Capítulo 20: Alucinaciones
—Pero qué extraña piedra.
Cesar se había encontrado con un objeto muy inusual en el camino. Era una piedra de un color azul oscuro, muy desgastada y sucia. La primera vez que lo diviso a lo lejos estaba flotando —increíblemente— sobre las olas espumosas y moribundas de la orilla, desprendiendo un brillo cautivador. Al principio lo comparó con una piedra evolutiva para pokemon tipo agua porque eran muy similares en apariencia. Pero, al extraerlo del agua e inspeccionarlo más de cerca, se dio con la sorpresa de que era un mineral diferente y bastante singular. De su interior brotaban destellos azules intermitentes. Cesar trató de buscar en su superficie alguna especie de interruptor para poder apagarla. Pero no encontró nada. La piedra parecía tener luminiscencia propia
Luego de observarlo unos segundos más, se lo llevó al bolsillo de su traje de surf y continúo avanzando.
Ya le faltaba poco para llegar al muelle. La larga estructura de madera se alzaba sobre el mar unos cuantos metros delante de él. Esperaba encontrar a Mishelle y Gema subidas allí, así que, sorteando a las personas amontonadas en la entrada del muelle que pugnaban por ingresar, logró pasar entre ellas sin mucho problema y estuvo por cruzar el portón de ingreso…
Pero, justo en ese momento, empezó a escuchar un zumbido.
El ruido fue brusco y con una intensidad explosiva a tal punto que ni bien lo escuchó cayó al piso de rodillas, llevándose las manos a los oídos y doblando su cuerpo hasta que su frente sintió la húmeda madera del muelle.
Las personas, al escuchar el crujido de la madera que provocó su caída, se acercaron rápida y curiosamente a él, comenzándolo a rodear y a preguntarse qué podría estarle pasando. Algunos pokemon también se juntaron a su alrededor, extrañados.
—Joven —preguntó un hombre que se hallaba entre la multitud, acercándose a él—, ¿le pasa algo?
—Hagan que se detenga, por favor —respondió César con desesperación, mientras estampaba su cabeza contra la madera y apretaba fuertemente con las manos sus orejas, que parecían estar a punto de estallar.
—¿Detener? —preguntó una mujer—. ¿Qué cosa?
—Ese zumbido
Pasaban los segundos y la gente, al igual que César, no sabía qué hacer. Una persona comenzó a llamar a una ambulancia y otras fueron en busca de los salvavidas con la esperanza de que supieran primeros auxilios y pudieran asistir al chico.
Al cabo de un par de minutos, el zumbido infernal fue cediendo poco a poco. Cesar cada vez escuchaba mejor lo que cuchicheaban las personas a su alrededor.
Sin embargo, ellos no eran los únicos a quienes podía escuchar ahora.
—¿Podemos ir a comprar un helado, mami?—. Escuchó hablar a una niña.
—¡Sí un helado! —oyó una voz chillona—. ¡Ya me aburrí de ver a ese humano!
Eso último se oía peculiar y extraño, así que levantando y girando la cabeza hacia la fuente de esa voz, observó a la mujer que le habló y, a su lado, una niña sujetando de la aleta a un piplup.
—Hace poco te compré un helado, cariño —habló la madre—. Mas tarde iremos a comer otro.
—¡Que injusto! —protestó el piplup—. ¡Yo no pude probar nada! ¡Katie se lo comió todo y no me dejo nada!
Vio que la niña se volvió hacia su pokemon y lo miró con resignación.
—Lo siento, hice todo lo que pude. El próximo helado que nos compre mamá será todo para ti. Lo prometo.
—Está bien. Y espero que a partir de ahora aprendas a compartir porque desde que llegamos a la playa me has estado matando de hambre y de sed.
Lo podía escuchar. Podía ver como articulaba las palabras, moviendo su pico y cómo se expresaba, agitando sus aletas, su cola y su cabeza. Nunca antes le había encontrado tanto sentido a las palabras de un pokemon, que esta vez ya no eran monótonas ni repetitivas sino que estaban llenas de vida. Levantándose con algo de dificultad, ante la mirada curiosa de la gente que lo rodeaba, caminó hacia la niña.
—Joven —habló la madre—. ¿Se encuentra bien? ¿Por qué de repente se acercó tanto a mi hija?
—S-su pokemon p-puede hablar —dijo César señalando con un dedo al piplup, que al sentirse observado se escondió detrás de la niña—. ¿Entendió lo que le estaba diciendo?
—¿Qué otra cosa más le diría? Lo mismo de siempre: su nombre.
—No, el pokemon se estaba quejando de que su hija, katie, no lo ha alimentado en todo el día.
—¿¡Cómo usted sabe el nombre de mi hija!? ¿¡Quién se lo ha dicho!?
—¡Su piplup lo acaba de mencionar! ¡Se lo juro!
—Me parece que usted está mal de la cabeza —sujetó fuertemente del brazo a la niña—. No quiero que se vuelva a acercar a mi hija, ¿me oye?
No le dio tiempo a César para dar una explicación. La mujer se abrió camino entre la multitud en dirección a la playa, molesta, llevándose consigo a su hija, pero olvidándose del piplup. El pokemon, al notar que lo habían dejado solo, fue corriendo tras ellas.
Como veían que César, al parecer, ya se había puesto mejor, todas las personas y los pokemon aglomerados en torno a él, se comenzaron a dispersar. El que estaba pidiendo por teléfono una ambulancia cortó la llamada y los que fueron a pedir ayuda, al regresar con los salvavidas, se dieron cuenta de que solo fue una falsa alarma. Un grupo de gente siguió el camino de la madre enojada y se fue a la playa, mientras que el resto, como si se tratara de una estampida, volvió a amontarse frente al portón de entrada del muelle, empujando a Cesar contra este ya que él era el que estaba más adelante.
El hombre que se encargaba de dar el pase al interior del muelle lo miraba desde atrás del acceso enrejado, con un poco de lastima.
—¿Oiga amigo? —preguntó—. ¿Qué desea?
Cesar se volteó hacia él, agobiado, mientras luchaba por no ser aplastado por la turba que tenía detrás.
—Déjeme entrar, por favor. Tengo a unas amigas que me están esperando adentro.
—Mire, normalmente no haría esto ya que para entrar tienes que comprar un boleto, pero solo por esta vez te dejare pasar ¿Está bien?
—Muchas gracias.
El hombre le abrió las rejas y César pudo ingresar.
Aqua los llevó a un lugar que estaba debajo del muelle, donde había varias maderas sueltas de diferentes formas y tamaños y partes rotas que alguna vez pertenecieron a un bote o a una lancha.
Era como un cementerio de madera, que les sería de mucha ayuda para armar el bote.
