CAPÍTULO III

"MIRANDO MÁS ALLÁ"

Era extraño tener a Kurt tan pendiente de ella. El hecho de que hubiese colocado su cabeza, la de ella, en sus piernas y que su mirada gris no se le despegara por más de un segundo le decía claramente que, además de lo que podía recepcionar sobre él, que sentía culpabilidad y sobreprotección. Sabía todo lo que pasaba por aquella cabeza llena de gomina.

De vez en cuando sentía punzadas dolorosas en la cien. Había comenzado a entender, y no había sido fácil hacerlo, que podía sentir las emociones de la gente, sus pensamientos hechos imágenes. Y eso, mientras el auto cruzaba la ciudad, era una gran carga para su frágil mente. Felizmente, con el tiempo transcurrido, había podido focalizar y administrar mejor esas recepciones, aunque no a la perfección. Por eso seguía débil.

Supo que estaban llegando a casa cuando las emociones se hicieron más distantes, como transmitidas por una radio. La villa llena de extranjeros nórdicos le proporcionaba un descanso. Era poco poblada y la gente trabajaba mucho fuera de allí.

El auto se detuvo con cuidado. A través de sus ojos nublados pudo notar el movimiento. Madre corría hacia la puerta, Mr. Shue abría la puerta de Kurt. Este último zafaba sus piernas con extremo cuidado para que luego su profesor pudiera cargarla y sacarla fuera.

Entonces sintió una emoción diferente. Una claramente latina. Venía de un lugar no muy lejano. Sintió la sorpresa, luego ilusión, alegría, esperanza, todo junto. Sonrió. Santana estaba rondando por allí, seguramente en aquel tronco en el que pasaban noches enteras hablando. La vería por fin. Sabía que entraría en su habitación en cualquier momento. Y la esperaría. Tenía tantas ganas de verla. Sonrió apenas, aunque por dentro, la felicidad le hacía reír mucho más fuerte.

Mike apoyó su espalda en la delantera de su camioneta mientras comía una manzana y suspiraba aburrido. Esperaba a Matt que tenía examen de Historia y aún no salía.

-Hey –escuchó la voz de Mercedes, ligeramente más ronca de lo habitual. No se había dado cuenta que su auto estaba al lado del de ella.

-Hola. ¿Qué tal día?

-Apestoso –ella hizo una mueca mientras buscaba algo en su bolso.

-Triste que hoy no haya Glee, ¿no crees? –dijo él en voz baja. Se había dado cuenta que el ánimo de mercedes no estaba para bromas.

-¿En serio, hermano? –ella fijó sus ojos amenazantes –No soporto más los ensayos. No hasta que pueda manejar esto –se señaló la garganta y siguió buscando en su bolso.

-¡Vamos! Eso no es difícil para una chica fuerte como tú. Quizá no lo has intentado seriamente.

Se me giró hacia él con una mano en la cintura y una expresión sarcástica. Sacudió la cabeza y jaloneó su bolso. Un manojo de llaves salió volando y fue a parar bajo la camioneta de Mike.

-¡Maldición! –exclamó.

Su compañero le mostró las manos en señal de calma. Ambos se pusieron de rodillas.

-¡Genial!, fue a parar justo donde no podemos llegar, a menos que muevas el auto.

Mike sonrió travieso. Alagó la mano en dirección a las llaves. Normalmente nunca las alcanzaría, pero su brazo empezó a salirse de la manga de su chaqueta, estirándose hasta que finalmente alcanzó las llaves y su brazo volvió a su tamaño normal. Se las entregó a la morena.

-Quizá deberías utilizar menos tiempo en quejarte y más en tratar de manejar tu situación.

Mercedes le miró entrecerrando los ojos.

-Gracias por el consejo, Bruce Lee –le dijo rudamente y se dio media vuelta hasta llegar a su auto.

