitación real, esperando. Historia me había dicho que le diese un poco de tiempo, pero ya había esperado por unos cinco minutos, e Historia no daba muestras de estar lista aún. Me comencé a preguntar qué diablos requería tanto tiempo, cuando la puerta se abrió, e Historia me invitó a que entrara.
Me llevé una sorpresa al dar una buena mirada a la habitación.
Las cortinas estaban corridas, y había varias velas encendidas en diversas ubicaciones. Había un aroma floral bastante sutil, pero era agradable al olfato, y, mirando en dirección a la cama, pude ver pétalos de rosas diseminados encima de ésta. Teniendo en cuenta todo lo que había visto, las intenciones de Historia se hicieron claras como el agua. Agradecía que ella hubiese preparado todo eso para mí, pero aquella no era mi intención cuando decidí ir a su habitación, al menos no inmediatamente. Tenía que sacar de mi interior lo que estaba tratando de suprimir mientras hablaba con Louise.
—Eh, Historia —dije, desviando mi mirada hacia ella, cuya expresión había cambiado de expectación a preocupación en cuanto oyó mi voz—, yo no venía precisamente para eso. Solamente quería conversar contigo, sacarme algunas cosas de encima.
Historia bajó un poco la mirada, pero después me invitó a que me sentara encima de la cama con un gesto de la mano. Después de un instante de confusión, hice lo que ella me indicó, y ella tomó asiento a mi lado, sin un rastro de la decepción que había mostrado cuando le dije que solamente quería hablar.
—Puede que no tengas ganas, pero debes admitir que el ambiente ayuda a que tengamos una conversación tranquila —dijo Historia, y debí reconocer que ella tenía razón. Puede que aquella no hubiese sido su intención original, pero el ambiente definitivamente iba a ayudar a que nuestra conversación fuese más sosegada, pero, a juzgar por cómo me estaba sintiendo, no creía que el diálogo iba a permanecer de ese modo por mucho tiempo.
—No dije que no tuviera ganas —aclaré, e Historia arqueó una ceja—. Solamente dije que quería conversar. Pero debo aclarar que quería hablar contigo primero. Después, si se dan las circunstancias, podríamos atenernos a tu plan original.
—Me parece justo —reconoció Historia, mirándome fijamente a los ojos—. Entonces, dime qué es lo que quieres hablar conmigo.
Ante las palabras de Historia, respiré hondo, preparándome para soltar todo lo que había estado aguantando en mi interior.
—Es acerca de Eren —dije, suspirando levemente—. No tengo ningún remordimiento en lo que le hice. De hecho, era necesario. Pero eso no borra el hecho que habíamos sido familia desde que yo era pequeña. No puedo desconocer el hecho de que me salvó de esos secuestradores. Si él no hubiera estado allí cuando le necesitaba, tal vez nada de lo que ha ocurrido entre nosotras hubiese ocurrido. Así que, de alguna forma, le estoy agradecida por todo lo que ha hecho por mí. —Volví a suspirar, sabiendo que me estaba comiendo mis propias palabras al confesar todos estos asuntos a Historia. Había dicho que no iba a llorar por él si perdía la vida, pero, en el momento de la verdad, cumplir con mi palabra se estaba haciendo cada vez más difícil.
Historia no dijo nada por un rato, como si estuviera recordando algo que había hecho o dicho en el pasado. Sin embargo, no tuvo que pasar mucho tiempo para que me respondiera. Cuando habló, su voz era gentil y suave. Claramente era un gesto orientado a sentirme mejor, aunque no estaba segura de si sus palabras lograrían el mismo efecto que su voz.
—¿Recuerdas cuando te dije que las cosas ocurrían por una razón? —dijo ella, y, en efecto, no sabía en qué forma esas palabras podrían contribuir a que aliviara el dolor que estaba sintiendo en mi interior—. ¿Recuerdas que te dije que, si mi padre no me hubiera puesto en el Cuerpo de Entrenamiento para ocultar mi existencia de la monarquía, nunca te hubiera conocido? Claro, no me gustaba la idea de estar en el ejército, porque creía que aquel no era mi lugar, que iba a morir durante el entrenamiento.
—Sí, recuerdo que me dijiste que ibas a morir pronto. Eso fue un poco después de que nos conocimos.
—Por un buen tiempo pensé que estar en el ejército era lo peor que me pudo haber pasado —continuó Historia, componiendo una expresión mezcla de nostalgia y tristeza—. Incluso lo pensé mucho tiempo después de haberte conocido, porque no creí que hubiese algo más que amistad entre nosotras. No fue hasta que me di cuenta de que estaba enamorada de ti que comencé a agradecer que mi padre me hubiera metido en el Cuerpo de Entrenamiento. Creo que estás pasando por algo parecido a lo que me ocurrió en su momento.
