Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. La historia es de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 15: Viejas amigas

24 de mayo

¡PUM!

Kagome levantó la mirada con timidez. No había pretendido cerrar el libro con tanta fuerza y ahora la bibliotecaria parecía como si estuviera a dos segundos de echarla tirándole de la oreja. ¡Pero es que era muy frustrante! No podía encontrar ninguna información en absoluto que fuera a ser remotamente de ayuda para devolverla a donde estaba su lugar. Incluso había sacado libros de hechizos y brujería.

¡NADA!

Ni un solo dato útil. Cualquiera pensaría que al menos UN autor habría escrito un libro sobre transporte interdimensional o teletransporte que no fuese de FICCIÓN. E incluso había revisado aquellos libros y había tomado apuntes. Pero aun así no había nada.

Al mirar furtivamente a la polvera que le había dado Kaede, Kagome suspiró. Según la niña, todavía quedaba muuuucho tiempo de espera hasta que Inuyasha y Kikyo volvieran a aparecer en el espejo, pero no podía evitar comprobarlo cada cinco minutos, más o menos. ¿Qué le pasaba, de todos modos? ¿Cómo lo sabía sin más? ¿Era una reencarnación de Midoriko? ¿Era porque era mitad hija de Hojo (de este mundo) y mitad hija de Kikyo (del otro mundo)? ¿Era porque Kikyo era una miko y entonces también tenía poderes? ¿Era una especie de alienígena? ¿Una mutante?

¿Podía escoger los números de la lotería?

—¿Kagome?

Levantó la cabeza de golpe cuando se vio apartada de sus pensamientos. Las dos mujeres le resultaban familiares. ¿Eri? ¿Yuka?

—¡Oh! —exclamó Yuka—. Lo siento mucho. He cometido un error. Pensaba que eras una amiga nuestra. Por favor, disculpa nuestra intrusión.

¿No la reconocían?

Eri ladeó la cabeza.

—Pero sí que te pareces mucho a ella. ¿Eres familia de Kagome Higurashi?

—Mm… Más o menos… —Tras dirigirle una última mirada al espejito de la polvera, Kagome les prestó atención a dos de sus viejas amigas del instituto. ¡Vaya si habían cambiado! Eri se había teñido el pelo de una especie de color rosado y lo tenía un poco de punta. El pelo de Yuka era de un interesante tono violeta, pero sólo en las puntas. ¿Y no la reconocían a ELLA?—. Soy su prima… Kikyo.

Oh, qué irónico. Kikyo había tenido que hacerse pasar por Kagome cuando había llegado, y ahora Kagome estaba haciéndose pasar por Kikyo. Se habría reído si no hubiera parecido tan patético.

Eri se tocó su pelo del color del algodón de azúcar.

—Fue para nuestra hermandad —explicó—. Un compromiso. Pero me gusta un poco, puede que lo deje así incluso cuando termine la semana. —Fue sólo entonces que Kagome se dio cuenta de que ambas vestían idénticos jerséis universitarios.

—Me gusta, Eri. —Y así era. Era inusual pero interesante.

Eri entrecerró los ojos con sospecha.

—¿Cómo supiste mi nombre?

¡Piensa rápido!

—Kagome y yo nos escribíamos mucho de pequeñas y me habló de vosotras. Incluso mandó fotos.

¡Bien pensado!

—Curioso —dijo con voz todavía entrelazada con sospecha—. Nunca te mencionó.

—Je. —Volvió a mirar al espejo—. Es una historia graciosa, en realidad…

Yuka se sentó delante de ella mientras Eri se ponía de brazos cruzados.

—Tenemos tiempo.

Kagome inhaló.

—Mm… bueno, veréis… —Plausible… invéntate algo que sea plausible—. Kagome y yo nos parecemos mucho —empezó, tirando de sus habilidades de cuentacuentos de sus noches de conseguir que Shippo se fuese a dormir sin protestar—. Y la gente solía compararnos constantemente. Como se hace con las hermanas.

Yuka asintió.

—Bueno, de todas formas… nuestros padres pensaron que deberíamos hacer todo igual, ya que tenemos más o menos la misma edad. A menudo mezclaban nuestros nombres y los combinaban. Y, eh… se parecía mucho a como si nos estuvieran obligando a vivir la vida de la otra en lugar de la nuestra propia. Así que, aunque estamos muy unidas, siempre hemos intentado asegurarnos de que nuestras vidas no se toquen si podemos evitarlo. Así, Kagome es Kagome y Kikyo es Kikyo.

Cruzó los dedos con la esperanza de que se lo creyesen.

A juzgar por las miradas empáticas que recibió, supo que había sido así.

