R.E.D.
-Maldición-
…
Esos ojos, eran los propios.
Sus propios ojos, eran los ajenos.
Desde el comienzo fue así.
Desde que nació, se encontró frente a frente con aquellos ojos. Lo primero que vio fue el color plateados, brillante, vívido. Esos ojos fueron su salvación, fueron su vida entera, su razón para vivir. Gracias a esos ojos sobrevivió en ese difícil mundo.
Su madre fue su héroe, fue su ángel, fue su salvadora.
Fue, fue, fue.
Su madre era la bondad, era la generosidad, era la valentía.
Era, era, era.
Su madre definía todo lo bueno en el mundo.
Entonces…
¿Por qué los Dioses se la llevaban?
¿Por qué acababan con aquel ser tan lleno de bien?
La sujetó, la sostuvo en sus manos, en sus brazos, mientras veía esos plateados, esos ojos que tanta paz le daban, tanto regocijo, tanta tranquilidad, ahora sin brillo, ahora débiles, ahora grisáceos, sucios, carentes de toda esa luz que la guio durante su vida.
¿Por qué le pasaba eso?
¿Por qué?
¿Por qué a ella?
No tenía sentido.
¿Por qué alguien querría arrebatarle la vida a alguien tan especial, tan único, tan bueno?
No podía aceptarlo.
Rezó, gritó, lloró, esperando que sus suplicas desesperadas llegasen a los Dioses, pero estos no la oían, no oían sus plegarias, no querían oír. Así que vio ahí, impotente, como la vida de la única persona que quería en el mundo, se desvanecía. La única persona que tenía. La única persona que la mantenía viva a pesar del dolor insoportable que llevaban dentro, del peso del mundo en sus hombros.
Pero no.
No iba a permitirlo.
Había intentado todo para salvarla, para avivar la chispa de su alma, para alimentar la carencia en su cuerpo, pero no era suficiente. Nunca fue suficiente. Así que tuvo que seguir, porque no podía rendirse, su madre no se rendiría, jamás, así que debía hacer exactamente lo mismo.
Se vio a si misma caminando por diferentes lugares, sosteniendo a su madre, ya muerta, en su espalda. La calidez por completo desvanecida en la penumbra. No se detuvo, por ningún motivo, siguiendo instrucciones, direcciones, sin detenerse.
Si los Dioses no la escucharon…
Se plantaría frente a ellos y los iba a obligar a escucharla.
No se iba a rendir.
No iba a dejar que se llevasen a su madre, no ahora, nunca.
Y avanzó.
Hasta llegar donde los Dioses, hasta que al fin su larga cruzada la llevó al templo, y los tuvo ahí, frente a frente, y pudo explicarles la razón de su sufrimiento, su petición, y haría lo que sea para que se la devolviesen, lo que sea.
Pero…
Se lo negaron.
Ambos.
No podía creerlo.
No, no, ¡No!
¿Qué clase de seres todo poderosos no podían darle vida a una simple existencia como la humana?
Eran unos estafadores.
Unos mentirosos.
Unos infelices.
Y no dudó. Iba a obtenerlo. Iba a devolverle la vida a su madre, aunque tuviese que enfrentarse a un Dios para lograrlo, a dos de ellos, sin vacilar. Y nadie la iba a detener, porque lo único que la mantenía cuerda, que la mantenía en el camino correcto, era su madre, y sin ella, lo peor de sí misma aparecía. Los mismos Dioses las crearon para mantener el equilibrio, para cargar con el peso de todo lo malo, y mantener la luz.
Pero no podía cargar con ese peso por si misma.
Era insoportable.
El rencor.
La ira.
La desesperación.
Oh no, esos Dioses jamás ayudaron a su madre, por el contrario, la hundieron, la utilizaron como un recipiente, nada más. Solo era un títere más que usaron a su antojo para divertirse, para disfrutar desde sus tronos como un humano sostenía los pecados de la humanidad en sus hombros, mientras le daba luz a la misma humanidad.
¿Quién sería capaz de soportar eso?
Ella no, sin embargo, su madre si tuvo la fuerza para lograrlo, para mantener el equilibrio, para ser el campeón de los Dioses, el enviado, el protegido.
Ha, protegido.
Ni siquiera fueron capaces de otorgarle una larga vida, de que protegido hablaban esos miserables, esos bastardos.
¿Por qué ellos podían vivir por siempre, y su madre no?
No lo merecían, no merecían ese poder, e iba a arrebatárselos, y se los daría a su madre, quién si se lo merecía, quien tuvo que cargar con aquel peso y su cuerpo humano no soportó la carga, pero sí que lograría soportar lo que sea con aquel inmensurable poder que esos fanfarrones tenían en sus manos.
Y eso hizo.
Día y noche, inició su ataque.
No iba a abandonar a su madre, no lo haría, no iba a irse sin luchar, sin darle la vida que se merecía luego de tanto maltrato, de tanto odio, no, su madre era un alma buena, que había sufrido demasiado, y nadie le había dado nada a cambio, jamás recibió nada, ni un agradecimiento, lo único que recibió, fue una muerte prematura además de la misma maldición que venía inserta en su ser, en sus ojos.
