Réquiem.

(Sin destinatario)

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Por: La Sonrisa de Cheshire.


Notas: Negación de derechos de autor, salvo la idea de la historia.

Otras notas (abreviadas):

Semi- AU y OOC, pero no muy exagerado.

Habrá muerte de personajes. Aviso desde ya por aquello de "linchen al autor(a)".

Me voy a tardar años en actualizar esta historia, pero he de acabarla.

¡A leer se ha dicho!


De un tiempo a la fecha Gerald y Helga habían sido embarcados en la difícil situación de ser compañeros de equipo en la preparación de un proyecto que les valía el cuarenta por ciento

de la calificación total. Muy en contra de su voluntad -que quede claro-. Al menos de parte de Gerald. Y es que trabajar con Helga nunca, nuca sería lo mismo que dormir entre sedas y

pétalos de rosas. Menos si aquella labor suicida tenía que durar por un período extendidísimo de tiempo. A él le parecía que aquel suplicio duraba toda esa vida y cinco reencarnaciones

más, como mínimo. Una eternidad de calvario.

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Así que entre clases y tener que trabajar con Helga se olvido de su vida social. Una gran exageración de su parte, pero de alguna forma cierto, al menos como la afirmación real que era

sin exageraciones: trabajar con Helga requería de toda su atención, aun si no compartían su tiempo por el simple hecho de que tenían que hacerlo para trabajar en el proyecto.

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Estaban a finales de la primera semana de Septiembre. Y el verano era… Bien, los fenómenos atmosféricos estaban un tanto alterados por cosa irrelevante de un enorme agujero en la

capa de ozono y la sobrepoblación del mundo, y todo eso que de ello deriva y significa . Así que ese año, justo a finales de ese verano, el tiempo era de un soleado inusualmente frío,

más parecido a los días de otoño, un otoño bien entrado y casi por terminar, más bien. Pero ese día en específico había amanecido nublado y apenas si se había asomado el sol por una

hora hacia las diez de la mañana.

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Era sábado y el día anterior acordaron reunirse en la biblioteca pública de Hillwood para trabajar. Y Gerald había estado esperado que justamente ese día de…, ella estuviera con el

ánimo necesario para trabajar, porque la siguiente semana tenían que entregar el primer avance del proyecto, y porque si a ella no se le daba la gana, no hacían nada más que sentarse

a verse las caras sin discutir, si bien le iba. Así que para ese día ya iban muy atrasados. ¿En sus circunstancias, el profesor Hans Van "Difícil de pronunciar" le concedería una prorroga?

Pero estaban trabajando. Aunque usted no lo crea, como diría Ripley.

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Estaban en la biblioteca pública de Hillwood cuando Arnold los encontró, a Gerald, es decir, porque a su archí enemiga acérrima de toda la vida y no digas ese nombre delante de mí, por

favor, ni en sueños que quisiera verla. Ni esta vida ni… él no creía en la vida después de la muerte. No, si eso implicaba tener que compartirla con ella. Por lo demás, Arnold era de mente

abierta y con tendencia a escuchar los ideales y teorías de los demás. Aunque la vida se empeñara en hacerle ver que no eran posibles las cosas sobrenaturales pues cada vez refutaba

esos eventos con hechos contundentes y explicables.

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Que Arnold asomara la cabeza por aquel sitio, a esa hora, ese día, con ese clima, ponía de muy, pero de muy mal humor a Helga. El tic de irritación con el que amaneció se hizo más

insoportable, si ya de por sí era molesto. No porque le desagradara verlo, no. Con todo, Helga se hacía a la idea de quererlo mucho tiempo más, por el resto de su vida. Se había

equivocado, sí. No había tenido tacto para hablar-discutir con él el curso pasado de una posible realidad; lo había empujado bruscamente al inicio de clases sólo porque se atravesó justo

cuando estaba marcando territorio con Olga; y había pecado de otras tantas cosas más. Ella era humana y estaba enojada, y él también. Estaba arrepentida e intento disculparse con él,

de frente, pero no la escucho, ni esa vez (Arnold no quería volver a hablar con ella de eso, jamás de los jamases) y no hizo falta para la otra, Arnold estaba consciente. Y aun así lo

amaba.

