Las naciones salieron en masa de la nada. Podían ser el amigo de toda la vida, el vecino, el tipo que limpiaba la piscina, un profesor, el jefe, el empleado callado. Supuso una conmoción, que llegó al colmo en el caso de aquellos que descubrieron que su esposo o novio era una entidad de miles de años. Era imposible llevarlos a todos a los tribunales. Eran demasiados, y pocos se atrevieron a denunciarlos y arrestarlos. Eran tiempos muy turbios, nada era blanco o negro desde que Italia del Norte probó lo que era la muerte de la mano de la Presidenta Corso. ¿Quién podía echarles nada en cara cuando la Presidenta, el Ministro de Seguridad Ciudadana y buena parte de sus altos cargos estaban siendo investigados por las terribles declaraciones que habían sido grabados admitiendo, en vista del crimen que el mundo entero había presenciado?

El Tribunal de Justicia se olvidó por completo de las naciones y se concentró en estos hechos que les interesaban infinitamente más. Khaybat, en un intento por salvar el pellejo, declaró durante horas. Contó al Tribunal todo sobre los crímenes que Corso le había obligado a cometer. Crímenes que se habían ido produciendo desde antes de que la Revolución triunfara, con la orquestación del regicidio de la familia real de Inglaterra; una masacre que tenía varios propósitos: dejar a una de las más importantes naciones europeas sin protección, propiciar la caída de todas las monarquías del mundo y dañar la imagen de Rusia. Porque debían deshacerse de Rusia, no simplemente echarlo. Era demasiado peligroso para dejarlo vivir, como también lo era China; por eso su presidente, Xiang Dong, ordenó que lo enterraran vivo. Estados Unidos también estaba en la diana de ciertos topos en la CIA, pero desafortunadamente, alguien en la Casa Blanca hizo su trabajo demasiado bien y lo ayudó a desaparecer sin que nadie supiera decir adónde había ido, ni aun con los más cruentos interrogatorios. De hecho, remarcó Khaybat, había mucha gente muy interesada en que las naciones desaparecieran. Grupos de presión, magnates...Un mercado global, en el que no hubiera aranceles, era muy buen negocio, y ya habían tenido que soportar durante suficiente tiempo que las naciones se enfadaran las unas con las otras y que trataran de proteger sus propios intereses. No eran sólo Corso, Olyanovski o Dong: la lista era larga. Se deshicieron de las naciones alentando a los fanáticos que de veras creían en la igualdad a nivel mundial, manipulando las elecciones. El mismo China aportó pruebas de todas las formas en que se consiguió. Khaybat añadió más detalles (a más detalles, menos condena, ¿no?): una vez las naciones desaparecieron de vista y se proclamó la derogación de las fronteras, los instigadores ahora estaban en posición de colocar a hombres y mujeres de confianza en la Presidencia y otros altos cargos para favorecer sus pretensiones. Asegurarse de que la ley estaba acorde a sus intereses, ¿comprende, Señoría? Pero, claro, el poder es muy tentador. Algunos como Olyanovski se preguntaron por qué debían conformarse con ser hombres de negocios cuando podían gobernar el mundo. Así que se pelearon por el trono. Olyanovski estaba muy dispuesto a conseguirlo, ya lo estaba rozando con la punta de los dedos, y Rita Corso demostró que era ella quien se lo merecía. Ordenó la ejecución de Olyanovski, con su muerte mandó un aviso a todo el que se interponía en su camino, y después de que consiguiera la presidencia se aseguró de que nadie la contradijera eliminando toda oposición. A veces Khaybat se limitaba a aplicar la censura y la intimidación, pero en otras ocasiones derramó sangre. Lo que le pasó a Italia fue el destino de al menos diez personas confirmadas, políticos, periodistas, escritores, cuyos restos fueron rescatados de las profundidades de ríos, lagos y mares. Y quién sabía cuántos más esperaban a ser encontrados.

Corso negó todas estas acusaciones. Una y otra vez apeló a su inmunidad. Pero la inmunidad le fue revocada en vista de las pruebas en su contra. Fue condenada a prisión permanente. Khaybat no recibió la misericordia que pensó que obtendría a cambio de sus informaciones: fue sentenciado a cuarenta años de prisión.

Vequain Chiamaka fue elegido sustituto de Corso en la Presidencia Global, pero su elección no contentó a nadie.