Como tarea inicial, Mishelle dijo que necesitaban varios metros de soga y alrededor de diez tablas de madera para empezar a construir la primera parte del bote que sería la base.
Buscando por todo el lugar, lograron recolectar suficiente madera, pero no hallaron ni un metro de soga. Ahora el problema era dónde podrían conseguir el material que les hacía falta.
Mientras los demás volvían a buscar por los alrededores, Brisa no podía despegar de su vista las extensas y robustas sogas que, como si fueran lianas, colgaban por debajo del muelle, atando firmemente a su plataforma grandes troncos de madera que mantenían toda la estructura en pie.
No le tomó mucho tiempo decidir qué era lo que quería hacer. De un salto, se lanzó sobre el tronco más cercano, lo cogió firmemente con sus garras delanteras y traseras y comenzó a trepar por él.
Tenues rayos de luz que se filtraban entre el piso de tablones de madera del muelle iluminaban sutilmente la oscura orilla que se encontraba debajo, desde donde se podía ver y escuchar cómo las personas de arriba paseaban y charlaban alegremente.
Apenas Brisa apoyo su pesado cuerpo sobre uno de los troncos, todo el muelle empezó a temblar y a inclinarse hacia un lado. Las personas, ante el repentino suceso, entraron en pánico y comenzaron a abandonar el muelle gritando despavoridas.
Brisa ya había trepado hasta la cima del tronco e intentaba desatar las sogas que estaban fuertemente amarradas a este.
Los demás se dieron cuenta de lo que estaba haciendo cuando se armó el alboroto encima de sus cabezas. Gema fue una de las primeras que la vio, le aviso a Mishelle, y se acercó con ella hasta el tronco al que se había subido. El resto las siguió.
—Cuanta fuerza tiene tu pokemon, Mishelle —dijo Gema mirando con asombro a la feraligatr—. Está tratando de desamarrar con sus propias garras esas gruesas sogas que cuelgan y en el proceso se está tumbando el muelle.
Preocupada de que eso pudiera suceder, Mishelle le gritó a su pokemon:
—¡Ten cuidado, Brisa! ¡Parece que te has subido a una de las columnas principales! ¡Puedes hacer que el muelle se caiga, si no bajas de ese tronco ahora mismo!
Pero su pokemon no le hizo caso. De todas formas, no necesitó estar más tiempo trepada ahí, pues logró desenrollar una buena cantidad de soga suelta sin necesidad de comprometer lo nudos que sujetaban el tronco al muelle. De un zarpazo y un mordisco, cortó los extremos y soltándose de la columna cayó sobre la arena, ante la atónita mirada de todos. Caminó hacia Mishelle y le entregó el material que faltaba.
CESAR POV
Sentí el remezón poco tiempo después de entrar al muelle. Buscaba con la mirada a Gema y a Mishelle ya que estaba seguro de que ellas se encontraban por aquí, cuando de pronto escuché la madera debajo de mis pies crujir y vi, frente a mí, sin poder creérmelo, cómo el muelle se comenzaba a ladear hacia la derecha. En ese momento pensé que todos los que estábamos ahí íbamos a caer, con muelle incluido, al mar, pero la curiosidad pudo más conmigo y, en vez de correr como loco hacia la salida, como la mayoría lo estaba haciendo, me acerqué a las barandas del lado derecho del muelle, me apoyé sobre ellas con temor y miré hacia abajo, buscando encontrar lo que sea que estuviera causando todo esto. Pero no lograba ver nada. Llegó un punto en que me tuve que coger fuertemente de la baranda si no quería ser lanzado al mar.
Luego de un rato, el muelle dejó de inclinarse, se enderezó, pero esta vez comenzó a sacudirse. Más personas continuaban abandonándolo, hasta que solo quedamos yo y unos cuantos curiosos, lo cual hizo que hubiera menos bulla, permitiéndome escuchar con más claridad lo que sucedía a mi alrededor. Repentinamente, los movimientos cesaron y ahí fue cuando escuché una voz familiar:
—¡Avisame la próxima vez que vayas a hacer algo tan arriesgado!
—¿Mishelle? —dije.
—¡Tienes suerte de que el muelle no se haya caído!
—¡Mishelle!
—¿César?
Era su voz, aunque no la veía por ningún lado. Todas las personas ya se habían bajado del muelle y, reunidas en la entrada, me pedían a gritos que me bajara. Sin hacerles caso, me quedé y, dirigiendo la mirada ya no hacia el mar sino a la orilla de la playa, vi a Mishelle salir por debajo del muelle, girando su cabeza hacia todos lados.
—¿Dónde estás Cesar?
—¡Aquí arriba! —le respondí.
Ella alzó la vista hacia mí.
—¿Qué haces ahí arriba? Yo y Gema estamos por aquí ¡Ven baja!
Procedí, entonces, a levantar una pierna y a pasarla por encima de la baranda. Mishelle me miró con pánico.
—¡No, no te tires!
Soltando una risa, me detuve, volví a mi posición de antes y, olvidando todo lo que me había sucedido hace unos minutos, corrí a darle el encuentro a mi amiga. Mientras cruzaba la salida del muelle, ignoraba las múltiples miradas fijas en mí, aunque mi atención se desvió por unos segundos en unos oficiales que se habían acercado y estaban inspeccionando la zona.
Rápidamente, bajé a la orilla de al lado, pero Mishelle ya no se encontraba ahí.
Dirigiendo la mirada hacia la sombra del muelle, noté su silueta dándome la espalda. Me acerqué presurosamente a ella.
—¡Mishelle! —la llamé—. ¡He visto a la policía allá arriba, husmeando en los alrededores! ¡Si no queremos meternos en problemas, tenemos que salir pronto de…
Cuando la alcancé, lo que vi a continuación fue algo que me sorprendió. Las formas de varios pokemon aparecieron entre las sombras, junto a ella. La poca luz que se filtraba no me permitía ver con claridad qué pokemon eran, aunque sí llegué distinguir a Gema y a otro vaporeon.
—¿Quién es ese chico? —escuché una voz masculina.
—Es mi amigo César —dijo Mishelle—. Vino a vernos porque quiere pedirle un favor a Gema. Será mejor que le hagamos caso y nos dirijamos al sol. Algunas personas de arriba van a bajar para ver qué ha pasado y podrían interrumpirnos.
—Muy bien. Entonces movamos todo.
Todos los pokemon comenzaron a cargar algo y a llevárselo a la orilla vecina. Mishelle cogió lo que parecía ser una larga soga, se lo puso al hombro, se acercó a mí y empezamos a andar, viendo desde atrás al resto.
—¿Por qué no me avisaste que estaban por aquí? —le pregunté—. Las he estado buscando por todos lados.
—Estuvimos esperando tu llamada todo este tiempo —me respondió.
—Te he llamado como cuatro veces, pero en ningún momento me has contestado.
