Star Wars no me pertenece. Ranma ½ tampoco me pertenece.
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Hace mucho tiempo, en una galaxia muy,
muy lejana…
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Fantasy Fiction Estudios presenta:
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El corazón del jedi 7
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Las torres de la refinería abandonada de coaxium se perfilaban contra el sol anaranjado, débil y frío como la superficie amarillenta del planeta. El paisaje no era más que un desierto rocoso y yermo, herido por profundas grietas de varios kilómetros de largo por decenas de metros de ancho, formando peligrosos acantilados. En sus paredes crecía una vegetación escasa y reseca, y vivían peligrosas alimañas, todo lo que quedaba de la flora y fauna nativa.
El horizonte estaba cubierto por una línea de nubes marrones, rojizas y violáceas, salpicadas por los resplandores de poderosas descargas eléctricas, que anunciaban la proximidad de la tormenta. Aunque las nubes parecían estáticas, dada la enorme distancia a la que todavía se encontraban, en realidad se movían muy rápido, con vientos tan peligrosos que arrasarían con todo lo que no estuviera a cubierto.
La brisa se convirtió en un viento constante, que zumbaba al pasar entre las ruinosas paredes y los metales oxidados, y emitía un ominoso cántico cuando circulaba por las enormes cañerías huecas. Muy pronto la tormenta alcanzaría las ruinas, quizás, con un poco de suerte, todavía le quedaba poco menos de una hora.
Akane caminó con cuidado para no resbalar en el suelo de mallas de acero deteriorado y paneles chamuscados. Las columnas eran lo único que todavía sostenía la estructura en pie, porque las paredes hacía mucho tiempo que se habían convertido en una pobre excusa, a medio desplomarse y llenas de agujeros, que no oponían ninguna resistencia al viento. El poncho de la jedi se agitaba con violencia y tiraba de sus hombros. Giró rápidamente cuando un aullido la alertó y la bella tonalidad violeta de su sable de luz entintó los colores a su alrededor.
—Fue el viento —Se quejó en un tono de regaño hacía sí misma.
Apretó los dientes. Debía ser fuerte, era una jedi. El lado oscuro de la fuerza hedía en ese lugar y apenas perdía la concentración comenzaba a ver sombras. No eran espectros, sino algo más. Un porfiado escalofrío sacudía su cuerpo y la muerte impregnaba cada metro bajo sus pies. Antaño, esa refinería estaba alimentada con la mano de obra de una raza entera, todos los habitantes del planeta habían sido esclavizados y obligados a trabajar hasta morir. El planeta había sido secado de todos sus recursos, para alimentar las enormes refinerías que ahora poblaban su superficie como gigantescas lápidas. El miedo no era únicamente de ella, era un sentimiento palpable, ecos de la fuerza, odio, dolor y muerte.
—¿Akane?
Ella gritó y giró agitando el sable. La luz violeta se detuvo contra una azul, del sable de luz empuñado por una mano férrea y segura que ni siquiera tembló ante el choque. Tras parpadear, pudo reconocer rápidamente al dueño del arma.
—¿Maestro Tofú? —Akane retrocedió un poco su sable—... ¡Oh! No, lo siento, no sabía quién…
—Está bien, Akane, no debes temer. —Tofú guardó la empuñadura de su sable bajo la túnica y miró alrededor—. ¿Puedo saber qué haces aquí? —preguntó con amabilidad, pero un ligero tono de preocupación asomó entre sus palabras.
Tan ínfimo sentimiento que casi pasó desapercibido para Akane, como una suave ondulación en la fuerza escondida entre los gritos de oscuridad de ese maldito lugar. Pero Akane podía confiar en él, no por nada el maestro jedi Ono había sido siempre un aliado y protector de su familia, incluso desde que era muy pequeña. Lo recordaba como a un amable y sabio joven junto a su hermana mayor y su padre, en los días en que ella todavía no entraba en la orden. También bajó su sable, lo apagó y colgó del cinturón.
—Vengo por Ranma —respondió con prisa.
—¿Ranma? —Ono se mostró preocupado—. Akane, sabes que Ranma ya no es un jedi, involucrarte con él no puede resultar en nada bueno. La orden…
—¡La orden está en un error! —bramó con determinación.
—Cuánta pasión —comentó Ono admirado, pero su semblante cambió al instante en uno de preocupación—... y miedo. Perdóname, es una pésima costumbre de mi parte tratar de analizar los sentimientos de los demás. —Sonrió inclinando un poco la cabeza—. ¿Así que estás preocupada por él?
—Debo encontrarlo lo más pronto posible, sé que vino a este planeta.
