Capítulo 32: El peligro acecha....

El frío viento azotaba las gélidas montañas de Hogsmeade aquella mañana. Parecía que una tormenta se acercaba.

Miró fijamente hacía la luna llena. Brillante, poderosa y completamente blanca en todo su esplendor. Su sangre hervía, podía sentir que esto era algo más grande que cualquier otra tormenta, sentía que un evento astronómico importante estaba por ocurrir.

Un maldito eclipse lunar, dedujo fácilmente sin dejar de mirar a la luna. Eso era lo que lo había estado manteniendo inquieto durante todas esas semanas y le había impedido sanar rápidamente. Theodore sabía lo peligrosos que aquellos eclipses podían ser y más aún cuando aun estaba no estaba del todo recuperado.

Bajó de la colina a toda prisa, lo más rápido que su desquebrajado cuerpo pudo, y alzó la mirada cuando se encontró con el resto de sus inútiles e insignificantes seguidores, lo poco que quedaba de la manada.

Dos patéticos peones. Crabbe y Goyle.

-¿Qué es lo que averiguaron?-preguntó con prepotencia y dirigiéndose a sus subordinados. Sólo esperaba que no le hicieran perder el tiempo con estúpidos rumores. Necesitaba información certera, información que pudiera llevarlo directamente a su presa. Llevaba semanas intentando seguirle el rastro a Draco, pero sus heridas lo habían debilitado tanto al punto de que parte de su potente olfato y e instinto lobezno habían disminuido.

Goyle dio un paso hacia adelante, no sabía muy bien qué respondería, pero escupió lo primero que se le vino a la cabeza.

-Weasley y el estúpido sacerdote están en la iglesia.-balbuceó a duras penas.-No tienen noticias ni del traidor, ni de la chica.

Nott se quedó pensativo dándoles la espalda, mirando fijamente a la luna llena y pensando en si debía matarlos sólo para desahogar su furia.

-Esos idiotas jamás podrán hacer nada bien.-dejó salir decepcionado y estrellando su puño contra el tronco de un árbol.-Patéticos humanos. No pueden hacer nada bien. Y ustedes, par de estúpidos, no sirven para nada...

Crabbe tragó espeso, no planeaba decir nada, pero no pudo resistirse.

-Deberíamos dejar el pueblo, Nott. Tal vez si vamos a Londres, puede que encontremos a Malfoy.-sugirió esperando no cometer un error.

Nott se acercó a él con incredulidad, y le miró con burla.

Maldita sea, pensó el castaño queriendo acabar con su patética vida de una vez por todas.

-¡Eres un imbécil, Crabbe!-le insultó con odio y lo tomó por el cuello.-La nieve ha aumentado y hemos perdido el rastro de esos traidores. Además, Malfoy y Zabinni han formado una alianza. ¡Una maldita alianza! Ellos dos ya tienen dieciocho años y fácilmente podrían acabar conmigo en estas condiciones. Ustedes, aún no cumplen la mayoría de edad y ellos los harían pedazos.-les recalcó.

Nott estaba furioso. Esta era la primera vez que sentía que su vida en verdad corría peligro. Sabía que tenía que lidiar con Draco y Blaise por separado, o de lo contrario ambos lo matarían. Si los dos se unían, terminarían con él en cuestión de segundos y lograrían deshacerse de aquella jodida maldición.

-¡Malditos!-exclamó Nott gritando hacia el cielo oscuro. No importaba lo que tuviera que hacer, no permitiría que se salieran con la suya. Ellos eran lobos, y estaban condenados al igual que él.

¿Creían que podían ser felices y vivir una simple vida como humanos?

¡Nunca!

Él jamás lo permitiría. Si tenía que hacer un pacto con el diablo, entonces lo haría, porque si de algo estaba seguro, era que nunca dejaría que esos traidores fueran felices.

Sobretodo Draco, y aquella maldita ramera que había llegado a su vida sólo para desestabilizar a la manada. Era por culpa de una mujer, que el mundo que Nott conocía, había cambiado radicalmente de un día para otro. Y todo porque Malfoy se había tenido que enamorar de aquella campesina.