Algunos estaban horrorizados por la cruel ambición que se escondía detrás de la sonrisa perenne y los buenos modales de Corso, pero siguieron defendiendo el proyecto por un gobierno global. Tan sólo tenían que deshacerse de las manzanas podridas. Sin embargo, la mayor parte de la ciudadanía vio que el sistema entero que se había creado a partir de ello estaba fundado sobre mentiras, corrupción y maldad, y exigió una vuelta atrás.

La gran manifestación que los rebeldes proyectaban llevar a cabo en Roma se hizo realidad. El día del vigésimo aniversario de la creación del sistema global, la ciudad se inundó de gente que gritaba: «ABAJO LOS TIRANOS, DEVOLVEDNOS A LAS NACIONES». No eran los desvaríos de unos pocos. La ciudad tembló con una inmensidad de voces que reclamaba un cambio. Ya habían callado demasiado tiempo con desastrosas consecuencias. Ya no más.

Ellos fueron la chispa que prendió un incendio que se extendió por todas partes. En Moscú, París, Washington D.C., Londres, Pekín, en todas partes, exigieron unas nuevas elecciones limpias. Hubo violencia por parte de los manifestantes y de la policía. Durante las cargas policiales, muchos manifestantes y agentes resultaron heridos. Los arrestados fueron tantos que apenas se podían contar. Entre ellos se encontraba Sarah, quien pasó la noche entre rejas tras haber sido pillada lanzando rocas a los furgones de la policía durante las marchas en Boston.

Hubo quienes pensaban que hacían mal. Nada se conseguiría recurriendo a la violencia. Eso fue lo que hicieron Corso y su calaña. Hubo una revolución paralela, silenciosa. Casi desde el día en que el mundo recordó a las naciones, la demanda de métodos de idiomas creció. La gente quitó el polvo a los libros que usaron para aprender la lengua estándar para darle el uso contrario y enseñar a sus hijos y recordarse a sí mismos esa lengua que solían hablar y que habían olvidado por completo. Se agrupó en asociaciones y clubes para todas las edades para aprender sobre esas culturas olvidadas y hablar sobre tradiciones que llevaban en la sangre, que ahora hervía por que se llevaran a la práctica. Los cristianos, los musulmanes, judíos, hindúes, budistas; todos sin importar en qué ser superior creían comenzaron a desafiar los convencionalismos y se agruparon también para rezar juntos y declarar su fe a todos a su alrededor. Aquellos que buscaban un cambio real en la legislación formaron partidos políticos.


Los Russo habían visto el camión de mudanzas y sí, era de esperar que Rusia llamaría a la puerta para anunciar su marcha, pero cuando ese momento llegó, se encontraron extrañamente tímidos con él. La señora Russo no fue capaz de mirarlo a la cara.

— Ya lo sé, ya lo sé—sonrió Rusia. Se había afeitado la barba que había llevado durante estos veinte años, y resultaba muy raro verle sin ella. Parecía mucho más joven. Casi como un niño grande—. Sigo siendo yo. No ha cambiado mucho, en realidad.

— Claro que no—Alex, por otra parte, no tenía problema en hablar con él y sonreírle con genuina alegría por él—. Te vamos a echar de menos.

— Y yo a vosotros. Este ha sido un buen hogar. Sois muy buenos vecinos. Pero he estado lejos de mi casa demasiado tiempo. Mi tierra es fría, pero es mía. Nací allí y allí pertenezco. Tengo tantas cosas por hacer. Tanta gente a la que debo enseñar con grandísimo dolor que no tienen permiso para robarme.

El señor y la señora Russo sintieron un escalofrío al oírle decir eso tan pancho. Alex tan sólo dejó escapar una risita nerviosa.

— Lo comprendemos. Va a ser raro, no tenerte por aquí ya más...—dijo.

Rusia suspiró y se agachó un poco para poder abrazarlo.

— Hay un buen trecho desde aquí a Moscú, pero...en fin, si no tienes nada que hacer...Me encantaría que vinieras a verme...—dijo Rusia.

— Y a mí me encantaría ver tu casa—respondió Alex.

Rusia se irguió y abrazó también a sus padres.

— Que tenga un buen viaje—le dijo la señora Russo.

— Gracias por todo—dijo el señor Russo.

