Ella viene cada noche y tú la esperas. Ella no camina hacia ti; ella parece flotar como si fuera una hermosa visión. Camisón de dormir blanco que te permite ver cada una de sus curvas deliciosas. Ella se arrodilla frente a ti en la cama y tú te incorporas, esos sensuales labios rojos como moras silvestres se ensanchan en una sonrisa dulce.

-John. - Ella susurra casi como una caricia.

-Mi amor. – Tú le replicas en otro susurro, el leve temblor en tu gruesa voz demostrando lo que sientes por ella.

Una ronca risa te rodea, como una manta envolviéndote en su seguridad, ayudando a tu alma a sentirse liviana, libre de toda angustia. Alejando de ti toda rabia, rencor y furia. Solo importa ella y toda su presencia angelical.

-¿Soy acaso tu amor? - Ella dijo en su melodioso acento sureño, esa voz que despertaba en ti todos tus escondidos deseos por ella. No pudiendo contenerte más, tiras de ella hacia ti, tu mano alrededor de su pequeña cintura. Y ella no protesta, sus ojos chocolate quemándote con el deseo... ¿o te atreves a decir que es amor? Tú levantas tu mano y acaricias la tersa piel de su mejilla. Porque a esa hora, cuando ambos están solos, solo tú puedes tocarle.

-Sabes que lo eres. – Dices, tu voz enronquecida por la fuerte emoción que hace estragos en tu interior.

Para entonces bajar tu cabeza y clamar esos tentadores labios en un beso, sintiéndola temblar en tus brazos, y la escuchas dejar escapar un gemido lleno de placer… Esa es tu completa perdición, porque tus manos bajan por sus costados, por sus redondeadas caderas, hallando el dobladillo de su camisón para comenzar a subirlo con una pereza sensual, saboreando cada minuto, cada segundo…

-Marie.- Solo para eso separas tus labios de los suyos. Solo el pronunciar su nombre es lo más cercano a besarla. Y vuelves a repetirlo, -Marie.- Porque sientes que toda tu vida pende de ese nombre, todo tu ser encendiéndose en llamas e intentas hallar sus labios para perderte de nuevo en su húmeda dulzura…

-¡John!-

Tú saltas, abres tus ojos… y descubres que todo era un sueño. Y frente a ti esta la dueña de tus noches. Le miras algo desorientado y frunces el ceño. Es lo único que sabes hacer frente a ella.

-¿Sabes dónde está Bobby?-

-¡Qué carajo voy a saber yo!- Y te arrepientes de tu dura respuesta al ver como ella retrocede, como si le hubieses abofeteado. Pero eres tan cabeza dura que no haces nada para corregir la situación.

Le ves darse la vuelta, en dirección a la puerta para abandonar la habitación. Inesperadamente ella se detiene. Ese hermoso rostro se gira para mirarte, atrapando su labio inferior con sus dientes, indecisa…

-¿Cómo sabes mi nombre?-

Por un segundo, no sabes que decir e intentas cubrir tu sorpresa. -¿Qué nombre?-

-Marie. Me llamaste en tus sueños. –

Tu corazón se detiene abruptamente. No; ella no puede saberlo. Para encubrir tu zozobra, te ríes de manera burlona y le replicas. -¿Y quién te dijo que yo te llamaba? De lo seguro es una de mis viejas amigas. –

Eres un vil mentiroso. Sus marrones ojos se tornan tristes, casi como si ella deseara haber sido la dueña del nombre. Y así de rápido como llegó esa tonta idea a tu cabeza, así de inmediato tratas de alejarla. Porque ella no es para ti, el endurecido e imbécil piromaniaco de la escuela. Ella es para los Bobbys de este mundo… Y de todas formas deseas y sueñas… un imposible.

-¡Oh!- Exclama ella, su rostro encendido por la vergüenza, -Lo siento. –

Y esta vez le ves salir apresuradamente. Es mejor de esa manera. Ella no es para ti; solo en tus sueños es tuya. Solo en tus sueños…