-No será tan fácil.-susurró mirando la aldea Hogsmeade y pensando con rabia en ellos dos.-¡Nunca dejaré que sean felices! ¡Nunca lo permitiré!-gritó completamente frenético.-¡Los destruiré a todos, a absolutamente todos!¡En especial a Draco y a su ramera!-concluyó mientras tomaba forma de lobo y empezaba a correr velozmente por la montaña.

Su instinto animal estaba al tope y sentía que la noche del eclipse sería decisiva. Aquella noche, uno de los dos moriría, y Theodore daba por sentado, que ese sería Draco Malfoy.

El resto de la manada lo siguió, y juntos se perdieron entre la espesura del bosque por unos cuantos minutos, hasta que Hogsmeade empezó a asomarse en el camino. Aquel pequeño pueblo al que jamás debieron ir y donde todo había empezado.

Cuando estuvieron cerca de la iglesia y antes de que algún aldeano incauto pudiera verlos, tomaron forma humana y fueron en busca de su objetivo.

El sacerdote Moody miró a través de la ventana con cierta discreción, y notó la sombría presencia de aquellos seres de la noche. Le estaban esperando, y ya sabía por qué estaban ahí.

-¿Qué ocurre, padre Moody?-preguntó Ronald al ver que el semblante del hombre cambiaba.

Moody guardó silencio por unos segundos, y luego volvió su mirada al joven pelirrojo.

-Si lo que quieres es acabar con Malfoy por ti mismo, será en vano. Él es mucho más fuerte que tu, y serías una presa fácil.-le aseguró aclarándose la garganta.-Su manada también lo quiere muerto y creo que es conveniente que vengas conmigo.

Ronald no entendía a que se refería, y se quedó en silencio por unos segundos.

-Rápido, muchacho.-le pidió Moody mientras tomaba una pequeña lámpara de gas en medio de la oscuridad y salían por detrás de la iglesia.

El pelirrojo lo siguió de inmediato, entendió que si de destruir a Malfoy se trataba, entonces no lo dudaría y vería lo que el sacerdote tenía planeado para él. Ambos salieron del establecimiento en medio de la oscuridad de la noche, y en cuanto Ronald notó que una lúgubre figura se asomaba a la luz de la luna llena, no tardó en reconocer el rostro de aquel maquiavélico muchacho de cabellos castaños.

-¡Son ellos!-exclamó sacando la pequeña daga que llevaba en su bolsillo.-¡Son los asesinos! ¡Los lobos!

-¡Guarda silencio!.-lo calló Moody de inmediato, y esperando que aquel estúpido pelirrojo no arruinara el plan.

De inmediato, Theodore esbozó una sonrisa siniestra y le echó una mirada despótica a Ronald.

¿Con qué este es el imbécil ex prometido de esa ramera?, se preguntó queriendo echarse a reír.

A Nott le encantaba jugar con sus presas, conocer más sobre ellas, ver su sufrimiento; y sentía que aquel idiota que le miraba con tanta desconfianza acabaría muerto en su debido momento.

-¡Tú mataste a mi hermano!-exclamó Ron con el poco valor que le quedaba.

-Que agradable conocerte, Weasley.-se presentó Theodore acercándose con petulancia y altanería. Lo miró de pies a cabeza, y fue directo al grano.-Sólo quiero dos cosas. Capturen a la chica, y yo me encargaré de él.-les dijo desafiantemente.-Si la tienen a ella, Malfoy no tardará en venir, y yo podré asesinarlo. Luego de eso, desaparecemos y ustedes podrán seguir con sus vidas. Nadie más saldrá lastimado. Nadie, Weasley, ni siquiera tu hermosa chica.-le aseguró haciendo un falso juramento y sintiendo una increíble satisfacción al saber que acabaría asesinando a todos.

Estaba claro que Nott mentía, y tenía oscuras intenciones para todos los habitantes de Hogsmeade, y sobretodo para los que estaban involucrados en aquel problema. Pero sólo Moody sabía eso, sólo él sabía que tan pronto como Nott le diera muerte a Malfoy, tendría que huir lo más lejos posible de aquel lugar, o sería el siguiente en la lista de aquellos malditos lobos.