— No, gracias a ustedes. Me he asegurado de que se quede la casa alguien decente. Es una familia de seis miembros. He oído que al padre le chiflan las barbacoas— dijo Rusia, guiñando un ojo al señor Russo.

Éste rio. ¡Un vecino con el que hacer barbacoas! Rusia sabía que le gustaría la idea.

— Bueno...Dasvidaniya...—suspiró, dándose la vuelta para marcharse.

— Adiós, Rusia...—Alex agitó la mano.

Iba a ser tan raro, no tenerle allí ya nunca más...Alex se sintió muy triste, porque sabía que las cosas iban a ser muy diferentes a partir de entonces y porque, a pesar de las buenas intenciones, acababa de perder a un amigo. Pese a todo, también se sentía feliz, porque Rusia había recuperado su hogar y era feliz después de todo por lo que había pasado.

Rusia redujo la marcha.

— Alex.

— ¿Hm?

— He oído hablar de tu pequeño club...Y a mis amigos y a mí nos interesa mucho...

Se fue sin decirle qué quería decir con eso.

Lo descubriría el día posterior a su marcha, en la escuela, cuando el timbre sonó y la señorita Sondheim entró en clase.

— Buenos días, chicos y chicas...Hoy tenemos una actividad especial, así que...Levantaos y seguidme.

Los niños se miraron los unos a los otros confusos, porque nadie les había avisado de ninguna actividad especial y no tenían ni idea de lo que podía ser. Siguieron a la profesora fuera de clase, en dirección al patio. Se sorprendieron al ver que todos los demás estudiantes salían conducidos por sus respectivos profesores; parecía ser que esto era para toda la escuela.

Y su sorpresa fue mayúscula, hasta el punto de mostrarla con exclamaciones y chillidos, cuando se encontraron con que les esperaban docenas, incluso quizás cientos de naciones.

— Buenos días, estudiantes—les dijo el director—. Hemos pensado que, ya que estáis tan interesados en aprender sobre los países de los que provienen vuestros ancestros, quizás podríais hacerles preguntas personalmente.

Los niños corrieron hacia su nación favorita. Una de las primeras fue Lupe, quien, en cuanto vio a un individuo rubio de ojos verdes abrió la boca hasta casi desencajarse la mandíbula y le hicieron los ojos chiribitas.

— ¡Es el elfo!—gritó, y se echó a sus brazos.

Polonia recibió a la niñita con una gran sonrisa.

— ¡Oooh! ¡Pero qué mona eres!

Y ella quedó hechizada por su piel pálida como la leche, sus ojos como esmeraldas, lo suave que era su pelo, que acarició completamente embelesada.

Su hermano Omar se acercó a Venezuela.

— ¡Eres tú!—exclamó.

— Mh-hm—sonrió ella, asintiendo.

— ¡Hay...Hay tantas cosas que me gustaría preguntarte! ¡No sé ni por dónde empezar! Como...Como...¿Cómo era Simón Bolívar? ¿De verdad inventaste la vacuna contra la lepra? ¿Es verdad que te gusta el béisbol?

— ¡Me encanta el béisbol!—exclamó Venezuela.

— ¡Y a mí!

Denis fue mucho menos hablador. Ahora que se encontraba cara a cara con Australia, no supo qué decir. Estaba rojo como un tomate. Su mano estaba tiesa cuando decidió expresar su admiración por él con un apretón de manos. Australia le siguió la corriente como un caballero, pero tenía algo mejor en mente. Abrazó al muchacho y él, animado por su olor a eucalipto, devolvió el gesto con entusiasmo.

— ¿Cómo te llamas?—preguntó India a Padma.

— Padma Khatri, señor...—Padma nunca había sido una chica tímida, pero al encontrarse frente a India, no pudo evitar serlo. El corazón le iba a mil.

— Padma...—India repitió su nombre lentamente, como meditándolo, o como si quisiera memorizarlo para más tarde. La miró y le dirigió una sonrisa tan bonita que ella se sintió mucho más relajada. Le ofreció la mano para llevársela a algún rincón donde pudieran sentarse y hablar.

Camerún tenía niños a su alrededor, escuchándolo, mientras él señalaba en un mapa de África dónde estaba su casa y les explicaba cuán distinta era de Boston. Montenegro enseñó a sus espectadores cómo decir unas pocas palabras en su idioma. Dobro jutro, molim, hvala, daaa!, neee! Guatemala contó a un buen montón de niños la leyenda del Sombrerón, una figura pequeña bajo un sombrero enorme que vaga por las calles de noche con una guitarra que usa para hechizar a las mujeres de pelo largo y así trenzarles el pelo..., ¡trenza, trenza, trenza! ¿Que por qué hace eso? Porque esa es su marca, y las que no se cortan el pelo y huyen de él...¡se unen a su colección de almas perdidas!

