«¿Quieres saber cómo lo conocí?

Ésta es la historia de un monstruo.»


Recuerdos intrusivos de Tenko durante el capítulo anterior; atemporal.


El pequeño Tenko caminaba por las calles junto a su querida Mon. Casi podía disfrutar de la vista de las casas y negocios alrededor si no fuera por el detalle de que sus pasos los daba en automático, de que su mirada estaba perdida y de que su ropa tenía regadas algunas gotas de sangre.

Sus piernas estaban cansadas tras haber corrido tanto, y supuso que su cachorra no estaba mejor que él, pero no se atrevió a cargarla ni tocarla con esas manos que acababan de hacer lo que hicieron. Ojalá pudiera deshacerse de las texturas que tocó y de las imágenes que vio.

¿Qué tan lejos estaba de su antigua casa? ¿Habría muchos policías alrededor? No tenía derecho a preocuparse por Hana después de haberla dejado atrás, pero lo hacía. Tenko tenía poco más de doce años, pero comprendía perfectamente las implicaciones de haber asesinado a alguien.

No quería que Hana fuera inculpada como cómplice del crimen, ni mucho menos de uno doble; de seguro también harían a Tenko responsable del cuerpo sin vida colgado del roble en el patio de esa casa. No se molestaría por eso, sin embargo. Tenko tuvo la culpa de que su madre se matara, lo sabía. Su padre solía repetirle que se callara, pero el niño no escuchó.

Quizá si hubiera sido más fuerte en lugar de un llorón cada vez que Kotarō se ponía agresivo, podría haber aguantado los golpes sin gritar. Probablemente, su madre enloqueció después de haberlo oído y no atreverse a hacer nada al respecto. Ella era frágil y Tenko lo sabía, por eso había tratado de mantener la atención de su padre lejos de Nao, de Mon y de Hana.

Sin duda, el más débil de la casa era Tenko, pero su hermana y su madre ciertamente no eran más fuertes que Kotarō. Volviendo al presente, los pensamientos del niño no estaban puestos en lo tontas que podrían haber sido las mujeres de su familia y lo mucho que llegaron a molestar a Kotarō y al mismo Tenko.

Estaba concentrado en alejarse cuanto pudiera de la escena del crimen y de su hermana para que entonces ella pudiera delatarlo por miedo a que la acusaran, como empezó a hacerlo durante sus últimos días juntos, y así se deslindara de él. A partir de ese momento, Tenko dejó de tener, oficialmente, una familia.

Él los mató a todos de una u otra forma; Tenko podía entender esa realidad porque él era un monstruo que no debió haber nacido. Como solía decir su padre al no poder corregir los malos hábitos del niño. Lo que Tenko acababa de hacer le daba la razón a Kotarō.

Por fortuna, comenzó a llover. A Tenko no le gustaba el frío ni la sensación de humedad en su ropa, pero las gotas se llevarían el mal olor y las manchas de suciedad sobre su piel. Mon, por otro lado, no tenía con que cubrirse y Tenko temía que se enfermara por su culpa. Debió encargársela a Hana antes de irse.

Ahora, tendría que detener su marcha para buscar un refugio. No quería que la cachorra pagara por los errores del niño, ni siquiera si él no consideraba un error el haber matado a su padre. Al principio pensó en descansar frente a la entrada de algún negocio cercano, pero ningún dueño lo quiso ahí y lo echaron enseguida.

Por supuesto que la idea de volver a mojarse no le gustaba, pero ¿qué más podía hacer? ¿Ignorar las advertencias? Podían llamar a la policía y eso sería mucho peor. Ese sería el primero de muchos días en que el pequeño Tenko lidiaría con las preocupaciones de un adulto: buscar qué comer y dónde dormir.

Gracias a la destreza que no sabía que tenía para huir, robó algo de comida varias veces y se alejó antes de que las personas lo notaran. En otras ocasiones, fue Mon quien no pudo soportar el hambre y terminó tomando cualquier cosa comestible de los basureros o directamente de las manos de la primera persona que viera pasar.