—Entiendo —dijo Yuka—. Mis dos hermanos pequeños son gemelos y nuestros padres siempre están intentando hacer que sean exactamente iguales. Así que intentan ser tan diferentes como pueden, ni siquiera se saludan en el colegio.

—¿Por qué estás de visita ahora? —exigió Eri—. Hojo dijo que Kagome fue a visitar a unos familiares.

—Estoy ayudando con Kaede mientras ella no está.

—Su madre hace eso normalmente.

¿Eri siempre había discutido tanto?

—Sí, lo sé. Pero mamá tiene muchas cosas planeadas esta semana, así que pensé en venir a ayudar. —Gesticuló hacia los libros que había estado revisando—. Además, también es una especie de viaje de investigación para mí.

—¿Mamá?

—Yaya —corrigió Kagome, rezando para que no se le hubieran sonrojado las mejillas.

—Entonces, ¿te estás quedando con Hojo?

—Eh… sí…

Eri se inclinó para acercarse.

—Hojo ama a Kagome.

—¿Qué?

—¡Eri! ¡Sé amable! —riñó Yuka, pareciendo muerta de la vergüenza ante la sugerencia que acababa de hacer su amiga.

—Han estado enamorados desde primaria y siempre se han sido fieles. Simplemente recuerda eso. —Se giró para marcharse—. Llamaré para ver cómo estáis. Ya sabes, en cualquier momento…

Yuka se puso de pie, puso una mano delante de ella e hizo una pequeña inclinación.

—Por favor, perdona a Eri. El tinte debe de haberle freído el cerebro. —Le dirigió una sonrisa a Kagome—. Si te apetece, llámame y te daré una vuelta por nuestra bonita ciudad. Toma, te dejo mi número. —Garabateó su número de teléfono en la primera página de los apuntes de Kagome—. Encantada de conocerte, Kikyo.

Kagome se despidió con un gesto ante sus espaldas en retirada. ¿Enamorados desde primaria? ¿Siempre se han sido fieles? ¿Estaba en OTRO universo alterno distinto?

Así que tanto Yuka como Eri estaban en la universidad. Kagome comprobó el espejo una vez más mientras reunía sus apuntes y apilaba los libros, decepcionada (pero no sorprendida) de que no hubiera el destello que anunciaba que la magia estaba presente. Se preguntó si estaría en la universidad si no hubiera atravesado el espejo. ¿Qué carrera habría escogido? ¿Con qué clase de trabajo soñaría? Por mucho que lo intentó, Kagome no pudo pensar en una sola cosa. Simplemente no era posible imaginar que su vida tomase cualquier otro rumbo que el que la condujo a Inuyasha. Su lugar no estaba en ningún otro sitio más que a su lado.

No había otra alternativa. TENÍA que haber un modo. Su vida estaba al otro lado de aquel espejo, ¡y estaba decidida a recuperarla!

—¡Ssshhhh!

Sonrojada, Kagome volvió a sentarse, no se había dado cuenta de que se había puesto de pie de un salto y había lanzado el puño al aire. Le dirigió otra sonrisa de disculpa a la bibliotecaria y decidió que ya era hora de escabullirse de la biblioteca.

Bien, estaba decidida a encontrar el camino de vuelta. Pero investigar en la biblioteca no era la forma de proceder. No quedaba nada allí que no hubiera revisado ya. Hojo todavía estaba revisando los pergaminos del abuelo, pero hasta el momento no había nada útil.

—¡Kikyo!

Pobre Hojo. Se había reído cuando le había contado cómo había revisado los pergaminos con Kikyo. Pero tenía los ojos tan tristes. Tan devastados. Le contó cómo Kikyo y él habían investigado juntos para encontrar una forma de que volviese, aunque admitió que en ese momento había sido un esfuerzo poco entusiasta. Kagome se había ofrecido a revisarlos en su lugar, pero él había insistido en que quería hacerlo.

—¡KIKYO!

Entonces, ¿cuáles eran sus otras opciones? ¿Buscar videntes? ¿Tomar al conejito de peluche favorito de Kaede (¿Boppy? ¿Poppy? ¿Hoppy?) como rehén hasta que parase de hablar con acertijos y escupiese algo de información?

—¡AAAh! —gritó Kagome. Cuando aterrizó, tras un impresionante giro de ciento ochenta grados en el aire, se encontró cara a cara con Eri y Yuka.

Yuka devolvió la mano a su costado.

—Lo siento, pero te estábamos llamando… así que sólo te toqué la manga…

Kagome se llevó la mano al pecho para intentar calmar sus acelerados latidos.

—No… no… No pasa nada. Estoy bien. Corazón… no estalló… todavía funciona. —Respiró hondo un par de veces antes de poder sonreírles a sus viejas amigas.

—Eri quería llevarte a tomar algo para disculparse por su comportamiento grosero. —Yuka le dio un codazo a Eri, quien gruñó.