—¿Enserio? —me miró extrañada—. Mi celular debió haber timbrado. Déjame ver.
Sacó su celular y lo intentó prender, pero la pantalla seguía en negro.
—No puede ser —agregó empezando a alarmarse—. Hace poco estaba funcionando.
Apenas nos dio la luz del sol, mientras Mishelle presionaba desesperadamente con sus dedos la pantalla de su celular apagado, pude distinguir al fin cuáles eran esos pokemon.
Eran alrededor de cinco, contando con Gema, todos tipos agua, quienes a los pocos pasos se detuvieron, dejando caer sobre la arena lo que estaban cargando, que era esencialmente tablas de madera de diferentes tamaños. Empezaron a conversar entre ellos, mirándome disimuladamente de vez en cuando. Podía entender todo lo que decían, pero no hablaban directamente sobre mí.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que, siguiéndonos desde el interior del mar, estaba un lapras con un psyduck sentado encima de su cabeza. El pokemon, al ver que nos habíamos detenido, comenzó acercarse a nosotros, arrastrándose por la arena de la orilla. Mishelle aún intentaba encender inútilmente su celular.
—¿Qué hacen todos estos pokemon aquí? —le pregunté—. ¿Por qué ustedes los están acompañando?
—Ellos son los amigos y el papá de Gema —me explicaba, mientras veía el aparato—. Nos encontramos con ellos, cuando nos dirigíamos al muelle. Como ya lo habrás notado, todos hemos estado recolectando madera. Resulta que hoy es un día muy especial para la sirenita y, como si fuéramos sus obreros, nos ha pedido que le armemos un bote.
Sin darme cuenta, Gema se había acercado a nosotros y se había puesto a mi costado.
—¿Tú eres Cesar, verdad?
Casi di un salto del susto, pero me controlé y bajé la mirada para verla.
—¿Gema, tan rápido te has olvidado de mí?
—No te veo desde hace tiempo. Solo te recuerdo porque estuviste en el acuario y en la fiesta de Willy.
Me sentí un poco triste, olvidado e ignorado, al escuchar eso.
—No le eches la culpa —opinó Mishelle—. Ella tiene una memoria frágil.
—¿Por qué quieres verme? —habló Gema—. ¿Quieres que te ayude en algo?
—No es un favor exactamente —respondí—. Te voy contar lo que sucedió. Mientras yo, Will y el resto de nuestros amigos nos estábamos divirtiendo en la playa, una criatura muy resbaladiza apareció detrás de nosotros, se abalanzó sobre Will y lo tumbó en la arena. Entonces le empezó a reclamar que confesara dónde te encontrabas porque su apariencia y olor lo delataban, asegurando que no se iba a bajar de él e iba a seguir aplastándolo con su cuerpo hasta que no te trajéramos. Will me rogó que vaya a buscarte lo más rápido posible. Ya ha transcurrido como media hora desde que sucedio eso y no creo que él pueda resistir por más tiempo.
—¿Quién es esa "criatura resbaladiza"? —preguntó Gema con cierto enojo.
—Es una pokemon, pero nos advirtió que no te dijéramos quién es si aún queríamos que Will siguiera respirando. Ahora que ya te expliqué la situación, ¿qué piensas hacer al respecto?
En ese momento, los ojos de Gema se encendieron, como si fueran a escupir fuego y muy furiosa dijo:
—La única que tiene derecho de embestir y de subirse encima de mi pareja soy yo. Si hay otra que se le quiera acercar, se las verá conmigo.
—¿Entonces aceptas acompañarme para llevarte con ellos? Aunque Mishelle me contó que estás ocupada…
—Te acompañaré, pero ¿Nos demorará mucho tiempo?
—Will se encuentra en el otro extremo de la playa. Ir hasta allá nos tomara a lo mucho veinte minutos.
—Bien. Le avisaré a mi papá que me voy a ausentar un tiempo ¿Piensas acompañarnos Mishelle?
—No, vayan ustedes. Quiero quedarme aquí para preparar los materiales.
Gema asintió y se alejó. Al volverme hacia Mishelle, vi que ya había guardado su celular, pero lucía triste.
—¿Cómo está? —le dije—. ¿Ya lo arreglaste?
—No tiene caso. He intentado de todo, pero no prende. Se ha malogrado.
—¿Por qué paso eso? ¿Qué le hiciste a tu celular?
—Me lancé con Gema al mar, sin darme cuenta de que llevaba el celular conmigo.
¿Mishelle estuvo nadando con Gema? Realmente me costaba creer eso.
—Cometí ese tonto error —añadió—, porque desde que llegamos a la playa y me enteré de que hoy es su cumpleaños, nos han pasado cosas tan extrañas que me olvidé de mi celular.
Así que a eso se refería cuando me dijo que hoy era un día especial para Gema. Hoy era su cumpleaños. No quise ahondar en el asunto, porque me percaté de que ella se estaba acercando.
Mientras tanto, al lapras sí que le había tomado bastante tiempo llegar hasta nosotros. En toda mi conversación con Gema y Mishelle, se estuvo arrastrando lentamente sobre la arena. Aunque no lo noté al principio, el psyduck sostenía entre sus brazos una pequeña tabla de madera y, cuando su enorme amigo se quedó varado a escasos metros de nosotros, de un salto bajo de su cabeza, cayendo a su costado, pero sin alejarse más del pokemon. Esa escena del psyduck hizo que sonriera y que, por algún motivo, sintiera una gran y extraña nostalgia.
—Parece que ya te agradaron alguno de mis amigas —comentó Gema, mirando en la misma dirección que yo.
Antes de responderle, pude observar que sus demás amigos pokemon se acercaron vertiginosamente al psyduck que, con mucha timidez, se refugió en las aletas del lapras.
—A primera vista, me caen bien. Aunque me gustaría conocerlos a todos, tenemos que irnos ya. Will nos está esperando.
—¿Tu papá te dio permiso, Gema? —preguntó Mishelle.
—Sí, pero me pidió que no me tardara tanto, porque parece que él y mis amigas tienen algo preparado para mí que piensan mostrarme más tarde.
—Tal vez se trate de una fiesta sorpresa —intuyó Mishelle—. De hecho, los veo a todos un tanto nerviosos y preocupados como para hacerme creer que lo empezarán a armar recién. Cambiando de tema, ¿Qué tan grande quieres que sea tu bote?
—Eso es lo de menos. Lo único que deseo es que sea navegable y resistente.
Mishelle hizo un gesto de asentimiento, antes de ponerse a ordenar los materiales amontonados.
—Bueno —tomé la palabra— ¿Ya nos podemos ir? Por cierto qué bien te queda ese collar que llevas puesto, Gema.
—¿Te gusta? Es un collar de perlas que me regalo mi papá. Espera a que te muestre la mejor parte.