Se dio cuenta no mucho después, de que seguía expuesto ante la policía al no haber salido del pueblo. No creyó ver tan pronto los autos de la policía local en los límites del distrito. Como iban las cosas, esperaba que no fuera necesario ya no sólo salir del pueblo, sino de la ciudad.

Tal vez no sería tan difícil escapar si al menos estuviera seguro de en qué lugares había estado antes y cuáles aún no recorría. Antes no le iba mal en la escuela, pero tampoco era un genio en ubicar lugares exactos, mucho menos si desde el principio no tuvo la certeza de en qué dirección se echó a correr.

No ayudaba el hecho de no tener amigos con quienes salir por haber sido el más tímido en su clase, además de que su papá asustaba a sus compañeros y no era lo suficientemente flexible para permitir que Tenko saliera a la calle a jugar o a visitar la casa de otros niños.

Tenko se perdió en más de un sentido e incluso dudó de si acaso sería mejor entregarse para que, quien fuera que lo encerrara, le brindase la comida, el abrigo y el techo más básico. Supuso que en una cárcel la lluvia no lo alcanzaría. Lo único que lo detuvo fue que no quiso arriesgarse a que maltrataran a Mon.

Pasaron más días, semanas y meses, hasta donde Tenko era capaz de distinguir con la poca cordura que le quedaba. Un grupo de gente sin hogar lo encontró y lo llevó al montón de miseria que usaban como escondite. No confiaba en nadie, pero obtuvo lo necesario para que él y Mon sobrevivieran, así que se quedó en ese lugar.

¿Debería llamar "socios del crimen" a sus nuevos compañeros? Repartir los recursos sería molesto, pero conseguirlos en grupo facilitaría la caza. De cualquier modo, Tenko nunca encajó. La convivencia diaria no era tan conflictiva como en su vieja casa, pero eso no volvía a aquel grupo de locos la primera opción de Tenko en cuanto a las personas que quería cerca de él y de Mon.

Ellos le eran de utilidad, y él a ellos. Cooperaban porque no tenían de otra; se lo aclararon cuando se presentó ante el jefe que los habían reunido en aquel callejón. Ese hombre lo hizo renacer como Tomura Shigaraki, y el niño no tuvo mayor problema si con eso evitó que la policía lo identificara.

Antes de caer en la realización de que destruir, robar y matar fue todo para lo que nació, dejó a Mon en un centro de adopción canina que lo convenció medianamente del bienestar que le podían ofrecer. Tenko Shimura fue enterrado (vivo) por la inmundicia y Tomura Shigaraki no tenía nada (qué dar) más que dolor. Por eso mató a Mon: la alejó de sus manos llenas de sangre.

Al final, Shigaraki se deshizo de todo lo que le estorbaba, todo lo que Tenko alguna vez amó. No necesitaba nada ni a nadie, pero el odio no se iba. Odiaba todo y a todos (los que lo llevaron a actuar así). Odiaba a la vida, al mundo y a todos en él.

No quería volver a ver una mascota, ni niños sonrientes, ni mujeres con gestos de lástima, ni hombres usándolo como sabía que lo hacía aquel hombre que lo adoptó dentro de su grupo. Aprovecharía cualquier oportunidad que se le presentara, cualquier mano extendida de un ingenuo con complejo de héroe, para tomar el brazo entero y largarse.

Como era natural, nadie con esas características apareció durante años, lo que dio tiempo a que Shigaraki ganara experiencia e hiciera cosas cada vez más ruines con la misma facilidad que respiraba. Lastimó a más personas junto a aquel grupo para obtener beneficios que ya no eran necesarios, pero que se le antojaba tener.

No ganó una vida de lujos, pero ya era libre del miedo de ser atrapado por la policía. Después de todo, había cambiado de nombre y modo de operar, así que no había razón para quedarse en donde estaba; cruzó el límite de la ciudad capital y entró de lleno en Musutafu.

