Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
Sinopsis
Positivo.
Con dos pequeñas líneas en una prueba de embarazo, todo en la ordinaria vida de Matsuri Hyuga está a punto de cambiar para siempre. Y todo debido a un gran error que cometió en Las Vegas con Gaara Sabaku, el irresistible y sexy bajista de Stage Dive. Así que, ¿qué si Gaara es el único hombre que ha conocido que puede hacerla sentir completamente a salvo, apreciada y fuera de control por el deseo al mismo tiempo? Matsuri sabe que el hermoso estrella de rock no está buscando nada más permanente que un buen rato, sin importar cuanto ella desea que fuera diferente.
Gaara sabe que Matsuri está fuera de los límites. Completa y totalmente. Ella es la hermanita de su mejor amigo ahora, y sin importar que tan caliente la química sea entre ellos, sin importar lo dulce y sexy que es ella, él no va a ir allí. Pero cuando Gaara es forzado a mantener fuera de problemas a la única chica por la que siempre ha tenido una debilidad en La Ciudad del Pecado, rápidamente
2 se da cuenta que lo que sucede en Las Vegas, no siempre se queda allí. Ahora él
y Matsuri están conectados en la forma más intensa posible… pero ¿eso llevará a una conexión del corazón?
Prólogo
Positivo.
Volví a leer las instrucciones, haciendo mi mejor esfuerzo por aplanar las arrugas en el pedazo de papel con una sola mano. Dos líneas significaban positivo. Dos líneas se encontraban en la prueba. No, no era posible. Mi mirada se lanzó de ida y vuelta entre las dos, esperando que una cambiara. Sacudí la prueba y la giré hacia todos lados. Miré y miré, pero al igual que la primera que desestimé junto al lavabo, la respuesta seguía siendo la misma.
Positivo.
Estaba embarazada.
—Mierda.
La palabra hizo eco alrededor del pequeño cuarto de baño, rebotando en las paredes de azulejos blancos y resonando en mi cabeza. Esta mierda no debería estar pasándome. No rompí las leyes ni consumí drogas. No desde ese pequeño problema después de que papá se fue. Estudiaba duro por mi título en psicología y me comportaba bien. En su mayoría. Pero esas pulcras líneas rosadas permanecían llamativas y orgullosas en la pequeña ventanilla de la prueba de embarazo, mofándose de mí, la evidencia irrefutable incluso cuando entrecerré o crucé los ojos.
—Mierda.
Yo como la mamá de alguien. No… ¿Qué demonios iba a hacer?
Me senté en el borde de la bañera en mi ropa interior negra, cubierta con piel de gallina. En el exterior, una rama yerma se balanceaba dentro y fuera de mi vista, azotada por el viento. Más allá yacía el gris interminable de un cielo de febrero en Portland. A la mierda con todo. Todos mis planes y sueños, toda mi vida, cambió ante la marca en el estúpido palo de plástico. Solo tenía veintiún años, por el amor de Dios, ni siquiera tenía una relación.
Gaara
Oh, hombre. Apenas hablamos en meses, conmigo haciendo el mejor esfuerzo para evitar cualquier situación en la que él podría estar presente. Las cosas se volvieron un poco incómodas desde que lo eché sin sus pantalones de mi habitación de hotel en Las Vegas. Terminé con él. Se acabó. Kaput. Mi útero, aparentemente, no concordaba.
Tuvimos sexo una vez. Una vez. Un secreto que hacía mucho tiempo decidí llevarme a la tumba. Seguro él nunca se lo diría a nadie. Pero aun así, su pene entró en mi vagina una sola vez, y lo vi ponerse el condón, maldita sea. Estuve extendida en la enorme cama California, temblando por la excitación, y él como que me sonrió. Había una calidez en sus ojos, amabilidad. Dada la evidente tensión atravesando su gran cuerpo, se veía tan extraño y aun así maravilloso. Nunca nadie me miró de esa manera, como si yo significara todo. Una calidez indeseada llenó mi pecho ante el recuerdo. Pasó tanto tiempo desde que pensé en él con algo distinto a ugh.
De todos modos, al parecer alguien no hizo su trabajo en su turno en la fábrica de preservativos, y aquí estábamos. Embarazada. Me quedé mirando mis vaqueros ajustados, yaciendo descartados en el suelo. Claro, me cabrían. Podría subirme la cremallera hasta la mitad y el botón se encontraba fuera de discusión. La presión que infligían sobre mi vientre era un definitivo no. Las cosas cambiaban tan rápido. Yo cambiaba.