Esos aborrecibles ojos, pero tan, pero tan hermosos.
Y ellos, esos infelices, eran capaces de devolverle la vida a su madre sin problema, con un chasquido lo harían, pero no lo hacían, porque eran unos imbéciles, unos egoístas, unos hipócritas.
E iba a hacerlos pagar.
Pero fue ilusa.
Fue ilusa al pensar que podría contra los Dioses, que hubiese podido derrotarlos, no podía, por supuesto que no, ni siquiera teniendo a otros a su espalda, de su lado. No, el rencor, la ira, la desesperación y la misma negatividad que cargaba del resto de la humanidad le logró nublar la vista, oscureciendo sus pensamientos, su cordura. Sin su madre, ya no tenía cordura alguna, lo perdió todo, absolutamente todo, y ahora solo quedaba su cuerpo oscurecido por el peso de su sangre, del sufrimiento, la luz por siempre desvanecida del mundo, de su vida.
Por supuesto que ninguno de sus intentos fue suficiente para acabar con ellos, nunca fue suficiente. Ellos seguían siendo superiores, y detestaba que seres tan increíblemente enfermos fuesen algo cercano a omnipotente, que tuviesen el control de ellos, de la humanidad, de su casta.
Merecían morir.
Sufrir.
Llorar.
Gritar.
Pero era ella la que terminó así, hundida en la misma desesperación, una vez más.
¿Por qué le hicieron eso?
¿Por qué la condenaban de tal forma?
Luego de lo que le hicieron a su madre, ¿No fue suficiente el daño?, luego de que le dieran esos ojos sin su consentimiento, ¿No fue suficiente por todo lo que le hicieron pasar? ¿Querían mancillar aún más su sangre? ¿Su existencia? ¿Su árbol genealógico? ¿Darle aún más miseria a su existencia?
No solo le habían quitado a su madre, luego de maldecirla.
Ahora la maldecían a ella.
Estaban malditas.
Esos Dioses las maldijeron, nacieron malditas y morirían malditas.
Pero ella no.
Ella no, nunca.
Ella no moriría, porque ese castigo le habían dado los Dioses, la inmortalidad, y eso fue lo que deseó para su madre, para que pudiese al menos tener un poco de felicidad en su vida, de usar su existencia de mejor manera, darle más tiempo, pero no, no pudo dárselo, en cambio, lo obtuvo ella, ¿Y para que mierda quería la inmortalidad si no tenía a su madre? ¿De qué le servía vivir para siempre en un mundo sin la luz de su ángel? ¿Por qué la harían vivir eternamente con el dolor y el peso innato que llevaba dentro? ¿Era una broma absurda que los Dioses le hacían?
Pero no fue una broma.
Nunca fue una broma.
Ahora se daba cuenta, luego de intentar matar su propia humanidad, de dejar ese mundo, de resignarse a que su alma se juntase con la de su madre en el más allá, ahora entendía que no podría. Porque, ahí estaba, viva, luego de haber lacerado su corazón. Sin importar cuanta sangre cayese, cuanta sangre perdiese, cuanto su cuerpo se descompusiese, nunca acababa, nunca veía la luz al final del túnel, la luz de su madre, jamás.
Vas a perder todo lo que ames.
Esa era su condena.
¿Por qué?
¿Por qué le hacían eso?
¿Por qué le daban tal castigo?
Lo único que hizo fue luchar para darle una vida digna a su madre, por darle lo que merecía desde un comienzo, porque era un ángel que no hizo nada más que sufrir por el regalo que los Dioses le dieron, la maldición que los Dioses le dieron. Nunca recibió nada bueno, nunca, y tuvo una vida marcada por esa maldición, y no solo eso, si no que murió antes de poder disfrutar de la vida, de poder liberarse de las ataduras que la mantenían en constante sufrimiento.
Murió de manera inesperada, de manera repentina, sin siquiera poder despedirse.
Pero ahora, su peor pesadilla se hizo realidad.
Ya era doloroso pensar en vivir sin su madre, sin la luz, sin quien la mantenía concentrada, quien evitaba que la maldición hereditaria la consumiera por dentro, para ahora vivir con el constante recordatorio que ni siquiera sería capaz de ascender, de llegar la otra vida, y reencontrarse con su madre.
O siquiera acabar con la miseria que llevaba dentro.
Nada, no había forma de acabar con todo.
Con ese dolor.
Con el permanente sufrimiento.
Finalmente, se quedó inerte, en ese mundo, en ese mundo putrefacto. Llorando, una y otra vez, intentando morir, una y otra ver, lamentándose, una y otra vez, sin detenerse, los días pasando, los años pasando.
Hasta que se quedó sola. Completamente sola.
Tal y como los Dioses le dijeron que terminaría.
Y su madre, ahora estaba más lejos de su alcance, cada día, cada año, más lejos de su alcance.