Canadá miró a su alrededor. Nadie se le acercaba. Todos los que se acercaban a él eran para jugar y acariciar a Kumajiro. Je, parecía que nada había cambiado realmente. Supuso que no se le daban bien los niños. Se sorprendió al ver a una niña muy delgada y pálida de pie junto a él.

— Hola—le dijo ella.

— Hola—dijo Canadá con timidez.

— ¿Quién eres tú?

— Yo soy Canadá. ¿Y tú?

— Ginny. No pasa nada: mis compañeros tampoco me hacen caso a mí.

Canadá le sonrió y se sentaron juntos a charlar.

Alex esquivó a Ecuador, quien estaba mostrando a los niños qué era una corrida de toros, persiguiéndolos mugiendo y usando sus dedos índices como cuernos sobre su cabeza. No pudo evitar volver la cabeza hacia América, quien enseñaba a un grupo grande de niños su himno con voz potente. Se detuvo a ver cómo Polonia daba a una Lupe extasiada y a otros dos niños más una vuelta en su caballo mientras les contaba cómo vapuleó al Otomano. Aplaudió después de que Corea enseñara a los niños cómo escribir sus nombres en su sistema de escritura. Llegó por fin adonde se encontraba Italia.

— Así que tú eres Alexander—dijo Romano.

Alex estaba tan excitado que sólo pudo asentir con la cabeza.

— Rusia nos ha dicho que eres un buen chico. Hm. No sé yo. A mí me pareces un pillo.

— ¡En el buen sentido!—sonrió Veneziano, y Alex se sintió muy contento al verlo vivo y bien, y tan sonriente.

— Oh, sí—coincidió Romano.

Alex por fin reunió el valor para hablarles.

— Cuando cumpla los dieciocho...Pienso mudarme al lugar donde nacieron mis padres: Calabria...El lugar donde vivieron mis abuelos, y sus padres, y los padres de ellos...Yo soy italiano.

Los dos hermanos intercambiaron una mirada cargada de satisfacción.

— ¡Cómo nos alegramos de oír eso!—declaró Veneziano.

— Necesitamos a gente como tú, chaval—Romano le alborotó el pelo.

Algo extraño ocurrió cuando lo hizo. Una sensación electrizante sacudió a Alex. Una brisa suave que agitaba las hojas de un limonero. Olor a café. Pies sin cuerpo que bailaban una pizzica. Todo ocurrió a la vez, dejando a Alex en shock durante unos pocos segundos. Luego miró a Romano con sorpresa. Él sonrió como si ya supiera que eso podía pasar.

— Eso significa que vamos a ser buenos amigos.

Alex recuperó el aliento y sonrió. Si eso era cierto..., no le importaba volver a pasar por ello.

Volvió la cabeza para encontrarse a Rusia rodeado de niños. Tomó al más pequeño en brazos. Él se dio cuenta de que lo estaba mirando y lo saludó con la mano. Alex nunca le había visto tan feliz antes. Tenía la sensación de que esto hacía muchísimo bien a las naciones, después de haber tenido que esconderse durante tanto tiempo, cuando tenían tanto por decir...Se morían de ganas por compartir sus tesoros, hablar.

Aquella fue una de sus primeras apariciones en público. Uno por uno, todos los que se exiliaron regresaron a casa. Todos con honores. Hubo un gran desfile en el que América cruzó Nueva York en un descapotable, bañado en confetti blanco, rojo y azul, ovacionado por millones de personas que atestaban las calles y coreaban su nombre. Un enorme castillo de fuegos artificiales celebró el regreso a casa de China; era el reconocimiento de su gente a todos los sacrificios que había hecho en pos de la verdad. La Union Jack ondeó en cada rincón del país cuando Inglaterra y la desaparecida duquesa Mary Elizabeth volvieron a su hogar. La Marsellesa recibió a Francia cuando se acercó a saludar a la multitud concentrada en los Campos Elíseos para verlo. Canadá no se esperaba ninguna recepción, así que fue toda una sorpresa para él encontrarse el aeropuerto hecho un caos después de que miles de personas se acercaran a recibirlo, ondeando su bandera, diciendo su nombre, queriendo estrecharle la mano. Todas las campanas de todos los templos tocaron durante la reaparición de Japón.


