Percy estaba sentado en el borde de su mesa de comida, con la mirada perdida en el horizonte del campamento mestizo. De repente, un grito lo saco de su trance.

¡Percy! —grito un muchacho, acercándose con un objeto en la mano—¡Mira esto!

Percy abrió los ojos de la sorpresa.

Era una bandana degastada, de tela negra manchada de sangre vieja y con un metal frágil que parecía a punto de hacerse polvo.

¿Dónde lo encontraste? —pregunto el hijo del mar, mientras un dolor intenso atravesaba su cabeza.

Recordaba vagamente como había llegado aquí, traído por un desconocido con cabello rubio. Pero su rostro estaba borroso en su memoria, como si alguien hubiera borrado esa parte de su recuerdo.

Quirón me dijo que te lo entregara—dijo el muchacho—. Presiente que será importante para la próxima búsqueda.

Percy recogió la bandana con cuidado, y agradeció al muchacho que se alejó enseguida.


Annabeth salía de su cabaña, como era típico de los descendientes del sabio, fue a la biblioteca a indagar sucesos antiguos, similares a la situación que experimento, las batallas de aquel desconocido rubio.

Un humano desafiando a dioses, y poseer un poder igual a ellos.

Los mitos griegos eran reales, ella misma era la prueba. Alrededor de ella, un campamento de semidioses existía, cosas que la ciencia, la lógica no puede explicar.

Dadas las habilidades del desconocido rubio, comenzó a investigar mitos no griegos. En la sección más antigua de la biblioteca encontró una leyenda entrañable.

Un mito dentro de un mito, y una historia recordada por pocos.

La mitología sumeria era un hecho inolvidable, el comienzo de los mitos y el nacimiento de poderosos protectores que dejaron huellas en este mundo.

Sin embargo, por encima de todos los dioses sumerios, hubo un humano que se destacó. Gilgamesh, el primer héroe conocido por la humanidad, aquel que sobrevivió al diluvio, aquel humano era los llamado asesinos de dioses, seres que nacieron con el objetivo proteger a la humanidad de los vanidosos y crueles dioses.

No era una persona de blanco o negro, simplemente era un humano gris, con una moral diferente a los de ahora.

Aunque sus acciones lo convirtieron en el primer héroe que la humanidad obtuvo.

Mas no fue el único, pues dioses bondadosos enviaron personas especiales para guiar a la humanidad.

Fueron llamados "Los Apkallu", creadores de las civilizaciones posteriores y de las leyes como tal.

Por supuesto, los griegos también tenían una historia relacionada con el diluvio universal, pero eso es tema para otro día.

Fue un alivio para Annabeth, saber que otros dioses no existían. Para ella, los dioses griegos eran los únicos que existían y no fue la excepción, todo el campamento lo creía así.


En algún lugar desconocido del mundo, Artemisa permanecía sobre una roca grande de una montaña recién nacida. A través de su mirar plateado observo los horizontes.

Mas alguien le saco de su estado de trance, su teniente que la miraba preocupada.

¿Se encuentra bien, mi señora? —pregunto con una mirada preocupada, algo que la diosa agradeció—. Ha actuado extraño desde que llego, ¿Acaso sucedió algo en la reunión del olimpo?

Artemisa desvió la mirada para postrarla en su teniente, y luego miro arriba, a sus cazadoras.

Una profecía—dijo fríamente, se alejó de la roca, y toco la madera del árbol que lentamente perdía su color, por compasión devolvió su juventud como diosa del bosque.

El silencio estremeció el ambiente, bajo la mirada de las cazadoras, Artemisa por primera vez mostro una sonrisa cansada y llena de amargura, su máscara...

Finalmente quebró.

¡Somos fuerte, mi señora! —aseguro Phoebes con firme determinación, recibiendo asentimientos por parte de las otras cazadoras.

Ellas tienen razón, mi señora—se unió Zoe, toco el hombro de la diosa y la miro fijamente—, sobrevivimos a muchas profecías, esta no será la única excepción.

Artemisa quería sonreír, apreciar esas voluntades de hierros, devolverles su confianza, pero ya no estaba segura. Vio miedo en los rostros de los dioses, y ella temió por su vida… por la vida de sus subordinadas.