-Tío, ¿qué pasa con Mercedes? –dijo Matt mientras se acercaba corriendo, vistiendo su chaqueta del equipo de fútbol. La vieron partir rápidamente y sin mirarlos.

El muchacho asiático negó con la cabeza.

-Tardaste demasiado, tonto. Nos vamos a perder lo mejor de la reu en el 7/11.

-Era un examen, hombre. ¿Qué esperabas? –se quejó el moreno mientras abría la puerta del copiloto sin siquiera tocarla y se lanzaba dentro. Mike arrancó sin decir una palabra más.

Sí, la fiesta, o mejor dicho reunión, era un éxito. El equipo de futbol y el de las porristas estaba allí en pleno, salvo Santana, celebrando la salida del hospital de Brittany. Para aquellos que no eran del club de coro, la excusa era un severo caso de anemia.

Puck sin embargo, no se sentía muy a gusto. Quinn bailaba a su lado con inusual éxtasis a pesar no haber bebido ni una gota de alcohol, claro está. Pero él no dejaba de mirar su vientre. Estaba preocupado. ¡Vamos! Tenía que quitarse de la cabeza toda esa basura de la paternidad. Quinn regalaría a la nena –como solía llamarla en sus pensamientos-no había nada que pudiera hacer. Quizá debería enfriar los lazos antes de que todo se descontrole. Puck, el semental, no podía enamorarse, no en serio. No de esa forma.

-Vamos por algunas cervezas… y agua, claro –agregó ante la ceja levantada de la rubia.

En el camino vio a Rachel sentada en un rincón supuestamente concentrada en su celular, pero echando más miradas de las que debería a Finn que se hallaba con algunos de los chicos del equipo. Idiota. La había invitado él y la dejaba sola a la primera oportunidad. Siempre preocupado por lo que aquellos idiotas piensen, como si de verdad pensaran. Bueno, Finn no era muy diferente.

-Tengo que ir a los lavabos –le susurró Quinn con toda la elegancia que pudo.

Asintió echando una mirada hacia tras. Su sonrisa maliciosa salió automáticamente. Rachel sería una excelente distracción a sus tribulaciones.

-¿Bailas? –dijo acercando una mano con galantería hacia la muchacha.

Ella lo miró sorprendida. Sonrió nerviosamente pensando que era una broma y mirando a todos lados.

-¿Bailar…contigo? Pensé que estabas con Quinn.

-Nadie habló de exclusividades. ¿Vienes?

Era fácil reconocer las expresiones de Rachel una vez que la conocías un poco. La forma en que inflaba sus mejillas para mostrarle una sonrisa de dientes perfectamente alineados y blancos y los ojos brillantes de emoción. Era una expresión adorable. Tenía que aceptarlo.

Ella asintió. Y sí que bailaba. Nunca se quedó atrás. Aunque no intentó sus pasos más sensuales con ella porque sabía las consecuencias. Rió para sí mismo. De hecho rieron mucho. La estaba pasando bien con Rachel, pero eso no evitaba que siguiera vigilando a Quinn, que se hallaba en medio de un grupillo de animadoras de primer año. Ella parecía bastante fastidiada.

-Lo hago por ti, linda niña –pensó antes de poder evitarlo. "Linda niña" Se estaba volviendo marica.

Y Finn tenía una expresión idiota en la cara, lo cual no era una novedad. Pero su miraba vagaba entre ellos y Quinn, lo cual hizo le provocó darle un buen golpe. Bueno, Rachel lo miraba de tanto en tanto también. Pero para qué rayos miraba a Quinn. Idiota perdedor.

De pronto, Rachel se detuvo a mirar su reloj.

-Tengo que irme. Prometí a mis padres no llegar muy tarde hoy. Mañana tenemos una reunión especial en casa. Es un ritual que hac…

-Ok, ok – le interrumpió-. ¿Te llevo?

Ella asintió sonriendo de nuevo.

-Hey, Quinn –las animadoras lo miraron al mismo tiempo que la rubia- ¿Te llevo ya a tu piso?