Lo primero que hizo Japón nada más volver a casa fue hacer una video-llamada a Terry.

— ¡Me alegro de que hayas llegado bien a tu casa, colega!—le dijo Terry—. Bueno, perdón, Excelencia.

Japón sonrió.

— No he usado esas fórmulas de cortesía en mucho tiempo. No te preocupes. Sigo siendo yo.

— Ya, claro, solo que más rico, más importante, legendario y todo eso, pero sí, sigues siendo Kiku Honda, tu buen amigo policía.

— Me alegro de volver a casa, pero se siente extraño al no tenerte aquí. Volveré a menudo, claro. América es un buen amigo mío y el cuartel general de la ONU está en Nueva York. Pero hasta entonces...

— Sí, hecho de menos nuestras conversaciones nocturnas. Me han puesto a Dunn de pareja. Es un desastre. Le he tenido que salvar el culo tres veces en lo que llevamos de semana. El otro día, un puñado de grafiteros le pintó el trasero cuando íbamos a detenerlos. ¡Ah! ¡Me está robando años de vida!

— Estoy convencido de que podrás convertirlo en un buen policía. Tú también tuviste que enseñarme unas cuantas cosas, ¿no es así?

— Sí, pero tú no eras más tonto que una piedra, como él. En fin, con suerte ganará experiencia y aprenderá a volar solo y los jefes me pedirán que me ocupe de Sarah.

— ¿Se ha estado metiendo en problemas otra vez? ¿Ha vuelto a las andadas?

— ¡Je! ¡Es verdad, que tú no lo sabes! Pues verás, ha ocurrido un milagro mientras tú no estabas...¡Ha vuelto a clase!

— Ah, ¿sí?

— Eso me dijo ella. Dice que quiere cambiar de vida. Me ha prometido que dejará de juntarse con todas esas malas influencias y que empezará a ir a clase todos los días. Quiere sacarse el graduado porque...agárrate a ese cojín en el que estás sentado...¡Quiere unirse a la policía!

Japón creyó haber oído mal. Comprobó la entrada de audio.

— Que quiere, ¿qué?

— ¡Te lo juro! ¡Me ha preguntado por los requisitos, qué ejercicios vienen bien para las pruebas físicas y todo! Dice que la única manera de que la policía realmente proteja a la gente es infiltrando a buenos tipos, como tú y yo. Eso me dijo, con estas mismas palabras. Creo que le dejaste una buena impresión.

— Hm...Sí, y el sentimiento es mutuo...

— ¿Quieres que le diga hola de tu parte?

— Sí, por favor. Me gustaría haber tenido la oportunidad de despedirme de ella. Supongo...que le dará vergüenza hablarle a una nación, ahora que ya comprende lo que soy...

Japón se quedó pensando un momento.

— Y dile, por favor...

— ¿Sí?

— ...Dile...Que pasan cosas muy buenas cuando dejas de ver el mundo como un lugar sombrío y comienzas a confiar en los demás...

Terry asintió, comprendiendo. Japón asintió también.

— ...Sí...—musitó.

Era probablemente lo único que podía enseñarle a alguien de su edad. Y si acogía su consejo en su corazón...Todo por lo que había pasado nunca sería en vano.

Lo siguiente que hizo después de su regreso fue visitar a su emperador a la cárcel. Muchas cosas tenían aún que cambiar para que lo liberaran. Tendría que esperar un poco más. Él resistía estoicamente. Era muy fuerte. Ahora que sabía que Japón había vuelto, estaba decidido a guardar la salud, reunir toda su fuerza de voluntad y coraje, y resistir para así poder reunirse pronto con su nación y cuidarla, y no lo contrario.

Por todo el mundo, las familias se reunían con las naciones a las que habían cuidado desde hacía siglos...


Que no tuviera cientos de años de edad no significaba que su vínculo con su familia real fuera más débil. Sealand había esperado reunirse con su príncipe durante tanto tiempo...que cuando la hora no podía creer que no fuera un sueño.