Haciendo un movimiento con su cabeza, el resto del collar que no podía ver comenzó a colgar de su cuello. No noté nada diferente en él. Lo único que se podía apreciar eran sus hermosas perlas.
Gema, al darse cuenta de que no reaccioné como ella esperaba, lo comenzó a examinar.
—¡Mishelle! —pegó repentinamente un grito que casi me dejó sordo. Tanto su papá como sus amigos se voltearon hacia nosotros, preocupados.
—¿Qué sucede? —le preguntó.
—¡La piedra! ¡Se ha vuelto a perder!
Nos señaló un espacio vacío en su collar con un gancho que debería estar sujetando algo. Rápidamente, su papá se acercó decidido a ella, como si ya tuviera la solución
—Estoy seguro —decía—, de que la piedra debió haberse extraviado, cuando estuvimos debajo del muelle. No hay otro lugar en el que pueda estar ya que, cuando nos vimos otra vez, aún seguía en tu collar.
—Entonces iré a buscarla— dijo Gema con angustia en su voz.
Se disponía a volver a ese sitio, pero su papá la detuvo.
—No. Yo iré, mientras tú acompañas a tu amigo. Despreocúpate. Sé que está ahí. A la piedra le gusta hacer esa clase de juegos. Cuando lo encuentre, lo guardaré hasta que regreses.
Gema se quedó indecisa durante unos segundos, pero al final asintió con la cabeza y me miró expectante.
—¿No vienes, César?
Despidiéndome de Mishelle y dando un último vistazo a los amigos y al papá de Gema, mientras me lamentaba por no tener más tiempo para interactuar con todos ellos, nos pusimos en marcha.
Hasta la mitad del camino no ocurrió nada fuera de lo común. Sin embargo, lo que vendría después, jamás, ni en mis sueños más salvajes y bizarros sueños, lo hubiera podido imaginar.
Por ahora, nos encontrábamos en la parte más abarrotada de gente de toda la playa, hacía un calor infernal y, para colmo, no nos habíamos hablado desde que comenzamos a caminar. Ella andaba rápido, estaba un poco más adelantada que yo y se le notaba ansiosa y preocupada.
—Así que hoy es tu cumpleaños —hablé para romper el silencio, mientras pasábamos al lado de una turba de bañistas que se divertían en la orilla.
—Imagino que Mishelle ya te lo dijo —me respondió—. Incluso yo me sorprendí cuando mi papá me aviso que hoy era mi cumpleaños. Desde hace un año que no veía a mi familia y a mis amigos, pero luego de que ustedes me sacaran del acuario y de que Mishelle me llevara a esta playa, pude reencontrarme con ellos. Como regalo de cumpleaños, mi papá y mi abuelo me dieron el collar que tengo. Pero la parte más importante del collar, una piedra muy singular, es lo que se acaba de perder y por eso me ves tan inquieta.
Con su explicación, pude entender algo más de lo que estaba sucediendo ya que, hasta hace poco, me encontraba muy confundido. Por otra parte, me sorprendió que mencionara que el objeto perdido era una piedra especial, justo como la que tenía en el bolsillo de mi traje de surf.
—¿Cómo se veía esa piedra? —pregunté.
—Es de un color azul oscuro, algo pequeña y con una apariencia muy antigua, pues está cubierta de polvo y tiene rajaduras en toda su superficie. Sin embargo, lo más resaltante es que puede emitir su propia luz.
Eran las mismas características de la piedra que había encontrado. No podía tratarse de una coincidencia porque en aquel momento solo me bastó verla brillar una sola vez para darme cuenta de que era única y de que no podía haber otra igual. Inexplicablemente, me había sentido tan cautivado por su luz que, sin dudarlo un segundo más y sin pensar a quién podría pertenecerle, había decidido quedármela y llevarla conmigo.
—¿Por qué la pregunta? —añadió Gema—. ¿Viste algo similar cuando pasabas por aquí?
No sabía qué responderle. Aunque no me consideraba un coleccionista, quería poseer la piedra porque me parecía muy exótica y llamativa. Pero, por otro lado, si no se lo entregaba, en resumidas cuentas, me estaría robando su regalo de cumpleaños ¡Pero qué mal se vería eso! A pesar de que no la conocía mucho y de que solo nos habíamos hablado unas pocas veces, la vaporeon siempre me cayó bien y, en realidad, la estaba comenzado a echar de menos. Por muy raro que sonara, lo que más me agradaba de ella era su personalidad. Me hacía recordar a cómo yo había sido algunos años atrás.
—Perdón, no vi nada parecido —contesté al fin, mientras seguíamos caminando—. Fue solo una confusión.
Estaba completamente seguro de que, si les hubiera confesado lo que pensaba sobre Gema a Will y Mishelle, me habrían preguntado, muy preocupados, si me encontraba bien o si había sufrido algún golpe en la cabeza.
Dejando eso de lado, tampoco podía quedarme con la piedra, porque esa ya no era mi manera de ser. Muchas veces me había comportado como un completo patán con mis amigos (y lo seguía haciendo, aunque con menor frecuencia). Pese a ello, lo que siempre había recibido de su parte, a cambio, era su compañía sincera e incondicional. Fue así que con el tiempo había renunciado a mi conducta pendenciera y revoltosa y ahora me dedicaba a comprender, en compañía de mis "brothers"- como llamaba a mis amigos-, lo reformador que podía llegar a ser el valor de la amistad.
Me frené súbitamente. Al percatarse de eso, Gema también se detuvo y, volviéndose hacia mí, me miró extrañada.
Antes de que pudiera decirme algo, saqué la piedra de mi bolsillo y se la mostré con una sonrisa pícara.
—¿Esto era lo que estabas buscando?
Por algún motivo, la piedra resplandecía más de lo normal. Cuando Gema la vio, su rostro pasó rápidamente de la sorpresa a la rabia y, clavando sus ojos en mí, comenzó a acercarse.
—¡Tú! ¡Quien lo había tenido todo este tiempo eras tú! ¡Por qué no me lo dijiste antes! ¡Devuélvemela!
Sin previo aviso, la vaporeon se abalanzó sobre mí, pero logré esquivarla a tiempo, dando un salto hacia atrás. A escasos metros de nosotros, había otro mar invadiendo esta parte de la playa: el de la gente que, con sus toallas de baño y sombrillas, la ocupaban en casi todo su ancho, dejando solo un camino angosto en contacto con la orilla por donde se podía caminar con algo de libertad. Entonces, debido al espacio reducido, debíamos movernos con cuidado.
—Hasta ahora —dije, mientras eludía otra arremetida de Gema haciéndome a un lado—, no entiendo cómo pude haberme topado con una piedra que supuestamente debería haber estado a un kilómetro de mí.
