Ayyyy ya vamos en el 17! y eso que no planeé que fuera muy largo este fic. Bueno, pues ya lo saben mis queridas, mi corazón Terrytano latió desbocado en éste capítulo, por eso les aviso a todas las Terry-haters que anden por aquí. Este capítulo habla de él la mitad, la otra mitad es de Eloísa Andrade.
Los rubios poco se asoman por aquí esta vez, así que quien guste leer bienvenida.
Tereso estaba radiante, lleno de energía. Todos los días muy temprano tomaba un baño y se afeitaba el rostro. Tomaba nota de todo, como una esponja que absorbe el agua, así Tereso se llenaba de información, al ser la Toscana tierra de los mejores vinos tintos del mundo.
Tuvo oportunidad de visitar dos grandes compañías, Brunello di Montalcino y Morellino di Scansano. Sus tíos André y Paolo, por parte materna eran dos amables y escandalosos pero influyentes empresarios, acompañaban a Tereso y Ricardo todo el tiempo, a todas partes. Gracias al par de italianos, los Campo Grande pudieron entrar en contacto con los departamentos de marketing y relaciones públicas de ambas empresas, quienes los recibieron y trataron como importantes invitados especiales.
Llenando sus mañanas y sus tardes de ajetreada actividad, de apuntes, fotografías y paisajes, fue que Terry logró evadir los malos recuerdos. De paseos en moto, meriendas en la hermosa terraza familiar y visitas recurrentes a un bar, fue que Tereso se sacudió día con día, el peso de la tristeza que guardaba su corazón.
Y eran las visitas frecuentes al bar por causa de Francesca, una bella mujer de piel blanca, ojos del color de la miel y cabello castaño, cara ovalada y mejillas coloradas, nariz recta y facciones tan perfectas que parecieran haber sido pinceladas por el grande Sandro Boticcelli.
La última vez que había visto a Francesca, la chiquilla tenía doce años, Tereso tenía dieciséis. Recordó cómo la dulce muchachita entrelazaba su mano suave y blanca a la suya, mas fuerte y grande, de adolescente. Cómo lo miraba con anhelo, casi con fascinación.
Tereso la veía sin malicia, con el afecto sincero que se le tiene a una prima. Prima lejana, pero al fin y al cabo prima. Ella en cambio, lo miraba con ojitos de adoración y a Tereso le causaba gracia la dulce expresión de su bella admiradora italiana, la manera en que ponía esa carita de decepción cada que Tereso mencionaba a su novia mexicana. Novia que por cierto todavía no existía, pero a Terry le agradaba la sensación de sentirse mayor y por eso inventaba ser un chico de grandes aventuras y con gran experiencia en mujeres.
-"Non dovresti essere gelosa, aspetterò che tu cresca e quando sarai più grande tornerò per te e ci sposeremo... (No deberías estar celosa, esperaré a que crezcas y cuando seas mayor, volveré por ti, y nos casaremos"... -Tereso guiñaba un ojo y sonreía a la chiquilla acariciando su tierno mentón. No se daba cuenta que en el alma de la muchachita crecía una ilusión verdadera, gigante.
Sin embargo, este último viaje a Italia había sido muy distinto. Francesca había crecido transformándose en una sensual y preciosa mujer. Segura de sí misma, arrojada. No perdía tiempo ella en ocultar su gran admiración y cariño por el recién llegado. Ella recordaba todos y cada uno de los momentos que invaluables, guardaba de Terry. Él por su parte, la recordaba solo como a una jovencita con quién había convivido algunas vacaciones, el lejano familiar al que se debe acompañar y cuidar. Para desgracia de ambos, también recordaba la envidiable forma en que Candy miraba a Guillermo, deseaba con fervor -sin tener el valor de admitirlo ni para él mismo- poder sentir y tener alguien que lo mirara así a él.
Entre ambos, la primer semana fue de miradas furtivas y nerviosas sonrisas. Después de eso fue ella quien tomó la iniciativa comenzando las charlas, los juegos, las risas. Cada atardecer, cuando Tereso, su padre y sus tíos volvían de sus extensas charlas y sus visitas a grandes fincas, una sonriente Francesca esperaba "como sin darse cuenta" a que Tereso llegara, cuando en el pasado había esperado en casa del tío André, por lo mucho cinco minutos.