Ron sintió que un escalofrió se apoderaba de su cuerpo, sentía que no podía confiar en ese animal, pero la necesidad de recuperar a Hermione y el sentimiento de despecho, le hizo acceder a sus peticiones.

Él sólo la quería de vuelta, costara lo que costara, así tuviera que hacer un pacto con el asesino de su hermano Fred, Ronald conseguiría que ella volviera con él. Jamás permitiría que Hermione fuera feliz en los brazos de Malfoy.


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La nieve había cubierto casi toda la mansión y sus alrededores. Los jardines parecían haberse congelado y los árboles habían perdido todas y cada una de sus hojas. El invierno siempre había sido crudo en Inglaterra, sobretodo en los pueblos pequeños, pero para Hermione eso nunca había sido un problema, y es que ya estaba acostumbrada a ello y disfrutaba de la nieve, a diferencia de Harry quien odiaba las nevadas.

Por unos segundos pensó en su primo, y sintió cierta nostalgia al recordar su niñez en Hogsmeade junto a su familia.

Había transcurrido una semana desde su llegada, y Hermione sentía que estaba viviendo aquella vida con la que siempre había soñado. Pero no era por el lujo, ni por las comodidades de las que ahora disponía. Ella estaba feliz, porque nada parecía perturbar el amor que Draco sentía por ella.

-Espera... Debes poner ambas piernas alrededor del caballo.-le indicó Draco, mientras ella empezaba a reír.

-Pero tu madre dijo que las mujeres debemos montar de lado.-respondió Hermione esbozando una sonrisa.

-Eso es una tontería.-respondió el rubio rodando los ojos.-Créeme que aún no entiendo cómo es posible montar un caballo de ese modo. Si deseas ser rápida, es mejor hacerlo del modo que yo te digo.

Draco había insistido en enseñarle a Hermione como montar un caballo correctamente, en caso necesitaran huir y no les fuera difícil escapar.

El rubio se subió al caballo con ella y empezaron a cabalgar hasta que se alejaron de la mansión y se perdieron en los espesos bosques de Wiltshire. La vista era simplemente maravillosa, y parecía sacada de un cuento de hadas. El invierno era crudo, pero mostraba escenarios que les dejaba sin aliento.

-Este lugar es hermoso.-susurró Hermione mientras se perdía en la belleza del bosque congelado.

-Deberías verlo en primavera. Es simplemente espectacular.-le respondió Draco esbozando una sonrisa.

Ella hizo una pausa mientras se giraba a ver el rostro de su esposo.

-No puedo esperar a ver lo hermoso que este lugar se verá en un par de meses.

-Tú eres más hermosa.-le dijo Draco al mismo tiempo que las mejillas de Hermione se encendían de un suave color rojo.

El rubio tomó su mano, y la ayudó a volver de vuelta al caballo. Ambos continuaron cabalgando por unas horas más hasta que llegaron a una pequeña cabaña que se encontraba en los límites de Wiltshire.

-¿Quién vive aquí?-preguntó Hermione mientas Draco extendía sus brazos y la ayudaba a bajar del caballo como todo un caballero.

-Nadie. Esta deshabitada.-le respondió al mismo tiempo que viejas memorias volvían a su mente.-Solía venir aquí cuando era niño. ¿Quieres entrar?

-Por supuesto.-le dijo un tanto entusiasmada.-Necesito un descanso y el caballo también.

Draco esbozó una sonrisa, y ágilmente, rompió el candado que había en la puerta.

-Espera adentro, traeré algo de leña para hacer un poco de fuego.-le dijo al mismo tiempo que cogía unos cuantos troncos apilados afuera de la cabaña.

Hermione miró el pequeño lugar con cierto asombro, había un pequeño comedor que se le hacía acogedor y por unos momentos, le recordó a su hogar en Hogsmeade junto a sus padres. La cabaña era casi del mismo tamaño que su antigua casa.

