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Todo había ocurrido a gran velocidad. Las lágrimas de Shin, la revelación sobre las emociones ocultas de Kyo, y su propia irracionalidad.

Iori había actuado movido por un impulso que le devolvió sus fuerzas por unos minutos, y finalmente tomó la decisión que había estado posponiendo por días.

Asumió que Billy Kane aún lo vigilaba, y lo contactó. Efectivamente, el rubio estaba frente al departamento, y Iori sólo tuvo que decirle que quería reunirse con Geese para que Billy se encargara de coordinarlo todo.

Un auto de Howard Connection pasaría por él, y lo llevaría al hotel Ritz, donde Geese estaría esperando.

Iori tuvo que deshacerse de Shin para que éste no se interpusiera en el camino, y el bienintencionado clon fue a comprar comida de buena gana, sin darse cuenta del engaño.

Ahora el vehículo se dirigía hacia Umeda. El tráfico no era fluido porque el horario laboral había terminado y las calles estaban atestadas de gente y automóviles.

Iori observó el paisaje por la ventanilla, complacido de que Billy no estuviera tratando de conversar con él.

Era extraño, pero ahora que tenía un propósito claro, Iori se sentía mejor físicamente. Aún estaba débil, y mantenerse despierto era trabajoso, en particular con el vaivén del automóvil, pero la mejoría en comparación con los días anteriores era evidente.

Tal vez tantos días de reposo realmente le habían ayudado.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el vibrar de su celular. No lo sacó para ver de qué se trataba. Shin ya debía haber regresado al departamento y alertado a Kyo sobre su ausencia.

Iori no pensaba responder a las llamadas o mensajes sin antes haberse reunido con Geese Howard, y Kyo posiblemente optó por contactar a Billy, porque el teléfono del rubio comenzó a sonar.

Billy miró el identificador de llamada en la pantalla, soltó una risita, y respondió.

En efecto, se trataba de Kyo, y Billy solamente le dijo que habían ido a dar una vuelta, que no había de qué preocuparse, y que volverían al departamento pronto.


El hotel no había cambiado en nada desde su última visita.

Subieron a la suite usando el mismo ascensor, y los mismos sujetos vestidos de negro se encontraban montando guardia cuando Iori se dirigió a los sillones, donde Geese esperaba.

El empresario vestía un traje negro y una corbata de un tono púrpura oscuro. Bebía un vaso de whisky y no se levantó para recibir a Iori, solamente hizo un gesto invitándole a sentarse.

—Billy me informó que querías hablar conmigo —dijo Geese con la misma voz plácida de la primera vez.

Iori tuvo la impresión de que Geese continuaría esa frase con un «espero que no me hagas perder el tiempo» a modo de diplomática amenaza, pero éste se limitó a beber un sorbo de whisky.

—¿Has decidido qué quieres a cambio de tu sangre? —preguntó Geese.

Sin embargo, no le dio tiempo a responder. Con un gesto de su mano, le indicó a Billy que sirviera algo de beber para Iori, y, mientras esperaban a que el joven volviera, Geese sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno.

Con un ademán calculadamente cordial, Geese ofreció la cajetilla y el encendedor a Iori, a través de la mesilla baja que había entre ellos.

Era el mismo gesto que Billy había hecho al ofrecerle uno de sus Gauloises en el pub noches atrás, y a Iori no le quedó duda de que ese tipo de actitudes era algo ensayado, para establecer cierta confianza con el interlocutor, y hacerle sentir cómodo y menos a la defensiva.

Iori estaba silencioso y, precisamente, a la defensiva. Sabía bien que esos dos lo estaban manipulando. Mostrarse agresivo no tenía sentido, porque su presencia en ese hotel significaba que Geese ya había ganado, por mucho que a él le pesara admitirlo.

Billy volvió con un café y lo dejó ante Iori. Luego tomó su posición junto a Geese.

—Es posible que mi guardaespaldas haya cometido un descuido y hablado más de la cuenta —dijo Geese. No se veía incómodo ante el silencio de Iori, y su voz continuó siendo suave y profesional—. Pero lo que dijo es verdad. Si la amnesia que sufres se debe a una lesión física en tu cerebro, puedo hacerla sanar. Y devolverte todos tus recuerdos.

—Eso no me interesa. —Iori habló de manera seca.

Geese no mostró más reacción que un tenue entrecerrar de ojos, pero Billy no ocultó su fastidio.

—Si has hecho que Geese-sama se tome la molestia de recibirte, sólo para salir con este tipo de tonterías, te juro que te las verás conmigo, Yagami.

