Capítulo 2: Promesa de padre
—¿Qué haremos primero?— preguntó la niña, sonriente. Ahora estaba segura que por nada del mundo serían capaces de quitarle aquella feliz sonrisa.
Inuyasha suspiró y se llevó una mano a su largo cabello negro, desordenándolo mientras pensaba ¿Qué se supone que iba a hacer ahora? No sabía absolutamente nada sobre cuidar niños, ni mucho menos se le había cruzado por la cabeza tener que ser padre de... de... bueno, de Kagome.
—¿Qué te parece si vamos al parque juntos?— agregó Kagome tomándolo de la mano.
—¿Dónde queda eso?
Ella lo escrutó con ojos extraños.
—¿Qué no sabes donde queda?
—B-bueno, no... —admitió Inuyasha.— No vivo en este lugar.
—¿Y entonces como llegaste hasta acá?— preguntó ella frunciendo el seño.
—Soy un... he... —él desvió la vista de los ojos calculadores de la niña ¿Cómo iba a explicarle? Era demasiado pequeña como para comprenderlo, iba a pensar cualquier cosa de él.— un "invitado" de Naraku, soy un amigo lejano de él. Conozco el camino hasta acá, pero nunca he visto el pueblo. —Realmente, lo de invitado y amigo no tenía ni una pizca de cierto.
—Ha... ya entiendo... ¿Y donde vives?
Comenzó a maldecir por lo bajo ¿Por qué tenía que ser tan curiosa? ¿Por qué tenía que hacer tantas preguntas incómodas y complicadas de idear? había ido hasta allí solo para poder defenderla de Naraku, no para ser interrogado y permanecer más tiempo simulando ser su padre.
—Muy... muy lejos. —respondió.— No reconocerías el lugar aunque te mostrara un mapa.
—¿vives con tus papás?
Inuyasha bufó y puso sus ojos en blanco.
—Mas o menos. Solo con mi padre.
—¿Y tu mamá?
—Falleció hace años.
Los ojos de la niña lo escrutaron con algo de pena. Él frunció el seño y le devolvió la mirada, ¿Y ahora que le pasaba? Era una niña bastante extraña, parecía muy sencible, y quien no lo sería, después de lo mucho que había pasado. La muerte de sus padres había sido bastante dolorosa y era una sorpresa que siguiera sonriendo tras haber pasado algunos meses desde aquel suceso, a lo mejor, después de todo. Ella era bastante fuerte, sobretodo para soportar a Naraku.
—¿Ahora que sucede?
—Es que... a lo mejor pasamos por lo mismo... Tu también perdiste a alguien querido de joven ¿No?— inquirió, con lástima.
—Feh! Tampoco es para tanto.— Inuyasha se cruzó de brazos y desvió sus ojos dorados de los de ella.— Además mi madre... ya vivió su vida, murió de anciana.
La niña parpadeó varias veces sin entender completamente su respuesta.
—¿Tu mamá era una anciana?
Él se descruzó de brazos y escrutó a Kagome que seguía con aquella expresión de extrañeza en su rostro ¡Por Kami! ¿Que había dicho? Sonrió con culpa y luego optó por negar con la cabeza, a modo de remendar su "error".
—Bueno, no... no exactamente... este... Mi madre... he...
Una pequeña mano, suave como la ceda, se aferró a la suya y tiró de ella. Bajó la vista hasta la pequeña que ahora le sonreía y lo conducía fuera de los jardines de aquella mansión.
—No importa.— le dijo.— Ven, sígueme, papá.
Papá... era extraño que alguien que no fuera su hija lo llamara así, y era mucho más extraño que fuera justamente Kagome quien lo llamara por ese nombre... Todo lo que estaba permitiendo que pasara estaba mal... no podía dejar a Kagome quererlo como si fuera su padre, si los padres de ella aún vivieran, seguramente no les gustaría aquello. Kagome no debía ser su "hija", ni siquiera como parte de un inocente juego, sería difícil cuando creciera, que se enterara de toda la verdad que en ese mismo momento le ocultaba.