Normalmente, tenía más cualidades en la parte trasera que en la delantera. Pero por primera vez en mi vida, realmente tenía encantos en la zona de los pechos. No tanto para conseguirme un trabajo en Hooters ni nada, pero aun así. Y por mucho que me gustaría creer que Dios finalmente contestó mis oraciones de la adolescencia, cuando añadías toda la evidencia, no era probable. Tenía una persona creciendo dentro de mí. Un pequeño bebé en forma de frijol hecho de partes iguales de él y yo.
Alucinante.
Sin embargo, lo que fuera a usar esta noche era la menor de mis preocupaciones. Si tan solo pudiera librarme de ir. Él estaría allí, todo su robusto metro noventa de estrella de rock. Solo la idea de verlo me sacudía, llenándome de nervios. Mi estómago se revolvió, las náuseas atravesándome. El vómito se precipitó, llenando mi garganta y dándome arcadas. Llegué al inodoro a tiempo para perder lo poco que comí en el almuerzo. Dos galletas Oreo y medio plátano, se iban, se iban… se fueron en un chorro caliente.
Asqueroso.
Gemí en voz alta y me limpié la boca con el dorso de la mano, tiré de la cadena y me tambaleé hacia el lavabo. Vaya. La chica en el espejo se veía espectacularmente espantosa, con el rostro demasiado pálido y el largo cabello castaño colgando en desordenados mechones húmedos. Qué desastre. Ni siquiera me atreví a encontrar mis propios ojos.
No pensé en la prueba de embarazo que dejé caer hasta que me paré sobre ella. Mi talón presionó hacia abajo, triturándola por propia voluntad. El plástico se rompió y astilló, el ruido extrañamente satisfactorio. Terminé saltando, una y otra vez, pisoteando a la bastarda, golpeándola en el suelo de madera rayado. Dios, sí, las buenas vibras simplemente fluyeron. La primera prueba pronto tuvo el mismo destino. No paré hasta que jadeaba y solo quedaban restos en el suelo. Eso se sintió mucho mejor.
Así que quedé embarazada de una estrella de rock. Gran cosa.
Respiré hondo. Está bien. Manejaría esto como una adulta, me calmaría y hablaría con Gaara. Fuimos amigos una vez. Algo así. Todavía podía hablar con él de algunas cosas. En concreto, cosas relacionadas a nuestra progenie que iba a llegar en, oh… más o menos unos siete meses.
Sí, podía, y lo haría.
Tan pronto como terminara de lanzar mi rabieta.
—Llegas tarde. Ven aquí —dijo mi hermana, Hinata, agarrando mi mano y arrastrándome por la puerta. No que yo hubiera estado merodeando afuera, acechando y dudando. No mucho.
—Lo siento.
—Pensé que no ibas a venir. Otra vez. —Me dio un rápido y afectuoso apretón, entonces me quitó el abrigo de los hombros. Lo lanzó sobre una silla cercana ya rebosante de otras chaquetas—. Todo el mundo ya está aquí.
—Genial —murmuré.
Muy cierto, había una buena cantidad de ruido viniendo del multimillonario desván en Pearl District. Hinata y yo no éramos adineradas. Más bien al contrario. Si no fuera porque me animó a postular para becas y me apoyó económicamente a pagar los libros, etcétera, nunca habría llegado a la universidad. Sin embargo, el año pasado, mi hermana normalmente sensata y moderada se encontró de alguna manera inmersa en la realeza del rock 'n' roll.
Lo sé, ¿verdad? Cómo sucedió todo, aún me confundía un poco. Entre nosotras, siempre interpreté el papel de la alegre. Cuando Hinata se deprimía, me quedaba con ella para animarla, para llenar los espacios en las conversaciones y mantener la sonrisa a través de las desgracias. Pero ahí se encontraba ella, en lo alto de la vida y locamente enamorada, realmente feliz por primera vez en casi toda su vida. Era maravilloso.