—Oh, no hay por qué disculparse —rechazó la oferta mientras se recordaba que tenía que empezar a prestar más atención cuando estaba fuera de la casa. Era sorprendentemente difícil recordar que se suponía que se llamaba Kikyo—. Sólo estabas cuidando de una amiga. Kagome tiene suerte de tener tan buenas amigas.

—Si no quiere pasar tiempo con nosotras, no la obligues —le dijo Eri a su compañera de hermandad.

Kagome rechinó los dientes, intentando mantener una sonrisa en la cara. ¿Eri estaba siendo excepcionalmente difícil o era sólo su imaginación? ¿O era ella? ¿Simplemente ya no sabía cómo responder a sus amigas?

—¿Qué tal una hamburguesa en su lugar?

Siguió a sus amigas a regañadientes al WacDonalds. Las escuchó cantar las alabanzas de Kagome, inventando un montón de cosas mientras avanzaban. Era interesante que ninguna de ellas hubiera parecido darse cuenta de cuándo cambiaron de lugar Kikyo y ella. ¿Qué decía eso de sus habilidades de observación? ¿O de su amistad? ¿Su amistad era de verdad tan superficial, para empezar? ¿O es que Kikyo era así de buena fingiendo ser ella? ¿Debería sentirse ofendida de que la reemplazaran tan fácilmente?

Tal vez por eso se había sentido tan sorprendida cuando Kikyo le anunció su embarazo a Hojo. O, mejor dicho, cuando Inuyasha lo anunció. Se sintió como si estuviera en peligro de ser reemplazada. Otra vez. ¿Alguna vez sería ella quien estuviera sentada al lado de Inuyasha con su bebé dentro de ella? Se había visto golpeada con tal tristeza. Y celos. Los sentimientos la habían golpeado como un puñetazo en el estómago.

¡Iba a encontrar una forma de volver, aunque eso la matase (aunque, con suerte, no llegaría a eso), y a obligar al demonio perro a hablar de su relación! Puede que requiriese subyugarlo con un hechizo de alguna clase, pero encontraría el modo. No más aplazamientos, ni cuestionamientos, ni inseguridades. ¡Iban a tener un bebé propio!

¡Y cómo diablos había olvidado que la otra mujer estaba embarazada! Vaya, menuda forma de descubrir que vas a tener otro hijo. Pobre Hojo.

Mantener las apariencias de participar en una conversación realmente no era un problema. Las dos chicas hablaban mientras ella masticaba su comida y dejaba volar su imaginación con imágenes de niños con orejas de perro. Y, mientras sonriese y asintiese de vez en cuando, nadie se daría cuenta.

Echaba un poco de menos el sabor a algo cocinado en una fogata. Se preguntó si sería capaz de llevarse unos malvaviscos cuando volviese. Y un cepillo de dientes. Y un cepillo para el pelo. Y un poco de acondicionador. Tal vez debería conseguir una mochila y llenarla con lo esencial. Tendría que ser una bastante grande si le iban a caber todas las cosas que quería llevarse.

Oh, oh… la estaban mirando. Tal vez alguien le había hecho una pregunta. ¿De qué estaban hablando? ¡Piensa! ¡Piensa!

—MMmnnghh —masculló mientras sorbía su batido de chocolate.

—¿Ves? Te dije que estaría de acuerdo conmigo —dijo Yuka riéndose mientras señalaba a Eri con una patata frita—. NO tienes que ponerte medias con sandalias de tacón. No pasa nada por llevar las piernas al aire.

Le hizo falta toda su fuerza de voluntad para no poner los ojos en blanco. ¿La habían sacado de sus ensoñaciones para hablar de medias? ¿Qué más daba? Ponte lo que quieras. Ponte lo que sea cómodo. Ponte algo con lo que te puedas mover con facilidad, por si tienes que correr o pelear un poco.

—Bueno —dijo Yuka con una sonrisa—, ¿quieres venir con nosotras a una fiesta mañana por la noche? Habrá un montón de tíos buenos.

Kagome negó con la cabeza. Una fiesta con esta gente puede que la condujese al punto de meterse literalmente un tenedor en el oído en lugar de sólo pensar en ello.

—No puedo. Lo siento. Mañana me toca cuidar de Kaede.

—Pero… tíos buenos…

Kagome volvió a negar con la cabeza y esta vez se rio ante la expresión desconcertada de Yuka cuando rechazó la oportunidad de comerse con los ojos a universitarios.

—¿Ya estás saliendo con alguien? —preguntó Yuka.

Ella se sonrojó.

—Bueno… sí… más o menos.

Esto espabiló a Eri. Obviamente, si Kagome… eeeh… Kikyo ya tenía un chico, entonces no iba a intentar robarle el marido a su prima. Kagome intentó encontrarle la gracia en lugar de sentirse insultada. No fue fácil.