—Kagome... Necesitamos avisarle de esto a Naraku primero.— le advirtió, sin estar seguro por completo de seguirla. No deseaba que ella tuviera problemas por su culpa, eso era lo que menos debía permitir.
—Ho... es verdad... —la pequeña carita de la niña se entristeció.— pero... papá no... no me dejará... Me castigará por haberle preguntado.
—Pero más te castigará si te vas sin avisarle.
Ella suspiró, aceptaba que estaba en lo cierto. No quería seguir sufriendo, seguramente cuando su príncipe (ahora padre por aquel pequeño juego) se fuera, estaría castigada por una semana.
La siguió hasta entrar la casa, irremediablemente lujosa, cortinas importadas, muebles de roble, adornos de porcelana, todo intacto. Digno de la casa de un demonio estafador como lo era Náraku. Atravesaron la Sala Principal y llegaron frente a una gran puerta pintada de blanco, seguramente anunciando la entrada a una sala bastante importante para aquel hombre.
—Esta es la b-biblioteca... — anunció la niña, aferrando la mano de su compañero con más fuerza.— Mi pa-pá... pasa mucho tiempo acá con su novia.
Inuyasha volvió a mirar a la pequeña criatura indefensa que observaba aquella puerta como si a través de ella se encontrara su condena a muerte... Realmente debía soportar mucho a Naraku ahora que sus padres ya no estaban. Aún no cabía en su mente como era posible que le dieran la custodia de Kagome a aquel desgraciado. Si viviera con él, o con su padre, Inu Taisho, sería la niña más feliz del planeta, aunque aquel plan no estaba muy lejos, solo debía esperar el momento indicado, y podría salvar a esa pequeña niña. Su hogar no era esa mansión en la que ahora mismo se encontraban, Kagome tenía hasta muy poco que ver con todo aquel pueblo, ella pertenecía a un lugar diferente, a un mundo muy diferente a ese, uno que ni se imaginaba que existía.
Alzó su puño y golpeó la puerta tres veces, Kagome se ocultó tras una de sus piernas, él sonrió, mientras estuviera presente, Naraku no tenía el derecho a hacerle algo, lo sabía perfectamente.
La gran puerta blanca fue abierta — luego de unos segundos—, solo un poco, lo suficiente para dejar entrever a aquel sujeto de ojos rojizos y cabello negro y ondulado, sus facciones parecían molestas al ser interrumpido en lo que fuera que estaba haciendo, aunque al ver a Inuyasha sujetando a la pequeña Kagome de la mano, parecía un poco más molesto aún.
—¿Qué?— preguntó, descortés.
—Solo vine a avisar que me llevo a Kagome por unos minutos.— respondió Inuyasha.
La niña notó que ahora, aquella voz dulce que poseía anteriormente se había perdido por completo al ver a su padrastro. Inuyasha ahora hablaba secamente, de una manera rencorosa si no se equivocaba... ¿Pero ellos se conocían y eran amigos como Inuyasha había dicho? No estaba segura.
Naraku alzó una ceja.
—No puedes llevártela, no tienes permiso absoluto.
—Sabes que si tengo permiso.— Inuyasha habló entre dientes.
—Cuando sea mayor.— lo interrumpió Naraku.— Mi hija no tiene ni siquiera 10 años.
El chico comenzó a negar lentamente con la cabeza, a modo de desprecio mientras se mordía el labio.
—Eres una asquerosa rata.
Naraku le sonrió, a modo de burla. Alguien dentro de la sala pareció caminar en dirección hacia ellos, pues sus tacos resonaban por toda la sala de una manera algo molesta. El hombre se volteó para ver a alguien, Kagome ya sabía de quien se trataba; Su novia, aquella mujer tan despreciable como su padrastro, con la cual se encerraban horas y horas en aquella biblioteca.
—¿Quién es, amor?— preguntó ella, su voz coqueta le resultaba despreciable.
Su padrastro no respondió absolutamente, su novia lo instó a abrir más la puerta para hacerla presente entre ellos. La mujer altiva de cabello negro, largo hasta la cintura, ojos castaños y gatunos y un vestido largo y negro, algo descorrido por la parte de sus hombros, los examino con detenimiento; primero a Inuyasha, luego a ella y de nuevo a Inuyasha.