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No, lo que la ponía de malas era que hiciera cosas como esa. Que la evitara, que la hiciera sentir indeseada, miserable, triste, mal definitivamente, como en aquel justo momento.

Se iría, decidió.

Ya era suficiente de causarle disgustos innecesarios por unas cuantas horas de trabajo con Gerald.

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Un punzante dolor de cabeza se unió a la irritación palpitante; yendo hacia ellos, abandono desparpajados los libros que hasta hace un momento cargaba. Marcharse, marcharse era lo

que deseaba con toda el alma y los ojos llorosos.

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Cuando Gerald se percato de Arnold cruzando, cautelosamente, el umbral de la biblioteca hacia él, pero sin avanzar como era su intensión, su reacción instintiva fue sobresaltarse y

enseguida buscar en todas direcciones la ya tan familiar figura gruñona de Helga, a quien en su superfluo examen no halló. Luego alzo la mano en señal de reconocimiento y Arnold se

acerco precipitadamente.

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- Hola, Gerald. ¿Cómo vas con el trabajo? ¿Terminando?

- Empezando querrás decir.- Una mueca de evidente malestar por parte de Gerald.

- Hay que entregarlo el miércoles, ¿no?- pregunto a su vez, Arnold, entre desconcertado y molesto. Y es que la tiranía de la Pataki era exasperante. Pero más exasperante era el hecho

de que Gerald no intentara hacerla entender que aquel jueguito podía afectar sus calificaciones, y que si no se preocupaba por sus calificaciones, que al menos tuviera consideración con

Gerald.

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Éste pareció entender el hilo de sus pensamientos cuando chispeo aquella llama en los ojos de su amigo. Se mostraba incomodo y reacio a esta plática.

- Mira, ya sé que quedamos de hacer muchas cosas y que he tenido que cancelar porque "sino es en este justo momento no me vengas a decir que yo no quiero trabajar", incluso nuestras

noches de jueves… Pero, tú lo dijiste, Viejo: es mejor llevársela en paz con Pataki…

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- Yo dije que llevaras la fiesta en paz con ella, no que dejes que te mangonee…- Ambos miraban sin ver en rededor incómodamente, buscando a Helga.

Arnold estaba realmente enfadado. Y Gerald con un creciente mal humor e incomodidad, sintiéndose entre la espada y la pared.

- No es justo Arnold…- sonaba herido y cansado- Helga ha estado de un humor imposible este día, trabajando sí, pero a regañadientes. Y lo único que me falta es que tú vengas a

reclamarme, sermonearme o lo que sea –dijo cuándo sintió venir la réplica de su amigo-, que me dejo de ella, justo cuando tengo el tiempo encima y estoy tan presionado. Así que por

favor, Arnold, márchate antes de que termine desquitándome contigo, ¿sí?- fue más una orden que un petición amistosa.

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Arnold lo considero y su resolución llego en un tercio del tiempo que le toma viajar a la luz solar desde el astro hasta la tierra. Gerald tenía razón, se había portado egoístamente.

Gerald no podía pelear en dos frentes, si quería una buena calificación en ese trabajo.

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- Gerald…- no supo que decir a continuación. Su cara era la imagen de la contradicción.

Por un lado no era justo, por el otro, era una pequeño sacrifico para obtener un buen resultado.

- No se puede tener todo en la vida, ¿no, Viejo? Quiero salud mental, paz interior, bueno tanta como se puede tener con Helga, y si eso significa acatar las injustas demandas de Helga, y

a la vez una buena calificación…

Gerald seguía buscando compulsivamente.

- Comprendo… un número no te dará estabilidad psicológica, ¿eh?- bromearon.

- Claro-o ¡oh! ¡Maldición!-

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Para cuando la cabeza en forma de balón de Arnold termino de dar la media vuelta posible, hacía donde Gerald miraba, Helga estaba allí a su lado recogiendo bruscamente sus cosas.

- Hel…- se inclino Gerald para detenerla, pero de un manotazo lo alejo y mordazmente dijo:

- Que te diviertas, Geraldo- y salió corriendo.