Gema dio media vuelta, fijando su atención en la mano que había alzado y con la que sostenía la piedra.
—Es porque posee algunas cualidades que tú no podrías comprender. De todas formas, lo que te debería preocupar no es eso, sino la paliza que te voy a dar si no me devuelves la piedra en este instante.
Sus piernas comenzaban a tensarse, preparándose para otro ataque.
—¿Tan rápido ya hemos pasado a las amenazas? Me parece que no hemos empezado con buen pie nuestra amistad.
—Nadie dijo que somos amigos.
—¡Ouch! —me encorvé agarrándome la panza, como si hubiera recibido una patada en esa zona—. Eso fue un golpe bajo, Gema.
Rápidamente me enderecé, mirándola con gran entusiasmo.
—Entonces déjame mostrarte que yo sí estoy dispuesto a ser tu amigo. Te propongo algo. Hagamos una competencia.
Con mi dedo índice y la piedra en la mano, le señalé el horizonte del mar. Gema se volteó hacia donde le indiqué, fastidiada e impaciente.
—Una carrera de natación —añadí—. Si tanto quieres la piedra, te la daré sin rechistar, solo tienes que vencerme en esta competencia. Si no aceptas, me temo que no te la podré devolver ¿Qué dices? ¿Te atreves a dar un pequeño chapuzón conmigo o tienes miedo de perder? No te preocupes por Will. La correrá no durará más de 5 minutos, al menos no para mí.
Cuando terminé de hablar, Gema me dio un vistazo, volvió a mirar el mar, me dio otro vistazo y, al final, estalló en carcajadas.
—¿Qué te causa tanta gracia?
El ataque de risa la hizo soltar algunas lágrimas. Al cabo de unos segundos, se calmó y me lanzó una mirada presumida.
—¿Tú, un humano, retándome a una carrera en el agua? Mejor ahórrate el esfuerzo y entrégame de una vez mi regalo de cumpleaños, si aún deseas tener una minúscula oportunidad de amistarte conmigo
Al igual que la vaporeon, yo también me sentía seguro y confiado, así que, poniéndome frente a ella, me incliné hasta estar al nivel de sus ojos y le acerqué a su rostro la piedra a una distancia prudente.
—¿Por qué te pones tan a la ofensiva? Si estas tan convencida de que vas a ganar, ¿por qué no participas y ya? ¿O acaso temes que una persona común y corriente como yo pueda nadar más rápido que tú en el agua?
Gema alzó una pata, queriendo coger la piedra. Al ver que se la alejé, me mostró los dientes.
—¡Eso jamás! ¡Si insiste tanto, entonces acepto! Pero ni creas que, después de vencerte y de recuperar lo que me pertenece, voy a querer ser tu amiga.
—Eso ya lo veremos.
Reincorporándome, me dirigí a la orilla. Mis pies sentían la arena húmeda y tibia. Gema iba detrás de mí. Unos niños con flotadores pasaron por nuestro lado, corriendo hacia el mar entre risas y gritos. Tratando de alcanzarlos, pasó a continuación un marshtomp desesperado.
—¡Esperen! ¡No entren tan deprisa al mar! ¡Si algo les pasa, sus padres me matarán!
Lo había escuchado nítido y claro. No había olvidado en ningún momento que ahora podía entender a los pokemon.
Me detuve a un par de metros de la orilla y me dirigí a Gema.
—Ponte a mi costado para que podamos empezar.
Ella me hizo caso y se colocó a mi derecha.
—¿Cuál es la distancia que tenemos que nadar?
—Esta no es una carrera convencional. ¿Quieres saber cuál es su condición de victoria? Entonces, solo observa.
Retrocedí unos cuantos pasos, teniendo cuidado de no tropezarme con algún bañista y, sin que se lo esperara, lancé la piedra hacia el mar con todas mis fuerzas.
Cubriendo mis ojos del sol con una mano, pude ver cómo el objeto, impulsado por los vientos que habían comenzado a soplar, voló a gran velocidad por el aire hasta caer en el agua, cerca a un grupo de surfistas montados en sus tablas, en una zona del mar donde las olas eran más pronunciadas y salvajes, perfectas para practicar el deporte que a mi tanto me gustaba.
—El lanzamiento no estuvo mal. Calculo que cayó a unos cien metros de la orilla. Ahora ya sabes lo que hay que hacer. El primero que logre hacerse con la piedra será el ganador ¿Entendido?
Gema no me respondió.
Sin perder más tiempo, regresé a mi sitio y me posicioné para dar inicio a la carrera. Cuando giré la cabeza hacia ella, me devolvió la mirada. Estaba absolutamente perpleja, anonadada.
—¡Pero qué acabas de hacer!
—La primera impresión que me dio esa piedra fue que no se hundía en el agua. Será mejor que nos apresuremos, antes de que nos demuestre lo contrario. Muy bien ¿Estas lista? En sus marcas, listos…
Pero ella no me esperó y salió disparada, al rescate de su preciado y curioso regalo.
Aunque César no se consideraba un mal nadador (en los concursos de natación de su escuela siempre ganaba alguna que otra medalla y el surf amateur que practicaba durante varios años lo ayudaba a no perder el ritmo), estaba consciente de que si competía con ella de igual a igual en el agua, en su elemento, no tendría ni la más mínima oportunidad de ganar. Por ello, para que su propuesta atrevida tuviera sentido había tenido que idear un plan. Aquel era sencillo y no buscaba ganar la apuesta sino simplemente equilibrar la balanza y asegurarle algunos minutos de entretenimiento.
Él sabía que los cien metros iniciales de mar eran muy movidos: los primeros veinte estaban repletos de gente y en los ochenta restantes circulaban lanchas y motos acuáticas. Más allá de los cien metros, el mar se lo repartían los surfistas y algunos yates.
Que él tuviera una chance de alcanzar la piedra antes que Gema solo era posible con la suerte o con un milagro. Y vaya que la jugada no le salió nada mal.
El primer obstáculo que se le presentó a Gema fue ese pelotón de bañistas nadando caóticamente a su alrededor, que de alguna manera tenía que surcar rápidamente si no quería dejar que su regalo se hundiera por completo.
Cesar, por su parte, fue más inteligente y no se lanzó al mar tan precipitadamente como Gema. Buscó la zona donde había menos gente y ahí se zambullo.
No pasaron ni diez segundos para que Gema, que se esforzaba por abrirse camino entre la marea de personas y pokemon, perdiera la paciencia y, soltando un grito, desatara todo el poder de su cola y extremidades, lo cual le permitió nadar a una velocidad increíble, levantando a su paso grandes columnas de agua y lanzando por los aires a cualquier incauto que se le cruzara.
Cuando César llegó a nadar unos diez metros dando largas y rápidas brazadas, sin que los bañistas le causaran alguna molestia, Gema ya estaba a cuarenta metros de su objetivo.