Los detalles relativos a su torbellino romántico oscilaban de vagos a ninguno. Pero justo antes de Navidad, ella y Naruto Uzumaki, el baterista de Stage Dive (la banda de rock más grande del mundo), se comprometieron. Ahora yo contaba como parte del séquito extendido de la banda. Para ser justos, me adoptaron con entusiasmo desde el principio. Eran buenas personas. Era solo que la idea de verlo a él me reducía a un tembloroso manojo de nervios con súper reforzadas habilidades para vomitar.
—Nunca adivinarás lo que pasó. —Hinata enlazó su brazo con el mío, remolcándome hacia la mesa llena de gente.
Hacia mi condena.
Una multitud de cerca de siete personas se encontraban alrededor con bebidas en la mano, riendo y charlando. Creo que una canción de The Nacional se reproducía tranquilamente en el equipo de sonido. Las velas parpadeaban y pequeñas luces centelleantes colgaban por encima. Mi boca se hizo agua a pesar de mi estómago revuelto, con todos los deliciosos aromas de comida llenando el aire. Vaya, Hinata y Naruto realmente se lucieron para la celebración de su aniversario de bodas de dos meses. De repente, mis pantis negras y la túnica azul pálido (de un tejido suelto que de ninguna manera ceñía u obstaculizaba la cintura) parecía insuficiente. Aunque era difícil vestirse elegante con una bolsa de plástico en el bolsillo por si acaso necesitabas vomitar.
—¿Qué pasó? —pregunté, arrastrando los pies muy ligeramente. Se inclinó y susurró teatralmente—: Gaara trajo una cita.
Todo se detuvo. Y me refiero a todo. Mis pulmones, mis pies… todo. Un destello de un ceño fruncido cruzó la cara de Hinata.
—¿Matsuri?
Parpadeé, volviendo lentamente a la vida.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
—Claro. Así que, um, ¿Gaara trajo una cita?
—¿Puedes creerlo?
—No.
Realmente no podía. Mi cerebro se detuvo, al igual que todo lo demás. No se me ocurrió ninguna cita en mis planes para hablar con Gaara esta noche.
—Lo sé. Hay una primera vez para todo, supongo. Todos están un poco sorprendidos, aunque ella parece bastante agradable.
—Pero Gaara no tiene citas —dije, mi voz sonaba hueca de alguna manera, como si fuera un eco viniendo de lejos—. Ni siquiera cree en las relaciones de pareja.
Hinata ladeó la cabeza, sonriendo ligeramente.
—Matsuri, ya no tienes un enamoramiento por él, ¿verdad?
—No. —Solté una carcajada. Por si acaso. Él me disuadió de tales conceptos idiotas, en Las Vegas—. Ha pasado mucha agua bajo el puente.
—Bien. —Suspiró felizmente.
—¡Matsuri! —Una fuerte voz resonó.
—Hola, Naruto.
—Saluda a tu tía Matsuri, hijo.
Mi nuevo cuñado empujó un cachorro blanco y negro directamente hacia mí. Una lengüita húmeda lamió mis labios, y el cálido aliento del perrito, junto con el aroma de las galletas para perro, llenó mi cara. No era bueno.
—Guau. —Me alejé de inmediato, tratando de respirar a través del impulso de vomitar una vez más. El embarazo era lo mejor—. Hola, Kurama.
—Dámelo —dijo Hinata—. No todos quieren un beso francés del perro, Naruto.
El muy tatuado hombre rubio sonrió, entregándole la bolita de pelo.
— Pero es un gran besador. Yo mismo le enseñé.
—Por desgracia, eso es cierto. —Hinata escondió el cachorro bajo un brazo, acariciándolo en la cabeza—. ¿Cómo estás? Dijiste que estuviste enferma, el otro día en el teléfono.
—Mucho mejor —mentí. O medio mentí. Después de todo, definitivamente no era una enfermedad.
—¿Fuiste al médico?
—No fue necesario.
—¿Por qué no consigo una cita para mañana, por si acaso?
—No es necesario.
—Pero…
—Hinata, relájate. Te digo que no estoy enferma. —Le di mi sonrisa más brillante—. Lo prometo, estoy bien.
—Está bien. —Colocó al cachorro en el suelo y sacó una silla en el medio de la mesa—. Te guardé un lugar junto a mí.
—Gracias.
