Titulo: Los adultos son raros.

Claim: Estados Unidos, Reino Unido + Francia de colado

Prompt: Los adultos son raros.

Resumen: Alfred no entendía nada, primero lo regañaban y ahora estaba entre los brazos de Arthur siendo mimado.

Advertencias: ¿Incoherencias? ewe

Notas: Cualquier fallo acúsenlo a mi falta de sueño, hambre y humor extraño. Ah sí, Alfred tiene entre 3-4 años.


Arthur había traído un frasco enorme de cristal lleno de dulces y chocolates riquísimos, y le había dejado coger sólo uno por esa noche. Cuando le dijo que quería otro, Arthur le había dicho que no. Normalmente Alfred hubiera obedecido, pues trataba de no ser muy travieso cuando Arthur estaba de visita, pero desde que Francia le había enseñado ese juego tan divertido… decidió ponerlo en práctica.

Y cuando Arthur se descuidó cogió otro dulce, y luego otro y otro. Y se acabó el frasco él solo, y ahora tenía un fuerte dolor de estómago. Cuando Arthur se enteró, en la madrugada al oírlo lloriquear, lo comenzó a reprender, claro, después de prepararle un té para el dolor.

Alfred se mordió el labio, no iba a llorar ni a hacer pucheros. Arthur se había molestado con él, y Alfred no sabía por qué. Frente a él, Arthur, que ya había logrado recuperar su color de piel original, le estaba dando el regaño más largo de su vida. Ya pasaban de los veinte minutos y parecía que no se cansaba.

—Si te digo que no, es por algo. ¿Tan difícil es entender la palabra "no" para ti?

Uno pensaría que, si sabía que se había comido los dulces cuando Arthur le dijo que no, debía saber la respuesta al por qué él mayor estaba molesto. Pero no era culpa de Alfred, sino de Francia.

Cuando Arthur se calló, para mirarlo con una ceja alzada, Alfred entre balbuceos trató de explicarse.

—P-pero no quería desobedecerte —gimió poquito, mirándolo con sus ojos grandes—. S-sólo jugaba como Fr-Francia me enseñó.

Arthur se puso lívido, ¿qué había hecho ese bastardo con su precioso bebé? Procuró no caer en pánico y dejó que la colonia siguiera hablando.

—¡É-él dijo que…! —gimió otra vez, y contuvo el llanto. ¡No iba a llorar!—. D-dijo que, cuando decías "No" era un sí —lloriqueó—. Y que, y que por eso cuando le decías "No, ¡suéltame bastardo francés!" no te dejaba… porque tú querías que él te abrazara y… —Alfred ya no continuó, pero lo miró herido.

Arthur se mordió la lengua, debía fijarse mejor cuando maldijera al francés. Y debía golpearlo con más fuerza por decirle esas tonterías a Alfred. Visto y oído todo, tomó a la pequeña colonia en un abrazo y le pidió disculpas por enfadarse tanto y por hacerlo llorar, le explicó que "no" era "no" y la razón por la que Francia no entendía eso era porque, bueno, era francés.

Alfred estaba ahora más confundido. ¡Arthur era tan extraño! Primero lo regañaba y luego le prometía comprarle algo en el pueblo si dejaba de escuchar a Francia. Pero al menos, ya se había olvidado de su molestia, y parecía estar muy contento de mimarlo toda la noche para hacerlo sentir mejor.