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Finalizaba la primera semana de septiembre y ellos, Arnold y Helga, no podían estar en la misma habitación, fuera del aula de clases. Helga estaba arrepentida y Arnold la había

disculpado, sin embargo entre ellos era patente una cierta tensión que no podían nombrar, que no sabían nombrar, y que no era reciproca, que los electrocutaba si estaban cerca y los

hacía poner pies en pólvora. A Arnold sobre todo. Es decir, a Arnold únicamente. Porque lo que rea Helga, que se sabía impertinente y brusca del curso anterior, e injustificada, violenta,

irracional, del inicio de este, no tenía mayor problema con compartir la vida con él si le fuera posible; más que el que representaba para Arnold. Y si para no molestarlo ella tenía que

retirarse, lo haría, aunque la hiriera en el fondo, alrededor y en todo su corazón, en el alma y su autoestima de por sí ya endeble.

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…Gerald había estado esperando que ese día de -¿para qué decirlo si es un fuerzo inútil?-… que no hacía más que ponerse peor, Helga quisiera trabajar, por fin. Y todo había estado

bien, lo había estado.

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Comenzó a guardar sus útiles con desgana y resignación. En verdad se preguntaba si el profesor Hans les concedería una prorroga. No, definitivamente no. Helga era su alumna menos

favorita para acabarla de fregar. Gracias, Arnold, se encontraba diciendo a sí mismo mientras realizaba su interminable tarea de guardar sus cosas.

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- ¡Maldición!- siseo al tiempo que empujaba su mochila con los apuntes a medio guardar. Todo el mundo se alarmo, Arnold se vio estupefacto. A continuación, Gerald pateo la silla y esta

cayo retumbando en la ahora más que silenciosa biblioteca.

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Arnold dudaba que Gerald hubiera escuchado a la bibliotecaria reñirle. Bien podía esperarle, Gerald no se llevo sus cosas, o entregárselas después porque dudaba que Helga cediera

pronto. Y justo cuando estaba por dejar la biblioteca…

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Genial. Sencillamente genial.

De repente, al día porque sí se le había dado por llover. Genial.

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Estas son "las cosas" que, estando tras de las que están delante, tú no ves… Estos son ésos días que tú no vives, que tú no alcanzas… Son los sentimientos que tú, o no comprendes o de los que

no quieres saber. Son estas "las cosas" indescifrables de las que no se está permitido hablar, que nos separan, que nos pierden, en las que se pierde palabras sencillas como amar. Cosas que no

sabes hoy y que mañana te costara entender. Son "estas cosas", las que están detrás, como la brisa de los mes pasados y los hechos realizados, de esas otras que están delante, como la brisa de

los meses por venir y las memorias de los hechos realizados que tú no ves, que no vives, que no alcanzas, que no escuchas, que no comprendes… Son estas las acciones mudas que tú ignoras.

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Quince minutos corriendo tras Helga. Ella no estaba adelante. Buscándola. ¿Podría ser…? Seguramente esto le gustaba al Dios de la ironía, seguramente. ¿Pero todo esto de qué iba?

Cuando comenzó a trabajar con Helga, nunca creyó que viviría esta clase de cosas con..., es mejor decir por ella. Y ahora esto.

¡Qué un rayo lo partiera!

¡¡No, mejor no!! (Estaba empezando a relampaguear.)

¡Sólo era unos chicos de 12 años de edad! ¡Por todos los rayos y truenos habidos y por haber!

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué estaba viviendo los peores meses de su vida cuando él sólo era el chico que había quedado en medio de todo aquel…? ¡Lo que fuera!

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Cuando vio salir a Helga con el rostro lloroso, se dio cuenta que Arnold no se percato de ese pequeño detalle, de lo contrario sería él quien tratara de arreglar ese hostil alejamiento: La

ley del hielo. También fue entonces que Gerald vio tras la pantalla de Helga y más allá de su tan legendario ¡Te odio Cabeza de Balón!, o al menos creyó hacerlo. Y no lo dudo por ningún

momento: Arnold sentía algo por ella, sino por qué tan irritantemente insistente con el asunto de Brainy y Helga, de mese atrás.

¡Ah, por qué…! ¿Por qué estaba él en medio de todo eso?