Su corazón se hizo pequeño, y sintió que la nostalgia la invadía nuevamente. Intentó borrar los recuerdos de su niñez al lado de su primo Harry, y decidió no pensar en ello por ahora. No era necesario o se echaría a llorar.

-¿Qué sucede?-le preguntó Draco echando los troncos a la chimenea y colocando una manta de terciopelo sobre el piso para que ambos pudieran sentarse frente al fuego.

-No es nada. Sólo tengo algo de frío.-murmuró ella frotándose las manos.

El rubio se apresuró de encender una chispa, y cuando las llamas empezaron a crecer se dirigió a Hermione.

-Sabes qué puedes decirme todo.-le dijo al mismo tiempo que tomaba su mano entre las suyas para hacerla entrar en calor.

-Lo sé... Este lugar es encantador.-contestó Hermione cambiando de tema.

Draco esbozó una sonrisa como si hubiera recordado algo.

-Solía venir aquí cuando mi madre me obliga a recibir lecciones de clavé y de música.-empezó a relatarle.

Hermione alzó una ceja sorprendida.

-¿No te gusta la música?-preguntó con cierta diversión.

-Nunca fui bueno para ello.-aceptó él mientras miraba el vacío.-También odiaba las clases de danza y protocolo.

Hermione rió dulcemente.

-Fuiste un niño muy rebelde.

Draco sonrió de lado, y luego de unos momentos de silencio en los que Hermione pudo entrar en calor gracias al fuego de la chimenea, ella decidió abordar un tema que hasta ese entonces había parecido prohibido.

-Lamento lo de tu padre, Draco... Tu madre me dijo lo que sucedió con él.-le empezó a decir esperando que no resultara incómodo para él.

-No hay nada que lamentar. Él se fue y no lo culpo.-respondió firmemente.- Esta maldición arruinó su vida, pero no dejaré que lo haga con la mía. Te tengo a ti, y ahora mi vida es perfecta.

De inmediato, Draco se arrodillo frente a ella y tomó sus manos entre las suyas. El rubio se había prometido a si mismo que la protegería por el resto de su vida, y se sentía completamente fascinado e irremediablemente enamorado de ella.

-Mi vida también es perfecta.-sentenció la castaña, al mismo tiempo que se aferraba a él.-Sé que debes acabar con esa maldición, pero tengo miedo, Draco...-le confesó al borde de las lágrimas.

Draco la observó por unos segundos. Aun incapaz de creer que ese amor era real, y que en verdad ella había sido destinada a ser su pareja eterna.

-No debes temer, preciosa. Prometo que no te dejaré. ¿Crees que en verdad podrían separarme de ti?-le preguntó mientras secaba una de sus lágrimas con su pulgar, sin imaginar que alguien podría llorar por alguien como él. Un monstruo y asesino.-Esto lo hago por ambos... Porque no quiero vivir atado a esta maldición. Jamás podría perdonarme si algo te sucede por culpa mía.

-Entonces no vayas...-le pidió Hermione al punto de rogarle.-No vayas tras él. Huyamos pronto, Draco. No quiero que luches con él bajo el eclipse.

Draco tomó su rostro entre sus manos y le dio un fuerte beso que pareció ser eterno.

Podía quedarse con Hermione y huir por toda Europa, e inclusive llegar al nuevo mundo y viajar a las colonias donde muchas familias habían ido a empezar de cero. Tendrían temporadas de paz, e inclusive podrían ser felices, pero la sombra de Nott y la manada siempre estaría al acecho. Nunca estarían a salvo del todo, y ante el menor descuido, aquel maldito podía arrebatarle su mundo entero y Draco jamás lo permitiría.

Además, no quería cargar con esta maldición toda la vida. Sabía que en cualquier momento, podía transformarse en lobo, podía perder el control y lastimar a Hermione.

Draco tomó a Hermione entre sus brazos y empezó a besarla como si no existiera un mañana, la beso por minutos que parecieron eternos y luego empezó a desplazar sus labios por el níveo cuello de la chica, su piel le invitaba a pecar en más de mil maneras.

