CAPÍTULO II
"SALTANDO MUROS"
El clima en Ohio se volvía cada día más frío conforme se adentraba diciembre. Los árboles desnudos se batían con el viento que golpeaba sus ramas desnudas sin cesar. Y cada mañana la ciudad despertaba oliendo a tierra húmeda, con un aspecto totalmente gris.
Quinn contaba con sólo una ventana hacia la calle en su pequeño departamento de cinco por cinco. Sin embargo, este parecía más grande de lo que era debido a que en él sólo había una cama de plaza y media y una mesa de madera que hacía las veces de tocador.
Apilados al pie de la cama se encontraban sus libros de la escuela y los blocs de notas que utilizaba habitualmente. Sobre la pared, al frente, media docena de percheros se hallaban ocupados y bajo ellos había un pequeño baúl que guardaba todo el resto de su ropa.
Resopló sentándose sobre las sábanas blancas, mirando todo con una mueca. Era incómodo tener tan pocos muebles, pero no se podía quejar. Tres semanas atrás estaba en la calle.
Había sido su hermana Andrea la que le había conseguido el piso. Se había horrorizado cuando al volver de su viaje a París, se había enterado de la situación de su pequeña hermana desterrada del hogar familiar.
El día anterior a la excursión que Mr. Shue había organizado para ellos y que había terminado en algo así como una tragedia absurda, Andrea se había aparecido en el colegio. No pudo evitar avergonzarse al verla. Sabía que debía ser un choque impresionante que lo primero que viera al entrar en la habitación fuera un vientre inmenso. Pero Andrea no le reclamó, no se indignó, no puso expresión decepcionada. Corrió hacia ella para abrazarla. Habían pasado seis meses desde la última vez que se vieron después de todo. Y luego le había dicho lo orgullosa que estaba de que hubiese decidido tenerlo y no ir contra los mandatos divinos de respetar la indefensa y frágil vida de un nonato.
Quinn le presentó a sus amigos del coro que estaban allí, aunque notó la mueca sorprendida de su hermana al verla con "outsiders" como Artie que la miraba embelesado, a Tina tan oscura como siempre, a Rachel con esa sonrisa de psicópata que provocaba salir corriendo al verla y a Kurt con el que congenió bastante bien una vez pasado el susto de estar cerca de alguien tan decididamente afeminado.
Por supuesto, Andrea trató de apelar a la razón frente a los Fabray pero no logró que su padre siquiera pestañeara. Entonces decidió alquilar un pequeño lugar para ella en las afueras de Lima e ir consiguiéndole algunas cosas para llenarlo poco a poco. Tampoco podía abusar de la buena voluntad de su querido esposo.
Y así, Quinn por fin había salido de casa de Finn, lugar donde se sentía una carga vergonzosa a cada día que pasaba a pesar de que Mrs. Hudson no le había tratado mal ni antes ni después de saber de sus engaños.
-Quinnie –dijo Andrea antes de volver a Michigan-, cuídate por favor. Me molesta dejarte aquí sola. ¿Puedes considerar otra vez venir a vivir conmigo?
-Gracias, pero no. Aquí tengo muchas cosas por hacer, pero créeme no seré una molestia por mucho más tiempo.
-Nada de molestias. Te quiero mucho, hermanita. Prométeme que te cuidarás.
-Lo prometo.
Ambas se abrazaron. Andrea cogió su bolso y se marchó después de deslizar un sobre en el tocador. Quinn no reparó en ello y se quedó mirando hacia la calle. La vio partir en un taxi. Suspiró. Ella era la única familia que le quedaba.
De repente sintió una sed inmensa, producto de la ansiedad de quedarse sola en ese lugar, alejada nuevamente del calor de un hogar. Al parecer, ese era su destino. Cogió un vaso de agua.
-Oh –susurró al sentir el líquido congelado entrando en su boca.
Suspiró un poco y entonces observó el vaso con fijeza, concentrándose. No sabía si podía hacerlo. De hecho aún había días en que se despertaba sudando como marrana y otros, fría como el resto fósil de un neandertal. Pero quizá si ponía toda su fuerza mental en ello.
-Caliéntate –pensó con expresión seria-. Caliéntate.
Pasaron unos segundos antes de empezar a sentir el calor que provenía del vaso de vidrio y que se extendía hasta su mano fuertemente aferrada a él y un segundo más tarde, el vaso explotaba derramando agua y vidrio a la vez.
-Ouch! –sintió la punzante sensación en el ceja izquierda. Genial, ahora aparte de ir vestida como si viviera en otra época, lo que ya provocaba burlas de parte de las animadoras que antes comandaba, tendría que mostrar una vendita en pleno rostro. Y no quedaba de otra, porque empezaba a sentir el lento paso de la sangre corriendo por su sien.