Y fue entonces (tratando de no vomitar al limpiar la saliva de perro en mi cara) que lo volví a ver. Gaara, sentado en frente, mirándome fijo. Esos ojos aguamarina… inmediatamente bajé la mirada. Él no me afectó. No lo hizo. Simplemente no me sentía preparada para enfrentar esto. Donde esto equivalía a él y yo, esa habitación, Las Vegas y la consecuencia que en este momento crecía en mi vientre. No podía hacerlo, todavía no.
—Hola, Matsuri —dijo, con su voz profunda, calmada y casual.
—Hola.
Sí. Ya lo superé. La cosa de la cita me sacudió, pero ahora me encontraba de regreso en la pista. Solo tenía que compartimentar cualquier inútil sentimiento persistente, archivarlos lejos para siempre.
Di un paso más cerca, atreviéndome a darle un vistazo solo para encontrarlo mirándome con cautela. Tomó un trago de cerveza, luego bajó la botella, deslizando el pulgar por su boca para atrapar una gota perdida. En Las Vegas, él sabía a cerveza, lujuria y necesidad. La combinación más vertiginosa. Tenía labios hermosos, perfectamente enmarcados por su corta barba. Su cabello creció superando los lados afeitados y más largo en la parte superior de su corte estilo hipster, y honestamente, se veía un poco desordenado, salvaje. Y grande, aunque siempre se veía grande.
Un anillo plateado atravesaba un lado de su nariz y tenía una camisa verde a cuadros, el botón superior abierto para mostrar su cuello grueso y el borde de un tatuaje negro de una rosa. Apostaba dinero a que abajo vestía unos vaqueros azules y botas negras. Aparte de la boda en Las Vegas, y luego más tarde esa noche en mi habitación, nunca lo vi sin sus vaqueros. Déjame asegurarte, no había nada malo con el hombre desnudo. Todo era como debería ser y algo más. De hecho, se parecía bastante a un sueño hecho realidad.
Mi sueño.
Tragué saliva, ignorando mis pezones turgentes mientras empujaba el recuerdo con firmeza y bien al fondo donde pertenecía. Enterrado entre las letras de las canciones de Hannah Montana, historias de los personajes de Vampire Diaries, y entre otra información inútil y potencialmente dañina recopilada a lo largo de los años. Nada de eso importaba ya.
La habitación se quedó en silencio. Qué incómodo.
Gaara tiró del cuello de su camisa, moviéndose en su asiento. ¿Por qué diablos me miraba? Tal vez porque yo seguía mirándolo. Mierda. Mis rodillas cedieron y me derrumbé en la silla con un golpe seco, siempre tan delicada. Mantuve la mirada baja porque abajo era seguro. Mientras no mirara hacia él o a su cita, estaría bien y tranquila. La cena no podía durar más de tres, cuatro horas como máximo. Sin preocupaciones.
Levanté una mano en señal de saludo.
—Hola a todos.
‚Hola‛, ‚oye‛ y variaciones de ambos flotaron en respuesta.
—¿Cómo has estado, Matsuri? —preguntó Saku, más allá en la mesa. Sentada junto a su marido, Sasuke Uchiha, guitarrista principal y compositor de Stage Dive.
—Genial. —Como la mierda—. ¿Y tú?
—Bien.
Respiré hondo y sonreí. —Excelente.
—¿Has estado ocupada con la escuela? —Sacó un bandita elástica y levantó su pelo rosa en una coleta desordenada. Dios bendiga a la chica. Por lo menos no era la única que se mantenía casual—. No te hemos visto desde Navidad.
—Sí, ocupada. —Vomitando y durmiendo en su mayoría. Gestando mi bebé—. La escuela y esas cosas, ya sabes.
Normalmente tendría una historia interesante que contar sobre mis estudios de psicología. Hoy, nada.
—Cierto. —Su esposo deslizó un brazo por sus hombros y ella se giró para sonreírle, sus ojos enamorados y nuestra conversación olvidada.
Lo cual funcionaba para mí.
Froté la punta de mi bota de un lado a otro contra el suelo, mirando a izquierda y derecha, y a donde sea menos al frente. Jugué con el dobladillo de mi túnica, enrollando ceñidamente un hilo suelto alrededor de mi dedo hasta que se puso morado. Entonces lo aflojé. Probablemente no era bueno para el frijol, de alguna manera. A partir de mañana, tenía que empezar a estudiar sobre estas cosas de bebés. Obtener los datos, porque deshacerme del frijol... simplemente no era para mí.
