Capítulo 5: LA CITA (1ª parte), CONVERSACIONES

KPOV

¿Cómo se supone que debería reaccionar cuando te invitan a cenar por primera vez en… cuánto, 50 años, tal vez?

Cuando lo dijo fue tan sorpresivo que por un segundo creí que había escuchado mal, pero no, definitivamente lo había dicho. Y entonces, sin advertirlo, me invadió de inmediato una especie de emoción que hacía años no vivía. Realmente me sentía como si tuviera 18 años nuevamente. Bueno, siempre los voy a tener, pero esta vez me sentía… viva, así como me sentí desde el primer encuentro con Robert.

Y luego… Luego no tuve palabras para lo que hizo. Solo sus labios moviéndose contra los míos lo dijeron todo… y yo también quise expresarme devolviendo aquel beso impregnado de un gusto extraño y cautivante.

Sentía su pulso golpetear contra mí y también sentía todos mis sentidos abrirse hacia él. A su aroma, su sabor, su tacto, su cuerpo.

Era la tentación en carne viva, provocándome. Jugueteando peligrosamente conmigo.

Rocé mi lengua en su labio inferior sintiéndolo suave y caliente provocando un cosquilleo en mi estómago. Un segundo más… Un segundo más y no habría podido resistirme a querer hacer mío a ese hombre en cuerpo y alma, porque no solo era su sangre la que me hacía desearlo tanto.

Pero me detuve con toda mi fuerza de voluntad y me alejé lo más rápido que pude corriendo hacia el bosque que me acogía como tantas otras veces para saciar mi sed de sangre antes de llegar a casa y comenzar a tocar mi violín hasta que el sueño me vencía.

Simplemente esperaría hasta que fuera viernes para poder verlo otra vez, pero sería difícil teniendo el recuerdo de su beso tibio en mi memoria constantemente. Definitivamente no podía estar pensando en otra cosa. Mi conciencia parecía estar vacía cuando era su nombre el que estaba en mi cabeza.

Pero ahora, aunque pareciera ridículo tomando en cuenta lo importante que se había convertido esto para mí, solo tenía una pregunta inmediata que hacerme: ¿Qué se supone que debería ponerme para ir a cenar?

***

Viernes por la tarde y comenzaba a abrir los ojos para un día (bueno, una noche mejor dicho) predispuesto para una velada con mi tentación personal.

Me sentía como si cumpliera 15 de nuevo y mi hermana y padre preparaban aquel gran regalo para tal día, el cuál yo no podía ver hasta que fue la hora, al igual a como ahora tenía que esperar.

Estaba dichosa de poder volver a sentir algo parecido eso a pesar de no tener a ninguno de los dos conmigo. Algo distinto a la desoladora existencia que es prisionera de una condena inmortal y en la cual estás propensa a ser odiada por lo que eres...

Pero él, increíblemente no me odiaba, ni tampoco me temía, y yo solo lo… ¿Yo qué sentía por él?

Tomé un taxi, ya que creí que sería lo mejor en vez de ir caminando o corriendo con un vestido cruzando la ciudad a pesar de que nadie me viera, así que a las 9 en punto, cuando ya no quedaban rastros de los rayos de la luz del sol por ninguna parte, me encontraba en el edificio de Robert parada en el vestíbulo aguantando sus fuertes luces en mis ojos tras decidir que era mejor usar la puerta esta vez para entrar.

El conserje quería decir algo cuando iba hacia el ascensor sin la autorización de nadie, pero solo fue necesaria una mirada y una sonrisa para que quedara en silencio.

Increíble… me sentía tan poderosa que a pesar de no tener el poder de un vampiro en su totalidad, fui capaz de que no dijera nada más.

Seguí mi camino y finalmente llegué al quinto piso sin ningún otro obstáculo.

RPOV

Eran las 8 y Katherine aun no llegaba.

¡Maldición! Estaba nervioso y la espera no ayudaba en nada.

Ok. Ella me dijo que vendría apenas pudiera, pero ¿y si se había arrepentido?