—¿Cómo es? —preguntó Eri.

—Es alto y guapo, y muy fuerte. Buenos… dientes. —Sonrió burlonamente mientras se tragaba la palabra «colmillos»—. Pero tiene un poco de mal carácter en ocasiones. También a veces se pone un poco celoso. ¡Pero es un gran protector y cuidador! ¡Y un luchador impresionante! Es dulce a su… modo único. Además, tiene las orejas más lindas del mundo. —Suspiró al llegar a este punto.

—¿Orejas? —preguntó Yuka.

—Entonces… ¿es un chico violento, malhumorado y celoso? Tal vez deberías empezar a pensar en salir con otras personas. Ya sabes, con chicos buenos —sugirió Eri, ya empezando a ponerse en modo celestina.

—Inuyasha ES un buen chico. —¿Había ignorado todas las buenas cualidades a propósito?

Eri resopló.

—Me estoy sacando la carrera de Psicología, Kikyo. Los hombres como esos no le dan más que problemas a una chica.

Kagome apretó las manos mientras se esforzaba por no estirarse sobre la mesa y empezar a estrangular a su amiga. Declararse estudiante de Psicología difícilmente convertía a la chica en psicóloga. Y una o dos clases de Psicología no la convertían en experta. Intentó recordarse que Eri sólo estaba intentando ayudar y que iniciar una pelea sólo le pondría las cosas más difíciles a la verdadera Kikyo cuando volviese.

—Sé que tienes buena intención —dijo entre dientes apretados—, pero amo a Inuyasha. Tiene defectos, pero yo también los tengo.

La conversación giró rápidamente hacia otros temas importantes… la mejor forma de ponerse el pelo de punta. Kagome intentó, de verdad que intentó, seguir la conversación esta vez. Pero tras el tercer experimento con gel para el pelo, dejó vagar la mente. Era solitario estar con Eri y Yuka. Su sitio no estaba con ellas, ni siquiera las entendía ya. Sólo hacía que echara más de menos a los demás. Se preguntó cómo les iba a Sango y a Miroku, y al pequeño Ryoku. No podía soportar la idea de perderse su primera palabra o su primer paso. ¿Cómo le iba a Shippo? ¿Estaba durmiendo bien sin su cuento para dormir o su nana? ¿E Inuyasha? ¿La echaba de menos tanto como ella lo echaba de menos a él? ¿Volvería a encajar con ellos cuando regresase después de haber estado fuera tanto tiempo? ¿Se sentiría tan fuera de lugar allí como se sentía ahora? ¿Recordaría siquiera cómo disparar una flecha?

—¿Hay un campo de tiro con arco por aquí?

—¿Tiro con arco?

Kagome no se había dado cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta que Yuka respondió a la pregunta. De verdad que tenía que controlarse. Darles voz a todas sus contemplaciones podría causar serios problemas si la oía la gente equivocada. Al menos, esta vez puede que hubiera funcionado a su favor.

—Sí. Estoy en un… eh… equipo de tiro con arco. Sí. Un equipo de tiro con arco. Y tengo que seguir practicando para no oxidarme cuando vuelva a casa.

Ninguna lo sabía. Así que Kagome terminó rápidamente su comida, les dio las gracias por la hamburguesa y se despidió. Ahora que tenía un plan en mente, era demasiado difícil quedarse quieta. Encontraría un campo de tiro con arco y empezaría a practicar. Seguro que una de las tiendas de equipamiento deportivo sabría dónde había uno. Era mejor que quedarse sentada y esperar. Tras abrir la puerta, Kagome salió fuera.

Bueno, iba a salir fuera, pero se detuvo a medio camino.

Kaede la estaba esperando.

—Eh… Kaede… ¿qué haces aquí? ¿Dónde está Hojo? ¿Dónde está mamá? —¿La niña se había teletransportado? ¿Estaba enviando un holograma psíquico directamente a su cerebro? Antes de pudiera entrar mucho en pánico, vio a Souta dando la vuelta a la esquina.

—¡Cielos, Kaede! ¡Pensaba que habías desaparecido! Sabes que tienes que esperar. —Levantó la mirada y le sonrió a Kagome—. Oh, hola, hermana.

Ahora que su corazón había vuelto a empezar a latir, Kagome terminó de salir de la hamburguesería y se unió a su hermano y a… ¿qué era Kaede de ella? ¿Una suerte de sobrinastra, tal vez?

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó.

Souta se encogió de hombros.

—Kaede dijo que quería ver la nueva tienda de mascotas. Ya sabes, la que hay al lado del campo de tiro con arco.

Kaede levantó la mirada hacia ella y sonrió.

Porras… esa niña era sencillamente espeluznante.