Algunas veces, se reunían para comer todos juntos en familia. Una larga mesa era preparada en la fresca y sombreada terraza. Francesca se sentaba siempre junto a Tereso con la excusa de librarlo de todos aquellos traviesos primos mas pequeños que podían convertirse en una verdadera molestia. La realidad era que Francesca había sobornado a todos ellos con dulces y dinero para que siempre reservaran para ella el lugar especial junto a Terry. Las pocas ocasiones que llegó tarde a la mesa y el lugar junto a él estaba ya ocupado, la joven mujer disimulaba su decepción y comía sin hablar demasiado. Paolo, padre de ella, observaba en silencio, ocupando el lugar junto a Tereso.
Fue hasta un par de meses más tarde que Terry por fin se dio cuenta de todo eso y en su corazón se encendió una brasita de alegría. Sabía bien que Francesca era prima suya, pero a pesar de ello, su alma se sintió dichosa por un instante de despertar la ilusión en una mujer tan hermosa. Aunque estaba convencido de que nada podría pasar entre ellos, le gustaba caminar erguido, mirarla, guiñar un ojo y sonreír al mismo tiempo, de esa forma tan particular que él sabía podía encantar casi a cualquiera. Sólo que Terry debía ser más prudente, no era a una joven de quince a quien le guiñaba el ojo. Francesca tenía veintitrés.
A veces, estando solo, se reprochaba por esas conductas. ¿A donde lo llevaba todo aquello? Paolo era primo segundo de la fallecida Eleonora, los lazos familiares eran entre todos ellos incorruptibles, fraternos. Si bien ella no era una niña y a leguas se notaba que gustaba de provocarle, no era justo para la familia y en especial para su tío Paolo que una relación distinta surgiera entre ellos. Seguro, era tiempo de comportarse más serio.
Los días pasaron. La hermosa joven trabajaba hasta las seis de la tarde en el bar, pues era administrador y dueña de éste. Pero había demasiado trabajo a causa de gran afluencia del turismo y a ella le encantaba ayudar y meter las manos al trabajo duro. Se le podía ver colocándose un delantal y sirviendo en la barra, cobrando o hasta tomando orden a sus clientes.
Por esa razón, las visitas al bar mencionado se volvieron bastante frecuentes. No porque Tereso quisiese estar de juerga, bebiendo; curiosamente, en una mesita lejos del ruido y del área de fumadores, se le podía encontrar al joven castaño con la computadora, tecleando, buscando, guardando información y contactos, algo que bien podía hacer desde la privacidad de su cuarto. Pero le gustaba apoyar a la familia como una especie de retribución por la atención y el cariño que recibía y en cuanto veía que Francesca entraba al ruedo, guardaba sus cosas en el despacho de ella y corría a colocarse también un delantal.
Nada más terminaba su turno Francesca, y se les podía ver en moto por las angostas carreteras de Montalcino, decoradas a los lados por ordenadas filas de altos y esbeltos pinos. La guapa Francesca iba en su propia moto, inclinándose a propósito, acelerando para llamar la atención de él, invitándole cuando era posible a competir por alguna carretera despejada.
La última vez, Francesca no encontró las llaves de su motocicleta por ningún lado. Los empleados buscaron por aquí y por allá sin éxito. Era hora de cerrar y las llaves nunca aparecieron. Despidió a sus empleados agradeciendo la ayuda por buscar y con un puchero le pidió a Tereso un aventón.
Y ahí iban, ella sentada tras Terry, abrazada a la cintura de su crush, su amor platónico, pensando con una sonrisa que la situación era un tanto erótica; -"Terry è tra le mie gambe"... (Terry está entre mis piernas) —Pensaba Francesca y sonreía sin que Tereso pudiera verla, cerraba sus dorados ojos y aun con el casco puesto, apoyaba su cabeza en la ancha espalda de Terry. El atardecer con sus colores anaranjados, rojizos y violetas, los envolvía cada vez en un ambiente de nostalgia. Ella, fabricando un montón de sueños con él. Él, recordando todavía a quien no debía recordar. Tereso sintió los suaves brazos aferrarse a su cintura y acariciar con suavidad su abdomen.