Verse de vuelta a sus aguas le hizo tan feliz que saltó del bote que los iba a llevar a su plataforma y nadó durante varios minutos. Después de haber estado lejos del mar que lo vio nacer durante dos décadas, chapoteó, buceó y jugó con tanto alborozo que casi parecía que iba a reventar del gusto. Tuvieron que recordarle que alguien le estaba esperando.

Qué cosas. Cuando se encontró cara a cara con Roy II, se quedó mudo, quieto como un pasmarote, y de repente ya no le encontraba la gracia a estar calado hasta los huesos.

El Príncipe estaba mucho más viejo de lo que Sealand lo recordaba...No tenía ni idea de que una persona pudiera cambiar tanto en veinte años. Pero seguía siendo él. Roy se acercó a su nación despacio, como en un sueño a cámara lenta. No se quitaron los ojos de encima en ningún momento. Cuando se encontraban ya a un palmo de distancia, el Príncipe extendió una mano para tocarle su mejilla empapada. Lo miró de pies a cabeza. Quizás lo encontrara un poco más alto.

Una sonrisa se formó en su cara cuando Sealand comenzó a gimotear.

— ¡Oh, mi niño!—exclamó el Príncipe, abrazándolo, y en sus brazos Sealand se echó a llorar a gritos, llamándolo por su nombre.

De verlo llorar, a Roy se le saltaron las lágrimas, al igual que a todos los testigos de aquel momento. La consorte se acercó para llenar a Sealand de besos.

Por un segundo no supo quién era el joven que se le acercó. ¡Pero si era Willie, el heredero! ¡Tenía diez años la última vez que lo vio! Y llevaba un bebé en los brazos.

— Esta es Charlotte—se la presentó—. ¡Es mi hija!

— ¡¿Tu hija?!—Sealand estaba tan entusiasmado que lloró más si cabía, sostuvo al bebé en sus brazos, la miró admirado, le habló—. ¡Hola, Charlie! ¡Hola! ¡Yo soy Sealand! ¡Acabo de conocerte y ya te adoro!

Era el momento de reencontrarse, de volver a casa...


Italia lo tuvo relativamente fácil. Algunos tuvieron que enzarzarse en batallas legales para recuperar sus casas. Las de algunos habían sido demolidas y habían construido sobre ellas. En su caso, bueno, tan sólo necesitaba un buen lavado de cara.

Había tanto que hacer que reclutaron a sus amigos. Les prometieron pagarles con vino y comida..., un trato justo, en su opinión.

Cortar ese césped gigantesco, sacar toda la basura, reparar lo que estaba roto...Como estaba más que asumido que había parte del mobiliario que no podrían recuperar en mucho, mucho tiempo o puede que nunca, compraron nuevo. Sus amigos les ayudaron a instalarse.

Todos sabían lo que estaba teniendo lugar fuera de la villa, pero mantener la mente ocupada los ayudó a esperar los resultados de las elecciones con calma.

Isabella Pugliesi corrió hacia la casa cerca de medianoche, cuando aún estaban cenando, bebiendo y echándose unas risas. Vino sin aliento, nadie comprendió qué balbuceaba. Tuvo que parar a tomar aire y ya, si acaso, volver a intentarlo.

— ¡Los resultados...! ¡Los resultados son...! ¡Habéis ganado! ¡Vuelven las fronteras!

Todos los presentes se levantaron de sus asientos para aplaudir y vitorear. Hicieron un brindis para celebrar que habían sido restaurados. Su existencia volvía a ser legal.


Y como volvían a ser soberanos, Inglaterra decidió que quería volver a tener una monarquía parlamentaria. Visto lo visto, juzgó que era la mejor opción para él. Le hacía sentir más seguro saber que habría alguien cuidándolo, que no fuera a venderlo al mejor postor.

— ¿Cómo va tu corazón?—le preguntó Mary Elizabeth desde el otro lado de la puerta.

— Nunca había estado mejor—respondió Inglaterra.

Y era verdad. Ahora que se miraba en el espejo, vestido con el viejo uniforme rojo de gala (del cual sacudió una diminuta mota de polvo), creyó verse más joven, considerablemente menos mayor que antes. Ahora de ningún modo habría colado que era el padre de Mary Elizabeth, sino más bien su hermano.

— Bueno, ¿has hablado con Chin?—preguntó a Mary Elizabeth.

— Sí.

— ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Está dispuesto a convertirse en el Rey Consorte?