Entre los paseos que daba alrededor del salón, pasé nuevamente en frente de un espejo y fui imposible que no pensara que había algo mal en mí. Así que por tercera vez fui hasta mi habitación y cambié la camisa blanca con líneas azules que llevaba ésta vez, por una negra por completo, y comencé a darme vueltas frente al espejo para verme de una perspectiva y otra. Parecía de esas mujeres antes de una fiesta, pero yo solo esperaba que le gustara... Bueno, quiero decir; que le gustara a donde la llevara, nada más...

Tocaron el timbre.

¡No, por favor!, gritaba en mi fuero interno. Lo que faltaba. Yo esperando a Katherine y alguien se le ocurría hacerme una visita sin avisar.

Salí al salón y miré por el balcón por si acaso Katherine se veía por alguna parte, pero nada. Entonces pensé que si me quedaba en silencio, el que tocara tal vez se fuera.

Tocaron de nuevo.

Está bien. Iría a abrir y diría la verdad, o bueno, casi toda; que ahora tenía una cita y no podía atender a nadie. Fin del asunto.

Giré la manilla y abrí la puerta para ver a Katherine sonriendo al otro lado.

—¡Katherine! —solté tremendamente sorprendido por ver que ella había tocado la puerta.

—Te sorprende verme —afirmó casualmente para luego alzar sus cejas viendo como esos orbes azules me miraban intensamente—. ¿Esperabas a alguien más?

—¡No! ¡Claro que no! —me apresuré a decir—. Es solo que creí que entrarías por… la ventana.

Vi a Katherine divertida por lo que había dicho e inclinó su cabeza con ternura hacia mí.

—No creerías que subiría vestida así por la muralla ¿o sí?

Cuando dije aquello, recién fui consciente de cómo iba vestida.

Llevaba un delicado vestido azul que le llegaba hasta un poco más abajo de la rodilla, y el cual solo hacía juego con sus maravillosos ojos. Además de un abrigo negro y delgado del mismo largo que cubría sus brazos dejándose caer sin abrochar por encima de sus hombros delicadamente. El cabello, que siempre llevaba suelto ondeando con sensualidad alrededor de su rostro, ahora lo llevaba recogido sutilmente a los lados dejándose ver perfectamente un rostro joven, hermoso y tierno a pesar de la dureza con la que se expresaba. El escote era sutil y elegante mientras que las tiras de su vestido se amarraban por detrás de su cuello. Le tomé una mano para hacerla pasar y antes de soltarla la hice girar sobre su lugar. Estaba más hermosa que de costumbre.

—Te ves hermosa —le dije, aunque lo correcto siempre hubiera sido decir que era hermosa, pero decidí que así era más adecuado para la situación.

—Gracias —contestó, mirándome como acostumbraba. Con esa mirada que me fascinaba—. Y por cierto, te ves muy guapo. Digna elegancia que solo un inglés podría tener —bromeó.

Reí por su comentario, pero no dije nada más.

—Creí que no vendrías —confesé apenado mientras avanzaba por la sala.

—Dije que lo haría.

Si. Lo dijo y lo cumplió.

Estábamos los dos mirándonos sin hablar, y por lo menos de mi parte, estaba nervioso recordando como la había despedido la última vez.

—¿Quieres hacer algo antes o nos vamos de inmediato? —pregunté, sintiéndome como un imbécil ante la pregunta.

—Tú decides —respondió sonriendo al darse cuenta de mi torpeza.

Yo decido…

—Ok. Vamos entonces, antes de que se haga más tarde.

Era lo mejor.

Tomé las llaves del auto y mi chaqueta con la pequeña caja con el regalo que había comprado para ella el día de ayer en su interior antes de salir del apartamento, solo deseando que cuando lo abriera le gustara.

Mientras esperábamos el ascensor, le pregunté por como había entrado y ella respondió pareciendo sorprendida por mi pregunta.

—El ascensor.

Bueno, no. No me refería a eso.

—Quiero decir, ¿cómo pudiste subir sin que alguien te dijera algo?

—Oh. Lo intentaron, pero digamos que soy… algo persuasiva.

Pero antes de que pudiera decir algo, el ascensor se abrió cortando cualquier comentario que se me ocurriera.

Habían dos tipos que se quedaron mirando a Katherine intensamente y debo reconocer que me puse increíblemente celoso, sobre todo al ver la sonrisa que ella les dirigió antes de voltear hacia mí. ¿Habré tenido esa misma cara cuando la vi por primera vez?