—Ho... tu debes ser... aquel... "chico"... —Kikyo parecía sorprendida.— Un gusto.
La mujer le extendió la mano, Inuyasha frunció el seño sin siquiera realizar un movimiento que le diera a entender que también la saludaría, por lo que Kikyo bajó su mano, aunque no parecía desilusionada, ni molesta, ni nada. Sino que le sonrió mostrando sus blancos dientes.
La niña también frunció el seño, sabía lo que la novia de su padrastro estaba pensando, con aquella sonrisa, aquellas formas de pestañear y sus movimientos intentaba seducirlo, estaba intentando que Inuyasha cayera bajo sus encantos. No iba a permitirle que le quitase a quien se había convertido en muy poco tiempo en su príncipe, en quien ahora jugaba al juego de "padre" para ella.
Kagome le sujetó la mano con más fuerza, sus ojos dorados se dirigieron a ella, que miraba a la mujer que acababa de aparecer con algo de desconfianza y miedo mezclados. Así que ella sería la novia de Naraku... la que la llamaba "estorbo"... Raramente la mujer le parecía bastante incómoda, no dejaba de mirarlo con aquellos ojos gatunos, aunque no tenía en mente seguir sus juegos, ni los de ella ni los de ninguna otra mujer, esa idea ya estaba completamente dominante en su mente tras planteársela por años.
—Bien... ¿Quieres pasar?— invitó Kikyo, sonriéndole de forma seductora.
Inuyasha negó con la cabeza. Luego centró sus ojos al padrastro de Kagome.
—No vine a pedirte permiso, Naraku. Vine a avisarte solamente, sabes que estoy en mi derecho a hacer lo que se me plazca con Kagome.— le sonrió con burla.— Nos vemos más tarde.
Dio media vuelta y se llevó a la niña, que iba junto a él observando la cara de desquicio de su padrastro.
—Me va a castigar... —se lamentó ella.
—Feh! No tiene por qué.— La calmó Inuyasha.— Yo estaré siempre para cuidarte, Kagome.
La niña le sonrió con felicidad, él le devolvió la sonrisa.
Nunca recordaba haber pasado un día tan feliz con alguien que no fueran sus padres. Había jugado toda la tarde en la plaza, Inuyasha no parecía aburrido en ningún momento, sino que parecía satisfecho con el simple hecho de que ella estuviera feliz. Habían jugado a infinidad de cosas juntos, realmente lo sentía como a un padre, uno al que siempre había querido tener otra vez. Aunque era raramente extraño también, pues ahora que se daba cuenta, no tenía tantos recuerdos de sus padres como pensaba. Era como si aquellos recuerdos se borraran de su mente cada día, hasta que ahora ya no los recordaba claramente, ni lo que hacía con ellos... Pero esperaba que eso no sucediera con Inuyasha, nunca lo olvidaría, él era como una luz dentro de la oscuridad en la cual había estado viviendo.
Ya caída la tarde, él le había comprado un gran cono de helado y se habían sentado ambos en un banco, observando como las calles comenzaban a vaciarse y como las estrellas comenzaban a encenderse concorde el sol comenzaba a ocultarse tras los límites del pueblo. En ese momento, por cada segundo que transcurría, su corazón se llenaba de más inseguridad y tristeza, Inuyasha le había prometido permanecer con ella solo hasta que anocheciera.
—Papá... — Lo llamó mientras mantenía la vista fija en su helado.— ¿Prometes volver?
Inuyasha le sonrió por unos momentos mientras la contemplaba con una dulzura especial, aunque Kagome no lo observaba, sino que sus ojos seguían clavados en el helado que comenzaba a derretirse lentamente, luego, dirigió la vista al frente.
—Lo prometo.
Kagome lo miró con felicidad.
—¿De verdad?— estaba eufórica.— ¡Mañana!
Él negó con la cabeza.
—Dentro de mucho tiempo.
—¿Por qué?— su carita ahora demostraba desilusión.