Sabía que una ventisca se acercaba, pero sentía que no podía detenerse. Hermione por su parte, tampoco estaba dispuesta a volver a la mansión, sólo quería pasar todo el tiempo que le fuera posible junto a Draco y disfrutar de aquel amor que les unía.

Él empezó a desabrochar el intrincado vestido de la castaña, y ella lo ayudó mientras desataba su corsé y se deshacía del pannier que iba bajo su falda. Finalmente, Hermione quedó únicamente cubierta por un delgado camisón, que Draco no tardó en quitar.

Quitó cada pedazo de tela que le impedía estar en contacto con su perfecta piel, y luego su mirada gris recorrió todo su cuerpo desnudo frente a él, hasta que sus ojos se posaron sobre su inocente rostro.

Draco se acercó a ella, incapaz de resistirse a tomarla y hacerla suya de una vez por todas. De pronto, sus labios se encontraron una vez más, su lengua se introdujo en su dulce boca, y no paró hasta que escuchó un gemido por parte de Hermione, dejándole en claro lo mucho que ella también lo deseaba.

Sus manos bajaron hasta sus pechos, que no tardó en masajear y acariciar desesperadamente hasta que sin poder evitarlo dirigió sus labios hacía sus senos y probó cada uno de ellos. Lamiendo y succionando sus pezones, enviando descargas placenteras al interior de Hermione.

-Oh, se siente increíble...-no pudo evitar decir Hermione mientras sus mejillas se tornaban sonrosadas y sentía todo el placer que Draco le daba.

-Sabes increíblemente delicioso, Hermione.-susurró Draco contra su piel, y quitándose la camisa que llevaba puesta de inmediato.

Tan pronto como pudo se deshizo del resto de la ropa, y tomó a Hermione por las caderas, asegurándose de que estuviera completamente húmeda antes de poder hacerla suya, y sí que lo estaba.

Colocó su erección contra su entrada y se detuvo por unos segundos para mirar sus encantadores ojos miel, ella era su mundo entero y no dudó en fundirse en un íntimo beso antes de adentrarse en Hermione.

Ella gimió suavemente en su oído, y presionó ambos labios húmedos por el apasionado beso de Draco.

-Draco...-exclamó sin poder resistirse al increíble deleite de ser tomada por aquel lobo.

Él se movió lentamente dentro de ella, disfrutando cada sensación y el placer de hacerle el amor. Quería ir lento, pero el cuerpo de Hermione bajó el suyo era tan perfecto, que le fue imposible parar y la penetró más rápido sintiendo que el mundo desaparecía y sólo eran ellos dos.

-Demonios.-jadeó sabiendo que lo mejor se acercaba. Volvió a besarla y sintió sus gemidos al mismo tiempo que la embestía. Él era su dueño, y saber que ella le pertenecía hacía que la excitación se incrementara.

-Soy tuya.-susurró Hermione como si hubiera leído su mente y eso fue suficiente para Draco.

Él aceleró sus movimientos y estocadas hasta que sintió que las paredes de Hermione se contrajeron contra su miembro, y entonces esa explosión los golpeó a ambos.

Draco se separó de ella lentamente, y luego la observó brevemente mientras ambos se recuperaban y esbozaban una sonrisa. Él se acercó y rozó sus labios contra los de ella, dando por terminado aquel maravilloso momento.

Se quedaron en silencio por unos largos segundos, en los que sólo se oía el fuego chisporrotear y el viento crujir a las afueras de la cabaña.

-Me has hecho más feliz de lo que imaginas, Hermione.- dijo Draco acariciando su rostro.

Ella observó directamente a sus ojos grises y recordó su primer encuentro hacía varios meses atrás en Hogsmeade, aquellos ojos en los que creía ver el cielo estrellado.

-Siempre seré feliz contigo.-le aseguró ella colocando su rostro sobre su pecho desnudo.

El tiempo se hacía demasiado rápido cuando estaban juntos, pero intentaban hacerlo durar infinito. Al cabo de unos minutos, Hermione se puso de pie buscando su vestido que yacía sobre el piso, y no tardó en colocárselo. Estaba atando su corsé, cuando de pronto sintió como un leve mareo que hizo que su cabeza diera vueltas brevemente.

