Capítulo 7: Mientras todo colapsa

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Era la cuarta vez que el despertador chillaba incesantemente. Marcaba las nueve y cuarto de la mañana con caracteres rojos y pixelados.

Shikamaru se revolvió entre las sábanas, quitó un mechón de pelo de su boca, moviendo sus labios y lamiéndolos con somnolencia y molestia.

—Ay… qué aburrido. ¿Y si no voy?

Se abrazó a sí mismo, resistiendo la puñalada que el pitido electrónico le lanzaba en los tímpanos.

Gruñó, imitó un llanto y con su mano golpeó el botón de apagado, luego lo desconectó de un tirón.

Se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas y bostezó largamente. El cuarto estaba apenas iluminado con la luz que se filtraba detrás de las cortinas.

Se restregó los ojos y se rascó la cabeza con ambas manos. Buscó en su mesa de luz la liga con la que se ataba el cabello, derribando un vaso de plástico vacío en el proceso. Se paró con lentitud, dándose cuenta tarde que había apoyado primero el pie izquierdo. Hizo una mueca, se calzó sus pantalones reglamentarios y las sandalias.

Su padre lo recibió con la misma cara de sueño que él tenía. Su madre lo miraba expectante sentada junto a Shikaku. Su desayuno estaba casi tibio.

—Buenos días —saludó, esbozando un bostezo.

—Buenos días, hijooo… —respondió Shikaku, bostezando igual.

—Ustedes dos son tal para cual —Yoshino se cruzó de brazos y frunció el entrecejo—. ¿A qué hora esperabas levantarte, niño?

—No sé, si fuera por mí no iría. ¿Puedo faltar, papá?

—Pues… —Shikaku captó la negativa de su esposa cuando sus ojos se inundaron de llamas—. No, hijo, tienes que ser responsable, como nosotros cuando hicimos los exámenes chūnin.

—Ay, qué aburrido.

El chico se decepcionó internamente ante la sumisión de su padre.

Todo auguraba un largo y fastidioso día.


Kichiro terminó su oración. Desdobló las piernas, hizo una última reverencia, guardó su rosario en el bolsillo y salió de la habitación.

En todo momento el Buda emplazado en el modesto altar le devolvió una mirada inerte y bonachona, con un racimo de sahumerios a izquierda y derecha inundando el cuarto de aromas monásticos.

Tomó el tiempo y comprobó que estaba media hora temprano. Con un ritmo jovial y una expresión neutra se ató con firmeza su banda shinobi en la frente, cuidando de que su cabello no luciera algún mechón rebelde luego de una inspección en el espejo.

Había salido a regar la huerta una hora antes y el día se presentía templado, pero no lo suficiente para no cargar con su chaqueta. No era muy apegado a la idea de presumir su ropa, pero esa prenda en particular, forrada con tartán y de aire algo anticuado de verdad lo contentaban. Ese día decidió vestir sandalias reglamentarias y pantalones del mismo estilo en lugar de botas y vaqueros. La bufanda de Kin cubrió su cuello como si le perteneciera.

Ajustó la correa de la funda de Vashra sobre su pecho y el mango negro de su fiel hoja sobresalió detrás de su hombro.

—Es raro ver que un chico de tu edad sea un hombre de fe —comentó el viejo, al parecer divertido de verlo dedicándose tanto a su aspecto.

—Raro es que tú no me hayas inculcado nada por el estilo y que Takeshi lo haya hecho en tu lugar.

—En tu casa eran bastante laicos y decidí no entrometerme con eso. A él no parecía importarle, claro. De todos modos, no encuentro razón para que reces, por lo menos aún.

—Todos los guerreros rezan.

—Cierto. Pero, siendo tú, ¿por qué?

—Por la misma razón que todos los demás. Quiero ponerme de acuerdo con lo que está por encima de mí, pero no rezo por mí.

—¿Hmm?

—Jamás he necesitado la intervención de nadie para salir de mis problemas, y dudo que eso cambie algún día. Pero hay gente por la que vale la pena rezar.

Pasó frente a varios quioscos que vendían golosinas y comidas rápidas sin importar que hubiera amanecido hace escasas horas.

El estadio era algo a lo que en las pocas ocasiones que había pasado por ahí, le había dado poca o ninguna importancia. Tampoco era muy lujoso ni lindo arquitectónicamente hablando, pero después de todo no estaba allí por la vista.

Kin no aparecía cuando faltaban ya diez minutos para que comiencen los combates.

Vio acercarse a Tenten con paso apresurado. Contaba con que no lo hiciera, pero ella lo vio apoyado contra la pared y se desvió en su dirección. Sonrió complacido y la saludó con un apretón de manos.

—Veo que te has estado preparando hasta el último momento —dijo él.

La chica llevaba su cabello arreglado como siempre, con dos moños semejantes a las felpudas orejas de un oso; su blusa rosa sí había sido cambiada por una de color negro, de un diseño similar a la otra. Sus pantalones eran los de siempre, holgados, ahora con dos bolsas de herramientas en cada costado de la cintura y una mochila en su espalda que debía contener un buen número de pergaminos.

—No pienso perder hoy. Soy la única kunoichi de la Hoja que participará, y demostraré de lo que soy capaz.

—Cuento con que lo harás y que nos darás un gran espectáculo. Quién sabe si Neji y tú logran llegar a la final, Gai Sensei hará una increíble escena. Mucha suerte.

Ella sonrió y asintió. Por un momento Kichiro pareció ver un sentir notoriamente fingido en esa mueca.

—¿Todo bien? —preguntó, con una ceja enarcada.

—¡Sí! ¿Por qué la pregunta?

—Luces… ida.

Tenten parpadeó con desconcierto, miró al suelo y se rascó la mejilla. Miró alrededor y se aseguró que nadie andaba cerca.

—La verdad es que… tuve un problema con Neji.

Kichiro volvió a apoyar la espalda contra la pared.

—Si no quieres hablarlo déjalo, no tienes por qué revivir algo doloroso.

—¿Puedo preguntarte algo? —Kichiro asintió—. ¿Alguna vez te enojaste tanto con alguien que simplemente le escupiste todo lo que sentías?

—Supongo que te sacó de quicio.

—Estaba harta de soportar sus constantes ninguneos, sabes. Lee era agotador a su manera, pero era amable y me dejaba elegir ejercicios siempre. Neji sólo… trata de llevarme para donde él quiere porque cree que tiene el derecho. Le dije todo lo que pensaba de él. Aún pienso y sostengo todo eso, porque simplemente es verdad.

—¿Qué es lo que te molesta, entonces?

—Que quisiera estar equivocada. ¿Nunca te ha pasado?

Los dos amigos compartieron una larga mirada que Kichiro cortó con una negación de cabeza.

—Ni una sola vez. Lo siento. Pero doy fe de que estás en lo correcto y que no debes sentir culpa.

Un par de palomas surcaron el cielo sobre sus cabezas y se posaron sobre el techo del estadio.

Tenten no esperaba encontrar consuelo en alguien de su edad, pero aunque no lo hubiera hecho sintió una ligera disminución en su carga.

—Tengo que irme, pero… gracias por estar aquí. ¡Van a quedar con la boca abierta cuando sea mi turno!

Kichiro hizo un ademán amistoso con la mano y sonrió con calidez. Pareció escanear el área en busca de alguien, pero rápidamente descartó cualquiera que fuera su idea y se apresuró hacia las escaleras que llevaban a las gradas.

—Qué triste por ella. Y quizás un poco por ti —dijo el anciano.

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—Aquí está bien por hoy —sentenció Takeshi, dejando caer el pesado bagaje al suelo, apreciando el refugio que les proporcionaban las ramas del sauce.

—¿Cuándo llegaremos al País del Agua?

El hombre movió su ojo lechoso y muerto entre el horizonte que se teñía de rojo. Las montañas, separadas de ellos por una pradera amplia y fértil, coronadas de nieves eternas, pertenecían ya a los dominios del Mizukage.

—Mañana por la tarde. El ferry nos llevará hasta la isla principal, así que prepara las ideas para un viaje movido.

El chico lo tomó con calma y se apresuró a juntar ramas secas del suelo y todas las hojas secas que encontró. Le rugía el estómago y durante el mediodía habían cazado un jugoso venado, del cual habían vendido en una aldea apartada la mayoría y habían conservado una pata y parte del lomo.

En otro contexto, Takeshi habría guardado la piel para enseñarle a hacerse su propia ropa. No era mala idea, pensó el hombre mientras preparaba para poner a cocinar el botín y para su ritual de fumar antes de dormir.

El niño colocó la leña en su lugar y con unos pocos sellos manuales escupió una débil bola de fuego que formó una llama estable.

Sacó la parrilla del costado del bolso del anciano y la clavó sobre el fuego

La carne chilló luego de ser cortada y puesta sobre el fuego. Takeshi derramó algunas gotas de limón, sal y salsa de soja sobre los cortes e hizo un ademán con la mano, llevando el aroma a sus fosas nasales.

—Sublime —dijo, dando una pitada a su pipa—. Dime, ¿cómo llevas tu nuevo nombre?

El chico no apartó la vista del fuego ni de la comida.

—Duele un poco.

—Con el tiempo dejará de hacerlo, supongo. De todos los dolores que puedes sentir, ese es de los más leves.

—¿Por qué no puedo dejar de pensar en eso si es así?

—Porque todas las heridas parecen importantes mientras aún sangran.

Takeshi se entretuvo haciendo aros de humo que se disolvían a los pocos metros. Su boca se curvaba en una sonrisa triunfal cada vez que le salían como él quería.

Blancos y casi sólidos.

—¿Cuándo comenzaste a fumar? —preguntó Kichiro.

—Durante la Primera Guerra, después de la muerte de Tobirama. Hiruzen se sentía culpable por no haber intervenido, y yo por no haber estado ahí.

—¿Tobirama?

—Oh…, el Segundo Hokage. Murió a manos del Raikage. Si te soy sincero, soy un militar con un decepcionante historial para llegar en los momentos menos oportunos.

Takeshi se mostró impasible ante esos recuerdos. Picó la carne con un palito y la dio vuelta.

—¿Cómo era él?

—Más brillante que su hermano, sí que lo era. De los cuatro que hemos tenido hasta ahora, él fue el más majestuoso.

—Increíble. ¿Conociste al Cuarto?

—¿A qué vienen todas estas preguntas? Sí, conocí al Cuarto, fui parte de su "guardia personal" durante un tiempo.

—Sólo es curiosidad. Me extraña que no comiences con las anécdotas tú.

—No creo que hagan falta, si es por eso que estamos haciendo estos viajes, para curtirte como hombre y acaso obtener una o dos anécdotas nuevas.

—Nunca está de más un poco de nostalgia —Kichiro sonrió con picardía y descansó su cabeza sobre una palma.

—Eres perspicaz, mocoso. Dime, ¿cómo era tu padre?

La pregunta cayó como un yunque sobre Kichiro, que se rascó la barbilla y se meció de adelante a atrás, buscando las palabras y la reacción adecuadas.

—Era un buen hombre.

—¡Eso es lo que cualquier hijo diría! Desarrolla un poco, vamos.