Quedé en silencio ante las palabras de Historia. Aún no estaba segura de si me habían hecho sentir mejor o no, pero consideré lo que me dicho con toda la calma que pude reunir, teniendo en cuenta mis circunstancias. Eren pudo haberse transformado en un monstruo, pero, según Historia, aquello no borraba lo que había hecho por mí. No era exactamente la misma situación, porque Eren sufrió su transformación de humano a monstruo después de haberme salvado de los secuestradores, mientras que Rod Reiss puso a Historia en el ejército antes de que me hubiera conocido. Pero, cuestiones de tiempo aparte, el sentimiento era el mismo. Historia estaba agradecida por haber entrado al ejército sin su consentimiento, y yo estaba agradecida de que Eren me hubiera salvado de aquellos secuestradores. Ahora que lo pensaba con más detenimiento, ambos acontecimientos, por terribles que nos pudieron parecer en su momento, contribuyeron a que nosotras nos encontráramos y tuviéramos la posibilidad de unir nuestras vidas. Historia tenía razón. Sus palabras me hicieron sentir mucho mejor. No había forma de controlar las acciones de Eren, o las de Rod Reiss, de manera que no hicieran las cosas que hicieron, pero si el resultado de sus hechos fue que conociera a Historia, me enamorara de ella, luchásemos juntas por la libertad de Paradis, y que todo eso resultara en nuestra unión definitiva, entonces debía estar agradecida de que aquellas cosas pasaran. Dicho esto, haberme dado cuenta de aquella verdad no eliminaba el dolor, y me sorprendió que me lo tomara con la calma que sentía en ese momento. Era cierto. El dolor existía por una razón, e iba a haber ocasiones en las que sería más difícil soportarlo que en otras, pero si aquel dolor era el precio que debía pagar por haber encontrado a una persona tan maravillosa como Historia, entonces iba a soportarlo, de la manera que fuese necesaria.
—Gracias por recordarme que todo ocurre por algo —le dije a Historia, y, sin que mi mente tuviera parte en mis acciones, la abracé. No fue un abrazo apretado, como el que solían darse un par de amigos que no se hubiesen visto desde hace tiempo, sino que un abrazo más suave y cálido.
—Es fácil olvidar que hay una razón por la que las cosas ocurren de la forma en que lo hacen —repuso Historia suavemente, casi en un susurro, devolviéndome el abrazo en la misma medida en que yo lo hacía—. Lo sé porque yo también pasé por lo mismo.
Después de aquellas palabras, no hubo más que silencio por un buen rato, durante el cual permanecimos abrazadas. Sin embargo, la calidez que había sentido antes fue aumentando, hasta convertirse en un calor más intenso, y ambas supimos lo que eso significaba. Ya estábamos solas en esa habitación. No creía que alguien nos pudiera molestar a estas horas.
—Tengo ganas de ti —me dijo Historia en un susurro sensual que no hizo otra cosa que echar más leña al fuego. Y yo no iba a decirle que no en esas circunstancias. Flaco favor le estaría haciendo a nuestra relación si arruinaba el ambiente.
—No más ganas de las que yo te tengo —le susurré de vuelta. Historia compuso una sonrisa suave y juguetona, mirándome con ojos brillantes, cargados del más absoluto deseo. No había nada que pudiese hacer a esas alturas, por lo que me dejé llevar… hasta las últimas consecuencias…
Al día siguiente, yo e Historia caminábamos en dirección a la sala de reuniones. Ambas teníamos las piernas adoloridas. No había que ser muy inteligente para entender la razón. Todo lo que habíamos hecho ayer fue esa misma cosa que hicimos la primera vez que tuvimos intimidad (*), ya saben, cuando fuimos interrumpidas y estaban los chicos de nuestra promoción espiándonos. Solamente recordar aquella anécdota hizo que el calor subiera a mi cara.
Sin embargo, no tuve mucho tiempo para remembranzas, porque la reunión que se iba a celebrar dentro de unos pocos minutos involucraba no solamente a Paradis, sino que, por alguna razón, a mí también. Era esa la razón principal por la que Historia había solicitado mi presencia en la reunión. No obstante, ella no me había explicado cuál iba a ser mi parte durante todo el proceso, por lo que asumí que lo iba a saber durante la reunión.