Al cerrarse las puertas sentí como la incomodidad me embargaba por estar en un espacio relativamente pequeño y su cuerpo tan cerca del mío, y además recordando sus labios al besarla. Si tan solo no estuvieran esos tipos…

Apenas las puertas se abrieron, salí de inmediato sintiendo el corte en la electricidad que producía mi cuerpo con el de ella, pero al girar hacia ella alcanzándole mi brazo para que lo tomara (aunque pensándolo bien, debería haber hecho eso desde un principio) noté como sonreía y salía lenta y elegantemente mientras los tipos que había aún dentro, no le quitaron la vista de encima.

Sentí como el orgullo que no afloraba desde pequeño de mi interior, hacía acto de presencia en esos momentos, consiguiendo que involuntariamente pasara un brazo alrededor de su espalda y la posara en su cintura antes de dirigirles una fría mirada.

—Hombres —soltó ella suspirando sonoramente, pero para que solo yo escuchara—. Pueden pasar los años, pero siguen siendo iguales.

Me sentí avergonzado al notar que ella se había percatado de mi reacción y creí sonrojarme, pero solo me defendí diciendo.

—Cualquier hombre actuaría de la misma manera estando contigo a su lado.

Me miró fijamente y por una fracción de segundo me pareció ver como su mirada tomaba otro matiz. Uno extraño, que no se parecía al que refulgía y que creí ver un par de veces, pero luego volvía a estar como si nunca hubiese visto algo. Cuando quería ahondar más en su mirada, sentí como se tensaba y vi su entrecejo que se fruncía levemente al avanzar por el vestíbulo, mientras bajaba la cabeza.

—¿Estás bien? —le pregunté preocupado por su incomodidad.

—Así es —contestó—. Es solo que esta luz es muy fuerte.

¿La luz? Yo no le encontraba nada malo a la luz.

—¿Qué quieres decir?

—Esta luz es muy fuerte para mí, es como si pusieran una linterna directa a tus ojos.

Extraño.

—Pero ¿y la de mi apartamento?

—La de tu apartamento no lo es tanto. Es aceptable. Es como si fuera la luz solar para ti, pero es lo más potente que puedo soportar cómodamente.

—Espera —la detuve ya llegando hasta mi auto tras haber llegado a una repentina conclusión de lo que me decía—. ¿Quieres decir que tú no puedes estar bajo la luz del sol?

Me miró con una expresión de confusión.

—¿No lo sabías? —inquirió y como no respondía tras clavar la vista en el suelo por sentirme un tonto, ella insistió—. No te habías percatado.

—Lo siento. Soy un imbécil —me dije a mí mismo en voz alta.

Creí que si podía salir a la luz del sol… Creía que era como los que yo interpretaba…

Claro. Por eso que siempre la veía cuando era de noche, y cuando le dije que cenáramos a las 7, ella optó por venir cuando pudiera. ¡Qué estúpido fui!

No me podía imaginar lo que era vivir en una vida sin la luz del sol.

KPOV

Bueno. Definitivamente pensé que se había dado cuenta. Y si no me equivocaba, yo lo había dicho un par de veces… Me sentía realmente sorprendida…

Me invadió una especie de nostalgia por todo lo que no podía ver y por todo lo que no podía hacer. Pensaba en todo lo que yo jamás podría ofrecerle, lo que jamás le podría dar, y solo me dañaba más. Y cuando esto sucedía, en lo único que pensaba era en que nada de esto debía ser. Yo no debía estar aquí; con él. Debía irme y alejarme lo más lejos posible de su persona. Pero como siempre, la necesidad por él era mayor.

Robert se desembarazó un poco de la situación, o eso creía yo, mientras pasaba a mi lado y me abría la puerta de su vehículo. Su mirada era de disculpa, pero yo no quería que se sintiera así.

—Robert, no te preocupes por no saber —le dije y mi comentario sonó estúpido a pesar de toda la sinceridad con la que hablaba—. Es lago sin importancia. De verdad —insistí antes de que él cerrara la puerta de mi lado, me dirigiera una sonrisa de asentimiento y continuara caminando para pasar a sentarse a mi lado en el lugar del conductor, por supuesto.