-¿Te vas? –respondió con frialdad mirando discretamente a Rachel.

-llevaré a Rachel a su casa y pensé que querrías que te lleve también.

-Estoy bien aquí –la frialdad se hizo más notoria. Volvió la mirada hacia su grupo y no les hizo más caso.

-Ok, vamos –Puck no pareció perder el ánimo. Rachel asintió y partieron.

-¿Qué hace con esa tonta? – preguntó una de las chicas de primero, casi con indignación.

-Trata de pensar menos en esto –dijo en voz baja Quinn e hizo un gesto hacia su vientre.

-¿Cómo lo sabes?

La rubia se encogió de hombros. "Ya le conozco demasiado" pensó con tristeza.

La habitación de Tina estaba helada. La ventana estaba abierta, y las cortinas ondeaban con el viento, una que otra hoja seca se metía de vez en cuando. Tina se hallaba sentada en el suelo, apoyando su cabeza y mirando hacia el techo, donde unos puntos de neón daban vueltas lentamente. Apretó el botón del dispositivo que tenía en sus manos. Las luces se detuvieron, estuvieron allí quietas por bastante tiempo antes que la muchacha volviera a mover un músculo.

Le dio un sorbo a la soda que tenía al lado. Y las luces volvieron a moverse, con la misma lentitud. Sus ojos rasgados se hallaban fijos, hipnotizados, sedados. Las luces volvieron a detenerse y luego a moverse nuevamente. Y así sucesivamente. Ella no parecía tener control sobre su dedo, este simplemente iba y venía hacia el botón.

-¿Puedes dejar eso de una vez?-dijo una voz no muy aguda.

Tina apenas si reaccionó. Giró la mirada hacia la ventana. Pestañeó dos veces y dijo:

-Odio que hagas esto, Artie. No está bien que te aparezcas por aquí.

-Sabía que te pondrías así después de lo que pasó. Y hoy no fuiste al ensayo.- Artie se metió de lleno en la habitación, cerró la ventana y cogió la manta de la cama para cubrirla.- Está helando aquí.

Se sentó a su lado, restregándose los ojos con cuidado para luego mirarla directamente.

-¿Me crees culpable?

Tina suspiró, aún demasiado ausente. Parecía la Tina anterior a Glee.

-Es sólo…es so-ooolo…

Pero ella no continuó, su dedo índice se había alejado del botón y el dispositivo, que estaba apoyado en sus piernas, cayó al suelo. Ninguno de los dos hizo caso.

-No te atrevas a tartamudear! –exclamó Artie dando un golpe en el suelo y poniéndose en pie de nuevo.- Estoy harto de esto, Tina. –se mordió un labio, no solía comportarse así, pero ya no podía más- Mira, dejemos esto así. No quieres verme fuera del coro, de acuerdo. No quieres una amistad, de acuerdo. Pero no utilices lo que nos pasó para sentir que tus mentiras o el haber pretendido algo alguna vez es la valla para separarnos. – Artie tomó aire, convenciéndose a sí mismo de que debía decir lo que quería decir. Siempre había sido un poco impertinente, a veces las palabras salían de su boca antes de pensarlas. Pero esto, de caminar, correr, ser más veloz que el viento, que el sonido, le había dado mucha más confianza; y más con ella. Y había esperado que esto los uniera más pero no había sido así. No, porque Tina se negaba a ver la realidad. De que había logrado lo que siempre había querido, aunque sin querer. Ser diferente a los demás. Y ahora que el caminaba y ella no tartamudeaba, no había diferencia entre ellos.

Tomó aire otra vez. Lo diría, aunque esto arruinara todo para siempre, aunque ella no volviese a hablarle nunca más.

-Tina, yo…yo te quiero. No. Yo te amo. Y quiero estar cuando me necesites, cuando te sientas sola, cuando te sientas inadecuada, porque yo sigo sintiéndome así. Somos perdedores y lo seremos siempre. Eso es lo que nos hace especiales. Por eso te quiero y quiero que estés conmigo.