La cita se rio tontamente de algo que él dijo y sentí una punzada de dolor en el interior. Probablemente un gas.
—Ten. —Hinata llenó el vaso frente a mí con vino blanco.
—Oh. Gracias.
—Pruébalo —dijo con una sonrisa—. Es dulce y algo fresco. Creo que te gustará.
Mi estómago se volteó al revés solo con el pensamiento.
—Más tarde, tal vez. Bebí un poco de agua justo antes de llegar. Así que... sí, no estoy muy sedienta por el momento.
—Está bien. —Sus ojos se estrecharon mientras me daba una sonrisa de eso-fue-raro. Demasiado pronto se transformó en una línea plana e infeliz—. Te ves un poco pálida. ¿Estás bien?
—¡Por supuesto! —Asentí, sonreí y me volví hacia la mujer a mi otro lado antes de que Hinata pudiera acribillarme con más preguntas sobre el tema— Hola, TenTen.
—Matsuri. ¿Cómo has estado?
La curvilínea morena se agarró de manos con su pareja, Neji Uchiha, el cantante líder de Stage Dive. Él se sentaba a la cabecera de la mesa, resplandeciente en un traje indudablemente hecho a mano. Cuando me vio, me dio una de las inclinaciones de barbilla en las que los chicos parecían especializarse. Eso lo decía todo. O al menos lo decía todo cuando todo lo que querían decir era Hola.
Le asentí de vuelta. Y todo el tiempo pude sentir a Hinata cerniéndose a mi lado, la botella de vino todavía en la mano y una preocupación de hermana mayor creciendo a cada minuto, tocando el suelo y preparándose para saltar. Estaba tan jodida. Hinata prácticamente me crio desde los catorce años, cuando nuestro padre se fue y nuestra mamá se desentendió de nosotras; un día solo fue a la cama y no se levantó de nuevo. De vez en cuando la necesidad de Hinata de cuidarme aún se salía un poco de control. No soportaba pensar lo que tendrá que decir sobre el frijol. No sería bonito.
Pero un problema a la vez.
—Todo bien, TenTen —dije—. ¿Y tú?
TenTen abrió la boca. Sin embargo, lo que estuvo a punto de decir, se perdió bajo el repentino golpeteo de tambores y los aullidos increíblemente fuertes de las guitarras. Básicamente, sonó como si el infierno se estuviera desatando a nuestro alrededor. El Armagedón llegó de sorpresa.
—Nene —gritó Hinata a su marido—. ¡Nada de death metal durante la cena! Ya hablamos de esto.
Dicho "nene", Naruto Uzumaki, se detuvo de mover la cabeza al ritmo de la música en la cabecera de la mesa.
—Pero, calabacita…
—Por favor.
El baterista rodó los ojos y, con el movimiento de un dedo, silenció la tormenta arrasando a través del sistema de sonido. Mis oídos resonaron en el silencio.
—Cristo —murmuró Neji—. Hay un tiempo y lugar para esa mierda. Nunca lo intentes cuando estoy cerca, ¿sí?
Naruto miró despectivamente al pulcro hombre.
—No seas tan prejuicioso, Neji. Creo que Nutria Hemorrágica sería un maravilloso telonero.
—¿Es jodidamente en serio? ¿Ese es su nombre? —preguntó Sasuke.
—Deliciosamente inventivo, ¿no?
—Es una forma de decirlo —dijo Sasuke, la nariz arrugada con disgusto— Y Gaara ya escogió una banda telonera.
—Ni siquiera conseguí votar —gruñó Naruto.
—Amigo. —Gaara pasó con irritación una mano por su cabello—. Todos ustedes querrán pasar el rato con sus mujeres. Necesitaré algunas personas después del espectáculo con las que pueda relajarme y tomar una cerveza, por lo que me adelanté y elegí. Aguántate.
Amargadas murmuraciones de Naruto. Saku se limitó a sacudir la cabeza.
—Guau. Nutria Hemorrágica. Ciertamente es único.
—¿Qué te parece, cariño? —Neji se volvió hacia TenTen.
—Eso es asqueroso. Creo que voy a vomitar. —La mujer tragó saliva, con la cara volviéndose gris—. Quiero decir, creo que realmente lo haré.
Ah. Y también, uf, conocía ese sentimiento.
—Mierda —Neji empezó a frotar su espalda con frenéticos movimientos.