Me ofreció otra sonrisa con ferviente aceptación que logró precisamente aquello; sentirme aceptada, y para mi fue imposible resistirme, por lo que terminé uniéndome a ella.

Conversamos de forma casual de su vida, y que por la cual yo mostraba cada vez más interés, mientras él conducía concentrándose en la calle y yo miraba de vez en cuando las luces que pasaban por fuera de la ventana, pero siempre volviendo la mirada hacia el perfil de Robert.

Noté que aferraba sus manos al volante nerviosamente y una oleada de preocupación porque algo pudiera estar mal (o más que el de por sí ya mal estaba, en realidad) me invadió haciendo que una pregunta saliera de mis labios.

—Robert, ¿estás bien?

Solo era una simple pregunta. Pero entonces, ¿por qué me aterraba tanto una respuesta?

—¡Claro que estoy bien! —respondió exageradamente sorprendido.

Aquello no era cierto.

Tal vez en este pequeño lapsus, se había dado cuenta de un montón de cosas de las cuales debería haberse dado cuenta desde el primer día.

Me sentí miserable. Merecidamente culpable por hacerle pasar por esto. Pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, Robert se había estacionado frente a un restaurante. Habíamos llegado.

Lo miré mordiéndome el labio sintiendo mi frustración como hacía ponerme cada vez más nerviosa. Pero él sonrió resueltamente. Como si todo lo que había notado nunca lo hubiese visto y todo había sido solo producto de mi imaginación

Se palpó los bolsillos y comenzó a salir. No estaba segura de lo que había sido eso, pero cuando quise salir del vehículo, como él lo estaba haciendo y aun sintiéndome confusa, Robert me detuvo.

—Espera un segundo —dijo bajándose del auto rodeándolo rápidamente para colocarse junto a la puerta a mi lado cortando la acción del aparcacoches, quien iba a abrirme la puerta, para hacerlo él mismo cortésmente con una enorme sonrisa.

Robert me confundía demasiado… Definitivamente.

Extendió su brazo hacia mí para que lo tomara y así como cuando lo vi por primera vez esta noche, noté lo elegante y guapo que se veía vestido de negro. Con su piel clara contrastando ampliamente al color de su ropa, la cual solo lo hacía verse perfecto, y a la vez, sus verdes orbes resaltaban con gracia y un brillo innato en aquel rostro apuesto e inocentemente maduro.

Pero había algo que me llamaba la atención desde que salimos de su apartamento: llevaba zapatillas, y la sola vista de ellas me hacía sonreír. Él era único.

Tomé su mano al salir del vehículo y no noté nada más a mi alrededor que solo él, su hipnótica mirada y su radiante sonrisa. Ni siquiera fui consciente de lo que le decía al aparcacoches, porque mi atención no conseguía otro foco mejor en ninguna parte.

Apretó mi mano sintiendo su tacto tibio. Añorable y reconfortantemente tibio, y al igual a como lo había hecho en su apartamento, me hizo girar sobre mis misma sintiéndome como si fuera una verdadera bailarina, y haciendo que mi… bueno, no sé qué era precisamente lo que saltaba en mi interior en donde debía estar mi corazón. Pero algo había allí embriagado de emoción que me hizo sonreír abiertamente.

¿Por qué su sonrisa y su mirada tenían que nublar mi mente; mi sentido común de esa manera?

—Sé que lo había mencionado antes, y no se cuantas veces lo he pensado, pero te ves hermosa —me dijo sonriendo con su mirada.

Un gracias no era suficiente, y tal vez no hacia falta para decirle como me sentía. Yo solo deseé que mi mirada dijera mucho más de lo que yo misma podía decir.

Quise derrumbar mi muralla para que entendiera el más profundo agradecimiento que sentía hacia él, aunque fuera solo por ese momento.

Me atrajo hacia él por un costado y me encaminó hacia la puerta del restaurante en donde una mujer, que de inmediato lo reconoció, nos hizo pasar hacia una mesa ya reservada por él.

Sentí la emoción de la mujer, pero también la incomodidad de Robert por ello, así que mientras seguíamos caminando, le susurré al oído para que solo él escuchara.

—Si gustas, podría hacer que la recepcionista olvide que te ha visto.