Tenía diecisiete cuando decidió separarse, por fin, del grupo de monstruos al que le dedicó cuatro años. Él deseó apoderarse de una casa; no pretendía robar dinero ni nada así de simple, sino usar a alguien débil de mente y manipular su corazón para que le abriera las puertas a Shigaraki por voluntad propia.

Gozaría de un par de meses de calma antes de movilizarse y tomar el control del sitio. De ahí en más, usaría la casa como base para iniciar el fuego a discreción en temas delicados que en las calles no podía darse el lujo de manejar por su cuenta, y así escalar en la jerarquía de control de los negocios clandestinos.

Como era obvio, no anhelaba poder, fortuna ni ninguna tontería de esas. Él quería fama, reconocimiento y algo de diversión para satisfacer sus caprichos únicamente con chasquear los dedos. No necesitaba motivos más profundos: la maldad era mundana y Tomura Shigaraki siempre fue el monstruo más irracional. En toda su vida, no se arrepintió de un solo asesinato, ¿por qué buscar una motivación a esas alturas?

No requería más que un peón desechable y mundano; algún miserable con la peor suerte del mundo que se cruzara en su camino e iniciara el juego. Quizás una persona más o menos de su edad sería la mejor opción, los adolescentes eran tan tontos.

¡Hey!, ¿por qué estás ahí tú solo? ¿Necesitas ayuda?

Una sonrisa enorme apareció en el rostro del chico de pie frente a Tomura, pero fue evidente que era falsa cuando la sostuvo así, sin decaer, todo el tiempo en que Tomura no contestó. Las líneas de expresión de esa cara empezaron a formar arrugas: el chico estaba más que tenso.

Recordó que la idea era engañar a quien se le acercara, así que debía mostrarse amable y sonreír con el mismo entusiasmo perturbador. No lo intentó siquiera, ahuyentaría al chico en un parpadeo. Entonces, sin ninguna lógica, esa persona se puso a hablar como si no hubiera un mañana.

Iba tan rápido que Tomura tuvo que poner mucha atención para no perder ningún dato que pudiera serle útil para manipular al niño. No ayudaba el hecho de que las pecas a unos cuantos centímetros por debajo de los ojos verdes se vieran tan graciosas mientras se movían a la par de los pómulos rosas de vergüenza.

Por supuesto, era bastante más coherente que el rubor respondiera a la ansiedad que el chico transpiraba. Seguía emitiendo palabras sin detenerse, ¿se había olvidado de cómo respirar? Shigaraki se mantuvo estoico, le divertía hasta cierto punto que él ni siquiera tuvo que hacer nada más que mirar para que la persona de enfrente se pusiera tan nerviosa.

Esto iba a ser tan fácil. Sólo tenía que devolver el saludo y esperar a que el chico le extendiera la mano, pero nunca pasó. Esa persona se quedó hecha piedra ahí parada, viendo los ojos de Tomura. Parecía haber dicho tantas cosas, pero nada de lo que realmente quiso expresar.

Entonces, el niño de cabellos verdes suspiró, relajó su cuerpo y se dejó ir. Tomura sintió vibrar la pared en la que estaba recargado cuando la espalda del chico golpeó y rebotó ligeramente contra ella, luego se deslizó y se sentó; de modo que en vez de ayudar a Tomura a levantarse, cayó junto a él.

―En verdad soy un inútil. No pude ayudarte, lo siento.

Después de mucho, Tomura tuvo un desliz: se permitió voltear, incrédulo, a ver la cara del niño. Su mirada no tenía el ánimo de hacía unos instantes; ya ni siquiera parecía interesado en ver a Tomura. Quizás entendió que Shigaraki no le correspondería: la esperanza se ahogó en el rojo sangre de sus ojos.

―¿Ayudarme? ―Soltó una risa muda que sonó a todo menos a una risa―. Si parece que te quieres morir.

El chico volteó a verlo y Tomura no esperó encontrar el hartazgo y la derrota ocultos en esas pupilas negras. Se asustó. Conocía el reflejo de esa cara triste, resignada, rota.

Se vio a sí mismo.