Capítulo 6

Erin podía decir que hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. Sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que pensaba en Aaron. No quería ilusionarse, pero hacía mucho tiempo que no se sentía así.

El trabajo les había impedido verse, pero habían estado en contacto, tanto por llamadas como por mensajes. Sin embargo, habían podido quedar para cenar esa noche.

Llevaba varias semanas trabajando sin parar, preparando una nueva exposición de arte. Había echo un pequeño viaje de trabajo también, de un par de días, en el que apenas había tenido tiempo de descansar. Y eso había terminado pasándole factura.

Llevaba un par de días sintiendo cómo el cansancio le ganaba espacio a la energía que normalmente tenía, y además esa mañana, se había levantado con un pequeño dolor de cabeza.

A lo largo del día, intentó ignorar la presión que poco a poco martilleaba su cabeza. Había salido a correr para despejarse, pero eso había incrementado el dolor; había limpiado la casa y cocinado un plato sencillo para almorzar. Sin embargo, alrededor de las tres de la tarde, el dolor de cabeza se había transformado en una migraña horrible.

Cerró todas las cortinas, dejando la casa prácticamente a oscuras, y se acostó en el sofá. Tenía el estómago revuelto, y sabía que probablemente iba a vomitar el almuerzo. Le pasaba cada vez que tenía una migraña.

Llevaba mucho tiempo sin que le pasara, y se maldijo porque le pasara precisamente ese día. Decidió esperar un par de horas más, deseando encontrarse mejor para poder salir con Aaron, pero en el fondo, sabiendo que no iba a ser así.


Hacía una hora que le había enviado un mensaje a Aaron disculpándose por no poder quedar esa noche; y quince minutos desde que había vomitado por última vez, cuando llamaron a la puerta.

No esperaba a nadie, y estuvo a punto de fingir que no estaba en casa cuando llamaron suavemente de nuevo. Se levantó a regañadientes y fue a abrir.

Se sorprendió al mirar por la mirilla. Abrió rápidamente para encontrarse a un Aaron nervioso.

-Hola, ¿puedo pasar? -preguntó con una media sonrisa.

-¿Qué haces aquí? -respondió con una voz débil, haciéndose a un lado.

-Habíamos quedado ¿verdad? Y aunque anulaste nuestra cita, pensé que podría venir y estar juntos aquí.

Ella lo miró con cansancio, pero él tenía una sonrisa adorable en la cara y en ese momento quiso que la abrazara y no la soltara nunca.

-Aaron, estoy enferma y…

-Déjame cuidarte, Erin -se acercó, cogió su cara entre sus manos y besó brevemente sus labios-. He traído caldo de pollo, te sentirás mejor.

-He vomitado hace un rato, no creo que pueda comer nada más.

-Pues para dentro de un rato. Ven.

Se acercaron al sofá y Erin se acostó. Aaron se sentó al final, colocando sus pies sobre su regazo. Masajeó despacio sus pies, y Erin gimió en voz baja mientras cerraba los ojos.

-Te gusta ¿eh? -comentó divertido.

Ella hizo un pequeño ruido que lo hizo sonreír. Se fijó en lo pálida que estaba, en las ojeras oscuras bajo sus ojos. Él sólo había tenido una migraña en toda su vida, y lo había pasado muy mal. Aunque los dolores de cabeza que tenía a veces eran fuertes, no lo eran tanto como una migraña, y no quería imaginarse lo mal que lo podía estar pasando Erin.

Su respiración se estabilizó, y se dio cuenta que se había quedado dormida. Cogió la manta del respaldo y la tapó para evitar que cogiera frío. Luego encendió la televisión, quitó el volumen y puso una película para distraerse.

Cuando dos horas después se despertó (no fue consciente de haberse quedado dormido), vio que estaba solo. Se levantó con intención de buscar a Erin, hasta que la escuchó en el cuarto de baño.

Estaba de rodillas sobre la taza del W.C, vaciando el contenido del estómago. Se arrodilló a su lado y le sujetó el pelo, mientras una arcada volvía a atacarla. Apenas tenía nada en el estómago, pero la enfermedad hacía que tuviera el estómago revuelto y expulsara hasta un vaso de agua.

-¿Mejor? -preguntó él unos minutos después, ambos apoyados sobre la pared.

Erin afirmó despacio con la cabeza, y Aaron la atrajo hacia él. Ella se acurrucó en su pecho.

-¿Por qué no volvemos al salón? Estaremos más cómodos.

Erin volvió a acostarse con los ojos cerrados. Minutos después, sintió algo frío sobre su frente. Aaron le había colocado un paño frío, con la intención de que se sintiera mejor. Sintió ganas de llorar. Hacía muchos años que nadie cuidaba de ella.

Cuando el paño se calentó, y antes de que Aaron se lo cambiara, Erin se incorporó. Él se fijó de nuevo en su extrema palidez.

-¿Aaron? ¿Me das un abrazo? -murmuró.

Él sonrió ligeramente y se sentó en el sofá.

-Ven aquí -contestó con dulzura.

Ella acomodó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos. Aaron acarició despacio su brazo, arriba y abajo en un movimiento lento y errático.

-¿Cómo te encuentras?

-Tengo un ejército en la cabeza tocando unos tambores, y otro de bailarines saltando sin parar en el estómago, pero creo que un poco mejor que antes sí que estoy.

-Me alegro -besó su sien y la abrazó un poco más fuerte.

-Eso es porque tengo al mejor enfermero del mundo -respondió Erin con un deje de alegría en la voz.

Él esbozó una sonrisa mientras volvía a repetir sus movimientos: primero la besó en la sien mientras seguía acariciando su brazo.

Aunque había ido con intención de revelarle sus sentimientos, sabía que no era el momento adecuado. Quería que Erin estuviera 100% centrada en lo que iba a decirle, así que dejaría su confesión para otro momento.

No obstante, estaba seguro que ella se sentía igual que él, y después de esa noche, cuando la había visto en su peor momento, podía decir que habían comenzado a estrechar lazos en pro de una nueva relación.

Continuará…