Si hubiese sido más fuerte, lo habría logrado, habría logrado ser suficiente de una vez por todas.
Pero lo que no te mata, te hace más fuerte, ¿No?
Y ahora, nada podría matarla, así que todo la haría fuerte.
Sufriría, por supuesto que sufriría, porque fue condenada para sufrir, nació para sufrir y ahora su cuerpo se convirtió en un recipiente infinito, que no perecería nunca, donde cualquier tipo de relación que tuviese, terminaría en miseria, se escaparía de sus manos, desaparecería, y sin los Dioses en ese mundo, no tendría a quien culpar, no tendría a quien desafiar.
No tendría a quien matar.
Pero aún no lo entendía, aun no entendía la razón de lo que ocurrió.
¿Por qué su madre?
¿Por qué ella y no alguien más?
No, nadie merecía vivir tanto como ella lo merecía.
Si, ella merecía vivir.
Pero el mundo estaba vivo.
Aún.
Ese mundo, a sus pies, aun respiraba, aún tenía vida que dar, que proveer. Pero nadie merecía esa vida. Esa oportunidad. No, por supuesto que no. Nadie, de los que aparecieran en ese mundo, tendría el derecho de vivir. Y si bien sabía que los Dioses no estaban ahí, toda la vida que proliferara sería a causa de ellos, serían sus creaciones.
¿Y porque esas creaciones tenían el derecho que su madre no tuvo?
No, no, no, no iba a dejar que ellos hiciesen lo que quisieran.
Que siguiesen jugando a ese juego.
Ella también iba a participar de ahora en adelante.
Si su madre estaba muerta, nadie merecía vivir.
Si su madre estaba muerta, nadie merecía respirar.
Si su madre estaba muerta, nadie merecía existir.
Si, eso iba a hacer.
Nadie merecía vivir, ¿No?
Ninguno de esas personas que poblaban el mundo merecía estar ahí, así que iba a hacer que se regocijaran, que se dieran cuenta de lo frágil que era la vida, que se sintiesen afortunados de respirar por un segundo más. Iba a hacer que se arrodillasen, que pidiesen clemencia, que le rogasen, que pagasen por la existencia gratuita que tomaron.
Por supuesto.
Los Dioses cometieron un error al dejarla ahí.
¿Querían darle luz a ese mundo? ¿Equilibrio? ¿Tener a un guia para que mantuviese la humanidad en paz?
Entonces dejaron vivir a la mujer de ojos plateados equivocada. Si hubiesen dejado a su madre vivir, a su madre ser un alma inmortal, el mundo brillaría, así como brillaban sus ojos. Era un ángel salvador, una santa, un mártir, ella hubiese salvado el mundo.
Pero no, decidieron darle aquel poder a la hija.
Dejaron a la oveja negra vivir.
A la oveja roja.
Y se iba a encargar de marchitar ese mundo.
De consumirlo.
De destruirlo.
De consumirlo en caos, en muerte.
Si, iba a hacer sangrar a todo el mundo, iba a mostrarle lo valiosas que eran sus vidas, iba a hacer sufrir a cada uno de ellos, iba a hacer que se sintiesen culpables de vivir. Y rompería para siempre el equilibrio que los Dioses querían, iba a meterse en medio y destruir el valioso experimento que ellos crearon, iba a marchitar todo lo que creasen.
Iban a hacer que la humanidad desease estar muerta, jamás haber nacido bajo ese régimen.
Sin su madre, ese mundo que los Dioses tanto adoraban, acabó siendo nada más que restos de lo que solía ser, había perdido la luz, había perdido el equilibrio, por ende, era un mundo que no valía la pena, y por lo mismo, todo lo que ahí naciera terminaría desvaneciéndose, nada podría crecer, resurgir, florecer.
Ella no lo permitiría.
Sin su madre, el mundo estaba destinado a la extinción. E iba a asegurarse de eliminarlo, de acabar con todo, y si, eso iba a terminar siendo, se iba a convertir en la causante de la extinción de aquel inmundo planeta.
Todo iba a tornarse caótico, todo se teñiría de rojo.
Y finalmente, el mundo caería.
Si los Dioses no le dieron lo que quería, entonces ella no les permitiría tener lo que ellos querían, de ver ese planeta resurgir de las cenizas.
¿Cómo se siente eso? ¿Eh? ¿Qué les parece lo que haré con su estúpido experimento?
Ya quería ver sus caras, luego de destruir generación tras generación, generando aún más rencor, aún más ira, aún más desesperación. Todo su experimento hecho trizas por no cumplir un estúpido deseo, por no escuchar a una humana que se arrodillaba ante ellos, pidiendo clemencia, pidiendo un poco más de tiempo.
Oh no, debieron escucharla.
Ahora se arrepentirían, estúpidos.
Los haría sangrar, desde lo más profundo de sus egos, los rompería en pedazos.
Ese mundo, ahora le pertenecía.
Y teniendo aquel poder, haría con el lo que quisiera.
Lo destruiría.
Destruiría todo.