—Quizás era un poco despistado, y demasiado temeroso del futuro. Era pésimo en el shôgi y tendía a hacer un mundo por cualquier cosa, por pequeña que fuera. Pero valoro que nos haya enseñado a luchar y a valernos por nosotros mismos. Lo valoro, y quisiera volver a sus entrenamientos aunque fuera sólo una vez, por un instante. Era… muy reservado en ocasiones, pero nunca te negaba una sonrisa o una broma.

Kichiro esbozó una sonrisa que iluminó sus dientes a la luz del fuego y sus ámbares reflejaron las lenguas con potencia.

—Mi madre y él se conocieron durante la Tercera Guerra. Tenían mi edad y estaban defendiendo la frontera cuando un contingente de ninja de la Nube los atacó. Ellos fueron los únicos dos sobrevivientes. Es chistoso, mi padre siempre se mostraba como el líder y proveedor del clan, pero ambos aseguraban que mi mamá le salvó la vida en esa guerra no en pocas ocasiones.

Takeshi exhaló una estela de humo y aspiró sonoramente, sin perder la atención.

Un gemido lejano llegó a sus oídos. No corría viento.

El viejo se giró con una ceja enarcada.

—Mira a quién tenemos aquí —sonrió, mientras aplastaba el tabaco dentro de la pipa.

El chico volteó y pegó un grito bajo.

Le devolvió la mirada con timidez una mujer morena, sus cabellos finamente peinados hasta los hombros, ondulados y brillantes. Su piel reflejaba con una inusual fuerza la luz del fuego y parecía ser más suave que cualquier seda y más delicada que el cristal.

Sus ojos eludían los de él con vergüenza mientras se aferraba al árbol en un ángulo que solo permitía ver su cabeza y un brazo, pero la poca ayuda del fuego permitió ver que tenían el color de la más perfecta de las esmeraldas.

—¿Quién es ella?

—Deja tranquila tu espada, niño —lo detuvo Takeshi, al ver que su mano se movía lentamente hacia atrás—. Los kodamas no son nuestros enemigos.

—¿Kodamas?

La chica acarició la corteza del sauce con las yemas de sus dedos y miró al suelo sin borrar su sonrisa.

Takeshi escupió una estela de humo.

—¿Qué se te ofrece?

Ella lo miró y luego dirigió la vista a la fogata.

—¿No entiende? —preguntó el chico.

—Entiende muy bien. Conocen nuestro idioma pero no lo hablan, contrario a nosotros que no hacemos ni uno ni otro respecto al suyo.

El anciano tomó una cantimplora y la vació sobre la fogata.

—¿Qué haces? —cuestionó Kichiro, aturdido.

—Le molesta el fuego demasiado cerca del árbol, que es su hogar. Prefiero no incitar a la furia de la Naturaleza, y tú deberías imitarme. Hagámoslo al pie de este monte.

—Tengo hambre.

—Y yo, así que cuanto más rápido juntes leña y cargues agua, más rápido comeremos.

Kichiro resopló y miró con molestia al kodama, que rió por lo bajo sin sonido alguno.

Corrió hacia un bosquejo de pinos y se atiborró los bolsillos con agujas secas, acelerado por el rugir de sus entrañas.

La noche se introducía estrellada y sin una sola nube ni brisas que requirieran refugio dentro de la tienda.

Luego de obtener algunos tronquitos de buen grosor y longitud, bajó por las faldas del monte que sostenía el bosque de pintos y se agachó para llenar la cantimplora.

Un susurro carente de voz o palabras lo hizo girar.

El kodama lo miraba con una amplia sonrisa desde detrás de un pino con sus muchos años reflejados en el grueso de sus ramas.

Animado por un impulso bastante primal y casi ignorando el hambre, avanzó hacia la chica con las manos al frente, como quien cerca una bestia que en cualquier momento podría perder los estribos.

Ella se escondió detrás del tronco y, con algo de anticipación, Kichiro notó que ya no estaba cuando echó una mirada.

Un movimiento rítmico en el rabillo del ojo dirigió su atención a un pino de buena edad a su derecha. Fue allí cuando, a la lumbre del sol poniente y de la luna que ya se alzaba en su esplendor, que apreció la desnudez del espíritu con tanto detalle que se volteó hecho una brasa ardiente y se echó una mano al rostro, mientras ella, sentada sobre una rama balanceaba sin cuidado una pierna y lo inspeccionaba con las mejillas sonrosadas.

—Lo siento, no creí que… lo siento —balbuceó, dirigiéndose de vuelta al arroyo.

Podía escuchar el correr del agua. Se centró en eso para omitir la excitación de su mente y su virilidad.

Un toque inhumanamente suave lo retuvo. El kodama atrapó su diestra entre sus dedos y la frotó con movimientos suaves y armoniosos. No se giró, permaneciendo ensartado en el suelo acolchado de agujas, igual que si fuera una columna sosteniendo un templo.

Había leído poemas y leyendas que hablaban de ninfas y dríades, pero siempre las había metido en la misma bolsa como interpretaciones febriles de acontecimientos mundanos, tan comunes en tiempos antiguos. Y siempre había creído que esos seres eran por lo menos aparentemente opuestos a los kodamas. Pero si Takeshi lo decía, tenía que ser cierto.

—No puedo tardarme. Tengo que seguir, discúlpame —Kichiro apretó el puño que tenía libre, presa del pánico y el pudor.

—Jamás pierdas tu identidad.

Sus venas se volvieron de piedra cuando escuchó su voz, tan melódica, pura y atrapante que no podía ser real. Se sintió mareado y perdido, el mismo efecto de cuando su chakra se agotaba después de un arduo día de entrenamiento. El efecto de recibir un mazazo en el centro de la nariz.

No había manera de que fuera real. Era un espíritu maligno, un demonio haciéndose pasar por ninfa, que ahora se iba a deshacer de su fachada inocente, iba a clavar sus garras y colmillos en su carne y no iba a dejar ni las uñas para recuerdo.

Pero ella se limitó a reír, ahora con una tonada leve y hermosa.

—Dolerá fingir, pero no puedes perderla. Vale más que cualquier tesoro que llegues a poseer. Nunca renuncies a tu pasado, ni a tu nombre.

Las lágrimas se aglomeraron entre sus párpados y sus piernas se evaporaron. Cayó de rodillas y escondió con vergüenza el rostro entre sus manos, ahogando los gemidos a medio camino de su garganta.

Los dedos del espíritu le surcaron la cara con cariño y limpiaron sus lágrimas.

—Serás fuerte mientras recuerdes tu nombre. Por todo lo que has perdido, debes aferrarte a él con todas tus fuerzas, Indra.

En un movimiento elegante y lento, tomó de vuelta su mano derecha entre sus dedos y la apretó. Su fuerza era opresiva y gentil.

Y luego, en un parpadeo, ella se había ido.

El corazón le pateó las costillas y amagó a salir disparado por su boca, retumbando en sus oídos. Se encontró con la espalda apoyada contra el suelo. Las agujas le pinchaban a través de la camisa y sus brazos descubiertos.

Se apresuró, tambaleante, a recoger la leña y el agua.

Takeshi no hizo preguntas al ver sus ojos enrojecidos y su renuencia a hablar. Una persona como él conocía lo suficiente a la gente y más o menos bien a los habitantes del Otro Mundo para figurarse una situación sin problemas.

Durmieron al aire libre, pero Kichiro fue incapaz de pegar un ojo, a veces captando susurros y risas salidas de ningún lado. La sentía con la vista fija en él, pero con su intrínseca dulzura pudiendo palparse en el aire. No la volvió a ver nunca más.

—Oye, ¿qué ofrendas se les hacen a los kodama? —preguntó despreocupado al día siguiente, mientras guardaban todo en sus respectivos bolsos.

—Lo desconozco. Si gustas, puedes hacer un collar para identificar el árbol. Los monjes suelen marcarlos por su cuenta, pero éste en particular está demasiado alejado de cualquier monasterio. Ata una cinta vistosa en el tronco, eso bastará. No será lo mismo que una hecha por un monje, pero quizás el kodama aprecie el gesto.

—¿Para qué sirve marcarlos?

—Es una manera de indicar que un espíritu reside en el árbol. Y una de las pocas opciones que nos quedan para proteger a esos espíritus.

Con la mente asediada de una suerte de creatividad irrefrenable, Kichiro tomó un trozo de cuerda de su bolso, hizo algunos nudos y unió un par de hilos de colores que encontró luego de revisar hasta el fondo de los bolsillos.

Ató con gentileza la cinta y se aseguró de que no se fuera a soltar con unos débiles tirones.

—Bien, sigamos. ¡Próxima parada, la Aldea Escondida entre la Niebla! —exclamó Takeshi.

Kichiro asintió. Al dar sus primeros pasos lejos del árbol, paró en seco y se giró.

Nada había allí más que las ramas del sauce balanceándose al son de la brisa que había empezado a soplar.

Hizo un imperceptible saludo con la mano y musitó:

—Gracias. No lo olvidaré.

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—Ven, siéntate —indicó Sakura, señalando un asiento a su derecha.

Kichiro obedeció con una sonrisa en el rostro.

—Vaya, ¿te dejaron pasar con la espada? —preguntó Ino, con asombro.

—Al ver que soy de los buenos no me hicieron ninguna pregunta —Kichiro señaló su banda atada en la frente.

El Tercer Hokage dio un corto discurso a modo de inaugurar la fase final de los exámenes.

Abajo, los diez candidatos a chūnin recibían instrucciones del censor.

El primero encuentro quedó decidido entre Naruto y Neji.

Shikamaru, Shino y Tenten subieron al palco que les correspondía, seguidos por Dosu, que guardó bastante distancia entre ellos. Los tres de la Arena se posicionaron bastante más lejos.

Kichiro se levantó de su asiento.

Naruto y Neji se tomaban su tiempo para iniciar la pelea.

Se inclinó sobre la baranda.

—Oye —Dosu miró hacia arriba, luciendo su único ojo visible.

—¿Qué quieres?

—Eres compañero de Kin. Dime, ¿ella va a venir?

El genin del Sonido tardó en responder. Lo miró larga y silenciosamente. La bufanda de su compañera rodeando el cuello de Kichiro le causó un asco y una vergüenza ajena terribles.

—No sé lo que ha sido de ella. ¿Por qué quieres saber?

—Nada. Ella me dijo que estaría aquí hoy.

—Pues debe tener sus razones, así que ocúpate de tus asuntos.

Gaara miró en dirección a Kichiro, quien no pareció notar su presencia.

El combate inició en favor de Neji, quien estuvo a punto de anular el flujo de chakra de Naruto.

—Otra vez clones de sombras. Tiene menos capacidad estratégica que una lombriz —comentó Kankurô.

—Sí, lucha tan mal como se ve —lo secundó Temari.

—Neji ha empezado peor que él —habló Shino.

—¿Y tú de qué hablas? —se burló la rubia.

—Incluso si la pelea es contra Naruto, es un error confiarse en un resultado que sólo es una probabilidad. Grande, y en su favor, pero no es un hecho. Y hasta que no lo sea, subestimar al enemigo es una debilidad.