Mientras todo esto sucedía, la piedra, aún nadando en la superficie, era arrastrada mansamente hacia la orilla por las olas, sobre las que algunos surfistas estaban practicando. Uno de ellos, luego de ser derribado y sumergido en el agua, al volver a la superficie, pudo ver la piedra encima de su tabla de surf. Sumamente extrañado por tal avistamiento, la cogió y en el momento en que le iba a avisar a sus compañeros lo que había encontrado, un sonido peculiar les atrajo la atención, como si una lancha con un motor potente se estuviera acercando. El problema era que, buscando la fuente de ese ruido, no encontraron ninguna lancha sino algo que se acercaba peligrosamente a ellos, atravesando la superficie del mar como un torpedo. Aunque en esta playa nunca habían sido avistados, pensaron que se trataba, tal vez, de alguna clase de depredador maritimo, como un sharpedo o un gyarados, que se habría separado de los suyos, deambulando hambriento por esta zona hasta que encontró a quienes serían sus próximas presas. En definitiva, ninguno hubiera querido quedarse para confirmar sus sospechas, así que, deshaciéndose de sus tablas y de la piedra, nadaron despavoridos hacia el yate más cercano.
La piedra cayó otra vez al mar. Mientras veía a los surfistas alejarse, Gema tenía la certeza de que esta ya se había hundido (pues ya no eran visibles los centelleos que emitía al reflejar la luz del sol). Entonces se sumergió profundamente en el agua y la comenzó a buscar. Desde el interior del mar, pudo ver, a través de su manto difuso de rayos solares, que la piedra, no tan alejada de la superficie, iniciaba un lento y progresivo descenso.
Al encontrarla, una sensación de alivio casi divino la envolvió y el miedo de que se hubiera perdido para siempre se esfumó. Nadó hacia ella, sin darse cuenta de que estaban por cruzarse en su camino un par de motos acuáticas que habían estado maniobrando por los alrededores.
Pasaron justo por encima de la piedra. Gema pensó que solo la iban a empujar un poco, pero, al acercarse, no la encontró por ningún lado. Cuando entendió lo que habría sucedido, las motos ya se habían alejado varios metros. No lo dudó más y comenzó a perseguirlas.
Entre tanto, César acababa de superar los treinta metros sin mucho problema. Si sus cálculos no fallaban, Gema ya debería haber alcanzado los cien metros, aunque no estaba seguro si también había logrado atrapar la piedra. Pocas esperanzas le quedaban en realidad, pues lo último casi lo daba por hecho. Pero grande iba a ser su sorpresa, cuando se enterara de que un evento inesperado había jugado a su favor.
Sorprendida de la gran velocidad a la que iban las motos acuáticas, Gema tuvo que exigirse más de lo que había pensado para no quedarse atrás e irse acercando poco a poco a ellas. Uno de los pilotos se percató de que los estaban siguiendo, le pasó la voz al otro, que se desplazaba a su costado y, separándose, se fueron en direcciones opuestas.
Gema siguió al que había girado hacia la izquierda, rezándole a Arceus que fuera la decisión correcta. En ese momento, a la moto le ocurrió un desperfecto: comenzó a desacelerar y, luego de una intensa sacudida, se apagó. Aquello hizo posible que Gema se aproximara lo suficiente para que el piloto, al voltear hacia atrás, notara a lo lejos una amenazante y sugerente aleta cortando la superficie del mar. Tal imagen le inspiró mucho terror y lo convenció de que tenía que salir de ahí a toda prisa. Presionando frenéticamente el botón de encendido, tras varios intentos fallidos, logró al fin encender de nuevo la moto, justo cuando Gema ya estaba por poner una pata encima de ella. De repente, el vehículo emitió un ruido extraño y potente, se sacudió una vez más y, de su parte trasera, Gema logró ver, en una fracción de segundo, cómo algo que había estado alojado en su interior salió eyectado.
A la mitad del recorrido, César se había detenido para tomar un poco de aire y buscar dónde podría estar la piedra. Pero, al parecer, le había perdido el rastro, pues su único punto de referencia, los surfistas, habían desaparecido. Flotando en el agua, mientras se lamentaba, oyó de pronto un fuerte sonido y, al voltear la cabeza, una cosa brillante y azul que caía del cielo se coló en su visión, antes de sumergirse en el agua. Lo que había visto lo dejó pasmado. Aunque en el fondo sus intenciones eran solo divertirse y pasar un buen rato, sin tomar muy enserio la carrera, su pillería de alguna manera había funcionado. Pues ahí estaba la piedra, a solo unos metros de él. Aún atraído por ese curioso ruido, al agudizar más la vista en la dirección que había descrito la piedra, pudo divisar una moto acuática en movimiento y, un poco más atrás, a unos treinta metros de la piedra, a Gema. Los dos cruzaron miradas y, antes de que alguno pudiera pestañear, se pusieron en marcha.
César se sumergió en el agua después de dar un par de brazadas, mientras que Gema lo hizo casi de inmediato. Como se encontraban en una zona donde las olas perdían altura y fuerza, la piedra ya se había hundido una distancia considerable. Él sabía cómo bucear, una práctica que había ido aprendiendo cuando surfeaba, cada vez que las olas lo derribaban. Además, el traje de surfista que llevaba puesto lo ayudaba a desplazarse con facilidad por el agua. Por lo tanto, aunque Gema era una nadadora por naturaleza, él alcanzó a llegar primero a la piedra. No fue difícil encontrarla bajo el agua, pues la intensa luz que emitía revelaba su ubicación. Sus dedos estaban a escasos centímetros de ella y, en cuanto la cogió, se dio cuenta de algo: estaba temblando. Se preparaba para girar su cuerpo y volver a la superficie, cuando ocurrió aquella escalofriante experiencia que recordaría para toda su vida.
De la penumbra del fondo marino, emergieron unos largos, pálidos y decrépitos dedos que se deslizaron ágilmente sobre la mano con la que sostenía la piedra. En respuesta, volvió rápidamente la mirada, aterrorizado. Sintió, entonces, que las uñas de aquellos dedos, quebradas, tiesas y amarillentas, se enterraban en su carne, provocándole un intenso dolor. Apenas notó que comenzaban a halarlo hacia las profundidades oscuras, trató de zafarse. Fue ahí cuando lo vio. Aquella espantosa aparición, en un jalón brusco de los dedos, se asomó, atravesando la penumbra.
