St John Allerdyce era un tipo que se conformaba con muy poco. Sólo tres cosas le hacía feliz: fumar un buen cigarrillo, jugar con fuego y observar a la belleza sureña caminar. Y si lograba hacer las tres cosas al instante, su felicidad era completa. La cual sucedia alrededor de las cinco de la tarde; cuando él estaba exhalando un cigarrillo, en una de las palmas de su mano tenia una bola de fuego y precisamente en ese momento pasaba frente suyo la diosa entre los insectos, su trasero moviéndose de lado a lado como siguiendo una cadencia silenciosa. ¡Cómo él amaba ver ese trasero! Y le importaba un verdadero bledo si era la novia de su amigo. Era esa la razón por la que siempre se sentaba en ese lugar todos los días a esa hora pues era la ruta que siempre tomaba hacia la biblioteca para estudiar -era una verdadera lombriz de libros. Sin embrago, en ese particular día, sucedió lo inesperado. una de las libretas que traía en sus manos cayó al suelo. Ella se agachó a recogerla y John se irguió, procurando tener una mejor visión del redondeado posterior y le dio una apreciativa ojeada por dos, tres... diez segundos. ¿Sería su imaginación o acaso Rogue se estaba tomando mucho tiempo para recoger esa libreta? Para su sorpresa, Rogue se enderezó y girándose, le dijo con ese acento que tanto le enloquecia:

-Espero te haya agradado esta nueva vista, cariño. - y enviándole una guiñada, continuó su rumbo dejando atrás a un boquiabierto John.

Luego de varios segundos de asombro, una enorme sonrisa curvó los labios masculinos y comenzó a contar las horas en anticipo del próximo día; no podía esperar a ver que sorpresa le tendría en la tarde en su destino a la biblioteca.