—Pues ahí va otro ejército de Narutos —dijo Shikamaru, somnoliento—. Ja, miren cómo explotan cuando los golpean. ¿Y a ti que te pasa? ¿No deberías estar ovacionando a Neji o algo?

Tenten lo miró con una mueca neutra. No respondió y volvió la vista a la pelea.

"Mujeres" pensó Shikamaru.

—Defensa rotativa —analizó Kichiro—. Así que ese es el control de chakra del que los Hyūga hacen alarde.

—¿Sabes cómo funciona? —cuestionó Sakura.

—Gai Sensei me explicó lo básico. Sólo debes saber que mientras está rotando, su defensa es más sólida que cualquier armadura física. Es impenetrable.

"Si dominara las Puertas Internas igual que Lee, sería literalmente imparable" pensó con cierta diversión el espadachín.

Hinata entrecerró los ojos y miró con rabia a un par de espectadores delante de ella.

—Mira a ese bicho raro, el joven Hyūga lo va a pulverizar.

—De saber que el inicio de la fase final iba a ser tan predecible, habría venido más tarde. Cielos.

Neji luchaba con odio. Hacia ella, su padre, su familia. Odio por su destino. Saber esto le corroía las tripas de impotencia.

—Oye, Hinata, ¿todo bien? —preguntó Kiba, poniendo una mano en su hombro.

—Está hablando de mí —dijo ella.

Las venas alrededor de sus ojos se hincharon. Akamaru gimió, atemorizado.

La cruz jade en la frente de Neji era una puñalada que dolía y sangraba cada segundo que la veía, recordándole la culpa que cargaba desde su nacimiento.

Kichiro oyó atentamente la historia que Neji le relató a Naruto. A medida que transcurría, su confusión aumentaba.

—Esta aldea está llena de dementes —dijo para el anciano, iniciando la conversación como solo en raras ocasiones ocurría.

—Es una consecuencia del mundo moderno que la codicia por el poder o los rasgos sanguíneos quieran monopolizarse incluso entre las familias y los clanes. Veo que le dan más peso al tiempo que a la sangre que comparten, y eso es tremendamente nocivo. El jovencito Hyūga solo es un síntoma de la desunión y el egoísmo.

—¿Cómo le llamarías a esa estúpida tendencia a dividir la calidad y las responsabilidades de un grupo cuyo origen es la misma sangre? ¿Egoísmo, dices? ¿Quizás exceso de individualidad?

—Burocracia.

—Presten atención —dijo Shikamaru—. Ahora está ocurriendo algo.

Un aura anaranjada rodeó a Naruto. Se podía percibir la fuerza que despedía sin siquiera mirarla. El calor aumentó en todo el estadio.

—El chakra del Zorro —musitó Kichiro.

—No, no es posible —dijo Sakura.

—¡Quizás el Clan Hyūga haya decidido tu destino, pero no el mío! ¡Yo cambiaré el destino del Clan Hyūga una vez sea Hokage!

Naruto y Neji chocaron sus kunai. El impulso de la rotación de Neji y el chakra del demonio generaron una onda expansiva que echó a todos los espectadores hacia atrás y la mayoría tuvo que cubrirse el rostro.

El Hokage y el Kazekage no ocultaron su perplejidad.

Neji se arrastró fuera del pozo que dejó en el suelo, humeante y lleno de polvo.

Tenten apoyó los codos en la baranda y descansó su frente en sus manos.

"Esta victoria no te aportará nada. Lo lamento por ti, Neji".

Un estruendo la sacó de su ensimismamiento. Neji salió despedido hacia atrás y se desplomó de espaldas, levantando una nube de tierra com un gruñido ahogado.

Naruto emergió del suelo con un grito, tan ausente que era dudoso si era consciente del golpe que había asestado.

—Bueno, lo hizo —sonrió Kichiro—. Ahora Sasuke y yo tendremos que cuidarnos las espaldas.

—¡El ganador es Naruto Uzumaki! —sentenció Genma, el censor, mordisqueando el senbon que siempre llevaba entre los labios.

Y como si estuviera soñando, el ninja rubio recibió su primera ovación por parte del público, y se entregó a ella entre risas y festejos.

—Parece que le tienes envidia —dijo Kichiro.

—Un poco, sí —confesó Sakura—. Pero no me permito desanimarme, diría que ha merecido la pena estudiar tanto. Para los próximos exámenes estaré bien preparada.

La chica le devolvió una mueca pícara y confiada.

—Viejo, Naruto le ganó a Neji, ¿qué nos queda a los no populares? —se desesperó Shikamaru, agarrándose la cabeza.

—¿Los "no populares"? —cuestionó Shino.

Tenten se llevó una mano al pecho.

"Neji. Imagino que me odiarás de ahora en adelante. Pero lo siento como tu compañera de equipo… y puede que como tu amiga, la única que tienes. Éste resultado ha sido el que yo quería, y la prueba de que estoy equivocada respecto a ti".

Sus ojos de almendra miraron el zorzal revolotear sobre Neji, mientras se lo llevaban los paramédicos.

Naruto subió al palco y Shikamaru lo recibió con palmadas en la espalda.

—Miren eso, santo cielo, ¿dónde habías escondido toda esa fuerza?

—¿Qué puedo decir? Ser un fenómeno tiene sus ventajas —el rubio rió y se señaló a sí mismo con el pulgar.

La multitud olvidó rápidamente la victoria de Naruto y comenzó a reclamar la presencia de Sasuke. Los más atrevidos se animaron a arrojar comida y envoltorios a la arena, para el disgusto de los shinobi que habían asistido al combate.

—¿No va a venir? —se preocupó Ino—. Digo, eso es como imposible porque Sasuke es… bueno, Sasuke. Pero ¿no se les hace extraño?

—Tú lo dijiste, Sasuke es Sasuke. Esta es una de las suyas —dijo Sakura.

No había señales de ese venenoso líbido en sus palabras.

De pronto, Genma intercambió algunas palabras con el guardaespaldas del Hokage. Se mostró disgustado.

—Debido a la ausencia de uno de los competidores se procederá con otro encuentro hasta que llegue. ¡Shino Aburame y Kankurô, bajen por favor!

Torune, sentado junto a Shibi y Chika, se frotó las manos.

—Ya viene lo bueno, puedo sentirlo —dijo, provocando que Shibi posara una mano sobre su cabeza con cariño.

—Censor, me retiro. Proceda con el siguiente encuentro —anunció Kankurô, para el asombro de todos.

Shino gruñó y lo miró. Sus gafas centellearon con el sol, casi reflejando su rabia.

Torune miró a su hermano con pesar. Chika se acomodó los lentes.

—Esto es muy triste —dijo—. Esperaba verlo pelear hoy.

—El torneo acabó para él, pero algo me dice que tendrá una oportunidad más adelante —dijo Shibi.

Shino, desde su lugar en el palco, buscó con la vista a su familia. Los divisó y rápidamente apartó la mirada, esquivando la vergüenza como una peste mortal.

—Qué absurdo —enfureció.

—Gracias al retiro de Kankurô, Shino Aburame gana por default —dijo Genma.

Llegó el turno de Shikamaru y Temari. El primero se negó y pensó en rendirse, de no ser por una artera palmada de Naruto que lo precipitó a la arena con una dolorosa caída.

Asuma se rascó la cabeza y por poco se le resbaló el cigarro de entre los labios.

—Qué montón de simios —dijo Kichiro al ver que las latas vacías y las cáscaras de fruta llovían sobre su amigo.

Miró al cielo. Las nubes se exhibían como trozos de tiza, tan nítidas que uno podía sentir la necesidad de extender la mano hacia ellas.

Temari había comenzado ya el combate, pero ni él ni Shikamaru parecían darle la debida importancia.

—Hoy están muy lindas, quién lo culparía por distraerse viéndolas —comentó Kichiro.

—Ay, niño, qué cosas dices —se ruborizó Ino, tapándose el rostro con las manos.

—¿Lo qué? Ah, ¿tú también las viste?

—¿Verlas?

Kichiro señaló con inocencia al firmamento. Unas líneas azules y ojos dilatados y pálidos coronaron la expresión de Ino.

"Lo que me faltaba, otro rarito fan de las nubes".

Chôji llegó cargando una canasta cargada de aperitivos. Kichiro estrechó la mano con él y compartió un par de botanas.

Temari acribillaba el escenario con ráfagas de viento disparadas con su abanico. Las oleadas de viento rasgaban y marcaban las paredes y la corteza de los árboles como un ejército de sables incorpóreos.

Temari hizo gala de su agilidad y astucia. La última rivalizó con la de Shikamaru, al menos por un tiempo. Todo, hasta que el joven Nara demostró tener tres ases bajo la manga.

Dosu se agarró con su mano no-implantada a la baranda y soltó una risa seca.

—Nada mal. No me habría gustado enfrentarme contra ninguno de los dos. Por suerte, el azar jugó un poco a mi favor —miró de soslayo a Tenten, quien le devolvió una mueca despreciativa.

—¡Sí, carajo, sí! —Kichiro pegó un salto de su asiento y lanzó un golpe al aire.

—¡Eso es, Shikamaru!

—Bien, eso es todo —dijo Shikamaru, teniendo a Temari a unos pocos pasos de distancia—. Me rindo.

El estadio se llamó al silencio.

—Y ahí está —Chôji se llevó un puñado de papas a la boca y masticó sin pudor.

—Esto es el colmo, Sasuke debería estar aquí ya —se quejó Genma—. Pues habrá que descalificarlo y seguir con el último combate.

El guardaespaldas del Hokage volvió a acercarse a él y le susurró al oído:

—Lord Hokage ordena que avances con el siguiente enfrentamiento, esperemos a Sasuke Uchiha hasta entonces.

—Maldita sea, Raido, ¿es una broma de mal gusto? Pues que así sea, me da igual. ¡Tenten y Dosu Kinuta, bajen en este instante!

Tenten miró a su oponente, con los puños apretados y una sombra oscureciéndole la faz.

"Qué desastre. No quiero mostrar mis movimientos antes de enfrentar a Sauske. ¿Debería rendirme? Después de todo, poco importará cuando todo este lugar arda en llamas".

La suerte le sonrió en la forma de un torbellino de hojas arrasando con el centro de la arena. El estruendo dio paso a dos figuras de porte erguido y orgulloso.

—¡Hola! Disculpen la tardanza, si vieran el tráfico que había… —se excusó Kakashi.

—¡Sasuke! —exclamó Naruto.

El joven Uchiha encaró a su compañero de equipo con una sonrisa fanfarrona.

—Naruto, no me digas que ganaste.

—¡Precisamente!

—Hmm. No dejes que se te suba a la cabeza. Sigues siendo un perdedor.

—Qué manera de perder la noción del tiempo, Kakashi. Estábamos a punto de dar comienzo al enfrentamiento final, pero veo que han llegado, literalmente, en el último segundo.

—Oh, qué gran noticia. Empezábamos a temer que Sasuke fuera descalificado —el jōnin se rascó una mejilla con visible culpa.