Se llevó una mano a la frente, y empezó a transpirar al mismo tiempo que su respiración se aceleraba.

Draco no tardó en sentir el malestar de su amada, y se acercó a ella esperando que no fuera nada grave.

-¿Hermione?-le preguntó al mismo tiempo que la castaña se llevaba una mano a los labios.

-No es nada... Sólo estoy algo cansada.-mintió sintiendo unas repentinas nauseas.-Será mejor que volvamos a la mansión antes de que oscurezca.

-Sí, tienes razón. Se acerca una nevada, y no quiero que pasemos la noche aquí.-le respondió Draco preparando todo para su regreso, y yendo en busca de los caballos.

Hermione se quedó pensativa, mientras miraba el paisaje y una idea aparecía en su cabeza. Nunca antes se había sentido así, y eso empezó a preocuparla.


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Ron había demorado varios días en llegar a Londres, pero luego de una larga travesía a caballo, había logrado llegar a la enorme ciudad, y en todo el recorrido no había podido dejar de pensar en el peligroso pacto que había hecho con aquellos lobos y se preguntó a sí mismo si había hecho lo correcto, si ellos en verdad cumplirían con su parte del juramento.

De pronto, se sintió un poco perdido. La ciudad era un mundo completamente diferente y nuevo para un chico de pueblo, sabía que sería difícil encontrar a Hermione ahí. Sería cómo buscar una aguja en un pajar.

No perdió el tiempo, y empezó a indagar en los negocios y en las tabernas aledañas, pero nadie parecía saber de quién hablaba.

Sentía que la rabia corría por sus venas cuando empezó a sospechar que su búsqueda sería infructífera. Probablemente, Hermione y aquel demonio, ya se encontraban lejos de ahí. Podían estar en algún país de Europa, o hasta podían haberse embarcarse en un viaje cruzando los océanos.

-Disculpe.-le preguntó al dueño de la última taberna que visitaba aquel día. No se daría por vencido tan fácilmente, y continuaría con su búsqueda mañana al amanecer.-¿Busco a mi prometida, Hermione Granger, y a un tal Draco Malfoy?

-Muchas personas pasan por aquí, muchacho. Tendrás que ser más específico.

Ron les dio sus características, pero el hombre se encogió de hombros y no pudo ayudarle. Lo único que pudo ofrecerle fue un trago y decirle que continuara su búsqueda en los pueblos a las afueras de Londres o que se marchara a la ciudad portuaria de Plymouth de donde partían todos los barcos hacia las colonias de Inglaterra en América.

El pelirrojo bebió aquel trago amargo de un solo sorbo, y presionó ambos labios con fuerza. Salió de la taberna cansado y exhausto, decidido a continuar con su inútil búsqueda el día siguiente. Las calles de Londres eran muy obscuras, casi ni podía ver bien de no ser por la débil luz que emitían los faroles de gas que estaban ubicados en cada esquina de la ciudad. Intentó buscar posada, pero aquello también le resultó imposible, todos los lugares estaban llenos y parecía que la suerte no estaba de su lado en lo absoluto. Finalmente, se dio por vencido y cuando decidió que pasaría la noche en un lúgubre callejón que había encontrado, fue sorpresivamente interceptado por un hombre de apariencia diferente. Definitivamente, no era un campesino como él, ni tampoco tenía la apariencia de ser un mendigo o vagabundo, por el contrario, aquel hombre llevaba puestas las ropas más finas que Ron hubiera visto en toda su vida.

-Eh, muchacho.-le llamó desde su lujoso carruaje bañado en cobre y plata.-Acércate.

Ron se puso de pie, y vio al hombre con gran asombro y curiosidad. Sabía que no podía fiarse de nadie.

-¿Qué desea, señor?-preguntó acercándose con cautela.

De pronto, el misterioso hombre se aclaró la garganta con elegancia y distinción.

-Lamento ser descortés, muchacho, pero no pude evitar escuchar tu lamentable historia en la taberna. ¿Dices que tu prometida ha sido secuestrada?-le cuestionó.

El pelirrojo asintió de inmediato.