Inuyasha suspiró.
—Es difícil de explicar, Kagome... Pero es así, no puedo volver a menos de que realmente estés en un problema. Cuando estés siendo maltratada por Naraku como esta tarde, yo lo sabré y vendré para ayudarte.
—Haa... entiendo... —ella también suspiró, sus pequeños ojos se humedecieron, no quería que se fuera, no quería volver a entrar en aquella casa...
—Pero trata de ser una buena niña.— agregó.
—¿Pero vas a prometerme que volverás cuando te necesite?— preguntó, mirándolo intensamente.
Inuyasha asintió.
—Lo prometo. Prometo que volveré cuando realmente me necesites... Tu solo procura crecer mucho, pequeña Kagome, y cuando seas grande y tengas mi edad, prometo también que vendré a buscarte y nos iremos de este lugar.
Ella lo observo tyrbada primero, luego de unos segundos, su rostro pareció llenarse de alegría.
—¿De verdad?
—Si. Naraku no podrá retenerte. Cuando seas mayor, una chica adulta, te llevaré al lugar en donde yo vivo y viviremos juntos ¿Qué te parece? Serás como una princesa.
—¡Claro que quiero!— exclamó ella, mientras sus mejillas de decoloraban a rojo. Tan solo pensar en que sería una princesa, la hacía emocionarse... a lo mejor, estaría viviendo un cuento de Hadas como aquel de la pobre Cenicienta.
—Bueno, es una promesa. Promesa de padre.— agregó el chico.
Rebuscó en el bolsillo de sus jeans y sacó un pequeño anillo de oro, lo suficientemente pequeño como el dedo de Kagome. Se lo entregó, mientras ella lo miraba sorprendida.
—Este es un regalo que te va a recordar mi promesa.—contó.
Lo tomó en sus pequeñas manitos y lo examinó detenidamente, era muy bonito... se preguntaba de donde lo habría sacado, aunque al mismo tiempo no: Inuyasha podía ser realmente un príncipe azul y vivir en un castillo, solo que se lo estaba ocultando... ¿No era así?
—De acuerdo, volvamos a casa.
Ella asintió y lo siguió, el camino no era muy lejos, pero tampoco fue nada divertido. Ni siquiera habían hablado... lo sentía muy triste, a lo mejor era solo un capricho de niña pequeña el haberse encariñado tanto con él, pero no, estaba segura también que a Inuyasha lo conocía desde hacía más tiempo, solo que a lo mejor, como había ocurrido con los recuerdos de sus padres, le costaba recordarlo.
Al llegar al jardín delantero, Kagome atravezó el portón bajo y lo dejó abierto para que su nuevo padre pasara.
—Tengo algo que mostrarte.
El chico asintió y la siguió hasta un granero, pegado a la parte trasera del gran jardín, parecía una construcción reciente por los colores vivos con los que estaba pintado y el orden dentro de él, donde revoloteaban gallinas con sus nidos sobre estantes, dos vacas con sus terneros, un par de chanchos y tres caballos. La niña encendió la luz y se acercó al más joven de los corceles, uno color blanco y acarició su lomo, hasta donde llegaba su altura.
—Cuando sea grande, voy a montarlo.— le confesó.
—Es muy lindo.
Inuyasha se acercó también al animal y pasó su mano por su naríz levemente, el pequeño caballo relinchó a gusto, y se acercó más a él hasta rozar su camisa con su cabeza, como agradecido por sus tibias caricias y para que siguiera acariciándolo de aquella manera.
—Parece que le gusta.— repuso tras una leve risa.
—¡Si, esta muy contento! — vitoreó la niña.
Él la alzó en brazos hasta acercarla al caballo para que también lo acariciara, por lo que este también relinchó, aunque no se apegó tanto a ella como había hecho con Inuyasha.
—Bueno Kagome... Yo... llego hasta aquí... —le recordó Inuyasha tras bajarla.— Debo irme.
—Ha... bien... —Debió entristecerse, aunque la sonrisa que le brindó fue una de felicidad.— Voy a esperarte, papá. —le recordó.— Todos los días hasta que sea mayor.