—Eso es igual ahora —Genma negó con la cabeza, esbozando una sonrisa vencida—. ¡Gaara de la Arena, es tu turno!

Dosu suspiró con libertad y se cruzó de brazos.

Tenten no le quitaba los ojos de encima, y empezaba a preguntarse si algo andaba mal con él.

Gai y Rock Lee se apersonaron junto a Kakashi y se ubicaron junto a Kichiro y los demás. Él, viendo la cara compungida y frustrada de Lee, le dio un corto abrazo y le cedió su asiento.

—¿Cómo has estado? —le preguntó una vez se hubo sentado.

—He… estado bien, mejor de lo que esperaba. ¡Gracias!

Estaba mintiendo, lo podía percibir en lo tembloroso de su sonrisa y en sus lagrimales comprimidos.

—Kakashi Sensei —dijo Sakura—. ¿Todo en orden?

—Sí, Sakura, todo bien. Lamento no haber estado en contacto.

—Y la marca…

—No hay por qué preocuparse.

—Creo que Sasuke es más fuerte que eso. Confío más en él que en nadie para resistir esa cosa —dijo Kichiro.

Kakashi observó con cierta desconfianza la posición de algunos cazadores ANBU entre el público.

—¿En qué estará pensando Lord Hokage?

—Bueno, nunca se sabe cómo puede atacar el enemigo; los cazadores especiales ANBU tal vez se han dispersado en lugares estratégicos a lo largo de toda la aldea. Mira, ya empezó. Mantengámonos alerta, pero por lo pronto no podemos perdernos este encuentro. Y, por cierto, Kakashi, quiero que sepas que estaré observando a tu pupilo para ver si tu entrenamiento ha sido bueno. Después de todo, sigo siendo tu rival —una chispa estalló en la comisura de la sonrisa de Gai.

—Oh… disculpa, ¿dijiste algo?

Sasuke y Gaara iniciaron el combate, cumpliendo y superando con las expectativas de todos.

Kichiro notó que, a pesar del espectáculo, Shikamaru y Naruto no aparecían por ningún lado.

—Tengo un mal presentimiento. Por si no lo notaste, ellos entraron al edificio al mismo tiempo que Gaara.

—Odio que me presiones, quiero mantener un ritmo relajado al menos por hoy. Ellos están bien.

—No lo sabes.

—No te detendrás hasta que vaya a buscarlos.

—Cuidado, mira allá.

Gaara se agarró la cabeza y gimió igual que un perro cuya pata queda atrapada en un alambre. Sasuke pegó un salto hacia atrás, sin despegar la vista de la arena y de quien la manejaba.

El pelirrojo pareció conversar con alguien que claramente no era Sasuke. Entre todo el barullo, oyó una palabra que disparó el hervor de sus venas.

—Te he hecho probar una sangre horrible. Lo siento tanto… pero esta vez estoy seguro de que tendrá un mejor sabor.

Recordó a la vez la amenaza que Gaara le había lanzado el día anterior:

—Te mataré, Kichiro de la Hoja. Todos morirán.

—Hijo de puta —vociferó y corrió, bajando las escaleras hecho una furia.

—¿Y ahora qué le picó? —preguntó Ino.

—Cuando hay que ir, hay que ir —dijo Chôji.

Descendió salteando un escalón con cada zancada hasta llegar al entrepiso. Encontró a sus dos amigos sentados al borde de la escalera con cara de haber visto un fantasma.

Se tocó el pecho y jadeó una maldición.

—Me asustaron, idiotas —Naruto y Shikamaru se pusieron de pie.

—Kichiro, ¿tú también lo notaste? ¿Cómo va la pelea? —dijo Naruto.

—Sí, claro que lo noté. Hasta ahora van empatados. ¿Qué ocurrió?

—Unos monos quisieron extorsionar a Gaara para que se dejara perder frente a Sasuke. Ahí tienes el resultado —Shikamaru señaló a dos montones de carne pulverizada tendidos en medio de un pasillo empapado en sangre.

Kichiro golpeó la pared y apretó los dientes.

—Ese hijo de puta no vino para convertirse en chūnin —habló Naruto—. Voy a detener el encuentro, no puedo permitir que Sasuke muera a manos de ese monstruo.

—¿Qué clase de entrenamiento hicieron ustedes? —preguntó Gai, anonadado por la soltura de Sasuke—. Alcanzar tal nivel en un solo mes…

—Sasuke ha copiado el taijutsu de Lee con su Sharingan. Durante el entrenamiento le hice imaginar los movimientos de Lee y copiarlos, cosa que sólo pudo lograr ya que lo conoce personalmente. Por supuesto requirió mucho trabajo duro para llegar hasta donde está ahora. ¿Qué pasa, Gai? ¿Qué es tan gracioso?

—Oh, Kakashi, veo que incluso siendo rivales tenemos algo en común. No podemos dejar de impartir nuestro conocimiento a las nuevas generaciones.

—No entiendo a lo que te refieres —hubo diez segundos de silencio acentuados por la sonrisa de Gai—. Asuma me dijo que apenas vio a Kichiro durante el mes que me ausenté a pesar de que había dejado su entrenamiento a cargo de él ya que se lleva muy bien con Shikamaru. ¿Sabes algo de eso?

—Es obvio, mi amigo, yo lo entrené a la par de Tenten por petición del propio Kichiro.

—Explícate, pues —pidió el Ninja que Copia con más curiosidad que molestia.

—Que no te sorprenda, tú bien sabes que ese muchacho tiene un potencial gigantesco. Sólo he aceptado su petición ya que ha tocado una fibra sensible dentro de mí. La fibra del luchador, por supuesto.

—¿Qué petición, exactamente?

Gai le sonrió con más intensidad, disparando otra centella. Kakashi se giró completamente hacia él. Sakura, Ino y Chôji sintieron la tensión aumentar.

—No serías capaz… es un niño, y mi alumno. ¡Mío, Gai! Jamás habría consentido tal cosa si hubiera estado presente.

—Bien sabes de lo que él es capaz, y yo también después de haber compartido un mes con él. Estás exagerando. No me avergüenza para nada decirte que en ese periodo de tiempo —Kakashi deformó su boca bajo la máscara— ha logrado abrir tres de las ocho Puertas Internas.

—¿Qué es lo que has hecho?

—Kakashi, hiciste un trámite enorme para incluir a destiempo a ese chico a tu equipo. Tú no gastarías semejante cantidad de tiempo en algo que no lo valiera.

—El entrenamiento de mis pupilos me corresponde a mí y solo a mí. Le enseñaste un jutsu prohibido y suicida a Kichiro incluso habiendo visto que es bastante inestable cuando está en situaciones de riesgo. ¿Acaso quieres que termine como Lee? ¿Eso quieres, Gai? Dime qué harías en esa situación.

El chico ahogó un gemido y miró al suelo con decepción. Su maestro se colocó frente a él, protegiéndolo de la mirada de Kakashi.

—Modérate cuando estés delante de él, ¿me has oído?

—Tú nunca aprenderás. Tendré que arreglar esto personalmente cuando todo termine.

—No lo harás "desaprender" esa técnica, te pese cuanto te pese. Ni por las buenas, ni por las malas. Házte hombre y sé un verdadero shinobi, que es lo que él y todos tus alumnos esperan de ti.

Kichiro, Shikamaru y Naruto llegaron a la escena ignorando toda la discusión que había acontecido. Sakura aún no salía de su estupor.

—¡Kakashi Sensei, tienen que detener el encuentro! —aulló Naruto—. El chico contra el que Sasuke pelea es completamente diferente a nosotros, es lo más alejado a la normalidad. ¡Si no lo detienen, Sasuke morirá!

—¿Eh? Naruto, cálmate, por favor. Sasuke y yo no estuvimos perdiendo el tiempo, hay una razón por la que llegamos tan tarde.

Gaara se había atrincherado en una cúpula esférica hecha a partir de su propia arena.

Sasuke rugió y arremetió desde todos los ángulos, buscando puntos débiles y eludiendo las púas de arena que se estiraban desde la superficie lisa.

Kichiro admiraba genuinamente ese despliegue de habilidades, ignorando el peligro inminente.

—Miren bien a Sasuke, los va a sorprender.

El último de los Uchiha se posicionó sobre la pared del estadio, hizo una combinación de manos y colocó una mano sobre la otra.

Shino, desde su posición, oyó una conversación entre Kankurô y Temari.

—¿Plan? —preguntó.

—También lo oí —susurró Tenten, pretendiendo que prestaba atención a la batalla.

—No les quites la vista de encima.

Dosu, apoyado contra la pared, sonrió bajo sus vendas y se escurrió por el pasillo, fuera del palco, sin que nadie lo notara.

El racimo de relámpagos se manifestó en la mano de Sasuke y destelló con furia. El muchacho fijó su objetivo y corrió bajo la pared. Trazó un corte profundo en el concreto a medida que su mano, vuelta una chispa fulgurante, pasaba por él.

Avanzó con la velocidad de una flecha y su brazo se incrustó en la defensa de Gaara, sumiendo a todo el público en un silencio de muerte.

—¡Chidori, millar de aves! —exclamó Gai.

"Increíble. Creo recordar que el viejo había mencionado algo sobre una 'cuchilla relámpago' en algún momento, pero… sus anécdotas son tantas que me cuesta confirmarlo" pensó Kichiro.

No se oía nada en lo absoluto. Ni vítores, ni comentarios, mi abucheos. Uno habría confundido el ambiente con el de un funeral.

Y de pronto, el chillido más desgarrador y estridente que hubieran escuchado jamás.

—¡¡Aaaaagh!! ¡¡Sangre!! ¡¡Es mi propia sangre!!

Kichiro se imaginó a Gaara revolcándose como una bestia agonizante, digno de algo como él. Palideció, pero no por terror, sino por la creciente idea de que algo iba a ocurrir.

—¿Va a hacerlo otra vez? —preguntó Kankurô.

—No lo sé, pero esto jamás había pasado. Creo que Gaara está herido —replicó Temari.

Sasuke gritó y forcejeó para arrancar su extremidad de la cúpula de arena. Lo logró, pero una entidad extraña lo persiguió una vez logró su escape.

Una lombriz gigante, gorda y pulsante, la zarpa de un felino deformada horriblemente con garras grotescas amagó a atraparlo y se aplastó contra el suelo cuando lo tuvo fuera de rango.

Kichiro no lo dudó un segundo y llevó su mano hacia atrás, apretando la empuñadura de Vashra. Kakashi no lo reprendió, eso para Gai era más que suficiente para ponerse en guardia.

Tenten ya no estaba en el palco y Shino alternaba entre prestar atención al encuentro y ubicar a su familia entre la multitud.

La cúpula de arena se deshizo, revelando a un Gaara jadeante y herido en su costado izquierdo.

Kichiro olió la muerte en el aire.

—¡Dispersión! —gritó, mientras arrancaba la hoja de su funda con un lamento fino y metálico.

Una nube de humo estalló en el palco del Tercer Hokage, y el mundo de Kichiro se movió en cámara lenta.

Tenten llegó junto a ellos con la frente perlada de sudor. Lee no había logrado librarse a tiempo del genjutsu, al igual que Naruto, Shikamaru, Ino y Chôji.