Sin una palabra, apreté mi bolsa plástica de repuesto para vomitar en su mano. Solidaridad entre hermanas, etcétera.
—Gracias —dijo ella, felizmente demasiado preocupada para preguntar por qué la tenía en mi bolsillo en primer lugar.
—Tuvo un poco de dolor de estómago antes de Navidad. —Con su mano libre, Neji llenó el vaso de TenTen con agua y se lo pasó—. Sigue molestándola.
Me quedé helada.
—Pensé que se había ido —dijo TenTen.
—Vas a tener que ir al médico. Basta de excusas, no estamos tan ocupados. —Neji le dio un beso suave en la mejilla—. ¿Mañana, sí?
—Está bien.
—¿Has estado enferma también, Matsuri? —preguntó TenTen.
—Las dos deberían probar un poco de té verde con jengibre —informó una voz desde el otro lado de la mesa.
Femenina. Maldición, esa era ella. Su cita.
—El jengibre crea calor y ayuda a calmar el malestar estomacal. ¿Qué otros síntomas tienen? —preguntó, haciéndome hundir inmediatamente en el asiento.
Gaara se aclaró la garganta.
—Yukata es una naturópata.
—Pensé que dijiste que era bailarina —dijo Hinata, su cara arrugándose ligeramente.
—Una artista de burlesque —corrigió la mujer—. Hago ambos.
Sí, yo no tenía nada.
Una silla raspó contra el suelo, y luego Yukata estaba de pie, mirándome. Cualquier esperanza de evitar y/o ignorar su presencia huyó de la escena. Cabello peinado a lo Bettie Page de un azul vibrante, muy genial. Cristo, ¿tenía que lucir como si tuviera idea? Podía manejar a una cabeza hueca, pero no esto. La mujer era hermosa e inteligente, y yo era solo una niña tonta que fue y se quedó embarazada. Música de violines. Sonreí sombríamente.
—Hola.
—¿Cualquier otro síntoma? —repitió, la mirada moviéndose entre TenTen y yo.
—También se ha sentido muy cansada —dijo Neji—. Se duerme frente a la televisión todo el tiempo.
—Cierto. —TenTen frunció el ceño.
—Matsuri, dijiste que faltaste a algunas clases, ¿no? —preguntó Hinata.
—Algunas —admití, sin gustarme la dirección que tomaba este cuestionario. Tiempo para una suave transición—. De todos modos, ¿cómo van los planes para la gira? Todos deben estar tan emocionados. Yo estaría emocionada. ¿Has comenzado a empacar, Hinata?
Mi hermana solo parpadeó.
—¿No? —Tal vez un arrebato repentino de diarrea verbal no era la respuesta.
—Espera. ¿Has estado enferma, Matsuri? —preguntó Gaara, su profunda voz suavizándose un poco. Aunque tal vez era solo mi imaginación.
—Eh...
—Tal vez tienes el mismo virus que TenTen —dijo—. ¿Cuántas clases te perdiste?
Mi garganta se cerró herméticamente. No podía hacerlo. No aquí y no ahora delante de todos. Debí huir al Yukon en vez de venir esta noche. De ninguna manera estaba preparada.
—¿Matsuri?
—No, estoy bien —jadeé—. Todo bien.
—Um, hola —dijo Hinata—. Dijiste que estuviste con náuseas las últimas semanas. Si no hubiera estado lejos te habría arrastrado al doctor.
Y gracias a Dios que estuvo en su segunda luna de miel con Naruto en Hawai. Enterarme sobre el frijol con Hinata presente habría sido como ver los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgando por la ciudad. Terror, lágrimas, caos; todas estas cosas y más. Definitivamente no era mi idea de un buen momento. La cita, Yukata, fijó su inquisitiva mirada en una TenTen muy sutilmente continuando con arcadas.
—¿Alguien más tiene esto? —preguntó.
—No lo creo. —Hinata miró de un extremo a otro de la mesa, captando las diferentes sacudidas de cabeza—. Solo TenTen y Matsuri.
—Hemos estado bien —dijo Saku.
—Extraño —dijo Hinata—. Matsuri y TenTen no han estado juntas desde la boda. Eso es más de dos meses.
Murmullos de acuerdo. Mi pulso cardíaco se aceleró. Ambos, el mío y el del frijol.