El chico de ojos ámbar asintió. Despeinó su cabello en un acto de cariño y se marchó hasta perderse en la oscuridad del jardín y luego de la caye. Ahora su corazón volvía a encontrarse vacío... pero iba a soportarlo, lo iba a hacer, por Inuyasha. Todo sufrimiento traería sus frutos al final."
¿Y ahora que había quedado de aquel momento? Toda su vida había intentado vivirla normalmente, sufrir los días y pasarlos como llegaban, si eran felices o tristes a los cuales solo les brindaba un poco de alegría y se repondrían... pero ahora, ahora era diferente... Su padrastro realmente se había convertido en un Demonio... Cuando solo faltaban pocos minutos para su cumpleaños numero dieciocho, el más esperado, en donde cumpliría la mínima mayoría de edad, Naraku entró en su habitación y le habló de sentimientos de amor que ella no crelló que sentiría ni en mil años y le propuso matrimonio. Claro que lo había rechazado rápidamente, en ese momento, comenzó a resivir amenazas y hasta ese momento, estaba comprometida a casarce por la fuerza con él... ¿Por qué? Porque Naraku no deseaba que Inuyasha se la llevara con él, creía que haciendola su esposa y su mujer, él no tendría excusa para apartarla de su lado... Habría ganado.
Había entrado en un estado de shock, eso no podía estar sucediendo en su vida, nada de eso podía ser real... si antes su vida era una tortura, ahora era un infierno.
—¿Ya te calmaste?— canturreó la voz de su "prometido".— Entonces te darás cuenta que lo disfrutarás.
Ella no respondió nada, su pulso ya ni lo sentía de lo rápido que iba en su pecho. Más aún cuando había comenzado a quitarle lo poco que le quedaba de ropa. Si no hacía algo pronto, iba a arrebatarle lo poco que le quedaba de libertard, iba a arrepentirse durante toda su vida.
Hizo un esfuerzo por moverse sobre el cuerpo pesado de aquel hombre, ambas piernas estaban atrapadas por las de él, intentó moverlas, esta vez más lentamente, imitando los movimientos sensuales de la antigua novia de su padrastro al rozarlas con las suyas con un doble intento en safarce. Parecío funcionar, pues Naraku aflojó su agarre y dejó que lo permitiera. Cuando tuvo libertad para moverlas, aprovechó ese momento único para liberarse completamente de su agarre pateándolo donde supuso que más le dolía.
El hombre gimió de dolor y se hizo a un lado mientras maldecía, intentando apaciguar el dolor. La suerte estaba de su lado pues aprovechó el momento para escabullirce rápidamente y salir por la puerta que él había abierto tras entrar, la manción era una penumbra, solo se escuchaban los lamentos y maldiciones de su padrastro. No encontraba las llaves de la puerta pricipal, sus manos temblaban y sudaban de nervios... si se levantaba y la alcanzaba sería su fin... Optó por abrir la ventana que se encontraba no muy lejos de la puerta y salió por ella, su cuerpo pequeño se lo permitía por suerte.
Afuera hacía un frío invernal a pesar de haber entrado en Primavera hacía días, y ella apenas vestía en ropa interior...
La salida que daba a la calle también estaba trancada, habían reemplazado la cerca baja por un mural y un gran portón de hierro. No tenía escapatoria ahora... rodeó el amplio jardín de la casa y llegó hasta encontrar el viejo granero ya sin gallinas, ni vacas ni cerdos ni nada de lo que solía haber, solo un caballo blanco, algo canoso por los años que en épocas de antaño había sido su potro favorito y su gran amigo. Se acercó al animal entre las sombras y acarició su nariz, este la reconoció al instante y se dejó acariciár por ella mientras emitía un relincho satisfactorio.
—Solo quedamos tu y yo... viejo amigo... —susurró ella mientras contenía el llanto, se secó las lágrimas y se sentó junto a un montículo de paja mientras se abrazaba a sus piernas. No tenía escapatoria, solo debía esperar a que Naraku la encontrase allí e hiciera con ella lo primero que se le cruzara por la cabeza. Ya no podía creer más en las palabras de Inuyasha, ni en sus tontas promesas... no había ido cuando lo necesitaba al estar en aquel cuarto con Náraku, ni tampoco iba en aquel momento en los que ya era mayor... no iba a venir...