El paso de Rachel siempre había sido decidido, erguido, majestuoso. Su mentón arriba, mirando a todos con esa sonrisa autosuficiente, que repelía inmediatamente. Todo esto, claro, hasta que recibía un batido en plena cara. Los ataques no habían cesado ni siquiera un poco al haber entrado en carrera rumbo a las regionales. Y ella no se había vuelto ni un poquito popular, ni en el club de coro, en el que la mayoría parecía aguantarla sólo por su talento. Al principio eso le había parecido bien porque su talento era todo lo que tenía, y era inmenso, grandioso, inigualable. Sería tonto que no la admiraran. Pero dudaba que alguno se considerara realmente su amigo. Excepto Finn, claro. Y era curioso, porque al final del día, era la opinión de su mariscal favorito la única que importaba. O eso creía.
Con los libros sobre su pecho, se acercó sonriente a su casillero. Tocaba clase de Historia y no podía faltar. Había estudiado durante la noche. Claro, después de cantar a viva voz con su peine como micrófono una versión de Because Of You de Kelly Clarkson.
Alguien le tocó el hombro ligeramente. Se giró con rapidez para encontrar a Finn mirándola con esa sonrisa tan suya, tan linda, tan sexy, tan…. Sacudió un poco sus pensamientos antes de devolverle la sonrisa lo mejor que pudo, es decir, una gran sonrisa mostrando los dientes perfectamente limpios y los ojos brillando como estrellas. Que por cierto, ella misma era una estrella.
-¡Hey, Rach! ¿Te acompaño a clase? Yo no tengo Español hasta dentro de media hora.
-¡C-claro, Finn! Vamos.
-¿Sabes? –Empezó Finn mientras caminaban por los pasillos, esquivando a otros estudiantes-. Creo que fue preciso el que nos dieran ese par de semanas para recuperarnos del accidente. Tú sabes….mi problema fue un poco confuso al principio. Ni yo mismo sabía que era yo mismo. Bueno, tú entiendes….Lo que quiero decir, es que ahora lo domino mucho mejor, de hecho ya dejé de hacerme pasar por el entrenador, y sabes lo especialmente grotesco que era eso. La cosa es que, básicamente ahora puedo decidir quién ser cuando quiera. No siempre sale perfecto, creo que falta mucho para que lo domine en su totalidad, pero algo es algo. Bueno…-se detuvo para mirarla y Rachel supo que venía algo serio-. ¿Crees que sería correcto pasar a ser alguien para probar, para sacarme de la cabeza una duda?
-¿Quieres decir, para poner a prueba a alguien basándote en la confianza que tendría en quien pasarías a ser? –el entrecejo de Rachel se estaba estrechando ligeramente.
-Algo así. –Finn puso su clásica cara de inocencia.
-Creo que eso sería un insulto a quien quieras interrogar. Podrías ir tú mismo sin hacerte pasar por nadie.
-No, Rachel, no puedo hacer eso. Mmm, no estás entendiendo –se rascó la cabeza-. Mira, olvídalo. –y apresuró el paso para alejarse.
-Sólo quiero lo mejor para ti, Finn –alcanzó a decir ella con voz aguda quedándose de pie en medio del pasillo, con mirada preocupada pero sobretodo sospechando. Realmente la mente de Finn no era muy difícil de descifrar. Y eso le preocupaba demasiado. Sobre todo si tenía que ver con lo que se estaba imaginando.
La casa de Brittany era bonita. Con su jardín delantero bien cuidado, su porche en el que había una mecedora de madera muy vieja pero majestuosa. Esa era la única adición a lo que era un típica casa semi-holandesa. El abuelo de Brittany la había construido inspirado en su tierra natal. Estrecha y alta, con ventanas rectangulares y cortinas a juego. Con todas las habitaciones con ventanas al frente y pequeñas ventanitas a los lados. Le gustaba esa casa.
Durante las últimas tres semanas, Santana no había hecho más que eso. Mirar desde fuera, sentada en un tronco sobresalido del parque del frente. Viendo ir y venir a Mrs. Woods, cada vez más pálida, cada vez más delgada. Siempre sentada allí, sabiendo que Brit se hallaba en el hospital. Pero no quería verla, no así. Ambas habían sido tan lindas, despampanantes, de las que iluminaban un lugar cuando entraban, el alma de las fiestas, y las mejores amigas. No podía soportar verla más. Ya la había visto cuando la ambulancia se la llevó y eso sólo fue el comienzo. Su cabello lacio y abundante caído, como sin vida, sus ojos marcados por grandes ojeras, su boca fruncida, sus labios delgados y contraídos, su mira ida, su expresión de dolor. No, no podía soportarlo. Y allí sobre ese tronco había llorado pensando en sus días gloriosos, en el hecho de no poder estrechar sus manos ni recibir su abrazo. Y cuánto deseaba abrazarla.
Todo esto la había deprimido demasiado, pero eso no había ido a la escuela el día anterior y no se había aparecido por el club de coro tampoco. Le gustaba pero sin Brittany aquello no era lo mismo.
Vio, con ojos hinchados, el auto de Mrs. Woods acercarse y estacionarse frente a la casa. Pero no era ella quien conducía sino Mr. Shue. Se extrañó. ¿Qué hacía Mr. Shue allí? Él salió del auto seguido de Kurt (otro WTF!) que se apresuró a abrir la puerta de atrás. Mrs. Woods salió por el otro lado y fue derecha a abrir la puerta de la casa, mientras Mr. Shue y Kurt se inclinaban dentro del auto y sacaban con cuidado a Brittany. El corazón se le detuvo un instante.