Había paporreteado todo en medio segundo. Pero Tina lo miraba. Así, con sus ojos finos, su boca recta y sus preciosas mejillas derechas. Seriamente, en resumen.

Acto seguido, ella se puso en pie y fue directo a él. Su beso fue cálido. Y húmedo. Ella lloraba. Pero ambos reaccionaron y los besos se hicieron más intensos hasta que cayeron en la cama. Entonces ella se detuvo, mirándolo con inquietud.

-Te amo, Artie. Pero no sé si estoy preparada para esto.

Él sonrió con esos lindos labios sonrosados. Le acarició una mejilla.

-Permíteme dormir a tu lado, abrazarte. Todo sucederá cuando tú lo quieras. Y de hecho, no sé si yo esté preparado aún, tampoco.

Ambos rieron silenciosamente. Y al fin, las luces volvieron a moverse, mientras ellos dormían de lado. Ella apoyando su brazo en la mejilla y el pasando su brazo por su cintura.

La respiración de ambos, pausada, cronometrada, tranquila. Sí, Artie tenía razón. La no diferencia entre ellos los hacía increíblemente uno solo.

Brittany dormía apenas. Los sollozos y pensamientos igualmente tristes de su madre no eran ninguna canción de cuna. Pero eso no evitaba que sonriera expectante.

Mamá siempre dejaba la puerta del jardín sin llave. Era un vecindario tranquilo así que realmente no tenía que preocuparse mucho. Así era con Tany entraba siempre. Le bastaba con dar la vuelta a la manija y listo. Y era justo lo que estaba haciendo ahora.

Su puerta se abrió lentamente, sin apenas chirriar. Una sombra se deslizó hacia ella. Una sombra llena de alegría, consuelo, esperanza. Y un poco de cautela, también. Brit hizo una mueca. Tany pensaba que estaba dormida al principio. Pero la luz de la luna se filtraba en la habitación e iluminaba directamente la cama. Así fue como vio esos ojos verdes abiertos y sonrientes.

-Por favor, olvida ese arrepentimiento de no haberme visitado en el hospital. Hace que mi cabeza moleste –susurró con su vocecita inocente.

Santana lanzó un gemido contenido y se lanzó hacia ella para abrazarla metiéndose de lleno en la cama.

-Demonios, Brit. He sufrido tanto estas semanas –sollozaba como niña. Algo raro en ella-. Te extrañaba tanto.

-Tenía esa foto de Disneyland bajo mi almohada –dijo la rubia como si eso fuese lo mismo que haberla tenido cerca.

-Esto es demasiado. No vuelvas a dejar que te metan en un hospital. No me dejes otra vez. Sabes el miedo que les tengo.

-No te volveré a dejar. Brit está aquí para Tany.

Y ambas lloraron abrazadas fuertemente. Sus cabellos contrastaban ante el haz de luz de luna.

-Promételo, Brittany –dijo Santana con la cara hecha un destres por las lágrimas.

-Sólo si tu prometes volver conmigo a Disneyland y subirnos a la montaña rusa.

Santana rió aunque sabía que no era una broma. Asintió.

-Eres una zorra. Por eso te amo, te adoro con todas mis fuerzas.

Brittany sonrió como niña traviesa.

-Por cierto, tu "superpoder" es algo raro.

-Y que lo digas, la primera noche desperté envuelta en una especie de esas bolsitas donde las orugas se convierten en mariposas.

-Oh, pero si tú ya eres una mariposa. –Brittany pareció confundida de verdad. Santana rio. Su amiga no había cambiado mucho después de todo. Sólo que ahora tendría que ser más cuidadosa. Entendía que sí era más frágil. Le sonrió y se abrazaron más fuertemente.