"—¿Eres estúpida o qué? Aquel mal nacido no cumplirá su promesa jamás, solo te lo dijo para que lo dejaras ir, pequeña tonta."
Recordar las crudas pero ciertas palabras que Naraku le había dicho empeoraban su estado...
Una manta cubrió su cabeza y su cuerpo, era tivia y apaciguaba el frío, sacó la cabeza fuera de esta y la alzó al caballo que seguía observándola, esa gruesa manta era la que usaban en su lomo para cabalgarlo, no era fea, más bien parecía una obra indígena por sus colores tierra. Le sonrió al caballo por su gratitud y se envolvió en ella, ahora ya no tenía tanto frío como antes, al menos, le quedaba un amigo.
Los minutos pasaron, ni un rastro de Naraku, a lo mejor la había buscado solo por la casa, o se había reusado a que se escapara, seguramente pensando que luego volvería. Pero no era así, no iba a volver a esa casa, si cabía la necesidad de vivir escondida en aquel granero, así iba a ser.
El cielo había estado cubierto de densas capas de nuves, con razón hacía tanto frío. En pocos segundos de que un trueno anunciara el tiempo, comenzó a llover a cántaros, las densas gotas de lluvia parecían una cascada tras penetrar en las grietas del techo del granero.
Se acurrucó más contra la paja, dejando que esta también cubriera parte de su cuerpo para hacer su nueva cama un lugar mucho más caliente y se quedó dormida con rapidez, aunque su caballo la despertó moviéndola lentamente, Kagome lo observó confundida, luego prestó atención a los sonidos, era verdad... Su corazón volvía a latir desbocado, alguien se hacía paso entre la lluvia, sus pisadas resonaban por el agua del cesped haciendo su precensia más notoria.
Su caballo dio unos pasos hacia delante para taparla con su cuerpo, pero ella seguía terriblemente asustada, no deseaba que la encontrara... no quería eso...
Una figura alta y masculino apareció en la entrada del granero, la chica se acurrucó más contra la paja para no ser vista por él. El hombre caminó con lentitud, entrando al granero y observando en todas direcciones, aunque en ningun momento pareció hallarla en aquella oscuridad. Sino que se dirigió al caballo y le acarició la naríz, este instantáneamente volvió a relinchar y se acercó al hombre hasta rozar su pecho con su cabeza, agradecido por sus caricias y para que él siguiera acariciándolo.
Kagome ahogó un grito, aquel caballo nunca hacía eso, era bastante arisco con personas desconocidas, solo se había permitido acariciár por personas que lo hallan hecho cuando era un potro, como solo había ocurrido con ella... pero jamás se había acercado tanto a alguien como muestra de gratitud, nadie que ella recordara... solo... si, había alguien...
—¿Inu... Yasha...?— preguntó, saliendo de su escondite de paja.
El extraño alzó levemente la vista a ella, no parecía asustado, en lo más mínimo. A travez de la oscuridad a la que sus ojos ya se habían acostumbrado observó una cálida sonrisa y unos ojos ámbar que brillaban.
—Que grande estas, Kagome.— le respondió, con aquella misma voz masculina y dulce con la que solía hablarle.
La chica parpadeó confundida, dio unos pasos atrás, pero su espalda solo chocó con la madera del granero y resvaló hasta el suelo. Sus ojos no sacaban la vista de aquellos dorados e intensos que la contemplaban con amabilidad, una amabilidad que no se había perdido por los años... una figura que no se había deteriorado... ¿Cuántos años debía tener ya? ¿Veintinueve?¿Treinta? Inuyasha seguía teniendo aquella apariencia de adolescente, nada de él había cambiado en absoluto.
—No... es... imposible... —susurró.
El chico negó con la cabeza.
—Nada de eso, había prometido que vendría a buscarte ¿No es así? En ningún momento lo olvidé.