Geese levantó una mano como pidiendo calma.

—Entonces, ¿qué es lo que te interesa, Iori? —preguntó.

—Los síntomas causados por la maldición de mi familia. Quiero deshacerme de ellos.

—Interesante —murmuró Geese.

—Geese-sama, no estará pensando… —Billy se vio algo alterado por un segundo, pero luego se controló y guardó silencio sin necesidad de que su jefe se lo ordenara.

—¿Puedes hacerlo o no?

—Averigüémoslo —respondió Geese, dejando el vaso de whisky en la mesa, y el cigarrillo en el cenicero.

Sin moverse del sillón, Geese miró detenidamente a Iori, y luego sonrió y apoyó un codo en el reposabrazos, y la mejilla en una mano, como si admirara una vista que era de su agrado.

Luego, con lentitud, Geese alzó su otro brazo y extendió su mano hacia Iori.

Iori sintió una fluctuación, como si su energía estuviera reaccionando a algo. Le pareció que un halo oscuro rodeaba a Geese por un instante, y luego la impresión pasó.

Geese continuó inmóvil en esa posición por un par de segundos. En sus labios nunca dejó de haber la sombra de una sonrisa, pero sus facciones y su cuerpo delataron una gran tensión, como si estuviese haciendo un esfuerzo físico.

—Como pensaba, el poder que obtuve de esos pergaminos no se compara con la maldición impuesta por una antigua potestad —dijo Geese al cabo de un rato, bajando su brazo—. Es una lástima, pero no puedo liberarte de esa maldición.

Iori no consiguió contener un sonido de fastidio, porque había sabido desde un inicio que guardar ese tipo de esperanzas era estúpido.

—Pero, como dije, puedo restaurar tus memorias —señaló Geese, antes de que Iori pudiera levantarse y salir de ahí para nunca volver—. Y, tal vez, eso sea todo lo que necesites.

Iori frunció el ceño, desconfiando.

Geese continuaba observándolo con el rostro ladeado.

—Tengo entendido que estás muriendo, Iori —dijo de improvisto, y no había ni un rastro de compasión en su voz—. Buscas una cura porque no te queda otra alternativa. ¿Me equivoco?

Iori no se molestó en responder, porque era obvio que Geese iba a seguir hablando.

—Pero la cuestión es que llevas años «muriendo» —señaló Geese—. Años. Sería razonable concluir que encontraste la manera de detener el avance de esa maldición. Pero la olvidaste cuando perdiste la memoria.

Billy observaba a su jefe boquiabierto, y eso le dio más credibilidad a esa aseveración que cualquier otra cosa que Geese pudiera haber dicho.

—Déjame compartir una lección de vida que estoy seguro descubriste por ti mismo —siguió Geese—. Emociones intensas como la venganza, el odio, o, en tu caso, una obsesión, pueden mantenerte vivo, cuando no queda nada más.

Iori apretó los dientes al comprender qué era lo que Geese estaba insinuando.

—Tal vez lo único que tienes que hacer es recordar.

La parte más desagradable de esa conversación, desde el punto de vista de Iori, no era la calculada cordialidad de ese empresario, ni la sombra de burla que se percibía en sus ojos celestes, sino el hecho de que todo lo que había dicho tenía sentido.

Iori no lo había pensado en términos tan claros, pero, al negarse a recordar, había perdido aquello que lo motivaba a seguir con vida.

La verdad era indiscutible: sentir afecto hacia alguien no era suficiente para burlar a la muerte.

Pero su obsesión enfermiza hacia Kyo sí.

—¿Deseas proceder? —preguntó Geese—. No tomará más que unos minutos.

Iori cerró los ojos, tratando de no tomar ninguna decisión precipitada.

—¿O quieres tiempo para pensarlo? —preguntó Geese como si le estuviera leyendo la mente—. Estaré en la ciudad hasta la próxima semana. Puedes tomarte algunos días, si es lo que necesitas.

Ante eso, Iori asintió.

En realidad, su decisión ya estaba tomada, pero necesitaba pasar un tiempo a solas, para poder reflexionar.

Billy lo escoltó fuera del edificio y ofreció llevarlo al departamento. El rubio se veía de excelente humor.

—¿Qué piensa hacer tu jefe con la sangre? —preguntó Iori cuando subieron al auto negro.

—Sólo lo que te dijo la primera vez. La pondrá en un frasco bonito, y la exhibirá en una repisa, como parte de su colección —respondió Billy.

—Se toma demasiadas molestias para hacer semejante tontería.