Akane le dio la espalda al maestro Ono, no tenía tiempo para explicarse y deseaba continuar.
—Entiendo, si quieres podemos buscarlo juntos —se ofreció el sabio y dócil maestro.
Ella asintió agradecida y comenzó a caminar.
Se internaron en las profundidades de las ruinas de metal y concreto. Ono la seguía de cerca con las manos escondidas bajo la túnica. Sus movimientos eran precisos, casi como si no le tomara ningún esfuerzo esquivar los escombros del camino y saltar en los tramos en los que suelo se había desplomado. El viento que entraba en la estructura agitaba con fuerza los bordes de la tela y sus ojos, impregnados de infinita amabilidad, la miraban con piedad y un poco de temor.
—Pobre Akane —murmuró.
—¿Qué?
—Tus sentimientos, puedo leerlos: Ranma te importa de verdad. No, no temas, no es tan evidente. Sabes que mi talento con la fuerza me ha permitido siempre conocer lo que sienten los demás.
Akane agradeció estar dándole la espalda, así no vería el intenso carmín de sus mejillas. Intentó cambiar de tema.
—Ranma está en peligro.
—¿Peligro? —preguntó Ono intrigado—, ¿cómo lo sabes?
—Fui a su refugio y no lo encontré. Me extrañó, porque estaba su equipo de viaje y sus armas. La cena preparada sobre el fuego estaba quemándose. También había indicios de que alguien había estado en su refugio. Los aldeanos me dijeron que una nave más grande había venido y partido en muy poco tiempo… Tengo miedo de que alguien lo haya capturado, no lo sé, tiene enemigos en media galaxia.
—¿Y si se encontró con un amigo? —preguntó Ono—, ¿y si quedó en ayudarlo en algún otro sistema y no te lo dijo?
El rostro de Akane ensombreció.
—En ese caso, no hubiera dejado nunca sus armas, además…
Dudó y guardó silencio.
—¿Además qué?
—No, no lo sé, es un presentimiento. —Akane se llevó una mano al pecho—. Por suerte tenemos como encontrarnos mutuamente en caso de emergencia, fue una idea suya.
Akane jugó con la cadena del colgante oculto bajo su camisa. Idéntico al de Ranma.
—¿Un transmisor?
Ella asintió.
—Tengo que hallarlo, saber que se encuentra bien.
—Akane, tienes miedo.
—No… Quizás… ¡Por supuesto que tengo miedo por ese bobo!
—Nunca fuiste tan honesta con tus sentimientos, sabes bien que la orden no tolerará que…
—¿Qué lo ame? —Akane lanzó un resoplido—. ¿Es eso lo que te preocupa?
Ono se encogió de hombros, su actitud conciliadora la comenzaba a exasperar.
—Te equivocas, Akane. Yo estoy de tu lado, pero me preocupa que no sepas ocultarlo mejor. —Miró hacia el horizonte cada vez más oscuro a través de los agujeros de la pared—. Los jedi no dejamos de ser humanos, muchos debemos luchar para anteponer el deber por sobre nuestros sentimientos. Cargar con ese dolor, la negación, la entrega, entender que no nos pertenecemos, sino que servimos a un bien mayor.
—Así que debo olvidarme de Ranma, por el bien mayor.
—Él no renunció a sus sentimientos por ti, se enfrentó al Consejo y ya conoces el resultado. ¿Quieres también acabar exiliada?
—Quizás cometí un error… por no haber renunciado también —murmuró Akane—. Tal vez, sí, es eso. Debería dejar la orden de una buena vez, porque si para ser una jedi debo renunciar a lo que siento, entonces… No, no puedo negarme a lo que soy por un bien mayor, como tratas de aconsejarme, porque entonces no le estaría sirviendo a nadie más que a una mentira.
Tofú se detuvo y la miró con una mezcla de espanto, pero también de admiración. Pudo, en ese momento de debilidad, entrar en lo más profundo de los sentimientos de Akane. Lo que allí descubrió no solo lo sorprendió, sino que también lo inundó de un profundo sentimiento de envidia.
—Son amantes —dijo casi en una exaltación.
Akane se detuvo.
—Sí, puedo verlo —agregó Ono recobrando la calma—. Finalmente dieron ese paso, por eso lo visitas continuamente a espaldas del Consejo. No son ya discípula y maestro, tampoco amigos: Ranma y tú son amantes.
Tofú sonrió. Lo que sentía eran celos, intensos, poderosos, porque esa chica tenía lo que él se negó a sí mismo durante tantos años. Kasumi, pensó cerrando los ojos por largo momento, si tan solo él hubiera sido tan valiente como esos dos más jóvenes, no hubiera tenido que llegar tan lejos.