Los ANBU volaron sobre sus cabezas en auxilio de su gobernante.

—¡Gaara! —exclamaron al unísono Kankurô y Temari, saltando en dirección a su hermano.

Librada ya de su engorroso disfraz, Tayuya se posicionó en una esquina del techo del palacio.

–Al fin llegó mi hora —celebró Kidomaru.

—Todos hemos esperado esto. Estaba tan frustrado con esos harapos —dijo Sakon.

—Son tan dulces, qué asco —espetó ella.

—Hombre, todos somos amigos, ¿no? —dijo Jirobo.

—La Aldea de la Hoja. Será un honor participar en tu caída —habló Kimimaro, admirando la capital del País del Fuego con lujo de detalle.

Seis ninja del sonido y un ANBU encararon a Kakashi y sus alumnos. Gai intentó decir algo, pero el rugido de Kichiro lo hizo callar.

Vashra reflejó el sol, cegando a todos por un momento, y luego dos ninja expulsaron un chorro carmesí por sus gargantas y se desplomaron. Sus compañeros insultaron con desafuero y se dispersaron.

—Siempre temimos que ésto pasaría. No te contengas ni un mínimo, demuestra de lo que es capaz nuestra estirpe —lo arengó el anciano.

Kichiro ya no parecía consciente de sus amigos alrededor. Sacudió la sangre de su espada y aulló:

—¡Vengan por mí, imbéciles! ¡La Muerte les ha jugado una mala pasada al enfrentarlos conmigo! —la sangre incrementó el brillo de sus ámbares.

Kakashi no perdió tiempo, desenvainó su kunai y fue tras los enemigos, seguido de Gai, que había puesto a Lee a cubierto detrás de una butaca.

Tenten extrajo un pergamino, lo desenrolló apresurada. Pasó sus manos sobre el papel y se hizo con dos alfanjes. Sakura, atontada por el pánico y la imagen de Kichiro bañado en sangre, sintió que su mano lentamente se movía hacia su bolso de shuriken. Estaba tan dura en su pensar y movimiento que no atinó a reaccionar cuando un ninja del sonido saltó sobre ella y le atrapó la garganta.

Kakashi gritó su nombre, y luego un ruido húmedo, un crujido hueco y su rostro se cubrió de líquido.

Vashra había abierto al ninja del Sonido desde la clavícula hasta el esternón. Kichiro retiró su hoja y empujó al cadáver, sacándolo de encima de su amiga.

—¿Qué estás haciendo? ¡Defiéndete! —rugió él.

—¡No lo entiendo! ¡Los ninja de la Hoja y del Sonido somos aliados! —exclamó Tenten, repeliendo un dúo de shuriken con sus aceros.

—Ustedes son muy jóvenes, pero en años pasados la traición era moneda corriente entre las naciones shinobi —dijo Gai, reventando la sien de un enemigo con una patada lateral.

—Olvídense de todo lo que hayan creído con anterioridad, esto es una guerra ahora —habló Kakashi, acercándose a sus alumnos con aire protector.

Notó que los ojos de Kichiro bailaban incesantemente en busca de ataques o enemigos. Su pecho subía y bajaba en un frenesí delirante, la sangre le bajaba por la barbilla y formaba una gruesa gota antes de caer. El patrón de refuerzo de Vashra, que subía casi por la totalidad de sus dos filos, estaba oscurecido, su color dorado opacado por el rojo cada vez más denso.


—Kimimaro, mi buen alumno —Orochimaru, ataviado con el atuendo del Kazekage, echó mano a un bolsillo.

Odiaba esos atuendos engorrosos, y cuando mató al soberano de la Tierra del Viento se sintió regocijado tanto por el gradual cumplimiento de sus planes como por ver a quien él consideraba una rata débil y excéntrica envuelta en trapos perfumados.

—Milord —Kimimaro se postró.

—Tenemos que actuar rápido. Toma ésto y dale mi regalo a ese chico especial del que nos habló Kabuto. Preferiría que te limites solo a eso, pero si tienes la oportunidad, podrías eliminar a unos cuantos shinobi de la hoja.

El sannin le entregó un pequeño estuche aterciopelado. Kimimaro lo tomó con celeridad y sonrió.

—Así como usted lo dice, se hará, Lord Orochimaru.

—El resto, apresúrense con la barrera. Oh, y si ves a Dosu... no nos es de utilidad, ya no más.

—Sí, señor —exclamaron los demás.

"¿Chico especial? Como siempre, tan… lascivo" pensó Tayuya, ya colocada en su posición.

Hiruzen miró a su antiguo alumno, anegado de decepción y remordimiento. Estaba indeciso si sentía más aversión por él o por sus propias acciones.

—¿Qué planeas hacer con Sasuke ahora? —inquirió.

—Oww, no tendría caso que te detallara lo que tengo reservado para él, sensei. Morirás indefectiblemente, te lo cuente o no. Pero lo que acabo de darle a mi estimado soldado no es para Sasuke.

Los ojos del Hokage se dilataron.

—¡Habla! ¿A quién has añadido a la lista de tus desalmados experimentos?

—Veo que me conoces muy bien. Un pajarito me ha contado que ese amigo tuyo, el viejo Matsubara, resultó tener una descendencia muy… exótica.

"El alumno de Kakashi. ¿Qué podría querer él de ese niño?"

—He logrado sacar poca información en limpio, pero algo me dice que él y Sasuke podrían servirme para el mismo propósito, y por exactamente las mismas razones.

—Tú siempre tuviste roces con Takeshi. Ahora veo por qué él nunca te aceptó, con más claridad que nunca.

—Qué lástima que sólo le hayas permitido encargarse de uno de tus dos problemas, sensei. Y, siendo generoso, ni siquiera se lo permitiste tú, porque a distinguió de ti él tenía una naturaleza muy activa. Eso es algo que siempre admiré de él a pesar de nuestras diferencias. Para codearse contigo y el resto de buitres del consejo, el viejo Matsubara siempre se mostró como el más dispuesto a poner las cosas en movimiento. Es triste pensar que te hayan dado el cargo de Hokage a ti. Si él hubiera ocupado tu lugar, puede que incluso yo no hubiera podido llevar a cabo esta invasión tan fácil y discretamente.

Hiruzen acusó el golpe. Habían pasado meses desde la última vez que había ponderado sobre sus experiencias con su hermano de armas, el último samurái, su querida reliquia del pasado.

—Qué mal que Kimimaro se lleve la mejor parte. Tenía ganas de poner a prueba mi puntería con esos enclenques shinobi de la Hoja —dijo Kidomaru.

—Cuando esto acabe haremos mucho más que solo matar, mi amigo —rió Sakon.

—Nuestro primer saqueo, qué hermosa ocasión —dijo Jirobo.

Ella guardó silencio. Se tomó un momento para girar sobre sí misma y detenerse en la Aldea de la Hoja.

Era la primera vez que entraba en una ciudad en años. La capital del País del Fuego tenía un aire familiar, cálido, igual que un vecindario acomodado de gran extensión. La Aldea Escondida entre las Rocas no se parecía en nada. Todo allí tenía un color ocre y el aire se respiraba con dificultad, siempre saturado de la asfixiante vista de las innumerables cordilleras que la cercaban. Nunca, en todo el tiempo que vivió allí, divisó una llanura, ni cuanto menos una meseta más o menos abierta. Sólo picos y aristas empinadas, acentuadas o amortiguadas dependiendo del nivel de la erosión y la intervención del hombre, que sólo brindaban una mayor sensación de encierro a las titánicas murallas que cercaban la ciudad.

Una brisa sacudió su cabello escarlata. Se acomodó un mechón tras la oreja mientras se fijaba en la montaña tallada con los cuatro soberanos del País del Fuego; ser partícipe en su inminente derrumbe dejaba un sabor misterioso en su boca.

Una mano le acarició el mentón.

—Procura mantenerte a salvo —dijo Kimimaro—. Una vez termines aquí, búscame. Yo te protegeré.

—Cumple con tu misión. Nos veremos pronto.

Kimimaro asintió con una sonrisa, y luego desapareció de un salto.


—Kichiro y Tenten, ustedes permanezcan aquí y ayúdennos a los jōnin a repeler el ataque —dijo Kakashi.

—¡Estamos aquí para ayudar! —exclamó Kiba, llegando junto con Hinata.

—Perfecto, todos estén listos para volver a entablar combate en cualquier momento.

Gai se asomó por el hueco que acababa de abrir en la pared y por el que Naruto, Sakura, Shikamaru y un perro invocado por Kakashi, llamado Pakkun, se disponían a cruzar.

—¿Qué es eso? —el miedo se reflejó en su rostro.

Tenten prestó atención y profirió un grito de horror. Tres serpientes descomunales, altas como una sequoia anciana, se movían inclementes arrasando con el distrito comercial.

—No cabe duda, es un ataque combinado por parte de las aldeas de la Arena y el Sonido —dijo Kakashi, apretando con fuerza sus kunai.

—Da igual si es combinado o individual —Kichiro hizo girar su espada y endureció su expresión aún más si cabía—. Nosotros estamos aquí para rechazarlo, y eso es lo que voy a hacer. ¿Estás lista? —Tenten no respondió.

Sus alfanjes temblaron y sus dientes castañearon.

—Yo vivo en esa zona. Mis padres estaban en casa —dijo con un hilo de voz.

Gai llevó su atención hacia ella. Podía percibir el miedo y la impotencia plasmados en sus ojos y en su voz.

—Vé con ellos, sácalos de allí. Kichiro, acompáñala. Contribuyan a la evacuación de civiles tanto como puedan.

—Kiba, necesito que vengas conmigo —habló Hinata.

—¿No acabas de oír? Tenemos que pelear aquí, ¿qué es tan urgente?

—Neji sigue en la enfermería. Está muy débil como para defenderse si lo encuentran. Tenemos que llevarlo con el resto de mi clan. Ayúdame, por favor.

Kiba le miró fijamente. Admiraba la determinación de su amiga, casi tanto como para pensar que lo que ella hacía tenía algún sentido.

—De acuerdo.

—¡Todos, dispérsense! —aulló Kakashi.

—Vé, hermano, y asegúrate de no hacerte matar —le dijo Kichiro a Shikamaru.

—Viejo, qué gran tormento ha resultado ser este exámen.

Tenten y Kichiro se lanzaron por la avenida principal a todo lo que daban sus piernas.

—¿Puedes asegurar que ellos están allí? ¿No han ido a verte luchar? —preguntó Kichiro.

—Ellos no son de los que te animan a entrenar y superarte todo el tiempo. Y sí, estarán allí, te lo aseguro.

—¡Al frente!

Un quinteto de ninjas de la Arena les cerró el paso.

—Miren lo que tenemos aquí. Parece que están tan cagados que han enviado niños a enfrentarnos, chicos. Esto no será ni divertido —rió el que parecía estar al mando.

—Mira esa maldita cara. Él representa lo que nos ha quitado todo. ¡Ataca, mátalos a todos!

Kichiro salió despedido de su lugar, vuelto un torbellino de acero y sangre.