Esa tarde, cuando llegaron a la casa de Francesca, la hermosa mujer se sacó el casco y agitó su melena castaña, su mirada estaba llena de alegría, pero también de algo más, pues sin necesidad de hablar Terry entendió perfectamente cada gesto, cada intención de ella.
–Esprimi un desiderio... (Pide un deseo) –Ella levantó su mano señalando la primer estrella que aparecía en el firmamento y con la otra, rodeó la cintura de Tereso. Él miró hacia el cielo, un poco inquieto por la cercanía con ella, rompió el contacto y se apoyó en una baranda de piedras apiladas cruzando sus piernas. Francesca lo siguió ocupando un lugar a su lado.
Terry miró en silencio la estrella, era inevitable pensar en algunas personas que se encontraban del otro lado del mundo. Pidió en secreto que no pasase mucho tiempo antes de volver a encontrarlos, que el corazón de su amigo supiera entender, perdonar. Que el corazón de ella lo guardara a él en algún recoveco especial, aunque fuese uno muy pequeño, y secreto.
–Solo un desiderio, non l'intera lista... (Un solo deseo, no toda tu lista). –Pidió la impaciente joven a Terry tras verlo un par de minutos en silencio, pensando.
Sonrió a Tereso, con sus ojos brillantes de emoción y sus mejillas ruborizadas de alegría. Pero él pudo solamente devolverle a ella una mirada triste. La joven tomó valor y acercó su mano despacio a aquella que descansaba sobre la piedra, con su dedo meñique rozó los dedos de Terry.
El viento de la tarde alborotó el cabello suelto de la mujer, la visión era digna de ser una pintura, una obra de arte. Terry pensó que Francesca era simplemente preciosa, pero también sonrió preocupado, le gustaba ayudarla, cumplir con su tarea de apoyarla y cuidar de ella de alguna manera, mínimo les debía eso a sus parientes aunque nunca se lo hubiesen pedido. De ninguna manera se permitiría pensar en ella como algo diferente a una apreciada prima, bueno, eso iba a ser difícil, ella era en verdad preciosa y su corazón solitario comenzaba a plantearse la posibilidad...
Pero no. Tomó la mano de ella y armándose de valor la llevó a sus labios. Esta vez se despidió de Francesca sin besar su frente como otras tardes había hecho, sin darle el acostumbrado abrazo y prometiéndose mentalmente no volver a incitarle con miradas y sonrisas que sabía podían encantar casi a cualquiera.
Porque Francesca no era cualquier otra mujer con la que se hubiese sentido en total libertad de iniciar algo. Nada más bastaba con recordar la mirada de su madre y compararla con Francesca, por Dios que eran tan parecidas.
Subió de nuevo a la motocicleta, Tereso sabía que ella estaba sintiendo bastante más por él, solo hacía falta ver su mirada, la mano de la chica acariciando despacio el lugar donde él había besado su otra mano, como si quemara. Nerviosa, ansiosa, la sonrisa que a medias pintaba sus labios pues Tereso no se despidió de ella como acostumbraba.
Terry frunció el entrecejo, no estaba planeando algo así. El todavía no estaba seguro de estar listo para dejar entrar el amor a su vida y aunque lo estuviese, esa mujer era parte de su familia y lo más prudente era alejarla de él, respetarla, ser honesto con ella evitando lastimarla.
Su tío Paolo salió a saludarle en cuanto escuchó encenderse de nuevo el motor del vehículo, Paolo no dijo nada pero estuvo observando a escondidas al par de muchachos. Conforme con la actitud de Tereso, el tío le ofreció melanzane alla parmigiana, pasta y vino. Pero él estaba decidido a irse, agradeció la invitación y se excusó diciendo estar muy cansado. El bonachón italiano lo despidió en un abrazo y Terry avanzó por un breve sendero con el casco en mano para llegar a la gran casona de su otro tío, André, que ya estaba muy cerca.
Siguieron pasando los días, Ricardo, confiado en que su hijo se encontraba ya de mucho mejor talante, decidió volver a México. No podía ausentarse por demasiado tiempo y había logrado un par de buenos negocios con los Scansano.