RPOV

En un principio estaba incómodo por la intensa mirada de la recepcionista, y a medida que avanzábamos entre las mesas, aquello iba aumentando en el resto de la multitud. Pero luego, el suave roce del aliento de Katherine en mi oído hizo que el bello de la nunca se me erizara placenteramente, pero solo fueron las palabras que dijo las que dieron paso a la sorpresa.

—Si gustas, podría hacer que la recepcionista olvide que te ha visto.

Quería saber si lo que decía era una broma o no, pero ya habíamos llegado a la mesa que había reservado, así que me detuve y me concentré en hacerla sentir bien.

Tomé su abrigo para ayudar a quitárselo y cuando éste se deslizaba delicadamente por sus finos brazos, noté su espalda marfileña descubierta completamente hasta donde terminaba la línea de la misma. No llevaba corpiño… No creí que fuera así…

Sentí la necesidad de tocar y besar la piel de sus hombros. Rozar la línea de su espalda y estar disfrutando de su cálido y frío dulce aroma para siempre.

Reaccioné rápidamente y puse su abrigo en la silla para luego correrla y así se pudiera sentar.

—Gracias —dijo suavemente sonriendo en cuanto me senté frente a ella.

Nunca había hecho esto antes: Llevar a una mujer a un restaurante y esas cosas que estaba haciendo igual a como lo veía en películas antiguas, así que, ¿se veía muy forzado? ¿Por eso sonreía de esa manera acusadora?

Pero antes de que siguiera con mis preguntas mentales, sus penúltimas palabras se me vinieron a la cabeza y necesité saber.

—Katherine, hace un rato dijiste que si quería podías hacer que la recepcionista olvidara que me había visto —comenté. Ella asintió con la cabeza y sus ojos mostraban su curiosidad—. ¿De verdad puedes hacer eso? —pregunté finalmente.

—Podría —respondió, pero no terminé de comprender a qué se refería.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que sí; podría, pero solo si mi dieta fuera distinta.

¿Su dieta? ¿Los vampiros hacen dieta?

Tiene que haber visto mi expresión de confusión en el rostro, porque sonrió y de inmediato me explicó.

—Si me alimentara normalmente y como cualquier otro… vampiro —tomó tiempo para decir esa palabra—, podría hacer eso y mucho más.

Oh. Lo comprendía, pero ¿cómo se podía alimentar, entonces?

Recordé aquella vez, aquella noche. La primera vez, y la única en realidad, en la que me había mordido y fundamentalmente, se había alimentado de mi sangre. Y así como ese pensamiento llegó a mi mente, los celos, algo extraños y desconocidos para mí, me invadieron al pensar en ella alimentándose de otros hombres.

Quise saber si era como me lo imaginaba, pero en ese momento llegó un camarero para entregarnos la carta con el menú, también el cual no le quitaba la vista de encima a Katherine.

Si pudiera, lo golpearía, me dije, y también golpearía a cualquier otro que la mirara así, y me sorprendí por como sonaba eso, ya que se supone que yo no era un troglodita… (tal vez ahora podía entender un poco más a Michael, el novio de Kris)

Sorpresivamente había bastantes cosas que estaban aflorando en mí que antes no había notado. Era como si hubiera una bestia dentro de mí, pero de inmediato, una ola de tranquilidad la invadió cuando noté que Katherine solo me miraba a mí. La cual lamentablemente solo duró hasta que él se fue y los celos volvieron a aparecer por no saber aún si ella se alimentaba de todos como lo hizo conmigo.

—¿Cómo se supone que se alimenta cualquier otro vampiro? —inquirí tratando de que mi voz sonara casual para no reflejar lo que en verdad me estaba incomodando, pero sonaba algo exagerada, porque se dio cuenta y sonrió levemente, aunque de pronto sus ojso mostrron algo de frustración.

—Mmm… —artículo analizando en como me podía responder tal vez, y humedeció sus labios rosa pálido para seguir con lo que yo necesitaba oír—. De sangre humana —respondió finalmente.

Estaba confundido. Yo intuía eso por regla general sobre cultura popular vampírica, e incluso había ayudado en saciar su sed, pero acaso, ¿no era lo que ella hacía siempre?