—Si lo hace es porque vale la pena —dijo Billy, dando el tema por terminado.


Kyo estaba con la espalda apoyada en el muro del edificio, junto a las escaleras que llevaban al departamento de Iori.

Vio al pelirrojo descender del vehículo negro de Howard Connection, y a Billy decir adiós con la mano, sonriendo de una forma definitivamente sospechosa.

—Veo que ahora se llevan bien —comentó Kyo.

—Quería tomar aire. Y resulta conveniente que tu espía tenga siempre un auto a su disposición.

—Ajá.

Bajaron las escaleras y Iori entró en el departamento como si no hubiera pasado nada fuera de lo habitual. Kyo se quedó de pie, sus brazos cruzados.

—Fue una bajeza hacerle eso a Shin. Él se preocupa por ti, ¿sabes? —dijo Kyo.

—No es mi problema que tu clon sea tan fácil de manipular.

Iori se sentó en la cama. Se sentía cansado, pero sus pensamientos habían adquirido una claridad sorprendente ahora que sabía qué era lo que tenía que hacer.

—¿Cómo estás? —preguntó Kyo, pasando la mirada por el traje de Iori, buscando manchas de sangre.

Iori alzó la vista.

Las recriminaciones que esperaba no iban a llegar, porque Kyo parecía haber aceptado la excusa de salir para cambiar de aires.

El castaño no se veía molesto, y sólo mostraba su consideración usual.

Iori extendió una mano, sujetó la cintura del pantalón de Kyo y lo hizo acercarse.

—Veo que por fin te sientes mejor —murmuró Kyo, aprovechando la cercanía para acariciarle el cabello.

Iori apoyó la frente contra el vientre de Kyo, mientras la caricia continuaba.

—Necesitaba pensar —dijo—. Sobre ciertos recuerdos que han regresado.

—¿Qué recordaste?

—Una pelea.

—¿Satisfactoria?

Iori se separó de Kyo y alzó la vista hacia él. Kyo había usado un tono provocativo y ahora le sonreía.

—Sí… —admitió Iori, a pesar de que estaba hablando de la pelea que habían tenido dentro de la habitación, años atrás.

—Suena a que es un buen recuerdo.

Iori no lo negó. En su mente, escuchó el eco de lo que Kyo había dicho en aquellos días.

«Me haces desear esto».

¿Era un buen recuerdo para Kyo también?

—No sabes cuánto me alegra ver que te sientes mejor, Yagami —murmuró Kyo, tomando un mechón del cabello rojizo de Iori para ondularlo entre sus dedos.

Iori no había dejado ir la cintura de Kyo, y disfrutó de su proximidad y caricias por varios segundos.

—¿Qué pasaría si recupero la memoria? —preguntó Iori de pronto.

No había sido su intención sonar tan abrupto, pero la conversación con Geese seguía dándole vueltas en la cabeza, y necesitaba saber.

—Todo volverá a ser igual. ¿Qué tendría que pasar? —respondió Kyo.

—¿Las peleas?

—Las peleas, los desafíos, los insultos. —La sonrisa seguía presente; medio burlona, como si Kyo no estuviera tomando esa conversación en serio—. Y si quieres, yo estoy dispuesto a seguir con esto.

Aquello hizo que Iori sujetara la cintura de Kyo con más fuerza.

—¿Y si, por alguna razón, yo no quisiera?

—Me conformo con una pelea de vez en cuando para romper el tedio. —Kyo observó a Iori detenidamente, como si de pronto hubiera notado que esas preguntas eran un poco extrañas—. Quiero decir, si me buscas ahí estaré. Para pelear o para algo más.

—Por lo que me has contado, tal vez quiera matarte.

—Puedes intentarlo, no me molesta. Y si estás haciendo esa pregunta porque crees que no querré volver a la vieja rutina, te equivocas. Yo te acepté hace mucho tiempo. No vas a liberarte de mí.

Iori respondió a eso escondiendo su rostro contra la camiseta de Kyo, a la altura de su abdomen. Besó la tela suavemente, para luego alzarla y poder besar la piel del joven.

En las últimas semanas, el malestar no le había permitido disfrutar de Kyo. Su organismo cansado simplemente no respondía. Pero quería poseer a Kyo esa noche, en caso pasara lo peor y no pudiera volver a tenerlo así.

Kyo continuó de pie ante él, acariciándole el cabello y recibiendo sus besos. Iori no tardó en desabrocharle el pantalón para aliviar la presión en su entrepierna, y tomó la excitación de Kyo en sus labios, acariciándola con su lengua.