— Se cagó encima cuando se enteró de lo que era y de lo que eso implicaba. Pero me dijo que sigue queríendome y que hará lo que sea por mí.

— Conmovedor. Seguro que le dan igual el dinero, la fama, el poder...

— Voy a casarme con él, así que más te vale que le aceptes.

— Sólo te casarás si yo permito la boca...Pero lo haré. Sí, ¿por qué no? Le daré una oportunidad. Y si no está a la altura de las circunstancias, mandaré a los guardias que lo saquen de aquí a patadas.

— No hará falta: si no es bueno para mí, lo haré yo misma.

Mary Elizabeth salió del cuarto y por fin se mostró a Inglaterra con el vestido bordado con hilo de oro, un collar de diamantes y el pelo con un moño francés.

Inglaterra sonrió, admirando su belleza. La hizo dar una vuelta para poder verla de todos los ángulos.

— Ahora parece que eres tú quien va a tener un infarto—dijo.

— Voy a convertirme en la Reina de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de otros reinos, Cabeza de la Commonwealth, Defensora de la Fe...Soberana de las órdenes de bla, bla, bla; Jefa de...—Mary Elizabeth suspiró.

— Procura mantener la calma—le dijo Inglaterra con toda tranquilidad—. No estarás sola.

— Aun así estoy aterrada. Porque todo lo que haga mal te va a hacer mal a ti y a muchos otros. Es una responsabilidad enorme.

— Bueno...No eres la primera que me viene con esas inseguridades. Tengo un puñado de miles de años de vida para darte unos cuantos consejos.

Un chambelán llamó a la puerta.

— Es la hora, Majestad—dijo.

Mary Elizabeth tomó aire, temblando.

— Dame la mano—dijo Inglaterra, ofreciéndole la suya—. Papá está aquí para echarte una mano.

Ella la tomó, y la invadió una sensación reconfortante.

Gotas de lluvia que repiqueteaban contra la ventana de una casa. Un té humeante, que calienta los huesos (¿puedes saborearlo, Mary? solías beberlo a menudo con la Abuela cuando venías a visitarla a Sandringham). Pero también habría rayos de luz entre las nubes. De eso está hecho mi pelo. Nombres. Dickens, Shakespeare, Austen, Byron, Shelley, Tolkien, Christie. Hay muchos más. Tantos que sería imposible contarlos a todos, pero tú sabes quiénes son. Chaplin, Lennon, Nelson, Carter, Atkinson, Darwin, Newton, McKellen, Ramsey, Blake, Banksy, Cook, Drake, Hitchcock, Bowie. Mírame a los ojos. Dicen que nací del mar (puedes sentir el frescor del agua en tu piel; debes de oír también cómo rompen las olas), pero en mis ojos puedes ver la campiña. Esas casas de piedra en un océano de hierba. Los bosques, Mary. Hay cosas que se esconden en ellos. Hay algo en todas partes, para aquellos que saben mirar...

Mary Elizabeth respiró profundamente. Aquellas proyecciones en su mente la reconfortaron, le dieron lo que necesitaba para tomar el brazo de Inglaterra y salir del cuarto, hacia su destino.

Todos estaban presentes. Sealand, en primera fila, tan, tan feliz por su 'hermanita'. Los hermanos de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Todos los países que formaban la Commonwealth, desde Malawi hasta Singapur. Por supuesto, Francia estaba allí para lanzarle un beso a la nueva (y preciosa) reina. Y América, quien había combinado traje con zapatillas de deporte; Japón, con su emperador junto a él; España, con una sonrisa en la cara en todo momento; Italia del Norte y del Sur, quienes por algún motivo tenían los rizos enredados y ahora Noruega y Barbados trataban de desenredar con gran dolor para ellos; Canadá, a quien parecía gustar la nueva monarca, puesto que sonreía con ganas. Los amigos mágicos de Inglaterra estaban de vuelta también, y bendijeron a la nueva monarca con polvos de hadas y risitas risueñas. Y, por supuesto, Rusia, quien se había deshecho en disculpas con la nueva reina por lo que su jefe le hizo a su familia. Fue quien elaboró la corona que iba a llevar, como pago por sus culpas, ya que LA original que habían llevado los anteriores reyes de Inglaterra había sido robada, desmontada y vendida durante los disturbios.

Fue coronada en el mismo lugar que su abuela, la Reina Fiona, y sus ancestros: en la Abadía de Westminster. Miles de millones de personas pudieron verlo a través de la televisión y de los servicios de streaming.