Terry siguió pasando tardes agradables con los italianos en las plazoletas, degustando una copa de tinto, comiendo ravioles, pesto, pappa al pomodoro, burrida ligure, lasagna, ensalada piamontesa y caponata siciliana. Comenzó a trabajar y a enrolarse en los asuntos de comercio que sus tíos llevaban a cabo. Trámites, registros, aduanas, todo un mundo nuevo para él. Regresaban casi siempre al anochecer a la enorme finca entre callejones y viejas y fascinantes puertas de madera bien conservada. Con sus pesados herrajes y sus elaboradas aldabas.
Sus tíos eran hombres forjadores de un gran patrimonio, numerosas propiedades y terrenos. André, el mayor de ellos ofreció a Terry la oportunidad de quedarse en Italia, planteando la posibilidad de cederle una considerable extensión de tierra para que él pudiese fincar su propia casa y continuar con los negocios de la familia.
–Nosotros ya vamos cuesta abajo, Tereso... Puedes ser parte de este legado. Todo un mundo de trabajo que Paolo y yo hemos fincado, tus primos pueden adiestrarte en lo que haga falta. Podrías incluso encontrar una mujer aquí, hay mujeres preciosas y buenas para formar una familia.
André exclamó escandaloso en italiano con una alegría desfachatada: –¡Imagínate Paolo, que Tereso terminara casándose con Francesca! Te gustaría de yerno, ¿a que si?
El momento se tornó silencio puro, André daba unas entusiastas palmadas en la espalda a su canoso primo, quien solo trató de esbozar una mueca similar a un intento de sonrisa. Terry trató de tomarlo a broma, fingiendo también sonreír divertido, sin saber que detrás de ese intento de mueca había una verdadera preocupación por parte de Paolo.
Tereso suspiró imaginando... Se dio cuenta que estaba enamorado, sí, pero de Italia, de la fabulosa oportunidad que sus tíos le planteaban. De pronto no le pareció tan malo el plan de una vida a futuro en la Toscana, muy independiente de todo lo que tuviese que ver con Francesca. La distancia con los Andrade serviría, tal vez poco, tal vez mucho. Pero era cierto que medio planeta de por medio le ayudaría a conocer más gente, con el tiempo, tal vez se haría a la idea... con suerte podría olvidar por completo.
Con todo y que trataba de irse a la cama lleno de cansancio, a veces, alguna infortunada noche y a pesar de creer que había superado aquella ausencia con la distancia, se encontraba una vez más acariciando su cuerpo en soledad, pensando en ella, en los ojos verdes que no lograba arrancarse del corazón, en el tono de su risa y su voz, en el aroma achocolatado de su rubio cabello, inigualable e inolvidable, como toda ella...
Pasaban las horas y llegaba después la desesperación por no poder dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama y luego, cuando al fin sucumbía por el desvelo, no tardaba en llegar el alba. Y es que no había más vinos, ni más procesos o más Toscana que pudiesen arrancarle a "Mona Pecas" del alma. La terca imagen le visitaba y se acomodaba entre sus sábanas, desparramando su rubia melena sobre su almohada. Como un embrujo que no siempre, pero a veces, alguna afortunada noche, llegaba a atormentarle el alma.
Mientras tanto en Los Andrade, Dorita sacaba un montón de cajas de su cuarto, Tomás era el encargado de cargar todo aquello pues un par de alacranes se escuchaba por las noches dando un concierto. –Ya he vivido muchos años como para venir muriéndome porque me pique una de esas alimañas... –La graciosa mujer hacía gestos y manoteos muy molesta porque todo su cuarto sería desalojado, fumigado y sanitizado para que ella estuviera segura.
Candy y Guillermo reían y le daban ánimos para que no siguiera enojada. Candy pudo ver entre las cajas, un viejo baúl de madera, de esos que guardan secretos y recuerdos preciosos. Respetuosa de todo lo que no le incumbía, se mantuvo en silencio, aunque moría de ganas por ver todas esas cosas que Dorita guardaba tan celosamente.