Frente a él se encontraba, mirándolo fijamente y esbozando en todo momento una sonrisa perturbadora, un rostro espeluznante que lo dejó petrificado y cuyas facciones solo podía distinguir gracias al resplandor de la piedra. Increíblemente lo primero que notó fue que tenía los rasgos físicos de una mujer de edad avanzada, con una piel pálida como la de un espectro, repleta de arrugas y colgajos y cubierta por algas y moho. A los lados de su cabeza caía lo único que tenía de cabello: dos extensos y canosos mechones de pelo que nacían de su frente. Surgían, del mismo lugar, dos antenas grisáceas torcidas hacia atrás. No obstante, lo que más le impactó ocurrió cuando la criatura humanoide, al notar la piedra que sujetaba su mano, se inclinó para observarla con más detenimiento y con una fascinación enfermiza, dejando al descubierto algo que le heló la sangre en cuanto lo pudo reconocer. Aunque un manto oscuro, desgastado y con múltiples rasgaduras cubría parcialmente su cuerpo del cuello para abajo, lo que sus ojos notaron ahí atrás no eran piernas sino una extremidad prolongada y ondulante, rematada en cuatro aletas y protegida por escamas azules y rojas, como si se tratara de un ser mitológico mitad humano y mitad pokemon serpiente salido de las profundidades más oscuras y tenebrosas del océano.
Si bien sus conocimientos sobre biología pokemon no eran tan amplios, los detalles de esa cola le hacían recordar a un pokemon de tipo agua, exótico, que habitaba en Hoenn y que era muy conocido por su belleza y elegancia, características que contrastaban totalmente con lo que tenía en frente, pero no lograba dar con el nombre de ese pokemon.
No necesitó, de todas formas, pensar más, pues en esos momentos tenía que preocuparse de un problema mayor que era de vida o muerte: se estaba quedando sin aire. Un último, pero inútil intento por zafarse de las zarpas que lo retenían fue suficiente para consumir las pocas reservas de oxígeno que le quedaban en sus pulmones. Lo peor estaba por venir. Mientras un frio casi glacial recorría toda su columna, como un aviso de que la muerte estaba cerca, su boca se abrió por reflejo, buscando en vano reabastecerse de ese elemento vital que no había y, en su lugar, inundando su vía respiratoria de agua salada. Comenzó a ahogarse, de su boca brotaban burbujas por montones y su cuerpo, que ya había dejado de responderle, en un intento desesperado por liberarse, se sacudía sin control. Parecía que todo estaba acabado para él, hasta que la criatura con rostro de anciana, al percibir que algo se acercaba, dejó de contemplar la piedra y, volviéndose hacia él, le dedico una risa perversa antes de soltar su mano y perderse en la oscuridad del fondo marino.
Justo después, en ese breve momento en que su cuerpo flotaba en medio del agua inmóvil, rígido y al borde de la inconciencia, pudo escuchar un sonido peculiar, distante que le resultaba dolorosamente familiar: el sonido del batir de las cadenas.
Entonces, apareció Gema, reparó en el estado en que se encontraba y con premura lo llevó hasta la superficie. La piedra, resguardada siempre en su mano, había dejado de brillar y temblar.
Al emerger, lo único que se puso a hacer César fue dar grandes bocanadas de aire, toser compulsivamente y escupir el agua que se había tragado, mientras Gema lo veía desconcertada y con preocupación.
A los pocos segundos, le señaló tembloroso, con un brazo, la orilla de la playa y Gema, sin decirle nada, lo traslado hasta allá.
Ni bien tocó la orilla, apoyado en sus rodillas y manos, César se arrastró unos metros sobre la arena, exhausto y comenzó a toser expulsando lo último de agua que quedaba en sus pulmones. Algunas personas y pokemon que pasaban cerca los miraban con extrañeza. Hacía poco que la carrera andaba bien, así que Gema no comprendía la situación.
—¿Te quedaste sin aire ahí abajo? —le preguntó.
Tras recobrar parcialmente el aplomo, César se enderezó.
—Me encontré con algo horripilante que fue lo que me dejó sin aire.
—¿Qué fue lo que viste?
—No sabría cómo describírtelo sin que sienta nauseas. Pero ahora lo que me interesa es otra cosa.
Se levantó por completo con dificultad y, acercándose a Gema, le extendió la piedra. Ella lo veía confundida.
—Pero dijiste que quien la agarrara primero sería…
—Quédatela. Ya no quiero saber nada de ella. Está maldita.
—¿Maldita? ¿Me puedes contar lo que viste?
—Déjame recuperar un poco más el aliento y te lo diré. Mientras tanto vayamos yendo a donde está Will. Se debe estar desesperando.
Luego de que Gema se colocara la piedra en su collar, prosiguieron con la caminata en dirección al referido lugar, donde no solo los esperaba Will, sino también una visitante inesperada.
En el trayecto, la curiosidad comenzó a impacientar a Gema.
—¿Ahora sí? —preguntó—. ¿Me puedes contar qué fue lo que viste?
—¿Por qué te interesaría saber algo que me ha ocurrido? ¿No dijiste que no somos amigos?
—Si tanto insistes, entonces… ¿Me lo podrías contar, mi guapo y atlético nuevo amigo?
Le lanzó una mirada entre coqueta y adorable.
Aunque sus palabras y gestos no le parecieron nada convincentes ni sinceros, César sentía que debía decírselo, pues parecía que Gema sabía más de la situación que él. Entonces, soltando un suspiro, le dijo:
—Lo que presencié fue una aberración. Era una criatura marina que nunca antes había visto. Tenía el rostro y las manos de un humano, pero el cuerpo de un pokemon.
—No lo puedo creer —Gema lo interrumpió, consternada, al darse cuenta de algo—. Mishelle me contó que algo nos estuvo siguiendo a nosotras después de salir de la cueva de mi abuelo, mientras llevaba conmigo la piedra.
Cesar detuvo su andar y se cruzó de brazos desconcertado.
—¿Hay algo aún más sorprendente entre ustedes dos, aparte de que se hayan vuelto amigas, de lo que no estoy enterado aún?
—Tal vez te lo diga más adelante, aunque ahora hay otro asunto que me sigue preocupando.
—¿Cuál es?
—Cuando tuvo un primer contacto con la piedra, Mishelle me dijo que escuchó un zumbido intenso y abrumador que la dejó tendida en la arena, pero luego, cuando recobró la audición, pudo entender lo que unos pokemon al frente de nosotras estaban parloteando. ¿A ti te sucedió algo similar cuando encontraste la piedra?
—¿Si te digo que sí me pasó algo parecido, sería un motivo de preocupación? No me digas que esa roca tuya ya me pegó la maldición.
Gema solo se limitó a observarlo, intrigada, con los ojos brillosos.
—Creo que ahora comienzo a entender por qué Will se ha separado de ti. Eres una pokemon rara e inquietante.
—Me he estado conteniendo desde que ya no estoy a su lado. Además él y Mishelle son unos chicos muy inocentes ¿sabes?, pero me he dado cuenta de que tú no.