Cuando llegamos a la sala de reuniones, ya había gente sentada alrededor de la amplia mesa. Mientras daba un vistazo a quiénes iba a participar en la reunión, me llevé una sorpresa al ver a la misma mujer que había visto ya hace tiempo, mientras se debatía cuál iba a ser el siguiente paso después de la batalla de Shiganshina, la primera, digo. Recuerdo que su nombre era Kiyomi Azumabito, y que provenía de un lugar llamado Hizuru, o algo así. Cuando vi a esa mujer sentada junto a los demás participantes de la reunión, entendí a la perfección cuál iba a ser mi parte en todo eso.
Historia tomó asiento en uno de los extremos de la mesa, y aquella fue la señal para que la reunión comenzara. Normalmente, yo no participaba de las reuniones protocolares, y había sugerido a Historia que yo cuidase de Armin mientras tanto. Pero cuando Historia me dijo que mi participación era necesaria, no tuvimos otra alternativa que encargar a nuestro hijo a un cuidador. Debido a nuestros respectivos trabajos, la vida familiar se nos haría muy difícil, pero aquel difícilmente era el punto, dado el contexto. Solamente lo mencionaba por mi preocupación por Armin.
—Bienvenidos a todos los presentes a esta reunión —comenzó Historia en un tono solemne que nada tenía que ver con el de ayer en la tarde—. De antemano, agradezco su asistencia en una reunión tan importante para el futuro de la isla.
Todos los presentes asintieron con la cabeza. Historia prosiguió.
—No voy a incurrir en muchas formalidades, por lo que iré al punto —continuó Historia, en el mismo tono solemne con el que comenzó la reunión—. La batalla contra Marley lo cambió todo para nosotros. Tenemos en nuestro poder a ocho de los nueve poderes titanes, lo que nos convierte en una potencia militar. Debemos tener en cuenta la reacción de las demás naciones a este hecho, especialmente la de los aliados de Marley. Por esa razón nos acompaña hoy la señora Kiyomi Azumabito, para discutir una posible alianza entre Hizuru y Paradis. Es importante para el futuro de la isla que no solamente seamos percibidos como una potencia militar naciente, sino que también como una nación capaz de establecer acuerdos que sean beneficiosos para todas las partes involucradas. Por esta razón, ser justos y razonables es imperativo. ¿No es así, señora Azumabito?
La aludida carraspeó antes de tomar la palabra.
—Así es, mi reina —repuso Kiyomi, inclinándose levemente hacia delante—. Sin embargo, el tratado no puede seguir adelante si no se cumple una condición especial—. Kiyomi desvió la mirada y la clavó en mí. Tragué saliva de manera involuntaria—. En este momento, no tenemos una persona que lidere a nuestra gente, y la única heredera al trono que conozco está presente en esta reunión.
Historia no mostró ninguna reacción, lo que daba a entender que estaba al tanto de la condición de Kiyomi para que el tratado entre Paradis e Hizuru llegase a buen puerto. Sin embargo, los demás presentes me miraron como si fuese una especie de animal raro, o algo por el estilo.
—Así es —prosiguió Kiyomi en un tono aún más solemne que el de Historia—. La capitana Mikasa Ackerman es la heredera al trono de Hizuru. Si Paradis desea establecer un tratado comercial con Hizuru, éste solamente puede ser autorizado por el líder de nuestro país. Yo soy solamente una representante del reino. Mi poder es limitado. Es por esa razón que vine a este país la otra vez, para convencer a Mikasa de que aceptara ser nuestra líder.
La reacción de los presentes a este hecho no fue ni remotamente tan elocuente como la de Historia. Su expresión era de completa resignación. Y podía entender por qué a la perfección. Aceptar la responsabilidad de gobernar Hizuru garantizaba que el tratado fuese aceptado por ambas partes, pero eso significaba abandonar Paradis, y, por consiguiente a Historia. Recordaba que la primera vez que Kiyomi se reunió con Historia, sus intenciones eran claras como el agua, y fue fácil rechazar su propuesta. Pero las cosas habían cambiado. Paradis necesitaba aliados, de lo contrario, Marley podría recurrir a la ayuda de sus aliados para invadir la isla nuevamente, y ninguno de nosotros queríamos entrar en conflicto nuevamente. Tener aliados era un elemento disuasor que garantizaría la paz en el mundo, y estaba segura que aquel era el objetivo principal de Historia. Pero aquel hecho presentaba un problema personal para mí. No sabía si sería capaz de abandonar a mi esposa para gobernar otro país. Ni siquiera tenía la experiencia para desempeñar tal labor. Pero, si no lo hacía, las ramificaciones políticas podían ser bastante significativas. Tenía que tomar una decisión, y hacerlo rápido.
(*) Tal práctica es popularmente denominada "tijeras", debido al movimiento y la posición involucradas. Desconozco si se trata de algo que realmente hacen las mujeres lesbianas, si es solamente una fantasía propiciada por material pornográfico, o es un poco de las dos.