La cabeza del oficial al mando voló por el aire junto con una andanada de kunai y shuriken. Un cuchillo se incrustó en su hombro y una estrella le rozó la mejilla. Se arrancó el primero con un gruñido apagado.

La muerte y el dolor avivaron ese ardor que aceleraba sus pulsaciones con voracidad. Cada segundo pasaba lentamente y su cuerpo se movía por simple inercia.

Su piel quemaba, sus venas fluían caudalosas y su excitación iba en aumento.

No había lugar para la piedad.

Clavó su kunai bajo la barbilla de un shinobi de la Arena y giró en el aire pateando en el rostro a otro más. Tenten invocó sin perder un segundo un manojo de kunai que llovieron sobre un escuadrón mixto de la Arena y el Sonido que se acercaba calle abajo.

Vashra descendió en un mandoble con la pesadez de un mazo sobre el brazo de un ninja que amagó un bloqueo. El antebrazo se seccionó y, antes de que su dueño pudiera echarse al suelo a retorcerse y agonizar, Kichiro le perforó el corazón con su kunai.

Tenten no estaba moderándose, ni mucho menos, pero su atención no se quitaba de la evidente sed de sangre de su amigo.

Siguieron avanzando hasta llegar a un suburbio atestado de soldados de uno y otro bando. Los civiles gritaban aterrorizados y huían. Algunos caían con kunai y shuriken clavados en el lomo, no siempre muertos en el acto, lo cual despertaba risotadas sonoras por parte de los ninja de la Arena.

Unos pocos chispazos estallaron alrededor del filo de Vashra. Tenten torció su rostro ante esa carnicería, y le dio la razón al accionar de Kichiro.

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Pocas épocas han sido tan turbulentas como la de las Revoluciones Sombrías, denominadas de esta manera por ser sus artífices quienes posteriormente ostentarían el cargo de Kages.

El primer país en experimentar este fenómeno fue el País del Fuego, que se enfrentó a una guerra civil entre una facción comandada por Hashirama Senju, cabecilla del clan Senju, aliado con muchos clanes de gran renombre, y el gobierno del daimyo.

Éste conflicto es conocido hoy en día como la Guerra de los Tres Clanes.

El génesis de esta rebelión se dio en el descontento que los grandes clanes del país sintieron luego de pasar años llevando un estilo de vida mercenario. Esta situación les otorgó un historial militar envidiable, pero costó la vida de muchos de sus miembros, llevando a muchos al borde de la extinción. La respuesta inicial del gobierno feudal fue de unas contadas compensaciones económicas, un gesto considerado apático y cruel a ojos de los clanes. En adición, debido a los constantes conflictos entre naciones, gran parte de la población, ubicada en zonas rurales, se encontraba desamparada y con pocas posibilidades de obtener sustento, principalmente a causa del maltrato que sufrieron las tierras destinadas al cultivo.

Hashirama logró acordar una alianza con el Clan Uchiha y el Clan Hyūga, y luego de un año de guerrear contra el ejército del daimyo del País del Fuego, las fuerzas combinadas de los Tres Clanes asaltaron la capital del país, ejecutaron al daimyo y perdonaron a sus subordinados.

La capital fue trasladada a lo que hoy es la Aldea Oculta entre las Hojas, y Hashirama fue nombrado como Hokage hasta su muerte sucedida a causa de un cáncer no diagnosticado a tiempo.

Le sucedió Tobirama, su hermano menor, y el mayor reformista de la historia del País del Fuego y del continente.

Breve historia del Mundo Shinobi, Tomo 1

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Sin importar cuán adentrados estuvieran en el pabellón del hospital, no podían sacarse de encima el olor a sangre, humo y el eco de los gritos.

La espada brillaba tenuemente y los trazos blancos de su funda daban un sentimiento de algo parecido a la vida.

Una abuela temblorosa y sus dos nietos se acurrucaron tapados con una manta grasosa y raída. A los ojos de Tara, la pobre mujer parecía tener artritis.

Un par de soldados con signos de agotamiento patrullaba los pasillos sin quitar las manos de sus espadas envainadas. No se parecían mucho a la de su hermano. Escaneó el área, repleta de niños asustados y algunos ancianos. Su hermano permanecía de pie y con la espada al lomo, haciendo un esfuerzo para no caer de nalgas por el peso de la misma.

—¿Estás despierto? —musitó, mordiéndose la uña del pulgar.

Indra sufrió un corto, casi imperceptible sobresalto.

—Sí.

—¿No te sientas? Gastarás tu energía si permaneces así.

—No puedo permitirme descansar si soy el único armado.

—Hay más gente aquí.

—El único de nosotros, quiero decir —él todavía no se giraba.

Afuera el coro de voces y el bramido de las llamas lejanas persistía.

Tara bostezó y estiró los brazos. Prestó atención a los niños a su alrededor. Varios eran compañeros de la escuela, hijos de conocidos o vecinos que se cruzaba con regularidad. Ninguno hablaba, ni entre familiares. Mantenían los ojos perdidos y sus cuerpos se revolvían en espasmos de pánico ante el más sutil de los movimientos.

Acarició la cola de caballo con la que ataba su cabellera castaña que suelta le llegaba hasta los hombros. Indra nunca había gustado de retenerlo de esa manera.

Unos pasos rítmicos e imponentes los sacaron del silencio.

Saburo Kitsune, un sargento primero y buen amigo de su padre, pasaba patrullando el pabellón. Medía un metro ochenta, lucía una cabeza bien afeitada, labios prominentes acentuados por sus ojos siempre entrecerrados y piel tostada. Les echó una ojeada y con una mueca jovial se puso de cuclillas cuando los tuvo en frente.

—Eh, chiquillos, ¿cómo los trata la noche?

—¿Cómo crees? —replicó Tara, procurando no sonar demasiado grosera. Indra no parecía hacerle caso de no ser porque tenía los ojos fijos en los de él. No hizo movimiento alguno.

—Lo siento, he hecho una pregunta tonta —Saburo se frotó la frente con vergüenza fingida—. Oí que sus padres los enviaron aquí hace dos horas.

—¿Sabes algo de nuestros tíos? No los hemos visto desde la tarde…

—Lo lamento, pequeña. Mi división fue posicionada aquí desde que comenzó el ataque.

—¿Quiénes son? —habló Indra, en un susurro adormilado.

—¿Quiénes qué?

—Ellos. Los que nos atacan. ¿No estábamos en paz con nuestros vecinos?

—Así era. Veo que los de la Aldea de la Arena tienen sus propias ambiciones —Saburo frunció el ceño y miró al suelo—. Qué hacerle, las potencias y sus ansias de conquista.

—¿Podemos ganar? —preguntó Tara, poniéndose de pie.

Saburo curvó sus labios, apelando a su sensibilidad, cualidad muy exótica entre los hombres de su profesión. Decidió mentir por piedad a los hijos de su amigo.

—Yo no me preocuparía. Ustedes vienen de una familia dura de roer, eh. Sus padres solitos se han sacado de encima a unos cuantos batallones sin ayuda, eso seguro. Vamos, sé que el País de los Templos no es el más extenso y no tiene una aldea oculta, pero el enemigo comete un error si nos subestima. No lo hagan ustedes, confíen en ésto —Saburo acarició la espada en su cintura—, y en ésto —luego señalo a Vashra.

Indra parpadeó, tratando de evadir el sueño. Al menos un poco, Saburo logró contagiarle su ánimo. Incluso si era fingido.

Un rotundo temblor aturdió a todo el mundo y las ventanas del pabellón estallaron. Los soldados se arremolinaron en todas direcciones, gritándose órdenes entre sí y advirtiendo a los civiles de mantenerse a cubierto. Se oyó un nuevo estruendo provenir del pasillo que llevaba a la entrada principal.

Saburo se calzó su casco, desenvainó su hoja de un tirón y tornó su expresión en su mejor mueca de guerra.

—¡Por la salida de emergencia, los niños y ancianos vayan al siguiente pabellón y prepárense para huir! ¡Miyabe y Torii, guíenlos! El resto, conmigo.

Indra apretó la empuñadura con toda la fuerza que su infantil estructura pudo emplear. Viendo que el fuego se acercaba por el pasillo junto con la estampida de niños aterrados y el choque de aceros comenzando a sonar de vuelta, Tara lo jaló del hombro y se encargó de llevarlo por el camino correcto.

"Yo… no puedo levantar a Vashra. ¿Cómo voy a defender a todos? No puedo dejar a los soldados solos… si mi familia depende de mí. ¿Qué estoy haciendo? ¡Maldición, maldita sea mi vida!"

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—Corre, no hay un segundo que perder.

—Hinata, ¿de verdad haces ésto solo por Neji?

—Desde luego que sí —los dos compañeros doblaron en un pasillo. Akamaru ladraba sin cesar—. Él no ha hecho nada para ganárselo. Pero sigue siendo mi familia, y además es mi deber como futura líder del Clan Hyūga velar por la seguridad de todos quienes estén bajo mi mando.

—Ja, quién lo diría, suenas ya como una auténtica líder.

Abrieron la puerta con tanto envión que por poco la derribaron.

Hiashi Hyūga, cabeza del clan y padre de Hinata, encaró al par de genin con la guardia alta y las venas de sus ojos hinchadas. Cuando los reconoció, soltó un respingo de asombro.

—Hinata, ¿qué haces aquí?

—Padre, tenemos que sacar a Neji y Hanabi de aquí, ellos no están en condiciones de pelear.

—Hinata… —jadeó Neji, con el maxilar inferior todavía entorpecido por el puñetazo que lo había sacado del exámen.

—¿Dónde está Hanabi? —inquirió Hinata.

—La dejé… en las gradas. Pensé que sería sólo un minuto.

—¡¿Cómo has podido?! Maldita sea, tengo que volver por ella.

—Iré yo. Llévate a Neji y ponlo a salvo en nuestro hogar. No falles.

—¡Saca a Hanabi de éste lugar! —exigió ella, haciendo oídos sordos de su orden.

Iba a cumplirla, de todos modos, siendo ella quien la pensó en primer lugar.

—Vamos —dijo Kiba, ayudando a Neji a caminar pasando un brazo de él tras su nuca.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Neji.

—No tiene sentido esa pregunta, hermano. Tú y yo tenemos una misión que cumplir.

—Misión… ¿De qué estás hablando?

Hinata fue al frente junto con Akamaru, tratando de interceptar cualquier posible ataque.

Salieron de la enfermería y dirigieron sus pasos hacia la residencia de los Hyūga.

Un escuadrón de seis ninja del Sonido apareció desde un tejado.

Akamaru dio aviso y Kiba frenó en seco. Dejó a Neji en el suelo con cuidado y se acercó a su compañero.

—Están algo dispersos, pero creo que podemos sacarnos de encima a un par. ¿Listo, amigo?

Akamaru respondió con un ladrido.

—¡Hagámoslo! ¡Clon de Hombre-Bestia! —el perro saltó sobre la espalda de su amo.

Kiba adoptó una postura cuadrúpeda y sus colmillos destacaron con mayor intensidad, al igual que sus garras. Akamaru se envolvió en una nube de humo, la cual se disipó y lo reveló convertido en una copia de Kiba.