—Sí —respondió Akane con la voz raposa, decidida a ser honesta, a confesar a otro jedi su situación—, lo somos.
Apretó las manos y continuó. Tofú asintió y la siguió. Si tan solo hubiera sido un poco más valiente, pensaba Ono, pero no. La fidelidad al credo, a la orden, al bien mayor, todo en lo que había creído una vez le arrebataron el verdadero sentido de su vida. En realidad no había sido más que una mentira. Pero ahora sería finalmente libre.
La espalda de Akane se iluminó por el resplandor del sable azul, pero al cortar el aire solo consiguió chamuscar el borde de su poncho.
Akane corrió hacia un lado y giró para encararlo, manteniendo la distancia. Llevó su mano al cinto pero las dudas la retuvieron de tomar su sable. Lo había percibido a tiempo, los sentimientos de Tofú, su confusión, su ira, sus celos, todo antes oculto en capas y capas de bondad y paciencia. Y la súbita agresividad que la alertó del ataque. Pero estaba confundida, tratando de controlar su miedo, no podía creer que el hombre que tanto había cuidado de su familia, un maestro jedi respetable y poderoso en la fuerza, la hubiera querido lastimar.
—¡Maestro Tofú! ¿Qué haces?
—Déjame preguntarte, Akane, ¿qué tan lejos llegarías para proteger tus sentimientos por Ranma?
—¿De qué hablas?
—¿Crees que fue sencillo? —El rostro de Tofú, antes manso y solemne, ahora se había endurecido. Como si su tranquilidad habitual y esa sonrisa amable tomaran un carmín temible—. Ranma es mucho más desconfiado que tú, nunca nos relacionamos antes en el templo hasta que tú nos presentaste. Pero me diste la clave, tan solo tuve que decirle que estabas en peligro para que bajara la guardia. Los sentimientos pueden ser una peligrosa debilidad.
—¡¿Qué?! —Akane perdió el control y su mente se turbó, víctima del pánico—. No, no es verdad, tú nunca lo lastimarías… Por favor, dime dónde está Ranma. ¡Dime que él está bien!
—Supongo que todo lo bien que se puede estar metido en un nido de rathtars, si es que primero sobrevivió a la caída y a una herida provocada por un sable láser en la espalda.
La sonrisa amable de Tofú se tornó tan distante y oscura que a Akane le provocó un escalofrío.
—No… ¡No, no es verdad! —Apretó los dientes, negó con la cabeza y cerró los ojos un instante. Trató de calmarse. Los abrió y lo encaró apenas conteniendo el miedo y la ira que inundaban su corazón y nublaban su mente—. No lo entiendo, ¿por qué?... Maestro Tofú, ¿por qué lo hiciste?
—Te confieso que no tengo nada en tu contra, de hecho, te estimo por ser la hermana de Kasumi —dijo Tofú girando el sable azul por delante de su rostro, iluminando y ensombreciendo sus facciones que repentinamente se endurecieron, hasta hacerlo irreconocible—. ¿Por qué eres tan confiada? ¿Ni siquiera te preguntaste por qué iba a estar yo aquí, en este recóndito planeta abandonado de toda luz, en el mismo lugar donde seguiste el rastro de Ranma?
Akane apretó los labios. Él tenía razón, debió habérselo cuestionado. Pero todavía era incapaz de entender qué motivos tenía el maestro Tofú para hacer todo eso.
—¿Por qué?
—Ya te lo dije, no es personal. Pero por más que te tenga estima, mi amor por Kasumi es más grande que cualquier cosa y requiere ciertos sacrificios.
—¿Amor por mi hermana? Oh, no, maestro Tofú, ¡estás…!
Una caja de metal voló sobre la cabeza de Akane, ella apenas consiguió agacharse y giró por el suelo. Apoyó una rodilla en el piso, irguió la espalda y blandió su sable violeta poniéndose en guardia.
—Ahora sí pareces más una jedi, no me será tan difícil hacerlo si te defiendes.
—Maestro Tofú, ¡respóndeme!
—¡Defiéndete, Akane!