—Bueno, creo que ambas deberían hacerse una prueba de embarazo —anunció Yukata, retomando su asiento.
Un momento de asombrado silencio.
—¿Qué? —farfullé, pánico corriendo a través de mí.
Aquí no, ahora no, y bastante seguro no de esta manera. La bilis quemó mi garganta, pero la tragué de nuevo, buscando a tientas por la segunda bolsa para vomitar.
La frente de Gaara se arrugó y hubo toses sobresaltadas y jadeos de los demás. Pero antes de que alguien pudiera hacer comentarios, un extraño ruido chirriante vino de TenTen.
—No —gritó, con voz muy alta y muy decidida—. No, no lo estoy. Retíralo.
La frotación de espalda de Neji se volvió loca.
—Nena, cálmate.
No lo hizo. En cambio, le apuntó con un tembloroso dedo a la ahora muy inoportuna extraña en medio de nosotros.
—No tienes idea de qué coño hablas. No sé, tal vez últimamente has recibido un golpe en la cabeza de uno de esos grandes abanicos de fantasía para baile o algo así. Lo que sea. Pero... no podrías estar más equivocada.
—Bueno, vamos a calmarnos un poco. —Gaara levantó las manos en señal de protesta.
Yukata se mantuvo en silencio.
—¿Matsuri? —Los dedos de mi hermana se clavaron en mi hombro, agresivamente apretados— No hay ninguna posibilidad, ¿cierto? Quiero decir, no harías eso. No serías tan estúpida.
Mi boca se abrió, pero no salió nada. De repente, TenTen se aferró a su vientre.
—Neji, en tu coche fuera de la boda de mi hermana. No usamos nada.
—Lo sé —dijo en voz baja, el perfecto rostro blanco como la nieve—. La vez que follamos contra la puerta, la noche antes de que te marcharas. Nos olvidamos entonces también.
—Sí.
—Tus tetas han estado muy sensibles. —Con una mano, Neji frotó su boca— Y el otro día te quejabas de que tu vestido no cerraba.
—Pensé que eran solo las tartas.
Ambos se miraron mientras todos los observábamos. Estaba condenadamente segura de que se olvidaron que tenían un público para todos estos detalles íntimos. Mientras el entretenimiento de la cena continuaba, esta se convirtió en un infierno de drama, y oh Dios, el horror de eso. Mi cabeza empezó a girar en vertiginosos círculos.
—¿Matsuri? —preguntó Hinata de nuevo.
De acuerdo, esto no era bueno. Real y verdaderamente no debí venir. Pero, ¿cómo diablos iba a saber que Gaara traería a una psíquica ginecológica? Los bordes de mi visión se desdibujaron, mis pulmones trabajaron con esfuerzo. No podía conseguir suficiente aire. No por sonar paranoica, pero apuesto a que esa perra de Yukata se lo robó todo. Olvídalo. Lo importante era no entrar en pánico.
Tal vez debería saltar por una ventana.
—Matsuri —dijo una voz. Una diferente esta vez, profunda y fuerte.
Como fuera que nos imaginé a Gaara y a mí teniendo esta charla, no era nada como esto. No esta noche, antes de que yo misma lo hubiese procesado. Hora de irse.
—¿Matsuri?
Además, guau, si este era el resultado de tener buen sexo, entonces nunca lo haría de nuevo. Ni siquiera por sexo mediocre. Nada. Incluso podría descartar la masturbación, por si acaso. No se podía ser demasiado cuidadosa. El ataque aleatorio del esperma podría estar en cualquier lugar, a la espera de meter a una chica en problemas.
Me levanté tambaleante, con las manos sudorosas sobre la mesa para no perder el equilibrio.
—Debería irme.
—Oye. —Una gran mano ahuecó mi barbilla. Líneas aparecieron entre las cejas de Gaara, y junto a su boca. Pero solo podía ver el indicio de ellas detrás de su barba, la implicación. El hombre no se veía feliz, y era lo justo—. Está bien, Matsuri. Conseguiremos resolver…
—Estoy embarazada.
Una pausa. —¿Qué?
—Estoy embarazada, Gaara.
El silencio que le siguió resonó en mis oídos, un interminable ruido gris como algo salido de una película de terror. Gaara se quedó inclinado sobre la mesa, respirando pesadamente. Supongo que lo miré para buscar fuerza, pero ahora parecía tan agobiado como yo.