— ¿Jura solemnemente gobernar a las gentes del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y de sus posesiones y otros territorios que a ellos pertenecieren, de acuerdo con sus respectivas leyes y costumbres?

Mary Elizabeth posó su mano sobre la Biblia y miró a la nada con firmeza.

— Lo juro solemnemente.

— ¿Por su poder, aplicará la ley y la justicia en todos sus mandatos?

— Lo haré.

— ¿Mantendrá en todo lo posible las leyes de Dios y la profesión verdadera del Evangelio? ¿Mantendrá hasta las últimas consecuencias la religión protestante establecida por ley en el Reino Unido? ¿Mantendrá y preservará la inviolabilidad de la Iglesia de Inglaterra, y la doctrina, culto, disciplina y gobierno establecidos por ley en Inglaterra? ¿Y preservará a los obispos y al clero de Inglaterra, las iglesias a su cargo, todos sus derechos y privilegios que por ley sean o pudieran serles concedidos?

— Todo ello lo prometo. Todo lo que he jurado, lo juraré y mantendré. Que Dios me ayude.

El decano presentó a Mary Elizabeth las espuelas, la Espada de Estado. Después de ello, fue investida con los armillae, el manto y la estola real, el orbe del soberano, los cetros con la cruz y la paloma, uno en cada mano. Y luego llegó el momento de que Inglaterra tomara la corona y la depositara sobre su cabeza.

— ¡DIOS SALVE A LA REINA!


Alemania también volvió a casa. Su verdadera casa. Los amotinados la habían okupado durante todo este tiempo, pero se habían esfumado cuando él acudió a reclamarla. Como Italia, él también tendría que invertir mucho en adecentarla, así que su amigo se unió a él, para compensar lo que había trabajado en su casa.

Hablaron un poco de todo. Alemania quería que Morgenstern volviera a ser su presidenta. Su gente estaba muy agradecida por lo que había hecho para proteger a la nación todos estos años y la colmó de reconocimientos y galardones. Ella los rechazó todos. Abandonó del todo la política. Decía que había cumplido con su deber y ahora que él estaba a salvo y de vuelta a su sitio, podía por fin descansar y dedicarse por completo a su familia. Su nuevo jefe, Heiko Klotz, no parecía mal tipo. No era tan firme como lo había sido Morgenstern, pero tenía una buena cabeza. Tenía montones de ideas para ayudarlo a recuperarse que Alemania no podía esperar a poner en práctica.

— La mía se llama Florina. Escribió un artículo muy bonito sobre Romano y yo durante las protestas. Creo que está hecha toda una poetisa—dijo Veneziano.

— ¿Confías en ella?—le preguntó Alemania, mientras mojaba la brocha en la pintura.

— Sí.

Sería duro volver a confiar en sus jefes, después de lo ocurrido. Pero Alemania estaba convencido de que el sentimiento no le duraría mucho a Veneziano. Tenía una memoria corta en lo que concernía a la maldad de la gente.

— No es como Rita—añadió Veneziano mientras bordeaba un enchufe.

— Está bien que las cosas no sean como antes—dijo Alemania—. Todo cambia tan deprisa...

Volvió los ojos hacia Italia, y lo vio como aquel día en que Overbeck los pintó..., luego cuando lo tuvo muerto en sus brazos, cuando la mortalidad casi se lo arrebató..., y ahora sonreía con todas sus ganas, distraído con su labor.

¿Cómo se sentía al morir?, a veces quería preguntarle. Probablemente alguien lo hiciera. Pero él nunca llegó a preguntárselo. La muerte no podía estar tan mal, fuera como fuera. De todas maneras, ¿no habían probado todos lo que era la muerte todos aquellos años en que tuvieron que esconderse?

— La gente también—suspiró Veneziano, pensando en Corso, sin duda.

— No creo que la gente cambie. Simplemente terminan mostrándose tal y como son de verdad.

— Sí...Quizás sea así...Alemania...

— ¿Hm?

— No importa cuánto cambie el mundo...Tú y yo seguiremos siendo amigos, ¿verdad? ¿Hasta el día en que nos muramos y ya no nos quieran traer de vuelta?

Alemania evitó mirarlo, enfocándose en la pintura amarilla de la pared.

— ...Por supuesto...


FIN