Kagome frunció el seño, disgustada, ya no era una niña ingenua a la cual todos podían mentirle.
—¡No es cierto! ¿Dónde estuviste cuando más te necesitaba, hace unos minutos? ¡Realmente estaba desesperada!—le gritó, su corazón volvía a palpitar rápidamente.
—Lo se, y lo lamento... yo... no podía ir en aquel momento... —Se acercó hasta ella y se acuclilló para poder estar a su altura.— Por eso vine lo más rápido que pude recien, y al encontrarte escabulléndote hasta este granero, me quedé a esperar si ese maldito de Naraku.
La chica lo observó absorta.
—¿Lo... lo viste?
Inuyasha asintió. Luego desvió la mirada hacia otro lado, algo turbado.
—No es de... mi incunvencia preguntar por qué estaba medio desnudo... Solo... quiero saber si estas bien.
La chica enrogeció con levedad al imaginarse la escena y la expreción de Inuyasha al verlo así vestido, o en lo que habría pensado en aquel momento... que incómodo... Solo asintió con levedad, agachando la cabeza, su cara ardía de la vergüenza.
—Feh! De igual manera, me encargué de que no te siguiera. Estaba tan oscuro que no vió quien le daba aquella paliza.— Sonrió con burla mientras volvía a mirarla.— No tienes de qué preocuparte.
Alzó la vista otra vez a él y asintió, esta vez un poco más animada. Sin darse cuenta, le estaba sonriendo... ¿Cuánto hacía que no sonreía? Mucho tiempo... toda aquella inseguridad estaba comenzando a desvanecerse en su ser, la luz que Inuyasha siempre le había irradiado volvía a hacerle efecto.
—¿Vas a volver?— preguntó el chico, observándola con detenimiento.
—¡No, claro que no!— respondió automáticamente.
Inuyasha negó con la cabeza mientras sonreía.
—No, me refiero a tu verdadero hogar, el lugar en donde ambos pertenecemos, el lugar donde naciste.
Ella lo observó con sorpresa, no podía demostrar su asombro, volvía a estar shockeada, aunque esta vez, no era para mal. Inuyasha la observó con detenimiento, se puso de pié y le extendió una mano para que se pusiera de pié, ella la tomó y a los pocos segundos ya estaba a su lado.
—Lo prometí, Kagome.— le recordó.— Te dije que cuando fueras mayor, te llevaría al lugar donde vivo, solo que en aquel lugar, tu también viviste de niña, solo que no lo recuerdas, en aquel lugar vivieron tus padres y los mios.
—¿Yo... te conocía de antes, no? —agregó en un susurró.
Él asintió.
—Te conosco desde que naciste. Cuando tus padres murieron y viniste a vivir con Naraku, comenzaste a olvidarlo todo de a poco hasta que ya no me reconosiste cuando te visité aquella vez.
Lo sabía, sabía que lo conocía desde hacía más tiempo... solo que no podía recordarlo... tanto había llegado a sufrir en su vida... y ahora finalmente estaba allí, Inuyasha estaba allí cumpliendo su promesa.
El chico se alejó de ella, subió a su caballo y le tendió la mano para que subiera frente a él. Kagome no pensó dos veces antes de hacerlo, no veía el momento para irse, ahora se encontraba sentada frente a él, se sujetó a su camisa negra, completamente empapada por la lluvia, su aroma masculino realmente era agradable, no recordaba haberlo sentido antes.
—¿Cómo piensas salir en un patio cerrado?— Le preguntó Kagome.
—Destrabé la puerta principal antes de venir aquí, no hay problema.
Su expreción parecía confiada, más aún cuando tomó las riendas del caballo y se dispuso a cabalgar fuera de la manción. Kagome se enderezó para observar como dejaban atrás la casa hasta perderse de vista al entrar en el denso bosque. El viaje no llevaba más de quince minutos, transcurridos en silencio; Tantas veces había soñado con aquel momento que en ese mismo instante podría jurar que lo sentía como un sueño.
Alzó sus ojos a Inuyasha que permanecía concentrado en el frente, él la miró al sentir sus ojos clavados en los suyos.