—¿Acaso, tú no bebes eso? —pregunté compungido, pero noté que mi pregunta había sonado algo despectiva—. Lo siento —me apresuré a decir.

—No lo hagas —dijo como si nada hubiese pasado, pero la frustración era evidente en sus ojos—. Y en realidad, quiero que sepas que la vez en que te… mordí…, cuando bebí de tu sangre, aquella fue la primera vez que mordía a un mortal en mucho tiempo.

La bestia que estaba celosa en mi interior se calmó, pero aún no terminaba de entenderlo todo.

—Pero si tú dices que fue la primera vez en mucho tiempo, ¿de qué te alimentabas, entonces?

Suspiró.

—Es por eso que te dije que mi dieta era distinta y tampoco me refería a que comiera como cualquier mortal, porque eso tampoco lo hacía desde hace tiempo —explicó—, pero me refería a que no bebo sangre humana habitualmente como cualquier otro de mi especie, lo hace, y esa es precisamente la razón por la cual no puedo hacer muchas de la cosas que mis pares harían, como hacerle olvidar a la recepcionista que te había visto.

Oh. Uh.

—¿Y por qué no ya bebes sangre humana? —inquirí con curiosidad—. La otra vez lo hiciste.

—Si, y lo siento mucho.

Su mirada era cabizbaja.

—No lo hagas —esta vez fui yo quien lo dijo—. No tienes por qué hacerlo, no me importaría darte de mi sangre otra vez.

Muy sinceramente lo decía y me percaté de algo: Era más fácil hablar ahora de ello que antes, incluso a pesar de la oleada de deseo en mí.

—No lo entiendes. Lo que hice esa vez fue muy peligroso para ti. ¡Si algo te hubiese ocurrido, si yo te…! —su voz había ido aumentando de volumen a medida que hablaba al igual que lo había estado haciendo su nivel de compunción, pero abruptamente se detuvo, para luego continuar hablando con más clama. Una clama controlada—. La mayoría de los vampiros no pueden detenerse. La satisfacción es tan grande que no pueden controlarse, y creo que recuerdas a que me refiero —concluyó con una risa sin ánimos.

—Pero tú sí te detuviste —la incité a confiar.

—Es cierto —comentó pensativa—. Tal vez no soy tan débil como pienso.

¡Débil!... Prefería dejar eso así.

—Entonces tú no te alimentas de sangre humana y por eso dices no tener los otros… "poderes"… que los demás vampiros tienen —resumí.

—Así es. La sangre que bebo me mantiene viva y sana, pero no es poderosa para mí.

—Pero, ¿por qué no bebes sangre humana como cualquier otro vampiro? —insistí—. Tienes la determinación para detenerte, además, es solo sobrevivir.

Estaba en silencio retorciendo firmemente una servilleta en sus delgadas manos.

—"Sobrevivir" —repitió sin ánimos—. Sobrevivo. Eso hago —me aseguró y tomó aire sonoramente—. Todo partió hace ya varios años —comenzó y yo me acomodé en el asiento para escucharla con atención—, cuando hice algo que no debí hacer hecho —dijo en voz baja y concluyó.

Creí que iba a decir algo más.

—¿Mataste a alguien? —inquirí apenado por ella.

—No técnicamente —respondió deteniéndose en el retorcer de la servilleta para mirarme firmemente—. Nunca he matado a nadie.

—Entonces, ¿por qué?

—Solo digamos que después de eso, nunca he querido tomar algo de alguien sin su consentimiento —respondió. Y okey, en otras palabras, me decía que no quería hablar más de eso y yo tampoco la iba a obligar. Había avanzado mucho atravesando aquella muralla que la cubría, pero de todas maneras quería que supiera cuál era mi postura con respecto a su decisión.

—Pero yo te ofrecí de mi sangre, y cuando vuelva a ofrecértela, no quiero que te preocupes por nada malo que pudiera ocurrir —comenté honestamente. Si ella volvía a beber de un mortal, como ella lo llamaba, quería que fuera de mí y no de nadie más.

Me miró fijamente con una expresión que mostraba seriedad, y creo que también vi sorpresa… no estuve seguro, pero en ese momento llegó el camarero a pedir nuestra orden impidiendo que indagara más en esa mirada.