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Mojado hasta el apéndice, con la lluvia de monzón, tifón, huracán o como se avinieran los climatólogos a clasificarla, y muy posiblemente acompañada de granizo de un momento a otro,

se detuvo al final de la acera. ¿A dónde pudo haber ido con un clima así?

- ¡AHHHH!

¡Helga!, se alarmo. Podría haberle pasado cualquier cosa, cualquiera con un clima así.

- ¡Maldito dolor de cabeza!

¡Uff! Menos mal, estaba escondida en un callejón atrás.

- Me asustaste, creí que te había pasado algo, Helga…

- ¡Geraldo! –Rechinó los dientes- No estoy de humor…- siseo.

- Puedes estar de mal humor en cualquier otra parte, aquí sólo conseguiremos pescar una pulmonía. – Se arriesgo a avanzar hacia ella.

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Temblaba, temblaban. Ella con su cabello suelto por debajo del hombro como por tres dedos, como ahora acostumbraba, todo pegado a su rostro pálido y tiritante. Sus ojos rojos e

hinchados. Yendo de un lado a otro como fiera enjaulada y realmente furiosa por ello.

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- Vete con Arnold, Gerald- su voz entre cortada.- Podrías perder…

- No. Helga no… Mira… Siento mucho que entre ustedes las…

- ¡No hay nada entre nosotros! ¡Nada!

- Bu-bueno, no, no lo hay, pero tú…

- ¡Qué importa! ¡¿Qué importa si lo estoy perdiendo?!

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Y Gerald sólo atino a quedarse ahí parado frente a ella sin saber que decir o pensar. Escuchando su confesión.

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- Lo estoy perdiendo…- sollozo, ya de pie a unos pasos de Gerald, escondiendo su rostro entre sus manos…- Lo quiero, en verdad lo quiero… ¡Y lo siento! ¡Lo siento!- Gerald cerro los tres

paso que los distanciaban y la conforto con un abrazo casi fantasmal. No sabía qué estaba haciendo.- Me he portado muy mal con él y… y… ¡No quiero perderlo, Gerald, no quiero…!-

siguió llorando dolorosamente.


El olor aséptico dela habitación llenaba sus fosas nasales.

- Helga, ven un momento por, favor…

- ¿Qué se te ofrece, Olga?- pregunto de mal talante

- ¿Cómo estás?-

- Bien, Olga…

- ¿Segura?

- Si, Olga. No me voy a romper ¿sabes? No como tú…

- Helga.

- Ya, ya… Lo siento, no fue mi intensión, no quería – siguió diciendo burlonamente.

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Ambas miraban por la ventana de la enfermería. Afuera los alumnos de sexto grado calentaban para la clase de deportes. Helga seguía con la mirada a un chico de cabellos rubios como

rayos de sol, resplandecientes, que daba la cuarta vuelta a la cancha de baloncesto.

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- ¿Ese es Arnold verdad? Es simpático, ¿verdad? Y muy guapo

- ¿Para eso me hiciste venir hasta aquí, Olga…?

- ¡Oh vamos! Admítelo hermanita, Arnold es guapo

- ¡Asssh!- Giro sobre su eje para luego apoyar la espalda contra el dintel de la ventana- ¿Arnold? – miraba el estante de los instrumentos con un deje de exasperación o tristeza, Olga no

lo podría definir- ¿De qué Arnold hablas?- sus brazos se cruzaron bajo su pecho.

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- No te hagas tontita, hermanita, que yo sé…- Helga se mordía la comisura izquierda del labio inferior.

- ¿Pero qué tonterías dices, Olga?- sus ojo lacrimosos… Una lágrima resbalando por su mejilla. Podría hacerse la desentendida, Helga lo pedía silenciosamente.

- Tengo miedo, Helga… - La jalo hacia sí. Ese día había prescindido de la silla de ruedas.

- Que ñoña eres… Sólo será un piquete, Olga…- Había vuelto a rotar sobre su eje para esconder su rostro húmedo y envolver la cintura de su hermana con su brazos temblorosos. No

quería hablar de eso con nadie. Ya no más. No otra vez…

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- ¿Sostendrás mi mano, Helga?- Ella se estaba quebrando.