Su mirada y sonrisa fue adoptando un semblante travieso y perverso, similar al que vio en el rostro de esa criatura.
—He notado que tenemos algunas cosas en común —añadió agitando su cola—. Eres amiguero y un poco juguetón. Me pregunto si también tendrás la cabeza tan encendida como yo.
—¡Uy! ¡No tienes ni idea! Por mis brothers cambié hace mucho tiempo. Si supieras como era en ese entonces, tú parecerías una santa a mi lado.
—¿Tanto así? Dudo que me puedas superar en ese aspecto.
—¿Quieres que te lo demuestre?
—Adelante… intenta sorprenderme.
—Espera, espera. Acabo de vivir la experiencia mas grotesca y perturbadora de toda mi vida y me pides justo ahora que simpaticemos un poco ¿Tú no tienes nada que ver en lo que me ha sucedido, no?
—Solo te diré que a esa cosa le gusta jugar con la mente de las personas.
—Entonces sí lo sabes. Sabes que me ha hecho algo. No es porque me esté volviendo loco.
—Muéstrame de lo que eres capaz y te hablaré más al respecto.
Antes de continuar, Cesar estimó, tapando sus ojos del sol con una mano, qué tan lejos se encontraba Will. No les faltaba mucho, en realidad. Su amigo estaba a solo unos ciencuenta metros de ellos, así que podían hacer una pequeña y ultima pausa.
Debían ser, sin embargo, discretos, pues estaban rodeados de gente. Entonces, César se detuvo seguido por ella, se aproximaron lo suficiente y, agachándose un poco para estar a su nivel, le habló en voz baja:
—¿Quieres que te cuente algo que he observado en ti y que sabes disimular muy bien?
—¿De qué se trata? Yo no tengo nada que ocultar. Al menos no soy esa clase de persona que le gusta jugar con los sentimientos y abusar de la confianza de sus aún-no-amigos.
—¡Qué incisiva! Me gusta eso. Volviendo al tema, se nota que cuando miras a las personas, especialmente a los hombres, a tus ojos les cuesta desviarse de cierta zona de su cuerpo.
Al escuchar sus palabras, Gema, de lo resentida que estaba, comenzó a ruborizarse.
—¡Aja! —añadió con una gran sonrisa de satisfacción—. ¡Lo sabía! ¡Entonces sí es cierto!
—No sé a qué te refieres.
—No te hagas la desentendida. Tienes una fascinación por esas abultadas, blandas y suaves partes de atrás, que se te hace difícil controlar ahora que estamos en la playa, donde hay personas que incluso anda en trusas, ¿o me equivoco?
La vaporeon, de la vergüenza, bajó ligeramente la cabeza, sonrojándose aún más. César parecía estar disfrutando lo incomoda que la estaba haciendo sentir.
—No tiene caso aparentarlo más. Eres una pokemon con una rara atracción por los traseros.
—¡Eso no es verdad!
—¿Y quieres que te cuente como llegué a esa conclusión?
Se levantó, miró a todos lados y, olvidándose por unos momentos de la cautela, se inclinó hacia los oídos de Gema:
—¡Por qué me los has estado ojeando desde que nos encontramos! ¿Crees que no me daba cuenta? Encima lo hacías, con cierta experticia y sigilo debo admitir, a vista y paciencia de Mishelle y de tus amigos pokemon. Y no me digas que solo era hacia los hombres. También a las mujeres que pasaban e incluso te capté algunas veces mirando sospechosamente a Mishelle.
Enderezó un poco su espalda y continuó:
—Para terminar esta pequeña demostracion, imagínate ahora un espécimen más adecuado a tus gustos. ¿Sabes a quien me refiero? Imaginate a Will usando este traje ajustado que tengo puesto. Imagínate como sería, qué tan apretado y pronunciado se verían esos dos Montes Plateados que tiene atrás y que claramente, para alguien de su edad, no son nada normales. Imagínate cómo rebotarían cuando se pusiera a caminar. Imaginate…
Mientras le hablaba, la cabeza de Gema se ponía cada vez más colorada hasta que, de repente, comenzó a echar humos, como si fuera una tetera en ebullición. Cesár se alejó unos pasos.
—¡Ya basta! —lo interrumpió—. Está bien. Lo admito. Me has descubierto y parece que tienes la mente tan retorcida y perturbada como yo. Sin embargo te pido encarecidamente que mantengamos esto en secreto. De lo contrario, si alguien más lo llega a saber, no te revelaré qué te ha hecho la piedra y qué viste realmente allá abajo.
Él, confiado, pusó ambas manos detrás de su nuca.
—No te prometo nada. Además, ya sospecho qué fue lo que vi. Fue una ilusion ¿verdad? Otro de los trucos que me jugó esa piedra.
—¿Y si te digo que esa criatura sí es real y que, como una pequeña sugerencia, no deberías volver a entrar al agua, si lo que no quieres es reencontrarte con ella y que esta vez te arrastre hasta el fondo del océano?
—Sé sincera conmigo. Ese objeto está maldito ¿no?
Gema pasó delante de él, callada, con la cabeza en alto y un andar orgulloso, dejando que la duda lo siga consumiendo. Se detuvo a los pocos metros. A lo lejos distinguió otro tumulto de gente, junto a unos remolques. Ahí debería estar Will, pues más allá solo había rocas y arena.
—Si lo quieres saber, entonces supérame en esta carrera. Quien llegue primero hasta donde esta Will, gana. Ve preparándote para perder mi nuevo amigo o "brother", César. Esta vez ya no tendrás la ayuda de las olas.
—¡Para cualquier competencia yo me apunto! ¡Ya sea en mar o en tierra! Y, dicho sea de paso, qué agallas debes tener para que un pez como tú quiera retarme a correr en la are…
Sin previo aviso, Gema se puso en marcha. César, al instante, despegó tan rápido como pudo para darle el alcance.
FALLEN IN WATER (continuará…)
Hello, hello. El titulo de este capitulo no se llama así por casualidad. Tiene un significado. Me he demorado más de lo usual porque los capítulos me estan quedando muy extensos y realmente no sé si hacerlos más compactos.
Voy a estar haciendo, nuevamente, algunas correcciones a los capítulos anteriores, por alguna palabra o frase que me he comido o que no debería estar ahí. He creado un dropbox, junto al de la versión reescrita donde he subido dos capítulos adicionales de la historia original. Ojo, esos capítulos no son definitivos. Son solo borradores que están sujetos a cambios mínimos o incluso, si fuera necesario, drásticos de toda su estructura. Con respecto a Fallen in Water: Re, me estoy demorando más de lo esperado. Lo que pasa es que quiero que el tercer capitulo quede perfecto y que funcione como una bonita introducción al nuevo mundo del reinicio.
Si nada mas que decir, nos leemos.