Honestamente, ninguno de los dos había mirado el menú, pero en un solo par de segundos en que los ojos azules de Katherine escrutaron la carta, le indicó al camarero que quería ordenar lasaña dirigiéndole una sonrisa deslumbrante que hizo que el camarero balbuceara. Pero me pareció que Katherine no lo notaba. ¿Pensaba que todos actuaban así?

Yo ordené lo mismo no queriendo ver la carta y deseando que el camarero se fuera pronto.

Después de unos cortos minutos en los cuales ella me preguntaba sobre mi vida y mis gustos nuevamente (y después también de dejar de lado casualmente nuestra antigua conversación), la comida llegó.

—Será algo distinto —comentó mirando su plato con el ceño fruncido.

—Si no quieres comer eso, podría ofrecerte mi menú personal —bromeé alzando una ceja lascivamente hacia ella. Era más fácil hablar sobre algo con una sonrisa de por medio, aunque todo lo que decía era realmente sincero. Y sobre todo teniendo en cuenta que aún tenía el beso de hace dos días en mi cabeza y en mis labios, o la sensación de su mordida de hace meses también.

Quería volver a besarla, pero tenía los mismos nervios a como si nunca lo hubiera hecho antes. Este proceso estaba siendo como empezar de nuevo con ella, dejando algo de timidez de lado y creando mi propia confianza. Pero debo reconocer que en vez de ser tedioso o estresante o cualquier otro sinónimo para llamar al proceso, lo cierto es que era excitante e intrigante.

—Aunque si rechazas esa opción, podría llevarte a comer comida rápida también. Es muy buena, aunque algo grasosa.

Sonrió al confesarle mi placer culpable después de insinuarle otra opción.

—No te preocupes. Yo solo me refería a que después de tanto tiempo sin probar comida como ésta, será distinto —se explicó.

"Tanto tiempo…", repitió mi mente.

—Katherine, ¿qué edad tienes? —inquirí tratando de que la pregunta sonara delicada.

—Eso no se le pregunta a una mujer —bromeó sonriendo, algo incómoda noté, entonces suspiró y dijo—, solo digamos que tengo más que tú.

—Te ves joven —comenté sinceramente— y definitivamente no mayor que yo, sobre todo al notar tu rostro infantil.

—¡Infantil! —repitió con humor.

Ok. No era esa la palabra indicada.

—¿Inocente? —hice un intento de corregir la palabra dicha anteriormente, y ella seguía con la misma expresión, pero esta vez no me tomé la molestia de corregirla, porque en el fondo eso era ella; una mujer impregnada de inocencia, y a la vez misterio y sensualidad.

—Dejémoslo así —dijo después de una pequeña risa suave—. Y por cierto, tengo… 18 en estricto rigor.

—¡18! ¡Wow! —repetí sorprendido—. No tienes la edad suficiente para beber —bromeé alejando el aperitivo de su lado y ambos nos unimos en risas armoniosas.

Continuamos comiendo, conversando, comiendo y conversando, pero siempre de mí. Siempre me hacía una pregunta tras otra. Sobre mis amigos, mi música, mi trabajo, mi familia, y yo respondía, pero quería saber sobre ella.

—¿Cómo era tu madre? —inquirí antes de que nos trajeran el postre: Mouse de chocolate había escogido ella.

Sus manos se entrelazaron y noté como se frotaba un pulgar con el otro, o mejor dicho, como frotaba el anillo plateado de su mano izquierda con el otro pulgar. Aquel anillo que había notado tantas veces.

—Mi madre murió cuando era pequeña —contestó frotando sus manos, y bueno, tenía que haberlo supuesto—, así que no la recuerdo en realidad.

—Lo lamento.

—No te preocupes, eso fue hace mucho tiempo —dijo sin darle importancia, pero su pulgar aún seguía frotando su anillo

—Ese anillo, ¿era de tu madre? —pregunté al notar sus acciones y al suponer que así era.

—¿Éste? Oh, no. Este anillo lo mandó a hacer mi padre después de que mi madre muriera, cuando nos mudamos a Nueva Orleans. Era su manera de simbolizar que estábamos siempre juntos —contestó y su mirada era distante.