–Toma el llavero abuelita, y enséñame tu ropero, prometo quedarme quieto y no tocar lo que saques tuuuu... –Guillermo cantó gracioso, señalando la caja y preguntando a Dorita con un gesto si le daba permiso de ver lo que contenía.
–Claro mi niño, esos son todos mis tesoros, nomás espero que no anden por ahí los méndigos alacranes, ten cuidado que no te vayan a salir... –Dorita sacaba con sus manos temblorosas los lentes de su delantal. Ella también quería volver a ver todo eso.
Guillermo tomó con cuidado aquellas fotos, más por no romperlas que por miedo a los arácnidos, pues parecían resquebrajarse con el simple tacto. Bajo un viejo vestido, un sombrero, un par de guantes y una bufanda, encontró también un montón de cartas para una señorita Eloísa. Guillermo miró extrañado a Dorita, todos los sobres permanecían sellados, amarillentos, y frágiles casi como alas de mariposa a causa del paso del tiempo.
Dorita ya no tuvo miedo. Habían pasado tantísimos años que, lo que pudiera ser descubierto, ya no afectaba a nadie. Lo peor que podía suceder, era que Eloísa se enojara tanto con ella que dejara de hablarle. Pero hasta eso era un precio justo por pagar debido a que nunca tuvo el valor de entregarle aquellas cartas. Sabía que de hacerlo, el patrón Andrade -padre de Eloísa- habría mandado buscar a su hermano Pedro y ella, debía protegerlo aún a costa de guardar ese secreto a su más importante y cercana amiga.
Dorita dudaba de entrar a la habitación de Eloísa. Secando sus cansados ojitos con un pañuelo, Guillermo la animaba diciendo que las cosas fueron como debían ser, que no se culpara por errores del pasado, que la tía Eloísa sabría entender. –Una amistad tan grande y fuerte como la de ustedes podrá sobrevivir ya a lo que sea. Una amistad así no muere Dorita. –Candy y Dorita miraron a Alberto, esas palabras bien podía aplicarlas a su propia situación con su mejor amigo. El entendió las reacciones y bajó la mirada, por supuesto que pensó en Tereso.
Dorita se encogió de hombros y suspiró. Ya no existía amenaza ni peligro para que aquellas cartas fueran entregadas a su dueña. Tomando una bocanada de valor, subió los dos escalones que antecedían a la entrada del cuarto.
Eloísa no podía creer lo que estaba en sus manos. Ni siquiera le preguntó la razón a Dorotea por la que decidió guardar ese secreto. Ni le reprochó tampoco nada, como si ella misma obviara las razones, se limitó a ponerse sus anteojos y abrir las cartas como quien tiene entre sus manos un gran tesoro.
Lanzó por un pequeño momento una mirada de reproche a la cansada Dorita, pero aquella, astuta como era también, llevaba entre sus manos aquel legajo de fotografías. Eloísa tomó su propio pañuelo y reprimiendo un sollozo, secó sus ojos bajo sus lentes. La imagen era clara, perfecta. El hombre de sus sueños volvía ante sus ojos, sacudiendo los rescoldos y fragmentos de memoria que habían alterado y borrado un poco la amada imagen.
Candy salió del cuarto y dejó solas a las amigas. Le hizo una seña en silencio a su esposo indicándole que era mejor darles su espacio. Pero Guillermo curioso como era no estaba muy dispuesto a marcharse. Fue hasta que escuchó las carcajadas alegres de su bebé en brazos de nana que accedió a retirarse de ahí.
A partir de los siguientes días, no fue raro que Guillermo, Antonio o Archivaldo encontraran a su tía con la mirada fija en algún lugar, perdida en sus pensamientos. Eloísa viajaba al pasado constantemente, casi como si en verdad estuviese presente en el espacio y tiempo de muchos años atrás. Recordó su reflejo en el espejo con la claridad con que miraba la juventud de su querida Candy. ¡Vaya que los años pasaban como en un suspiro! A pesar de no ser Eloísa aquella jovencita de blanca piel que había sido en el pasado, no podía olvidar su cabello claro como el color de la miel fresca, aquellas hermosas facciones y sus ojos, azules y cristalinos como el agua que fluye en el caudal de las piletas que riegan el campo. De pronto se hallaba en el establo, mirando de reojo al joven hombre con su camisa remangada hasta el codo. Era mal visto que una señorita se acercara siquiera a saludarle, con mayor razón una joven de alta alcurnia como lo era ella. Pero ensillar el caballo era el pretexto perfecto para estar cerca por lo menos un ratito. Adoraba escuchar la voz del muchacho, verlo levantar la silla de montar y colocarla sobre el lomo del animal, ajustarla, revisar que todo estuviese en orden para después ayudarle a ella a subir al poderoso equino.