El castaño se estremeció y empujó contra los labios de Iori un par de veces, procurando ser cuidadoso, y Iori lo notó y acarició con más fuerza, buscando que Kyo no se contuviera.

—Yagami… —murmuró Kyo. Su voz sonó a protesta, pero sus acciones contradijeron a sus palabras. Con la mano que aún mantenía en el cabello del pelirrojo, Kyo guio a Iori para que aumentara un poco la velocidad.

El roce de la leve risa desdeñosa de Iori contra la piel sensible lo hizo proferir un gemido.

Y de pronto las manos de Iori lo guiaban a él, para que se acostara de espaldas en la cama.

Kyo se deshizo de los pantalones mientras Iori hacía lo mismo con los suyos, y la camiseta y camisa de ambos no tardaron en ser lanzadas al suelo también.

Iori se inclinó sobre Kyo para besarlo, y sus cuerpos se encontraron y el contacto hizo que ambos se estremecieran de placer. Kyo podía sentir el peso de Iori contra su pecho, y las piernas de Iori entre las suyas. Ávidamente, empujó con su cadera contra Iori, frotando su excitación contra el miembro del pelirrojo.

Kyo se sorprendió al notar que Iori no reaccionaba al estímulo. Lo rozó con más ímpetu, pero la flacidez no cambió.

—No te preocupes por eso —gruñó Iori en su oído, mordiéndole el lóbulo y luego lamiéndolo, haciéndole perder la noción de lo que estaba sucediendo por un momento.

Pero Kyo se recuperó pronto y puso más esmero en excitar a Iori. Lo besó en los labios y el cuello. Lamió el oído de Iori donde sabía que le gustaba. Con sus manos, recorrió la espalda baja de Iori, insinuando una caricia que se detuvo justo en el límite de lo que Iori solía permitir.

Al ver que nada de eso estaba funcionando, Kyo deslizó una mano entre ellos, y rodeó a Iori con sus dedos. La falta de respuesta era desconcertante, pero no les sorprendía. Iori estaba enfermo, y su afección se presentaba de distintas maneras.

Iori tomó la mano de Kyo y lo hizo apartarla.

—No te preocupes —repitió Iori con un tono profundo y controlado. Se deslizó hacia abajo, dejando besos en el abdomen de Kyo en el camino hacia su pelvis, para volver a tomar su excitación en su boca.

Kyo se estremeció, y no le quitó la vista de encima. El pelirrojo lo había tomado por completo, y estaba lamiendo y saboreando, provocándole un intenso placer.

—Yagami…

Unas gotas saladas brotaron de Kyo. Iori las recibió en su lengua con una sonrisa burlona porque era demasiado pronto, y se apartó para buscar a tientas el tubo de lubricante que guardaban en el cajón de la mesilla de noche.

Sin embargo, al encontrarlo, Iori hizo una pausa. A pesar de los esfuerzos de Kyo, su cuerpo lo estaba traicionando y no había logrado una erección.

Kyo, por el contrario, estaba excitado y la espera parecía dolorosa. Iori podía ver que Kyo quería seguir, pero se estaba conteniendo por consideración hacia él.

Impulsivamente, para no tener tiempo de arrepentirse, Iori empujó el tubo de lubricante contra la mano de Kyo.

—Hazlo tú —dijo en voz baja.

Los ojos de Kyo se abrieron más.

—¿Estás seguro? —preguntó.

Iori le sostuvo la mirada. Pudo ver cuán deseoso estaba.

—Sí —respondió, sintiéndose tranquilo al saber que estaba disfrutando de esa vida junto a Kyo sin dejar ningún aspecto por explorar—. Quiero este recuerdo —murmuró, y Kyo se incorporó y buscó sus labios para darle un largo beso.


Al terminar, un agradable adormecimiento cayó sobre él y permaneció tendido, respirando con fuerza, sus ojos cerrados.

Después de unos segundos, Kyo se acostó a su lado, y Iori lo rodeó con un brazo.

Y al menos por unos instantes, aquella existencia le pareció perfecta.


La fecha que Iori eligió para encontrarse con Geese fue un día cualquiera.

Mintió y le dijo a Kyo que se sentía lo suficientemente bien para ensayar con Sviesulys una vez más. Kyo no tenía por qué sospechar de nada, y no se opuso a que Iori saliera.

Era temprano por la mañana y el hotel de Umeda seguía invariable. La suite de Geese se veía tan impersonal como siempre, pero, en esta ocasión, había una caja de madera en la mesilla entre los dos sillones.