Sin dudarlo, ese anillo era demasiado especial para ella y le traía recuerdos de su familia, lo que me hacía pensar que había trepado un poco más su muralla, entendiendo un poco más de su misterio. Lo único que quería era que se sintiera a gusto junto a mí. Ya sea riendo o hablándome de todo lo que lo atormentaba.

Contemplé su mano izquierda y el anillo con el extraño escudo en él (de seguro era de su familia) y recordé lo que me había estado poniendo nervioso desde que veníamos en el auto.

—Katherine, me gustaría darte algo —dije en voz baja después de tomar un potente aire sintiéndome como todo un experto, pero ¡Demonios, yo lo era!

Saqué la pequeña caja cuadrada y plana de terciopelo negro de mi bolsillo, la cual había estado tanteando de vez en cuando para darme ánimos. La levanté y la puse frente a ella, quien la miraba con el ceño fruncido.

—¿Qué es eso? —inquirió.

Alcé la pequeña caja un poco más cerca para que la viera y la abrí dejando ver el gargantilla de platino que había encontrado especialmente para ella, y digo especialmente para ella, porque el colgante pequeño que tenía, era una delicada piedra de lapislázuli adherida a una lámina de platino y en la cual había mandado a grabarla unas palabras.

—Lapislázuli —dijo en voz baja mirando la piedra.

—Así es. Me recuerdan a la pureza, la magia, la delicadeza y la intensidad de tus ojos —expresé honestamente sintiendo como mis mejillas se sonrojaban por voluntad propia.

Lo saqué de la caja y me levanté para que yo mismo lo colocara en su cuello.

—¿Puedo?

—No debías haberlo hecho —me dijo de inmediato.

—Pero quise hacerlo —la interrumpí—, además, nunca hago lo que me dicen —bromeé y ella sonrió, así que volví a repetir mi petición—. ¿Puedo?

Ella asintió con la cabeza.

Deslicé la gargantilla suavemente por su cuello y noté como mis manos temblaban al tratar de cerrar el broche de ésta.

Antes de dejar el collar en su lugar, dejé un rápido y sutil beso en su hombro derecho al no poder contenerme ante la tentación y volví a sentarme en mi lugar con el estómago presa de una exquisita sensación de nerviosismo.

El collar hacía perfecto juego con el vestido, sus ojos y su piel. Todo era definitivamente perfecto.

Su mano estaba en la gargantilla y su mirada fija en mí, y poco a poco comenzó a dibuja una tenue sonrisa en sus labios.

—¿Te gusta? —quise saber embargado por la emoción.

—Es hermoso —me respondió y supe que era sincera.

Estaba feliz…, solo esperaba no arruinarlo.

—No tanto como tú —le dije, pero en ese momento llegó el camarero con el postre.

¿Por qué interrumpirán tanto?, me pregunté.

Comimos el mouse de chocolate mientras yo admiraba como Katherine degustaba del dulce manjar notoriamente. Bueno, algo diferente a su dieta de sangre no humana… mmm… ¿sangre animal, entonces? Ok. No conocía otro tipo de sangre, pero como ella misma dijo; Esto era una cena distinta. Ninguna mujer, ni siquiera vampiro, podía resistir el chocolate.

Pagué la cuenta y la ayudé a levantarse mientras me sentía orgulloso de llevarla a mi lado ante la fija mirada de los camareros y del aparcacoches.

—¿Qué te parece si vamos a bailar? ¿te apetece? —le pregunté de forma casual, aunque en realidad ya lo tenía planeado desde antes.

—No creo que sea una buena idea —respondió mirando a su alrededor—. Tengo un mal presentimiento.

—¿Qué quieres decir? —inquirí confundido mirando a nuestro alrededor, pero solo viendo mi auto que se acercaba (bueno, que lo traían. El auto no se conduce solo).

—No lo sé con seguridad. Solo es un presentimiento —repitió—. Creo que es mejor que… vuelva a casa.

Me entregaron las llaves sintiéndome desilusionado porque las cosas no resultaron del todo como lo había planeado.

Tomé su cintura mientras la hacía pasar al auto y corrí a sentarme a mi lugar para estar lo más pronto con ella.

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pronto la segunda parte...

gracias majo!!!!