Las palabras pronunciadas por aquellas entidades que irrumpieron en el olimpo.


Escena retrospectiva:

Los dioses estaban reunidos en el monte olimpo, cada uno sentado en sus respectivos tronos con sus verdaderas formas. Por supuesto, como era de esperar, cada persona era la belleza misma, el concepto mismo.

Zeus miro impasible al resto, bajo la mirada de los dioses y sus hermanos. Muy bien oculto su paranoia, cuando sintió que algo perturbaba su dominio.

Sin embargo, esa pequeña perturbación pronto se volvió se convirtió en algo desconocido. Se esparció como pólvoras y sensaciones negativas recayeron el sobre el monte olimpo.

La oscuridad envolvió el trono de los dioses griegos. De repente, un sonido penetrante llenó el aire, como si alguien estuviera rasgando la tela del universo. Los dioses se pusieron en alerta.

Cuando un sonido atronador los sacudió. El cielo se oscureció y la tierra tembló bajo sus pies. Una figura se acercó lentamente, avanzando con una gracia silenciosa que dejó a los dioses temblando de miedo. Su presencia era fría y amenazante, como si llevara consigo el peso de la muerte misma. Su piel era blanca como la nieve, sus ojos oscuros y vacíos como un pozo sin fondo. Llevaba una túnica negra que parecía absorber la luz y su cabello oscuro caía en cascada hasta su cintura.

Los dioses se postraron ante ella, temblando ante su presencia. Sabían que la parca no era alguien a quien se pudiera desafiar o ignorar. Ella era la personificación de la muerte, y todos temían su ira.

—Traigo un mensaje importante—dijo la Parca, su voz dulce y estremecedora resonando en toda la sala. —Oíd dioses, el sonido de la guerra ha llegado, la balanza del destino se inclina hacia un lado. El juez de los ojos azules se alza en el horizonte, para juzgar a aquellos que han causado dolor y muerte. Su vista penetra las almas y lee la verdad, la justicia será su guía en este juicio sin igual.

Otra figura enigmática con una túnica gris y con un aire de neutralidad que hacía imposible saber sus intenciones, resurgió de la oscuridad, toco el trono de artemisa y lo volvió polvo, asustando a la diosa en el proceso, que se alejó abruptamente de la muerte.

—Pero solo aquel que desciende del séptimo podrá detener al juez, su poder es la única esperanza en este duelo feroz. — La Parca de la túnica gris habló a continuación, su voz sin emociones. Observando fríamente a la diosa lunar— La sangre de los antiguos fluye en sus venas, y su destino está entrelazado con el del juez.

Todavía no se detuvo ahí. La nueva parca, cuya apariencia era muy diferente a las anteriores, apareció por detrás de Zeus. En lugar de llevar una túnica negra, su ropa estaba hecha de sombras y parecía que emanaba oscuridad. Su piel era pálida oscuro y su rostro estaba cubierto por una máscara de calavera.

Zeus se giró para enfrentarse a la nueva parca, pero sus manos se detuvieron cuando la miró a los ojos. En lugar de los típicos orbes vacíos, esta parca tenía ojos de un intenso color rojo sangre que parecían arder con una furia inhumana.

—¿Quién eres tú? —Preguntó Zeus con una mezcla de sorpresa y temor.

La parca rió con malicia mientras sus ojos brillaban con una luz tenebrosa.

—Que los dioses y semidioses se preparen, porque el juez de los ojos azules ha llegado. Solo la redención puede salvar a aquellos que han errado, y el veredicto del juez de los ojos azules será inquebrantable—dijo con una voz fría y siniestra, para al final sentenciar las últimas líneas de la profecía — Que se preparen los dioses y semidioses, Porque el juicio final ha comenzado, y solo aquel que desciende del séptimo, podrá detener al juez y cambiar el destino del mundo.

Zeus frunció el ceño ante las palabras de la parca, pero antes de que pudiera hacer algo, la parca desapareció en una explosión de oscuridad.

Los dioses se miraron unos a otros, tratando de descifrar el enigma de la Parca. Trataron de hacer preguntas a la parca que se hallaba en el centro de los tronos, pero esta simplemente desapareció en una nube de cuervos. La sala quedó en silencio, llena de incertidumbre y temor.