A Eloísa se le estaba volviendo hábito montar por las mañanas. Al volver de sus paseos entraba radiante a la cocina, hambrienta, con unas mejillas chapeteadas de cansancio y una sonrisa blanca, brillante de alegría, de ilusión. A pesar de que sólo podía ver al joven mozo por las mañanas, pues siempre en su paseo la acompañaban su padre y su hermano Guillermo.
Se removió en la cama debido al frío en su tiempo presente. Era una mañana gris de enero, el cuarto oscurecido por los gruesos nubarrones y una tormenta matutina que terminó de arrullar a Eloísa, para devolverla a sus memorias que seguían llamándole: -"Ven Eloísa, quédate"... -Como contándole una historia que a pesar de sus variantes era siempre la misma. Una punzada en el pecho le llenó de nostalgia, de tristeza, porque los tres hombres que recién había encontrado en sus recuerdos, en esas fotografías que conservaba Dorita, cuyas voces y risas guardaba fielmente en su memoria y casi parecía escuchar, ya no existían más.
Dormitó otra vez, se encontró caminando con paso seguro por los pisos empedrados de la hacienda, se quitó los guantes que había usado en la cabalgata y apreció sus manos suaves, jóvenes y bonitas al mismo tiempo que buscaba la alta y gallarda figura masculina. Le resultaba por demás curioso que Pedro tenía un porte digno de un joven de alto status, un garbo que no poseían ni los Velasco, ni los Saint Charles que tanto ostentaban títulos nobiliarios y propiedades.
Eloísa caminaba aprisa, quería verlo. No había podido sacarlo de su mente desde que esa mañana en particular habían salido solos a montar. Fueron sus manos y sus fuertes brazos los que la ayudaron a subir y bajar del caballo. Sintió que la piel le quemaba, que el corazón se le saldría del pecho. Guillermo y sus padres habían tenido que recibir visitas importantes de México. Eloísa acostumbraba estar presente también, pero en esa ocasión y para su muy buena suerte, su padre dispuso que ella en particular no asistiera.
Eloísa no era ninguna tonta, sabía que los recién llegados eran los Velasco y tenían una misión: conseguirle nueva esposa al cacarizo de Rubén. El mayor de los hijos, y por si fuera poco, el más aburrido y poco atractivo pretendiente que podría existir. Eloísa agradecía mentalmente a su padre por protegerla de semejante propuesta.
Con lo ajetreado de los preparativos se habían olvidado por completo de Eloísa y su habitual recorrido matutino. Para ella esa visita era de alguna manera un regalo, pues tuvo por fin la oportunidad de estar a solas con Pedro, como siempre deseaba e imaginaba. Pedro, el hermano mayor de Dorita, que todo el tiempo cabalgó a su lado, callado. Se escuchaba solo el cloc cloc de los cascos de sus caballos en el camino de tierra y piedras.
Durante todo el paseo, Eloísa se conformó con mirarlo a un lado, deseó tener el valor de hablarle pero, ¿qué podía decirle? embromarlo no habría sido correcto. Por eso los minutos pasaron y ambos muchachos continuaron callados. De repente el muchacho se adelantaba para indicarle el camino más seguro, dado que las lluvias habían vuelto fangoso el terreno. La jovencita adoraba mirar la recia y erguida espalda, no perdía detalle del increíble y varonil vaivén debido al movimiento del caballo.