- No estaré ahí… N-no…- Olga la estrujaba. No quería escuchar…

- No me operaré… es muy riesgoso.

- ¡No vas a morir, Olga!

- ¿Sostendrás mi mano?...

- S-sí… Y-yo… te sostendré…

- Tengo miedo de despertar y que no sea así…

- ¡No vas a morir! ¡No vas a morir! ¡Tonta! ¡Tonta! ¡Tonta!... E-en un hospital no dejan entra a los niños a las salas de operación…

- ¿Pero estarás ahí, no es así? ¿Esperándome?

- ¡Tonta! ¡Tonta! ¡Tonta! ¡No quiero perderte!

- Pase lo que pase… No vas a perderme, Helga…

- ¡eres una idiota y tonta… y… y… una imbécil…! ¡TONTA Olga!

- Lo siento, Helga, lo siento. Yo sólo quería que te distrajeras, no hacerte llorar…

- ¡N-no… no… no s-estoy… llorando!


Él la buscaba inconscientemente.

- ¡Arnold! Yo…-

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Pero él no estaba dispuesto escuchar.

Giro sobre sus talones y emprendió la rápida huida. Y aunque ella se quedo allí sola en medio del patio, en aquel claro de su sueño… Sabía que no le encontraría ahí la próxima vez que la

buscara, es decir, cuando él por fin aceptara sus propios sentimientos…

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Me gustas… Te quiero… Te adoro… Te amo…

Helga aceptaba y no cuestionaba lo que esa emoción en particular le hacía sentir. Supuso. Pero él, simplemente no podía aceptar de buenas a primeras que la chica, que por más de 10

años y algo lo había hecho pasar malos tragos, para la que había sido no menos que un bufón, la diana de sus insultos y su víctima favorita, le dijera que lo amaba.

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Simplemente no era congruente con toda la saña que había demostrado para con él. Cierto que le dedicaba más tiempo que a los otros chicos, una atención bastante peculiar por no

decir enfermiza.

Un peculiar desagrado que un te amo no podía menos que sembrar en él la semilla de la duda. La incertidumbre. El coraje. El miedo… La tristeza…

Podría ser una broma. Una muy cruel, por cierto.

Podría no serlo.

Y podría ser una nueva forma de molestar, sin ningún motivo especifico.

¿Amarlo?

Pero él era desagradable para ella.

¿Amarlo? ¿Era una broma?

¿Cómo se ama a alguien mientras se le finge desprecio?

¿Qué entendía ella por palabras de amor, vapuleos?

Y carias… ¿golpes, a caso?

No podía ser.

Estaba tomándole el pelo.

¿Cómo lo iba a amar después de todo su historial de confrontaciones de por medio?

Ella le estaba tomando el pelo, de una forma tan insana como el odio que debería sentir por él.

Y, sin embargo, él era carcomido por el gusanito de la duda de ¿y qué tal si….?

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A pesar de sentirse ofendido porque era objeto de una cruel broma como esa, no podía negar que sentirse querido hacía latir su corazoncito de una forma agradable. Y triste, porque ese

amor podría no ser cierto.

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Todas estas nuevas ideas impregnadas en él por la atenta mirada de Helga. Una mirada que con el paso de los días se fue alejando lentamente en el transcurso de las semanas hasta

que ya no volvió a posarse en él, si acaso por casualidad…

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¿Qué sentía ahora? ¿Ansiedad? ¿Ansiedad por no saberse el pedestal en que se posaba su mirada cristalina y lejana? ¿Miedo? ¿Celos de quien ahora era objeto de su aprecio?

No. Aquello sólo demostraba que él no le importaba como decía. Y esto…

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- Helga es mi novia. ¿Alguien tiene problemas con eso?

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¿Qué podía significar esas inmensas ganas de llorar? ¿Ese nudo en su garganta? ¿Esa impotencia? ¿Y el creciente sentimiento de ultraje?


Continuará…


Notas Finales: Como se habrán percatado, aunque son hechos subsecuentes no tiene una cohesión tan concisa y/o explicativa. Por ahora es todo lo que puedo decir, y me gustaría leer

lo que piensan al respecto, ¿de acuerdo? Cualquier cosa, háganmelo saber.

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Besos, hasta pronto.