Brittany estaba envuelta en una manta gruesa. Llevaba un gorro de lana encima pero, incluso desde la distancia, pudo notar su nariz perfilada, roja por el frío, su sonrisa a medias que intentaba ocultar una mueca de dolor. Mr. Shue la cargó en brazos mientras Kurt cogía el bolso que traían del hospital y todos entraban a la casa.
Sus pies de pusieron en pie como resorte pero no se movieron más. No estaba segura de ir allí en ese momento, pero tenía tantas ganas de verla, y a la vez no quería hacerlo por todos los motivos antes mencionados. Sin embargo, Brittany era su mejor amiga, la mejor amiga que tenía desde el elemental. Y sabía que la necesitaba, como siempre la había necesitado, para limpiarle la cara cuando a los siete años se caía al suelo al correr, para evitar que cometiera alguna tontería por sus habituales despistes. Pero Brittany no era tonta. Tenía algunas ideas raras, pero no era tonta. Era la persona más linda de la tierra y con un corazón, unas actitudes y unos pensamientos que ella, Santana, a veces no lograba entender, por lo que había, en el fondo, que Brittany era mejor que ella en muchos aspectos.
La puerta ya se había cerrado, pero Santana había entrado a hurtadillas miles de veces y sabía qué hacer. Esperaría a que Shue y Kurt se fueran para entrar y ponerse al día con su amiga.
Puck tomó otra botella de cerveza sin dejar de mirar el cielo. Se encontraba recostado en una silla de playa, en medio de su jardín trasero. Su madre y su hermana estaban en alguna fiesta para niñatos. Pensaba principalmente en lo que sucedía con su cuerpo.
La sola idea de tener una fuerza sobrenatural y romper algunas cabezas era excitante, pero las cosas no habían resultado fáciles. La forma en que podía cambiar, en cómo podía llegar a parecer un hombre de piedra no le gustaba. Y aunque eso no era necesario para ser extremadamente fuerte, seguía transformándose en los momentos menos indicados. A veces amanecía con las manos endurecidas, otras veces los pies, y lo último fue encontrar a su amiguito ahí, inmóvil, estático, hecho piedra. Qué aterrador. De verdad se había asustado. ¿Y si se hubiera quedado así para siempre? Lo que quería decir…bueno ya sabía lo que quería decir.
Era un maldito freak. De ser un semental, ahora era un freak como todos esos de los que se había burlado antes. Tomó otro sorbo de cerveza. El cielo estaba lleno de nubes. No se veía ni una sola estrella. Pensó en Quinn, en la bebé, en él siendo padre. Eso nunca lo había asustado, desde el momento en que Finn le lanzó las palabras que supusieron una gran revelación, la idea de ser padre y formar una familia con Quinn no se había retirado de su cabeza.
Pero había algo más, él no podía renunciar a toda su vida, llena de chicas, llena de fiestas, repleta de cervezas. Podía darle todo a Quinn, lo sabía. Una casa, una vida acomodada. Pero, a cambio, ¿perder todos esos privilegios? Era algo que no había pensado demasiado desde que ella vio los mensajes de texto que intercambió con Santana. Pero quizá ya iba siendo hora de tomar una decisión.
Will se hallaba en su despacho o, mejor dicho, el pequeño cubículo tras el salón de canto. Sus piernas levantadas, apoyadas en el escritorio. Sostenía una partitura y un lápiz pero realmente no les prestaba atención. Su única preocupación y pensamiento radicaba en Glee. En todos sus chicos, en Emma, en Brittany, en Quinn, en Kurt con aquello que ocultaba y que no quería confesar. Era todo tan estresante que ni siquiera había dado un momento para pensar y sobrellevar lo que le había pasado a él. Bien, que despertar una mañana y darse cuenta que se hallaba más cerca del techo que del suelo y luego caer abruptamente, no era algo mínimo. Pero tenía responsabilidades. Y algo que nunca había hecho era escapar de ello. Quizá por eso se le había dado esa habilidad. Porque en el fondo escapar, alejarse de todo, era lo que quería de vez en cuando. Y había llegado a esa conclusión pensando en todos y cada uno de los afectados. Todos parecían obtener habilidades según sus personalidades. Era algo que tenía que estudiar para ayudarlos a superar todo eso, y sobrellevar los ensayos para las Regionales, que ya se venían encima. El mundo no tenía descanso para él. Ni para esos pobres muchachos. Pero él los protegería, no importase contra quién o qué tendría que luchar. Con Brittany ya había empezado, pero no era suficiente. Tenía trece personas más a quién ayudar.
Emma se metió entre sus pensamientos. ¿Qué estaría haciendo? Sonrió al pensar en que seguramente estaba limpiando con rigurosidad algún lugar de su casa, o todos. Vaya, cuanto le gustaría acompañarla. Pero ella tenía sus reglas, y las cumpliría al pie de la letra.