—¿Estás embarazada? —La voz de Hinata cortó el silencio—. Matsuri, mírame.
Lo hice, aunque no era fácil. Mi barbilla no parecía inclinada a ir en la dirección deseada, ¿y quién podría culparla?
—Sí —le dije—. Lo estoy.
Se quedó horriblemente quieta.
—Lo siento.
—¿Cómo pudiste? Oh, Dios. —Por un momento cerró los ojos con fuerza, luego los volvió a abrir—. ¿Y por qué se lo dices a él?
—Buena pregunta. —Muy lentamente, Naruto se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia el otro lado de la mesa—. ¿Por qué te lo diría, Gaara?
—Matsuri y yo necesitamos hablar. —La mirada de Gaara saltó a Naruto, su mano cayendo de mi cara—. Hombre.
—No lo hiciste —dijo Naruto, su voz baja y letal mientras la tensión en la sala tomó un nuevo giro completamente para peor.
—Cálmate.
—Te dije que te mantuvieras alejado de ella. ¿No es así? Es la hermana menor de mi chica, por amor a Cristo.
Gaara mantuvo la cabeza en alto. —Puedo explicarlo.
—Mierda —murmuró Sasuke.
—No. No, no puedes, Gaara. Jodidamente te pedí que la dejaras en paz, hermano. Me prometiste que ella estaría fuera de los límites.
Más allá de Gaara, Sasuke Uchiha se puso de pie, al igual que Neji al final de la mesa. Todo sucedía tan rápido. La cita de Gaara, Yukata, la bailarina de burlesque con el pelo azul, al fin parecía entender la tormenta de mierda que desató con su más que excelente anuncio. Tal vez no era tan psíquica después de todo.
—Deberíamos irnos. ¿Gaara?
Ni siquiera la miró, su mirada pegada a Naruto.
—Eres como un hermano para mí, Gaara. Uno de mis amigos más cercanos. Pero ella es mi hermana pequeña ahora. Dime que no fuiste allí.
—Naruto, hombre…
—No después de que me diste tu palabra. Tú no me harías eso, no a mí.
—Amigo, cálmate —dijo Sasuke, moviéndose para tratar de ponerse entre los dos—. Vamos a hablar de esto.
Gaara era casi una cabeza más alto que Naruto, sin duda más grande, más fuerte. No importó. Con un grito de guerra, Naruto se lanzó hacia el hombre. Cayeron juntos al suelo, rodando y luchando, puños volando. Fue un desastre. Me puse de pie, con la boca abierta. Alguien gritó, una mujer. El rico aroma cobrizo de la sangre se esparció por el aire y el impulso de vomitar fue casi abrumador, pero no había tiempo para eso.
—¡No! —grité—. No, por favor.
Yo hice esto, por lo que dependía de mí arreglarlo. Conseguí una rodilla sobre la mesa antes de que unas manos agarraran mis brazos, reteniéndome sin importar cuánto luchara.
—¡Naruto, no!
Sasuke y Neji arrancaron a Naruto fuera de Gaara, arrastrando al hombre luchando por la habitación.
—Voy a jodidamente matarte —gritó Naruto, su rostro una mezcla de rojos entre furia y sangre—. ¡Suéltame!
Más sangre goteaba por debajo de la nariz de Gaara, bajando por su barbilla. Pero no hizo ningún movimiento para detenerla. Lentamente, el gran hombre se puso de pie, y la expresión de su rostro me rasgó en dos.
—Dijiste que no la perseguirías.
—No lo hizo —grité, todavía parada en un pie con una rodilla sobre la mesa y la mano de Hinata en mi brazo—. Él no quería tener nada que ver conmigo. Yo lo perseguí. Yo lo hice. Lo siento.
Se hizo el silencio y me encontraba rodeada de rostros aturdidos. Y un par aún sangrantes.
—Prácticamente lo acosé. Nunca tuvo una oportunidad.
—¿Qué? —Naruto frunció el ceño, un párpado hinchándose a un ritmo alarmante.
—Es mi culpa, no de Gaara. Soy quien lo hizo.
—Matsuri. —Con un profundo suspiro, Gaara bajó la cabeza.
Los dedos en mi brazo dieron un pequeño tirón. Me volví hacia mi hermana.
—Explícame esto.
