Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 4
Como era de esperarse Charlotte me perdonó a los días de haberla dejado plantada. No recordaba ni la sarta de mentiras que le había dado, sin embargo, reconocía que ella las había aceptado.
Entretanto, seguía odiando el hecho de quedarme solo por las tardes con Bella. La mejor opción fue refugiarme en la barbería.
Justo hoy era una tarde de mierda.
La mayor parte de los clientes venían con cita previa, no había mucho por hacer que no fuese escuchar jazz mientras mis pensamientos seguían lidiando una batalla campal. Por un lado estaba decidiendo irme a vivir con Charlotte y así frenar un poco los turbios deseos que me acogían la mayor parte del tiempo, pero vamos, eso significaba usarla y realmente me sentía un hijo de puta al hacerlo.
Ella no merecía esa mierda. No podía ser un patán y refugiarme en su cariño solo por mis estúpidos deseos.
Y bien, por otro lado estaba tratando de ignorar la presencia de esa castaña, aunque sinceramente era imposible. El solo aroma que desprendía su colonia era suficiente para impregnarse en mi piel y sentidos. Ella era una mujer hermosa y mi polla sabía reconocer todo eso porque tenía buen gusto.
Sí. Me estaba volviendo un jodido loco.
Y el viejo Billy Black no ayudaba.
― Parece que no andas bien ―habló después de mirar su nuevo corte de pelo en el espejo. Lo examinó de un lado y otro, por su gesto sabía que estaba aprobado―. Últimamente andas muy distraído y solo puedo pensar que son problemas de faldas.
Hice un mohín.
― Maldito viejo ―gruñí.
Lo conocía de años y me daba el derecho de hablarle de la forma que fuera.
― Cuéntame, ¿qué pasa en esa maldita cabeza? No quiero volver a casa, así que será mejor que sueltes todo.
― Yo nunca te pregunto por el mal agradecido de tu hijo.
Billy estrechó los ojos. Su mirada oscura se volvió añorante, comprendí de inmediato que había tocado un tema doloroso para él.
― Jacob algún día volverá ―musitó― quizá para darme cristiana sepultura, no lo sé. Solo estoy convencido de que él volverá.
― Me moriría de tristeza si Bree se aleja de mí. Porque veinte años es toda una vida.
― Duele, sí, pero no te mueres. Mírame a mí ―empezó a reír. Una risa fingida, por supuesto― la vida sigue, Cullen. Y no me cambies el tema ―exhaló―. ¿Qué está sucediendo en tu vida?
¿Qué podía decirle? Fíjate que no dejó de pensar en la mejor amiga de mi hija, no puedo quitar de mi mente su bonito cuerpo y anoche me masturbé con un jodido adolescente pensando en ella.
Billy seguramente descargaría su rifle en mi persona. Y no lo culpaba, era tan indecente siquiera ver con otros ojos a esa niña.
― Verás… estoy en una encrucijada ―le dije―, entre lo que es correcto y lo que no.
Billy se giró a verme. Su ceño estaba visiblemente fruncido. Lo vi chasquear los dientes.
― ¿Piensas volverte traficante de drogas? ―bromeó seguido de una carcajada. Al darse cuenta de mi mirada solo movió la cabeza y frotó sus dedos en la barbilla―. Bien, si no quieres seguir con Charlotte se honesto con ella ―articuló, mirándome― pero antes que nada, sé honesto contigo.
― ¿Cómo demonios…? ―dejé la pregunta inconclusa.
― Ese peinado y ropa que te vi usando hace días, significa mucho más de lo que crees ―aseveró, dejándome sin palabras―. Los hombres no solemos de darle importancia a nuestros atuendos, a menos que… ―sonrió― ella debe ser más importante de lo que crees.
Ella es la mejor amiga de mi hija, Billy.
― Hola, Edward.
La suave voz de Bella me hizo mirar hacia la puerta. Ahí estaba ella, vestida con tan poca ropa.
― ¿Qué haces aquí? ―No pude evitar ser cortante.
Bella esbozó una sonrisa e ingresó al local como si le hubiera dicho que lo hiciera.
― Traje un poco de comida ―comentó―. Bueno, en realidad quise venir a comer contigo, en la casa me siento muy sola.
El viejo Billy se aclaró la garganta y fue girando lentamente en su silla de ruedas. Al quedar frente a nosotros extendió una mano hacia Bella.
― Soy Billy Black ―se presentó―. ¿Quién eres tú?
― Bella Swan ―dijo ella al estrechar su mano―. Vivo en casa del coronel Cullen ―ella hizo un saludo militar― soy la mejor amiga de Bree.
Billy asintió. Estaba jodidamente convencido de que su mente maestra hilaba respuestas y creaba sus propios escenarios.
― Es un verdadero gusto conocerte, Bella. ¿Puedo tutearte? Soy un maldito anciano que ya dejó las formalidades.
― Claro, Billy. A mí tampoco me gustan las formalidades, así que vamos bien ―articuló Bella con más entusiasmo―. ¿Eres también un veterano? ―sus ojos estaban en la silla de ruedas de Billy.
― No. ―Me adelanté en responder―. Billy sufrió un accidente cazando que lo dejó postrado en una silla.
Bella pareció lamentarse. Su semblante lo decía todo, ella desconocía que Billy odiaba que sintieran lástima por él.