Tres cajas volaron a la orden de la mano de Tofú, Akane detuvo una a mitad de camino extendiendo su mano libre, golpeó con el sable la segunda y la tercera la esquivo con un elegante movimiento de la cabeza, sin perder su postura. Tofú no le dio tiempo de recuperar el aliento y se abalanzó sobre ella, con rápidos ataques de su arma. Akane consiguió detener el primero, pero el estilo de Tofú se basaba en pocos movimientos, pero certeros y con mucha fuerza. El sable azul retrocedía y caía inclemente, en una serie de golpes que el sable violeta de Akane detuvo desviándolos contra el suelo y el techo. Las chispas del metal chamuscado bajo los sables de luz los envolvieron como una lluvia de fuego. Akane tan solo podía retroceder, estaba demasiado preocupada por Ranma, demasiado sorprendida por la repentina transformación del maestro Tofú. Demasiado dolida por su hermana Kasumi, a quién conocía tan bien que sabía amaba a ese hombre. No podía concentrarse.
Tofú desvió ambas espadas hacia un lado, giró y pateó el cuerpo de Akane. Ella cayó por el borde del piso. En el aire giró hacia atrás y cayó de rodillas en un nivel inferior. Miró hacia arriba y tras un gesto de miedo, giró hacia un costado evitando la espada de Tofú que se clavó en el suelo fundiendo la placa de acero. Akane trastabilló para ponerse en pie, sin dejar de retroceder cuando ya había detenido dos ataques más del sable de Tofú.
—Maestro Tofú, ¡éste no eres tú!
—Te equivocas, niña.
—Pero…
—¡Éste siempre fui yo! ¡Finalmente soy yo!
Akane saltó de un nivel a otro, no quería luchar. Tofú saltó siguiéndola y se encontró con una pesada manguera que se balanceaba en su contra, que Akane movió con la fuerza. La cortó en dos con un movimiento del sable.
—Conozco tu estilo, Akane, no puedes vencerme.
—No quiero vencerte.
—Tu miedo te debilita.
—Maestro Tofú, te lo ruego, ¡detente!
El sable azul se movía con una violencia y velocidad que no eran propios de un mesurado maestro Jedi. Akane estaba descolocada, no podía encontrar un patrón en sus ataques, era como si de pronto el amable maestro se hubiera convertido en una encarnación del caos.
—Lucha, Akane, ¡defiéndete!... ¡Intenta matarme de una vez!
—¡No!
—¡Yo asesiné a tu amado Ranma!
Algo se apagó en la mente de Akane. Sus miedos, preocupaciones, enseñanzas, sus recuerdos, todo fue reemplazado por la sonrisa de ese tonto. La verdad de que él podía estar muerto la superó y más saber que el culpable no era otro que…
Akane gritó y su hoja de luz rebotó de un fuerte golpe en el sable de Tofú. El maestro jedi retrocedió su brazo temblando. Akane, del golpe inicial, se impulsó para girar rápidamente en sentido opuesto y lanzar un segundo corte horizontal. Ahora Tofú tuvo que bloquear y comenzó a retroceder, poniéndose a la defensiva. Cada golpe del sable de Akane era más rápido que el anterior. Ella era buena en la esgrima de los sables de luz, eso Tofú lo sabía, pero no qué tan buena era en realidad. El sable violeta se convirtió en una estela alargada, que cortaba columnas y mangueras, que abría heridas en el piso y el techo. Que no daba tregua a Tofú, ni siquiera aire para respirar, nada. Pero el sonrió.
—Eso es, niña, ¡eso es! ¡Deja que tu ira te domine! —El rostro de Tofú se transfiguró en algo oscuro. Su amabilidad se tornó en malicia, su seriedad en apasionado rencor, su sabiduría en una mirada maquiavélica—. Siente la libertad, ¡siente el verdadero poder de la fuerza!
De un golpe Akane alcanzó la empuñadura del arma de Tofú, arrebatándosela, destruyendo su sable en un chasquido metálico y un destello luminoso.
Akane reaccionó y detuvo su espada a centímetros del cuello de Tofú.
—No… —murmuró jadeando.
—No te detengas, Akane.
—No.
Tofú sonreía como un maniático, pero dejó de hacerlo en un gesto de lástima.
—¿Ni siquiera lo harás para vengar a tu amado Ranma?
Akane tragó saliva, su mano temblaba como todo su sable.
—¡No! —gritó, aunque su corazón quemara por hacerlo y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Me decepcionas tanto, pequeña —siseó Tofú.
Tarde Akane notó el cambio. Los ojos que le devolvían la mirada no eran oscuros, sino de un amarillo casi dorado. Entonces, muy tarde, vio el resplandor carmesí y del golpe que sintió en su propio sable tuvo que retroceder. Tofú había sacado una nueva empuñadura que guardaba en secreto, de un sable rojo e intenso como el rubí. El color del sable reflejado en los ojos dorados de Tofú, de un hombre consumido por la ira y la demencia, lo hizo entender la verdad.