La última parca vestida de gris, se desvaneció observando a la diosa de la luna y al dios del sol.


Ni siquiera podía llamarse profecía.

Solo era una pequeña advertencia del creador del universo, un agente externo que protege la delicada línea llamada equilibrio. Las palabras del mensajero del creador calaron profundamente su corazón, que solamente plantaron semillas de dudas e inseguridad en ella.

Por supuesto, no era la única que tenía seres queridos que proteger. Después de todo, todo el mundo tenía algo que proteger, y sus enemigos no eran la excepción, sin lugar dudas, debían de unirse contra un enemigo en común.

No obstante, pensó en las palabras de la muerte….

Juez de los ojos azules….

Ojos azules….

La diosa no podía creerlo. Sus cazadoras notaron su asombro, y artemisa le devolvió la mirada, ella se dio cuenta de la verdad, de la identidad del juez.

Uzumaki Boruto, él era un descendiente del séptimo…. Poseía ojos azules, una mirada fría y un semblante racional, demasiado lógico y una moral que era una creencia absoluta de su propósito.

Ella se dio cuenta, quien prendió la pequeña chispa fueron sus cazadoras en el momento que lo atacaron, por ende, Artemisa era indirectamente responsable de tales actos.

Sin embargo, más cosas malas sucedieron en contra de su persona. Ares actuando arrogantemente y tratando mal a los mortales. Cadenas de diamantinas que repentinamente intentaban atraparlo, morales cuestionables de los dioses que dejaron mala impresión en el humano.

Artemisa comprendió los sucesos, la causa no nació sin relación. Ellos eran la causa, Uzumaki Boruto era la consecuencia, en el momento que observo los defectos de los dioses, las emociones negativas y el pensamiento del rey provocaron una rabia insana.

No obstante, quizás la diosa estaba un poco excluida, mas eso quería creer. Nadie de sus ojos, todos los dioses estaban en la lista, incluso Hestia la diosa más bondadosa del olimpo, nadie se ha salvado.

El enemigo lo crearon los dioses con sus estupideces.

Recordaba vagamente aquel humano de cabello rubio, igual a Boruto. Por supuesto, había diferencias en su cabello, el primogénito por alguna razón desconocida poseía ahora un cabello rojo como la sangre, y el menor el cabello dorado.

La diosa miro a sus cazadoras, quienes la miraban preocupada. Fue entonces que una le llego una idea, contactar la contraparte del septimo.

Kai—llamo la diosa.

Una cazadora de rasgo europea y un poco asiática dio un paso e hizo una reverencia.

¿Qué necesitas, mi señora? —pregunto la recién mencionada.

¿Qué conoces sobre Uchiha Sasuke? —Pregunto Artemisa, poso una mano sobre el hombro de su cazadora, bajo la luz de la luna la observo.

En mi país natal, su leyenda lo retrata como un hombre que expiaba sus pecados tras cometer actos malvados, de la cual desconocemos—respondió sin dudas, Kai. —, sin embargo, se dice que tenía una hija, de la cual es probable que haya tenido contacto con ese Boruto.

La diosa asintió, no esperaba demasiada información, sabiendo que los humanos no poseían las escrituras más antiguas, solo un pequeño trozo.

¿Qué opinas de ese rubio que llamo impostor a Boruto? —volvió preguntar la deidad.

Kai, antes de responder, frunció el ceño por un momento.

Coincide con la descripción de otra leyenda, un hijo del séptimo—dijo la cazadora, llamando la atención de la deidad—, se dice que es el hijo menor, y que Boruto es un impostor que asesino al verdadero Uzumaki Boruto, es una leyenda confusa.

La deidad desvió la mirada hacia los horizontes, estaba pensando lo que escucho.

Pero también es probable que haya un poco de verdad allí—añadió la joven.

Oh—dijo la diosa con interés—¿Es eso así?

Si—respondió sin dudar la joven—, de las tres leyendas descubiertas, ningunas mencionan a un Uzumaki Boruto.

Zoe cruzo los brazos y entrecerró su mirada.

Y en ese caso, ¿Cómo se llamaba el primogénito?

Kai miro a su diosa y luego a su teniente.

—Uzumaki Kawaki.