Geese estaba fumando un cigarrillo, de pie delante de los ventanales. Los secretarios del empresario no vigilaban el ascensor esta vez. Ambos se encontraban cerca, esperando órdenes.

Fueron directo al punto, sin molestarse en entablar una banal conversación.

—Siéntate, Yagami —indicó Billy.

Iori tomó asiento en el sofá y el rubio se arrodilló sobre la alfombra, junto a la mesilla. Abrió la caja y dejó ver las jeringuillas y tubos de vidrio donde almacenaría la sangre de Iori.

Geese se acercó en silencio, sin dejar de fumar, para supervisar el proceso.

—Muéstrame tu brazo —dijo Billy. Su actitud era seria y profesional, sin tonillos burlones ni sonrisas de superioridad.

Iori se arremangó la gabardina y la camisa, y el rubio se puso un par de guantes de látex y le ató una banda elástica en el antebrazo, para poder localizar su vena con mayor facilidad.

Desde que había tomado esa decisión, Iori se había sentido en calma. Se había convencido a sí mismo que recobrar la memoria no era el final de su relación con Kyo, a pesar de lo que había temido en un inicio. Continuar dependía de ellos. Y Kyo nunca había expresado su preferencia. Toda la aprensión y temores eran suyos, no de Kyo. El afán de no recordar había provenido de sí mismo.

«Yo te acepté hace mucho tiempo».

Si eso era cierto, a Kyo no le sorprendería que estuviera dando su sangre a cambio de algo que no podía conseguir por sus propios medios. La historia simplemente se repetía. Pero en vez de un pacto con un dios, Iori estaba haciendo un intercambio con un empresario pretencioso que se daba aires de grandeza.

¿Y, al final, qué utilidad tenía su sangre? Esa sangre estaba manchada. Maldita. Iori dudaba que Geese pudiera utilizarla para algo similar a los experimentos de NESTS.

—No te muevas.

La voz de Billy lo trajo de vuelta al presente. El rubio había preparado la jeringuilla, y limpiaba la piel de Iori con un algodón húmedo de alcohol.

Los dedos diestros de Billy hicieron que Iori no percibiera el pinchazo. El joven esperó unos segundos para que la sangre de Iori llenara un tubo. Luego lo reemplazó por otro vacío y extrajo otra medida idéntica de sangre.

Billy fue cuidadoso al retirar la aguja y volver a limpiar el área con alcohol. Dejó el algodón adherido con cinta adhesiva y luego puso los tubos con sangre en un contenedor especial que uno de los secretarios de Geese le alcanzó.

—Ten cuidado al transportarla —dijo Billy, y el secretario asintió, y salió con prisa de la habitación llevándose la sangre. A continuación, Billy le sonrió a Iori—. Gracias por tu cooperación, Yagami.

Iori entrecerró los ojos en una amenaza silenciosa, porque ahora era el turno de Geese de cumplir su parte del trato.

Aunque no le habría sorprendido para nada si ese hombre no mantenía su palabra.

Geese dejó el cigarrillo en el cenicero y, no sin cierta parsimonia, abrió los botones de su traje y dejó el saco colgando del respaldo del sofá.

Mientras se acercaba a Iori, dobló las mangas de su camisa, revelando sus muñecas, y el costoso reloj dorado que portaba.

Iori frunció el ceño cuando Geese continuó acercándose hasta quedar de pie delante de él.

Billy había estado guardando los implementos de la extracción de sangre de vuelta en la caja, pero hizo una pausa para decir con voz suave:

—Por favor, tenga cuidado, Geese-sama.

Geese no pareció oírlo y alzó ambas manos, mirando a Iori a los ojos.

—¿Empezamos? —preguntó.

Iori consiguió no mostrar reacción alguna, pese a que el contacto de los dedos de Geese contra sus sienes lo tomó por sorpresa.

El toque fue suave, casi amable, y Iori percibió el fluir de una energía.

Por unos segundos, Iori no notó nada más, hasta que de pronto una punzada en lo profundo de su cabeza lo hizo estremecerse.

Billy se apresuró a sujetarlo por los hombros.

—Quédate quieto —dijo.

Geese continuó con lo que hacía. Iori apenas podía creer que un contacto tan suave pudiera provocarle tanto dolor. ¿En Rusia el dolor también había sido así? Le parecía que no. Parecía que esto era peor…

Un grito, su grito, resonó en toda la suite. Su último pensamiento consciente fue que Geese lo había engañado, y que había hecho cualquier otra cosa, menos darle lo prometido.