― Me voy ―dijo Billy, desplazándose hacia la entrada―. Los dejo para que disfruten su comida. Feliz provecho.
Bella se acercó a la puerta y cerró con cerrojo antes de girarse.
― ¿Hasta cuándo piensas seguir huyendo? ―Me increpó con esa maldita seguridad que tenía―. Porque no estoy dispuesta a dejar pasar lo que ambos sentimos.
Reí. Una risa burlona que solté para hacerla sentir mal. Le di la espalda y me puse a desinfectar las navajas de afeitar y las tijeras que había usado.
― ¿Qué prefieres que te tomé aquí en el piso o en la silla? ―Burlonamente pregunté.
Bella caminó y se sentó en la silla dándome la respuesta que realmente no pedí.
Resoplé ruidosamente.
La enjaule entre mis brazos y la silla, inclinando mi rostro cerca al de ella. Podía respirar su mismo aliento. Sin embargo, eso no era lo que me tenía cautivo, sino que ella se mostrara tan firme y convincente.
En ningún momento reculó ante mi cercanía
― No quiero ser un cabrón contigo ―articulé, sin dejar de ver sus carnosos labios. Odiaba distraerme cuando se supone debía ser severo―. No me prestaré a tus niñerías.
Relamió sus labios. Sin quitar su mirada fija de mí, suspiró.
― Sé qué te gusto ―acertó en decir―. Me doy cuenta de tus miradas hacia mí y todo lo que te provoco ―su mirada cayó al bulto de mis pantalones.
Me alejé de inmediato. Buscaba una jodida respuesta, decirle algo que la dejara callada, pero las palabras no venían a mi lengua.
― ¿Por qué te resistes? ―Preguntó. Cómo si se tratara de cambiar un hábito alimenticio.
Sonreí. ¿Qué más podía hacer?
― Tengo cuarenta y dos años ―le recordé―. Soy un hombre de honor, que jamás pondría mis ojos en una niña. Y menos si es la mejor amiga de Bree.
― ¿Quieres decir que si me alejo de Bree podré tener una oportunidad contigo?
― ¿Te estás burlando de nosotros? ―La Increpé―. Porque sí es así yo mismo te saco de nuestra vida y no permitiré que vuelvas a acercarte a mi hija.
Bella rodó los ojos.
― No tienes idea de quién soy ―murmuró―. Adoro con mi corazón a Bree, jamás la dañaría, pero ella sabe qué algo me pasa y está empezando a hacer preguntas, ¿qué quieres que le diga?
Moví el cuello con rigidez hasta que sentí mis huesos crujir.
― Deja este juego ―pedí―. Hagámoslo por nuestro propio bien.
― Me gustas y no puedo evitarlo ―insistió― no le hacemos daño a nadie, ¿o si?
De nuevo mi burlona sonrisa se pintó en mis labios.
― No eres más que una niña caprichosa ―le dije―. Qué si no hacen lo que pides, eres capaz de hacer una rabieta ―me crucé de brazos, mirándola― estoy esperando que te pongas a patear el piso.
Ella se bajó de la silla y me sostuvo la mirada mientras iba acercándose. Una vez frente a mí levantó su mentón, retándome, como ella sabía hacerlo.
― Si no sientes nada por mí ―exhaló, llevando sus manos a mis hombros. Sentí un jodido escalofrío cuando sus dedos recorrieron mi piel, no importaba si era encima de una camisa. Yo era débil a su tacto, lo reconocía―. Entonces déjame ponerte a prueba y te juro que si no hay una pizca de emoción por mí… me alejo.
― No soy el puto experimento de nadie. ―Espeté sin moverme ni un paso.
― No estoy diciendo que lo seas ―habló suave y pausado―. No puedes serlo porque a mis dieciocho años ya sentía algo por ti.
Abrí la boca. Boquee y tomé una bocanada de aire.
― Desde la primera vez que te conocí, Edward ―añadió seductora―. Justo cuando Bree nos presentó no pude dejar de pensar en ti, y estoy segura que eso fue el fracaso de mi relación con Sam. Él se dio cuenta que algo me ocurría.
Mi mente empezó a divagar hasta ese día. Por Dios, era una niña… ni siquiera logré verla como mujer sino como una adolescente de dieciocho años que aún usaba soportes en los dientes.
Sacudí la cabeza. Ella no podía hablar en serio, sinceramente no podía estar encaprichada de mí.
Cerré brevemente los ojos a la vez que pellizqué el puente de mi nariz.
― Eres una niña ―balbucee sintiéndome estúpido.
Bella no podía ganarme y reducirme a un manojo de nervios. Era un maldito ex militar que había sido educado para resistir adversidades y ella no…
― Soy una mujer, Edward ―susurró muy cerca.
Estaba respirando su mismo aliento y estaba jodidamente embriagado por ella.
Llevé mis manos a su estrecha cintura y automáticamente mis dedos se clavaron en su suave piel.
Mi puto pene se emocionó ante la cercanía y se endureció.
Exhalé.
Quise apartarla. Fue cuando sus suaves y calientes labios se posaron en los míos dejándome sin defensas.
Infinitas gracias por darme una oportunidad. ¿Qué opinan del capítulo? Edward sigue firme en resistirse.
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