El porte masculino y atractivo, la fuerza y autoridad con que guiaba el par de equinos, ¡qué decir de las mariposas que sentía en el cuerpo entero cuando escuchaba la grave voz dar órdenes al par de bestias! Su paseo había sido la total contemplación del muchacho, cada movimiento, cada mirada, cada vez que se acomodaba el sombrero o jalaba las riendas de su caballo... Más que admirar el campo o la densa neblina que cubría con su manto el verde de los árboles y los cerros, Eloísa había preferido observar el espectáculo natural que la mantenía impresionada, cautivada. Y no era el paisaje. Era un humilde pero muy, muy hermoso muchacho.
A medida que se acercaban a la hacienda, Eloísa sentía la necesidad urgente de decir algo. El tiempo y la oportunidad se le escapaban a cada paso, a cada minuto.
—¿Es que siempre es usted tan callado? —Se atrevió ella por fin a hablar. Pedro sonrió de lado y respondió: —Es usted señorita quien no ha hablado. Tuve que conformarme todo el camino con platicarle a los caballos.
Eloísa soltó una risilla. —Entre animales se entienden... —Pero se arrepintió de haber dicho esa tontería. Él podía tomarlo a mal. Lo miró en silencio, el chico sonreía y negaba con la cabeza. No se molestó con la broma.
—Si supiera usted todo lo que nos hemos platicado sin que usted se entere. —Ésta vez fue el mozo quien sonrió divertido y Eloísa no supo qué más contestar.
Habían llegado. Pedro bajó de su caballo y extendió los brazos para ayudarla a bajar. Ella sujetó los hombros del joven y se aferró a la cálida sensación de la piel bajo la tela. Su cuerpo vibró al sentir las manos de él en su cintura para después deslizarse muy despacio por los costados debido al peso hasta llegar casi a la altura de sus senos. Lo miró a los ojos buscando los suyos, pero él, apenado mantenía la vista gacha. Entonces, atrevida como nunca le dijo:
—En otra ocasión me contará usted todo lo que han platicado entre ustedes. Le aseguro que también puedo contarle muchas cosas que sé y que usted ni se imagina. —Eloísa sonrió y sus azules luceros miraron fijamente al muchacho por varios segundos. Pedro se quedó inmóvil, petrificado, mudo. Fijó su mirada en la de ella, y después sin darse cuenta la posó en sus labios. Tomó una fuerte bocanada de aire que pronto expulsó en un significativo suspiro.
Esa mañana, Dorita llegó corriendo hasta ellos, interrumpiendo el breve y valioso momento con preguntas tontas sobre la comida y una advertencia: –Niña Eloísa, tu señora mamá te anda buscando por todos lados. Yo le dije que no te había visto para nada pero anda requete enojada. Debieras de cambiarte para que no te regañe, mira nomás, traes el vestido todo sucio como de lodo, ¡Ay niña, ándale vamos a cambiarte!...
Caminaron las jovencitas alejándose de Pedro y los caballos. Dorotea se volvió un momento y encontró a su hermano ahí mismo, mirando atento por donde la hermosa rubia y ella iban caminando. Ella hizo un gesto. Un solo gesto que a él le dejó saber que debía ser más discreto.
Los padres de Eloísa y Guillermo se habían encerrado en el despacho familiar y habían pedido que no se les molestara. La visita mientras tanto era llevada a las habitaciones que ocuparían durante los días siguientes.
Pedro llevó ambos caballos sujetos por las riendas, caminaba pensativo y contento rumbo al establo, recordando la plática pícara que entre él y la señorita Eloísa había surgido. Ni en sus más hermosos sueños se había atrevido a contestarle. Cada día se conformaba con mirarla de lejos, cuidando que nadie lo mirara a él.
De pronto y sin aviso se encontró un grupo de jóvenes, con buenas ropas y zapatos muy finos, tenían facha de ricachones, mas viéndolos de cerca se podía notar que eran gente de malas maneras vestidos con ropas caras. Uno de ellos resaltaba de los demás por ser además desgarbado, inseguro, callado y mustio.
Sus tripas se contrajeron de disgusto cuando aquellos lo trataron con desdén y le exigieron ensillar otros dos caballos, además del par al que Pedro todavía no guardaba.
–Vamos a montar un rato, en este pueblo es lo más divertido que podremos hacer... –Comentó uno de los visitantes. Pedro dudaba que el trío de presumidos y el enclenque mudo supieran siquiera subir a un caballo.