—Ese está herido, será fácil si tratan de defenderlo —se mofó uno de los ninja.

—¡Colmillo sobre colmillo!

Kiba y Akamaru sobrevolaron el tejado, girando a una velocidad alucinante. Se llevaron puestos a tres de los seis ninja, mientras que el resto saltó hacia la calle para salir del rango del ataque.

Las astillas y los trozos de teja volaron por doquier.

Hinata los recibió con un alarido y sus ojos surcados por venas. Sus palmas golpearon el pecho de cada shinobi, y éstos cayeron al suelo como sacos de tierra.

Soltó un jadeo. Neji caminó hacia ella con pasos dubitativos. Ahora se cuestionaba si quedaba algo de la Hinata que entraba en pánico con un comentario sarcástico y que sacaba a relucir sus tics ante la más mínima provocación. Ahora sólo veía rabia y una férrea disciplina.

—Tuvimos suerte de tomarlos por sorpresa, pero no tendremos oportunidad si llegan a rodearnos. Movámonos rápido y en silencio —dijo Kiba.

Siguieron avanzando por los callejones mejor escondidos de la zona. Faltaban diez cuadras para llegar a la residencia del Clan Hyūga cuando un nuevo batallón, esta vez siendo diez ninja, mitad de la Arena y mitad del Sonido, los rodearon cuando intentaban doblar en una esquina.

—Mierda, nos tienen. Neji, ¿puedes moverte? —habló Kiba.

—Sí, pero estoy corto de chakra. De igual manera, haré lo que pueda —el prodigio de los Hyūga se paró derecho y llevó su pie izquierdo al frente.

—Bien, porque necesitaremos todo lo que podamos.

Hinata empleó su Byakugan a fondo. Unos segundos de tensión prosiguieron luego de que los invasores desenvainaran sus kunai e intercambiaran chistes sobre los genin.

Cuatro de ellos arremetieron sin previo aviso, y se detuvieron a mitad de camino.

Liberaron un chillido de terror y se atraparon la cabeza antes de echarse al suelo.

—¡El suelo! ¡Quítamelo de encima! ¡Carajo, el suelo está vivo!

El resto de shinobi se vieron las caras de incredulidad antes de caer presa del mismo maleficio unos instantes más tarde.

—Pero… ¿Cómo es posible? —dijo Kiba.

Una silueta los encaró desde un tejado, con el sol haciéndole sombra.

—¡Kurenai Sensei! —exclamó Hinata. La mujer esbozó una sonrisa confiada y les guiñó un ojo.

—Qué bueno que llegué a tiempo —Kurenai saltó hacia ellos.

Los shinobi habían caído ya inconscientes por el shock del genjutsu.

Kurenai mujer le echó una mirada curiosa a Neji. Entonces ese chico altanero y cruel parecía más un cachorro mojado.

—Ya falta poco. Sigamos adelante. Tu padre ha tomado a Hanabi y ha partido en la misma dirección que nosotros, dijo que nos reuniéramos con él.

Hinata asintió con una sonrisa. Kurenai apreció esa expresión en el rostro de su alumna, pues comenzaba a ser cada vez más frecuente.


—¡Mamá! ¡Soy yo, Tenten! ¡Abran la puerta en este momento, hay que salir de aquí!

—Derríbala —gritó Kichiro, escaneando sus alrededores constantemente, aferrado a su kunai y su espada.

Las bisagras de la puerta estallaron de una sola patada. Tenten empuñó los alfanjes e ingresó mientras Kichiro resguardaba la entrada.

Un grito recibió a la chica, seguido de la voz de su padre gritando incoherencias.

—¡Esperen! Soy yo, soy Tenten, estoy en casa. ¡Tenemos que irnos? Mamá, deja ese cuchillo en paz, te vas a lastimar.

—Esas… esas… espadas, cuidado con cómo las mueves —tartamudeó la mujer, con su kimono púrpura empapado de sudor y lágrimas.

Dao, el padre de la kunoichi, ayudó a su esposa a moverse con un tembloroso abrazo.

—Vamos, Jian, ya estamos a salvo —decía.

—¡Más rápido! Vamos a quedar en medio del fuego cruzado si no nos apresuramos.

—Él… ¿Éste chico todo lastimado es Neji? —la madre de Tenten lucía mareada. La visión de la serpiente gigante la había afectado más de lo usual.

—¿Cómo crees, ma? Es Kichiro, junto con él estamos ayudando a evacuar a la gente.

—¿Hacia dónde vamos? —cuestionó Dao mientras caminaban a paso ligero por el empedrado del jardín rumbo al portón.

Kichiro siseó para que todos se detengan y se posicionaron detrás del muro de ladrillos que separaba el patio de la calle. Se acercó al borde del muro y llevó a Vashra hacia el frente, con el dorso apuntando hacia sí mismo. El reflejo mostraba tres ninja del Sonido, uno empuñando una tachi de buen tamaño. Era el primero en empuñar un arma de verdad.

—Esperen aquí.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Tenten.

—Vigila a tus padres, yo despejaré el camino.

Kichiro salió al encuentro de los ninja del Sonido.

—Miren eso —habló el de la espada—. Parece que tenemos compañía.

Los dos invasores desarmados intentaron reducir al chico, llevándose un corte en la boca del estómago y en la garganta que los hizo pasar de largo, dejando un corto pero grueso reguero de sangre.

La madre de Tenten, a pesar de los esfuerzos de su marido, entró en pánico por el ambiente tan cargado y comenzó a sollozar.

—Mamá. ¡Mamá! Mírame, por favor. Mírame, estoy aquí. Sé que detestas lo que hago, y que por eso no fueron a verme pelear hoy, pero te prometo que no estoy molesta y no voy a dejar que nada les pase, ¿de acuerdo? —susurró la chica, acariciando el rostro de su madre, logrando sosegarla un poco.

—¿Qué escondes ahí, niño? —inquirió el ninja del sonido.

Kichiro se lanzó contra él y las espadas chocaron, disparando ráfagas de chispas y chirriaron al golpear repetidas veces.

El ninja del Sonido avanzó, atacó con un mandoble y dio un paso hacia atrás. Kichiro abanicó en zigzag, girando constantemente la muñeca. El enemigo amagó un nuevo ataque pero retrocedió antes de concretarlo. Kichiro cayó en la finta y recibió un corte en el muslo derecho.

Se maldijo, vomitando un alarido bestial.

El ninja del Sonido descargó su espada sobre el hombro del chico, el cual rechazó el golpe con un levante sorpresivo de Vashra, y luego con un corte horizontal viciado de furia y frustración partió la hoja de la tachi como si se tratara de un palo de escoba. Un segundo después, el invasor tenía la yugular seccionada.

—¡Vamos, antes de que vengan más! —llamó.

—¿Te hirieron? ¿Puedes caminar? —preguntó Tenten.

—Estoy trabajando en ello. Estuvo a nada de tocarte la arteria, niño, me tomará un rato. Deja de fanfarronear y ponte a matar en serio.

Kichiro asintió y el grupo avanzó, con él a la cabeza, pero con el andar ya torcido.

—Hija, ¿sabes adónde ir? —preguntó Jian.

—Por esta calle. Los civiles deben dirigirse a la academia —respondió Tenten.

—¿Crees que los demás que enviamos para allá hayan llegado a salvo? —preguntó Kichiro.

—Creo haber visto algunos de los nuestros yendo en su dirección. Estarán bien.

Llegaron a la avenida principal, donde se libraba una batalla campal, una que las fuerzas de la Hoja parecían estar perdiendo.

Kichiro frunció el ceño.

—Tenten, saca a tus padres de aquí.

—¿Qué harás tú? Necesitas que te revisen ese corte, no puedes pelear así, tus movimientos están muy limitados ahora.

Kichiro vio que la herida sangraba profusamente. Al pisar con sus sandalias podía sentir el charco aplastado bajo su pie y la zona afectada pulsaba con fuerza.

—No puedo repararlo mientras ellos estén mirando. Tengo una idea, allí, a tu derecha.

Kichiro se giró y vio un padrillo bayo de piernas robustas y largas crines atado a un poste de luz. El dueño debía de haber huido antes de pasar a buscarlo. Se acercó y el animal entró en pánico.

—¡Espera! —Tenten avanzó hacia él y trató de frenarlo.

Kichiro levantó sus manos y emitió un grito suave. Ni bien tuvo la oportunidad, apoyó su mano sobre el hocico del caballo, habiendo aunado una buena cantidad de chakra.

El caballo bufó y sacudió la cola.

—Eso, eso es —sonrió Kichiro.

—¿Qué acabas de hacer? —cuestionó Tenten.

—Una vieja técnica de monta shinobi, sirve para calmar a cualquier animal. Tengo suerte de que éste ya esté amansado.

—Lo veo muy peligroso, si te derriban junto con él no podrás recuperarte.

—No hay problema, he sido derribado de un caballo suficientes veces para saber cómo conviene caer. Lleva a tus padres a la academia y vuelve con Kakashi Sensei, infórmale de la situación en el resto de la aldea.

—¿Adónde irás?

—Alejaré al enemigo de ustedes. Sé cómo moverme, no me alcanzarán, te lo aseguro. Además, me inquieta la situación de Shikamaru y los demás. Tengo que ir con ellos.

Tenten descansó un alfanje sobre su hombro, negó con la cabeza y sonrió.

—Ciertamente eres testarudo.

—Tengo ese tipo de suerte.

—Con cuidado. Te buscaré cuando todo acabe.

Y dicho esto, la alumna de Gai se lanzó junto con sus padres hacia la academia.

Kichiro se subió de un salto al caballo y llevó a Vashra hacia su costado.

—Hace bastante que no hacía ésto.

—¿Y estás seguro de poder controlar a este bicho sin conocerlo?

—Tú lo has dicho. Soy un hombre de fe.

Kichiro cortó la soga de un solo movimiento de muñeca y taloneó al padrillo. Éste relinchó y se lanzó al galope.

Cruzó la avenida como una saeta, y a lo lejos divisó un escuadrón de shinobi de la Arena.

—¡Ésta sí que tiene fuerza! —vociferó uno de ellos.

—¡Por favor, por favor! ¡No, no! —aullaba una chica, de no más de quince años, tratando de forcejear y fallando sin más.

El martilleo de los cascos del padrillo atrajo la atención de todos. El ninja que atacaba a la joven giró el cuello en dirección al sonido antes de recibir un corte en el centro del rostro. Se desplomó inerte e irreconocible. Sus compañeros insultaron al jinete, que los desafió dándose la vuelta y encarándolos. El padrillo dio algunos pasos de izquierda a derecha, largando un halo de vapor desde el hocico.

—¡Que no escape! —rugió un ninja de la Arena.

Y la chica quedó sola, apoyada contra un muro y bañada en sangre, mientras el estruendo de la batalla se alejaba de ella.

—Has captado su atención. Bien hecho —habló el anciano.

—Ahora vamos a hacerlos sudar un poco.

Kichiro pegó un grito y taloneó al padrillo con más fuerza que antes. El animal berreó y dobló su carrera. Cruzó el mercado, donde algunos ninja de la Arena y el Sonido se reagrupaban.