El maestro jedi Tofú Ono ya no existía, ese hombre era un sith.
—Te mostraré el auténtico poder, el que te negaste a recibir, niña estúpida.
Tofú no ofendía a otros, no lastimaba a otros, era el maestro jedi más paciente que había conocido en su vida. Un hombre dulce que se había ganado el corazón de su hermana Kasumi
Akane se vio en problemas, el estilo de Tofú cambió completamente. Era más poderoso, su presencia del lado oscuro envolvía todo y nublaba su juicio. Cada golpe sentía que iba por su vida. Era odio, deseo auténtico de muerte, se sentía en peligro. Se sentía asustada.
Akane retrocedió y de pronto una ráfaga de fuerza la empujó contra una columna. La empuñadura de su sable cayó hacia un costado. Trató de extender la mano para atraerla, pero el pie de Tofú la retuvo contra el piso.
—Débil, muy débil —dijo Tofú y pateó la empuñadura del sable de Akane lejos—, demasiado débil. ¿Estas son las mentiras que enseñan los jedi? Sí, yo era igual de débil, pero mi maestro tenía razón, ahora soy fuerte… y libre.
—Maestro Tofú, no, por favor, tienes que detenerte. Te lo ruego.
Pero ese hombre ya no era Tofú, lo sabía.
—¡No hay piedad para los débiles!
Tofú lanzó su sable como una lanza empujada por la fuerza, pero el sable se detuvo en el aire a centímetros del cuello de Akane. Ella contuvo el aliento, temiendo que si respiraba pudiera rozar con su piel la candente hoja de energía.
—¿Quién…? —Tofú siseó, pero al girar el rostro descubrió a un fantasma—. ¡Tú!... Maldito seas, ¡deberías estar muerto!
Ranma apareció de las sombras con el brazo extendido hacia el sable de Tofú. La camisa la tenía rasgada y dejaba ver el resplandor de una cota de berkar, que poco antes le había salvado la vida. Ambos luchaban por el control del sable de luz rojo suspendido en el aire, uno para empujar, el otro para hacerlo retroceder.
—Detente, ¡maldita sea, Tofú, tienes que parar ahora! —ordenó Ranma.
La sorpresa de Tofú se convirtió en una sonrisa de satisfacción.
—¿Debería?... Quizás, me equivoqué en quién debía morir primero.
—No me obligues, Tofú —amenazó Ranma.
—¿Obligarte? —La risa de un demencial Tofú hizo eco junto con el viento de la tormenta—. ¡Ambos serán un sacrificio agradable para mi maes…!
Ahogó sus palabras en un quejido de dolor. Al bajar los ojos descubrió el sable de Akane encendido y atravesando su vientre. Recién notó que Ranma ahora tenía extendidas ambas manos, con un brazo cruzado bajo el otro, controlando así ambos sables. Tofú maldijo y dio un paso atrás perdiendo el control sobre su propia arma.
Ranma no dudó, corrió y saltó. En el aire atrajo el sable rojo de Tofú. Lo atrapó y empuñó cayendo sobre el sith. De un certero golpe amputó una mano a Tofú antes de que éste pudiera extenderla en su contra. Gritó como un animal salvaje, herido y furioso, pero se detuvo al ver a Ranma de pie ante él.
Lo miraba con una ira infinita, con el sable de luz en su mano brillando y reflejándose en sus ojos azules.
Tofú sonrió, como antes, como si fuera otra vez el amable maestro jedi que una vez conocieron.
—Ten piedad… —murmuró—, te lo ruego… Ellos me obligaron, como hicieron contigo. Fue culpa del consejo…
Ranma entrecerró apenas los ojos.
—¿Ibas a asesinar a Akane?
Tofú apretó los dientes.
—¡Ranma, no lo hagas! —suplicó Akane a la distancia, cayendo de rodillas.
El terror de Tofú se convirtió de pronto en satisfacción, al descubrir en Ranma un reflejo de sí mismo.
—Somos iguales —murmuró y sonrió como un demente.
Ranma blandió el sable rojo y de un certero golpe decapitó a Tofú.
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Fin
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Me encuentro dedicado casi exclusivamente a escribir mi segunda novela, la continuación de Cristales de Alta Tierra (en venta en Amazon en formato Ebook), pero no podía dejar de celebrar el cuatro de mayo, día de la fuerza, con esta peculiar historia anual.
Espero la hayan disfrutado y gracias por el apoyo que siempre me dan, con sus comentarios, reviews y mensajes. Siempre leo cada uno de ellos y me motivan a seguir con esta dura pero hermosa tarea que es escribir.
Nos vemos en la siguiente historia.