Llamaron a la puerta con insistencia. Quinn cerró los ojos un poco harta. Sólo una persona podía ser. Lanzó lejos la toalla con la que se secaba la cara. Y fue desde el baño hasta la puerta. Y como no podía ser de otra manera…

-Puck, ¿qué haces aquí? ¿Has visto la hora? –dijo impaciente a través de la rendija que dejaba la cadena de la puerta.

-Tengo que hablar contigo. Es importante. Déjame pasar, por favor –parecía un ruego. Quinn se extrañó.

-Se suponía que dejarías a Rachel en casa.

-Lo hice y vine directo aquí. Vamos, déjame entrar.

-Wow, debiste volar. Con el auto. Ella vive al otro lado de la ciudad. ¿Estás seguro que la policía no viene detrás de ti? –se rió, mientras cerraba, quitaba la cadena y abría finalmente la puerta en toda su plenitud.

Los ojos de Puck divagaron. Era una expresión inusual en él. Como si no entendiera.

-Bien, ¿de qué quieres hablar? –se cruzó de brazos- Es algo tarde y de verdad estoy cansada.

-No será más de un minuto-. Él se sobó los pantalones antes de acercarse a ella con torpeza y cogerla de los hombros para que lo mirara directamente.

-Sólo dime, sólo quiero saber una cosa.

-¿Qué? –Quinn empezaba a alarmarse.

-¿P…Finn o yo? ¿A quién escoges? Debo saberlo. Ambos querremos al niño, estamos dispuestos a criarlo. Bueno, Finn consigue su beca, trabaja, se esfuerza y esa bebé tendrá todo. P…Yo por otro lado, bueno ya sabes cómo me las arreglo pero también quiero a la bebé. Así que, ¿a quién escoges?

-Hemos hablado de esto miles de veces, Puck. –se zafó de su agarre. –Si me la quedo o no, aún no lo sé.

-¿Me quieres a mí? Quiero saber eso. Te apoyo en todo. Te perdono… digo, me perdonas todo y está todo bien. Sólo escoge. ¿Finn o Puck? Es, digamos, tu última oportunidad. Escoge y el perdedor se apartará. Sin resentimientos.

-¿De qué va esto? No entiendo. No sueles ser así. Pareces tan ansioso. Primero, te da miedos las responsabilidades que conlleva esto, los cambios en tu vida liviana, llena de chicas a las que no quieres renunciar, luego te llevas a Rachel dejándome sola. Y ahora esto. ¿Qué diablos te pasa? No puedes jugar así conmigo.

Él negaba con insistencia y cierto gesto de rabia se asomó.

-Sólo escoge y me iré.

Quinn lo miró. Estaba desesperado claramente. Había comenzado a sudar. Ella puso una mano en el brazo opuesto, pensado bien. Tragó saliva.

-A estas alturas, si todo saliera como lo deseo, a quién escogería sería a…

Y Quinn se quedó boquiabierta cuando su mirada perdido dio con la puerta, que habían dejado abierta.

-¿Qué sucede aquí? –la voz de Puck provenía del marco de la puerta.

Todo se volvió tan surreal. Tenía a un Puck frente a ella y otro en el vano de la puerta.

La mirada del Puck recién llegado vagó por ambos antes de quedar tan anonadado como ella.

-Demonios –dijo el Puck más cercano a Quinn antes de alargarse y tomar su forma real. Era Finn.

-¿Finn? Pero ¿qué diablos hacías? –Quinn no salía de su asombro pero se estaba enfureciendo lentamente. –Todo esto era una trampa –se rió sin alegría.

-Pensé que Puck pasaría más tiempo con Rachel, por eso la llevé a la reunión. –Finn la mirada suplicante.- Quiero criar a ese bebé y no me importa si mentiste, porque también te quiero a ti.

-Hijo de p…-El verdadero Puck había salido por fin de su sorpresa y se abalanzó sobre Finn.

Oscuridad fue lo último que el mariscal pudo ver. Y oír el grito retenido de Quinn.