–¡Anda Rubén! Tendrás que ser valiente y montar uno de éstos, a tu futura esposa le gustará que sepas hacerlo... –Otro de los Velasco decía con risa burlona.
Eloísa hacía como que atendía el molesto parloteo sin fin de su amiga, mirando de reojo a través de la ventana el camino por donde Pedro se había alejado. En cuanto se hubo cambiado de ropas solo esperó a que Dorita se volviera a la cocina y caminó a paso veloz por los adoquines de la hacienda. Eloísa planeaba escabullirse hasta el establo, ahí seguro lo encontraba, todavía no sabía qué pretexto usaría para volver a verle, pero su corazón estaba determinado a tomar su mano, tal vez se atrevería incluso a acariciar su mejilla.
Dorita apenas había llegado a la cocina para juntar los ingredientes necesarios para el banquete cuando miró pasar a su amiga, muy extraña, con tantas prisas. Ese comportamiento era raro en Eloísa. Dora bien sabía lo que estaba pasando. Le advertiría a la niña Elo que debía olvidar esa idea, que era todo complicado. Que una señorita como ella no tenía ningún futuro junto a alguien tan pobre, tan nadie, como su hermano.
Pero Eloísa pensaba distinto aún a pesar de que días más tarde Dorita trataría de hacerle entender; si ser pobre era el único pecado del chico, con el dinero de ella bien alcanzaría para ambos. Era necia o muy ingenua, y más que todo era valiente, por completo diferente a todas aquellas jovencitas que preferían mirar de lejos y aceptar con la cabeza agachada y sin respingar aquellos matrimonios arreglados, convenencieros, que concertaban sus propios padres con viejos senadores, o con los hijos bobos y sin carácter de políticos corruptos, con sus cabellos engomados y una plática tan aburrida y trivial como vacía, sin relevancia, donde presumían de escuelas, propiedades y dineros que Eloísa estaba segura, habían robado a la gente de cada pueblo y ciudad de donde provenían. Sí, tal como los Velasco.
Caminó la muchachita hasta el establo. Al llegar encontró al cacarizo atolondrado de Rubén Velasco intentando subir con torpeza a un caballo. Pedro estaba muy serio, los otros tres parientes del muchacho sus carcajadas callaron. Uno de los ellos volvió impertinente a opinar: –Hora de lucirte Rubencito, mira quien ha llegado...
Pedro miró a Eloísa, las profundas vetas verdes del humilde joven parecían oscurecerse. Las riendas del caballo se perdían en su par de fuertes puños apretados. Eloísa no estaba ahí para saludar al montón de majaderos extraños. Ella había ido a verlo a él, sólo a él. Su corazón latía tan rápido, sus manos sudaban tanto, que frotó discretamente sus palmas en su vestido para poder disimularlo.
El momento de tensión pasó, cuando Rubén cayó del caballo y se escucharon a coro las carcajadas de sus groseros hermanos. El mozo, ayudó a llevarlo a casa por orden de los Velasco.
Eloísa molesta, caminaba también con el grupo. Esa cuadrilla de patanes, ese muchacho sin gracia. Prefería quedarse solterona si el único pretendiente que sus padres aceptarían sería ese. Ya se veía discutiendo con padre si es que sus planes eran casarla con aquel mequetrefe, sin dudar ni un poco prefería empacar sus cosas para irse a algún convento.
Para Eloísa, cada día era especial sólo por verlo a él. La tez morena, los brazos fuertes, los ojos verdes bajo el par de tupidas, oscuras y largas pestañas y pobladas cejas. Cada vez que el muchacho sonreía, se marcaban en sus mejillas un par de preciosos hoyuelos, que por igual dejarían su marca en el corazón de ella, como un sello que ni el paso de tanto tiempo podría borrar.
Porque fácilmente habían pasado unos sesenta años de aquellos días y para Eloísa los recuerdos seguían tan frescos, tan claros y ciertos.
Tan ciertos como el punzante dolor que crecía en su pecho, la falta de aire que no alcanzaba para llenar sus pulmones y la confusión, que de a poco le envolvía la mente y no le alcanzó la lucidez para gritar por ayuda.
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Continuará...