Con fiereza hizo la seña del tigre y, cuando pasó junto a ellos, que no atinaron a reaccionar, pues no esperaban ver a la resistencia contraatacar montada, escupió una bola de fuego sobre el batallón.

Algunos chillaron y se echaron al suelo a girar sin cesar, mientras que otros se apartaron a tiempo.

—¡Niñato de mierda! ¡Tráiganmelo que lo voy a destazar vivo! —gritó el oficial de la Arena al mando.

Los del Sonido se sumaron a la persecución y corrieron tan rápido como les daban sus piernas detrás del jinete, que les llevaba una amplia ventaja y apuntaba a salir del distrito comercial.

Kichiro avanzó por las desoladas calles de la Aldea de la Hoja, dando giros bruscos en cada curva que encontraba, logrando marear a sus perseguidores. Le arrojaban kunai y shuriken, y él las rechazaba con su espada, procurando proteger a su montura.

Un ninja de la Arena le saltó encima desde un tejado. Kichiro lo golpeó con la guarda de la espada y recibió un puñetazo en el pómulo. Divisó un poste de luz a su izquierda y arrastró al ninja hacia allí, dándole un último empujón que lo llevó a un impacto directo. No tuvo tiempo ni el ángulo adecuado para confirmarlo, pero estaba seguro de que le había partido el cráneo como una sandía.

Dos ninja de la Arena se detuvieron sobre un tejado.

—¡Busca a Baikal!

Kichiro se acercó a la plaza central, que bullía con ninja de la Hoja moviéndose en todas direcciones. Un escuadrón partía hacia las serpientes gigantes, pero a ojos del chico no iban a detenerla, sino a retrasarla. Dudaba que siquiera alguien pudiera convocar un jutsu de suficiente calibre para matar a una de las tres bestias.

—Qué tragedia. Paravani estaría encantado de ayudar.

—¿Dices que le gusta pelear con serpientes?

—Él y las serpientes tienen una historia algo… turbulenta. Son enemigos naturales. ¿Ves por qué debes hacerme caso cuando te digo de variar en tus entrenamientos?

Decidió bordear la plaza para evitarle problemas a sus superiores.

Ibiki Morino, el jōnin de mayor rango entre los presentes, impartió órdenes a un par de líderes de escuadrón y los despachó.

Prestó atención al caballo que se movía irrefrenable a unas pocas cuadras desde su posición en el tejado del banco de la Hoja.

"De verdad estamos en las últimas. Este país se ha dormido en los laureles" pensó, y luego volvió al trabajo.

Kichiro dobló en una esquina. Reconoció la calle como la que llevaba a Ichiraku. Por alguna razón, sus perseguidores habían mermado. Pronto encontró el motivo. A cincuenta metros, cinco jinetes de la Arena le cerraban el paso.

Dos de ellos llevaban naginatas, dos cargaban con espadas y el último, el del centro, no llevaba nada en las manos. Todos lucían vistosos turbantes de seda cubriéndoles la cabeza enteramente y uniformes de la Arena.

No disminuyó su ímpetu, y el padrillo con seguridad había sido entrenado para la resistencia. Kichiro estaba aferrado nada más que a Vashra y a las crines del caballo.

El padrillo relinchó, se paró en dos patas y Kichiro agitó su espada en alto. El refuerzo del filo cobró vida y su color dorado se encendió en una centella.

Los cinco jinetes corrieron tras él y no tardaron en igualar su carrera.

Kichiro echó el cuerpo hacia abajo, eludiendo el corte de una naginata dirigido a su cuello.

—No bajes la guardia. Si algo me sorprende es que hayan traído caballería.

—No la han traído, pero parece que hemos llamado la atención lo suficiente para alejarlos de Tenten.

—Sí, qué bonito. Inexplicable que aún no tengas novia —comentó el viejo, en puro sarcasmo.

Los dos jinetes con naginata se pusieron a sus costados. Kichiro recibió a uno con un corte diagonal que fue bloqueado con el mango de la lanza. Atrapó la punta de la otra que se disponía a atravesarle el vientre por la izquierda. Tiró de ella y desestabilizó al jinete, que quedó a medio colgar entre el caballo de Kichiro y el suyo. De una patada en el rostro lo derribó.

Asestó un nuevo corte, seccionando el arma a su derecha, y luego lanzó otro por detrás del hombro, dejando fuera de combate al enemigo. Un último golpe de Vashra dirigido a la garganta, y ahora había dos caballos sin jinete.

Los que portaban espadas lo cercaron a la brevedad, y uno le encajó un corte en mitad de la espalda. Pegó un grito de agonía y envainó a Vashra.

Hizo una rápida sucesión de sellos y en su mano derecha se formó una bola de electricidad.

—Estilo de Rayo, Relámpago Partecielos —extendió la mano contra el que lo había herido y disparó.

El ninja salió despedido junto con su caballo, y ambos se estrellaron contra un puesto de frutas, sin vida.

Volvió a sacar su espada e intercambió algunos golpes con el jinete restante. Las armas quedaron suspendidas en un forcejeo de filos que hizo chirriar el acero. Kichiro empleó toda su fuerza y abrió la guardia de su perseguidor, pudiendo darle un golpe descendente que le seccionó el brazo hábil.

El ninja de la Arena se retorció de dolor y se agarró la extremidad mutilada. La sangre brotó a borbotones. Emitió un alarido bajo y agachó la vista antes de dejarse caer.

Kichiro taloneó de nuevo al padrillo.

Cuando pensaba que por fin tenía la ventaja, sintió una gélida presión en su brazo derecho. Algo duro y flexible se envolvió alrededor y de pronto se apretó en una constricción terrible. Por poco perdió el agarre de su espada. Al mirar, notó con horror que su brazo era presa de una cadena increíblemente diseñada, de un metal negro y macizo. Los eslabones se ensanchaban hacia los costados en puntas como las de una flecha, ligeramente espiraladas, y se habían incrustado en su ropa y su carne. En la punta de la cadena colgaba un kama de hoja dentada.

"Un kusarigama… Pero ¿a quién se le ocurrió fabricar uno así?"

El dolor le mordió todo el cuerpo y sintió náuseas mientras más duraba el agarre.

Los dientes de la cadena continuaron hundiéndose.

Miró hacia atrás. El ninja de la Arena trataba de aminorar el paso, sin soltar su arma que al parecer tenía una parte no filosa, ideal para el agarre. En ese tira y afloja frenético, era cuestión de tiempo para que perdiera el brazo o la montura.

—¡Contrólate! ¡Vamos a morir a lomos de un puto caballo, reacciona!

Kichiro sintió como si le hubieran metido un golpe en el centro de la nariz.

Con un esfuerzo enorme giró su cuerpo hacia atrás y atrapó la cadena con su mano libre. La enroscó alrededor de ella, rasgando profundamente su palma. Escupió un centenar de maldiciones y tiró de la cadena.

El ninja rival se desequilibró pero de inmediato repuso con un tirón que arrancó a Kichiro de lomos del padrillo.

Su cuerpo quedó aferrado a la cadena y fue arrastrado por toda una cuadra.

No estaba decidido a dejarse matar aún.

Por fin podía sentir plenamente su corazón quemar a toda máquina. La sangre, el dolor y la energía encendieron su mente.

Cada gota de esfuerzo era combustible para su ansia guerrera, que entonces era todo para él. Sus orbes de oro desencajados, ebrio de violencia.

Acortó la distancia, escalando hasta agarrarse de las ancas del overo del ninja de la Arena. Éste desenvainó un kunai y lanzó una puñalada que fue detenida y replicada con un puñetazo en el estómago.

Kichiro blandió su brazo enroscado con el kusarigama y golpeó al ninja en el rostro, con sus piernas aún rozando la calle.

Los caballos no frenaban su desaforada carrera.

El espadachín no cesó su paliza, y el enemigo apenas atinó a cubrirse el rostro con la mano que no sostenía la cadena.

En un último movimiento, Kichiro logró aflojar el agarre de la cadena sobre su brazo y hacerse con el kama. Enterró la punta de la hoz en el hombro del ninja y se impulsó hasta quedar sentado detrás de él. Lo asió por el cuello, asestó un golpe sólido en el centro de los omóplatos y lo sacudió fuera del caballo.

El shinobi de la Arena rodó por el suelo y se perdió de vista al poco tiempo.

Kichiro saltó de nuevo sobre el padrillo y se arrancó la cadena del brazo. Las heridas eran dolorosas pero no imposibilitaban su movimiento.

—Estuvo cerca… mierda, jamás había estado así de cerca.

El ardor de la carne era solo superado por la sensación de éxtasis; ese había sido su combate más intenso hasta el momento, y se había alzado con la victoria.

El padrillo pegó un frenazo, devolviéndolo a la realidad.

Una figura le hacía frente. Cabello blanco como la tiza al igual que la piel, ojos esmeralda centelleantes, le recordaban a los de Sakura. Camisa lavanda abierta y una suerte de cinturón morado anudado en la cintura, aunque más parecía una soga gruesa.

Entendió que el caballo no avanzaría aunque le pateara la verija y se bajó.

Chorreaba sangre y sudor por todos lados. Con molestia se abrió la chaqueta, que para ese punto era un solo jirón de tela y se la quitó, tirándola al suelo.

—Era mi favorita…

Por primera vez desde que salió de su casa cayó en cuenta de la bufanda en su cuello. Estaba sucia como todo lo demás.

—Más te vale devolvérmela, zoquete —había dicho ella.

Con letargo llevó su mano a la prenda y la arrancó de un saque, rompiendo hasta la última costura. Soltó la bufanda y la eliminó de su mente.

Devolvió la vista al muchacho que, al parecer, lo estaba esperando.

Nadie aparte de ellos dos vivía en esa calle desértica.

—Ahora veo que Lord Orochimaru tenía razón —habló el extraño. Su voz era armoniosa y baja—. Qué alegría ser el primero en comprobarlo.

—¿Quién eres? —jadeó Kichiro, comenzando a notar los estragos de la batalla en su cuerpo.

—Tengo un regalo para ti. Un anticipo por parte de Orochimaru, que te ha juzgado digno de su atención.

—¿Regalo? Preferiría que dijeras que directamente quieren matarme, detesto los eufemismos en estas situaciones.

—No es nada de eso —Kimimaro mostró el estuche aterciopelado.

Lo abrió y reveló, tomándola con y alzándola vistosamente, una jeringa cargada con un líquido verdoso casi transparente.

De pronto Kichiro percibió más peligro que en cualquier otro instante del combate. Podía predecir los ataques de un enemigo armado o desarmado, pero un ataque químico era algo que nunca se había parado siquiera a pensar.

—Preferiría que no perdamos nuestro tiempo. No pondrás en mí nada que haya salido del cuerpo de esa cosa a la que tú sirves.

Una ráfaga de chispazos explotó alrededor de Vashra.

—Él me advirtió que podrías reaccionar así. A nadie le gustaría en primera instancia un regalo así, es verdad. Por eso yo me encargaré de hacerte entrar en razón.