—¿Cómo te sientes?— preguntó apenas.
—Muy feliz... no espero hasta llegar allá.
Inuyasha sonrió satisfecho volviendo la vista al frente.
—Pues te va a encantar.
La llubia cesó y podría jurar que había quedado dormida contra su pecho, junto aquel calor y paz que irradiaba su cuerpo, era feliz por fin... finalmente sus pesadillas llegarían a su final, comenzaría una nueva vida, una vida con Inuyasha... con quien había sido su príncipe y su padre.
—Kagome.— la llamó.— Despierta.
Ella abrió los ojos para encontrarse en un amplio claro, era enorme, poblado del rocío. El bosque se encontraba tras ellos y hasta podía ver un árbol frutal no muy lejos, lo único que irradiaba luz era una lujosa manción a lo lejos, casi un castillo, si no se equivocaba, estaba pintada de color crema. Cada habitación irradiaba una luz blanca y brillante, al igual que el patio delantero poblada de plantas y flores.
—Es hermoso... — susurró sin poder creerlo.— ¿Vives en este lugar?
Inuyasha asintió y la bajó del caballo.
—En este lugar vivías con tus padres, ellos nos lo dejaron a mi padre y a mí antes de morir. Es una gran estancia, los criados siempre la mantienen bien cui...
Se detuvo al momento en que volvió la vista a ella, que lo observaba con terror. Su corazón latió fuerte en su pecho, se había olvidado por completo de mencionar eso... bueno, era una gran sorpresa para ella ahora descubrirlo pero...
—¿Q-qué... qué te pa-pasó?— tartamudeó sin dejar de observar su cabello y su cabeza.
Inuyasha suspiró.
—Lo olvidé por completo, lo lamento.
Su cabello se había aclarado hasta tal punto que había quedado blanco, casi plateado y por ambos lados de su cabeza se asomaron dos orejas de perro también blancas, donde habrían quedado sus orejas de humano solo se encontraban ocultas tras su cabello.
—¿Qué... qué eres...?
—Un Hanyou, un hombre mitad bestia.— repuso poniendo los ojos en blanco.— Y no me mires con esa cara, tu eres lo mismo que yo. Somos iguales.
Kagome lo observó sin entender, observó un mechon de su pelo, completamente oscuro, no había cambiado en lo absoluto, Inuyasha estaba mintiendo ¿Cuándo podían ser iguales cuando ella no...?
Inuyasha se acercó más a ella y alzó sus manos, primero la miró a los ojos, como pidiendo permiso, luego siguió el trayecto de sus manos hasta la cabeza de Kagome y sujetó algo con ellas, lo raro es que podía sentir sus manos tíbias.
—Tu también tienes orejas.— le dijo, con un tono algo aburrido mientras la soltaba.
Kagome parpadeó confundida ¿De qué hablaba? Dirigió a sus manos al mismo lugar donde Inuyasha lo había hecho y tocó dos orejas, iguales que Inuyasha, ahogó un grito y se llevó una mano a la boca, asustada.
—¿Q-qué... P-por qué...?
—Estamos en un lugar diferente, —Inuyasha le señaló el bosque con la cabeza.— Atravezando los límites con ese bosque, tus poderes sobrenaturales se esconden y puedes pasar desapercivido como un humano ordinario, pero en este lugar, posees tu verdadera forma.
No... debía ser realmente un sueño... imposible, creía que iba a desmayarse por resivir tantos sustos en un mismo día, y creía que eso le había ocurrido.
CONTINUARÁ
Jaja aca con el segundo Capi de Suki To Ienai!! Me salió un poco largo de verdad, pero no deseaba cortarlo en las mejores partes :p jajaja. Me alegra que les halla gustado el final de Angeluz y también la cantidad de reviews que me dejaron me alegraron n.n Ahora veamos que opinan de este fic, espero que les guste tambien, lo único fantasioso que habrá durante este fic será solo la apariencia que tienen Inuyasha y Kagome como Hanyous.
Feliz Navidad y año nuevo a todas!!! Q pasen un 2010 con lo mejor!!!! n.n