-Así es, señor.-respondió Ronald con amargura.-Fue secuestrada por un asesino.

El hombre esbozó una sonrisa para sus adentros, y fingió tenerle cierta empatía.

-Que lamentable.-le dijo mientras hacía un ademán con sus manos.

En ese momento, Ronald sintió que sólo estaba perdiendo el tiempo. No planeaba contarle su historia a cada extraño que se le presentara en el camino, y menos que se burlaran de él.

-Disculpe, señor, pero ya es tarde y necesito buscar un lugar dónde pasar la noche.-empezó a decirle con intenciones de irse.

De inmediato, el enigmático hombre lo detuvo con una simple oración.

-Según escuché, el nombre de tu prometida es Hermione Granger. ¿No es así?

Aquello pareció dar en el clavo, y Ron volteó a verle con confusión.

-Sí... ¿Usted la ha visto?-preguntó un tanto esperanzado.

-Será mejor que subas al carruaje, muchacho.-le ordenó mientras el sirviente que conducía el coche bajaba y le abría las puertas a Ronald.

El pelirrojo retrocedió un par de pasos, y sintió que su corazón daba un vuelco.

-¿Qué información tiene?-preguntó desesperado.- ¿Usted sabed dónde están? ¡Por favor, se lo ruego, ella es mi vida, mi prometida!-casi grito sintiendo que su voz pendía de un hilo.

El hombre de cabellos azabaches volvió a sonreír para sus adentros y sintiendo cierta satisfacción por lo que le diría.

-Muchacho, yo sé la verdad. Y sé que "tu prometida" no fue secuestrada por Draco Malfoy. De hecho, ellos ya se casaron hace varias semanas atrás, y ella ya se convirtió en su esposa.-le confesó el hombre sin la más mínima pizca de solidaridad.

Ron palideció ante la inesperada revelación y sintió como si el mundo se venía abajo.

¿Hermione se había casado con ese monstruo?

De pronto los sentimientos de decepción fueron reemplazados por la ira y la rabia.

-Yo soy el tercer marqués de Wiltshire, Severus Snape, y soy tío de Draco.-le rebeló tan pronto como pudo.- Tal vez pueda devolverte a la chica, muchacho. De hecho, te ayudaré a hacerlo.

Ron entreabrió los labios sorprendido ante tal confesión. Era demasiada información para procesar, sentía que el odio, la confusión y el miedo se hacían dueños de su corazón.

El marqués Snape se acomodó los bordes de su fina camisa, y alzó la cabeza con petulancia. Sabía de lo que un hombre despechado era capaz y esta sería su oportunidad.

-Jamás permitiré que Draco mezcle su sangre con la de una plebeya.-escupió con disgusto y desdén en sus palabras.-Sería una vergüenza para la familia Malfoy. Una humillación y una infamia que jamás permitiré.

El pelirrojo se armó de valor, y le respondió de vuelta.

-Por favor, señor, yo sólo quiero a Hermione de vuelta.

-Y yo te ayudaré a que te la lleves.-le respondió Snape sintiendo que perdería la paciencia en cualquier momento. Odiaba tener que tratar con la servidumbre, y más aún con un campesino ignorante como lo era Ronald Weasley.- Desaparece con ella, no me importa lo que hagas con esa muchacha, sólo llévatela de vuelta al mugroso pueblo al que pertenecen y yo me ocuparé de Draco.-le refutó con indiferencia.-¿Me imagino que ya sabes sobre su condición?

-Sí, lo sé, señor.-respondió Ron con cierta amargura. Sabía que la aristocracia londinense odiaba a los plebeyos, y si no fuera por el afán de recuperar a Hermione, hacía mucho ya le hubiera demostrado a ese tal marqués lo que era insultar a alguien como él.

-No será fácil.-aceptó Snape limpiándose la frente con un pañuelo que tenía los bordes de oro.-Pero yo te ayudaré, muchacho. Te ayudaré a separarlos, y jamás volveré a saber de ti o de esa pequeña ramera.-sentenció con furia.


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Gracias por leer :) Cada vez más cerca del final! Espero que les haya gustado.